LAS SUPERSTICIONES DEMOCRÁTICAS
Si al derecho divino de los reyes ha sucedido el derecho divino
de las asambleas, al de éstas se sustituye alguna vez el derecho
divino de las multitudes; la dinastía de las divinidades tutelares
se democratiza, y la superstición que las forja—una en
esencia, aunque asuma en su exteriorización formas diferentes y
entre sí antagónicas—depone, como el maligno espíritu en el
drama de Goethe, su antiguo arreo de arcángel miltoniano, para
gastar el ferreruelo estudiantil o el rojo airón de los tumultos y
de los carnavales callejeros. El proverbio que atribuye a la voz
del pueblo el maravilloso dón de infalibilidad y justicia
privativas de la voz de Dios no se confirma, desgraciadamente, en
los más trágicos y decisivos momentos de la historia. Desde las
turbas que ante el árbol de afrenta escarnecieron, a nombre de la
tradición y de la ley antigua, la doble majestad del martirio y de
la excelsitud moral en la personalidad de Cristo, hasta las que a
nombre de la nueva ley y de la revolución inmolaron a los
prisioneros de las cárceles de París en las aciagas jornadas de
septiembre, el impulso de las multitudes representa cuanto hay de
más inconsciente e irrazonado en las acciones humanas; cuanto en
estas se acerca más a la brutal y ciega fatalidad de las fuerzas de
la naturaleza. Querer allegar un átomo de razón a esas impulsiones
instintivas sería tanto como pretender discutir con el terremoto o
convencer al ciclón; discernir un prestigio moral a esas energías
primitivas o hacer a la multitud árbitro de sentencias inapelables,
o medir el valor de una acción, o el mérito de una actitud por el
aplauso, o el vituperio de esa deidad caprichosa y versátil, es
desconocer la íntima inconsciencia de sus juicios, la impulsividad
de sus actos, el simplismo de su criterio, su ductibilidad a las
peores sugestiones y su veleidad en los más trascendentales
propósitos. Jorge Brandes plantea esta fórmula algebraica:
"La turba no es 1 + 1 ~ 1 + 1 hasta la suma total de las
unidades, sino 1 + 1 + X; X, es decir, bestialidad que se
desarrolla en los individuos cuando se convierten en
turba". En las épocas en que se solicitan sus sufragios
como la más alta sanción y se la adula como la deidad más poderosa,
la razón vela ante el tumulto la faz pudibunda, y solo imperan en
el mundo los dictados delirantes de la pasión. Puede afirmarse que
si hay en la multitud un espíritu y una conciencia, esa conciencia
y ese espíritu, cualitativamente inferiores en muchos grados a los
de cada uno de los individuos que la componen son un espíritu
informe y una conciencia obscura y primitiva de donde la verdad y
la justicia no emanan sino rara vez,en ráfagas momentáneas, en
inspiraciones tornadizas y efímeras como las olas del sentimiento
popular que una palabra inflame y otra palabra desvanece .
Muchos rectos caracteres, muchas inteligencias esclarecidas se
prosternan ante el supremo tribunal de los tiempos modernos: la
opinión pública, sin pensar que en algunas ocasiones ella no es
sino la pasión colectiva, no siempre legítima, y en otras el
general extravío no siempre inocente; la arenga del Stockman de
Ibsen que Rodó cita, es la consignación de un hecho frecuente y
desconsolador: "Las mayorías compactas son el enemigo más
peligroso de la libertad y de la verdad". Cuando esa
mayoría se llama el pueblo o la nación, es decir, la inmensa mesa
incontestable que sugestiona o inspire, modela o conduce aquel que
sabe abatir su inteligencia al nivel inferior de la de ese
sempiterno niño, y le habla su propio lenguaje, y sin es crúpulo
halaga sus más reprobables apetitos, entonces, si encaminada contra
el iniciador de un espíritu nuevo, de una revelación superior de la
verdad o de una original concepción de la filosofía, de la ciencia
o de la política, esa mayoría detiene por siglos y a las veces hace
malograr definitivamente la siembra de ideas que el pensador
solitario confía a la inerte gleba del presente para que
fructifique en el porvenir. Hombres honrados y que individualmente
serían inofensivos, cometen, en las sediciones y tumultos, crímenes
inauditos. No es una corriente unánime ni una mayoría poderosa,
sino un grupo desamparado y casi siempre una solamente de elección,
quien señala a los pueblos, en los momentos de extravío o en la
tenebrosidad de las regresiones, la vía de salud y las cápsulas de
la ciudad futura. No es de un gobierno, así sea el más despótico de
ellos, de donde parten para ese pensador o para ese grupo las más
aviesas asechanzas y las persecuciones más implacables; es la sorda
hostilidad de la opinión dominante, la tácita reprobación de las
mayorías, la abrumadora adversidad del medio, la que niega el aire
y la luz, la que aísla en una suerte de cuarentena moral a los
audaces que denuncian el perjuicio universal y sacuden, arrojando
indiscretas chispas, la antorcha de la verdad sobre el espeso manto
de tinieblas en que las multitudes se envuelven obstinadamente para
negar la luz. Si los hombres de genio o de inspiración hubiesen
cedido, en su tiempo, a las presiones de la opinión de entonces,
habríase retardado centuria tras centuria el advenimiento de la
mayor parte de las grandes reformas religiosas y políticas, de los
grandes descubrimientos geográficos, de las revelaciones
científicas, de los maravillosos inventos industriales, de los
sistemas filosóficos, de las creaciones artísticas, de las
concepciones literarias, de todo cuanto forma el superior acervo de
la civilización contemporánea. Porque la opinión dominante en una
época, hostil a todo eso por su instintivo conservatismo, no la
compone siquiera el promedio de las inteligencias, que siempre es
vulgar, sino algo todavía menos elevado que ese promedio. Todo paso
decisivo en el avance humano obra es de las voluntades incólumes y
de las mentes superiores que se han atrevido a tener razón contra
los demás, sabiendo hacer suya la altiva divisa del viejo romance
castellano: "Yo contra todos y todos contra
yo".
Las mayorías parlamentarias, por su especial psicología, por las
circunstancias que presiden a su elección y por la casi completa
irresponsabilidad individual de quienes las componen, están
particularmente expuestas a los extravíos de la ceguedad y de la
pasión. Dice Bernard Shaw en su originalísimo Manual del
Revolucionario que las democracias sustituyen el nombramiento de
los corrompidos pocos por la elección de los incompetentes muchos.
Sin dar excesiva importancia a las paradojas del genial dramaturgo
que triunfa en el teatro inglés, sí puede afirmarse con Le Bon la
relativa inferioridad mental de los cuerpos colegiados, maguer los
formen o en ellos aparezcan intelectualidades de excepción; la
sugestión los domina y se observan en ellos casos de inconsciencia
imposible en cada uno de los individuos que los componen
"Las decisiones que tanto se nos han reprochado—dice
en sus memorias el famoso convencional Billaud Varennes—no las
queríamos frecuentemente el día anterior; la crisis sola las
suscitaba". El profesor Lowell consigna alarmado la
creciente e incondicional subordinación de las mayorías del
Parlamento inglés a las sugestiones de las leaders de los partidos
y denuncia la nueva forma de absolutismo, perfectamente
irresponsable, que por este medio puede ejercer un hombre sobre
todo el imperio.
Cuando se debatió en uno de nuestros congresos la cuestión más
grave, acaso, que se haya presentado nunca a la representación
nacional del pueblo colombiano, tuvimos una revelación de la manera
como se forma y modela la mentalidad colectiva en los momentos de
las crisis decisivas de las naciones. La fatalidad de las
circunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos y de
las cancillerías, había impuesto un tratado gravísimo con una
nación poderosa y absorbente; habría sido preferible que el tratado
no se firmase por el representante colombiano, pero estaba firmado;
no era ni con mucho todo lo que el patriotismo podía ambicionar,
pero era acaso lo más que la aura realidad de las cosas permitía
obtener; el deber supremo de la representación nacional no era el
reproche retrospectivo, siempre fácil y siempre estéril sino la
confrontación firme y serena de la situación real ya creada y el
buscar dentro de ella la vía que asegurara a la República el
máximun de ventajas, o si se quiere el mínimun de males; no era
lamentar lo que podía haber sido pero no era, sino el descubrir,
dentro de lo que era, la mejor solución, no deseable, sino posible.
Si había lugar a sanciones contra los creadores de tal situación
(cuestión por demás compleja) podían gastar en eso los preciosos
momentos que la patria reclamaba para su salvación. En el ánimo de
los congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin dude las
consideraciones de celo patriótico y de respeto a su concepto del
estatuto nacional; pero pesaban más, dicho sea en honor de la
verdad, las consideraciones políticas y las pasiones del momento;
las primeras hubieran podido en rigor conciliarse y encontrarsce al
fin un temperamento que armonizara los fueros de la integridad
nacional con los intereses eminentes de la otra potencia signataria
y la imposición de las circunstancias; las segundas fueron
inconciliables e irreductibles. Juzgose que el desventurado pacto
implicaba un interés primordial del gobierno, y se enarboló su
negativa como flamante bandera de oposición; para los
congresales—todos ellos individualmente personas
respetables— la consideración del incalculable mal que podía
sobrevenir al país desapareció ante los dictados del odio band
erizo; llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan
frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño que podía
resultar de su actitud alcanzaba al presidente y no a la patria; no
se detuvieron a reflexionar que el mandatario, hombre anciano, rico
y sin ningunas ambiciones, nada perdería personalmente con ello y
que a la República sí podría colocársela al borde de un abismo,
exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; procedieron
como la tripulación que para hacer mal al capitán hundiese el barco
que los llevase a todos, y el mal se consumó. Como este ejemplo nos
suministra centenares la historia de los cuerpos deliberantes que
son, a pesar de todo, las mejores formas actuales de intervención
de los pueblos en el manejo de sus propios destinos.
La historia de las aberraciones de la humanidad, de los
inconcebibles extravíos del criterio público, es algo profundamente
desalentador e inquietante; al reconstruírla se comprende cómo
puede su recuento imprimir ese sello de triste resignación, fruto
de la experiencia, o ese gesto de fiera rebeldía, brote de la
indignación, que aparecen sobre la faz de todos los que han sentido
el trágico derrumbamiento de la fe en el hombre y la dolorosa
inanidad de la vida. Cuando presenciamos uno de esos irritantes
abusos de la fuerza brutal, uno de esos crímenes cuya reparación no
se alcanza a ver, vibra aún en un pliegue de nuestra alma la
esperanza incorruptible y superior a los egoísmos de la política y
a las cobardes claudicaciones de la diplomacia, pese a lo menos
como última sanción sobre el detentador de los derechos de los
débiles. Ilusión; la experiencia demuestra que el éxito afortunado
alcanza también a corromper ese supremo tribunal, y reservado está
a las incultas víctimas el doble ultraje de presenciar cómo la
aceptación de las naciones legitima el despojo y cómo el aplauso
universal consagra al despojador con el nimbo de los benefactores
de la humanidad. La razón puede recusar altiva el veredicto de la
opinión pública, no solo de un país, sino del mundo entero, cuando
aparece, como en el caso muy ilustrativo que se verá en seguida,
que en las decisiones de esa opinión pesa más el poder que el
derecho y se tienen más en cuenta las consideraciones de la
política que los fueros de la equidad. El gobierno de los Estados
Unidos de América estaba solemnemente obligado, por un tratado
público en vigor, a garantizar a la República de Colombia su
soberanía sobre el Istmo de Panamá. Los términos de ese tratado
eran absolutamente claros, incuestionables, y habían sido en
repetidas ocasiones invocados y ratificados por la Unión Americana.
Vino, empero, un día en que el Gobierno de la gran República,
inspirado y representado por el presidente Roosevelt, creyó que a
sus intereses convenía la cesación de la soberanía de Colombia
sobre la región ístmica, y entonces procedió a la mutilación de la
República, coya integridad territorial le ordenaban garantizar las
leyes de las naciones y las leyes del honor. Esa es la íntima y
muda realidad de las cosas, pues el expediente de fomentar motines
cuartelarios por medio de la corrupción y soborno de las tropas,
lejos de atenuar, reagrava y recarga de odiosos caracteres la
violación de la fe pública y el inaudito atentado internacional.
¿Habrá necesidad de establecer sobre qué bases repose la paz del
mundo y cuál es el mandamiento de honor de las naciones?
"Es un principio esencial de la ley de las
naciones—dicen los protocolos de la famosa conferencia del Mar
Negro, el 17 de enero de 1871—que ninguna potencia puede por
sí sola libertarse de las obligaciones de un tratado, o modificar
sus estipulaciones sin el previo consentimiento de la otra parte
contratante y por medio de arreglos amigables". Eliminar
el sentido del honor de las relaciones internacionales, por medio
de violaciones que hieren de muerte el derecho público externo, es
destruír toda base cierta, toda esperanza de permanente paz en el
mundo; semejante golpe a la moralidad universal es la regresión a
las peores formas de la barbarie, es la sustitución del Estado
pirata al Estado caballero, es la sociedad de los pueblos
convertida en horda, en la cual el más fuerte puño atrapa la mejor
presa y en donde la violencia es el único título de propiedad. El
incalificable procedimiento del gobernante de Washington contra la
República de Colombia, no suscitó en la prensa mundial, vocero del
pensar común, una sola palabra de reprobación; la víctima no
encontró, con una noble y única excepción un solo acento de
simpatía, y el victimario, colmado de honores y de aplausos, llegó
a aparecer ante el mundo, eironeia, como la encarnación del
sentimiento de la paz y de la fraternidad humanas. No ignoramos
cuál fue la pose internacional que valió a Roosevelt el premio
Nóbel y maguer sus fáciles gestiones de Portsmouth expliquen lo de
la escogencia, no deja de ser un cruel sarcasmo eso de discernir el
premio de la paz y de la conciliación civilizada a quien ejecutó el
bárbaro atropello de violar el tratado y el acto de guerra, de la
más injusta y artera de ellas, de mutilar sobre seguro el
territorio de una nación amiga que estaba solemnemente obligado a
defender. En las consagraciones de otro linaje de glorias vemos
también aberraciones que no corroboraría con sus sufragios ningún
espíritu que se respete, y que no obstante triunfan en la opinión y
perturban el juicio de los hombres creando una atmósfera de
convencionalismos y de mentira que muchas veces no se disipa jamás
y que justifica el acerbo teorema de Bernard Shaw: la burocracia se
compone de funcionarios, la aristocracia de ídolos, la democracia
de idólatras.
El creer que muchos pueden interpretar una idea política,
defender un sentimiento y comprender los intereses públicos mejor
que unos pocos, es una alucinación de la democracia tan difícil de
desvanecer, como el más arraigado de los prejuicios religiosos; los
dogmas políticos, pesados en la balanza y hallados faltos, no dejan
por eso de imponerse todavía luengos años al espíritu esclavizado
por la plasmante presión de la creencia unánime. La ligereza de los
fallos colectivos, que crean o destruyen reputaciones y endiosan o
inmolan personalidades con la misma pavorosa inconsciencia, es un
fenómeno mórbido que la ciencia tiene ya estudiado y calificado. En
una de nuestras ciudades de provincia, y durante la celebración
estruendosa de algún triunfo de bandos en guerra civil, una
muchedumbre embriagada de entusiasmo patriótico y de fanatismo
banderizo, seguía al són de la música y de los cohetes a una
especie de pregonero que iba lanzando evohés frenéticos a su
partido y a los héroes de su partido: detrás de aquel vocero de la
emoción partidista, un personaje dictaba en voz baja los nombres
que debían aclamarse: "j Viva el general X!".
"¡Viva el coronel Z!". El pregonero repetía, y la
muchedumbre asordaba los espacios con el clamor de sus apoteosis;
deseoso de evitar "¡ mueras!" para que aquel
ardor no degenerase en alguna pedrea a los adversarios, el
personaje que dictaba los gritos murmuró al oído del pregonero:
"Mueras, a nadie". "¡ Muera Sanabria
", repitió el pregonero, a quien el entusiasmo endurecía
el oído. "¡ Muera Sanabria!" vociferó con ira el
populacho, resuelto a sacrificar a aquel Sanabria imaginario,
convertido de repente—gracias a un error de audición—en
enemigo público y en el blanco de un odio tanto más intenso cuanto
más irrazonado. En nuestra turbulenta vi da democrática, hemos
visto perseguir con saña de Shylock a muchos personajes por
crímenes tan reales como el del Sanabria de la patriótica
manifestación. El venticello de don Basilio, deforma de la más
absurda manera los más vergonzantes rumores, una prensa
inescrupulosa los acoge y los lanza a los cuatro horizontes de la
publicidad; ese es en muchos casos el fundamento de la opinión y la
ilustración del criterio emotivo sobre un hombre o sobre un
acontecimiento.
La surgente de donde brota en los modernos tiempos la
inspiración del juicio público, la prensa, institución fundamental
de la democracia, no puede concebirse sin libertad, porque es
imposible sin responsabilidad, y el sentido íntimo de la libertad
es la responsabilidad; el hombre sano y libre es responsable; solo
los alienados o los fatuos o los niños, es decir, aquellas personas
de capacidad cívica inferior, no lo son. Y la libertad no puede
tener otro límite que el derecho de los demás, pero es necesario
que lo tenga y que ese límite sea una muralla infranqueable y
sagrada como las de la ciudad de metal de la leyenda árabe. Pues
bien; esa institución vive muchas veces en el real interdicho y se
alimenta solo de las violaciones, de lo que debería ser inviolable:
la dignidad de las personas. En Inglaterra, país en donde la
libertad de la prensa ha alcanzado las formas más altas, su
responsabilidad asume también las sanciones más eficaces, y de
ambas condiciones nace su moralidad y su eficiencia. A un
gacetillero anónimo se le ocurrió un día emitir desde las columnas
del Daily Mail un concepto desfavorable contra la Sunlight Soap
Co.; la ligereza de su corresponsal costó al diario populachero
sesenta mil libras esterlinas, y le hubiese costado el doble si la
compañía agraviada no hubiera accedido a una transacción. En un
país en donde eso sucede, el concepto de la prensa tiene y debe
tener una influencia y una respetabilidad que la equiparan a un
cuarto poder constitucional; en donde esa responsabilidad no
existe, ore por las leyes, ora por las costumbres, tampoco se puede
aspirar a esa libertad y a esa respetabilidad. Estas implican
necesariamente esotra, y esa correlación tiene su lógica
irreductible; esa es la razón por la cual, a pesar de los más
generosos esfuerzos, la prensa como institución fundamental no ha
tomado arraigo entre nosotros y no ha sido en muchos casos más que
un ídolo del Foro, que se erige o se derroca según sea la moda
política que impere.
Observen los psicólogos que la facultad de apreciar los matices
constituye el rasgo más relevante que a diferencia una inteligencia
desarrollada de otra que no lo es. Para el criterio simplista de
los salvajes no existe sino lo bueno y lo malo, lo blanco y lo
negro, sin que sus sentidos rudimentarios puedan apreciar las
infinitas transiciones, las innúmeras graduaciones de luz y de
calidad que caben dentro de los dos términos extremos que se
imponen a su mentalidad primitiva. "Donde el criterio
cultivado—dice Rodó—percibe veinte matices de
sentimientos o de ideas, para elegir de entre ellos aquel en que
esté el punto de la equidad y de la verdad, el criterio vulgar no
percibirá más que dos matices extremos para arrojar, de un lado,
todo el peso de la fe ciega, y del otro, todo el peso del odio
iracundo". El criterio de los demagogos está a esta
altura, y el de las multitudes por ellos sugestionadas y
extraviadas está a un nivel inferior; así como nada hay más
lastimoso que la abdicación de la inteligencia o del carácter a las
imposiciones del tumulto, tampoco hay fenómeno más explicable y
lógico que el de esa íntima correlación que se establece entre los
sentimientos y las ideas de las mesas y los de los declamadores de
la plaza pública o los profesionales del libelo, auténticos
exponentes de una mentalidad de impulsiones irrazonadas.
No es extraño, pues, que tal correlación suela ser parte a
identificar ante la distinción y la delicadeza de un criterio
superior a las consagraciones de la popularidad con los estigmas
inequívocos de la vulgaridad. Si, como lo declare Le Bon, por el
solo hecho de hacer parte de una muchedumbre, un hombre,
individualmente culto descendiendo varios grados en la escala de la
civilización el ser verbo aplaudido e intérprete genuino de esa
muchedumbre son presunciones poderosas a graduarle de instintivo,
pues nunca será ídolo de las mesas quien como ellas no sienta y
piense y quien habla un lenguaje superior al de las elementales
capacidades colectivas. El gesto de alto desdeño o la severa
renunciación del pensador, jamás conquistarán el sufragio público,
aunque a la larga es la recogida severidad del pensamiento y no la
declamación de la plaza pública el cincel que esculpe la conciencia
de un pueblo. El ostracismo perpetuo a que todos los regímenes
someten a las más altas intelectualidades, según Alfredo de Vigny,
resulta nimbo prestigioso con que el juicio posterior de las
generaciones corona la frente de quien no la inclinó al halago del
día ni cortejó el fervor público al precio de la infidelidad
consigo mismo. Un Boulanger o un Deroulede, como meteoros
brillantes, trazan un instante su raya argentada en el espacio y
pasan; un Taine esplende sobre el horizonte del espíritu humano
como una estrella guía; el meteoro se impone bruscamente a todas
las miradas, pero nadie recordará mañana su posición y los efímeros
momentos de su esplendor; el ojo vulgar no distinguirá acaso la
estrella en lo infinito del firmamento, pero ella está allí,
inmutable y serene, como una cristalización de éter y de luz. El
héroe popular puede tener el valor y el entusiasmo, la fuerza, la
fe de los seres primitivos, como tiene su violencia, su
espontaneidad, su inconsciencia, la estrechez de su juicio y el
arranque de sus acometividades; es un producto nativo y bruto sobre
el cual la pátina de la cultura y el castigo del razonamiento no
han impreso su acción desbrozadora de las asperidades naturales.
Bien pueden medirse los grados de refinamiento de un espíritu por
la ingenua admiración que en él despierte ese exponente original de
las energías milenarias y de las herencias bárbaras de la raza.
Si los pueblos tienen una personalidad moral, si existe una
conciencia nacional, ella no aparece en los movimientos reflejos de
las mesas turbulentas; se elabora silenciosamente en el retiro de
los hombres de estudio, en la cátedra discreta, en el perseverante
y modesto esfuerzo de las clases medias, en que conviven las
jornaleras labores de las profesiones liberales, de los
agricultores, de los industriales, de los pequeños comerciantes. La
acción de presencia de todos ellos, por mesurada e invisible que
sea, forma, a fuerza de sana y vigorosa, el carácter de una nación,
pero de allí no brotan las iniciativas políticas y en su seno no se
forja el rayo de las revoluciones, históricos sacudimiento de donde
suelen la premeditación y la coordinación estar ausentes y faltar,
lastimosamente a veces, la justicia y la oportunidad.
Cuando el espíritu se encuentra en presencia de uno de esos
ingentes movimientos de los pueblos, de una de esas revoluciones
formidables y sangrientas que parecen cambiar la faz de las
sociedades, el irrecusable sentimiento de justicia que vigila en el
fondo de nuestro ser, quisiera encontrar allí uno de esos grandes
actos reparadores de las viejas iniquidades; quisiera ver en las
revoluciones una reivindicación severa, pero justa, de derechos
largo tiempo desconocidos y de los agravios insultos; un estallido
incontenible de indignación contra la injusticia impunida y
triunfadora. Un estudio más cercano de tales acontecimientos hace
cambiar substancialmente la primitiva luz que a nuestros ojos los
mostraba, los justificaba y los engrandecía. Los pueblos no se
indignan contra las tiranías seculares que ellos, las más de las
veces, han provocado con sus extravíos o hechos posibles con su
pasividad; reservan su alta indignación para los gobiernos que
inician la éra de las reparaciones, para los gobiernos que
escuchan, para los gobiernos que ceden. La vara de hierro no
suscita indignación sino cuando ha sido depuesta; el despotismo no
los subleva sino cuando principia a dejar de serlo; Luis XIV hace
pesar durante setenta y dos años el más depresivo de los
absolutismos y Luis XV durante cincuenta y nueve la más corrompida
de las tiranías, sin que a sus oídos llegue otra cosa que el himno
sempiterno de la alabanza cortesana, que los opresores no se cansan
de oír, y mueren tranquilos en su lecho y satisfechos de su obra.
Adviene Luis XVI, y por un complejo cúmulo de circunstancias que no
infirman la observación general que aquí se consigna, él, el rey
bueno, el rey bien intencionado, tan apartado de la irritante
soberbia de Luis XIV como de la repugnante disolución de Luis XV,
ve desencadenarse contra sí la más grande y la más trágica de las
revoluciones, y muere en el cadalso. Los pueblos reservan su
altivez para los gobernantes débiles o benévolos y ceden ante la
mano de hierro de los domadores de hombres; decapitan a Carlos I y
entronizan a Cronwell, toleran un Enrique VIII y matan a un Enrique
IV; Alejandro II de Rusia cumple, con raro valor, una de las
revoluciones más intensas de la historia, la emancipación de los
siervos, y es fulminado ¿Por los reaccionarios cuyos intereses
vulneraba y cuyas preocupaciones hería? No; por los revolucionarios
cuyas quejas oía y cuyas aspiraciones realizaba. De suerte que en
las revoluciones hay un fondo de injusticia aberrante que hiere
nuestros más arraigados principios de elemental equidad.
Durante los luctuosos días de la revolución rusa pudimos
presenciar y patentizar el fenómeno que se apunta; las concesiones
del zar parecían exacerbar el ánimo revolucionario, y cada síntoma
de que cedía a la opinión, señal era de exigencias cada vez más
audaces, de encono cada vez más fiero; si hubiese persistido en sus
veleidades liberales, conservando la primera Duma y dándole más
atribuciones, a estas horas probablemente estaría destronado y
tendríamos la República de todas las Rusias; se acordó, empero, de
que era descendiente de Iván el Terrible, respondió a las bandas
rojas con las bandas negras, disolvió la Duma y la revolución se
detuvo. A la Bulgaria no se le ocurrió proclamar su soberanía ni a
la Creta unirse a Grecia, ni a Austria incautar la Bosnia y la
Herzegovina mientras en Constantinopla pesaba un despotismo
asiático; más triunfa el espíritu nuevo, los jóvenes turcos coronan
una de las más hermosas revoluciones que registran los siglos,
implántase en la Sublime Puerta un régimen constitucional y
liberal, y entonces todos se conjuran para arrebatar al monarca
constitucional lo que no se habían atrevido a pedir al déspota
omnipotente.
En nuestros países presenciamos a diario tal aberración del
sentimiento público. En Colombia las tres guerras más sangrientas,
más largas y más populares, se hicieron precisamente a tres de los
magistrados más respetuosos de la ley y deferentes a la opinión:
los señores Mariano Ospina, Aquileo Parra y Manuel A.
Sanclemente.
La intensidad de las revoluciones está en razón directa de la
bondad del gobernante a quien se le hacen, e inversa de los
agravios que haya recibido el pueblo que las hace. El autoritarismo
y la intolerancia son para la multitud sentimientos muy claros que
comprende y practica y que acepta cuando hay quien se los impone;
respetuosa de la fuerza, desdeña la bondad, que no es a sus ojos
sino una forma de debilidad; simpatiza con el amo que la enfrena, y
si aplasta al déspota caído, no es por serlo, sino porque, su
fuerza perdida entra ya en la categoría de los débiles, a quienes
se desprecia porque no se teme. En su psicología elemental, es el
temor uno de los resortes más eficaces de su acción, y se prosterna
ante César, sin dejar por eso, cuando el caso llega, de aclamar a
los asesinos de César; en el entusiasmo que le suscita Bruto, no
encuentra otra forma de aplauso y de recompense que proclamarlo
nuevo César. El carácter del demagogo adulador de los reyes o de
los gobiernos, es en el fondo idéntico; ya lo han observado
Aristóteles y Burke, citado por Sainte-Beuve. Los dos cortesanos,
el de arriba y el de abajo, tienen las mismas mentalidades y la
misma bajeza: sus mires son igualmente interesadas e idénticos sus
proyectos. Halagar las pasiones el que tiene la omnipotencia, ley o
pueblo para obtener personales provechos; solo que en un caso el
déspota tiene una cabeza y en el otro tiene quinientas mil.
La demagogia es la aparente aliada de la democracia y su
evidente enemiga; es el cuerpo de francotiradores situado a
vanguardia que extravía, desprestigia y hace odioso el ejército; es
la exageración del principio, que viene a infirmar el principio
mismo. La actitud envenenada de un Cleón, de un Simias o de un
Lecrátides, al extremar sus acusaciones contra Pericles, parte de
un concepto plausible: el de la defensa de los intereses públicos;
pero llega a un resultado funesto: la persecución de los públicos
servidores; brote de celo patriótico se convierte en sevicia de
innobles pasiones y concluye por allegar, por acción reactiva,
nuevas fuerzas a las oligarquías que pretendía destruír, y por
atraer sobre sí la reprobación universal. En Roma es ella el
instrumento pavoroso de las más descaradas formas de la ambición;
el populacho que el odio lanza contra los ciudadanos es una mezcla
informe de cuanto más bajo acumulan, en el subsuelo de las grandes
ciudades, la miseria y el crimen en su siniestro connubio; multitud
inmunda y terrible de gentes sin familia y sin patria—dice
Gastón Boissier—colocadas por la opinión general fuera de la
ley y de la sociedad, no tenían nada que respetar porque nada
tenían que perder "libertos desmoralizados por la
servidumbre a quienes la libertad no había hecho sino dar elementos
para hacer el mar", gladiadores adiestrados en la matanza
de las fieras y de los hombres, esclavos fugitivos y criminales de
todas las razas, he ahí el elemento con que los demagogos
concurrieron al aniquilamiento de la República. En la Revolución
francesa las formas de la demagogia, si menos espantables que en
Roma, fueron no menos aciagas para la democracia, sobre la que
arrojaron, como túnica inflamada de Neso, la sangre de septiembre y
la locura sangrienta de las Euménides de la guillotine. En nuestras
repúblicas ella ha sido, por dicha más una marea de verbalismo
intemperante que una positiva actuación social, pero si el espíritu
e intención fu es en norma evidente para la apreciación de los
bandos y de los hombres, podría señalarse en la túrbida elocuencia
de la plaza o en las hojas del innoble libelo más de una larva de
agitador que aspiró a SaintJust y solo alcanzó a Hebert. En
Hispanoamérica el espíritu demagógico, sin apreciable influencia en
los serios debates de la política, va a confundirse y perderse como
burbuja en el Maelstrom hervidor, en el vórtice de las guerras
civiles.
Alguna vez se ha sostenido, de justificación a guisa, que las
guerras civiles hispanoamericanas, brotes de la desesperación de
los oprimidos, son causadas por los malos gobiernos. Los gobiernos
han sido malos, y en muchos casos sus abusos bastantes a justificar
una protesta armada, pero no ha sido esa la íntima razón del
histerismo de nuestras sangrientas convulsiones. En Hispanoamérica
se tolera cuarenta años al doctor Francia y se derroca en quince
días al doctor Lisardo García; triunfan las insurrecciones contra
un gobierno constitucional y son impotentes las que se hacen a una
tiranía; las justas reivindicaciones populares nada tienen que
hacer en esas orgías de sangre; los derechos de la inmensa mesa
anónima, conculcados o desconocidos antes de la guerra, cuando
impera el partido A, conculcados y desconocidos continúan después
de la guerra, cuando ha triunfado el partido B. Las guerras, cuales
quiera que sean su bandera y sus propósitos, no hacen sino agravar
los males permanentes de la víctima colectiva, carne de
reclutamiento y de cañón, blando plasmo para todas las
expoliaciones. En la mayoría de los casos, las guerras civiles
americanas no han sido ni serán sino la proyección sobre el campo
de batalla delos conflictos de ideas o de intereses de los
profesionales de la política, cuando es un principio o la suerte de
un partido lo que se remite a esos juicios de Dios; o una simple
caza del poder público, cuando es la rapaz ambición de un jefe lo
que entra en juego. Es, en uno y otro caso, asesinato de inocentes,
organizado en provecho de unos pocos y aplaudido con pasmosa
inconsciencia por los demás. No será el autor de estas líneas quien
niegue a algunas de nuestras guerras civiles su audacia y su
tenacidad; empero muy más digna de admiración encuentra, por
fecunda y por valerosa, la actitud de un Murillo, por más que no
tomara en sus manos otro acero que el de su pluma luminosa, que no
el que pueda desplegar el más arriscado guerrillero, en campañas de
salto de mate, o domando el mulo bravío, trabuco en mano por esas
breñas, mitad prócer, mitad merodeador.
Cuando en un país se impone, coercitiva e inaplazable, una
transformación política, siempre hay, dentro de la actuación
civilizada, manera de colmar esa clamorosa necesidad; si no es así,
quiere decir que la anhelada transformación no correspondía a una
evidente justicia pública. Contra los desmanes de los gobiernos
opresores vale, en último resultado, mucho más el reclamo del
derecho, vigoroso, incansable y enérgico, vale más, si se quiere,
con el gesto de los senadores romanos envolverse en su manto y
esperar, que dar pretexto y ocasión a que la violencia se desate, a
fuer de salvaguardia del orden y de la paz; es preciso evitar la
guerra para hacer posible la revolución. Por ella entendemos el
movimiento consciente y avasallador de la opinión, de la verdadera
opinión, en que el verbo tiene mayor potencia demoledora que los
cañones y el derecho de la cause defendida vale por diez ejércitos.
La revolución así entendida, es la reforma o la reparación,
iniciada y cumplida por los mejores y por los medios más
civilizados, que son los más eficaces; la guerra es la imposición
ciega de los más. En este concepto fueron revolucionarios Agis y
Cleómedes en Esparta, Clistenes en Atenas, Dión en Siracusa, los
Brutos y los Gracos en Roma, Arnaldo de Brescia, Savonarola y
Campanella en Holanda, Hampden y Milton en Inglaterra, Franklin,
Jefferson y Hamilton en América, Mirabeau y los girondinos en
Francia; Nariño, Acevedo y Gómez y Camilo Torres en Colombia. La
revolución puede iniciarse y cumplirse sin un soldado y sin un
combate: así se estableció el arcontado de Atenas y la República
aristocrática en Roma; así cayó Hipias y comenzó en Grecia el
período de la democracia pura; así revivió Rienzi el tribunado y se
cumplieron varias de las más famosas revoluciones italianas de los
albores de la edad moderna , así se inició la gran Revolución
francesa y la mayor parte de las de la independencia americana; así
laboraron O'Connell, Mazzini, Herzen, Lamartine y Ledru Rollin; así
proclamaron la República las Cortes Españolas el 11 de febrero de
1873, y no de otra manera se efectuaron las revisiones federales en
Suiza de 18ó9 en adelante. En cambio, se ven guerras en las cuales
sobre las charcas de sangre no brilla el iris de ninguna doctrine
política ni las banderas simbolizan principio alguno... ¿Y qué
valdría la santidad de una cause ante el hecho brutal del número de
batallones enemigos? Algunos metros más de alcance en las armas de
fuego, una línea de mayor precisión en la puntería de los
artilleros, y sucumbe una cause, desaparece un pueblo y dejan de
valer unos principios!
El prestigio que consagra en nuestras democracias los servicios
militares en guerra civil como ejecutorias omnipotentes y únicas
para todas las prebendas y pasaportes para todas las vías de la
ascensión, del provecho y de la gloria, empieza a palidecer a
medida que los pueblos se hacen más conscientes de sus intereses;
el militarismo como superstición política ha visto ya sus mejores
días. La realización de los ideales políticos, remitida antaño,
como las causes en la Edad Media, a los mortales juicios de Dios,
confiesa hoy a la propaganda intelectual; cumplida esa propaganda,
se dejará mañana al libre desarrollo de los pueblos, a las fuerzas
germinativas de la historia. Tales son las tres etapas de esa
conquista secular: la guerra, la revolución, y la evolución. La
libertad que la violencia impone, si es posible consignar tal
paradoja, contradictio in adjecto, sin arraigo en las costumbres ni
sólida vinculación en los caracteres, también por la violencia
desaparece; la propaganda educativa crea ese arraigo (en las
costumbres ni sólida vinculación en los caracteres, también por la
violencia desaparece; la) el progresivo desarrollo ulterior lo
cimenta definitivamente y ampliamente lo propaga; pero ese aquel
hará labor fecunda que inscriba en su vida y en su esfuerzo la
altiva dedicatoria de Esquilo: "Al Tiempo". Esa
fe en la finalidad de todo esfuerzo generoso, puede ser la
ingenuidad de un optimismo, pero con esas ingenuidades y con esos
optimismos se cumple la elaboración del porvenir:
Lanzan los triunfadores del presente al que elabora el porvenir
su insulto, pero la historia trueca reverente en altar el desdén.
la afrenta en culto.
Por eso el mártir, de esperanza lleno ante el desdén universal
tranquilo, su vida y su labor, alto y sereno, dedica Al Tiempo como
el viejo Esquilo.
La revaluación de los dogmas democráticos ha sido en los últimos
tiempos tan intensa e inmisericorde, que tal parece como si el
favor excesivo que les dieron las formidables resonancias de la
Revolución francesa hubiese suseitado una reacción de fuerza y de
exageración correlativas: imaginémonos, empero, que ya principia a
esbozarse la contrarreación. Enfrentados por una parte a la
aristocracia y por otra a la acracia, esos principios representan
el nivel medio de las ideas actuales; su posición ante el
privilegio tradicional, lucha de ayer, empieza a ceder en interés
ante el que comporta su nueva posición, engendradora de luchas
inminentes, y que puede definirse: democracia versus socialismo. A
la generosa alucinación de la fraternidad igualitaria, se opone la
exageración del aristocratismo científico, cuya psicología se
patentiza en el siguiente tópico del escritor argentino Ingenieros:
"La igualdad humana es un sueño digno de ingenuos como
Cristo y de enfermos como Bakounine". Parécenos que la
Equidad, diosa de distinción exquisita, cuyos oídos no soportan
bien la percusión de afirmaciones demasiado extremosas y demasiado
violentas, no interviene en estos debates en que prima, ante todo,
el hipnotismo de las tesis preconstituídas y en que un prejuicio
combate a otro prejuicio. Las supersticiones que derrumban las
catapultas de la crítica, cuantos son la ilusión de la igualdad
absoluta, autoridad moral de la opinión y de la prensa, el
deslumbrador sofisma del sistema representativo, la infalibilidad
del criterio popular, el derecho diving de las mayorías, la
justicia inmanente de los movimientos populares, la legitimidad del
prestigio de los caudillos y de las consagraciones de la
popularidad, no atañen al sentido supremo del principio democrático
y pueden desvanecerse sin que éste vea disminuída su integridad
filosófica.
Hoy se identifican, para su común demolición, las doctrinas de
Cristo con los principios de los modernos demócratas y se condena a
ambos como una convergencia de todas las inferioridades y la
exaltación del hampa de los míseros y de los degenerados contra la
falange de los fuertes y de los dominadores. Acaso para los
apóstoles de la dureza, sea flacidez de tristes deprimidos y
actitud de parias y degenerados la que lanzó "los cruzados
de Oriente y los conquistadores al Occidente"; lo que ha
fundado la civilización occidental y el derecho público moderno y
hace que con la azada en la mano, terciada al hombro la carabina
Enfrield y la Biblia bajo el brazo, el colono y el farmer
británicos hayan creado en los desiertos naciones como Australia y
Nueva Zelandia, el Canadá y el Cabo; la que desbrozó ayer un
continente para erigir en él las formas más vigorosas del progreso
humano y somete hoy a un puñado de funcionarios 300 millones de
hombres en el semillero de las razas arias. Indudablemente la moral
cristiana y el ideal democrático san exclusivo lote de los débiles,
de los cobardes y de los esclavos.
Ante el aposento en donde se escriben estas líneas, en una
mañana de invierno, un paisaje severo desdobla la tristeza de sus
tonalidades apagadas; más allá del extenso cuadrilátero de un
parque inglés, que la escarcha cubre ya con su túnica de blancura,
recorta enérgicamente el horizonte la enorme silueta de un
hacinamiento de edificios que una pared de ladrillo circunscribe, a
guisa de muralla; diríase una ciudadela que en vez de castillos y
almenas irguiese bajo el combo plomizo de los cielos las chimeneas
de una fábrica y la flecha gótica de una iglesia; es un work-house.
Allí los desvalidos de todas las razas y nacionalidades que se
aglomeran en una ciudad cosmopolita, que es al mismo tiempo un gran
puerto de mar, encuentran, si de una inteligente investigación
previa aparece que los merecen, techo, alimento, medicinas, algunas
enseñanzas y trabajo. El sentimiento "que induce a
prolongar las existencias inferiores con limosnas de absurdo
altruísmo" asume en ese establecimiento, que es al propio
tiempo hospital, taller y escuela, la forma más eficaz y plena de
su expansión. Por medio de esa institución, en que, tendiendo a
corregir cuanto la caridad indiscriminada y la afeminada
sensiblería tienen de malsano y contraproducente, se ha logrado que
la caridad se racionalice y el sentimiento piense, la sociedad,
incólume aún de las demoliciones nietzscheanas, dé la mano al que
cae, la cura al enfermo y trabajo reparador a todos. Salva allí y
fecunda de esta suerte infinidad de energías que, abandonadas en el
momento pavoroso del des fallecimiento y la caída, se habrían
evaporado como las fuerzas perdidas que la catarata devuelve en
flotantes mantos de niebla al insondable azur. El sentimiento de
que el interés humano es solidario y no se puede condenar a muerte
a los vencidos, so pena de disminuír la suma de bien y de vida que
hay en el mundo, aumenta e intensifica la vida colectiva, puesto
que preserve energías transitoriamente deprimidas; es el médico
que, al devolver el vigor a un enfermo, enriquece también el vigor
y la salud de la sociedad. Tal sentimiento como ese, patentizado en
instituciones como el work-house, es uno de los elementos de
poderío de un pueblo que, al favor de sus concepciones
esencialmente democráticas, por más que conserven algunas formas
tradicionales, ha fundado un imperio de extensión y poder que la
Roma de los amos y de los siervos no conoció jamás . Estas
afirmaciones, grabadas están en las piedras ennegrecidas del
work-house; ciudadela dijimos y tuvimos razón, la ciudadela de la
solidaridad humana.