PROPÓSITOS DE GOBIERNO
Presentación
El juramento que acabo de hacer a Dios en vuestra presencia,
señores Magistrados de la Corte Suprema y ante un egregio concurso
de testigos, representantes esclarecidos de la nación entera, tiene
un profundo significado que envuelve todo mi pensamiento sobre los
deberes que asumo.
Considero necesario y urgente que mis conciudadanos conozcan ese
modo de pensar con exactitud inequívoca porque la certidumbre de
los propósitos y la claridad de las intenciones en el manejo del
Estado es grande parte para que el sosiego público se afiance en
nobles motivos intelectuales y para que la obra de conjunto que la
sociedad debe cumplir sea el resultado de una convicción ilustrada.
Hombres libres y dignos como los que forman el conjunto de la
nacionalidad colombiana tienen derecho de saber cuáles son las
metas que la república persigue y los caminos limpios y eficaces
por donde se les pide que transiten.
Quien acaba de prestar la promesa ante vos, Excelentísimo señor
Presidente de la Corte Suprema, es hombre de convicciones
arraigadas que ha querido buscar, durante el decurso de su vida, la
verdad y la justicia en el fondo mismo de los hechos sociales y
políticos, sin satisfacerse, con el mero cumplimiento de las
formalidades externas con que el derecho positivo trata de
interpreter en la vida de relación de la sociedad, los eternos
principios de la ley moral, consubstanciales con la naturaleza
humana. Platón la llamaba divina, definiéndola como la razón
gobernadora del universo, existente en la mente de Dios, que no se
ordena a un fin, sino que ella misma ordena todas las cosas a sus
fines por los medios convenientes. Primordialmente a todas las
regulaciones e instituciones de los hombres, no se modifica por
ellas sino que las anula cuando las desfiguran o adulteran. Entre
las dos legislaciones a que el linaje humano esta sujeto hay una
prioridad esencial que hace inválida la legislación positiva cuando
trastorna los preceptos de esa ley moral que existió siempre y
subsistirá mientras la naturaleza humana no cambie vale decir,
perpetuamente, a pesar de todos los intentos de la malicia
apasionada a los desvaríos filosóficos para desconocerla. Pero esta
ley es general, solo abraza principios de costumbres y a lo sumo se
extiende a las cosas que se siguen de estos principios por
necesaria y evidente ilación; pero muchas otras cosas preciosas a
la república para su recta conservación y gobierno, deben ester
fijas en la legislación positiva. De su necesidad apremiante
también hablaba Platón cuando decía que es necesario poner leyes a
los hombres para que vivan según ellas, porque si vivieran sin
leyes, en nada se diferenciarían de las bestias feroces.
El concepto cristiano
La gloria jurídica de nuestra república consiste en que la Carta
Fundamental y la universalidad de las leyes están inspiradas en el
concepto cristiano de la vida del hombre y de la sociedad civil.
Las gloriosas tradiciones de la patria estuvieron suficientemente
ancladas en la conciencia del pueblo para poder resistir
victoriosamente los embates con que se quiso colocar la nación
sobre la resbaladiza pendiente de un materialismo pragmático cuya
proclividad ineludible habría de arrastrarnos al aherrojamiento del
estado marxista. Cuando se borró el nombre de Dios del preámbulo de
la Constitución, cuando se adulteraron los sabios principios que
regían la sana y benéfica concordia entre las potestades civiles y
las espirituales, cuando la juventud fue sometida en la universidad
y en las escuelas normales a un desembozado magisterio de
naturalismo y ateísmo, adelantaba un empecinado proceso de
desfiguración del alma nacional y destrucción de nuestra noble
patria libre y cristiana, dándonos en cambio una estructura
contrahecha que forzara al pueblo a transitar rencorosos cambios
revolucionarios. Pero la cívica cultura de nuestra nación no era
superficial, sino tenía raíces fuertes y profundas. Por eso fue
posible que el proditorio intento fracasara.
La conducción de la sociedad hacia sus fines es el más alto,
temible y difícil empeño que puede presentarse a la inteligencia
del hombre. Ello es lo que en el lenguaje común se denomina un buen
gobierno. Al investigar sus características, en la celosa
dilucidación de los motivos que lo hicieron posible, la historia
despliega sus enseñanzas ejemplares. En ellas se encuentra una
conclusión de importancia singularísima, las legislaciones
positivas que los hombres han establecido en una incontable
diversidad para la regulación de as naciones, Jamas determinaron
por sí solas el buen gobierno, del cual se encuentran ejemplos aun
en aquellos pueblos que tuvieron leyes inicuas y aberrantes. Por el
contrario la humanidad no ha conocido caso ninguno de buen gobierno
sino donde el gobernante obedeció sin resistencias las leyes
morales.
Eficacia de la ley
En Colombia y en todas partes en el mundo moderno, las leyes
positivas son excesivamente numerosas El temperamento casuístico
sabe encontrar preceptos escondidos capaces de satisfacer todas las
apetencias e han puesto en boga escuelas de interpretación jurídica
en que los textos pueden no decir lo que en realidad contienen sino
lo que una lucubración teórica determinada. La confianza del pueblo
ha de tener fundamentos sólidos y concretos no susceptibles de
esfumarse entre la balumba de preceptos e interpretaciones.
Sobre la relativa eficacia de las regulaciones positivas para
encarrilar las actividades del buen gobierno basta observar que el
mismo pueblo que experimento la beneficencia de Epaminondas,
versado en las ciencias, cultivador del arte, satisfecho de su
pobreza, generoso, prudente, fuerte en los peligros sin buscarlos,
firme en sus convicciones e indiferente en medio de los partidos,
soportó la demagogia de Cleón que Tucídides pinta audaz, en su
notoria mediocridad, arrebatado y violento, hábil en fomentar el
humor inquieto de los holgazanes; y Aristófanes exhibe sobre la
escena como concusionario y venal, mine de latrocinios y abismo de
perversidad . Con las mismas instituciones gobernaron figuras
antagónicas.
No es menos digno de anotar que la estructura pública más
robusta que conoce la historia, el imperio de Roma, tuviese la
gloria de sustentar las acciones prodigiosas del óptimo Trajano, la
beneficencia de Adriano, padre de la patria, regenerador del orbe
de la sierra, que interrogaba a su experiencia: "qué es la
libertad ? Inocencia y virtud"; o el gobierno de Antonino,
justo, modesto, benigno, eficaz, pacificador y hacendista. La misma
estructura sirvió de base a la desenfrenada demencia de Calígula; a
la horripilante depravación del patricida, que después de haber
sido cinco años el mejor de los emperadores degeneró en el más
perverso. Y si buscamos en nuestra propia ascendencia racial
descubrimos aquel Alfonso el Sabio denodado y magnánimo, antorcha
de su época y de las sucesivas por la sapiente juridicidad de las
"Partidas", cuyo generoso corazón destella
todavía su magnanimidad egregia en el "Nomade
ja-Do" del escudo de Sevilla, o aquella singularísima
mujer, de bondad excelsa pero de intrépido corazón sin desmayos,
que primero extirpó la homicida violencia de sus estados, luego
arrojo los moros invasores del suelo de la madre patria, para
enseguida lanzar las carabelas sobre el océano ignoto en aquella
proeza máxima de la historia a la que debemos formar parte de la
cristiandad. Esos inmortales ejemplos se cumplieron antes de que el
orgullo filosófico naturalista pretendiera haber encontrado
fórmulas inertes y recetas pragmáticas para el logro de la dicha
humana.
Las anotaciones anteriores son oportunas para significar cómo
estoy advertido de que la sola sujeción a las normas escritas,
yertas y mudables, significa muy poca cosa ante la solemnidad
augusta de prometer, como lo he hecho, el obedecimiento constante e
irrestricto a las normas morales. Una meditación continuada de
largos años me tiene convencido de que esa es la base
imprescindible del buen gobierno, que no tolera excepción ni
debilidad sin que al punto el edificio entero de los mejores
propósitos se deshaga. En su aplicación antes procede inclinarse
hacia lo estricto y exacto, que a la laxitud y el disimulo; más
actuaciones anteriores señalan esa tendencia.
Quiero que el pueblo colombiano sepa que la promesa que he
prestado me obliga por mandato inexorable de mi conciencia, a una
acabada limpieza de pensamiento y una celosa pulcritud de
conducta.
Por qué estoy aquí
Estoy aquí porque solicitado con instancia y repelido con
acerbia por fuerzas opuestas, siendo notorio mi desamor a las
posiciones de influjo, en los momentos decisivos actuó en mi contra
la coacción y la vehemente amenaza de la física. No fue dable
entonces hacer cosa distinta de acudir al campo del reto, que lo
contrario hubiera sido cobardía y fuga.
Con elevado criterio de jurisconsulto, señor Presidente de la
Corte, os habéis referido a los episodios singulares de la reciente
crónica política. Por ellos pasa sin que en mi corazón quede el
dolor de las heridas, pues no siento haber recibido ninguna. No
porque no hubiese acaso la intención de inferirlas, sino porque el
constante estudio de la historia me tiene enseñado que tamaña
actitud, en semejantes momentos, parece ser ley de la humana
especie. Conociéndola todo se explica. Explicándosela sería
contrario a la nobleza del espíritu dejarlo invadir por clase
alguna de resentimiento o amargura. Con un alma fresca y alegre,
cuya tranquilidad no inquieta ningún temor y con una serenidad
perfecta no alterada por recónditos deseos de retaliación o
desquite, puedo llegar ahora ante el ara de la patria para ofrecer
a su servicio una voluntad exenta de dolo.
En esta posición no tengo más compromiso que de seguir la
trayectoria de mi vida que la nación conoce sobradamente. Quienes
exigieron que ocupara la primera magistratura dieron su
asentimiento a mis inequívocos afanes y han de colaborar, con vivo
empeño, para que puedan ser realizados. A nadie se oculta que es
obra ingente y muy vasta, imposible de realizar por un hombre solo.
La norma suprema a que obedezco es la del bienestar común que no
puede lograrse nunca sobre bases de iniquidad. Todo propósito
personal o de grupo está ausente de mis intenciones. Invito a mis
contemporáneos a un acendrado culto de la justicia, es el ideal
perpetuo al que espero consagrar la totalidad de mis esfuerzos. Mis
conciudadanos habrán de verme dedicado resueltamente a esta tarea.
Acompañarme en ella jamás será servir a una persona ni a un partido
sino laborer por el decoro y el progreso de la república.
Cambio de estilo
Yo invito a mis conciudadanos a cambiar el estilo habitual de
nuestras actividades colectivas. Todos estamos convencidos de que
pertenecemos a una nación en atraso considerable en muchos aspectos
de la organización civil y económica. La vivacidad de la
inteligencia general es apta para descubrir defectos y acumular
críticas y censuras. En el intento de remediar las fallas aparece
un vicio paralizante y funesto donde radica la ineptitud colectiva
para el remedio eficaz de los males evidentes.
Ese vicio es la obsesión de la política, no en el noble y
filosófico sentido del cultivo de la ciencia cuyos principios
enseñan la mejor manera de obtener la seguridad y la prosperidad
pública, sin o en el que más propiamente podría designarse
"politiquería", desapacible vocablo como la
actividad que denota. Consiste en anteponer en el estudio de
cualquiera índole de problemas la consideración partidista y en
subordinar la adopción de las soluciones a los intereses y
conveniencias de la parcialidad. Nuestro país esta enfermo de
politiquería" y ese estilo debe cambiarse. Porque lo que
viene ocurriendo es que se han hecho derivar las nobles
instituciones del Estado, adulterándolas, hacia la exaltación y
preeminencia de los politicastros, otra palabra ingrate y también
adecuada, quienes adueñados de los puestos de comando de la
sociedad, con el estrépito de sus alegaciones abogan los reclamos
de los demás sectores de la población, incomparablemente más
numerosos, reales ejecutores del trabajo efectivo y creadores de la
riqueza pública. Pudiera hablarse de una mínima casta dominadora
cuyos intereses han de pasar antes y primero que los restantes de
los ciudadanos. Pero es notorio que su actividad es estéril para el
bien público y su predominio ha establecido un desequilibrio
intelectual y moral, contrario a la naturaleza de las cosas.
El conocimiento suficiente de la historia colombiana y la
meditación detenida sobre las causas del atraso nacional descubre
esta aviesa preocupación en la raíz de todos los infortunios
públicos. Desde los días iniciales y en medio todavía de los
fulgores de la epopeya emancipadora el morbo partidista hizo su
siniestra aparición, disfrazado con un servil acatamiento a textos
escritos, redactados ya con tendenciosas miras y olvido funesto de
la gloria y las conveniencias de la república. Tan vehemente fue el
mal desde su aparición que el voto supremo del Libertador moribundo
fue para que cesaran los partidos y se consolidara la unión del
pueblo. En las rencorosas agitaciones del pasado siglo, causa de
las execrables guerras civiles, siempre se encuentra la nefasta
preponderancia de los móviles particulares sobre la justicia y las
conveniencias comunes. Tal dañosa y aciaga alteración del espíritu
regulador de las actividades políticas ha estado actuante en el
país sin intermisión hasta los días más recientes en que todos los
hombres de esta generación vimos el ensayo óptimo de cordialidad y
de entendimiento entre los partidos, el régimen de unión nacional
implantado por el excelentísimo señor presidente Ospina Pérez, sin
paralelo entre todas las repúblicas por la generosidad sorprendente
de su concepción y la limpieza de su práctica, sucumbir a los
implacables e insidiosos embates de que fue objeto desde el
principio por quienes formando parte de él no lo consideraron sino
como posición transitoria, adecuada para restablecer el
exclusivismo político que había afligido a la nación en el tiempo
antecedente.
Libertad y verdad
No debe vacilarse en señalar el mal donde evidentemente se
halla. No es la libertad la que nos conduce a la verdad, sino la
verdad la que nos hace libres. La libertad del hombre no es un lujo
superfluo, sino el asiento de la dignidad, porque nos hace
responsables de que hagamos bien o mal nuestro quehacer en cada
circunstancia.
Este concepto de la libertad responsable es básico en la función
del Estado. Cuando se disfruta de esa digna libertad a la vida del
pueblo se engrandece. Cuan distinta es de aquella Euménide, que
hacía estremecer a Arboleda, en ocasión como la presente, porque su
nombre había sido profanado por labios tan impuros; había servido
de pasaporte a hombres tan bajos y tan viles; había convertido
tantos jardines en yermos y tantos edificios en escombros, había
hecho derramar tanta sangre y tan inocente, que cuando la invocaba
alguno, había que empinarse para ver llegar al tirano detrás del
pregonero!
La persona humana
En la actividad del Estado nada hay fecundo si no preserve
celosamente y magnifica la dignidad de persona humana, con lo que
se consigue que los ciudadanos de la misma nación se respeten
recíprocamente y puedan armarse. Necesitamos sustituír con una
amistad leal y sincera entre los colombianos los habituales,
deprimentes ímpetus de división y de resentimiento. Aristóteles
decía, que cuando los hombres son amigos no tienen necesidad de la
justicia; mientras que cuando son únicamente justos, necesitan
también de la amistad. El pensamiento del filósofo adquiere la
plenitud de su eficacia vital iluminándolo con sus propios
conceptos, según los cuales la verdadera amistad es la existente
entre hombres de bien y semejantes en cuanto a virtud, porque ellos
se desean bien recíproco para certeza del bien por una causa y el
hombre por otra, pues la ciudad no es otra cosa que muchos hombres
reunidos en sociedad para defender mutuamente sus derechos. El
derecho consiste en la distribución de las funciones, con cuyo
cumplimiento cada individuo conspira a realizar el bien del
conjunto.
La ordenación de la razón para el bien común, imperativa norma
de dirigentes y legisladores ha sólido ser eclipsa da por la
superchería política. Se ha sustituído la función por su
representación, dando al aparente, estricto cumplimiento de las
meres formalidades external la categoría fundamental
correspondiente a los principios inalterables del orden moral, con
lo que esas formalidades pueden no coincidir o interpretarlos
malamente, pero que en ningún caso los reemplazan. Nuestra historia
esta plagada de innumerables posturas de fingida sumisión al texto
legal, con las que se han cohonestado atropellos y
abominaciones...
La violencia y la justicia
Insisto en que la transformación del estilo en la vida
colombiana necesita aclararse en piso firme y conocido para que el
cambio sea benéfico y duradero. Por eso mi obligación primordial
consiste en que no subsista duda alguna sobre cuanto intento y
procuro. El ejercicio del gobierno es un ponderoso deber dirigido
al servicio de la justicia, al sostenimiento de una seguridad
imperturbable y a la protección eficaz de los legítimos derechos de
los asociados. Para cumplir este programa el paso inicial es el de
reestablecer en nuestra sociedad el respeto inviolable por la vida
humana, caído en torpe menosprecio, cuando quiera que se imaginó en
el Estado la posibilidad de cumplir fines políticos, prefiriendo la
salvaguardia de los derechos humanos, fin esencial de su
constitución. El espectro de la violencia homicida ha aparecido en
la historia colombiana siempre que se creyó que el hipócrita
respeto de los formulismos podía sustituír la obediencia de las
obligaciones morales y que pagando el diezmo del eneldo y de la
yerbabuena y del comino, que acaso ordenan los códigos, podrían
olvidarse de la justicia y la buena fe prescritos en las leyes
eternal. El homicida es el primer enemigo de la sociedad.
Sabiéndolo tal, el gobierno hará caer sobre él todo el peso de la
autoridad pública y quien prive de la vida a su semejante no espere
ninguna clase de disimulo o benevolencia, excusándose en servicios
políticos, en fervorosas adhesiones, ni en arrebatos pasionales. La
lastimosa situación de nuestra república, desangrada por la
violencia, requiere un restañamiento inmediato. Ninguna duda puede
abrigarse de que se cumplirá este designio por lo que a las
autoridades ejecutivas concierne.
Aquí aparece como especial la colaboración de la magistratura,
de quien me permito implorarla con vivas y rendidas instancias.
Ciertas teorías de un sentimentalismo dañoso se han aguzado para
conseguir la impunidad, olvidándose de que la benevolencia con el
delincuente es impiedad atroz con la víctima y que la desproporción
entre el atentado y la justa vindicta es nefasto abono del crimen.
En la revitalización de las instituciones compete inmensa parte a
la magistratura, porque es notorio que el vicio a que refiriéndome
he venido no se detuvo en los umbrales de la Casa de la Justicia,
sino penetró en ella con altanería y en el sagrado recinto de los
estrados causó un perjuicio devastador. La toga de la justicia no
puede deslustrarse sobreponiéndole esclavinas de insignias
políticas, sin convertirse en tedioso disfraz que hace del
magistrado un reo y un abusivo del servidor público. Cerrar el paso
con rigor implacable a tamaña corruptela, de la que se han
presentado esos infaustos, es la colaboración eminente que
ahincadamente solicito del noble personal de los jueces colombianos
para que la sociedad pueda reposar tranquila en la certeza de una
recta administración de justicia.
Pulcritud administrativa
Característica del nuevo estilo ha de ser la impoluta pulcritud
de la administración. Los funcionarios que no se sientan dispuestos
a restringir su deseo de proventos a las asignaciones estrictas
señaladas a la respectiva función y quieran aumentarlos con gajes o
adehalas derivados del mal ejercicio de su influencia, deben
retirarse del servicio público, porque ni la apariencia del cohecho
puede ser consentida. Quienes negocien con el Estado sepan que el
corruptor régimen de las comisiones ocultas les llevara a la
cárcel, si son nacionales y si son extranjeros, además al
estrañamiento.
Se exigirá inexorablemente la diamantina limpieza de los
funcionarios, pero ella solo no ha de ser bastante sino que debe
buscarse la capacidad. Si los empleos ennoblecen a los ciudadanos,
también puede el ciudadano ennoblecer los empleos y no tendremos un
Estado eficaz mientras sus servidores se contraigan a la monótona
rutina de un oficio sin alma. El organismo de la administración
debe ser operante y eficaz, para resolver con presteza los
negocios, no para retardarlos buscando en cada caso, por mínima que
sea, el cumplimiento de la justicia y la protección del ciudadano.
La burocracia no debe ser medio de participar en el reparto de los
recaudos fiscales. sino colaboración inteligente y animosa en la
magna y robusta empresa del engrandecimiento nacional, que no puede
cumplirse con una suma de ineptitudes y desidias, sino con la
integral de las capacidades nacional es avivadas por el fuego de un
inextinguible amor a la patria.
La labor de la iglesia
Vano sería imaginarse que estos limpios propósitos pueden ser
realizados solo con la formulación de preceptos y con la vigilancia
externa y coercitiva de las autoridades. Si de la raíz profunda del
sentimiento general no arrancan los nativos de la transformación ,
el esfuerzo será efímero y los resultados solo aparentes. Preciso
es limpiar la mente popular de las punzadoras malezas del
materialismo histórico que degradan la persona humana y
abatiéndola, la entregan inerme al castigo de las tiranías
colectivas. La propaganda envenenada no debe oscurecer en los
entendimientos las sublimes nociones de la dignidad del hombre, de
la alteza de fines de su vida y de la incoercible libertad de las
almas para lograrlos. Deben arrancarse de los corazones ingenuos
las cizañas del odio, que en ellos sembró el enemigo nocturno y
amenazan sofocar la cosecha del bien con la agrura del
resentimiento. Pero esta redentora tarea de regeneración de los
sentimientos íntimos del pueblo, espiritual por antonomasia no
puede ser acometida con éxito sino por aquellos ministros que Dios
diputó para la conducción de las almas. Ahí esta para la labor
sacerdotal una mies abundante. La Iglesia es benemérita de la
cultura nacional. De la salvajez aborigen fueron los misioneros
quienes rasgaron los tupidos velos, iluminando comarcas lueñes y
salvajes con redentora luz. A su amparo se fundaron nuestras
primeras universidades y la lámpara de los estudios humanísticos,
jurídicos y científicos siempre estuvo encendida en la fecunda paz
de los claustros para hacer posibles las generaciones de la
Expedición Botánica y de los fundadores de la República. Son sus
representantes en la actualidad los que más cerca llegan al alma
popular y los que ante ella conservan incó1ume prestigio. Cuando se
trata de ennoblecer los sentimientos generales, cimentar la paz en
una só1ida concordia entre los habitantes, conseguir la mejora de
las condiciones de vida de la porción desvalida de los ciudadanos y
buscar en la cooperación inteligente de los esfuerzos resultados
que no pueden alcanzarse con actividades aisladas, la influencia
sacerdotal tiene un campo prodigioso de acción para el beneficio
colectivo en el consejo, en la guía, en el amparo y en la
beneficencia, en apartar las multitudes desprevenidas de las
agitaciones estériles aunque se les incita para explotarlas , en
labor por la corrección moral y el bienestar material de los
individuos, que son la célula vivaz y segura de la grandeza
colectiva. La patria espera con ansiedad la intensificación de este
apostolado sublime de donde resultarán bienes inmensos y
bendiciones incontables.
Misión de la mujer
Para esta labor universal de limpieza y eficacia jamás podría
prescindirse de la colaboración, en primer grado, de las mujeres de
Colombia. A ellas dirijo en estos momentos, con fervor encendido,
mis palabras suplicatorias para una ayuda decidida. Consideramos a
la patria como un vergel caído en abandono, como un huerto que el
vendaval abatió y donde el helado granizo causó destrozos. Es
preciso recuperarlo para que produzca de nuevo brillantes flores de
virtud y frutos abundosos de bondad y misericordia. Nada más
indicado para esta labor santa y preciosa que el celo que desborda
del generoso corazón de la mujer y la inefable eficacia de sus
manos suaves y diligentes. La madre con sus hijos, la hermana con
el hermano, la amada con el ser que le consagra sus pensamientos,
la esposa con el varón particionero de su suerte y afanes, la voz
amante de la mujer llegará siempre a la intimidad profunda de la
conciencia masculina y sobre ella actuará con mejor influjo que
otra cualquiera sugestión. Si en su música inigualada lleva la
inspiración del recto proceder en la labor diaria de la nobleza del
trabajo, de las satisfacciones imponderables de la justicia y la
probidad, de la entereza para dominar infortunios y la magnanimidad
para libertar el espíritu de los venenos del resentimiento pondrá
para la paz colectiva los fundamentos esenciales y será labradora
eficacísima de la transformación de la vida del pueblo y sembradora
munífica de la alegría creadora, de que andamos menesterosos.
Siempre la juventud
No se ignora la esperanza intensa y luminosa que alimento en la
juventud. Para el cambio fundamental que me obsesiona confío en el
arranque generoso y pulquérrimo que anima los juveniles pechos. La
ingrata vida que hemos traído, y que no padecieron, no los ha
envenenado con el acíbar de sus heces, ni el desabor de las
desilusiones aprisiona el ímpetu de su corazón en el hielo del
desencanto . Su fe en la vida y en el porvenir de la patria no ha
recibido aun heridas atroces y para la gran acción renovadora es
necesario tener fe. Preciso es que los jóvenes eleven sus
aspiraciones a los objetivos más altos y en un afán de superación,
renovado todos los días, busquen por los caminos de la virtud y la
sabiduría el galardón debido al mérito. Han de encontrar en las
escuelas universitarias serio y austero ambiente científico que les
haga idóneos y responsables, eliminando también de allí el moho
partidista que deslustra y marchita las instituciones más puras,
pues la universidad seguirá el alto derrotero de la escuela de
Pitágoras, que buscaba formar hombres y ciudadanos y no visionarios
y sofistas. Cierren los jóvenes los oídos a las incitaciones de los
hombres caducos que quisieran tenerlos como cauda para que se
perpetúe en ellos la desventura a que la patria fue arrastrada.
Limpien sus ánimos de los resquemores y recelos que han venido
causando la infelicidad colectiva y dejen henchir sus corazones del
ímpetu conquistador de más fecundos horizontes. Abandonen como
metas el rutinario ejercicio profesional o el aburguesamiento
burocrático para buscar en el acendrado cultivo de las ciencias, en
las iniciativas fecundas de la industria, en el trabajo realizado
con una perfección intachable la excelencia de la labor que exige
el nuevo ritmo del vivir nacional. Sepan ser la legión de sangre
nueva y alma regocijada que acabe con la tristeza de la patria.
Cuantas óptimas expectativas radican en la falange de los
educadores! E1 trabajo cotidiano, arduo y silencioso de maestros y
maestras, orientado con el noble designio de purificar la mete
popular y crear el anhelo de una vida tranquila, fundada en la paz
y la concordia, permitirá imprimir en el alma dócil de los infantes
la preocupación de la grandeza de la república para que los hombres
del próximo futuro tengan ese apremiante afán como suprema norma de
sus actividades. La virtud de las alas consiste en llevar lo que es
pesado hacia las regiones superiores donde alientan divinas
esencias de todo lo que es bello, bueno y verdadero. Los educadores
deben fortificar las alas del alma de los niños y amaestrar sus
argentinas voces en el canto de la dicha que la bondad produce.
Cada escuela ha de ser un templo de elevación espiritual y la
multiplicidad factor ingente de la transformación ambicionada.
Las fuerzas armadas
De la imprescindible necesidad de las armas en el Estado decía
Cervantes: "Las leyes no se pueden sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los
reinos, se guardan las ciudades, se amparan los caminos, se
despejan los mares de corsarios y finalmente, si por ellas no
fuese, las repúblicas, los reinos, las ciudades, los caminos de mar
y sierra estarían sujetos al rigor y la confusión que trae consigo
la guerra el tiempo que aura y tiene licencia de usar de sus
privilegios y de sus fuerzas". Para el caso colombiano
debe anotarse que a la lealtad y heróica decisión de las fuerzas
militares débese la salvación de la cultura tradicional y que
nuestra nación no gima ahora bajo la tiranía comunista. Como
recompensa de tan señalado servicio el pueblo debe procurar que su
ejército disponga de los medios técnicos adecuados para su cabal
eficacia.
Cuando Colombia fue grande corrieron sus bajeles la aventura del
mar trayendo de horizontes lejanos laureles al altar de la patria.
Corroída por la discordia la nación se retrajo luego de aquellas
empresas de varonía. Signo de favorable cambio y prueba decisiva de
los beneficios de la cooperación esta en que su bandera, en
apretado haz con las naciones hermanas, surque el océano al topo de
la flota mercante, con resultados positivos. La ejemplar disciplina
y la técnica y estricta preparación de los marinos son realidad
enaltecedora y firme esperanza de realizaciones insignes.
Tampoco el aire ha sido esquivo al esfuerzo nacional. Las alas
de Colombia, guiadas sabiamente por administradores y pilotos
expertos, han sabido dominar los vientos de otras latitudes y
llevar nuestras insignias a las primeras capitales del mundo. Las
fuerzas aéreas cumplen su ardua misión con intrepidez y coraje y
los caballeros del aire emulan en bizarría con los de la sierra Y
el mar.
La seguridad exige imperativamente la conjugación de dos hechos:
la irreprochable conducta de los agentes de policía y el respeto
riguroso de los ciudadanos a los agentes de la autoridad. De lo
primero está encargada una misión británica de alta capacidad. Es
lo segundo el cumplimiento de una noción elemental de orden, sin lo
cual la cultura civil es inconcebible. La ciudadanía debe estar
advertida de que no puede haber tolerancia para ese irrespeto.
Las reformas económicas
Para la copiosa muchedumbre de colombianos que en la fatiga
cotidiana de los talleres y la intemperie realizan en conjunto el
trabajo nacional dedicará el Estado afanes solícitos, porque
constituyendo la mayor parte de la población su mejor asistencia
realiza el propósito del bien común para el mayor número posible.
No se conocían en Colombia iniciativas tan importantes como las que
la última administración deja en marcha. Continuarlas es propósito
irrevocable. Habeis sido justiciero y exacto, excelentísimo señor
presidente de la Corte Suprema, en el examen de la prodigiosa labor
cumplida por la última administración. El porvenir repetirá las
bendiciones del pueblo para el egregio mandatario que inició los
planes de sanidad rural y dio realidad a los de construcción de
viviendas para campesinos y obreros, y tantas otras empresas
fecundas y generosas que habrán de proseguirse, utilizando en su
incremento las lecciones de la experiencia. Se que el problema
primordial radica en la insuficiencia alimenticia de las clases
laborales. Una técnica intensificación de la cunicultura puede
poner rápidamente el uso de la carne al alcance de extensas zonas
de población que la desconocen prácticamente y el aprovechamiento
de la feracidad tropical en nuevos cultivos debe remediar la exigua
ración al alcance de los humildes. También el seguro social que ha
comenzado a prestar servicios eminentes en las regiones donde ha
sido implantado, debe extender sus beneficios sin ocasionar
desequilibrios en la economía industrial, ni en la pública. Todo se
adelantará con un noble criterio de cristiana solidaridad y de
justicia distributiva.
Al paso que el Estado se preocupa del mejoramiento del campesino
es apremiante la ayuda de este para modificar las pésimas
condiciones de la labor agrícola. Nuestros suelos están tratados
del modo como los musulmanes lo han hecho con las comarcas que
invadieron. El norte de Africa, asiento de próspera cultura en los
primeros siglos de esta era, es hoy un erial de recuperación casi
desesperada. El suelo fértil es una entidad que hay que cuidar y
acariciar con diligencia, para que no se agote. Pero nuestro
trabajador agrícola, entregado a la rutina y falta de dirección
previsora y experta, parece empeñarse en la rápida destrucción de
la cape vegetal. Con la inconsiderada tale de los bosques, se
extiende sobre el territorio la atroz amenaza del desierto. Con los
surcos de cultivo invariablemente dirigidos según la línea de mayor
pendiente se ayuda al siniestro trabajo de la erosión, sombra
maldita que acompaña la inexperta labor del campo. Empeórase el
daño porque la sierra se martiriza con quemas incesantes
dilapidando en humo sustancias cuya transformación daría fertilidad
renovada. Al ver la turbidez de las aguas de nuestro gran río surge
el pensamiento melancólico de que allí se esta yendo al mar, sin
retorno, la fertilidad del territorio.
La preservación de los suelos
Por circunstancias económicas que el Estado debe modificar, casi
la totalidad de la población colombiana esta encorbada sobre los
suelos arrancando las especies arborescentes para fuego de los
hogares. Así adelanta una pavorosa devastación forestal, cuando el
subsuelo, es probadamente rico en combustibles minerales, que
además del mercado interno, tienen una intensa solicitación
exterior. Resueltos los problemas de la explotación mecánica, los
transportes y los embarques, obtendría la nación nueva y
considerable fuente de monedas extranjeras, con la ventaja insigne
de la diversidad de su origen.
La siembra de arboles, como un empeño decidido oficial y
particular; el cultivo según las curvas de nivel y con ayuda de la
tarea, la limpieza de los terrenos con medios mecánicos, el empleo
de los abonos, la selección de semillas y la rotación de los
cultivos, uno y otras aconsejados técnicamente, lo mismo que la
selección de los rebaños y las greyes aparecen como objetivos
concretos para conseguir la transformación de las industrias
agrícola y pecuaria, llamadas en corto tiempo a la más halaguena
prosperidad.
Anhelo que en el campesinado se despierte un generoso amor a la
tierra para tratarla con atención inteligente y no con avaricia
exhaustiva.
Industrias y obras públicas
Parte muy considerable del bienestar publico reposa en una
sólida industrialización. Los progresos realizados ya son visibles
y alentadores. Aumentar la producción disminuyendo sus costos
permitirá extender los mercados internos con beneficio de los
asociados y acudir con éxito a los internacionales. El progreso
industrial requiere la estabilidad de las regulaciones económicas.
El comercio, inspirado en principios de moralidad estricta y libre
de la desleal competencia del contrabando que será reprimido
enérgicamente-facilitara el desarrollo próspero de la economía
nacional.
El secreto de esa prosperidad radica en vencer las dificultades
geográficas hostiles al aprovechamiento del territorio,
transformándolas en fuentes creadoras. Las ásperas cordilleras
andinas obstruyen la circulación de los hombres y los productos,
mientras por sus vertientes resbalan aguas inútiles que pudieran
generar luz y, energía para los pueblos dormidos y las tristes
aldeas. Acequias y arcaduces sustituyéndose álveos arbitrarios,
llevarían la fertilidad a los yermos y la esmeralda viva de los
sembrados será la recompense de la labor inteligente.
Entre las obras públicas la opinión coincide en señalar como las
más urgentes las vías de comunicación. La mayor suma de recursos
posible se destinara a resolver pronto y técnicamente ese grave
problema.
Es imposible enumerar soluciones y propósitos para la incontable
multitud de problemas de una administración que las exigencias de
la vida moderna acrece día por día. Espero que lo dicho sea
bastante para caracterizar una especie de nuevo estilo en el manejo
de los intereses comunes. Aspiro a que generalizado ese criterio,
nuestra patria reconquiste el prestigio de alta civilización que
tenía antes de recibir tan graves mancillas.
Política internacional
Reconstruida internamente nuestra república sobre bases firmes y
austeras acaso nos sea cable aparecer entre las demás naciones de
la sierra honrados en nuestra pequeñez y fuertes por la integridad
moral de nuestros propósitos, para colocarnos sin ninguna
vacilación del lado defensor de la soberanía e independencia de los
pueblos, y la libertad y dignidad de los hombres que la tiranía
comunista destruye. Los Estados Unidos están enviando la vanguardia
de su juventud a una lucha sangrienta en defensa de esos principios
y mi espíritu no quedaría satisfecho si en estos momentos mis
labios dejaran de pronunciar palabras de admiración y
reconocimiento por el heroico esfuerzo que se hace para salvar la
civilización. Miembros de una cultura definida, de la que estamos
justamente orgullosos, con la patria de la progenia y con las
naciones que se desprendieron como frutos óptimos de ese tronco
robusto, anhelamos estrechar los sagrados lazos filiales y
fraternales. Y con las naciones limítrofes, que formaron parte de
nuestra propia historia y vida queremos cultivar los más estrechos
vínculos de cooperación y amistad.
La generación post-centenario
A la generación a que pertenezco tocole conocer la república con
austero y noble perfil cincelado por una libertad responsable y
justa en el ejercicio de la autoridad pública y en el acatamiento
de los ciudadanos. Por desgracia cuando individuos de esa
generación tomaron las responsabilidades del mando, con apariencias
de innovación, retrocedieron a esconder en simulaciones legalistas
los principios de libertad y orden, básicos de nuestra cultura
jurídica. Igual cosa había pasado en desastradas y turbulentas
épocas anteriores. Utópicas ideologías desalojaron de la
legislación y el gobierno las normas de equidad en que el bienestar
común se cimenta y fueron origen de incontables guerras y
desgracias mientras en el infausto ensayo nuevo desbarataban la
armoniosa estructura constitucional de la república troquelada en
las enseñanzas del Padre de la Patria, entregándola inerte a la
devastación revolucionaria. A punto estuvimos de que se realizara
la tétrica visión de Bolívar en la hora de sus desencantos:
"Colombia convertida en un pueblo frenético, que por no
entenderse inmoló su gloria, su libertad, su
existencia...". De regreso del despeñadero, acaso exenta
ya mi generación del deshonor de haber realizado el lúgubre
vaticinio es dable evocar los manes augustos del Libertador, tutela
próvida en el empeño decidido de fundar la unión de todos los hijos
de la patria como lo anhelaba su genial pensamiento sobre una
serene justicia y un insomne afán de alcanzar la gloria de la
república...
Los hombres no somos sino briznas de yerba en las manos de Dios.
Quiera su mano omnipotente salvar a Colombia.