VICIOS DE LA POLITICA COLOMBIANA:
EL SISTEMA, LA CAUSA, EL PRECEDENTE, EL CAUDILLO Y EL
MAMELUCO
Presentación
Nos parece que con naturalidad hemos vuelto al mismo tema que
sirvió para el primero de estos artículos. En él decíamos al
empezar:
"El gran día del natalicio de la patria independiente
nos encuentra, en estas Repúblicas del Centro y Sur de nuestro
Continente, siempre en el mismo oficio. Ya se acaba de derribar un
gobierno, ya se ha debelado una rebelión, ya luchan los partidos
contra una dictadura, o ya se preparan y se hacinan los
combustibles que habrán de producir una nueva
conflagración".
Los resultados de tal situación han dado margen a que se hagan a
nuestras nacionalidades increpaciones tan graves como las que, en
el mismo artículo tradujimos de la obra reciente de un sociólogo
inglés . Pareciéndonos que tales increpaciones procedían en parte
de un estudio incompleto del desarrollo de la civilización en estos
países, y que se propasaban en, severidad, nos propusimos comparar
ese desarrollo con el de la gran nación anglosajona del Norte,
teniendo en cuenta sus respectivos orígenes, como que en ellos han
debido buscarse las causas del contraste que ofrecen las obras
respectivas de las dos razas dominantes en nuestro Continente. La
comparación no favorece, ciertamente, a los latinos en sus
resultados, pero si se consideran aparte los que se han obtenido,
la obra latina está muy lejos de merecer el desprecio con que se la
mira, ya por los pensadores, ya por los gobiernos de ultramar.
Aparte de intentar una vindicación, hemos tenido en mira y acaso
principalmente, recordar a nuestros partidos políticos que hay
horizontes más vastos e ideales más elevados que los que sirven hoy
de teatro, de objetivo y aun de pretexto a sus esfuerzos. También
hemos querido impresionar en lo posible a la gran masa de hombres
que apoyan incondicionalmente a los principales actores en la:
política, aspirando a que se relaje la disciplina de hierro a que
se han sometido, pues es claro que si esa masa, o esos hombres, se
detienen a reflexionar con un poco de calma, y a hacer cuentas,
hallarán que la sucesión de acciones y reacciones violentas, en que
se ha pasado nuestra vida política, durante setenta años, equivalen
a caminar como los peregrinos que en otros tiempos se dirigían a la
Tierra Santa, dando dos pasos adelante y uno atrás, si es que no
hemos hecho más que marcar el paso.
Partidos y opinión pública
Parece que nos hace falta en nuestros países esa opinión pública
que, obrando con cierta independencia del espíritu de partido, sabe
imponer, en países mejor constituídos, su voluntad soberana, y
premia, con el ejercicio del poder, o castiga con su pérdida, a los
que dirigen el movimiento político. Es por medio de la prensa libre
como aquel veredicto se prepara, y es el sufragio el que lo
promulga. Por consiguiente, la prensa libre y el sufragio libre y
efectivo, son indispensables para que se pueda formar aquella
opinión semi-imparcial, y sea ella, y no la guerra, la que decida
entre los partidos. Las doctrinas de éstos pueden diferir cuanto se
quiera, pero lo que les es común, lo que pertenece al pueblo
entero, lo que éste debe defender contra toda violencia y contra
todo fraude, es el derecho de publicar por la prensa el
pensamiento, y el de votar. Enhorabuena que cada cual vote con y
por sus copartidarios; pero desde el momento en que haya quienes
impidan hablar, escribir o votar, debe verse en ellos el verdadero
enemigo común, pues por encima del adversario es preciso ver en
este caso al compatriota despojado, condición que si se acepta para
el vencido de hoy, queda aceptada para el que puede serlo
mañana.
Por nuestra parte reduciríamos a estos dos puntos el programa
político de actualidad. Las demás cuestiones que nos dividen irían
hallando solución con este
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punto de apoyo que se dejara a la
opinión pública. Más todavía: si las elecciones que en estos
momentos se verifican den fallo condenatorio contra el régimen
imperante, no porque la oposición ponga mayorías en la Cámara de
Representantes, en las Asambleas Departamentales y en los Concejos
Municipales, sino porque no se le permita tener representación
proporcional en tales corporaciones, aun en este caso, habría
probabilidad de conservar la paz pública, si el uso de la prensa
quedara libre, y el abuso de ella sometido a la sanción legal,
impuesta por el Poder Judicial.
Con prensa libre se obtendrá el medio más eficaz
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de obrar
sobre la opinión pública y si los escritores tienen la cordura de
contraer los debates a cuestiones concretas de intereses de
actualidad; si desdeñan, hasta donde sea posible, las
acriminaciones a que tanto se presta el pasado; si son sobrios en
ataques personales y si su lenguaje es siempre culto y comedido,
esta conducta producirá sus naturales resultados. El Gobierno podrá
ser advertido de las faltas en que incurra si ellas proceden de
error, y hará lo necesario para corregirlas; si no lo hiciere, la
opinión pública verá claro en las cuestiones. Concretadas éstas,
como hemos dicho, si, por ejemplo, se trata de elegir
representantes para el Congreso, sabrán los electores en qué
sentido votaran los candidatos en materia de paper moneda, por
ejemplo, o de impuesto sobre el café, o de créditos
extraordinarios, sin responsabilidad para los Ministros, o de algo
concreto, en fin. Al no tenerse que se quiera desquiciar o volcar
repentinamente el régimen imperante, las luchas electorales serán
menos peligrosas y
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dejarán de ser certamen de incompetencia
absolute, de vergonzosa incapacidad para vivir bajo un régimen
republicano. Por nuestra parte, confesamos que nos ruboriza la
vista de cualquier miembro de las colonias extranjeras al día
siguiente al de una votación.
Importancia del sufragio libre
Si se quisiera conjurer la próxima guerra debiera el Congreso
dictar ley sobre uso y abuso de la libertad de la prensa, dejando
el uso libre y el abuso claramente definido para que se le reprima
con las penas regales. Debiera, asimismo, corregir los defectos de
que adolece la ley de elecciones. El primero de ellos estriba en la
geometría regeneradora empleada para composición de los círculos
electorales, círculos que Blas Gil compara a la figura de un
hombre, abierto de piernas y de brazos y extendido boca abajo o
boca arriba. Las listas de los sufragantes debieran empezarse a
formar inmediatamente después de expedida la ley, tomando por base
las que hayan servido para la última votación, y completadas con
las listas que se forman para el cobro de la contribución del
trabajo personal subsidiario y para el del impuesto sobre fincas
raíces. Encargados estos trabajos a juntas que funcionaron solo en
los días festivos, y admitida la colaboración del público para
borrar o para inscribir nombres; si para tales juntas se da cabida
a miembros de distintas comuniones políticas, es probable que se
evitarían algunos escándalos. Debiera darse a cada sufragante una
papeleta, que sirva de título a su derecho, para que sea consignada
en el acto de la votación, y debieran imprimirse y repartirse
algunos ejemplares de las listas con suficiente anticipación. La
fuerza pública debiera votar dentro de sus cuarteles y estar lista
parea hacer guardar el orden, ya que no nos hemos decidido a
neutralizarla.
Bien comprendemos que todas estas indicaciones harán sonreír a
los usufructuarios de lo que se llama aquí sufragio, y nos harán
merecer el calificativo de cándidos, si acaso no se nos increpa que
nos ocurren solo ahora, por el interés de que nos llegue el turno
de usufructuar. En escritos análogos a los que forman la presente
serie, hace veintinueve años, dijimos:
"Nuevos hábitos han aparecido, y con ellos nuevas
costumbres. El sufragio ha sido una mentira y un arma envenenada de
que todos los partidos se han servido. De aquí el que no haya una
opinión vigorosa que se atreva a condenar y a llamar por sus
nombres las fechorías de los intrigantes y las inconsecuencias de
los hombres y de los partidos. El interés de éstos se ha sustituído
al de la patria, cuyos intereses permanentes desaparecen ante las
pretensiones de los bandos . . .
"No basta que alguno de los partidos se llame defensor
de la moral, si abriga en su seno infinidad de hombres que
desmienten con sus hechos las doctrinas que predican. Lo
indispensable es que los partidos se regeneren, y esta no es obra
de ellos sino de la sociedad entera. Es ella la que se divide en
hombres malos y hombres buenos; y aunque aquellos siempre se
agregarán a los partidos, éstos (los buenos) son los más en una
sociedad aún no degradada, y estarán en mayoría. . .
"El hábito no hace al monje. El partido defensor de una
institución que conculque algún derecho, que consagre algún abuso,
atacará en definitive la moral, aunque esta palabra esté inscrita
en su bandera. El partido que prive de hecho a su adversario de las
garantías constitucionales podrá decirse liberal, mas todo hombre
que sepa el sentido de la palabra lo llamará opresor.
"Entre las causas de la perversión de nuestros partidos
deben contarse los fraudes eleccionarios y la aplicación al manejo
de los negocios públicos de prácticas que nadie confesaría que
emplea en sus asuntos privados. El hecho de adulterer el sufragio
popular se ha convertido en mérito para con el partido, en prueba
de entusiasmo por la causa, o cuando menos, en una simple viveza y
una jugarreta hecha al enemigo. La tolerancia o el disimulo de la
sociedad, y el aplauso de los respectivos interesados, no solo han
propagado el hábito de cometer fraudes en el sufragio, sino que se
ha convertido en oficio o profesión. Cada pueblo tiene una media
docena de falsificadores de votos o de registros, de manera que los
directores de los partidos acuden a ellos como quien va donde el
zapatero por zapatos. . .
"Llamar las cosas por sus nombres y tracer sentir a los
que las practican el peso de la execración pública, es, sin
dispute, el medio más eficaz de remediar el mal. Los hombres
realmente pervertidos, con dificultad volverán al buen camino; pero
una infinidad de personas, especialmente los jóvenes, a quienes la
opinión pública no ha sabido tracer comprender su extravío,
volverán sobre sus pasos. El fraude eleccionario debe atraer sobre
quien lo perpetra, el renombre de
|falsario, y como el crimen
de falsedad debe conducir al presidio, lo que se ha de ver, en vez
del entusiasta y el vivo es el presidiario, sea que entre a una
tertulia, a un taller, a un juzgado, a una tienda, o se arrime a un
corrillo. Si algunos de esos presidiarios impunes invite a una
señorita a danzar, debe ella saber que danzará con un presidiario,
y que los circunstantes, entre quienes estarán sus padres o sus
hermanos, la verán danzando con un presidiario".
Hay una note que dice: "Es cierto que todos ellos (los
partidos) han clamado contra los fraudes de sus contrarios, pero no
tenemos noticia de que alguno haya protestado contra los que
ejecutan sus copartidarios, o que haya expulsado a estos de sus
filas."
Podemos ahora agregar que si bien aquellos fraudes han tomado
otra forma, la sustancia no ha cambiado con las prácticas.
¡ Cuánto nos duele ver a los jóvenes ocupados en estas malas
artes ! ¡ Cuánto, sobre todo, contrista y espanta el contemplar
esos grupos de soldados y de policiales que se acercan a las urnas
más de una vez, o que usurpan nombres que no les pertenecen! El
ejército es, o debe ser, la salvaguardia del orden, y la base del
orden es el sufragio. ¿ Cómo no lamentar que se induzca a los que
siguen la nobilísima carrera de las armas, que debe ser el dechado
de honor, a que las prostituyan? ¿Qué confianza podrán inspirar los
guardianes de la ley, los encargados de perseguir el crimen y la
inmoralidad, si se ve a los policiales presentando certamen de
aquello mismo que deben perseguir ?
Preciso es que penetremos un poco en el origen, en la
organización y en el modo de obrar de los partidos para darnos
cuenta de tan crueles aberraciones. Acaso así se logre que la
opinión pública al fin se haga sentir sobre ellos, si nuestra débil
voz no quedare sin eco.
Partidos, jefe y opinión
En los países que gozan de gobiernos suficientemente
constituídos, el desarrollo político continúa encargado a la
opinión pública, servida por partidos que si discrepan en ideales,
marchan de par con lo fundamental de las instituciones. Defiéndense
así las tradiciones y los intereses legítimos creados bajo su
amparo, quedando al propio tiempo abierta la puerta a las reformas,
por las cuales se van transformando tradiciones e intereses, de
acuerdo con el impulso natural e incesante del progreso. Esta obra
es lenta y ordenada; va encontrando obstáculos, pero éstos son
parciales aunque sucesivos, forman el afán de cada día, no se
agolpan tumultuosamente. Las cuestiones se concretan, los partidos
se apoderan de ellas, las discute cada cual según sus mires, y la
gran mesa nacional decide entre ellos, dándoles el turno en el
poder cuando llega el tiempo de ejercitar el sufragio, cuyo
resultado es su veredicto. De esta manera las mayorías se
convierten en minorías, y viceversa, mas siempre quedan
representados proporcionalmente los partidos en el Parlamento. Los
jefes dirigen la acción para las luchas, pero es de la opinión
pública de donde se derivan los programas. Si de la dirección del
partido pasa el jefe a ocupar la primera magistratura en la
República, como en los Estados Unidos, o el primer puesto en el
Ministerio, que es el Gobierno, como en Inglaterra, no es para
imponer su personalidad, sino para cumplirle a la Nación las
promesas hechas por el partido y aceptadas por ella.
Admite en las costumbres políticas el paso accidental de un
campo a otro en determinadas cuestiones, sin que ello se califique
de traición ni de insubordinación, y así se abre la puerta a las
transacciones o a los compromisos, lo cual supone que existe y se
ha cultivado un espíritu de tolerancia y de respeto, que permite a
los hombres acatar la justicia en dondequiera que la
encuentren.
Es la justicia la virtud social por excelencia, la que debe
imperar en las relaciones de los individuos entre sí y con la
comunidad y el Gobierno. Cada paso que se de en este sentido es lo
que podemos llamar progreso en política, ciencia o conjunto de
ciencias, cuya base común es la Moral. El progreso moral no puede
consistir, según nuestras creencias, sino en la práctica
|
más
y más fiel, más y más extendida, de los preceptos y máximas del
cristianismo, a los cuales nada se les puede agregar, ni suprimir,
ni corregir. La ciencia política busca los medios de aplicar las
leyes morales a la conducta de las sociedades, descubre las
sanciones con que su autor las hace efectivas en el tiempo, y
establece los principios que se deben observar para la buena
organización de los gobiernos. Fácilmente surgen de estas
investigaciones sistemas que no dejan de apasionar los espíritus, y
el cristianismo los ha visto desfilar, agitar por breve tiempo el
mundo intelectual, y desaparecer por turno, dejando, por desgracia,
algunos escombros en las creencias y en las costumbres. Si
la justicia es la base y el objeto de la política, ¿por qué
hubieran los partidos de prescindir del cristianismo para encontrar
las fuentes de sus doctrinas? En él tenemos una pauta de todos
conocida, al alcance de todas las inteligencias, defendida por la
verdad, la fecundidad y la inmutabilidad de sus dogmas y preceptos
ya que, por desgracia, su origen divino sea para algunos motivo de
dude, acaso más artificial que natural.
Que aquella sublime virtud haya sido desfigurada por los
doctores de la antigua ley, siguiendo la máxima atroz de diente por
diente y ojo por ojo, es cosa que solo servirá para probar que el
fariseísmo se reproduce, mas no que él haya de prevalecer sobre la
ley cristiana, según la cual debemos querer para el prójimo aquello
que deseamos para nosotros mismos, y es obligatorio dar, o
restituír, a cada uno lo que le pertenece.
En política estos preceptos se extienden a los partidos y deben
aparecer en las instituciones. Si así no sucediere, la sanción de
la ley moral se hará sentir y no se dejara esperar por largo
tiempo.
Suplicamos al lector que excuse este corto prólogo, con el cual
lo introduciremos al estudio de nuestros partidos, en su
organización y en sus obras, por creer nosotros que en las
precedentes reflexiones se pueden
|
encontrar las más hondas
causas de nuestras reyertas, al propio tiempo que los medios de
convertirlas, siquiera sea paulatinamente, en justas regladas por
la cortesía y dirigidas por el patriotismo. Contribuír a que nos
acerquemos, a que un principio de recíproca confianza
|
asome,
siquiera, en las relaciones políticas, ya que nos hemos venido
apartando hasta querer privarnos, los unos a los otros, del agua y
del fuego; tal es nuestro propósito.
Algunas de nuestras apreciaciones podrán parecer demasiado
severas, y nuestra franqueza demasiado ruda, lo que no implica que
hayamos puesto en olvido las numerosas excepciones con que se han
honrado todos los partidos con abnegados defensores de la libertad
y del orden, con sinceros apóstoles de la idea, con tribunos
desinteresados y con mártires gloriosos. Uno de ellos, lo
recordamos con justo orgullo, pasó del solio presidencial a humilde
obrero de imprenta en una de las Antillas, y otro, de opiniones
contrarias, víctima también de las incurables desconfianzas de
nuestros partidos, exhibe hoy en París, sobre la Imperial del
Omnibus, la pobreza de uno de nuestros ex-presidentes, cuando de
otras repúblicas se turnan en aquel mismo teatro los millonarios de
la política.
Constan nuestros partidos de sistema, de caudillo y de causa, y
a estos tres elementos hay que agregar el mameluco y el
precedente.
El sistema
Casi sin discrepancia en el ideal de la libertad en la
República, nuestros próceres se dividieron en partidos; unos, del
Gobierno fuerte o autoritario, y otros, del democrático liberal.
Los primeros den la preferencia a los poderes o facultades de que
debe estar investido el Gobierno para mantener el orden, mientras
que sus adversarios aspiran a que sean l as libertades la base y el
término de ese orden. El lema de nuestro escudo nacional comprende
ambos términos, y así la Patria parece invitarnos a que los
pongamos en armonía.
Coadyuva a ello la experiencia, así dentro como fuera del país.
El exceso en el primer sentido ha producido dictaduras, mientras
que el exceso en el otro nos ha llevado a la anarquía. Hemos
presenciado la facilidad con que en 1848 la revolución derribó en
Europa tronos, o los obligó a reconocer el derecho popular, a
despecho de grandes ejércitos permanentes y de crecidos
presupuestos. Por el contrario, como ya lo recordamos en otra parte
de este escrito, en 1862 el Gobierno de los Estados Unidos, débil
al parecer, por su forma misma, por la robustez de las libertades
populares, y por lo muy escaso de las fuerzas militares que
mantiene en tiempo de paz, pudo triunfar en menos de cuatro años de
la más colosal rebelión que los siglos han registrado. Sorprendido
por ella y despojado de aquella base de fuerza, del fondo de las
mesas populares brotaron centenares de miles de soldados
voluntarios; arsenales y astilleros improvisados crearon una flota
capaz de bloquear mil leguas de costas, y un crédito que la
honradez había cultivado, contribuyó con tres mil millones de pesos
al sostenimiento del orden. Si alguna verdad queda, pues,
establecida como incontrovertible, es que los gobiernos fuertes son
aquellos que sostiene la gran mayoría nacional por su amor a las
instituciones. Por consiguiente, el problema que debe resolverse es
éste: ¿ Cómo se debe proceder para hacer amables y amadas las
instituciones? La justicia dará la respuesta, pero la justicia de
la nueva ley, no la de los escribas y los fariseos.
El sistema, que, en nuestros partidos, ocupa el lugar del
programa, es el primer escollo con que hemos tropezado. Impide el
sistema que los programas se concreten a unos pocos puntos en que
pueda haber divergencia en las opiniones, porque no permite que se
trastorne en lo mínimo el enlace de sus doctrinas. Todo o nada, es
la divisa del sistema. Si, a pesar de esto, la fuerza de atracción
que ejerce la providencial armonía entre la libertad y el orden, ha
logrado que haya principios o doctrinas ya comunes para los bandos,
no deja el sistema que se haga inventario de ellos para excluírlos
de las controversias.
Tan convencidos estamos de que el progreso político ha
destemplado la rigidez de los sistemas, que si algunos hombres de
buena voluntad, y de ambos partidos, se propusieran estudiar la
actual Constitución, artículo por artículo, con la mire de separar
aquellos en
|
que están de acuerdo de los que ofrecen
discrepancia, estamos seguros de que estos últimos serían muy
pocos. Si, con espíritu de concordia, se hiciera selección (la
palabra está de moda) en los puntos controvertibles, para contraer
la discusión a los más apremiantes, dejando para el día de mañana
su correspondiente afán, ¡ cuánta no sería la sorpresa de los
expurgadores al ver que los acérrimos partidarios del orden y del
deber se hallan tan cerca (en teoría) de los de la libertad y el
derecho! Presentaríaseles por sí misma la gran cuestión, la de la
conducta de los hombres, la que principal y urgentemente exige
reforma En los platillos de la balanza de aquella suprema virtud de
que hemos hablado, ¡cuán fallos no se encontrarían los buenos, lo
mismo que los malos! Que se haga el ensayo para una comisión
extraoficial y se le presente el resultado al próximo Congreso. ¡
Qué afanes para la intransigencia y cuán hermoso campo para el
patriotismo!
En los primeros tiempos de la vida republicana era explicable, y
hasta natural, que se apelara a teorías, más o menos arbitrarias o
incompletas, en países en donde los hechos no daban base para
fundar sobre ellos instituciones que necesariamente habrían de
combatirlos. Las tradiciones tenían que resistir, y los intereses
que defenderse, pero, a despecho de esas resistencias y de esa
defensa, las tradiciones han venido sufriendo transformaciones, y
los intereses han ido perdiendo mucho de lo que tenían de abusivo.
Sin embargo, el espíritu de sistema nos ha llevado siempre a los
extremos, y muchas reformas han traspasado los límites de la
justicia, los de la conveniencia y hasta los de la prudencia. Las
teorías, por otra parte, nos han llegado inficionadas por errores
que apenas ahora vamos advirtiendo.
Débese a todo esto que la estabilidad y la perfectibilidad de
las instituciones hayan sido víctimas de la falsa lógica de los
sistemas y de la intolerancia que los acompaña. No es nuestra
Constitución obra a cuya ejecución concurran los diferentes
partidos, pues, con muy raras excepciones, uno solo de ellos es el
que impone las reformas, y esto a raíz de una convulsión
sangrienta. Aun en aquellos raros casos de excepción, los cambios
han sido siempre completos. Así, en el curso de menos de ocho
décadas hemos tenido siete Constituciones diferentes.
La Constitución de Chile data de 1833, y ha sufrido varias y
sucesivas reformas, concretadas a determinados puntos; la de México
rige desde 1857, y se halla en igual caso. Sin que atribuyamos a
este procedimiento mayor influencia de la que pueda corresponderle
en la marcha paralela de la estabilidad y de la paz, lo tenemos por
signo de que los partidos han empezado a ser menos sistemáticos e
intransigentes.
El caudillo
El caudillo colombiano se educó en aquella consabida Academia
correspondiente; ha sufrido las transformaciones consiguientes a la
especie de orden que se ha venido implantando; ha perdido, en lo
general, su carácter primitivo de esencialmente militar y aun
feudal,
|
mas por gradaciones insensibles ha llegado a ser
cuarto poder, el Poder Perturbador, aunque no reconocido en el
respectivo cuaderno; su asiento está en las costumbres, base más
firme que la de instituciones que se cambian de una plumada.
Es el caudillo jefe del partido triunfante, supremo magistrado
distribuye, o hace distribuír, los empréstitos, los suministros,
las multas y las suspensiones de periódicos, las expatriaciones y
todo lo demás que forma el patrimonio de los vencidos; como
pontífice, promulga dogmas, lanza excomuniones y transmite al
pueblo los sagrados oráculos en mensajes o en discursos
inaugúrales. En las grandes emergencias, cuando ha terminado una de
nuestras tragedias, anuncia,
|Urbi et orbe, que la
Constitución vigente ha pasado a mejor vida, y el Palacio de
Gobierno, cual otro Sinaí, despide decretos ejecutivos de carácter
legislativo, en que se contiene la ley santa de la causa, que el
próximo congreso, la convención y el consejo constituyentes habrán
de colocar en el respectivo tabernáculo. La variedad más temible
del caudillo es la del que se pasa de un campo al otro, porque
entonces son objeto de sus más ardientes iras las doctrinas y los
amigos abandonados.
Nuevas perfecciones en el sistema le han dado al caudillo nuevas
formas. En otros tiempos las leyes sometían al Presidente a la
regla general de desempeñar su empleo, y desempeñarlo en la capital
de la República, residencia de los ministros o de los secretarios
de Estado, del gran tren del personal administrativo y judicial, y
de los representantes de los gobiernos extranjeros. Aquella regla
fIjaba término preciso y corto a las licencias que podían necesitar
los empleados, con goce o no de sueldo, según los casos. El
caudillo queda ya exceptuado de aquellas reglas, pues se puede
separar, por tiempo indefinido, de la capital, dejando en ella
reemplazo para el desempeño de las funciones rutinarias. Queda en
tal caso el Gobierno dividido entre el Presidente propietario
(titular) y el Presidente inquilino, sujeto a payanización si
quiere echarlas de independiente. Esta dualidad en el mando
desconcierta y desorganiza los diversos ramos del servicio público,
y relaja la disciplina administrativa.
La causa
¿Qué es una Causa? Llegamos a la parte más escabrosa de esta
ingrata tarea que nos hemos impuesto. Una definición es siempre
peligrosa, y el circunloquio parece aquí indicado. Consultando la
obra de un historiador que ha consagrado algunos tomos a las
revoluciones de España y de sus antiguas Colonias, tropezamos con
esta frase: "Según las ideas españolas, gobernar y
explotar el Estado son cosas idénticas" . La causa se
compone de nombre y de sustancia, y quien crea que el nombre carece
de importancia suma, está poco al corriente de los artificios de
que se valen nuestros partidos para afianzar la popularidad de sus
empresas, porque ha de saberse que hay circunstancias en que los
sistemas o los programas se transforman en causas, y estas se
convierten en empresas. Así, por ejemplo, de la libertad como base
del sistema, se pasa a la Federación por cambio de nombre; y de
esta a la desamortización por influjo de la sustancia. Del propio
modo, el orden y todo su séquito de moralidad, de prácticas puras
de libertad en la justicia, pasan a compendiarse en la
regeneración, verbigracia. Causa y Patria son cosas distintas; si
pudieran confundirse, ¿qué libertad quedaría para beneficiar la
sustancia, toda vez que la Patria supone mancomunidad y excluye las
excepciones, cuando la causa exige imperiosamente que haya
vencedores y vencidos?
El mameluco
Por tanto, es de necesidad que pasemos a formar idea de lo que
es el mameluco, dejando en lo indefinido la aceptación o la repulsa
de la cruel aserción de Gervinus, y ocurriendo a otro historiador,
para caracterizar el nuevo personaje que introducimos al
conocimiento del lector:
"Los mamelucos eran esclavos comprados en Circasia.
Escogidos entre los más bellos hijos del Cáucaso, transportados
jóvenes a Egipto, educados en la ignorancia de su origen y en el
manejo de las armas, llegaban a ser los más valientes y ágiles
jinetes del país. Honrábanse de carecer de origen, de haber costado
alto precio, y de ser bellos y bravos. Tenían veinticuatro beyes,
que eran sus propietarios, y sus jefes, cada uno con seiscientos
mamelucos a su cargo; rebaño que aquellos cuidaban de alimentar y
que transmitían algunas veces a su hijo, y con más frecuencia a su
mameluco favorito. el cual llegaba a ser bey a su turno.
"Eran ellos los verdaderos dueños del país, vivían del
producto de los terrenos pertenecientes a los beyes o del de los
impuestos establecidos bajo toda clase de formas" .
Si de las márgenes del Nilo nos trasladamos a estas nuestras
comarcas, poco habrá que cambiar los rasgos de la descripción que
precede. Pongamos cuarteles y covachuelas en lugar de Circasia;
demos entrada a los feos, a los cojos, a los tuertos; agreguemos a
las armas la pluma de acero del leguleyo y del polemista banderizo;
llamemos caudillo al bey; reduzcamos el número de éstos al de
nuestros nueve bajalatos; agreguemos que, por selección, I'elite de
los vencedores se adjudica entre éstos la parte del león, y tal vez
esta otra cite nos sirva también de circunloquio.
¿Cómo se defiende una causa contrayéndonos al campo de la
discusión? Con los precedentes, que son los que salen a lucir
cuando no se resuelven las cuestiones por golpes de autoridad o por
medio de las armas. La lógica es el arma con que se defiende al
sistema, mas cuando éste ya se ha elevado a causa, tal arma sería
suicida.
Las fechas, las fechorías, las leyes, los decretos, las
circulares, los actos todos que se ejecutan en defensa de una causa
triunfante, van abasteciendo los parques de la que ha sido vencida.
Los siete de marzo, el 17 y el 29 de abril, el 23 de mayo, el 10 de
octubre (mes que carece de 9) y aquel día, que se nos ha olvidado,
en que se conmemora el fallecimiento de la Constitución de
Rionegro, son lo principal en materia de fechas. Las fechorías
exigirían diccionario especial para enumerarlas, y en cuanto a
leyes y decretos, ahí están las manos muertas, los expulsos
religiosos y religiosas, la Tuición y el derecho de insurrección,
de un lado; del otro tenemos el Banco Nacional con el grande
empréstito que lo precedió, el clandestinismo que lo acompañó y el
billete que le sobrevive, el contrato, los artículos K y L.
Remitimos al lector a los índices de los códigos de leyes y al
"Diario Oficial", si quiere completar las
respectivas colecciones.
Para contestar una censura, lo que importa es averiguar quién la
hace, y si el examen escrupuloso de la vida del escritor no da
motivo para insultarlo, se ocurre al parque común y se saca a lucir
el respectivo procedente.
¿Podríase inventar mejor método para perpetuar los abusos? ¿Qué
esperanza de enmienda y de recíproca confianza puede así quedarnos?
Ni aun las prendas que el arrepentimiento, la reflexión o la
experiencia arrancan a los corazones, sirven para conducirnos a un
principio de avenimiento. ¿Prendas? ¿Qué suerte correría la causa
si con ellas pudieran quedar suprimidos los vencidos? Prendas
vengan (dice aquella) enhorabuena, pero acompañadas de
incondicional sumisión, con tal que no crezca demasiado el divisor
de la sustancia.
¿Es retrato, o es caricature, lo que resulta de todos los
brochazos que preceden? Decídalo el lector, pero decídalo allá en
el fondo de la conciencia, y decídalo con imparcialidad, si alguno
ha podido quedar inmune de las caricias de nuestras causas. Queda
la obra respectiva de los partidos para artículos separados.