¿POR QUÉ SOY LIBERAL?
El individuo y el Estado
No es fácil, ni mucho menos frecuente, que el hombre provoque en
si mismo la desnudez cartesiana. Nadie parte de un principio pare
saber a dónde llega. Nadie tiene el espiritu como una serpentina.
La vida no es lógica, ni el pensamiento es lógico, cuando se trata
de buscar la esencia de las cosas, sino en media docena de
inspirados. Ni Descartes mismo empezó una nueva vida mental cuando
partió del "pienso, luego existo". En el seguian
labrando canales, pare las corrientes de esa vida, cien influencias
ocultas, de sangre, de medio, de educación, de salud, haste de
panorama. Si eso ocurre con uno de los mas grandes filósofos, qué
no ocurrira con el termino medio de una humanidad sacudida por
todos los estimulos y sodas las contradicciones!. Quien puede
precisar, sin mentir o sin enganarse, el momento en que una idea,
de las fundamentales, de las que se convirtieron en sustancia de su
propia sustancia, le llegó de visita ?
Puede uno tener vagos recuerdos y hasta vagas sospechas de que
fue fecundado por la idea en determinado momento. Pero cómo
asegurar con absoluta nitidez que no lo estaba antes? sera mas bien
que la mente es un iman en el que no se prenden sino pensamientos
que riman con algo que hay dentro? Un concepto es en ocasiones la
fórmula de sentimientos que no habian logrado condensarse, para su
explicacidn, en palabras. Los ojos que lo ven, los oidos que lo
escuchan, lo captan. Parece una iniciación. Y es apenas una
cristalización de lo mismo que ya se tenia en estado vaporoso.
Quiero dar un ejemplo. Tengo para mi que una de las indicaciones de
mayor influencia en mi vida de escritor, en mis actividades de
ciudadano y casi de simple miembro de la sociedad, la encontre en
Franklin. Es algo sin importancia, que sin embargo pare mi la tuvo
enorme. Dice en su autobiografia o en la Ciencia del buen hombre
Ricardo que no se debe afirmar: "las cosas son",
sino "me parece que son". Ahi estoy yo, esta el
relativismo y esta la tolerancia.
No hay para mi caracteristica tan honda del verdadero liberal
como esa. Quien contempla el matiz, quien acepta que puede estar
equivocado y respeta profundamente la sinceridad ajena, es un
liberal pleno, cualesquiera que sean sus ideas, porque el
liberalismo, mas que una doctrina, es un temperamento. Somos tan
ignorantes todos, pequenas hormigas en la esfera que rueda por los
ambitos, viajeros de orientación desconocida y de procedencia
ignorada, que debemos conformarnos con las explicaciones del
universo y de la vida que nos satisfacen a nosotros, sin tratar de
imponer esas nociones a quienes se satisfacen con otras diferentes.
Nos marcó el destino para la vida en común. Somos animales
sociales. Aceptada la premisa, debemos procurar que la sociedad se
organice para la libertad y que no haya en ella nada que coarte el
legitimo desarrollo de nuestra personalidad, ni que se oponga a
nuestra marcha ordenada hacia la dicha.
Fue una conquista de los siglos la de los derechos del hombre.
Puede ser cierto que el hombre no nace con derechos, pero la
sociedad ha convenido, para el mejor-estar de la especie y para el
florecimiento de virtudes que hacen del planeta un sitio amable, en
que nace con ellos. Deber de todo gobierno es respetarlos, sin otra
limitación que la que imponga la utilidad colectiva. Se trace
imperioso el ejercicio de la autoridad. Pero la autoridad no es
respetable, ni acatable, ni siquiera aceptable, por el hecho de
serlo sino de merecerlo. Toda autoridad que extralimita sus
atribuciones, y con mayor razón la que ofende o desacata los
principios a que debe estar sometida, trace imperiosa la
desobediencia y obligatoria la sancidn, por las vies regales, si
resultan suficientes, es decir eficaces, o por las vias de hecho
cuando no hay otro recurso.
El sentido religioso o simplemente conservador de la autoridad
deberia tracer invulnerables a quienes la ejercen, como
representantes de Dios, autor de todo lo creado y dueno de
establecer las normas a que los humanos deben ester sometidos. Pero
el sentido liberal rechaza esa representacidn directa, esa
delegación de poderes, que en ninguna parse consta, sea en la
esfera religiosa, sea en la esfera civil, y no ve en la autoridad
sino el principio del orden, que la misma autoridad viola cuando
sus determinaciones o sus actos provocan, como defensa licita, la
reacción del desorden. Horrible es la violencia. Todo cambio justo,
deseable por lo menos, se le debe pedir a la razon, con la razon,
sencillamente. Pero cuando las voces libres se apagan en la maquina
neumatica y arriba no se oyen sino las indicaciones del personal
capricho, no hay otro remedio, en guarda de los fines mas altos de
la sociedad y de los derechos imprescriptibles del ciudadano, que
apelar a la fuerza.
Necesidad humana es la justicia. Por eso la independencia del
poder judicial es garantia de todas las libertades y derechos. Por
eso el poder ejecutivo debe tener limitaciones y ver en lo alto,
pendientes de un hilo, como la espada de Damocles, las sanciones,
para toda exageracion y todo abuso. Es función primordial del
gobierno la de dar seguridad. Debe darla contra el mismo y contra
todos los peligros y malos elementos de la sociedad y de fuera.
Seria mejor que no hubiera necesidad de gobierno. El anarquista que
abre el alma a la esperanza del dia en que los hombres se conduzcan
sin gobierno como si el gobierno existiera, realize un tipo de
perfeccion moral que poco dista de la comunidad de los santos. Pero
la naturaleza humana es defectuosa. La autoridad se hace
indispensable. Los tribunales surgen, las carceles se abren, los
soldados y los agentes de policia aparecen con la mision de dar
seguridad y de poner a buen recaudo a cuantos contra ella
conspiren, pero no con el derecho de castigo, que no debiera
concederseles, sino con el de defensa
Individualismo y cooperación
La autoridad defiende al individuo y se defiende contra el
individuo. Defiende a la sociedad, mejor dicho, el deseo de
expresion individual, de creación, es el mayor factor de progreso
en todas las naciones. Como lo dijo el presidente Hoover, no deben
ponerseles barreras a los impulsos fundamentales del hombre. Pero
hay que seguir con cuidado la marcha de esos impulsos. Del propio
modo que la ausencia de gobierno es un ideal inalcanzable, la total
soberania del individuo es otro ideal al que se opone la
naturaleza. Hay seres elegidos. "Quiero al hombre, dijo
Vinet-y asi esta grabado en el pedestal de su estatua en
Ginebra-dueño de si mismo, a fin de que pueda ser mejor el servidor
de todos". Ahi esta el ideal de servir, medida y prueba de
caracteres magnificos. Pero no todos lo tienen. Y el individuo,
dejado a su solo impulso, no se trace dueño de si mismo pare servir
a los demás sino para explotarlos o dominarlos. La autoridad
interviene.
Hay que saber los limites de esa intervención que es variable en
el espacio y en el tiempo. Para todo es indispensable contemplar
las necesidades de los individuos, su idiosincracia, el rumbo y la
intensidad de su cultura. Pero en lineas generales, contra lo que
el individualismo debe luchar hasta rabiosamente, es contra la
absorción de la persona en la especie. La igualdad esta bien en la
fe, pero en la naturaleza no existe. "La verdadera
democracia, decia don Santiago Pérez a sus discipulos, consiste en
el reconocimiento y sanción de las desigualdades
naturales". "Donde la igualdad no existe, la
libertad es mentira", exclamaba Luis Blanc con toda su
energia y toda su ofuscación de revolucionario del 48. El iba hacia
esa absorción que tantos otros consideramos depresiva,
inconveniente, perjudicial para la unidad y perjudicial para el
grupo, porque suprime la fuerza del interés individual, que buena o
mala actúa, y seguira actuando, hasta cuando el hombre se haya
modificado con el correr de los siglos. No hay otra solución que la
del termino medio. Faguet, después de consideraciones dilatadas, de
extraordinaria sagacidad, encontró en el lema de Francia la fórmula
excelente: "Libertad e igualdad, dijo, son opuestas, pero
la fraternidad las reune". La fraternidad, la solidaridad,
son, deben ser, el criterio social sano. La nivelación por lo bajo
es una intolerable aspiración de la envidia. Acaso por eso dijo
Camilo Desmoulins: "Licurgo hizo iguales a los
lacedemonios como la tempestad hace iguales a los
naufragos".
El individualismo marcha hacia la cooperación. En esta hay, pero
libre, pero voluntaria, una fusión de igualdades. En la lucha
impiadosa a que oblige el imperativo económico, el individuo
aislado perece. Es su propio interés el que viene a aconsejarle la
unión con otros individuos colocados en el mismo plano. Dentro de
ese criterio, la competencia, en lo que tiene de feroz y de
asesino, se acaba o se atenua y, como decia un sindicalista, se
forman grupos de capital y de trabajo por la solidaridad de
antagonismos mutuos. En esas grandes asociaciones o en las fabricas
dirigidas con alta inteligencia, donde los caminos que parecen
trazados por el corazón son los mismos que recorre y amplía la
conveniencia, se llega al mejoramiento de la clase obrera más
aprisa que por el sistema de la agitación o de la marcha confusa
hacia la dictadura del proletariado. Tenemos asi la paradoja, hecha
verdad sencilla, de que los altos salarios disminuyen el costo de
producción. Lo ha demostrado Ford. Y tienden a comprobarlo en todos
los sectores del mundo los grandes industriales.
No es que el costo de un objeto disminuya con la simple fijación
de un salario alto. Nada habria mas absurdo. Es que el salario alto
aumenta la potencia del obrero, con el mejoramiento de su ánimo, el
aprovechamiento de las horas ociosas en el deporte, en la escuela,
en el rato feliz que le deja contemplar la vida como un premio y no
como un castigo. Es que lo convierte en una mejor unidad económica,
que a tiempo que se aprovecha de las ventajas de una retribución
suficiente, compensa con una producción mayor o mejor el aumento
que el fabricante o la asociación hayan tenido en el desembolso.
Son las bien entendidas conveniencias del industrial las que han
procurado el paulatino acercamiento al ideal cristiano. Y se
confundira con el ideal económico de la propiedad colectiva, sin
expropiacion, sin confiscación, sin lucha de clases, cuando el
trabajador, como ya esta ocurriendo, se vaya haciendo accionista de
la misma empresa en donde desarrolla sus actividades.
Procedieran todos los industriales de ese modo, la cuestión
social iría desapareciendo. Se iria disolviendo en la armonia, en
el provecho de las grandes masas. No serían ya los hombres buenos y
sacrificados, los esclavos del taller y del campo, sino los
agitadores de profesión y de especulación, los que seguirían
soñando con la tarde roja. La violencia como solución iría cediendo
terreno, hasta rendirse y entregarlo, a las huestes de la
inteligencia. Por desgracia no todos lo comprenden, porque no todos
poseen la capacidad o la sensibilidad necesarias. En la industria
existe tambien el imperator. Contra su opresión, en guarda de la
libertad individual, de la justicia, debe intervenir el Estado.
Como debe intervenir cuando las fusiones de capitales, en la banca,
en la industria, en el comercio, conspiran contra la ajena libertad
y tratan de establecer monopolios crueles y absorbentes.
La intervención del Estado y el liberalismo
No es verdad que el liberalismo intervencionista sea un
contrasentido, como tampoco lo es el conservatismo anticlerical,
segun el país, según la hora. En una polémica, que es uno de mis
mejores recuerdos periodisticos, sostuve la tesis del
intervencionismo, como eminentemente liberal, en pugna con uno de
los hombres de mayor calibre mental que haya dado el país: el
doctor Eastman. En los articulos que escribí, y que junto con las
respuestas del ilustre contendor reuní en un volumen con el nombre
de Ideas liberales, creí haber dejado demostrado que dentro del
concepto de seguridad, único que aquel aceptaba, cabe todo el
intervencionismo. Es muy sencillo llegar a la misma conclusión con
el concepto de libertad, que es el arco toral y la cúpula del
liberalismo. Hay que defender al individuo contra la asociación de
individuos. Hay que proteger a la sociedad contra el abuso a que
llega la libertad sin control, ejercida por sujetos que no la
entienden sino en su beneficio. Hay que garantizar a cuantos viven
contra el peligro de adulteraciones, falsificaciones,
incompetencias y audacias que creen ampararse en la libertad y sólo
son despotismos disfrazados. Hoy nadie puede ser amo absoluto de su
taller, de su almacen o de su hacienda. El Estado vela y debe velar
porque los derechos de los individuos subalternos sean reconocidos
y amparados.
El ideal de Spencer: "el minimun de gobierno y el
maximun de libertad" sigue siendo el ideal en cuanto
signifique el progreso del hombre, que haga innecesarios la
vigilancia superior y su consejo. Pero no lo es ya, frente a la
realidad que día por día se trace más compleja, cuando el poder del
oro tiende a superar al de la colectividad, y el hombre malo puede
ser el sujeto todopoderoso, a condición de que sea rico. Para
garantizar la libertad, el Estado debe poner condiciones. Asi se
reglamenta la inmigración, se exigen certificados de idoneidad para
el ejercicio de las profesiones, se impone el descanso dominical,
se dan reglas para los talleres, se establecen medidas pare
asegurar el alimento puro, se prohiben determinados comercios, se
prescriben normas obligatorias de higiene. Las atribuciones del
Estado han ido creciendo en defensa del progreso del Estado, de su
misma integridad, pare hacer frente, como una sola unidad politica,
económica y social, a otras unidades, es decir a otras naciones,
que sin esa voluntaria determinación podrian desalojarlo o
absorberlo. Mil cosas podrían decirse en materia de educación, de
cultivos, de transportes, de aranceles, de concesiones, de bancos,
de sociedades de toda indole, para probar que en múltiples casos la
libertad no se sacrifica sino se robustece con la intervención del
Estado.
Ya está dicho que el sistema de absoluta libre competencia de
Ricardo era la apoteosis del egoísmo y llevaba a la revolución
social. Hoy se conviene en que la verdadera teoria económica debe
edificarse sobre un análisis correcto de la naturaleza humana. Asi
como se viene clamando por una nueva teoria de los salarios, como
indispensable en interés de la justicia y del orden, debe ponerse
enfasis en el principio de que la moral debe vigilar todo el
proceso económico. Es noción moderna la de la unión estrecha de la
psicología con la economía. El homo aeconomicus, tal como lo
recordaba yo en la tesis sobre el papel moneda que presente en la
Escuela Libre de Ciencias Politicas de París para ganar un diploma,
es una concepción irreal, y de esa suerte queda minado por la base
todo lo que se funde sobre abstracciones, sobre ciencia pura, sin
el permanente recuerdo del hombre como compuesto de necesidades, de
impulsos, de caprichos, de aspiraciones, en una palabra, de materia
y de alma. Vuelve ahi a prestar servicio, en la conciencia del
estadista y del sociólogo, el principio de la fraternidad, que se
halla en Cristo. Por eso tenia razón Valle Inclan cuando en su
Romance de lobos ponía esta exclamación en labios de uno de los
personajes: "La redención de los humildes hemos de hacerla
los que nacimos con impetus de señores cuando se haga la luz en
nuestras conciencias. Pobres miserables, almas resignadas, hijos de
esclavos, los señores os salvaremos cuando nos hagamos
cristianos".
Las ideas de patria y propiedad y el liberalismo
En la marcha hacia esa redención muchos conceptos tendrán que
modificarse. La propiedad, entre otros. No cambiara el vaso, pero
si el contenido. Indispensable para el progreso común y para el
cabal desarrollo del individuo, que sin ese sentido caería en la
inacción, a menos que lo hiciera trabajar el látigo, la propiedad
será eterna, pero irá sufriendo modificaciones que la adapten a las
necesidades del mundo. El ideal seria la supresión del mío y el
tuyo, sin que por ello se entorpeciera el desarrollo de los pueblos
ni el funcionamiento de la máquina económica. Impuesto, será la
infamia del despojo, la violación de un derecho sacrosanto, ganado
con el sudor y con la mente. Consentido, seria el síntoma de una
humanidad superior, de alma radiante, descendida de uno de los más
altos pianos astrales de que hablan los espiritistas. ',LIegaremos
a ella? Quizá. Como podemos llegar a tener alas tambien, o a
transportarnos de un sitio a otro sin otro esfuerzo que el
pensamiento. Pero mientras la hora llega, no es del todo
inconveniente que el Estado garantice a los ciudadanos el derecho
de propiedad, en ejercicio de una de sus funciones
primordiales.
Mientras la humanidad no mejore existirán cortapisas. Doy otro
ejemplo: el amor. Día llegara en que se acepte la moral de la unidn
libre. Lo que constituye la santidad del matrimonio, y debe tracer
indisoluble el vínculo, no es la epístola de San Pablo ni la
bendición del sacerdote sino la unión del afecto. Sin amor, ha
podido pasarse por el juzgado, por la notaria y por la iglesia, sin
que el matrimonio dejara de ser otra cosa que un concubinato
legalizado, más inmoral que el concubinato puro y simple, porque a
este ha podido santificarlo un sentimiento superior al deseo. Lo
esencial es la atracción, el juramento íntimo que se hicieron dos
seres para acompañarse en la vida, para formar un hogar, para
sentir en el espectáculo de los hijos el goce supremo de la
creación, la sensación de plenitud que se apodera de cuantos saben
que Dios habla en el corazón y en el mismo corazón castiga o
recompense. Lo demas fue solo fórmula, acatamiento de los usos
sociales, venia a la tradición, sin otra importancia pare el
filósofo que la que tiene el vestido blanco de la desposada o la
alegre reunión que se acostumbra después de la ceremonia. El
sacramento esta en el sentimiento. Los matrimonios sin amor son
yenta, son prostituciones, son desgracias, son crimenes. Dios no
los bendice aunque los hayan bendecido el alma, el rabino, el juez,
el pastor o el sacerdote. La sociedad, con todo, se page de lo
externo. Y asi continuara haste cuando la naturaleza humana haya
evolucionado hacia mejores concepciones éticas.
Puede aceptarse también que es hombre más libre, más moral, más
obediente al destino para el que fue creado, aquel que se siente
cindadano del orbe y considera una aberración las fronteras. Pero
en el estado actual de mundo, desgraciado aquel cuya nación profesó
el principio del amor igual pare todas las naciones, que destinada
está a ser absorbida, y en el estado actual del alma, desgraciado
del que no sienta la emocidn de la bandera! Tan arraigados nos
sentimos al lugar donde nacimos; tan completa fue la impregnación
de sus paisajes, de su tradición, de sus instintos; tan
profundamente se grabaron en la mente y en el corazón los ideales y
hazañas de los muertos; fue tan perfecta la modelación de la
sensibilidad; tan enaltecedores parecen los esfuerzos por el bien
de cuantos nos rodean, y tan atractivas y luminosas se ven las
realizaciones del porvenir, nebulosas que nos invitan a ayudarles
en la condensación, que parece incomprensible el hombre que no
sienta un sagrado temblor ante la patria.
La patria es adorable, es digna de todos los sacrificios y de
todos los desvelos, del tesón por defenderla y por servirla,
convertido en religión, hecho culto de cuanto la enaltece. Han
buscado el monopolio del amor hacia ellos los misticos de la
tradición, que hacen una extraña amalgama de las ideas politicas y
de los sentimientos. En los últimos no cabe la exclusión ni aún de
los mismos que aceptan la patria internacional, la patria
universal, que es la de Cristo, porque algo superior al pensamiento
propaga con rapidez, en terreno tan fácil, sus raices. Es acaso
Jaurés, considerado como enemigo del ideal de patria, quien puso en
la definición de la patria el acento más hondo, al hablar, en frase
incomparable, en que citaba los motivos de adhesión a la sierra, de
"la inmovilidad de los sepulcros y del vaivén de las
cunas". Todo el ayer, en que domina el arrullo de la
madre, todo el mañana, en que alumbra la promesa del hijo, estan en
esa síntesis de los motivos caudalosos que, como "ríos de
alboroto o de silencio", nos llevan al mar de la patria.
"El patriotismo, decia un pensador, es todavia la mejor de
las instituciones militares".
En todas las actividades, en todas las ideas, ha de influir la
adhesión a la sierra. Tendrán que ser diferentes las doctrinas y
los actos de quien la sienta con ardor y los de quien la sienta con
frialdad. En la prensa, en la tribuna, en la cátedra, en el
parlamento, en la oficina, en el negocio, serán distintos y a veces
antagónicos el lenguaje o la actitud de cuantos se hallen en el uno
o en el otro extremo. Es inconfundible el acento del que habla con
un amor, con un dolor, con un temor, de patria. Pero una cosa es el
sentimiento y otra la comprensión. Del propio modo que cualquiera
es capaz de suspicacias, de calumnias, de insultos, de deseos,
lubricos u homicidas, a que sin embargo no da expresión, por aseo
mental, por cultura, fácil es de comprender cómo puede ser
irresponsable el individuo que no siente la atracción de la patria,
y más alla, sencillo es concebir cómo una humanidad superior podra
extender el concepto de patria a todo el mundo, y hasta podrá
abolir los tribunales, las carceles, los ejércitos y los gobiernos.
No hay que ser feroces en el juzgamiento de los demás. Hay que
oírlos. Hay que tratar de comprenderlos. Pero cómo es digno de
compasión el que no siente el amor de la patria, porque ignore una
de las emociones más hondas y más dulces de cuantas se pueden
sentir en el planeta!
Libre exámen y tolerancia
Liberalismo es libre examen. Todo, absolutamente todo, es
respetable, como obedezca a una convicción, sea producto de una
sinceridad, indique un raciocinio.
Hasta lo perverso hay que estudiarlo, no pare justificarlo sino
para explicarlo, para comprenderlo. El delincuente mental, el
delincuente de obras, pueden solamente ser dos desgraciados. Hay
tantas cosas que escapan a la humana penetración, ha sido tan
diferente la formación de los diversos individuos, concurren tantos
motivos de insospechada índole en la acción, que ante Dios, que si
conoce todo, no debe haber responsables. No me hablen a mí de libre
albedrio sino en el sentido muy restringido, muy relativo, en que
podemos entenderlo los hombres. El determinismo preside la marcha
de los atomos. Y desde la amiba hasta la nebulosa, todos obedecemos
a leyes que no hemos formulado. El tenebroso criminal a quien
maldecimos fue un hombre tarado, que desde el nacimiento estaba
pagando ajenas culpas, que en su formación no encontró ejemplos, ni
en su camino una mano que lo guiara, ni el desbordamiento de su
instinto el cauce que hubiera llevado esa energia hacia fines de
común provecho. Eso no lo sabemos, o lo sabemos vagamente, o apenas
lo adivinamos en cada uno de los caves que se van sucediendo. Es
odioso el concepto de que la ley no tiene corazón y de que el
magistrado que le presta el suyo prevarica. Prevarica más bien el
que no ahonda en la psiquis del individuo a quien juzga, y lo
condena por cenirse a normas de derecho que nada tienen de
definitivo. El juez Magnaud, por instinto genial, antes de perder
la cabeza exagerando el principio, aplicó a sus juicios el corazón,
que era la mejor manera de aplicar la inteligencia. Y dejó un
ejemplo luminoso a los jueces. Pensemos siempre en que todo lo que
no sabemos lo sabe Dios, y que Dios, para ser justicia, tiene que
ser misericordia. De no ser misericordia, la creación seria una
especie de borrachera y de vértigo.
Dentro de la creación, aceptando que la sociedad tiene pleno
derecho, por lo menos el derecho biológico de defenderse para
aislar a los elementos nocivos, debemos tratar de indagar, cuantos
tenemos sentimientos liberales, los móviles humanos. Todo debe
tener explicación. Todo es discutible. Pascal decia que los hombres
no razonaban defectuosamente. Las equivocaciones provenian, en su
concepto, de la voluntaria o de la involuntaria restricción del
campo visual. "Cuando se quiera discutir con utilidad y
mostrar a otro que se engaña, debe observarse por que lado
contempla él el asunto, porque ordinariamente por ese lado es
cierto". Mucho se les quitaria a la ardentía de las luchas
y al borbotar de las pasiones si siempre se quisiera observar tan
sencillo y tan extraordinario precepto. Entre nosotros, el doctor
José Ignacio Escobar, en ocasión solemne, hablaba de este modo:
"Si tuvieramos presente que somos falibles o que pueden
ser erróneas nuestras opiniones, no coronariamos de espinas a los
que las ponen en duda y las discuten; seríamos indulgentes con los
que en busca de más luz penetran osadamente en lo desconocido; no
olvidariamos que no se mejora sin innovar, ni se innova sin atacar
más o menos lo existente".
Ahí están esbozados los derechos de la duda. "Si
amásemos de veras la verdad , respetaríamos a su madre que es la
duda", agregó el pensador colombiano, cuyo criterio, vasto
como una catedral, y como esta llena de sonoridades, reivindicó el
derecho al error. "El error también es útil: él tiene su
destino en la economía mental como lo tienen los volcanes en la
economía terrestre". El error puede ser la verdad que anda
a tientas, puede ser la oruga que busca ser mariposa.
Mientras no sea deliberado, es acreedor al respeto. ¿Quién puede
garantizar que la paradoja de hoy no será el prejuicio de mañana, y
que el principio rechazado por perjudicial no ha de ser provechoso
en otra parte ?
Pascal sigue siendo el maestro. Hay que oirlo muchas veces:
"Casi nada, exclama, se ve de justo o de injusto que no
cambie de calidad cuando cambia de clima. Tres grados de elevacidn
del polo derriban toda la jurisprudencia. Un meridiano decide toda
la verdad. Las leyes fundamentales cambian. El derecho tiene sus
épocas. Divertida justicia la que un río o una montaña limitan!
Verdades de este lado de los Pirineos, errores del otro
lado". Otro argumento para el determinismo.
Liberalismo debe ser adaptacidn, debe ser concesión a la verdad
que haya en la opinidn ajena. Mientras más inteligente sea un
hombre, mayor será su facilidad pare distinguir los matices.
Mientras más noble sea, mayor también será su disposición a
tolerarlos. Hay quienes sufren de daltonismo mental, pero son
probos en la declaración de lo que ven, de donde se infiere la
necesidad, no de negar, presentando como verdad lo contrario, sino
de examiner el órgano. Nada más digno de aceptación expresa que el
relativismo, dentro del cual caben todas las ideas o todos los
movimientos, lanzadera del error a la verdad, de la verdad al
error, que va dejando su hilo en la trama de la duda. Cumplido el
fin social, el individuo no debe darle cuenta a la sociedad de sus
creencias. Lógicas o ilógicas, suyas son, para su reposo o para su
inquietud. Al grupo social, como grupo, no debe interesarle sino
cuando se transforman en actos. La vigilancia no es para ejercerla
sobre el pensamiento. Lo que la sociedad observa es la
conducta.
Si esa conducta es inspirada en una doctrina o en la otra, el
problema puede interesar a la psicología pero no a la política.
Desde el punto de vista social han de ser nobles todos los
principios que determinan el florecimiento del buen cindadano. Ese
buen cindadano sale aquí del catolicismo, del conservatismo, del
liberalismo, del libre pensamiento. Más allá, del protestantismo,
del budismo, del mahometismo, del laborismo, del comunismo, de lo
que a bien tenga, de lo que en las diversas meningias haya impreso
la vida. Lo interesante es que acomode sus actos a normas que no
entorpezcan al fin social y que respete las que al mismo resultado
han conducido a otros acres, venidos de contrarios campos o
alimentados ideológicamente con diferentes raices. Nadie puede
erguirse como poseedor de una verdad definitiva, absoluta, igual
para todos. De intentarlo, seria un obsecado, un enfermo, un
farsante. Todo es cierto para quien asi lo considera o en ello
encuentra motivos de acción sana. Puede no serlo en el mismo
sentido o con igual intensidad para el vecino. Es absurda
pretensión la de hacer del vecino un secuaz. Basta el llamamiento a
su razón, si equivocado se le considera, pero es vil dirigirse a su
interes, y cobarde aprovechar su miedo.
Spencer asegura en Los primeros principios que hay un alma de
bondad en las cosas malas y alma de verdad en las falsas. Nadie
debe olvidarlo. Por eso es tan digno de veneración lo sincero. En
todo lo sincero, que por serlo es respetable, hay una verdad,
grande o pequena, que merece el esfuerzo de pulirla. Se impone como
deber de inteligencia y como necesidad de vida una gran tolerancia.
Es la virtud de mayor dificultad y la más condenada en el planeta
por todos los que venden específicos. Esos furibundos afirmativos
imaginan al hombre tolerante como un ser desprovisto de amor por
las ideas, sin valor, sin capacidad pare la lucha, especie de
organismos de algodón, sobre el cual pueden repetirse los golpes, o
líquido que toma la forma de los diversos vasos en donde se vierte.
Nada más aberrante. Es precisamente el amor a las ideas el que
determina esa noble actitud de espectativa. Son el conocimiento más
profundo del corazón humano y la experiencia más honda de la vida,
el más dilatado estudio de las acciones y de las reacciones y la
más amplia visión del panorama, los que determinan, no el
eclecticismo, no la indiferencia, sino la simpatia, para todas las
manifestaciones del espíritu, lo mismo en política que en religión,
en arte que en literatura. Toda forma nueva produce sobre la vieja
noción el mismo efecto del limón sobre la osta viva. Trátese de un
estadista, de un critico, de un poeta, de un pintor, de un
sacerdote, en todos los vastos dominios del arte y de la ciencia,
es frecuente la actitud de reserva, la anticipada prevención contra
lo que llega a alterar las normas establecidas, los que vanamente
se tenían por principios absolutos. Lo absoluto no existe ni en las
matemáticas. Provisionalmente se puede aceptar lo que estas dicen
como definitivo. Pero no ha de faltar el revolucionario que de
pronto aparezca con una teoria que deje bamboleando las
construcciones más sólidas. Cuando empieza a hablarse del peso de
la luz, del universo curvo, de las distancias interestelares entre
los átomos que componen las células, de mil cosas más,
ininteligibles para el común de las gentes, rectificación a lo de
ayer, mientras llega para las nuevas teorias la rectificación de
mañana, no es cobarde sino prudente la espera, o por lo menos el
desapasionamiento.
En alguno de sus libros, León Daudet, que es un médico, además
de un polemista y de un escritor jugoso y caudaloso, habla de la
inteligencia de los microbios, en quienes supone una estudiada
asociación defensiva contra los sueros que los acaban, como
explicación del fracaso de algunas inyecciones. Sera mañana la
derrota de Pasteur como los biólogos de la actualidad están
derrotando a Darwin. Se creía verdad científica la que proclamaba
la unidad de la especie, y mil conferencistas, esparcidos por todo
el orbe, probaban la transformación, en desarrollo de una ley de
evolución cuyos principios básicos parecían intocables. Actualmente
se están desmoronando. "Todo, agregó el mismo Daudet, se
afirma y se niega alternativamente en medicina". ¿Cómo no
ha de suceder lo mismo, y con mayor razón, en las teorias
educativas, en el drama, en la pintura, en la métrica, en todo lo
que se dirige a los sentidos, en todo lo que impresiona a la mente,
en todo lo que halaga al corazón, si los tiempos van trayendo
nuevas maneras de sentir, si el oido y la visión se modifican, si
la construcción ética se resquebraja, si determinados principios de
estética sucumben, si algunos dogmas de la religión ya no responden
a un intenso afán de comprensión o a una necesidad imperiosa de
consuelo?
"Los arboles, el sol, el cielo, escribió Marcel
Proust-serían diferentes de lo que los vemos si fueran conocidos
por individuos que tuvieran los ojos distintos de los
nuestros". ¿Cómo los verán en Marte?
Pero ni la idea de otro planeta es necesaria. El cubismo trajo
una nueva concepción a la pintura. Dentro de las exageraciones de
escuela y en la alegria que cause desconcertar al burgués, con el
ataque a su sentido común, siempre ha quedado de aquel, en las
artes decorativas, un elemento apreciable. Algo quedó del
decadentismo, del simbolismo. Algo quedara del suprarrealismo, del
unanimismo, de la poesia sin rima y sin ritmo, de las imágenes
audaces, de la sinestesia, de los juegos malabares de la
inteligencia, en literatura, en música, en política, en economía,
en religión en todo lo expresable con palabras y con signos, con
sonidos y colores, con palabras y fórmulas, porque todo, aún dentro
de la teoria del eterno retorno, es cambiante y fugitivo.
La religión y el liberalismo
Por eso, por lo que nada hay cierto y mucho menos estable, es
digna del más profundo acatamiento la fe. Representa la conquista
de un hombre sobre su propia inquietud o es la vacuna preventiva
contra desoladores contagios. Es el ancla que el navegante arroja
cuando le teme al capricho del viento o de las aguas. En la fe se
encuentra algo que sí tiene caracteres de absoluto para quien la
posee. El error consiste en generalizar, en asegurar que la misma
influencia ha de tener sobre otros individuos. Ocurre con ello lo
que con las drogas. Quien debió su curación a alguna, la
recomienda, sin ser médico, a quien sufre de algo análogo a lo que
él sufría. En el nuevo paciente puede producir el mismo efecto,
pero puede no producirlo. Es cuestión de organismos. Lo que a unos
cure a otros mate, segun su constitución y sus lesiones, sus
costumbres, su herencia, el funcionamiento de sus órganos. Las
mentes tambien funcionan de diferente manera, la sensibilidad es
proteica, la capacidad es variable. Para unos es indispensable el
encarnizado análisis de la vida, la meditacidn acerca del destino,
la contemplación del universo, en la búsqueda afanosa de una
pequeña verdad consoladora. Para otros eso mismo se alcanza nada
más que con decirle sus cuitas a un confesor o con encender una
vela ante la imágen de un santo. ¿Por qué combatir esto? Es pueril
para quien no tiene la fe. Es santificante pare quien la tiene. La
sociedad, en ambos casos, repito, no ha de tomar en cuenta sino la
conducta.
Los mitos son necesarios y son inofensivos. Su refracción en
algunas mentes puede ser defectuosa. En otros es nitida y de un
multiplicado poder en la iluminación, hacia adentro y hacia afuera,
es decir, en los pensamientos y en los actos. No hay necesidad de
que uno sólo sea el mito, como no hay necesidad de que la religión
sea una sola. En donde existen verdadera libertad y verdadera
tolerancia, la multiplicación de religiones, como la multiplicación
de partidos, síntomas son de preocupacidn, de investigación, de
trabajo mental. A Lamennais, en su epoca de ultramontanismo, no le
preocupaba como grave el error sino la indiferencia. "El
siglo más enfermo no es el que se apasiona por el error sino el que
descuida o desdeña la verdad". Dice mucho, en favor de un
país, de una conciencia, el debate acerca de los grandes temas
espirituales, por cuanto demuestra el interés que inspiran. En
donde esos puntos no se tratan, la resultante es de materialismo
vulgar, de desvinculación con aquello desconocido y presente a que
el instinto nos ata. Es mucho mejor el error que sale con el calor
de la verdad, con el deseo de serla, que la entrega del espíritu al
desdén, en donde se suman y compendian las naturalezas sin
fuego.
Es semejante el impulso que lleva a los unos a la capilla, a los
otros a la mezquita, a los otros a la sinagoga. Elación del
espíritu, comunión con el principio creador del universo, ansia de
purificación, suplica del corazón, necesidad de equilibrio, de
consuelo: el móvil es el mismo. Como es el mismo el lenguaje de las
lágrimas, y el del dolor que se revela en convulsiones, en
gravedad, en la palidez del que, herido mortalmente, sintió que iba
perdiendo algo mejor que la sangre. O es el lenguaje del jubilo, de
la acción de gracias, del ex-voto que se lleva pare atestiguar que
una merced fue concedida, de la lámpara encendida por la fe y
alimentada por ese aceite que lo suaviza todo y que mane de una
fuente llamada la esperanza. ¿Qué importa entonces que la
invocación sea a la Virgen, a Mahoma, a Buda o a Bachue? Uno mismo
es el proceso en los devotos de los diversos credos, y nadie es
responsable por la ignorancia de mitos y de ritos que en un pueblo
cualquiera se estiman como únicos.
La necesidad de creer es tan tiránica que de la misma increencia
resulta el fanatismo. El mito cientifico es una modalidad de esa
actitud de la mente. Clemenceau, tan lúcido en sodas las
consideraciones que hace en el libro, Au soir de la pensée, balance
de sus ideas, sorprendente recopilación de datos, admirable
demostración de la capacidad de comprender y del ansia de saber, de
un hombre que a los ochenta años todavía le hacia guiños de don
Juan, a la ciencia, falla, sin embargo, cuando ríe del sentimiento
religioso y ridiculiza sus afirmaciones y sus simbolos. Más hacen
reir los sustitutos. La verdad cientifica fuera la verdad, quizá
podría aceptarse su imposición o el deseo de su aceptación como
cuestión definitiva. Pero cambia."Se necesita más fe,
decia William Jennings Bryan en un famoso discurso, para aceptar
las demostraciones científicas del materialismo que para cualquiera
de las religiones que conozco".
No hay verdadero hombre de investigación y de laboratorio, no
hay filósofo entregado a la meditación de las primeras causas, que
no haya reconocido, en ciencia, la ley de evolución y el carácter
provisional de sus afirmaciones. El verdadero spenceriano, es decir
aquel en quien se transfundió el espíritu no el que aprendió las
lecciones, pensaria hoy contra algunas de las enseñanzas de
Spencer. Nietzsche consideró verdadero discípulo al que traiciona
al maestro, no en el sentido moral, sino en el que representa el
abandono de nociones que sucesivas teorias han hecho viejas. En
nuestros días el joven Krishnamurti enseña la doctrina de la
liberación, es decir el rompimiento de las cadenas representadas en
la ética, en la tradición, en la creencia y en la increencia, de
donde el ocultista Fernand Divoire concluye, interpretando con
fidelidad el pensamiento del joven misterioso, que el mejor
discípulo es el que se liberta de él también, es decir el que no
sigue la linea mental de Krishnamurti.
¿En el frontón de cuantas ciencias no habrá de escribir el
hombre veraz y reflexivo, en perpetual renovación y exploración,
palabras como estas que encontre en el prólogo puesto por Gregorio
Marañón en uno de sus libros capitales? "La verdad
biológica es rara vez una verdad completa y eatable, sino
fragmentaria y provisional. Da casi siempre la impresión de un
trozo del objeto enterrado, que el arqueólogo va extrayendo de la
sierra". Lo mismo ha de ocurrir a los exploradores del
alma. Es tanto lo que actualmente se investiga a este respecto y
somos todos, como acres, tan mudables, que el porvenir no ha de
tardar en tracer la división, que quería Proust, del análisis en
psicología plana y psicologia del espacio, para ahondar en el
problema de por qué cada uno de nosotros no es siempre el mismo
individuo, por qué a las intermitencias del corazón se agregan las
fallas de la memoria y los misterios del universo subyacente que,
como en el símil de Marañón, despues de descubierto por el buzo va
recorriendo el arqueólogo. Todos los días, para el hombre de
estudio, han de ser de avance en el terreno de las adquisiciones.
No hay detención jamás, es decir no hay verdad única. Lo que ayer
fue cierto, hoy es error; lo que fue presentimiento, hoy es
recuerdo.
Debemos sentir respeto por la verdad ajena. No importa que sea
mentira a nuestros ojos o que este destinada a serlo. Mientras haga
oficio de verdad pare quien la sostiene, verdad es, y así merece
llamarse, aunque parezca tonta, aunque produzca risa. Otro día
seremos nosotros el objeto de la risa. Lo que es odioso es el
desprecio científico, simple incomprensión, o petulancia, de los
que dicen sentir lástima por los que creen. ¡Cuanto más capacitados
o más autorizados no han de sentirse estos, felices en la
certidumbre, para compadecer a los que van en la escala vacilante
en que pasamos de un error a otro error, según lo expresa Nuñez! El
mito de los incrédulos se acerca más al fetiche que el trozo de
madera de colores, con tallados grotescos, en torno del cual danzan
su zarabanda los indios... Pero las conquistas que trace y la
manera como apaga el ideal o el sentimiento, en seres para quienes
el corazón es apenas una válvula o un centro distribuidor de
sangre, hace recordar la imprecación: "De esa ciencia,
asesina de la oración y del canto y del arte y de toda la
lira", que lanzó Verlaine en su famoso soneto al rey Luis
de Baviera.
Se ha querido confundir en algunas partes al liberalismo con el
jacobinismo. Es verdad que han dado pretexto para semejante abuso
algunos de sus secuaces. El liberalismo que se convierte en toro,
pare embestirle a la sotana, no es liberalismo. Debe aceptarse como
permitida y conveniente la campaña de liberación del espíritu que
tienda a arrebatarles presas a los sacerdotes. Pero yo entiendo que
la labor ha de ser doctrinaria, calmada, sin ataque a las personas,
mientras no den motivo justificable pare ello, capaz el buen
criterio de reconocer las excelencias de algunas y listo a
inclinarse ante la santidad del ideal que predican. Los verdaderos
liberales fuimos lujosamente representados por Rodó en la polemica
que tuvo con el doctor Pedro Díaz, para protestar contra la
supresión del crucifijo en las escuelas, y debemos hacer propias
estas nobles palabras:
"El libre pensamiento, tal como yo lo considero y lo
practico, es, en su más intima esencia, la tolerancia, y la
tolerancia fecunda no ha de ser sólo pasiva sino activa también; no
ha de ser sólo actitud apática, consentimiento desdeñoso, fría
lenidad, sino cambio de estimulos y de enseñanzas , relaciones de
amor, poder de simpatía que penetre en los abismos de la conciencia
ajena con la intuición de que nunca será capaz el corazón
indiferente"
El anticlerical, es decir el que odia a los ministros de
determinado credo, no puede ser liberal. Es un hombre sin amplitud,
limitado por la aberración que hace ver en quien ataca a los
clerigos a un ser emancipado. Es más explicable, más justificable,
el fanatismo clerical, porque hunde sus raices en sentimientos y
aspiraciones de que este carece. El primero tiene una idea
equivocada de Dios, pero la tiene. Basado en una teoria especial
sobre la vida eterna, creyente en la condenación de las almas,
impresionado con la maldad que supone a los que niegan lo que él
afirma y a él lo tranquiliza, no puede ver en estos sino reprobos.
El libre pensador que corresponde con aversión y con persecusión,
es el mismo fanatico, pero ya sin excusa. Siente un odio más feo y
esta más sujeto al dogma, a un dogma sin moral, sin más alla, sin
alegria, que el hombre a quien combate.
Una cosa es atacar al clero en sus actos y otra es condenarlo en
su misión. El libre pensador no les reconoce a sus miembros el
carácter sagrado sino en un sentido humano, de bienestar social, de
admiración por la virtud, de respeto por la bella labor que
desarrollan. Uno de los espectáculos mas nobles de la sierra es un
sacerdote sencillo, benévolo, lleno de unción, iluminado por la luz
de lo alto. En la ficción tenemos a monseñor Bienvenido de Victor
Hugo, al abate Constantino de Hallevy, a ciento más. En la realidad
de Colombia, entre muchos, porque a ese respecto el país ha rodado
con fortuna, baste citar al padre Almanza. Ante ellos se rinde el
corazón. Hay ocasiones en que su misma ingenuidad hace llenar de
pasmo la inteligencia. El que nada les reconoce, por aversión al
hábito que llevan, es un jacobino. De esa clase era el benemérito
general Quintero Calderón, quien me decía: "El mejor cura
es el peor porque le da influencia a la casta". Y a él le
cupo en suerte, por uno de tantos contrasentidos de la vida, estar
siempre, sin creencias positivas, del lado de la Iglesia.
Es fácil y útil atacar a cuantos, contrariando su misión, se
convierten en elementos de escándalo. Lo han dado muchos de los
nuestros. Quizá no hay un colombiano que se haya enfrentado al
clero con mayor decisión y con mayor frecuencia que el autor de
estas líneas. No estoy arrepentido. He sabido distinguir al
sacerdote que es apóstol de paz, del hipócrita que busca causar
daño y del ser intrigante o iracundo que lleva bajo la sotana la
espada del caudillo. Aun en estos mismos he sabido distinguir las
luces de las sombras.
El que un día ha merecido mi condenación por actividades
malsanas de político, otro día me ha arrancado una alabanza.
Contemplaba otra faz: la del hombre de progreso, o de caridad, o de
patriotismo encendido. Nadie hay perfecto, pero nadie hay
completamente malo. Condenarlo en su totalidad es indicio de
ofuscación, comprobante de un espíritu limitado o chiquito.
Yo no he podido con las persecuciones. Se que gobiernos llamados
liberales, de todos los tiempos y de todos los países, han
despojado a los sacerdotes de sus bienes , los han desterrado , los
han reducido a prisión, los han condenado a muerte. Todo es o es
antiliberal, por lo mismo que es infame. Así el destierro del
arzobispo Mosquera. No hubo principio liberal que no se violara con
ese castigo injusto, aunque infligido por hombres llamados
liberales. Y la pugna de Méjico, para hablar de algo reciente,
avergüenza no solamente al que se titula o considera gobierno
liberal de esa nación sino a la especie humana.
¿Cómo no sentir indignación ante el atropello, para no
contemplar sino el aspecto más odioso, por menos necesario dentro
de los fines de la persecución, de que fueron víctimas las escuelas
en aquel país, cuando se las obligó a esconder o destruir las
imágenes? Es el mismo problema que hizo levantar la voz poderosa de
Rodó en el Uruguay, cuando fanáticos que usurpaban el nombre
liberal quisieron desterrar a Cristo de los salones de clase. ¿Qué
figura más pura, más inspiradora, abstracción hecha de toda
consideración religiosa, puede ofrecerse a la admiración de los
niños? ¿Será Sócrates, será Platón, será Buda? La historia puede
repasarse. No ha dado la humanidad, ni volverá a darlo, nada más
atractivo. Es toda la virtud, la conocida y la imaginada, hecha
came. Es la fuente de aguas vivas en que no solamente los
cristianos sino todos los seres de la sierra, de cualquier
religión, de cualquier raza, podrán calmar la sed, con la
seguridad, ofrecida a la samaritana, de no volverla a sentir nunca.
"El alma humana es naturalmente cristiana", dijo
Tertuliano. ¡Y es esa luz, es ese manantial, es ese abrigo, los que
se les querían quitar a las escuelas!
El propósito acaso no fue sino el de herir, en el propio
corazón, a las gentes adversarias. Fue también el de probarles el
imperio de la autoridad, de una ruin autoridad, el de ejercer un
caprichoso dominio. Pero así como es irrazonable considerar
cristiano al que profesionalmente robe, calumnia y asesina, lo es
denominar liberal al que, con tan absoluto desconocimiento de los
derechos individuales, hostiliza y persigue. La Inquisición es una
de las más crueles demostraciones que haya dado el hombre de su
incapacidad de comprender, de su dificultad de sentir, de su
voluntad de mandar. Pero la Inquisición tiene excusa. Originada en
una aberración, convencida de la imperiosa necesidad de la fe,
quería imponerla. Dejó de lado las inspiraciones políticas. Pero el
liberalismo perseguidor es un contrasentido. Es un cuadrado
redondo. Es un triángulo que tiene los lados paralelos. La culpa no
es suya, sin embargo. La filosofía liberal condena los desmanes.
Los que se cometen, culpa son del hombre, no de los principios. Hay
que ser justos, para librarlo del cargo. ¿A quién se le ha ocurrido
que tiene algo que ver la Inquisición con Jesucristo?. . . ¿Y quién
no repite a trechos con el gran poeta: "Culpas fueron del
tiempo y no de España"?.
En el fenómeno, ya mucho más complejo, de las relaciones con la
Iglesia, que no se reduce al respeto por la independencia mental,
sino que contempla una multitud de problemas de más variado orden
es mucho más visible la disparidad de criterios. Para Faguet, en
este preciso punto se halla la piedra de toque del liberalismo. No
es verdadero liberal sino el que acepta y proclama la separación
absolute del Estado y de la Iglesia. Por razones contrarias, pero
que confluyen al mismo punto, el jesuita Mateo Liberatore decía en
un libro viejo:
"El santo y seña, como si dijéramos, del liberalismo de
nuestros días (1875), es la emancipación del Estado de la autoridad
de la Iglesia".
Claro, aunque la Iglesia se oponga, porque su autoridad debe ser
espiritual y no política. La fórmula de Montalembert, que Cavour
hizo popular en Italia y en el mundo, "la Iglesia libre en
el Estado libre", es la única que da satisfacción a
cuantos reconocen el derecho de la creencia, el derecho al error,
esencia misma de la libertad, y anhelan, con título igual al que
conceder, ser respetados en sus ideas y en sus prácticas.
A los liberales de Colombia que libertaron a la Iglesia del
régimen del patronato, heredado de la colonia española, se les ha
tildado de ilusos y de candorosos. Muchas escenas deplorables de
los tiempos recientes se hubieran evitado con la sujeción de la
Iglesia a un Estado que, respetando lo espiritual, tuviera a sueldo
a los ministros del culto y pudiera disponer de la influencia de
que estos gozan entre las multitudes. Eso es verdad. También lo es
que sucesos de mayor monta y tristeza han podido presentarse bajo
ese mismo yugo. No hay duda de que desde el punto de vista político
es mejor el patronato. Pero ese no es el punto. Aquí recuerdo al
sujeto que exclamaba: "E1 mejor gobierno es el de la
tiranía, siendo uno amigo del tirano". No se trata,
empero, de un oportunismo acomodaticio y fugaz, sino de una
doctrina, a la cual no comprometan las veleidades humanas. El
patronato de hoy, excelente para el liberalismo, habría sido
funesto ayer con el conservatismo, y volvería a serlo después si
este partido llegara a recobrar el mando. Hablo como hablaría un
político, o sea un oportunista. Habría que hacer una doctrina para
cada caso. Y eso es lo inadmisible.
Puente entre las dos doctrinas, régimen de acomodo, como un
tratado de comercio entre el libre cambio y el proteccionismo,
resulta el concordato. En él pueden conciliarse las opuestas
tendencias, de caucho como es pare que, según los tiempos, se hagan
las reformas. Garantizada toda la libertad que la Iglesia debe
tener para su misión evangélica y docente, deben reconocérsele a
las otras religiones y a las otras tendencias, aun las
irreligiosas, sus naturales fueros, para una propaganda dirigida a
la razón, que no ha de provocar choques en sociedades bien
organizadas. El régimen de la libertad bien entendida debe ser el
anhelado por cuantos tengan convicciones arraigadas y la honda
persuación de que sus doctrinas resistirán la comparación con todas
las que se les enfrenten. Mientras no haya esa seguridad, es humano
que la Iglesia no quiera andar sin muletas. Lo esencial es que no
aspire a dar golpes con ellas como suelen darlos los señores
obispos con el báculo.
Hay que dejar en libertad al corazón para que se entienda con
Dios como a bien tenga. No siempre los grandes caracteres y los
grandes espíritus se encuentran en las religiones . Los hay, y del
mayor fulgor, pero tambien se pueden hallar en otras parses.
"No hay hombre más religioso, escribió Faguet, que el
hombre sin religión apasionado de la moral". No hay hombre
tan moral como el que, a semejanza de Guyau, la concibe sin
obligación ni sanción. Pero no se pueden establecer reglas
universales sacadas de un ejemplo. Son innumerables las gentes que
necesitan de freno y de andaderas. Esta bien que los consigan. Lo
que se pide es que no traten de imponerlos a quienes no los
solicitan. Lo mismo con los ritos, lo mismo con los sacramentos.
¡Obsérvenlos y frecuéntenlos cuantos en ellos hallen dulzura,
consuelo, diques morales, y una explicacidn de la vida, cuyo
encanto, y cuya angustia también, por extraña paradoja, se hallan
en la ignorancia de su objeto! ¡Pero no se vilipendie ni reprima a
quien penetra en lo desconocido sin esa lámpara y sin esa brújula!
A lo sumo puede ser para los creyentes un objeto de lástima.
Hay un misticismo embrujador al margen de las religiones. Puede
ser una síntesis de todas ellas o simplemente impregnación de
alguna. Pero está fuera de las reglas que los místicos reconocidos
siguen para sus vuelos fantásticos. Cada cual puede hallar las
llaves del castillo interior y cada cual, en una ofrenda cabal de
su espíritu al Creador, puede llegar al éxtasis y al arrobamiento.
Es imprescindible, en quien tiene cierta preparacion mental y no ha
encontrado en la vida la absorción de una de esas ciencias que se
convierten en investigación, en profesión y en culto, inquietarse
por el universo. ¿De dónde venimos y a dónde vamos? es pregunta que
algunos se formulan con afán, hasta llegar al susto de Pascal,
aterrado con el silencio de los espacios infinitos. ¡Sombrero a
tierra ante todos los aquejados con la idea del más alla, sea cual
fuere la conclusión que propongan o a que lleguen, porque todos son
espíritus superiores, que aun en el caso de haber tomado muy de
veras el vivir, como decía Gracián y de haberse enfrentado al
destino como gladiadores dispuestos a parar todos los golpes,
lleven en el semblante la melancólica distinción que da el
frecuente contacto con las sombras!
Nos movemos todos en la oscuridad, aun cuando los creyentes
proyectan sobre el camino la luz que llevan dentro. Nada sabemos y
nada sabremos de la esencia de las cosas, de nuestra terrena
misión, simple relampago entre dos eternidades, del alma que aspire
a conservar su individualidad una vez salida de la cárcel del
cuerpo. Creen algunos en la revelación. Otros se entregan al
espiritismo. El absurdo nos rodea, y sobre semejante nube
levantamos nuestras construcciones. Jactanciosamente pensamos que
aprisionamos a Dios en nuestra lógica. El Moises del Talmud, no el
de la Biblia, expreso el temor de que las aguas no se abrieran,
para el paso de su pueblo en el Mar Rojo, por ser algo contrario a
lo observado desde el amanecer de la vida. Y Dios le dijo: ''lSabes
tú si no hice desde el principio del mundo un pacto con el mar para
que hoy te diera paso? ¿Piensas que la creación ha terminado y que
el hombre, si yo lo consiento, no podrá cambiarle nada ? Uno de mis
profetas detendrá el sol, al que he ordenado girar; otro detendrá
la lluvia, a la que he ordenado caer; otro detendrá la muerte, a la
que he ordenado matar". Lo que llamamos milagro resulta
así posible. Dios no deroga sus leyes, sino las que el hombre,
pretensiosamente, cree haber descubierto como tales. De nuevo nos
perdemos en el caos. Por eso dijo Maeterlinck: "Debemos
adquirir poco a poco la costumbre de no comprender nada".
Quien llegue a la sabiduria de la perfecta ignorancia es sin duda
alguna el metafisico perfecto.
La libertad de pensamiento
Lo demás es ilusión. Podemos de consiguiente aceptar hasta la
superstición, siempre que no vaya acompañada de proselitismo. La
tendencia a la uniformidad, uno de los defectos de la democracia y
una de las imposiciones de los credos positivos, es antiliberal .
Lo grande, lo deseable, es el libre vuelo del espíritu, que no se
opone a la aceptación de los dogmas, cuando los encuentra conforme
con la razón, con la experiencia o con el instinto, pero que se
trace tiránico cuando pretende que otros los acepten. La salvación
es obra individual. La única excomunión vitanda es la de uno mismo.
Pueden algunos pensar, y el pensamiento es respetable, que aquella
salvación y esta excomunión no tienen trascendencia sin la
intervención de los pontífices. j Allá ellos! Quien lleva al
pontífice en el corazón se conduce como si obedeciera a órdenes
tremendas, aunque nadie las dicta, porque tiene conciencia de que
el "yo" excomulga y de que esa excomunión corta
las alas del espíritu.
El libre pensador puede ser un hombre religioso. Lo es de hecho
cuando está doblado de un sentimental. Así, por la costumbre de
mirar al cielo, adquirida en la primera edad, continuara con ella
"aunque lo sepa vacío". Así con la oración,
"las plegarias del niño, que suele a veces olvidar el
hombre", persistente en quien adquirio el pliegue que no
deshace la vida. Cambiará la invocación, cambiará las palabras. El
movimiento es el mismo. En el sufrimiento y en el goce hay
necesidad de Dios, si el alma espera y si es agradecida. Ante la
cuna del recién nacido, ante la muerte del hijo, los dos extremos
de la humana felicidad y de la humana desventura, uno se sorprende,
y yo me he sorprendido, de pronto, como si maquinalmente lo
hiciera, diciendo una oración. Tengo un Cristo de marfil, una
divina obra de arte, ante el cual ví muchas veces santiguarse a mi
padre. Yo quiero ese Cristo, sin sacerdote, sin el horror de las
frases que se les dicen a los agonizantes, sin la farsa de una
absolución que nadie solicita en estado comatoso, para la hora de
la muerte. En las horas de llanto, cuando la vida me ha herido
llevándose al misterio a alguno de los míos, y en las horas de
plenitud, cuando el hogar, que es mi paraiso, se ha embellecido con
la llegada de un nuevo huesped diminuto, concresión del amor, poema
de came sonrosada, visita de Dios que me ha dejado tembloroso de
agradecimiento, de ventura y de pasmo, yo he besado sin saber por
qué los pies del Crucifijo.
Macaulay hizo la observación de que en algunos hombres muchas
ideas que se excluyen viven superpuestas. No se han tomado el
trabajo de confrontarlas, y rien, cuando lo hacen, de esa carencia
de lógica. Pero la vida no es lógica, ni el hombre tiene en todo
tiempo necesidad de serlo. "Eres contradictorio, eres
sincero", escribió Cherbuliez. Con silogismos puede
llegarse a la demostración de que ideas enemigas no deben vivir
juntas. Pero viven. El hecho es más poderoso que el razonamiento. Y
por otra parte no hay obligación de someter la mente a una pauta de
principios armónicos. No debe acercársele un ratón a un gato si se
desea que ambos conserven la existencia. Sin embargo, ha habido
sujetos curiosos y pacientes que han logrado establecer amistad
duradera entre ejemplares de esas especies, que parecen destinadas
por la naturaleza para que la una sea devorada por la otra. A un
fumador le puede probar un médico que el cigarrillo le mine la
salud. Y continúa fumando. Así con las ideas. La una puede ser el
gato para el ratón que es la otra, puede ser el humo que intoxica.
No importa. Siguen conviviendo, en la misma celda cerebral, sin
destrozarse. Entre mil casos curiosos, cito el del doctor Francisco
Eustaquio Alvarez, uno de nuestros mayores incrédu los , que, según
lo reveló en un lindo artículo monseñor Carrasquilla, tenía, yo no
diré que el culto, pero si el cariño de la Bordadita. ¿Capricho,
debilidad, asociación de ideas con algo muy distante de la religión
y de la devoción a la Virgen, pero dulce pare él? Quizá. Lo que
apunto es el hecho.
De tantas divagaciones, de tantas citas que se me atropellan, en
las que mezclo personas tan diversas, sin sujeción a tediosos
preceptos normalianos, con saltos de un siglo a otro, de un país a
otro, mezclados filósofos y novelistas, historiadores y poetas,
gente ilustre y gente de aquí a la vuelta, como en una
conversación, corriendo por donde quiere la pluma, por donde ordena
la imaginación, que es caprichosa, y no gusta en mi del mismo
paisaje ni del mismo tono, yo quiero sacar sencillamente el
principio de la tolerancia respecto de todas las ideas y el deseo
de respeto profundo por la Iglesia, que desempeña una labor social
de la mayor trascendencia y es refugio para muchos dolores del
espíritu que allá encuentran su bálsamo. Soy sensible a la belleza
de sus ceremonias. No las frecuento, pero les se la poesía. Gusto
del olor del incienso, del sonido del órgano, de las bellas
imágenes. Cuando el matrimonio de algún amigo o la muerte de otro
me llevan a un templo, repaso generalmente las horas de la
infancia. Recuerdo con delicia las misas de gallo, las fiestas de
semana santa, el canto de los villancicos. Y sin poderlo remediar
me enternezco.
Para Marcel Proust las fiestas religiosas eran las únicas
perfectas. Comprendo todo lo profundo que quiso decir, pero con
cierta socarronería, agregó: eso depende. Me asalta un recuerdo que
no quiero dejar ir. Entra aquí en danza el defecto que me gusta, el
que me han criticado amigos muy queridos, de establecer una
solución de continuidad en el tono y producir una desarmonia con un
pequeño gracejo, fácilmente evitable, pero que en mí es deliberado,
porque tengo terror a lo demasiado solemne, a lo trascendental y me
gusta romperlo, para volver a ver al niño que fui y que no quiero
dejar de ser, en algunas manifestaciones destinadas a quitarme
importancia. Luis Cano me dio una vez una lección encantadora.
Hablabamos gravemente de cualquier problema político y social. Yo
filosofaba. De pronto, recordando a Renan, exclame con timbre de
voz medio triste y medio sentencioso: "',Que le puede
importar todo esto a Sirio?"... Sonriendo alegremente, me
interrumpió Luis Cano: ''¿Y Sirio que nos puede importer a
nosotros?"... Ese era el aire. Yo soy enemigo nato del
énfasis, del estiramiento, de la gravedad, del rostro de cartón,
del dogmatismo. No he pensado dedicar mis obras al tiempo, como
Esquilo. Escribo pare el die que pasa. Me parece suficiente dejar
el recuerdo del tenor, del pájaro-mosca, o, si la auto-complacencia
apura, de la flor: llegó, gustó, murió, o se marchitó. La tapa del
ataúd es lo demás. Se inicia la dicha del olvido. Si la verdadera
existencia, según Renan, es la que empieza en el corazón de los que
nos amen, la prolongación viene a ser corta, porque esos que
realmente nos aman ya se hen muerto cincuenta o sesenta años
después de ser polvo nosotros. . .
Pero el recuerdo alegre, acerca de la perfección que hallaba
Proust en las fiestas religiosas, no debe escapárseme. Es algo que
me refirió ese glorioso artista que lleva el cetro de la
inteligencia en Colombia. Guillermo Valencia me contaba que en la
suntuosa fiesta con que se conmemoró en la catedral de Lima el
centenario de Ayacucho quedó él al lado del embaiador de la China.
Cuando había pasado una hora, el embajador volvió el rostro y le
dijo al poeta en francés: "Muy interesante esto, pero yo
no soy católico". Ocupó después el púlpito el orador
sagrado. Cuando habia pasado otra hora, volvió de nuevo el rostro
el embajador y susurró: "Muy interesante esto, pero no
hablo español". Continuaron las venias de los padres, la
elevación, el incensario, el órgano. Había pasado otra hora cuando
el embajador volvió por tercera vez el rostro triste, boyacense, y
dijo: "Muy interesante esto, pero yo no me he
desayunado". Asi, con perdón de Proust y de los lectores
de estas páginas, una fiesta religiosa no resulta perfecta.
El liberalismo y las formas de gobierno
En monarquía, en república, en colonia, puede haber liberalismo.
La forma de gobierno es un accidente para las ideas. Se realizarán
las teorías, la perfección en el régimen republicano. Pero como no
se observe el principio de la virtud, encarecido por Montesquieu
como indispensable pare la dichosa efectividad del gobierno de ese
género, puede haber mayor liberalismo en monarquías como Inglaterra
que en repúblicas como las nuestras. "El hombre superior,
decia Faguet, no es cosa democrática". De ahí la
abundancia de sesudas razones, en hombres como Maurras y Daudet,
para suspirar por un rey, ofuscados quizá por el recuerdo de Luis
XIV, en cuyo tiempo florecieron esplendorosamente las ciencias y
las artes. Pero en eso también hay espejismo. Es el factor hombre
el que domina todo. Un rey imbécil, un déspota, acaban con la
teoria. Y la esperanza de redención, tan cercana en la república,
se aleja. La democracia teórica es la perfección en materia de
ambiente y de gobierno. La democracia vivida es una farsa, con su
sufragio universal, su opinión publica, su prensa y sus dirigentes.
Sobre todo se ha escrito pare mostrar los mil hilos del tinglado ,
las cortinas de humo , la imbecilidad parlamentaria, la fuerza
oscura y sorda de la intriga, del engaño, de la versatilidad, de la
envidia. Hay momentos de reacción, bellas iluminaciones
revolucionarias, horas en que evidentemente se realiza el ideal de
los buenos. Pero pasan.
Lo permanente es la intriga. Lo permanente es la farsa. En los
partidos politicos es imposible evitar que la hiedra vaya ocultando
los muros, como es imposible impedir que al pie de las encinas
vayan surgiendo los hongos. Es un criterio de aprovechamiento y de
combate el que predomina, por lo general, en cuantos se presentan
ante el pueblo con las viejas frases sugestivas y sonoras. Pocos
aceptan la definición del doctor Eastman, que trace de los partidos
merecedores del nombre de simples asociaciones de individuos que se
hallan de acuerdo en un propósito determinado, generalmente el de
darle a la nación un buen gobierno, pero que no comprometen en
dicha asociación la totalidad de su espíritu. Pero los partidos no
se mueven por ideas sino por sentimiento, mejor dicho por pasiones.
Para las labores ordinarias es suficiente el rótulo.
"Liberal es el que se llama liberal" escribió el
general Uribe. El error filosófico de tal definición es evidente,
pero es evidente también su enorme acierto político. Para el
desarrollo de los planes de los dirigentes, minoria más o menos
selecta en todos los partidos y naciones, no se solicitan luces. Se
solicitan votos. Y esos votos, en la mayor parte de los casos, los
consiguen y consignan los sujetos más opacos a la influencia
doctrinaria, conformes con el calificativo de hombres de acción y
dispuestos ante todo a aniquilar al contrario.
Para muchos que se llaman liberales el ideal sería el
desaparecimiento del partido conservador cuando el interés
sociológico radica en su vida plena y ordenada. Si no existiera el
partido conservador habría que inventarlo, porque la marcha
próspera de la nación lo exige. Son necesarias la acción y la
reacción, y son necesarias las fuerzas contrapuestas pare
establecer el equilibrio. Lo mismo que una acémila, una nación
necesita de freno y de acicate. Cuando el liberalismo ha enterrado
la espuela, el conservatismo tiempIa las riendas, y así el paso es
más seguro, elegante y sostenido. Días hay, horas hay, en que el
interés de los partidos se confunden y en que los principios de
ambos se entrecruzan. Al frente se levanta otro ideal, otro
principio, otra gente, que representan algo nuevo, muchas veces
contrario a los que aquellos sustentan. Para defender las
fronteras, por ejemplo, coinciden liberalismo y conservatismo en la
exaltación del ejército, representación armada de la patria,
depósito de héroes, de hombres abnegados, listos a ofrendar la vida
porque perdure la de la nación, en pugna con las tendencias y con
la propaganda de los antimilitaristas cerrados. Lo mismo para
defender la familia. Lo mismo para defender el derecho a lo que es
producto genuino del trabajo.
Es torpe el anhelo de ver desaparecer a un partido que sirve de
estímulo, de fiscal, de contrapeso. Aún con el peor de los
criterios es deseable su existencia, como una fatalidad a la cual
no puede sustraerse la voluntad colectiva. Aún en el simple
individuo coexisten las fuerzas antagónicas. "Mezcle en el
hombre, dijo el Dios de la Biblia, el ángel y la bestia".
Qui veut faire l'ange, fait la bete, observó Pascal ante los
frecuentes conflictos del espíritu y las contradicciones de la
acción. Para la obra de la creación es necesario que los móviles se
enfrenten. Puede la pasión política no reconocer ni siquiera la
virtud mínima en el adversario. Aún así se impone su existencia. En
la exasperación de la lucha sin cuartel podría equiparársele a la
existencia del diablo.
Esta dicho que sin Satanás el mundo perecería. Edmond Fleg, en
su vida de Moisés, refiere que el rabí Jochanan le llenó de plomo
la jeta al diablo y lo encerró en un caldero. Agrega que desde ese
momento todas las pasiones se detuvieron en el corazón de los
hombres; ningun niño volvió a ser concebido, y las imágenes del
Señor no volvieron a aparecer en el mundo. El rabí destapó entonces
el caldero y dijo: "iQue Satanás sea libre pare la obra de
Dios!". El diablo eonservador debe andar suelto para la
obra de la república y para el robustecimiento de las ideas, que
sin pugna languidecen y se extinguen. Y hablo en el peor de los
casos, porque para mí el partido conservador no ha sido diabólico,
aunque haya tenido actividades y épocas de horror, una vez que ha
realizado también obras magnificas y que ha dado al país, para no
hablar sino de Colombia, servidores ilustres.
Lo deplorable en la obra de los partidos es la insinceridad de
los hombres. Ya O'Connell habia dicho: "` Los Whigs?
Tories sin sueldo", cuando uno de nuestros repúblicos,
creo que el doctor Carlos Martínez Silva, definió así, muy
duramente, a las dos fracciones del partido conservador en su
época: "Nacionalista es un histórico con sueldo e
histórico es un nacionalista sin sueldo", lo que puede
ampliarse y extender a la realidad de otros días, de esta manera:
liberal es un conservador en la oposición y conservador es un
liberal en el poder. Hay flujo y reflujo en las ideas y en las
actividades de los hombres de partido, según sea la satisfacción
que en gobiernos o en bandos hallen las propias conveniencias. El
liberalismo, maravilloso como oposición, ha sido casi siempre
odioso como gobierno en todas las naciones de la América española.
La mejor librada es Colombia, que puede ofrecer el recuerdo y el
ejemplo de austeras y levantadas figuras.
Lo propio puede decirse de la infame tirania de los partidos.
Aquí la hemos sufrido en diversas épocas, pero menos que en otras
partes. No ha faltado en las grandes ocasiones, especialmente entre
nosotros, el hombre independiente y de suficiente firmeza que haya
levantado la voz contra errores, aberraciones o delitos de los
suyos. No hay servicio mejor a la bandera que el evitarle cubrir
mercancia sucia. La disciplina es admirable y es deseable, porque
la pretensión de tener siempre razón es dogmatica, antiliberal por
lo mismo, y disolvente. Pero esa disciplina debe ser un acto de
conformidad espiritual, para un fin noble, no para atropellar el
derecho y la moral, ni pare perjudicar los grandes intereses del
país a cambio de que el adversario sufra o se fastidie. Son muchas
las ocasiones en que el liberalismo de Colombia ha excomulgado a
algunos de los suyos por desacatar ineptas determinaciones. El
resultado ha sido en varias de ellas, opuesto a los deseos de los
inquisidores. A quien sufrió el anatema se le glorifica luego. Los
romanos llevaban del capitolio a la roca Tarpeya, para
desplomarlos, a quienes creían merecedores del castigo. Hoy de la
roca Tarpeya se puede subir al capitolio. De ordinario ha sido
difícil hacerles entender la razón a los partidos. A quien se sabe
poner sobre las ambiciones, sobre las pasiones, sobre los
conflictos, para predicar una unión de patriotas, tan necesaria en
horas de amargura, se le vilipendia o se le deforma. Contra él van
las saetas del odio o del ridículo. El goce no lo hallan los
partidos en el triunfo sino en la sumisión del adversario. Les es
muy aplicable la anécdota del labriego que renuncia a la bendición
del obispo para su sementera, prometedora de una buena cosecha, a
cambio de que maldijera, para que la cosecha fuera mala, la sierra
del vecino. Caro, Suárez, Vargas Vila, al pensar en Bogotá,
hablaron de Envidiópolis. Triste concepto, en parte merecido, por
una ciudad que se resarce con su infinita caridad y con la
presentación de muchas figuras fundamentalmente nobles. Pero esa
envidia, generadora de maldad y de rencor, no es exclusiva de
Bogotá, ni de Colombia, ni de nuestros partidos. Es la naturaleza
humana, no la zona ni el clima, aun cuando el clima influya, lo
perverso. Escenas de barbarie han presenciado Roma y París,
Washington y Berlín, lo mismo que entre nosotros Montería y
Capitanejo. Envidia hay en los dos mundos, y partidos tiránicos, y
apaches del entendimiento, y agentes que gozan con el mal ajeno. La
psicología de las multitudes, genialmente analizada por Le Bon, no
fue escrita para nosotros. Lo fue para las multitudes. De idéntica
manera, cuando se refiera a los partidos puede ser, con variantes
de detalle, considerado como universal. Multitud aquí, multitud
allá, partido aquí, partido allá, todo es uno y lo mismo.
Entre nosotros las pugnas de partido, con las treguas que para
gloria del país ha impuesto la cordura en ocasiones diversas, han
sido casi feróces. En el liberalismo, o mejor, en su historia, hay
un pegajoso líquen que se llama las sociedades democráticas. Fue el
régimen de la estupidez y del zurriago, contra las instrucciones
del gobierno y contra la protesta de los grandes dirigentes, a
quienes también hicieron víctimas de su sarcasmo o de su encono.
Pecó con las persecuciones, pecó con las prisiones, pecó con las
argucias y trampas electorales. El conservatismo tiene un deber
igualmente cargado. Ambos partidos tienen un haber de idealismo, de
progreso, de amor a la república. Pero los conservadores han sido,
acaso por la misma índole de sus doctrinas, mucho más absorbentes.
"Los conservadores, decía don Fidel Cano, quieren gozar
exclusivamente de cuanto puede dar la república: desde la ración
burocrática hasta los honores póstumos". Ahora han
aprendido que la transmisión tranquila del mando es no solo posible
sino venturosa y que a las coaliciones pacíficas, lo mismo que a la
bélica del 54 para acabar con una dictadura, no hay que tenerles
miedo.
Nuevos problemas, nuevas ideas
Los partidos forzosamente han variado de programas. Muchos de
los ideales liberales por cuyo triunfo corrió la sangre a chorros,
quedaron consagrados como normas de las instituciones. Ya no se
lucha por muchas cosas bellas que dieron a los brazos vigor y
luminosidad a los ojos. Las libertades esenciales quedaron
garantizadas en la constitución de 1886, enmendada y adicionada en
1910 y en años posteriores. La aspiración actual es darle una base
económica y social a los partidos. Ya no se lucha por ideales tan
hermosos como la libertad de prensa o la inviolabilidad de la vida.
En el mundo civilizado, una vez obtenidas esas bendiciones,
preocupa ahora el arancel, el salario, el latifundio, el derecho al
trabajo. En esos campos hay muchas injusticias que combatir, muchos
males que remediar, muchos ideales que realizar para el común
provecho. Pueden desarrollarse también campañas que emulan en
idealismo y en fervor con las de aquellos profetas, gladiadores y
mártires que se bañaron de luz en el pasado.
Está ante todo, para hablar de Colombia, la elevación de la
mujer, es decir, el mejoramiento de su condición civil, su igualdad
en el campo de las oportunidades económicas, su protección contra
las artes del seductor, las betas del embaucador, la mala fe de
quien violó sus promesas. El problema es también universal o poco
menos. León Daudet en un lindo libro, La mujer y el amor, referente
a las condiciones del sexo femenino en Francia, nación de todas las
revoluciones generosas, habla de "la mujer
esclava". Si esclava es en el centro del planeta, ¿cómo no
ha de serlo en las extremidades ? Todos estamos de acuerdo en que
la mujer manda siempre, y puede no ser paradoja el concepto de
Nietzsche acerca de la pérdida de su influencia a medida que
conquista algunos de los ansiados derechos. Por el amor domina, es
claro, por la dichosa o la vergonzosa tirania del sexo. Cuando Dios
dijo a Moisés, cuenta Edmond Fleg, que le preguntara a Israel si
quería la Tora, es decir su ley, fue a las mujeres a quienes
primero se dirigió el profeta, porque sabia que todo depende de
ellas, que a voluntad hacen la desgracia o la salud del mundo.
Aunque eso, a la postre, sea verdad, las leyes, hechas por
hombres, la han esclavizado. Es inicua la dependencia absoluta, en
cuanto a bienes, de la mujer casada. Y aunque choca con la
costumbre y con la misma devoción del hombre pleno por la mujer, a
quien quisiera sustraer de las pequeñas miserias cotidianas para
mantenerla en un bono de idealismo, no hay que temblar ante la
perspectiva de irla preparando para concederle, como ya lo han
hecho naciones de alto vuelo, los derechos políticos. Mientras la
mente masculina evoluciona, podrían las mujeres no ejercerlos. Pero
la posibilidad de su adquisición y aun su consagración, mantenida
en estado latente, servirían para irles dando la sensación de
equidad y para ir restableciendo el perdido equilibrio, producido
por la revelación, que la guerra europea hizo posible, de que son
tan capaces como los hombres, y a veces más, para el desempeño de
múltiples oficios y para el ejercicio de múltiples profesiones. La
confirmación de la capacidad les ha permitido pensar, con razón en
muchos casos, que también sirven para funciones directivas y para
orientar la marcha del Estado. La valla que les impide ensayarlo es
lo que en la mayor parte del globo ha venido a romper el
equilibrio.
Los nuevos derechos sociales y el liberalismo
Es grande también, hermosa, llena de perspectivas
trascendentales, la educación del pueblo, la redención del indio.
En materias agrarias tenemos programa para cinco lustros, en el
cual podemos ponernos fácilmente de acuerdo los hombres previsores
de los dos partidos. Hay una injusticia inveterada, tradicional,
con los colonos, aunque hay colonos que, aleccionados por
vagabundos comunistas, aspiran a que lo ajeno sea propio. Hay una
infamia, como el llamado concierto del departamento de Bolívar,
contrato horrendo mediante el cual un hombre pobre se alquila, por
un salario escaso, de por vida. En La vorágine elevó su voz sonora
José Eustasio Rivera contra el peligro mayor de la selva, que no es
la fiera hambrienta, ni el caiman con sus mandíbulas voraces, ni la
hormiga tambocha que pudre cuanto toca, ni las serpientes, ni los
vampiros, ni las exhalaciones pútridas, ni el zancudo, ni los
perfumes venenosos, ni las flechas. Ese peligro máximo está en los
libros diario y mayor de los caucheros. Es la iniquidad del
explotador de la miseria, el verdugo del hombre, que por una simple
prenda de vestir obliga al compromiso del trabajo por años, y que
por una pequeña suma, indispensable para las drogas con que ha de
aliviarse un ser querido, oblige a quien la obtiene a ofrecer los
servicios de quien todavía no ha visto la luz triste del mundo.
En la selva hay seres que nacen peor que esclavos. En los
latifundios hay trabajadores que en muy poco se distinguen de los
semovientes. Sobre el surco se mantienen, desde que Dios manda su
luz hasta cuando la quita, por un pago irrisorio. Viven sin
alegria, sin cordialidad, sin el sentido humano, atenaceados por la
necesidad, perseguidos por la obligación, sin la posesión de ellos
mismos, para morir cualquier día como una bestia que se echa, como
una mosca que se aplasta, hermética la faz, tristes los ojos,
incapaz el alma de una protesta, de una rebeldía, mientras la tarde
en que se hunden es apenas presagio de la aurora, igualmente
melancólica, que se abrira, cuando se hayan ido, para todos los
suyos.
El corazón, el cristianismo, el interés, todo se junta en el
impulso único de acabar con esa desventura. Liberalismo y
conservatismo quieren la parcelación inteligente, la compra por el
Estado de terrenos que pueda dar a los cultivadores, la
colonización respetada y amparada, fomentada también con la entrega
de herramientas, con el suministro de fondos, en la pequeña
proporción que las circunstancias lo permitan, pero en una que por
lo menos indique la iniciación del programa. Muchas campañas
análogas pueden llevarse a cabo. Ahí desaparece propiamente el
color rojo o azul de la bandera. En materias económicas se impone,
antes que la doctrina, la conveniencia nacional, con estudio
detenido de los factores que concurren a la producción, de la
índole de las gentes, de la posibilidad de los mercados, porque la
interdependencia del mundo no tolera experimentos doctrinarios,
sobre todo en países pequeños y en países jovenes, cuando se ponen
en peligro las fuentes mismas de la riqueza. Aunque es muy hondo y
frecuentemente cierto el concepto de Jules Lemaitre, de que
"el hombre, a medida que su condición material mejora,
descubre nuevas maneras de sufrir", no ha de olvidarse que
no existe un disolvente peor que la miseria. Es la madre de la
desesperación, del crimen, de la rebeldía, de la progresiva
anulación de la conciencia. El on devient moral des qu'on est
malhereux de Proust es muy relativo. Los días sin pan no engendran
pensamientos pacíficos. Hay que procurar que el pan no falte en la
rústica mesa del obrero.
Lo económico domina lo moral, lo social, lo internacional, lo
biológico. Siempre ha estado presente en todos los conflictos, en
todas las matanzas, en todas las revoluciones, pero es desde el
empuje socialista del siglo XIX cuando ha cobrado fuerza , para
convertirse en lo esencial de los programas de todos los partidos.
La gallina en la olla del pueblo, mostrada como ideal por Enrique
IV, había sido ya el panem et circenses de Juvenal en su sátira. Y
fue acaso el hambre la explicación recondita, en tiempos anteriores
a la historia, de las luchas de clanes y de tribus. Brillat Savarin
decía que a la humanidad le interesa más la confección de un nuevo
plato que el descubrimiento de un astro. Concepto de gastrónomo,
indudablemente se hace más intenso cuando contempla el problema de
la ración necesaria. Para la verdadera redención del pueblo hace
falta el apóstol que haya sentido en la came sus dolores. Nada
arreglan, ante descomponen, los predicadores de un credo prematuro,
en el cual no tienen fe, pero caya utilidad pecuniaria reconocen,
hábiles en el arte de extraer a los siervos de la gleba la cuota
que, no a ellos sino al solicitante, le sirve. Aquí tenemos ya una
larga lista de embaucadores, de diestros capitanes que no pasan la
línea del peligro y huyen en el momento de prueba, después de haber
empujado a la violencia, con palabras falaces y de encono, a los
seguidores sumisos, para ir a disfrutar mansamente del dinero que
les han sonsacado.
Así también los cazadores de votos. Programas deslumbrantes de
un paseo electoral, censuras cáusticas al capitalismo, del cual
quisieran vivir o hacia el cual van acercándose con sus
procedimientos de logreros, para olvidar el día del triunfo las
promesas, engañar la opinión y cobrar, a la burguesía que dicen
detestar o al gobierno que fingen combatir, la influencia
conseguida en el pueblo: esa es la historia, en todas partes, de
esos arrivistas. Tienen elasticidad de serpiente. Se adelgazan y
cuelan por cualquier grieta. Al menor descuido aparecen
desempenando un cargo público, o se pasan al partido contrario si a
sus personales intereses conviene, porque no es sino eso, o la
curul en la cámara, o las monedas del chantage que aseguran el
silencio, lo que ansiosamente buscan. El campesino, el obrero, se
dan cuenta ya tarde de que lisa y llanamente fueron
esquilmados.
Todo, en resumen, para adelantar, pare moverse, para
transformarse , viene a ser una labor de educación. Educación
arriba, educación abajo. Enseñanza gratuita y enseñanza práctica.
Formación del criterio para acostumbrarlo al análisis, a la
investigación, al examen de cuanto como verdad se da y que puede no
serlo. Entre nosotros fue llevado el concepto de libertad al
extremo de condenar la enseñanza obligatoria como una violación del
derecho de no hacer nada, como un atentado contra esa única
propiedad, decía Murillo, del desocupado: su tiempo. Escritores
liberales sostuvieron, con un caudal de razones, tal principio.
Después la enseñanza obligatoria fue canon liberal, al cual se
opusieron los conservadores con estrépito, hasta llegar, en los
tiempos que corren, a una fórmula que en teoría es excelente:
enseñanza obligatoria con libertad, para los padres, de escoger la
escuela. Al jacobinismo le repugna, por cuanto anhela vaciar los
criterios en ciertos moldes de aberración y de odio. El catolicismo
no es amigo de la libertad de enseñanza, aunque alega el derecho en
dondequiera que se halla sometido. El verdadero liberalismo
reconoce como suya la nueva fórmula conservadora.
Hay quienes entienden la educación como el arte de circunscribir
la propia libertad para no perjudicar la de otros. La definición es
bella pero limitada. Más amplia y más honda es la de G