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LAS DIFERENCIAS DEL GOBIERNO EN LA GUERRA Y LA
PAZ
Será sin duda un objeto de crítica para los políticos el que yo
entre en traer el elogio del sistema de gobierno que
provisionalmente se ha establecido en la Nueva Granada, porque se
creerá que quien no tiene profundos conocimientos en la materia no
puede hablar palabra en ella. Pero yo, guiado por una dolorosa
experiencia, con razón natural, y habiendo leído una u otra página
de la historia, me creo con facultad para manifestar mi opinión. Si
los declamadores contra el gobierno militar entrasen en reflexión
sobre las circunstancias y tiempo en que la necesidad lo trace
tolerable, confesarían que si este gobierno es un mal para los
pueblos, mayor mal y el peor de todos, es caer de nuevo bajo el
yugo de los españoles. Soy enemigo de ese terrible gobierno; no
creo que el actual de la Nueva Granada tenga todo el carácter de
puro militar; pero más enemigo de los godos como soy, prefiero un
sultán con su cimitarra y el Alcorán, a Fernando VII, y a sus
representantes.
Con nuestro actual sistema de gobierno estamos haciendo un
ensayo, que a la verdad va produciendo muy buenos efectos. Seis
años empleamos ensayándonos con el gobierno federal, y bien a costa
de nuestro honor y de muchas vidas, probamos que no era para el
cave. Nuestros reformadores hicieron lo que no hizo Solón, a quien
creo con más talento que ellos; este formó su legislación y su
gobierno, según el carácter y costumbres de los atenienses, en vez
de que aquellos, rodeados de enemigos, ganando y perdiendo el
territorio, quisieron de repente acomodar el carácter de los
granadinos a una legislación de hombres perfectamente libres. Este
error fue común a Venezuela y también a su, turno sufrió los males
que eran consecuentes a él. Decir en aquella época que un militar
debía colocarse al frente de los negocios, era una blasfemia
política, porque ellos no servían sino para instruir tropas. ¿ Cómo
colocar al frente del gobierno de pueblos libres a hombres
acostumbrados a mandar soldados? ¿ Cómo mezclarse en los negocios
de hacienda, hombres que ignoran aún el modo de rematar un estanco
? ¿ Cómo entrar en el delicado manejo de asuntos políticos, hombres
que no saben ni la etimología de la política? Tales eran las
declaraciones que frecuentemente se oían, y yo no sé si a mí se me
escaparon algunas. Ello es que reclamando, alegando lo sagrado de
nuestros derechos, contentos con nuestra acta federal, y muy
satisfechos de los talentos de nuestros políticos, el país fue
subyugado y la sangre corrió a torrentes. Esta experiencia ha
confirmado en el general Bolívar la persuasión de que pueblos en
revolución, a quienes era desconocido hasta el nombre de libertad,
no pueden gobernarse por un sistema federal, sino por un gobierno
enérgico cuyas providencias no admitan observaciones ni
contradicción. El que pretendiere en lo físico resistir a una
fuerza de 30 con otra de 4, pretendería un gran desatino, y yo
pienso que no es menor el que se comete en lo político. Si a
Morrillo, con sus ilimitadas facultades, con su poder universal,
con recursos, y con la experiencia que ha adquirido, se le quisiese
resistir con un sistema de lentitud, de contradicción, débil y
desunido, a buen seguro que el triunfo no fuese nuestro. Apelo a la
experiencia de lo que hemos visto en Venezuela. Un gobierno federal
no pudo defender el país invadido por cuatro miserables
acaudillados por Monteverde; un gobierno enérgico, y en una sola
mano, resistió el poder de Boves, de Cajigal y de Morillo. Es
menester confesarlo: nuestra revolución necesita de un movimiento
fuerte, dirigido por un solo impulso.
Un otro error ha sido muy común en nuestra revolución. Hemos
confundido la libertad y la independencia. Queríamos ser
independientes del gobierno español, y queríamos al mismo tiempo
gozar de los derechos de los hombres libres, como si hubiéramos
quedado ya independientes. No nos contentábamos con que los
españoles no fuesen nuestros amos: queríamos que la libertad
estuviese tan perfectamente establecida, como la veíamos en la
América del Norte al cabo de muchos años. Este error hasta ahora ha
venido a disiparse, pues vemos con satisfacción que los esfuerzos
de todos los pueblos se dirigen a no depender de los españoles, y
esperar al tiempo que les vaya dando posesión de su libertad. Mucho
terreno hay avanzado para lograr estos objetos con el plan de
gobierno provisional que el general Bolívar ha establecido en la
Nueva Granada. El establecimiento de una autoridad única, que
abraza los ramos de guerra y hacienda, la dependencia absoluta e
inexcusable en que ha puesto a los jefes de las provincias, la
necesidad de que éstos sean oficiales del ejército acostumbrados a
obedecer las órdenes de su general; la separación que ha hecho de
la parte contenciosa, poniéndola a cuidado de tribunales y jueces
letrados, todo prepare la marcha gloriosa de la Nueva Granada al
término de su independencia. Que el que manda, piense y medite sin
contradicción: que él mismo ejecute, que mueva los resortes, tome
los recursos, y sea obedecido sin excuse. Así es como habrá
ejércitos, habrá dinero, habrá energía, actividad y más proporción
de acierto. La república es un campo de batalla en donde no se oye
otra voz que la del general, por más que él pueda consultar con sus
capitanes. Si los militares colocados en los gobiernos subalternos
tienen una autoridad muy extensa, también tienen leyes penales muy
severas; si en las otras clases la aplicación del castigo es tardío
y a veces ilusorio, entre los militares es ejecutivo e
indefectible; ellos tienen acuerdos, órdenes y decretos de la
primera autoridad, que jamás dejarán de cumplir. La costumbre de
mandar imperiosamente, de ejecutar, y traer ejecutar las órdenes
propias y ajenas, es la que está más en favor de la necesidad de
que ellos sean los jefes de las provincias. Los pueblos, habituados
a oír la voz de trueno de un gobernador español, se burlan de sus
alcaldes y demás jueces que no son militares. Los oficiales, que
mandan las provincial, han visto las privaciones y necesidades de
los ejércitos, y tienen más interés en socorrerlas, sacando
recursos de los pueblos, que los que apenas han leído el modo con
que entra en campaña un cuerpo de tropas. Yo pudiera salir garante
con mi cabeza que ahora no se morirán de hambre las tropas de
Cúcuta como morían en 1815 y 16, ni harán su servicio desnudas como
lo hacían en el mismo Cúcuta y en el sur Los pueblos prestarán sus
socorros con prontitud, y no se burlarán de las providencias que
emanaren de la autoridad militar. Apelo en este asunto también a la
experiencia de lo que está sucediendo.
Así vendrá a ser el poder del Estado fuerte y vigoroso, si todas
las partes del cuerpo político marchan unidas bajo la dirección de
una cabeza. La verdadera unión de las partes, que forman el todo,
está en la armonía con que todas ellas, aunque al parecer opuestas,
concurran al bien general de la sociedad. La armonía de la música
resulta de muchas voces disonantes. Una elección popular, hecha a
la vista casi del enemigo, y rodeada de peligros, ¿a cuántas
intrigas y desórdenes no está sujeta? Y si ella coloca al frente de
los negocios a un inepto que ha sabido manejar bien la intriga
¿cuál vendrá a ser la suerte del Estado? Y ¿qué unión podrá existir
en donde no hay sino turbación? Esta doctrine que no es mía, sino
de un gran política, unida a lo que desgraciadamente ha pasado
delante de nuestros ojos, me convence de que se ha obrado con mucho
tino y prudencia, dando a nuestro gobierno provisional la forma de
que he hablado. La actividad, la probabilidad, las luces, el valor,
he aquí las virtudes que colocan a nuestros oficiales al frente de
las provincias y divisiones, no para perpetuarlos en estos
destinos, sino para hacer uso de sus cualidades, mientras que la
imperiosa necesidad de salvar la patria demande actividad, valor y
luces. Pero si bajo tal autoridad, y en semejante sistema el hombre
goza de sus derechos, ¿cuántos más bienes no resultan al Estado? El
ciudadano de la Nueva Granada descansa tranquilo en el testimonio
de su conciencia, sin temer que se le arranque violentamente de su
hogar y se le reduzca a prisión; él disfruta de su trabajo, como a
bien tiene, sin temor de que el gobernante le prive de su
prioridad, y en las elecciones de los magistrados inferiores, que
le han de administrar justicia, goza del derecho de sufragio. ¿ Se
quiere más libertad, divisando todavía los enemigos que nos
disputan el terreno? Que se me señale el pueblo que después de
trescientos años de servidumbre tal como la nuestra, haya sido
libre a la vez que luchaba con sus tiranos. Todos los que han
querido aparecer en el mundo como naciones, han pasado por muchos
sacrificios y turbaciones, alcanzando al cabo de muchos años su
intento. Véase la Inglaterra hoy, y léase su historia en
comprobación de esta verdad. En una palabra: si Demóstenes
publicaba contra las pretensiones de Filipo que los desórdenes
populares eran preferibles al dominio real, yo, y conmigo todos los
americanos, debemos publicar que cualquier gobierno enérgico y
vigoroso es preferible al dominio del gobierno español, 41 más
bárbaro, fanático y cruel de los que afligen la humanidad.
Una serie de providencias benéficas ha señalado la época de la
permanencia del general Bolívar en Santa Fe. El ha escogido lo
bueno en donde quiera que lo ha hallado, y lo malo ha sido
desechado. En cuarenta días, cuando parecía que solo el ejército
ocupaba su atención, la hacienda pública, la parte gubernativa y la
contenciosa han sido atendidas. Si con un decreto se declaran
subsistentes los ramos de rentas ordinarias ya establecidas, con
otro se declaran libres a los pueblos de las contribuciones
extraordinarias que el gobierno español les había impuesto. Si la
consideración del peso que gravita sobre los pueblos medio
destruidos le anima a aliviarles su condición, la necesidad de
dinero para defender la república lo detiene, y solo modera las
cargas para hacerlas más sufribles. Como un buen economista, el
general Bolívar no trace subir los egresos del tesoro a más de los
ingresos. La industria es animada por el general, y las
observaciones del barón de Humboldt sobre mineralogía son por la
primera vez reducidas a práctica. Esa horrible ley de la
confiscación, que envuelve al hijo en el delito del padre y reduce
a miseria una familia inocente, es desterrada de las ideas del
general Bolívar. A nadie se le confiscan sus bienes, aunque haya
emigrado, y solo una pequeña parte de los que han incurrido en este
crimen se declare pertenecer al Estado: sus hijos y su mujer no
pierden el derecho a su herencia, y la república no cuenta con
familias desgraciadas. La fé de los contratos, inviolable bajo
cualquier régimen de gobierno y sea cual fuere la época de su
celebración, esa fe que para los españoles pacificadores no mereció
alguna inviolabilidad, para el general Bolívar nada desmerece: los
contratos, celebrados durante la dominación española, se declaran
válidos y obligatorios, aun contra los bienes en que el Estado
podía tener parte.
Un decreto restituyó a los patriotas los bienes que habían
perdido en la catástrofe de la Nueva Granada; otro repuso en sus
destinos a los que habían sido destituidos y no habían faltado a
los deberes de buenos ciudadanos. Unos empleos fueron suprimidos
como gravosos, los más fueron dotados moderadamente, y sin la
profusión de la primera época de la república, y todos sufrieron la
carga de dejar la mitad de su dotación en favor de los gastos de la
guerra. Aquí fue comprendido el magistrado, el ministro de hacienda
y el soldado, porque cualquiera privilegio habría sido odioso y
podría haber suscitado una división en las diversas clases del
Estado. En todas estas resoluciones y en mil más que sería molesto
referir, el general Bolívar descubrió un espíritu de orden, de
economía y de método, que deben inspirarnos muy grandes esperanzas.
El ha hecho ver al mundo, que si desenvainando su espada es temible
en el campo de batalla a los enemigos de su patria, volviéndola a
envainar no les es menos temible por el poder y la fuerza que da a
los pueblos con un sistema sencillo, económico y vigoroso.
Tiemblen los opresores injustos del americano, sea cual fuere la
guarida a que se hayan acogido. Con un gobierno enérgico y sin
complicaciones, con recursos, con opinión y dirigidos nuestros
negocios por la experimentada mano del general Bolívar, ¡ qué
progresos y qué triunfos no se deben esperar a nuestra república!
Calcúlese por los preparativos que se han hecho y por el pequeño
ensayo de dos meses que ha precedido. El tiempo poco a poco nos va
manifestando la senda que se debe seguir, y los escollos que se
deben evitar: la experiencia nos enseñará a enmendar los errores, a
reformar lo que sea necesario, a alterar y perfeccionar la grande
obra de nuestra independencia. Si la docilidad con que el general
Bolívar ha escuchado la voz de la razón, en las cien veces que nos
lo ha probado, lo sigue distinguiendo en su brillante carrera, no
debemos dudar de que cumplirá la palabra, frecuentemente repetida,
de reunir la representación libre y legítima de los pueblos, en
donde se han de fijar las bases de nuestro futuro sistema de
gobierno. La fuerza que lo movió en Venezuela a reunir sus
representantes y protegerlos durante sus discusiones, la que le
arrancó la dimisión de la autoridad suprema que ejercía, esa misma
lo obligará a escuchar el voto libre de la Nueva Granada en materia
tan delicada y tan importante. La razón, la filosofía obrarán
siempre con suceso en el general Bolívar. El arrojará a los
españoles de todos los puntos de nuestro territorio, su genio hará
entonar himnos a la libertad desde el Istmo de Panamá hasta el
Chimborazo, y los derechos del hombre libre serán restituidos en
toda su plenitud a todos los granadinos. Cuando hayan desaparecido
nuestros opresores, cuando la paz y la tranquilidad tengan su bono
entre nosotros, cuando apenas nos acordemos de la guerra para
bendecir a nuestros libertadores, entonces confesaremos sin
contradicción que el acierto con que el general Bolívar ha
procedido en la campaña y en el bufete, venciendo y destruyendo a
los tiranos y presentando a los pueblos un sistema de gobierno
enérgico, sencillo y vigoroso, cuya duración no fue otra que la de
la necesidad, eligiendo una economía laudable, dando su preferente
atención a la guerra y difundiendo por todas partes su actividad y
su beneficencia, es el que nos ha puesto en posición de hombres
libres, y ha dado a nuestra patria el rango de nación libre e
independiente.
Obligado a escribir solo una carta, siento que en ella no haya
podido acertar a llenar mi objeto. El campo que ofrece esta clase
de escritos es muy estrecho para hacer brillar la gloria de la
campaña de la Nueva Granada, el acierto y regularidad con que ha
conducido unos pueblos en revolución, su genio, todas sus virtudes,
y sobre todo, las esperanzas lisonjeras que tales sucesos deben
inspirarnos. En la historia de la América del Sur, que los siglos
venideros solicitarán con más empeño que con el que ahora
solicitamos la de Grecia o Roma, aquellas páginas serán ilustres
porque tengan consignados los acontecimientos que yo he indicado.
No es mi pluma la que debe referir sucesos tan grandes y tan
gloriosos: ella apenas ha podido presentar ligeros apuntamientos,
una materia tosca que debe pulir un diestro artífice para edificar
la obra que honrará eternamente nuestra transformación política, e
inmortalizará el nombre de Bolívar.
Puedo responder de la verdad de cuanto he referido; todo ha
pasado a la vista de muchos testigos, mil documentos justifican los
hechos, y la opinión pública los ha reconocido. La gratitud
exclusivamente es el agente que me ha movido a escribir en esta
ocasión. Si estas páginas pueden servir un día para que todos los
hombres conozcan por sus hechos notables el nombre de Bolívar, mi
corazón queda bien satisfecho: si pudieren servir de lecciones a
los hombres que nos sucedan, y que puedan encontrarse al frente de
unos pueblos en revolución; yo creo haber hecho un servicio a la
razón y a la naturaleza; y si de ellas pueden nuestros militares
tomar ejemplo de magnitud en su empresa, y de constancia y acierto
en la ejecución, yo siento el placer inexplicable de presentar la
noble ciencia de la guerra un modelo escogido de entre los
americanos del sur.
Réstame solo dar una pública satisfacción a mis compatriotas no
militares. No me han sido desconocidas sus luces, su probidad y
otras virtudes que hacían a los que han perecido muy distinguidos,
y a los que viven muy acreedores a una estimación general. Si su
genio no era el que demandaban nuestras apuradas circunstancias, si
sus intenciones no llenaron el encargo de salvar la patria, la
culpa no fue criminal. Agradezcámosles eternamente el que ellos
pusieron en marcha nuestros pueblos a la revolución, les hicieron
conocer sus derechos, les inspiraron el deseo de sustraerse de la
dependencia de España. Mis compatriotas militares, de quienes me he
manifestado tan adicto, deben estar en la persuasión de que el
uniforme no da luces ni virtudes: que para corresponder a la
opinión pública y al encargo que se les ha confiado, deben estudiar
mucho sus obligaciones, sus deberes; deben considerar que los
pueblos a quienes presiden sus hombres, y que solo la energía
prudente, la constancia a toda prueba y el valor coronarán sus
esfuerzos y sacrificios.