INDICE





INTRODUCCIÓN

TOMO I

SIMÓN BOLÍVAR
Biografía
Carta de Jamaica

MIGUEL ANTONIO CARO
Biografía
Los fundamentos constitucionales y políticos del estado

JOSÉ EUSEBIO CARO
Biografía
Sobre los principios generales de la organización que conviene adoptar en la nueva constitución

RAFAEL NÚÑEZ
Biografía
El sentido de la política y la esencia de la política

MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ
Biografía
Los partidos políticos en la Nueva Granada

MIGUEL SAMPER
Biografía
Vicios de la política colombiana

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Biografía
Las diferencias del gobierno en la guerra y en la paz
Las relaciones entre la iglesia y el estado

CARLOS ARTURO TORRES
Biografía
Las supersticiones democráticas
Las supersticiones aristocráticas

RAFAEL URIBE URIBE
Biografía
El liberalismo, sus programas y la cuestión religiosa

TOMO II

JORGE ELIÉCER GAITÁN
Biografía
Bases para una política revolucionaria colombiana

LAUREANO GÓMEZ
Biografía
Propósitos de gobierno

ALEJANDRO LÓPEZ
Biografía
Liberalismo clásico y neoliberalismo

ALFONSO LÓPEZ
Biografía
El liberalismo y la transformación política de 1936

LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO
Biografía
¿Por qué soy liberal?

GONZALO RESTREPO JARAMILLO
Biografía
El pensamiento conservador
VICIOS DE LA POLITICA COLOMBIANA:
EL SISTEMA, LA CAUSA, EL PRECEDENTE, EL CAUDILLO Y EL MAMELUCO
 

 

Presentación 

 

Nos parece que con naturalidad hemos vuelto al mismo tema que sirvió para el primero de estos artículos. En él decíamos al empezar:

"El gran día del natalicio de la patria independiente nos encuentra, en estas Repúblicas del Centro y Sur de nuestro Continente, siempre en el mismo oficio. Ya se acaba de derribar un gobierno, ya se ha debelado una rebelión, ya luchan los partidos contra una dictadura, o ya se preparan y se hacinan los combustibles que habrán de producir una nueva conflagración".

Los resultados de tal situación han dado margen a que se hagan a nuestras nacionalidades increpaciones tan graves como las que, en el mismo artículo tradujimos de la obra reciente de un sociólogo inglés . Pareciéndonos que tales increpaciones procedían en parte de un estudio incompleto del desarrollo de la civilización en estos países, y que se propasaban en, severidad, nos propusimos comparar ese desarrollo con el de la gran nación anglosajona del Norte, teniendo en cuenta sus respectivos orígenes, como que en ellos han debido buscarse las causas del contraste que ofrecen las obras respectivas de las dos razas dominantes en nuestro Continente. La comparación no favorece, ciertamente, a los latinos en sus resultados, pero si se consideran aparte los que se han obtenido, la obra latina está muy lejos de merecer el desprecio con que se la mira, ya por los pensadores, ya por los gobiernos de ultramar.

Aparte de intentar una vindicación, hemos tenido en mira y acaso principalmente, recordar a nuestros partidos políticos que hay horizontes más vastos e ideales más elevados que los que sirven hoy de teatro, de objetivo y aun de pretexto a sus esfuerzos. También hemos querido impresionar en lo posible a la gran masa de hombres que apoyan incondicionalmente a los principales actores en la: política, aspirando a que se relaje la disciplina de hierro a que se han sometido, pues es claro que si esa masa, o esos hombres, se detienen a reflexionar con un poco de calma, y a hacer cuentas, hallarán que la sucesión de acciones y reacciones violentas, en que se ha pasado nuestra vida política, durante setenta años, equivalen a caminar como los peregrinos que en otros tiempos se dirigían a la Tierra Santa, dando dos pasos adelante y uno atrás, si es que no hemos hecho más que marcar el paso.

 

Partidos y opinión pública 

 

Parece que nos hace falta en nuestros países esa opinión pública que, obrando con cierta independencia del espíritu de partido, sabe imponer, en países mejor constituídos, su voluntad soberana, y premia, con el ejercicio del poder, o castiga con su pérdida, a los que dirigen el movimiento político. Es por medio de la prensa libre como aquel veredicto se prepara, y es el sufragio el que lo promulga. Por consiguiente, la prensa libre y el sufragio libre y efectivo, son indispensables para que se pueda formar aquella opinión semi-imparcial, y sea ella, y no la guerra, la que decida entre los partidos. Las doctrinas de éstos pueden diferir cuanto se quiera, pero lo que les es común, lo que pertenece al pueblo entero, lo que éste debe defender contra toda violencia y contra todo fraude, es el derecho de publicar por la prensa el pensamiento, y el de votar. Enhorabuena que cada cual vote con y por sus copartidarios; pero desde el momento en que haya quienes impidan hablar, escribir o votar, debe verse en ellos el verdadero enemigo común, pues por encima del adversario es preciso ver en este caso al compatriota despojado, condición que si se acepta para el vencido de hoy, queda aceptada para el que puede serlo mañana.

Por nuestra parte reduciríamos a estos dos puntos el programa político de actualidad. Las demás cuestiones que nos dividen irían hallando solución con este | punto de apoyo que se dejara a la opinión pública. Más todavía: si las elecciones que en estos momentos se verifican den fallo condenatorio contra el régimen imperante, no porque la oposición ponga mayorías en la Cámara de Representantes, en las Asambleas Departamentales y en los Concejos Municipales, sino porque no se le permita tener representación proporcional en tales corporaciones, aun en este caso, habría probabilidad de conservar la paz pública, si el uso de la prensa quedara libre, y el abuso de ella sometido a la sanción legal, impuesta por el Poder Judicial.

Con prensa libre se obtendrá el medio más eficaz | de obrar sobre la opinión pública y si los escritores tienen la cordura de contraer los debates a cuestiones concretas de intereses de actualidad; si desdeñan, hasta donde sea posible, las acriminaciones a que tanto se presta el pasado; si son sobrios en ataques personales y si su lenguaje es siempre culto y comedido, esta conducta producirá sus naturales resultados. El Gobierno podrá ser advertido de las faltas en que incurra si ellas proceden de error, y hará lo necesario para corregirlas; si no lo hiciere, la opinión pública verá claro en las cuestiones. Concretadas éstas, como hemos dicho, si, por ejemplo, se trata de elegir representantes para el Congreso, sabrán los electores en qué sentido votaran los candidatos en materia de paper moneda, por ejemplo, o de impuesto sobre el café, o de créditos extraordinarios, sin responsabilidad para los Ministros, o de algo concreto, en fin. Al no tenerse que se quiera desquiciar o volcar repentinamente el régimen imperante, las luchas electorales serán menos peligrosas y | dejarán de ser certamen de incompetencia absolute, de vergonzosa incapacidad para vivir bajo un régimen republicano. Por nuestra parte, confesamos que nos ruboriza la vista de cualquier miembro de las colonias extranjeras al día siguiente al de una votación.

 

Importancia del sufragio libre

 

Si se quisiera conjurer la próxima guerra debiera el Congreso dictar ley sobre uso y abuso de la libertad de la prensa, dejando el uso libre y el abuso claramente definido para que se le reprima con las penas regales. Debiera, asimismo, corregir los defectos de que adolece la ley de elecciones. El primero de ellos estriba en la geometría regeneradora empleada para composición de los círculos electorales, círculos que Blas Gil compara a la figura de un hombre, abierto de piernas y de brazos y extendido boca abajo o boca arriba. Las listas de los sufragantes debieran empezarse a formar inmediatamente después de expedida la ley, tomando por base las que hayan servido para la última votación, y completadas con las listas que se forman para el cobro de la contribución del trabajo personal subsidiario y para el del impuesto sobre fincas raíces. Encargados estos trabajos a juntas que funcionaron solo en los días festivos, y admitida la colaboración del público para borrar o para inscribir nombres; si para tales juntas se da cabida a miembros de distintas comuniones políticas, es probable que se evitarían algunos escándalos. Debiera darse a cada sufragante una papeleta, que sirva de título a su derecho, para que sea consignada en el acto de la votación, y debieran imprimirse y repartirse algunos ejemplares de las listas con suficiente anticipación. La fuerza pública debiera votar dentro de sus cuarteles y estar lista parea hacer guardar el orden, ya que no nos hemos decidido a neutralizarla.

Bien comprendemos que todas estas indicaciones harán sonreír a los usufructuarios de lo que se llama aquí sufragio, y nos harán merecer el calificativo de cándidos, si acaso no se nos increpa que nos ocurren solo ahora, por el interés de que nos llegue el turno de usufructuar. En escritos análogos a los que forman la presente serie, hace veintinueve años, dijimos:

"Nuevos hábitos han aparecido, y con ellos nuevas costumbres. El sufragio ha sido una mentira y un arma envenenada de que todos los partidos se han servido. De aquí el que no haya una opinión vigorosa que se atreva a condenar y a llamar por sus nombres las fechorías de los intrigantes y las inconsecuencias de los hombres y de los partidos. El interés de éstos se ha sustituído al de la patria, cuyos intereses permanentes desaparecen ante las pretensiones de los bandos . . .

"No basta que alguno de los partidos se llame defensor de la moral, si abriga en su seno infinidad de hombres que desmienten con sus hechos las doctrinas que predican. Lo indispensable es que los partidos se regeneren, y esta no es obra de ellos sino de la sociedad entera. Es ella la que se divide en hombres malos y hombres buenos; y aunque aquellos siempre se agregarán a los partidos, éstos (los buenos) son los más en una sociedad aún no degradada, y estarán en mayoría. . .

"El hábito no hace al monje. El partido defensor de una institución que conculque algún derecho, que consagre algún abuso, atacará en definitive la moral, aunque esta palabra esté inscrita en su bandera. El partido que prive de hecho a su adversario de las garantías constitucionales podrá decirse liberal, mas todo hombre que sepa el sentido de la palabra lo llamará opresor.

"Entre las causas de la perversión de nuestros partidos deben contarse los fraudes eleccionarios y la aplicación al manejo de los negocios públicos de prácticas que nadie confesaría que emplea en sus asuntos privados. El hecho de adulterer el sufragio popular se ha convertido en mérito para con el partido, en prueba de entusiasmo por la causa, o cuando menos, en una simple viveza y una jugarreta hecha al enemigo. La tolerancia o el disimulo de la sociedad, y el aplauso de los respectivos interesados, no solo han propagado el hábito de cometer fraudes en el sufragio, sino que se ha convertido en oficio o profesión. Cada pueblo tiene una media docena de falsificadores de votos o de registros, de manera que los directores de los partidos acuden a ellos como quien va donde el zapatero por zapatos. . .

"Llamar las cosas por sus nombres y tracer sentir a los que las practican el peso de la execración pública, es, sin dispute, el medio más eficaz de remediar el mal. Los hombres realmente pervertidos, con dificultad volverán al buen camino; pero una infinidad de personas, especialmente los jóvenes, a quienes la opinión pública no ha sabido tracer comprender su extravío, volverán sobre sus pasos. El fraude eleccionario debe atraer sobre quien lo perpetra, el renombre de |falsario, y como el crimen de falsedad debe conducir al presidio, lo que se ha de ver, en vez del entusiasta y el vivo es el presidiario, sea que entre a una tertulia, a un taller, a un juzgado, a una tienda, o se arrime a un corrillo. Si algunos de esos presidiarios impunes invite a una señorita a danzar, debe ella saber que danzará con un presidiario, y que los circunstantes, entre quienes estarán sus padres o sus hermanos, la verán danzando con un presidiario".

Hay una note que dice: "Es cierto que todos ellos (los partidos) han clamado contra los fraudes de sus contrarios, pero no tenemos noticia de que alguno haya protestado contra los que ejecutan sus copartidarios, o que haya expulsado a estos de sus filas."

Podemos ahora agregar que si bien aquellos fraudes han tomado otra forma, la sustancia no ha cambiado con las prácticas.

¡ Cuánto nos duele ver a los jóvenes ocupados en estas malas artes ! ¡ Cuánto, sobre todo, contrista y espanta el contemplar esos grupos de soldados y de policiales que se acercan a las urnas más de una vez, o que usurpan nombres que no les pertenecen! El ejército es, o debe ser, la salvaguardia del orden, y la base del orden es el sufragio. ¿ Cómo no lamentar que se induzca a los que siguen la nobilísima carrera de las armas, que debe ser el dechado de honor, a que las prostituyan? ¿Qué confianza podrán inspirar los guardianes de la ley, los encargados de perseguir el crimen y la inmoralidad, si se ve a los policiales presentando certamen de aquello mismo que deben perseguir ?

Preciso es que penetremos un poco en el origen, en la organización y en el modo de obrar de los partidos para darnos cuenta de tan crueles aberraciones. Acaso así se logre que la opinión pública al fin se haga sentir sobre ellos, si nuestra débil voz no quedare sin eco.

 

Partidos, jefe y opinión

 

En los países que gozan de gobiernos suficientemente constituídos, el desarrollo político continúa encargado a la opinión pública, servida por partidos que si discrepan en ideales, marchan de par con lo fundamental de las instituciones. Defiéndense así las tradiciones y los intereses legítimos creados bajo su amparo, quedando al propio tiempo abierta la puerta a las reformas, por las cuales se van transformando tradiciones e intereses, de acuerdo con el impulso natural e incesante del progreso. Esta obra es lenta y ordenada; va encontrando obstáculos, pero éstos son parciales aunque sucesivos, forman el afán de cada día, no se agolpan tumultuosamente. Las cuestiones se concretan, los partidos se apoderan de ellas, las discute cada cual según sus mires, y la gran mesa nacional decide entre ellos, dándoles el turno en el poder cuando llega el tiempo de ejercitar el sufragio, cuyo resultado es su veredicto. De esta manera las mayorías se convierten en minorías, y viceversa, mas siempre quedan representados proporcionalmente los partidos en el Parlamento. Los jefes dirigen la acción para las luchas, pero es de la opinión pública de donde se derivan los programas. Si de la dirección del partido pasa el jefe a ocupar la primera magistratura en la República, como en los Estados Unidos, o el primer puesto en el Ministerio, que es el Gobierno, como en Inglaterra, no es para imponer su personalidad, sino para cumplirle a la Nación las promesas hechas por el partido y aceptadas por ella.

Admite en las costumbres políticas el paso accidental de un campo a otro en determinadas cuestiones, sin que ello se califique de traición ni de insubordinación, y así se abre la puerta a las transacciones o a los compromisos, lo cual supone que existe y se ha cultivado un espíritu de tolerancia y de respeto, que permite a los hombres acatar la justicia en dondequiera que la encuentren.

Es la justicia la virtud social por excelencia, la que debe imperar en las relaciones de los individuos entre sí y con la comunidad y el Gobierno. Cada paso que se de en este sentido es lo que podemos llamar progreso en política, ciencia o conjunto de ciencias, cuya base común es la Moral. El progreso moral no puede consistir, según nuestras creencias, sino en la práctica | más y más fiel, más y más extendida, de los preceptos y máximas del cristianismo, a los cuales nada se les puede agregar, ni suprimir, ni corregir. La ciencia política busca los medios de aplicar las leyes morales a la conducta de las sociedades, descubre las sanciones con que su autor las hace efectivas en el tiempo, y establece los principios que se deben observar para la buena organización de los gobiernos. Fácilmente surgen de estas investigaciones sistemas que no dejan de apasionar los espíritus, y el cristianismo los ha visto desfilar, agitar por breve tiempo el mundo intelectual, y desaparecer por turno, dejando, por desgracia, algunos escombros en las creencias y en las costumbres. Si la justicia es la base y el objeto de la política, ¿por qué hubieran los partidos de prescindir del cristianismo para encontrar las fuentes de sus doctrinas? En él tenemos una pauta de todos conocida, al alcance de todas las inteligencias, defendida por la verdad, la fecundidad y la inmutabilidad de sus dogmas y preceptos ya que, por desgracia, su origen divino sea para algunos motivo de dude, acaso más artificial que natural.

Que aquella sublime virtud haya sido desfigurada por los doctores de la antigua ley, siguiendo la máxima atroz de diente por diente y ojo por ojo, es cosa que solo servirá para probar que el fariseísmo se reproduce, mas no que él haya de prevalecer sobre la ley cristiana, según la cual debemos querer para el prójimo aquello que deseamos para nosotros mismos, y es obligatorio dar, o restituír, a cada uno lo que le pertenece.

En política estos preceptos se extienden a los partidos y deben aparecer en las instituciones. Si así no sucediere, la sanción de la ley moral se hará sentir y no se dejara esperar por largo tiempo.

Suplicamos al lector que excuse este corto prólogo, con el cual lo introduciremos al estudio de nuestros partidos, en su organización y en sus obras, por creer nosotros que en las precedentes reflexiones se pueden | encontrar las más hondas causas de nuestras reyertas, al propio tiempo que los medios de convertirlas, siquiera sea paulatinamente, en justas regladas por la cortesía y dirigidas por el patriotismo. Contribuír a que nos acerquemos, a que un principio de recíproca confianza | asome, siquiera, en las relaciones políticas, ya que nos hemos venido apartando hasta querer privarnos, los unos a los otros, del agua y del fuego; tal es nuestro propósito.

Algunas de nuestras apreciaciones podrán parecer demasiado severas, y nuestra franqueza demasiado ruda, lo que no implica que hayamos puesto en olvido las numerosas excepciones con que se han honrado todos los partidos con abnegados defensores de la libertad y del orden, con sinceros apóstoles de la idea, con tribunos desinteresados y con mártires gloriosos. Uno de ellos, lo recordamos con justo orgullo, pasó del solio presidencial a humilde obrero de imprenta en una de las Antillas, y otro, de opiniones contrarias, víctima también de las incurables desconfianzas de nuestros partidos, exhibe hoy en París, sobre la Imperial del Omnibus, la pobreza de uno de nuestros ex-presidentes, cuando de otras repúblicas se turnan en aquel mismo teatro los millonarios de la política.

Constan nuestros partidos de sistema, de caudillo y de causa, y a estos tres elementos hay que agregar el mameluco y el precedente.

 

El sistema 

 

Casi sin discrepancia en el ideal de la libertad en la República, nuestros próceres se dividieron en partidos; unos, del Gobierno fuerte o autoritario, y otros, del democrático liberal. Los primeros den la preferencia a los poderes o facultades de que debe estar investido el Gobierno para mantener el orden, mientras que sus adversarios aspiran a que sean l as libertades la base y el término de ese orden. El lema de nuestro escudo nacional comprende ambos términos, y así la Patria parece invitarnos a que los pongamos en armonía.

Coadyuva a ello la experiencia, así dentro como fuera del país. El exceso en el primer sentido ha producido dictaduras, mientras que el exceso en el otro nos ha llevado a la anarquía. Hemos presenciado la facilidad con que en 1848 la revolución derribó en Europa tronos, o los obligó a reconocer el derecho popular, a despecho de grandes ejércitos permanentes y de crecidos presupuestos. Por el contrario, como ya lo recordamos en otra parte de este escrito, en 1862 el Gobierno de los Estados Unidos, débil al parecer, por su forma misma, por la robustez de las libertades populares, y por lo muy escaso de las fuerzas militares que mantiene en tiempo de paz, pudo triunfar en menos de cuatro años de la más colosal rebelión que los siglos han registrado. Sorprendido por ella y despojado de aquella base de fuerza, del fondo de las mesas populares brotaron centenares de miles de soldados voluntarios; arsenales y astilleros improvisados crearon una flota capaz de bloquear mil leguas de costas, y un crédito que la honradez había cultivado, contribuyó con tres mil millones de pesos al sostenimiento del orden. Si alguna verdad queda, pues, establecida como incontrovertible, es que los gobiernos fuertes son aquellos que sostiene la gran mayoría nacional por su amor a las instituciones. Por consiguiente, el problema que debe resolverse es éste: ¿ Cómo se debe proceder para hacer amables y amadas las instituciones? La justicia dará la respuesta, pero la justicia de la nueva ley, no la de los escribas y los fariseos.

El sistema, que, en nuestros partidos, ocupa el lugar del programa, es el primer escollo con que hemos tropezado. Impide el sistema que los programas se concreten a unos pocos puntos en que pueda haber divergencia en las opiniones, porque no permite que se trastorne en lo mínimo el enlace de sus doctrinas. Todo o nada, es la divisa del sistema. Si, a pesar de esto, la fuerza de atracción que ejerce la providencial armonía entre la libertad y el orden, ha logrado que haya principios o doctrinas ya comunes para los bandos, no deja el sistema que se haga inventario de ellos para excluírlos de las controversias.

Tan convencidos estamos de que el progreso político ha destemplado la rigidez de los sistemas, que si algunos hombres de buena voluntad, y de ambos partidos, se propusieran estudiar la actual Constitución, artículo por artículo, con la mire de separar aquellos en | que están de acuerdo de los que ofrecen discrepancia, estamos seguros de que estos últimos serían muy pocos. Si, con espíritu de concordia, se hiciera selección (la palabra está de moda) en los puntos controvertibles, para contraer la discusión a los más apremiantes, dejando para el día de mañana su correspondiente afán, ¡ cuánta no sería la sorpresa de los expurgadores al ver que los acérrimos partidarios del orden y del deber se hallan tan cerca (en teoría) de los de la libertad y el derecho! Presentaríaseles por sí misma la gran cuestión, la de la conducta de los hombres, la que principal y urgentemente exige reforma En los platillos de la balanza de aquella suprema virtud de que hemos hablado, ¡cuán fallos no se encontrarían los buenos, lo mismo que los malos! Que se haga el ensayo para una comisión extraoficial y se le presente el resultado al próximo Congreso. ¡ Qué afanes para la intransigencia y cuán hermoso campo para el patriotismo!

En los primeros tiempos de la vida republicana era explicable, y hasta natural, que se apelara a teorías, más o menos arbitrarias o incompletas, en países en donde los hechos no daban base para fundar sobre ellos instituciones que necesariamente habrían de combatirlos. Las tradiciones tenían que resistir, y los intereses que defenderse, pero, a despecho de esas resistencias y de esa defensa, las tradiciones han venido sufriendo transformaciones, y los intereses han ido perdiendo mucho de lo que tenían de abusivo. Sin embargo, el espíritu de sistema nos ha llevado siempre a los extremos, y muchas reformas han traspasado los límites de la justicia, los de la conveniencia y hasta los de la prudencia. Las teorías, por otra parte, nos han llegado inficionadas por errores que apenas ahora vamos advirtiendo.

Débese a todo esto que la estabilidad y la perfectibilidad de las instituciones hayan sido víctimas de la falsa lógica de los sistemas y de la intolerancia que los acompaña. No es nuestra Constitución obra a cuya ejecución concurran los diferentes partidos, pues, con muy raras excepciones, uno solo de ellos es el que impone las reformas, y esto a raíz de una convulsión sangrienta. Aun en aquellos raros casos de excepción, los cambios han sido siempre completos. Así, en el curso de menos de ocho décadas hemos tenido siete Constituciones diferentes.

La Constitución de Chile data de 1833, y ha sufrido varias y sucesivas reformas, concretadas a determinados puntos; la de México rige desde 1857, y se halla en igual caso. Sin que atribuyamos a este procedimiento mayor influencia de la que pueda corresponderle en la marcha paralela de la estabilidad y de la paz, lo tenemos por signo de que los partidos han empezado a ser menos sistemáticos e intransigentes.

 

El caudillo 

 

El caudillo colombiano se educó en aquella consabida Academia correspondiente; ha sufrido las transformaciones consiguientes a la especie de orden que se ha venido implantando; ha perdido, en lo general, su carácter primitivo de esencialmente militar y aun feudal, | mas por gradaciones insensibles ha llegado a ser cuarto poder, el Poder Perturbador, aunque no reconocido en el respectivo cuaderno; su asiento está en las costumbres, base más firme que la de instituciones que se cambian de una plumada.

Es el caudillo jefe del partido triunfante, supremo magistrado distribuye, o hace distribuír, los empréstitos, los suministros, las multas y las suspensiones de periódicos, las expatriaciones y todo lo demás que forma el patrimonio de los vencidos; como pontífice, promulga dogmas, lanza excomuniones y transmite al pueblo los sagrados oráculos en mensajes o en discursos inaugúrales. En las grandes emergencias, cuando ha terminado una de nuestras tragedias, anuncia, |Urbi et orbe, que la Constitución vigente ha pasado a mejor vida, y el Palacio de Gobierno, cual otro Sinaí, despide decretos ejecutivos de carácter legislativo, en que se contiene la ley santa de la causa, que el próximo congreso, la convención y el consejo constituyentes habrán de colocar en el respectivo tabernáculo. La variedad más temible del caudillo es la del que se pasa de un campo al otro, porque entonces son objeto de sus más ardientes iras las doctrinas y los amigos abandonados.

Nuevas perfecciones en el sistema le han dado al caudillo nuevas formas. En otros tiempos las leyes sometían al Presidente a la regla general de desempeñar su empleo, y desempeñarlo en la capital de la República, residencia de los ministros o de los secretarios de Estado, del gran tren del personal administrativo y judicial, y de los representantes de los gobiernos extranjeros. Aquella regla fIjaba término preciso y corto a las licencias que podían necesitar los empleados, con goce o no de sueldo, según los casos. El caudillo queda ya exceptuado de aquellas reglas, pues se puede separar, por tiempo indefinido, de la capital, dejando en ella reemplazo para el desempeño de las funciones rutinarias. Queda en tal caso el Gobierno dividido entre el Presidente propietario (titular) y el Presidente inquilino, sujeto a payanización si quiere echarlas de independiente. Esta dualidad en el mando desconcierta y desorganiza los diversos ramos del servicio público, y relaja la disciplina administrativa.

 

La causa 

 

¿Qué es una Causa? Llegamos a la parte más escabrosa de esta ingrata tarea que nos hemos impuesto. Una definición es siempre peligrosa, y el circunloquio parece aquí indicado. Consultando la obra de un historiador que ha consagrado algunos tomos a las revoluciones de España y de sus antiguas Colonias, tropezamos con esta frase: "Según las ideas españolas, gobernar y explotar el Estado son cosas idénticas" . La causa se compone de nombre y de sustancia, y quien crea que el nombre carece de importancia suma, está poco al corriente de los artificios de que se valen nuestros partidos para afianzar la popularidad de sus empresas, porque ha de saberse que hay circunstancias en que los sistemas o los programas se transforman en causas, y estas se convierten en empresas. Así, por ejemplo, de la libertad como base del sistema, se pasa a la Federación por cambio de nombre; y de esta a la desamortización por influjo de la sustancia. Del propio modo, el orden y todo su séquito de moralidad, de prácticas puras de libertad en la justicia, pasan a compendiarse en la regeneración, verbigracia. Causa y Patria son cosas distintas; si pudieran confundirse, ¿qué libertad quedaría para beneficiar la sustancia, toda vez que la Patria supone mancomunidad y excluye las excepciones, cuando la causa exige imperiosamente que haya vencedores y vencidos?

 

El mameluco 

 

Por tanto, es de necesidad que pasemos a formar idea de lo que es el mameluco, dejando en lo indefinido la aceptación o la repulsa de la cruel aserción de Gervinus, y ocurriendo a otro historiador, para caracterizar el nuevo personaje que introducimos al conocimiento del lector:

"Los mamelucos eran esclavos comprados en Circasia. Escogidos entre los más bellos hijos del Cáucaso, transportados jóvenes a Egipto, educados en la ignorancia de su origen y en el manejo de las armas, llegaban a ser los más valientes y ágiles jinetes del país. Honrábanse de carecer de origen, de haber costado alto precio, y de ser bellos y bravos. Tenían veinticuatro beyes, que eran sus propietarios, y sus jefes, cada uno con seiscientos mamelucos a su cargo; rebaño que aquellos cuidaban de alimentar y que transmitían algunas veces a su hijo, y con más frecuencia a su mameluco favorito. el cual llegaba a ser bey a su turno.

"Eran ellos los verdaderos dueños del país, vivían del producto de los terrenos pertenecientes a los beyes o del de los impuestos establecidos bajo toda clase de formas" .

Si de las márgenes del Nilo nos trasladamos a estas nuestras comarcas, poco habrá que cambiar los rasgos de la descripción que precede. Pongamos cuarteles y covachuelas en lugar de Circasia; demos entrada a los feos, a los cojos, a los tuertos; agreguemos a las armas la pluma de acero del leguleyo y del polemista banderizo; llamemos caudillo al bey; reduzcamos el número de éstos al de nuestros nueve bajalatos; agreguemos que, por selección, I'elite de los vencedores se adjudica entre éstos la parte del león, y tal vez esta otra cite nos sirva también de circunloquio.

¿Cómo se defiende una causa contrayéndonos al campo de la discusión? Con los precedentes, que son los que salen a lucir cuando no se resuelven las cuestiones por golpes de autoridad o por medio de las armas. La lógica es el arma con que se defiende al sistema, mas cuando éste ya se ha elevado a causa, tal arma sería suicida.

Las fechas, las fechorías, las leyes, los decretos, las circulares, los actos todos que se ejecutan en defensa de una causa triunfante, van abasteciendo los parques de la que ha sido vencida. Los siete de marzo, el 17 y el 29 de abril, el 23 de mayo, el 10 de octubre (mes que carece de 9) y aquel día, que se nos ha olvidado, en que se conmemora el fallecimiento de la Constitución de Rionegro, son lo principal en materia de fechas. Las fechorías exigirían diccionario especial para enumerarlas, y en cuanto a leyes y decretos, ahí están las manos muertas, los expulsos religiosos y religiosas, la Tuición y el derecho de insurrección, de un lado; del otro tenemos el Banco Nacional con el grande empréstito que lo precedió, el clandestinismo que lo acompañó y el billete que le sobrevive, el contrato, los artículos K y L. Remitimos al lector a los índices de los códigos de leyes y al "Diario Oficial", si quiere completar las respectivas colecciones.

Para contestar una censura, lo que importa es averiguar quién la hace, y si el examen escrupuloso de la vida del escritor no da motivo para insultarlo, se ocurre al parque común y se saca a lucir el respectivo procedente.

¿Podríase inventar mejor método para perpetuar los abusos? ¿Qué esperanza de enmienda y de recíproca confianza puede así quedarnos? Ni aun las prendas que el arrepentimiento, la reflexión o la experiencia arrancan a los corazones, sirven para conducirnos a un principio de avenimiento. ¿Prendas? ¿Qué suerte correría la causa si con ellas pudieran quedar suprimidos los vencidos? Prendas vengan (dice aquella) enhorabuena, pero acompañadas de incondicional sumisión, con tal que no crezca demasiado el divisor de la sustancia.

¿Es retrato, o es caricature, lo que resulta de todos los brochazos que preceden? Decídalo el lector, pero decídalo allá en el fondo de la conciencia, y decídalo con imparcialidad, si alguno ha podido quedar inmune de las caricias de nuestras causas. Queda la obra respectiva de los partidos para artículos separados.

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