LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN LA NUEVA GRANADA
Presentación
¿Hay en la Nueva Granada diversos partidos políticos ?
¿Los partidos que contienden en este país no son más que
partidos personales?
¿Qué principios, qué opiniones, qué intereses son los que traen
divididos a los granadinos?
No son nuevas estas cuestiones, y más de una vez la prensa
nacional ha procurado resolverlas, ya en un sentido, ya en otro;
pero supuesto que ninguna solución ha sido generalmente acogida,
pues la imprenta continúa viendo las cuestiones resueltas, de
opuestos modos, bien merece la materia que se la examine una vez
más. La contienda de los bandos es la que produce la agitación, la
inquietud y la alarma de los pueblos; nada más digno de una
investigación determinada que los motivos de esa contienda.
Uno de los ilustrados colaboradores de El Día ha intentado
probar, en el número 642 de aquel periódico, que no hay en la
república partidos políticos, que los hombres de todos los bandos
están acordes en los principios que rigen o deben regir el país;
que no difieren ni aun en los medios de practicar los principios
adoptados; y que en consecuencia los partidos que lidian son
partidos personales; que la lucha tiene solo por objeto que estén
en los destinos públicos estos hombres más bien que aquellos,
aunque unos y otros hagan lo mismo.
Estas hipótesis pueden expresarse en otros términos, a saber:
que la contienda no tiene más objeto que los sueldos asignados a
los destinos públicos. Según esta versión, el perdurable combate de
los bandos en las elecciones para las Cámaras y en la prensa, no
sería más que una riña de salvajes hambrientos sobre una presa que
apenas baste a saciar el hambre de uno de los contendientes. La
hipótesis no es por cierto lisonjera; pero, será exacta?
Una gran parte de los espectadores, y una no pequeña de los
actores, parece que están acordes en juzgar que las cosas no andan
de otra manera.
Para juzgar lo que son los partidos actuales es indispensable
echar una ojeada sobre lo que hen sido los partidos en la Nueva
Granada.
Un examen, aunque rápido, sobre esta materia es notoriamente
interesante, porque todos los días vemos en las publicaciones de la
prensa, que una gran parte de nuestros conciudadanos tienen
opiniones muy erróneas sobre la naturaleza y afinidades de los
partidos presentes y pasados.
Antecedentes coloniales. Criollos y chapetones
Hay quien suponga que la república ha estado
constantemente dividida en dos bandos que combaten
trace cerca de 40 años. Hay quien suponiendo que los hombres que
han encabezado los partidos en el país han sostenido siempre los
mismos principios, cree que un partido puede ser conocido por el
nombre del jefe que lo encabezó alguna vez. Hay quien se imagina
que en la República todos se han extraviado de la senda recta de la
legalidad, que todos han sido alguna vez culpables como actores o
parciales de los bandos políticos. Opiniones todas muy erróneas, y
que la historia desmiente. Pero recorramos rápidamente la sucesión
de los partidos.
Antes de 1810 había en este país algunos hombres que deseaban la
independencia de la América española; pero eran tan pocos, se veían
obligados a guardar tan secreto su pensamiento, que apenas puede
decirse que formasen un partido propiamente dicho. Lo que entonces
dividía algún tanto los ánimos de una manera ostensible, era la
rivalidad entre europeos y criollos; pero esta ojeriza recíproca no
constituía dos partidos políticos.
Hecha la revolución de 1810, explicado claramente el pensamiento
oculto que los directores de la revolución solo conocían, el país
se vio por la primera vez dividido en dos partidos políticos que
merecen con toda propiedad este nombre. El uno quería la
independencia y la república; el otro la monarquía y la unión con
la metrópoli.
Que no haya rey ni dependencia de Europa. Esta cuestión era
clara, precise, al alcance de todos; era además gravísima, y de
sumo interés para cada habitante; por consiguiente, en esta ocasión
la población ha debido estar real y positivamente dividida en dos
grandes bandos; no pudo haber persona indiferente, ni quedar
espectador neutral.
Los sinceros y honrados ciudadanos que habían preparado la
revolución, rebosaban en las más grandiosas y halagüeñas ilusiones.
Imaginábanse que apenas se lograse la independencia y la
promulgación de instituciones liberales, todo sería paz y ventura;
la concordia y la unión reinarían entre todos los granadinos; la
libertad y la seguridad harían de este país su mansión favorita;
las ciencias y las artes se extenderían con rapidez por todo el
territorio, derramando a manos llenas sus preciados beneficios; la
población industriosa de la Europa dejaría apresurada una sociedad
envejecida y esclava y vendría a buscar una patria en este nuevo
Edén de libertad y de abundancia; las selvas y zarzales se
transformarían en poco tiempo en ricos bosques de cacao y de café,
en inmensos plantíos de caña dulce y de todo género de mieses; los
almacenes de los puertos se verían llenos de preciosas maderas de
resinas exquisitas, de plantas medicinales valiosas; las naciones
extranjeras vendrían solícitas a comprar; nuevos potosíes
descubiertos en cada cordillera harían nadar nuestro comercio en
oro y plata; nuestros buques recorriendo seguros, bajo la egida de
nuestro pabellón, los grandes y pequeños mares llevarían nuestros
productos a todas partes del mundo. Libres, ricos, virtuosos,
respetados y felices, los granadinos seríamos la envidia del
mundo.
La fe de los patriotas en estas ilusiones era grande, y en
proporción era su entusiasmo por la independencia y la república;
aunque al principio eran pocos los afiliados en el bando, su
exaltación ardiente y sincera logró bien pronto allegar a su causa
numerosos y decididos partidarios.
El partido opuesto era, sin dude, mucho mayor
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en número;
pero era un partido puramente negativo, que nada nuevo, nada
desconocido esperaba ni prometía; que reducido a negar la realidad
de la nueva y maravillosa ventura que el contrario anunciaba con
resuelta confianza no podía tener y comunicar entusiasmo; era un
partido que limitado a la defensiva, cada día debía ir a menos, si
su contrario no destruía por sí mismo las esperanzas que hacía
concebir.
Uno y otro partían de razones verdaderas o imaginarias de bien
público. uno Y otro eran sinceros: se incurre en un error muy grave
cuando se atribuyen mires perversas, intenciones malévolas al
partido numeroso que repugnaba la independencia. Nada más natural y
más excusable que esa repugnancia, en pueblos habituados a mirar
con respeto religioso al monarca, y como una honrosa dicha el
pertenecer a una gran nación, que en su concepto era la más
poderosa, rice y moral del mundo.
No quiere esto decir que todos los hombres que se opusieron a la
independencia eran buenos; éranlo los más que ignorantes y
sencillos, creían defender la causa de la justicia y del derecho
defendiendo las pretensiones del monarca español. Pero hubo muchos
que sin ningún pensamiento de interés público, y solo por el
cálculo de su personal provecho, abrazaron la causa de la opresión,
y cometieron a su nombre escandalosos excesos; estos, más tarde,
cuando vieron que la fortuna se declaraba por los independientes,
abandonaron la causa que habían deshonrado con su infame conducta,
y compraron con una traición un nuestro entre los vencedores.
Federalistas y centralistas
El partido de la independencia tuvo la desgracia de dividirse
cuando más necesitaba la unión. La forma del gobierno que debía
darse al país fue la causa de la discordia. Quisieron unos la
federación, otros el centralismo; y después de tres siglos de paz
esta fatal contienda hizo correr por la primera vez la sangre entre
hermanos, y dio un golpe funesto a la causa de la independencia y
de la república. Estos partidos eran igualmente patriotas y
sinceros; y la historia imparcial vacilará antes de decidir cuál de
los dos tenía de su lado la razón. Presidían al primero hombres
doctos, entusiasmados con las teorías; y encabezaba al segundo un
hombre de genio y de mundo, que atendía más a los hechos que a los
libros. Este, menos preocupado que sus antagonistas, era, por lo
mismo, más tolerante, y había logrado que le mirasen con menos
repugnancia los que temían la independencia; hacíanle de esto un
cargo grave sus contrarios, como si la conciliación de los ánimos
no fuera, en circunstancias como aquellas, el mayor de los
bienes.
Empezar por discordias y guerras aquella era de imponderable
ventura que los independientes prometían, era arruinar las
esperanzas que se habían hecho nacer, y los enemigos de la
independencia explotaron esta rica mina de descrédito para la causa
de la república. El ejército español triunfó de un pueblo dividido,
y la cuchilla de los vencedores ahogó en sangre la fatal
dispute.
La crueldad de los
|pacificadores
|, y más aun la
insolente brutalidad con que trataron a los pueblos, disipó las
ideas equivocadas acerca del gobierno paternal de los reyes, que
las gentes sencillas conservaban; y realizó los anuncios de los
patriotas. El partido de la independencia cobró fuerzas y creció
con notable vigor, hasta triunfar definitivamente de sus
adversarios .
El éxito feliz de las armas de la independencia y de la
república en todo el continente hispanoamericano; la muerte o
expulsión de los jefes capaces de encabezar el partido y de tracer
frente a los ilustres
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guerreros de la independencia; el
reconocimiento de ésta por parte de los Estados Unidos y de la
Inglaterra; la impotencia de la España para recobrar estos países,
impotencia que había venido a ser notoria para todos; y el
desengaño que los pacificadores habían procurado hicieron que el
partido adverso a la independencia se reconociese vencido, y se
sometiese con la más
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completa y patente resignación;
conducta que debió granjear a ese numeroso partido pasivo, más
consideración y miramiento que los que se les dispensaron. Era muy
natural que por mucho tiempo se mantuviese vivo el enojo contra los
hombres sanguinarios y perversos que tántos estragos y desolación
causaron en el país; pero esos ya habían muerto, habían salido de
la república, o por medio de alguna
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traición habían logrado
mezclarse entre sus vencedores; la parte mansa y sincera del
partido solo merecía compasión por su error.
Bolivarianos y antibolivarianos
Apenas concluída la guerra de la independencia, y cuando las
instituciones liberales escritas empezaban a ponerse en práctica,
acaeciole al partido de la libertad lo que en 1812; dividiose de
nuevo. El hombre ilustre que había presidido a la independencia y
creación de tres repúblicas, que llenaba el mundo con la fama de su
nombre, y poseía en el más alto grado el amor, el respeto y la
confianza de sus conciudadanos, juzgó que las instituciones que
éstos se habían dado no eran las que en el país convenían; expuso
sus opiniones en un proyecto de constitución para Bolivia, y las
recomendó a la América.
Este malhadado proyecto fue la manzana de la discordia: a su
vista los granadinos, como el resto de los colombianos, quedaron
divididos en dos grandes bandos. Los unos, llenos de confianza en
la poderosa inteligencia y ardiente patriotismo del grande hombre,
vieron en aquel escrito la obra del genio; o más| bien, su fe ciega
en el hombre, les hizo abrazar sine examen la idea que les ofrecía;
los otros, penetrados de la desconfianza natural en los
republicanos, vieron en el proyecto una monarquía mal disimulada, y
las bases de una nueva aristocracia que detestaban. Ese día los
amigos de la independencia se denominaron: bolivianos y liberales.
La lucha destruyó la gloriosa república de Colombia, dio en sierra
con el crédito del país, y mató las esperanzas de rápido progreso
que había formado el Patriotismo.
¿La publicación de aquel proyecto fue, pues, un gran delito?
¿Los que lo aprobaron atentaron contra la patria? No.
Si Bolívar estaba convencido de que las instituciones que los
pueblos habían sancionado eran males, y que su proyecto encerraba
las bases seguras de prosperidad y dicha para sus compatriotas ¿
por qué no lo había de decir? Callarlo habría sido una falta grave.
Los que hallaron bueno el proyecto, hicieron bien en aprobarlo;
tenían pleno derecho para defenderlo y promover su adopción por la
imprenta, en las elecciones y en la tribuna; el mismo derecho que,
para combatirlo por iguales medios, tenían los que lo juzgaban
malo. ¡Plugiera a Dios que la lucha se hubiera sostenido dentro del
circo de la legalidad, y Colombia, acaso próspera y respetada,
sería hoy el orgullo de la América! Pero era otro el curve que
estaba señalado a la vida de estos pueblos. El ilustre caudillo de
la independencia y los parciales de su pensamiento político no
confiaron bastante en la razón de causa; quisieron imponer por la
fuerza lo que solo les era permitido hacer adoptar por la
persuación; prefirieron las vías de hecho a las vías regales, y se
abrió el abismo de la anarquía, que se tragó la gran república, y
marchitó gloriosas reputaciones hasta allí inmaculadas.
La convicción de su fuerza material perdió al partido boliviano;
error muy frecuente en los partidos, y que la experiencia de todos
los días no basta a corregir. Si las vías de la razón y de la
legalidad convienen a los débiles y a los pocos, convienen mucho
más a los fuertes y a los muchos.
¿Los partidos liberal y boliviano eran la continuación de los de
federalistas y centralistas de la primera época? Evidentemente no.
Los principios de la contienda eran diversos y los hombres que
habían figurado en los bandos de la Nueva Granada se habían
alistado indistintamente en los que dividían a Colombia.
¿Serían la continuación de los godos y patriotas, o de enemigos
y amigos de la independencia? Uno y otro bando pretendía, con
notoria injusticia, que su contrario era un partido de godos.
Respecto de los liberales era evidente el odio implacable que sus
más distinguidas notabilidades conservaron siempre al partido
sometido. En cuanto a los bolivianos, consistiendo la base
principal y la fuerza de este partido en los guerreros de la
independencia, que fueron el terror y el exterminio de los
partidarios del rey de España, era ridículo el cargo de godismo. El
partido vencido no tomó parte activa en la contienda; pero algunos
de sus miembros se enrolaron en las filas liberales, y un número
mayor en las opuestas. Era natural, sí, que sus simpatías
estuviesen por los bolivianos algunos de los cuales preferían la
monarquía constitucional a la república, lo que se apartaba menos
de la forma de gobierno que ellos habían defendido.
La muerte de Bolívar debió ser la muerte o la dispersión
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de su partido. Porque el pensamiento que dominaba a sus
parciales era, que el hombre que había sido el caudillo de la
independencia, y el genio de la libertad de la América del Sur,
fuese el jefe permanente de la República; que la inteligencia que
había dominado a todas las inteligencias durante la guerra, las
dominara también durante la paz. Querían la constitución boliviana,
porque contenía el pensamiento y el querer de Bolívar, querían el
gobierno vitalicio o la monarquía constitucional para Bolívar.
Muerto este, la idea que unía y animaba al partido quedó destruída;
desapareció el objeto de sus esfuerzos y el vínculo de su unión.
Así fue como este partido, que tenía en sus manos el poder y la
fuerza en toda la República, y dominaba sin obstáculo, apenas pudo
mantenerse algunos meses después de la muerte del Libertador, cayó
vencido físicamente, por que había muerto ya moralmente.
Liberales radicales y liberales conservadores
El partido liberal gobernó entones sin oposición, algunos años,
porque los vencidos no se presentaron ni en las elecciones, ni en
las Cámaras, ni en la prensa a defender sus principios; porque
hablando con propiedad, ya no tenían qué defender. El partido
vencedor, o más bien, los hombres de este partido que tenían en sus
manos el poder, no tuvieron la imparcialidad y la tolerancia que
eran debidas para un bando numeroso, que tenía grandes
merecimientos en la guerra de la independencia y que cedía
resignado sin oponer resistencia, ni hacer oposición.
Una fracción muy pequeña de aquel partido intentó un golpe de
mano en Bogotá; que sin dificultad fue prevenido, y duramente
castigado Pero los hombres hábiles del partido, y la gran mesa que
lo había formado, no solo no se complicaron en aquel culpable
proyecto, sino que lo desaprobaron.
El partido liberal, que gobernaba sin oposición, se dividió en
dos grandes bandos que pudieron haberse denominado: tolerantes y
exclusivistas: y que nosotros nos tomamos hoy la libertad de
llamar: liberales conservadores y liberales rojos; porque estas
denominaciones análogas a las que los mismos partidos llevan en
Europa, no deben tener nada de odiosas, y harán conocer la índole
de los dos bandos.
Pero ¿ qué diferencia de principios separaba a estas dos grandes
fracciones del partido liberal?
Era que el uno desaprobaba los errores y extravíos del círculo
que gobernaba; y el otro los aceptaba y defendía.
Los que hoy llamamos liberales conservadores querían la
reconciliación de todos los granadinos, querían el gobierno de la
mayoría, querían tolerancia para todo, respeto a los derechos de
todos. Los liberales rojos querían que los granadinos formaran
perpetuamente dos porciones : vencedores y vencidos; que los
hombres que veinte año atrás habían mostrado desafecto o
indiferencia por la causa de la emancipación, o que posteriormente
habían seguido las opiniones del bolivianismo fuesen siempre, a
pesar de sus merecimientos y virtudes, tratados como ilotas,
siempre ajados, siempre excluídos de toda participación en los
negocios públicos; querían que su círculo gobernase solo, y
gobernase perpetuamente; querían que no hubiese más opinión que la
suya; y, sobre todo, quiso el Jefe del Gobierno señalarse un
sucesor en el mando, y escogió a un hombre a todas luces inadecuado
para él .
La mitad de la República había desaprobado la independencia; más
de la mitad había seguido a Bolívar en su fatal extravío; entre
estos estaban los dos tercios, por lo menos, de los guerreros y
próceres de la independencia que sobrevivían. Pretender que la
inmensa mayoría que en tales predicamentos se hallaba, no fuese
nada en la República, bajo una constitución que establecía la
igualdad legal de todos los granadinos, era la pretensión más
inconstitucional, más injusta y más impolítica que se podía tener.
El círculo que con fanatismo sostenía aquella exclusión, era
evidentemente intolerante y absolutista, que abusaba notoriamente
de las palabras al llamarse demócrata y liberal.
El partido tolerante triunfó legal y espléndidamente del círculo
que dominaba . Este ocurrió a la rebelión y anegó en sangre la
República Aquél le venció y le perdonó, y siguiendo los principios
de tolerancia e igualdad para todos, le llamó a la participación en
los negocios públicos. Por un acto ilegal el círculo ha tomado el
poder; excluye a los hombres honrados que no le pertenecen, y llama
opresores a los que le perdonaron sus delitos y le dieron
participación en el Gobierno.
He aquí la historia de los partidos; veamos sus principios, sus
relaciones y su porvenir.
¿Los partidos políticos de hoy son los mismos que han existido
en alguna de las épocas pasadas?
Los realistas querían el poder para el rey de España, los
bolivianos para Bolívar, los liberales rojos para ellos solos. Los
patriotas de 1810 proclamaron el principio de "el poder
para todos, conforme a la ley" los liberales de Colombia
sostuvieron en sus escritos el mismo principio; los conservadores
lo han practicado y fue durante su administración cuando por
primera vez el principio fue una realidad.
Pero los liberales rojos no son los realistas ni los bolivianos
y aunque tienen un punto evidente de coincidencia, difieren en otro
esencial. Los realistas querían el poder para el rey, porque creían
que le pertenecía por derecho divino: los bolivianos para Bolívar;
porque creían que el genio que había sabido, mejor que otro alguno,
organizar las fuerzas y recursos del país, reunir los ánimos,
allanar todas las dificultades, y triunfar de todos los obstáculos,
para dar la independencia a tres repúblicas, sabría también, mejor
que otro alguno, organizar los poderes públicos y administrar el
Estado; porque creían además, que instituciones dadas por el hombre
más querido y respetado, serían las más queridas y respetadas, y
que bajo la administración del hombre que gozaba de más crédito e
inspiraba más confianza a la República, tendría más probabilidad de
paz interior y de crédito exterior: los liberales rojos quieren el
poder para sí solos; ¿por qué?.. . ellos lo saben.
Realistas, bolivianos y liberales rojos coinciden en un punto,
en rechazar teórica o prácticamente el principio de "el
poder para todos, según la ley", que es la democracia:
coinciden en ser absolutistas.
Pero los primeros obraban por un principio de justicia que,
aunque por estar fundado en un hecho falso era un error, no por eso
dejaba de ser un motivo noble. Los segundos obraban por una razón
de conveniencia pública, que aunque equivocada no deshonra a los
que la siguieron; unos y otros anteponían lo que les parecía la
justicia o la conveniencia pública a sus propios derechos, a su
vanidad. Los liberales rojos queriendo el poder para sí solos, sin
que puedan decir nosotros somos los únicos inteligentes Y honrados,
los únicos que por derecho divino o humano tenemos o debemos tener
el privilegio de mandar, obran evidentemente contra los principios
de justicia y de conveniencia pública, y atacan el principio de la
igualdad en que se funda la democracia; obran por un motivo de
egoísmo que siempre es indigno y vergonzoso.
Los liberales rojos se hallan, pues, en peor predicamento que
los realistas y bolivianos en cuanto a los motivos en que fundan su
pretensión al absolutismo.
Los liberales rojos detestan a los reaIistas y bolivianos, como
para dar una prueba de liberalismo, no dando con ello en realidad
sino una prueba de intolerancia y de fanatismo; pero si se examina
con atención la conducta de estos liberales, se echa de ver que
este odio no procede de que aquellos granadinos fuesen veinte o
treinta años atrás bolivianos o realistas, sino de que no son hoy
liberales rojos. La prueba es clara estos señores que tanto
blasonan de tener en sus filas próceres de la independencia,
hombres de inteligencia y de mérito, han elegido por su oráculo Y
caudillo al enemigo más acérrimo de la independencia, al más
entusiasta y cruel de los defensores del rey Fernando VII en la
Nueva Granada, al general Obando. y se hallan entre la flor y nata
del liberalismo rojo aquellos bolivianos que no se limitaban a la
presidencia vitalicia, que era el programa del bolivianismo, sino
que se adelantaban hasta la monarquía.
¿Los liberales rojos serán el antiguo partido federal? En
nuestro concepto no tienen con él ninguna analogía.
Los federalistas de la primera época eran hombres imbuídos en la
idea de federación, y dominados por ella, que con el más ardiente y
ciego patriotismo luchaban por llevarla a cabo; no por miras de
personal provecho, sino por razones de bien general.
Los liberales rojos habían sido centralistas constantes; ni en
el Poder Ejecutivo, ni en las Cámaras legislativas habían
propuesto, defendido o promovido la federación para la Nueva
Granada; es decir, que la forma central les había parecido
excelente, y mala la federal. Pero habiendo pasado el Poder
Ejecutivo a otras manos, por los medios legítimos y
constitucionales, creyendo el círculo dominante de aquel partido
que por las vías regales no podía despojar al magistrado hecho por
el pueblo; y arrastrados siempre por el principio de "el
poder para ellos solos", determinó ocurrir a las vías de
hecho; y entonces instantáneamente, como por encantamiento, de un
extremo a otro de la República aparecieron todos los del círculo
rojo federalistas entusiastas, sin reparar en que la víspera no más
todos habían sido centralistas; y subvirtieron el orden público en
todo el país al grito de federación. La mayoría nacional los sujetó
y los perdonó; pero nada hizo para probarles que la federación era
mala y bueno el centralismo; por lo que debía creerse que hombres
tan penetrados de la necesidad y conveniencia de la federación,
seguirían en su convicción; y que por la imprenta y en la tribuna
no dejarían de trabajar para persuadir a todos de las ventajas de
aquel sistema de gobierno. Todo el mundo debía esperar que apenas
les fuese posible introducir alguna reforma en la Constitución,
tratarían indudablemente de establecer la federación. Pues nada de
eso sucedió; esos federalistas tan ardientes, tan penetrados de la
necesidad de transformar el gobierno de central en federal, que no
podían esperar dos años, ni uno siquiera, porque la urgencia era
irresistible; que no pudieron detenerse delante la ley; que
despreciaron la sangre de tantos granadinos que había de correr, el
inmenso cúmulo de riqueza que era necesario destruír, el enorme
descrédito que sobre el país se atraía; que atropellaron la
Constitución, el honor y la humanidad para implantar la federación
por la fuerza, de repente se olvidaron de esa gravísima necesidad;
y así es que en tantas reformas propuestas a la Constitución por
ellos mismos, nadie ha visto la federación; uno solo de esos
apóstoles, a lo Mahoma, no ha habido que proponga la federación en
las Cámaras. ¿Qué quiere decir esto? ¿No será que tal federación
era un mero Pretexto?
Así lo juzgamos nosotros porque jamás se ha visto a un partido
que, procediendo de buena fe, cambie instantáneamente de
convicciones dos veces seguidas, sin que haya razón ninguna que lo
mueva. En un hombre solo la cosa es rara, y siempre supone
fingimiento o una inteligencia enferma; pero en un crecido círculo
de personas no es posible el cambio repentino sin motivo. Es
necesario que la convicción no haya
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existido, que haya sido
una pura ficción.
El círculo que se declaró repentinamente entusiasta, ardiente
por la federación, para subvertir el orden público, despedazar la
Constitución y apoderarse del poder por la fuerza, y que olvidó que
era la federación desde el momento en que la palabra no le sirvió
para aquel objeto; no puede sin notoria injusticia asimilarse a los
sinceros federalistas de la primera época.
Mucho menos pueden asimilarse a los centralistas de entonces;
pues aquéllos, a más de ser opuestos a la federación, seguían
también prácticamente el principio de tolerancia a los demás
partidos, que los liberales rojos rechazan constantemente en la
práctica.
Antecedentes del conservatismo
¿Los conservadores de hoy son algunos de los partidos
anteriores? No.
Si por su sinceridad, por su respeto a la religión, a la moral y
a las costumbres, se asemejan a los patriotas del año de 10; si
práctica y teóricamente Siguen el principio de "el poder
para todos", que estos proclamaron, difieren de ellos por
otros puntos de vista. Los republicanos de 1810 eran hombres de fe
y de entusiasmo; creían en las teorías de sus libros como los
primeros discípulos de Mahoma en el Alcorán, y estaban, como ellos,
resueltos a ponerlas en planta sin reparar en diferencias de
costumbres, de climas y de circunstancias; a cierra-ojos seguían el
disparatadísimo proloquio político-vulgar, que dice: sálvense las
teorías aunque perezca la nación; eran hombres puramente
especulativos en política y en administración; pero ardientes,
vigorosos, infatigables.
Los conservadores forman un partido sosegado y reflexivo, que
estima en más los resultados de la experiencia que las conclusiones
especulativas de la teoría; es esencialmente práctico, y por
consiguiente poco o nada dispuesto a los arranques de entusiasmo,
si no es contra los excesos del crimen y de la maldad. No desprecia
ninguna teoría que tenga apariencias de razón, esta dispuesto a
ponerlas todas en práctica pero por vía de experiencia, y por
consiguiente con calma y con prudencia. Estimando solo el fondo las
cosas da poca importancia a las palabras; así es que deja a sus
contrarios, que se llaman los liberales, los progresistas, los
demócratas, y los dejará que se llamen en lo sucesivo los
fraternales, los populares, los radicales, los socialistas, y que
tomen todas las denominaciones que les parezcan favorables, y que
le llamen a el como les dé la gana. Este partido tiene más ciencia
práctica, juicio y rectitud que actividad, ardimiento y entusiasmo.
Difiere de los patriotas del año de 10 en lo que difiere el mismo
hombre examinado a los 18 y a los 40 años.
¿Qué analogías hay entre los realistas y los conservadores? Como
partidos políticos ninguna. Los primeros querían unión con la
metrópoli y la monarquía éste era todo su programa. Los
conservadores no solo querían la independencia, sino que piensan
que no les es imputable ninguno de los inconvenientes que
generalmente se les atribuyen; y respecto de forma de gobierno, el
principio que han proclamado y practicado es el de "el
poder para todos, según la ley", que es la república y la
democracia por excelencia. Nunca han dicho: "yo mando con
mi nobleza o con mi partido", que son dos frases
sinónimas, por el aspecto del absolutismo.
¿Entre bolivianos y conservadores qué relación existe? Como
partidos políticos, ninguna. Aquéllos eran también hombres de fe y
de entusiasmo, pero no de fe y de entusiasmo en un principio sino
en el genio de un hombre extraordinario; como los patriotas de 1810
esperaban prodigios sin cuento de sus teorías, los bolivianos los
esperaban del genio, patriotismo y ascendiente de Bolívar. Como
entusiastas no querían tener discusión, exigían respeto y confianza
ciega en el Libertador. Los conservadores son en este punto el
reverso: no tienen ni quieren jefe: no hay
|
para ellos mayor
desbarro que el ascendiente de un hombre sobre la mayoría
ilustrada; jamás se les ha visto deificar a un hombre por
inteligente y benemérito que sea, y entregarse a humillaciones y
bajezas para ensalzarlo; por el contrario, se muestran desdeñosos y
severos con sus hombres más distinguidos; y nunca ha podido decirse
tal hombre encabeza, domina o dirige el partido conservador. El
sentimiento de independencia y dignidad personal, que constituye el
carácter distintivo de los republicanos sinceros, es llevado por
los conservadores tal vez más allá de lo razonable; y es este el
único partido granadino en que tal cosa se ha observado; todos los
demás pueden ser dominados por el nombre del caudillo que los
dirige y gobierna.
Si los conservadores no tienen ninguna relación política con los
realistas y bolivianos, partidos que dejaron de existir hace muchos
años, están muy lejos de odiar y escarnecer a los hombres que han
sobrevivido a sus partidos. En la generalidad, en los realistas de
ahora treinta años ven hombres honrados y sinceros, que obraban
dominados de un principio erróneo; que han respeta do profundamente
el triunfo de la mayoría, y se han sometido a él concienzudamente,
sin pretensión de mantener el país dividido y agitado; y por esto
acatan en ellos su probidad política y moral. Así, estiman como una
villanía que se les insulte y escarnezca; sin que por esto juzguen
que a los perversos que con acciones feroces o infames desolaron el
país, a pretexto de defender la causa del rey, se les exonere de la
execración a que se hicieron acreedores.
En los bolivianos sinceros respetan los conservadores los
grandes y notorios servicios prestados por ellos a la causa de la
emancipación americana, pues esos bolivianos eran en general
próceres y guerreros de la independencia, fundadores de la
república, a quienes su admiración y gratitud extravió. Cerca de
veinte años hace que ese extravío pasó, y todos los hombres
honrados de aquel partido, que en 1828 era tal vez la mayoría
nacional, han mostrado por una conducta patriótica que quieren,
como habían querido antes, la república democrática, con presidente
alternativo. No podía ser de otra manera; ellos querían la
presidencia vitalicia para Bolívar, porque tenían en él una
confianza ilimitada y poco o ninguna en las demás notabilidades
políticas; muerto Bolívar . Querían presidencia vitalicia para
Santander y para los demás que han gobernado la República?
Hoy no hay en la Nueva Granada bolivianos ni realistas, como no
hay pateadores ni carracos. Hoy no puede haber discusión sobre si
la Nueva Granada debe estar unida o separada de España; si el
gobierno debe ser monárquico o republicano; como no puede haberla
sobre si se separan o no los Estados que formaron a Colombia, si
viene o no a este país el cólera asiático. Estas son cuestiones
decididas, y estas decisiones son hechos consumados, en que no es
posible volver atrás.
Tampoco hay cuestión sobre si el Jefe de la
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República
debe ser vitalicio o periódico; la cuestión
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es más bien si
debe haber tal Jefe.
La división en 1850
Los principios que hoy dividen a los granadinos, las cuestiones
que ocupan los ánimos son muy diversas de todo eso; son cuestiones
sociales, no son cuestiones políticas; si la política está
profundamente afectada por ellas, es porque se quiere el gobierno
como un instrumento de propagación.
Dos partidos se ven empeñados en la lucha, y cada instante
repetimos: la Nación está dividida en dos grandes bandos; sin
embargo ¿esta división de la República existe en realidad ? ¿ Los
granadinos forman hoy dos partidos políticos con principios
distintos ?
Si se quiere decir que en la lucha política solo se ven dos
bandos, es exacto; pero si se pretende afirmar que todos los
granadinos capaces de tomar partido están enrolados en alguno de
estos bandos, cuyos principios conocen y profesan, es notoriamente
falsa la división supuesta.
En la contienda de la independencia la Nación se dividió
efectivamente en dos grandes partidos; porque la cuestión era clara
y al alcance de todos: tener o no tener rey; depender o no de
España, todo el mundo lo comprendía, y nadie podía equivocarse
sobre cuál de los bandos era el que sostenía su opinión. En la
lucha entre bolivianos y liberales hubo, o pudo haber también una
división general; porque la cuestión: manda siempre, o no, Bolívar,
era sencilla, y Bolívar universalmente conocido.
No sucede lo mismo en la cuestión actual. Pregúntese a la mayor
parte de los hombres que no están en medio del torbellino de la
política, y a muchos de los que en él están, sobre qué se versa la
cuestión que agita a los dos bandos, y es seguro que no acertarán a
responder sino que: unos quieren que gobiernen los conservadores y
otros los liberales rojos; es decir, que la cuestión es únicamente
sobre quiénes ocupan los puestos públicos, quiénes perciben los
sueldos. Tan cierto es esto que hombres tan ilustrados como parece
el colaborador de El Día de que hicimos mención en nuestro número
1, no perciben otra cosa.
Si la cuestión se pone a los mismos que pretender gobernar la
opinión y dirigir la política, no quedará mejor resuelta, porque
estos se atreverán a expresar el punto verdadero de la diferencia.
¿Qué dicen los escritores ministeriales? Que va a plantearse la
democracia, que van a reformarse las instituciones en sentido
liberal: que va a darse vuelo al progreso. ¿Pero alguna de estas
frases expresa algo positivo, algo verdadero? Veámoslo.
"Se va a plantear la democracia"; es decir que
hasta ahora no ha habido democracia. ¿Los que han gobernado en todo
este tiempo son, pues, duques, condes y marqueses, y los que hoy
gobiernan lacayos ? ¿ Es que Mosquera es un caballero y López un
plebeyo ? ¿Que aquél fue elegido por caballeros y éste por plebeyos
?
Si los que gobernaron hasta el 31 de Marzo no ejercieron el
poder a título de nobleza, sino a virtud de elección popular; y los
que lo ejercen hoy no alegan otro título ¿en qué está la
aristocracia de aquéllos y la democracia de éstos?
¿Es que aquéllos fueron elegidos sin coacción, y éstos bajo la
influencia del puñal? ¿Es pues, el poder del puñal la democracia
que se va a plantear? Y si no es esto ¿en qué consiste la verdadera
democracia? ¿ En qué la exclusión de los hombres ricos,
inteligentes y respetados en el país? ¿La democracia no es entonces
el gobierno de todos, sino el gobierno de los hambrientos, de los
estúpidos y de los despreciables? Y si no es esto ¿en qué consiste
esa nueva democracia? ¿No es claro que ese planteamiento de la
democracia es una pura charlatanería ?
La democracia existe en la Nueva Granada desde que se sancionó
la primera Constitución; y nunca ha sido más ampliamente ejercida
que durante las pasadas Administraciones, en que se admitía a la
participación del poder a los hombres inteligentes de todos los
partidas; y nunca ha sido más contrariada que cuando ha habido un
presidente que ha dicho: "Yo mando con mi
partido", es decir, yo excluyo del poder a todos los
hombres honrados y patriotas que no tengan mis pasiones; mi
gobierno será exclusivista, absolutista. ¿ Y qué presidente es
quien tal ha dicho ? ¿No es el General López, quien iba a plantear
la democracia? Luego el planteamiento de la democracia es una
ficción, una falsedad inventada para engañar a los ignorantes, para
llenar un hueco que no se tiene valor de llenar con palabras que
expresan la verdad.
"Van a reformarse las instituciones en sentido
liberal". ¿Qué reformas son esas? ¿Quién las ha propuesto?
¿En dónde están indicadas? ¿Es la reforma de la Constitución ?
Los liberales rojos han escrito y hablado contra la
Constitución; propusieron algunas reformas aisladas e incoherentes;
y algunos conservadores formalizaron un proyecto más amplio y lo
presentaron a las Cámaras; y cuando se vio que había en ellas una
mayoría inclinada a la reforma, fueron los conservadores los
primeros que dijeron: "si se toca la Constitución es
necesario hacer en ella una reforma radical; el voto universal, la
elección directa, la eliminación del presidente o monarca
periódico, y las demás instituciones que la opinión liberal
consagra hoy. ¿Y qué hicieron los liberales rojos? Se manifestaron
dispuestos a la reforma en aquel sentido, que no se habían atrevido
a concebir.
Reunido el último Congreso, nombrose una comisión para que
propusiese la reforma; y los miembros conservadores dijeron:
"para que la reforma sea posible, pronta y radical, para
que sea acorde con la opinión nacional, debe hacerse por una
Convención elegida ad hoc por el voto universal y elección
directa"; los hombres del partido rojo aceptaron,
siguiendo apenas el pensamiento que les ofrecían sus
adversarios.
"Para que la Convención se reúna pronto, dijeron los
conservadores, conviene que se retarde en el presente año la
reunión de las asambleas electorales, de modo que medie entre la
publicación del proyecto de reforma y la reunión el término de seis
meses que exige la Constitución", convinieron también los
rojos, y así lo propusieron a las Cámaras.
¿ Y qué sucedió en el Congreso ? Que una gran parte de los
liberales rojos, que prometían reformas liberales para llegar al
poder, se arrepintieron luego que se vieron en él. Las reformas
pasaron a esfuerzos de los conservadores.
La ley que difería la reunión de las asambleas, y cuyo efecto
era hacer que el próximo Congreso pudiese convocar la Convención,
fue objetada por el Poder Ejecutivo con fútiles razones; por ese
Poder Ejecutivo que iba a promover reformas, por el Secretario que,
como uno de los miembros de la Comisión, había propuesto a las
Cámaras la conveniencia y legalidad de tal medida.
En virtud de todo esto las reformas constitucionales, hechas del
modo más adecuado para que satisfagan al voto popular, han sido
retardadas, eludidas por los liberales rojos. Luego es falso que
ellos hayan tenido en mire semejante objeto. Luego es falso que
haya contienda entre los dos bandos sobre reformas
constitucionales, sino es la que los rojos han movido oponiéndose a
las reformas.
"Dar vuelo al progreso". ¿Pero de qué progreso
se trata? ¿Es del progreso en la inmoralidad? Pudiera entonces
haber exactitud en la frase; pero seguramente los que hablan de
progreso no se atreverán a aceptar esta acepción. Si es progreso en
la ilustración, nosotros preguntamos ¿ cuál es el acto, el
proyecto, el pensamiento de un liberal rojo sobre adelanto de la
ilustración, que se pueda citar? El impulso dado a la instrucción
pública primaria y superior, a la libertad de la enseñanza en
general, al establecimiento de la enseñanza de las ciencias en el
país ¿quién lo ha dado sino los conservadores? Los liberales rojos
nada han hecho.
¿Es del progreso de la industria y de la riqueza pública de lo
que se trata? ¿Qué han hecho los liberales rojos en cinco meses que
llevan de gobierno? ¿Será el contrato chaves ? ¿ Qué han propuesto
al Congreso? ¿Será el proyecto del señor Azuero para que todos los
empleados cesaran el 1° de junio, a fin de que los jueces fuesen
nombrados bajo la influencia del Poder Ejecutivo, y que hubiera
empleos para todos los hombres del 7 de Marzo? Ese proyecto fue
desechado con escarnio, como inconstitucional, y como que era la
expresión ingenua del programa del partido.
¿Será el proyecto del Secretario de Hacienda para duplicar y
triplicar los derechos de porte de la correspondencia, para imponer
derechos a los impresos que conducen los correos, proyecto
desechado como evidentemente contrario a la ilustración del
país?
¿Será el proyecto del señor Liévano para restablecer el
ignominioso tributo de los indios, haciéndolo extensivo a todos los
habitantes mayores de 18 años? Qué adelanto! ¡qué ciencia!
He aquí los grandes pensamientos de progreso que el partido rojo
ha dado a conocer.
En ningún ramo de industria ni de riqueza ha hecho nada el
partido rojo para promover su progreso; lo más de que puede
gloriarse es de haberse asociado algunas veces a los conservadores
en las medidas tomadas o promovidas con tal fin. Por tanto es una
pura charla cuanto sin cesar repiten los escritores ministeriales
sobre progreso.
Es, pues, con razón que la mesa de la población no puede ver en
el cambio de administraciones, otra cosa que cambio de personas, y
en este cambio, únicamente alternabilidad en la percepción de los
sueldos.
De aquí ha resultado que la mesa de la población no esté hoy
dividida en opiniones propiamente dichas, porque no conoce los
principios que realmente dividen los partidos que luchan.
Esa mesa teme, sobre todo, las revueltas y las guerras; su
grande aspiración es a que la dejen trabajar en paz. Así, en la
contienda eleccionaria su examen no va más allá de esta cuestión: ¿
eligiendo a cuál no habra revolución? Su voto está subordinado a la
solución que le den a tal cuestión. Las circunstancias de los
candidatos entran por muy poco en su determinación ¿"qué
importa que sea éste o aquél el que percibe el sueldo?".
Por esto se ve a gran número de electores votar hoy con los
conservadores, y mañana con los rojos, sin que en ellos haya
cambiado de opinión; porque reconociendo los principios que real y
efectivamente dividen a los dos partidos, no atinan a juzgar entre
ellos; no son ni rojos ni conservadores, son únicamente amigos de
la paz.
Pueblos enteros parecen a primera vista liberales rojos, por sus
votos en las elecciones y por su conducta en las revueltas; pero al
examinar de cerca a sus habitantes queda uno plenamente convencido
de que esto es una mere apariencia. Todo está reducido a que en el
pueblo hay una persona influyente por su mayor riqueza o
instrucción, que es pariente de alguno de los prohombres del
partido, o que tiene un pleito que le defienda un abogado rojo, o
que la parte contraria es un conservador, o cosa semejante, y por
ello vote y obra con los rojos; pero ni él, ni mucho menos sus
clientes, conocen los principios del partido que sostienen, ni los
del opuesto; ellos quieren solamente que triunfe tal partido en que
está tal hombre, cuyas opiniones ignoran completamente; y que son
tan opuestas a las suyas, que si las conocieran se quedarían
asombrados de su propio extravío, en apoyar doctrinas que
detestan.
Para que todos los granadinos que puedan juzgar en moral y en
política, y éstos son todos los que tienen buen sentido, tomen
realmente partido por los principios de uno u otro bando, es
necesario que conozcan los principios de esos bandos, hasta hoy
apenas conocen algunos hechos, nosotros vamos a exponer los
principios. Si el pueblo leyera, la cuestión quedaría pronto bien
establecida en todos los ánimos , pero son pocos los que leen; y
por esto se pasará mucho tiempo antes de que la Nación pueda
juzgar.