INDICE





INTRODUCCIÓN

TOMO I

SIMÓN BOLÍVAR
Biografía
Carta de Jamaica

MIGUEL ANTONIO CARO
Biografía
Los fundamentos constitucionales y políticos del estado

JOSÉ EUSEBIO CARO
Biografía
Sobre los principios generales de la organización que conviene adoptar en la nueva constitución

RAFAEL NÚÑEZ
Biografía
El sentido de la política y la esencia de la política

MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ
Biografía
Los partidos políticos en la Nueva Granada

MIGUEL SAMPER
Biografía
Vicios de la política colombiana

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Biografía
Las diferencias del gobierno en la guerra y en la paz
Las relaciones entre la iglesia y el estado

CARLOS ARTURO TORRES
Biografía
Las supersticiones democráticas
Las supersticiones aristocráticas

RAFAEL URIBE URIBE
Biografía
El liberalismo, sus programas y la cuestión religiosa

TOMO II

JORGE ELIÉCER GAITÁN
Biografía
Bases para una política revolucionaria colombiana

LAUREANO GÓMEZ
Biografía
Propósitos de gobierno

ALEJANDRO LÓPEZ
Biografía
Liberalismo clásico y neoliberalismo

ALFONSO LÓPEZ
Biografía
El liberalismo y la transformación política de 1936

LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO
Biografía
¿Por qué soy liberal?

GONZALO RESTREPO JARAMILLO
Biografía
El pensamiento conservador
| LAS DIFERENCIAS DEL GOBIERNO EN LA GUERRA Y LA PAZ
 

 

Será sin duda un objeto de crítica para los políticos el que yo entre en traer el elogio del sistema de gobierno que provisionalmente se ha establecido en la Nueva Granada, porque se creerá que quien no tiene profundos conocimientos en la materia no puede hablar palabra en ella. Pero yo, guiado por una dolorosa experiencia, con razón natural, y habiendo leído una u otra página de la historia, me creo con facultad para manifestar mi opinión. Si los declamadores contra el gobierno militar entrasen en reflexión sobre las circunstancias y tiempo en que la necesidad lo trace tolerable, confesarían que si este gobierno es un mal para los pueblos, mayor mal y el peor de todos, es caer de nuevo bajo el yugo de los españoles. Soy enemigo de ese terrible gobierno; no creo que el actual de la Nueva Granada tenga todo el carácter de puro militar; pero más enemigo de los godos como soy, prefiero un sultán con su cimitarra y el Alcorán, a Fernando VII, y a sus representantes.

Con nuestro actual sistema de gobierno estamos haciendo un ensayo, que a la verdad va produciendo muy buenos efectos. Seis años empleamos ensayándonos con el gobierno federal, y bien a costa de nuestro honor y de muchas vidas, probamos que no era para el cave. Nuestros reformadores hicieron lo que no hizo Solón, a quien creo con más talento que ellos; este formó su legislación y su gobierno, según el carácter y costumbres de los atenienses, en vez de que aquellos, rodeados de enemigos, ganando y perdiendo el territorio, quisieron de repente acomodar el carácter de los granadinos a una legislación de hombres perfectamente libres. Este error fue común a Venezuela y también a su, turno sufrió los males que eran consecuentes a él. Decir en aquella época que un militar debía colocarse al frente de los negocios, era una blasfemia política, porque ellos no servían sino para instruir tropas. ¿ Cómo colocar al frente del gobierno de pueblos libres a hombres acostumbrados a mandar soldados? ¿ Cómo mezclarse en los negocios de hacienda, hombres que ignoran aún el modo de rematar un estanco ? ¿ Cómo entrar en el delicado manejo de asuntos políticos, hombres que no saben ni la etimología de la política? Tales eran las declaraciones que frecuentemente se oían, y yo no sé si a mí se me escaparon algunas. Ello es que reclamando, alegando lo sagrado de nuestros derechos, contentos con nuestra acta federal, y muy satisfechos de los talentos de nuestros políticos, el país fue subyugado y la sangre corrió a torrentes. Esta experiencia ha confirmado en el general Bolívar la persuasión de que pueblos en revolución, a quienes era desconocido hasta el nombre de libertad, no pueden gobernarse por un sistema federal, sino por un gobierno enérgico cuyas providencias no admitan observaciones ni contradicción. El que pretendiere en lo físico resistir a una fuerza de 30 con otra de 4, pretendería un gran desatino, y yo pienso que no es menor el que se comete en lo político. Si a Morrillo, con sus ilimitadas facultades, con su poder universal, con recursos, y con la experiencia que ha adquirido, se le quisiese resistir con un sistema de lentitud, de contradicción, débil y desunido, a buen seguro que el triunfo no fuese nuestro. Apelo a la experiencia de lo que hemos visto en Venezuela. Un gobierno federal no pudo defender el país invadido por cuatro miserables acaudillados por Monteverde; un gobierno enérgico, y en una sola mano, resistió el poder de Boves, de Cajigal y de Morillo. Es menester confesarlo: nuestra revolución necesita de un movimiento fuerte, dirigido por un solo impulso.

Un otro error ha sido muy común en nuestra revolución. Hemos confundido la libertad y la independencia. Queríamos ser independientes del gobierno español, y queríamos al mismo tiempo gozar de los derechos de los hombres libres, como si hubiéramos quedado ya independientes. No nos contentábamos con que los españoles no fuesen nuestros amos: queríamos que la libertad estuviese tan perfectamente establecida, como la veíamos en la América del Norte al cabo de muchos años. Este error hasta ahora ha venido a disiparse, pues vemos con satisfacción que los esfuerzos de todos los pueblos se dirigen a no depender de los españoles, y esperar al tiempo que les vaya dando posesión de su libertad. Mucho terreno hay avanzado para lograr estos objetos con el plan de gobierno provisional que el general Bolívar ha establecido en la Nueva Granada. El establecimiento de una autoridad única, que abraza los ramos de guerra y hacienda, la dependencia absoluta e inexcusable en que ha puesto a los jefes de las provincias, la necesidad de que éstos sean oficiales del ejército acostumbrados a obedecer las órdenes de su general; la separación que ha hecho de la parte contenciosa, poniéndola a cuidado de tribunales y jueces letrados, todo prepare la marcha gloriosa de la Nueva Granada al término de su independencia. Que el que manda, piense y medite sin contradicción: que él mismo ejecute, que mueva los resortes, tome los recursos, y sea obedecido sin excuse. Así es como habrá ejércitos, habrá dinero, habrá energía, actividad y más proporción de acierto. La república es un campo de batalla en donde no se oye otra voz que la del general, por más que él pueda consultar con sus capitanes. Si los militares colocados en los gobiernos subalternos tienen una autoridad muy extensa, también tienen leyes penales muy severas; si en las otras clases la aplicación del castigo es tardío y a veces ilusorio, entre los militares es ejecutivo e indefectible; ellos tienen acuerdos, órdenes y decretos de la primera autoridad, que jamás dejarán de cumplir. La costumbre de mandar imperiosamente, de ejecutar, y traer ejecutar las órdenes propias y ajenas, es la que está más en favor de la necesidad de que ellos sean los jefes de las provincias. Los pueblos, habituados a oír la voz de trueno de un gobernador español, se burlan de sus alcaldes y demás jueces que no son militares. Los oficiales, que mandan las provincial, han visto las privaciones y necesidades de los ejércitos, y tienen más interés en socorrerlas, sacando recursos de los pueblos, que los que apenas han leído el modo con que entra en campaña un cuerpo de tropas. Yo pudiera salir garante con mi cabeza que ahora no se morirán de hambre las tropas de Cúcuta como morían en 1815 y 16, ni harán su servicio desnudas como lo hacían en el mismo Cúcuta y en el sur Los pueblos prestarán sus socorros con prontitud, y no se burlarán de las providencias que emanaren de la autoridad militar. Apelo en este asunto también a la experiencia de lo que está sucediendo.

Así vendrá a ser el poder del Estado fuerte y vigoroso, si todas las partes del cuerpo político marchan unidas bajo la dirección de una cabeza. La verdadera unión de las partes, que forman el todo, está en la armonía con que todas ellas, aunque al parecer opuestas, concurran al bien general de la sociedad. La armonía de la música resulta de muchas voces disonantes. Una elección popular, hecha a la vista casi del enemigo, y rodeada de peligros, ¿a cuántas intrigas y desórdenes no está sujeta? Y si ella coloca al frente de los negocios a un inepto que ha sabido manejar bien la intriga ¿cuál vendrá a ser la suerte del Estado? Y ¿qué unión podrá existir en donde no hay sino turbación? Esta doctrine que no es mía, sino de un gran política, unida a lo que desgraciadamente ha pasado delante de nuestros ojos, me convence de que se ha obrado con mucho tino y prudencia, dando a nuestro gobierno provisional la forma de que he hablado. La actividad, la probabilidad, las luces, el valor, he aquí las virtudes que colocan a nuestros oficiales al frente de las provincias y divisiones, no para perpetuarlos en estos destinos, sino para hacer uso de sus cualidades, mientras que la imperiosa necesidad de salvar la patria demande actividad, valor y luces. Pero si bajo tal autoridad, y en semejante sistema el hombre goza de sus derechos, ¿cuántos más bienes no resultan al Estado? El ciudadano de la Nueva Granada descansa tranquilo en el testimonio de su conciencia, sin temer que se le arranque violentamente de su hogar y se le reduzca a prisión; él disfruta de su trabajo, como a bien tiene, sin temor de que el gobernante le prive de su prioridad, y en las elecciones de los magistrados inferiores, que le han de administrar justicia, goza del derecho de sufragio. ¿ Se quiere más libertad, divisando todavía los enemigos que nos disputan el terreno? Que se me señale el pueblo que después de trescientos años de servidumbre tal como la nuestra, haya sido libre a la vez que luchaba con sus tiranos. Todos los que han querido aparecer en el mundo como naciones, han pasado por muchos sacrificios y turbaciones, alcanzando al cabo de muchos años su intento. Véase la Inglaterra hoy, y léase su historia en comprobación de esta verdad. En una palabra: si Demóstenes publicaba contra las pretensiones de Filipo que los desórdenes populares eran preferibles al dominio real, yo, y conmigo todos los americanos, debemos publicar que cualquier gobierno enérgico y vigoroso es preferible al dominio del gobierno español, 41 más bárbaro, fanático y cruel de los que afligen la humanidad.

Una serie de providencias benéficas ha señalado la época de la permanencia del general Bolívar en Santa Fe. El ha escogido lo bueno en donde quiera que lo ha hallado, y lo malo ha sido desechado. En cuarenta días, cuando parecía que solo el ejército ocupaba su atención, la hacienda pública, la parte gubernativa y la contenciosa han sido atendidas. Si con un decreto se declaran subsistentes los ramos de rentas ordinarias ya establecidas, con otro se declaran libres a los pueblos de las contribuciones extraordinarias que el gobierno español les había impuesto. Si la consideración del peso que gravita sobre los pueblos medio destruidos le anima a aliviarles su condición, la necesidad de dinero para defender la república lo detiene, y solo modera las cargas para hacerlas más sufribles. Como un buen economista, el general Bolívar no trace subir los egresos del tesoro a más de los ingresos. La industria es animada por el general, y las observaciones del barón de Humboldt sobre mineralogía son por la primera vez reducidas a práctica. Esa horrible ley de la confiscación, que envuelve al hijo en el delito del padre y reduce a miseria una familia inocente, es desterrada de las ideas del general Bolívar. A nadie se le confiscan sus bienes, aunque haya emigrado, y solo una pequeña parte de los que han incurrido en este crimen se declare pertenecer al Estado: sus hijos y su mujer no pierden el derecho a su herencia, y la república no cuenta con familias desgraciadas. La fé de los contratos, inviolable bajo cualquier régimen de gobierno y sea cual fuere la época de su celebración, esa fe que para los españoles pacificadores no mereció alguna inviolabilidad, para el general Bolívar nada desmerece: los contratos, celebrados durante la dominación española, se declaran válidos y obligatorios, aun contra los bienes en que el Estado podía tener parte.

Un decreto restituyó a los patriotas los bienes que habían perdido en la catástrofe de la Nueva Granada; otro repuso en sus destinos a los que habían sido destituidos y no habían faltado a los deberes de buenos ciudadanos. Unos empleos fueron suprimidos como gravosos, los más fueron dotados moderadamente, y sin la profusión de la primera época de la república, y todos sufrieron la carga de dejar la mitad de su dotación en favor de los gastos de la guerra. Aquí fue comprendido el magistrado, el ministro de hacienda y el soldado, porque cualquiera privilegio habría sido odioso y podría haber suscitado una división en las diversas clases del Estado. En todas estas resoluciones y en mil más que sería molesto referir, el general Bolívar descubrió un espíritu de orden, de economía y de método, que deben inspirarnos muy grandes esperanzas. El ha hecho ver al mundo, que si desenvainando su espada es temible en el campo de batalla a los enemigos de su patria, volviéndola a envainar no les es menos temible por el poder y la fuerza que da a los pueblos con un sistema sencillo, económico y vigoroso.

Tiemblen los opresores injustos del americano, sea cual fuere la guarida a que se hayan acogido. Con un gobierno enérgico y sin complicaciones, con recursos, con opinión y dirigidos nuestros negocios por la experimentada mano del general Bolívar, ¡ qué progresos y qué triunfos no se deben esperar a nuestra república! Calcúlese por los preparativos que se han hecho y por el pequeño ensayo de dos meses que ha precedido. El tiempo poco a poco nos va manifestando la senda que se debe seguir, y los escollos que se deben evitar: la experiencia nos enseñará a enmendar los errores, a reformar lo que sea necesario, a alterar y perfeccionar la grande obra de nuestra independencia. Si la docilidad con que el general Bolívar ha escuchado la voz de la razón, en las cien veces que nos lo ha probado, lo sigue distinguiendo en su brillante carrera, no debemos dudar de que cumplirá la palabra, frecuentemente repetida, de reunir la representación libre y legítima de los pueblos, en donde se han de fijar las bases de nuestro futuro sistema de gobierno. La fuerza que lo movió en Venezuela a reunir sus representantes y protegerlos durante sus discusiones, la que le arrancó la dimisión de la autoridad suprema que ejercía, esa misma lo obligará a escuchar el voto libre de la Nueva Granada en materia tan delicada y tan importante. La razón, la filosofía obrarán siempre con suceso en el general Bolívar. El arrojará a los españoles de todos los puntos de nuestro territorio, su genio hará entonar himnos a la libertad desde el Istmo de Panamá hasta el Chimborazo, y los derechos del hombre libre serán restituidos en toda su plenitud a todos los granadinos. Cuando hayan desaparecido nuestros opresores, cuando la paz y la tranquilidad tengan su bono entre nosotros, cuando apenas nos acordemos de la guerra para bendecir a nuestros libertadores, entonces confesaremos sin contradicción que el acierto con que el general Bolívar ha procedido en la campaña y en el bufete, venciendo y destruyendo a los tiranos y presentando a los pueblos un sistema de gobierno enérgico, sencillo y vigoroso, cuya duración no fue otra que la de la necesidad, eligiendo una economía laudable, dando su preferente atención a la guerra y difundiendo por todas partes su actividad y su beneficencia, es el que nos ha puesto en posición de hombres libres, y ha dado a nuestra patria el rango de nación libre e independiente.

Obligado a escribir solo una carta, siento que en ella no haya podido acertar a llenar mi objeto. El campo que ofrece esta clase de escritos es muy estrecho para hacer brillar la gloria de la campaña de la Nueva Granada, el acierto y regularidad con que ha conducido unos pueblos en revolución, su genio, todas sus virtudes, y sobre todo, las esperanzas lisonjeras que tales sucesos deben inspirarnos. En la historia de la América del Sur, que los siglos venideros solicitarán con más empeño que con el que ahora solicitamos la de Grecia o Roma, aquellas páginas serán ilustres porque tengan consignados los acontecimientos que yo he indicado. No es mi pluma la que debe referir sucesos tan grandes y tan gloriosos: ella apenas ha podido presentar ligeros apuntamientos, una materia tosca que debe pulir un diestro artífice para edificar la obra que honrará eternamente nuestra transformación política, e inmortalizará el nombre de Bolívar.

Puedo responder de la verdad de cuanto he referido; todo ha pasado a la vista de muchos testigos, mil documentos justifican los hechos, y la opinión pública los ha reconocido. La gratitud exclusivamente es el agente que me ha movido a escribir en esta ocasión. Si estas páginas pueden servir un día para que todos los hombres conozcan por sus hechos notables el nombre de Bolívar, mi corazón queda bien satisfecho: si pudieren servir de lecciones a los hombres que nos sucedan, y que puedan encontrarse al frente de unos pueblos en revolución; yo creo haber hecho un servicio a la razón y a la naturaleza; y si de ellas pueden nuestros militares tomar ejemplo de magnitud en su empresa, y de constancia y acierto en la ejecución, yo siento el placer inexplicable de presentar la noble ciencia de la guerra un modelo escogido de entre los americanos del sur.

Réstame solo dar una pública satisfacción a mis compatriotas no militares. No me han sido desconocidas sus luces, su probidad y otras virtudes que hacían a los que han perecido muy distinguidos, y a los que viven muy acreedores a una estimación general. Si su genio no era el que demandaban nuestras apuradas circunstancias, si sus intenciones no llenaron el encargo de salvar la patria, la culpa no fue criminal. Agradezcámosles eternamente el que ellos pusieron en marcha nuestros pueblos a la revolución, les hicieron conocer sus derechos, les inspiraron el deseo de sustraerse de la dependencia de España. Mis compatriotas militares, de quienes me he manifestado tan adicto, deben estar en la persuasión de que el uniforme no da luces ni virtudes: que para corresponder a la opinión pública y al encargo que se les ha confiado, deben estudiar mucho sus obligaciones, sus deberes; deben considerar que los pueblos a quienes presiden sus hombres, y que solo la energía prudente, la constancia a toda prueba y el valor coronarán sus esfuerzos y sacrificios.

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