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LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL GOBIERNO
Ilustrísimo señor: Tomo la pluma para avisar a V. S. I. que he
recibido y leído su estimable y difusa carta de 4 de mayo
corriente, que no entro en contestar; lo uno, porque no soy
profesor de material canónicas, y lo otro, porque ni tengo tiempo
ni puedo gloriarme de sacar ningún fruto. Sin embargo, muy
rápidamente tomaré uno que otro punto por tracer resaltar más la
justicia de mi carte de 8 de marzo y para probar a V. S. I., tengo
un placer en buscar la verdad a fuerza de cuestionar.
Mientras que no nos acordemos en los principios, S. I., y como
yo divagamos inútilmente por entre las escrituras, concilios y
derecho público. V. S. I., se desentiende de este derecho como si
contradijera el Evangelio y me habla como apóstol de Jesús; yo he
hablado y hablaré como discípulo del mismo Jesús y a la vez miembro
de una sociedad política. No confundamos las naciones y los reinos
temporales con el reino espiritual de Jesucristo, en el cual tiene
V. S. I. su poder y jerarquías. El Evangelio, que es la legislación
de ese reino espiritual, no se dictó para trastornar las mudanzas a
que las sociedades estaban expuestas. "Nuestro Señor
Jesucristo predica en la cumbre de los montes, en los caminos
públicos, en los desiertos, en el templo; combate los vicios, ataca
las hipocresías, condena los escándalos, enseña todas las virtudes;
pero jamás inculca sobre la legitimidad o ilegitimidad de las
potestades civiles. Los Césares eran unos manifiestos usurpadores
de los derechos de la soberanía del pueblo romano, y el pueblo
romano era un injusto conquistador de la Judea . Jesucristo se
somete a la autoridad de sus magistrados; San Pedro no los arguye
de incompetencia San Pablo al mismo tiempo que reprende los vicios
de] incestuoso Félix, no se substrae de un tribunal, ni le dispute
la legitimidad de su jurisdicción. ¿Sería porque no conocieron la
tiranía de los Césares, ni el cruel despotismo de los romanos?, o
porque el reino de Jesús es espiritual, y predicando la obediencia
a las potestades, supone su legitimidad en cuanto la subordinación
conduce a la salud eterna, sin entrar en cuestiones que no
pertenecen a la cátedra del Espíritu Santo ?". He aquí por
qué he creído siempre que V. S. I. pudo quedarse en Popayán
obedeciendo al gobierno de Colombia y por qué creo que se puede ser
perfecto observador a la ley evangélica, tanto viviendo bajo el
poder del rey absoluto como del constitucional, y tanto en la
república de los Estados Unidos como en la de Colombia.
Veamos ahora la cuestión por la parte que dice relación al
derecho público y averigüemos el verdadero origen de la autoridad
legítima. Todo viene de Dios, es una verdad; pero el autor de la
naturaleza ha dejado a las causas secundarias el poder de producir
sus efectos: el calor del sol influyendo en la vegetación, vivifica
las plantas y aunque podemos decir que esta vivificación viene de
Dios, porque el calor del sol de El procede, no por eso le negamos
al astro su poder y el ser causa eficiente inmediata. Así en la
autoridad; el hombre con la vida y el alma recibe la facultad de
Dios para conservarse, proveer a su seguridad, mejorar su condición
y establecerse en sociedad de la manera que le parezca mejor; la
reunión de estas facultades forma la autoridad general de la
nación, la cual se erige o en monarquía o en república o en lo que
quiere; el resultado de esta elección es un poder legítimo, bien se
mire por la parte del derecho público o bien por la del Evangelio.
Estas son verdades, Ilmo. señor, que todos los pueblos predican y
que la misma nación española conoce y practica, verdades de que
están imbuídos casi todos los obispos de España y los hombres de
más note en todas las naciones, aun las católicas. Solo el poder
absoluto las ha desconocido y ha querido que jamás se conocieran;
los reyes se han anunciado emanaciones de la divinidad y han
pretendido persuadir que su autoridad la habían recibido
inmediatamente de Dios. Han blasfemado impíamente y han sido muy
impostores, que solo pudieron ser tolerados en esos tiempos de
tinieblas y de ceguedad en que la inocencia se exponía a las
bárbaras pruebas conocidas con el piadoso nombre de juicios de
Dios—en esos tiempos en que se reducía a un calabozo a un
matemático suponiéndole pacto con el diablo—cuando se dudaba y
se aseguraba por los Santos Padres que era un error pensar que
hubiese este continente—cuanto los Papas se creían con poder
para disponer a su arbitrio de los cetros y coronas distribuyendo
los reinos temporales—tiempos, señor Ilmo. de ignominia y de
deshonra al género humano, a la filosofía y a la razón. Pero ya son
otras las luces y todos, así españoles como americanos, sabemos que
la potestad civil viene originariamente de Dios e inmediatamente de
los pueblos. El mismo Jesucristo dijo a Pilatos que su autoridad le
había venido de lo alto, y sin embargo Pilatos era tan ilegítimo
como lo eran los Césares romanos que habían usurpado el imperio. Si
Fernando VII hubiera recibido la autoridad de Dios en el sentido en
que todos, incluso V. S. I. lo predicaban, ¿habría sido necesario
que la nación reunida en cortes lo proclamase nuevamente rey de la
monarquía? ¿Le había podido la nación coartar las facultades y
reducirlo a una ley de que los siglos anteriores no tenían ni
idea?
Apliquemos estas doctrinas a Colombia. Los pueblos, como los
hombres, tienen infancia, virilidad, edad madura y decrepitud;
mientras son niños es preciso y necesario que dependan de los más
fuertes en la edad robusta deben emanciparse y en la decrepitud van
reduciéndose a ruinas. Este ha sido, es y será el orden de la
naturaleza, sin que le hubiere indicado otra variación ni curve la
ley de gracia. La América en infancia necesitó depender de España,
obedeció su gobierno, observó sus leyes; ya está en edad robusta
para emanciparse y lo quiere, lo desea, no porque la tutela haya
sido desempeñada por la España de una manera que no es posible
referir, ni porque la hubiese adquirido por unos medios harto
cruentos y desastrosos, sino porque se cree capaz de manejar sus
negocios por sí y de igualarse a otras naciones. ¿Por qué España no
reclama la posesión de Holanda y de Portugal? ¿Por qué la Alemania
no reclama la de Suiza? ¿Inglaterra la de los Estados Unidos?
Iríamos subiendo de conquistador en conquistador, y los romanos o
los cartagineses reclamarían la posesión de España y todo vendría a
ser un caos de confusión que no podríamos ni entenderlo. ¿Está V.
S. I. por estas reclamaciones? No me parece que incurra en locura
semejante. Pues de aquí nace la autoridad de los pueblos de
Colombia y la legitimidad de la potestad que ejercemos en ellos
contra lo cual V. S. I. se ha extendido desconociéndola, negándole
el poder y fulminando censures contra los que la obedecían.
Los hombres estamos expuestos a errar momentáneamente y de aquí
es que se tenga por prudente al que muda de opinión luego que es
desengañado. Esto aplico al señor Lasso, que después de haber
conocido la ligereza con que también expidió excomuniones, las
levantó motu proprio aun estando en territorio enemigo, y luego,
aunque se le dio pasaporte, no quiso admitirlo, protestando que no
podía abandonar su grey. Ni a él ni al señor Gómez les ha hecho
fuerza el gobierno para que se queden ni para que expidan
pastorales; pero aun cuando nosotros hubiéramos tenido esa
temeridad, ellos no se habrían rendido a incurrir en iniquidades.
Conozco al señor Lasso personalmente y estoy seguro que si su
conciencia no le dictara que podía permanecer en Colombia con toda
seguridad, ni la muerte con todos sus horrores le habría hecho
permanecer un solo momento. Vea V. S. I. la copia de una carte
particular de este señor obispo a quien tratamos como se lo merece;
él ninguna queja ha tenido del gobierno; tranquilamente ejerce su
ministerio, nos ayuda, nos aconseja y nosotros le impartimos todos
los auxilios que necesita para el gobierno de su diócesis. ¿No
podría el señor Jiménez ester lo mismo en su afligida iglesia de
Popayán? Sepa V. S. I. que la contestación que me dio todo lo echó
a perder; si V. S. I. tiene más moderación, si me pi de
explicaciones, si en vez de insultos y de improperios se contrae a
responderme con razones, cuántos males se hubieran evitado! Pero
somos hombres y erramos. Entonces no había sistema liberal en
España y las ideas de V. S. I., que he visto estampadas en una
pastoral expedida desde esta capital a los caucanos, eran muy
contraries a las que V. S. I. me manifiesta ahora con respecto al
nuevo sistema español. Este es el juego de la autoridad; quieren
ester contemporizando y acomodando el Evangelio tan presto al rey
absoluto como al rey constitucional; ser un día enemigo de la
constitución y al otro día su más entusiasta apóstol; predicar hoy
contra todos los reformadores de la autoridad real absoluta y
mañana hacerle el panegírico en la misma cátedra del Espíritu
Santo.