ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

IDEAS FUNDAMENTALES

DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

DE LA NUEVA GRANADA

 

MANUEL MARIA MADIEDO

 

LA SECTA RADICAL

En 1849 fue elevado a la Presidencia de la Nueva Granada el general José Hilario López, antiguo defensor de la independencia hispano-americana.

En la elevación de este sujeto a la magistratura suprema ejecutiva, hubo ocurrencias que pintan el estado de esa política de palabras articuladas sin ideas que le correspondan; comedia en un jergón semi-bárbaro, a que conducen a los pueblos los continuos escándalos revolucionarios.

El general López había obtenido una gran mayoría nacional de sufragios para ser presidente de la República; y por este aspecto, sus títulos a ese puesto eran innegables. Pero el Congreso granadino tenía la incalificable facultad de perfeccionar la elección presidencial en ciertos casos, y la muy absurda atribución de poder imponer un candidato impopular a la bien expresada opinión de las mayorías: es decir, el derecho de burlarse del sentimiento nacional como lo haría un señor feudal con sus siervos.

El Congreso del 49 quiso abusar de sus facultades, desoyendo la expresión popular manifestada en las urnas electorales a favor del general López; en lo cual, si el Congreso no cometió un delito, sí una inconsecuencia, siendo el representante del pueblo y burlándose de la mayoría de la opinión de ese pueblo que afectaba representar. Esta era una zancadilla conservadora de mala ley ante los dogmas de la soberanía popular. El Congreso debió, a todo trance, y aunque se desplomara el firmamento, haber confirmado la opinión en mayoría; por que es la ley de la República y el tipo político de las conciencias populares. Pero quiso lanzar un reto a la nación, desdeñando el voto del pueblo hasta el extremo de querer imponerle el candidato presidencial que menos sufragios había obtenido para tal magistratura. Entonces una parte del pueblo de Bogotá, tan mal aconsejada, como lo estaba el Congreso, y sin derecho de ninguna clase para oprimir a la representación nacional, hizo una zambra demagógica y obligó al Congreso, con mengua de la dignidad del pueblo granadino, a confirmar la indicación popular del general López para presidente de la República. Los que hicieron la absurda Constitución de 1843, son los culpables de este atentado.

Por este tiempo la Francia acababa de volcar el trono de Luis Felipe, y sus acentos poderosos hacían estremecer el mundo. La Francia tiene el gran privilegio de remolcar las naciones a su destino. Su palabra se escucha en los últimos confines de la tierra; y cuando sus cañones truenan, todos los pueblos ponen el oído y esperan el fin de la batalla, para saber qué se hará y cómo deberá pensarse. Más grande que Roma, la Francia tiene en sus manos por cetro una antorcha, que, como el sol, arropa el mundo y se refleja en los espacios del porvenir.

El general López debió la mayoría electoral a esa vibración repentina de los espíritus, ocasionada por el vuelco de la dinastía de Orleáns, que de un momento a otro, rodó por las gradas del trono, al soplo de una democracia socialista.

Hombres de aliento y de cabeza volcánica, inspirados por el infortunio del proletario, habían levantado su voz, si no como un argumento, sí como una inmensa queja contra las desigualdades de la vida humana. Voceros del pobre, abogados del desamparo y de la inocencia entregada a peores agonías que el crimen, los socialistas de Europa tienen una excusa en sus vaporosas lucubraciones: sus teorías no son sino los tremendos alaridos de las muchedumbres desheredadas; y cuando se habla en nombre de una desgracia tan gigantesca, lo grande del objeto magnífica al orador. El rumor de estos gemidos armonizados en sistemas más o menos bellos e inadmisibles, venían rodando sobre los mares a dejar en nuestras playas ecos ininteligibles; pero ecos del dolor de la humanidad, que si no llegaban al fondo de las cabezas, sí penetraban y poseían los corazones. . . En esas teorías, fuera del sentimiento que las patrocina y del motivo que las provoca, lo demás es el sueño de una alma generosa, la embriaguez de unos corazones dignos de recursos más eficaces, de medios menos fantásticos.

Ese rumor aquí, era en Francia una tempestad. Esa borrasca proscribió a la dinastía de Julio, y en sus exigencias exageradas fue hasta acusar de traición a la República que había engendrado. Cavaignac y Changarnier salvaron a la hija de la revolución, de los raptos de su propia madre... y el pueblo de París aprendió esa vez, que la gloria no conoce a las muchedumbres...

La atmósfera del mundo estaba recargada de elementos revolucionarios, y nosotros, reflejo del vasto incendio revolucionario de la Francia del 89, no podíamos dejar de vibrar, cuando el vasto arsenal de los combustibles del mundo tronaba en tan grandes detonaciones.

El partido liberal de la Nueva Granada era por esos tiempos un fantasma agobiado por el pesar, la impotencia y quizás el remordimiento. Su adversario se había hecho indigno de sus triunfos por el abuso que había hecho de ellos. Desde 1837 a 1849, los liberales fueron en este país como los parias en la India. Tanto se les había gritado que eran ladrones, bandidos y salvajes, que es probable que ellos mismos llegaran a creerlo; cuando no eran ni son más que lo que somos todos nosotros, hijos de los españoles de otros tiempos, hermanos de los españoles de hoy.

Con el 7 de marzo del 49 el partido liberal tomó un aspecto de expansión estupenda. Doce años de represión, acumularon en su seno los gérmenes de una explosión parecida a la venganza. El partido liberal salió de su tumba como un fantasma lleno de rabia y cubierto de cicatrices...

El general López, que tenía el poder de crear un ministerio, lo recibió de los mismos a quienes debía el solio presidencial. Él creyó que sólo se trataba del liberalismo, única doctrina que él conocía y había servido. Pero los hombres que lo rodearon habían leído a Luis Blanc, a Fourier, a Cabet, a Proudhon... Una lucha terrible se empeñó entre las conocidas por ambos partidos, vencido y vencedor, y de en medio de una borrasca estrepitosa, al través de sus ráfagas y de sus tinieblas, el socialismo, un socialismo degenerado, levantó su cabeza de hidra y todos temblaron... El presidente mismo retrocedió espantado...

Entonces el jefe de la idea social, con una risa semejante a la convulsión de la ira, volvió la espalda al jefe de la nación, y llamando a sus clientes, gritó con el acento de un inspirado: ¡el porvenir es nuestro! A este grito, el espíritu de novedad halló un grande eco en la juventud, y sin saberlo, un embrión político apareció en escena: la secta radical levantó una bandera, en cuyo fondo se leyó esta sola palabra: ¡Adelante!...

¿Pero es esa la voz, el eco propio de la secta radical? ¡No! Ella, para tener un lábaro más simbólico, debería haber escrito en él este otro mote: ¡sálvese quien pueda!... Ya justificaremos este concepto a la luz de un examen despreocupado.

En vano se ha pedido a la secta radical el conjunto de sus verdades fundamentales, el programa de sus axiomas. Estrechado el jefe de esta lucida falange, al fin, como para ceder a una importuna y apremiante exigencia, exclamó, acaso sin pensar mucho en lo que decía: Nuestras doctrinas están consignadas en la historia del partido liberal. ¿Es esto exacto?... ¡No!, no lo es. La verdad habría sido ésta:

“Abrid las puertas de San Simón, de Fourier, de Luis Blanc, de Cabet, de Proudhon, y si en esas teorías no encontráis las nuestras, no os fatiguéis en buscarlas en otra parte”. Esto habría sido más franco, más veraz.

En los días que cruzamos, el mundo tiene una ardiente sed de curiosidad y una incansable vehemencia de investigación: los hombres de hoy mueren perdidos sobre los hielos desiertos del polo, buscando el paso al Oriente a la luz de las auroras boreales; se sepultan en las entrañas de la tierra preguntando a la muerte por las obras de una creación desconocida; revuelven el polvo de los imperios y las obras de las generaciones, y no se contentarán jamás con una respuesta evasiva. Hoy es preciso oír al poeta inglés: to be or not to be; so pena de que el poeta francés responda desde su tumba:

Rien n’ est beau que le vrai, le vrai seul est aimable...

El viejo veterano que no había temblado al sentarse sobre un patíbulo para dar su sangre por la patria, se estremeció al borde de un abismo abierto a sus pies, y protestó contra los que pretendían empujarlo a aquella honda sima. El tribuno radical sonrió con el aire de una burla amenazante, y esgrimió su bien cortada pluma contra el hombre a quien él mismo había elevado y que lo había elevado a él mismo. El general López vio a su antiguo amigo, a su fogoso secretario de Hacienda, asestar a su autoridad los golpes redoblados de un enemigo en ideas. El presidente contestó con una Protesta permanente en un periódico redactado en las altas regiones del gobierno; pero Lutero quemó la bula de su excomunión...

De entonces acá, la secta radical ha ido de exageración en exageración, arrancándonos día por día una ilusión sobre sus miras, sobre sus armas y sobre las consecuencias de sus problemas.

Hoy su programa es éste:

Libertad ilimitada de la prensa. Sí un hombre calumnia a otro, que ese calumniado se defienda como pueda: si no puede o no sabe defenderse, ¡que sucumba! La sociedad no debe darle ninguna protección, ningún amparo contra un agresor inicuo... ¡Sálvese quien pueda!

Libertad absoluta de la palabra: no hay injuria en hablar; aunque lo que se habla sea una imputación del mayor crimen, de la peor infamia, y que esa imputación sea una atroz impostura: uno se defiende como puede, y si no lo puede, ¡que sucumba! La sociedad no debe mezclarse en esas miserias: ella no debe sino fallar, y fallará a favor del más diestro o del más poderoso; sin hacer nada para salvar el derecho del débil, aunque la justicia lo favorezca. ¡Sálvese quien pueda!

Libertad de hacer moneda concedida a todo el mundo. Es verdad que las pobres masas populares no entienden de metalurgia ni de química; es cierto que serán robadas sin misericordia; pero que vean bien lo que hacen; y si no saben ver bien lo que hacen, porque eso no depende de la voluntad humana, ¡que sucumban!... ¡Sálvese quien pueda!

Abolición de las aduanas. Es cierto que los artefactos extranjeros llegando a extrema baratura, dejaron a nuestros artesanos con los brazos cruzados; pero que el zapatero aprenda a albañil; el sastre a boga o a pescador, y el herrero a agrícola; ¿y mientras aprenden? ¿y si no aprenden? ¡que sucumban! ¡Sálvese quien pueda!

Abolición de toda fuerza armada permanente. Es cierto que una nación cualquiera puede declararnos la guerra; pero, ¿quién ha dicho que para hacer la guerra se necesitan soldados? Se envían unos cincuenta discursos al enemigo sobre la barbarie de derramar la sangre humana, y el enemigo habrá de someterse ... ¡Vanidad de vanidades!... Pero si el enemigo se burla de los discursos y se burla de nuestra vanidad, y nos prueba que una nación sin verdadera cincunspección es un pueblo sin respetabilidad, incapaz de figurar dignamente en la familia de las naciones, y sucumben nuestras fronteras, y nuestras leyes... ¡que sucumban! ¡Sálvese quien pueda!

Abolición de la pena de muerte. Las más graves naciones del globo, llenas de ciencias y de grandes moralistas y de grandes filósofos y de grandes estadistas, han discutido esa gran reforma sin atreverse a plantearla, a la luz de su alta civilización, y de su gran moralidad; pero nosotros valemos más que esos grandes pueblos: nosotros, pobres colonos de ayer, sin más títulos que una vislumbre de civilización prestada, ¡al través de medio siglo de escándalos afrentosos valemos moralmente más que la Europa! ¡Qué vanidad! ¡Qué delirante jactancia!... Es cierto que habrá sicarios a bajo precio; que donde no se han podido hacer verdaderas cárceles, no pueden suponerse buenos panópticos; pero eso ¿qué importa? “La sociedad no tiene otro derecho, respecto de los delincuentes, que exigirles la confesión de su crimen” [1] . “El criminal que se escapa de sus jueces, confiesa su delito y queda a paz y salvo con La sociedad...” [2] . Con estas máximas, bajo tal sistema, ¿quién tendrá seguridad?... El que pueda dársela por su brazo; la sociedad no debe meterse en más honduras... ¿y el que no puede precaverse o defenderse, qué hará? ¡Que sucumba! ¡Sálvese quien pueda!... Mazzini ha rechazado con indignación, con horror, su alianza con las cárceles de Génova: en nuestra América, esas delicadezas pasarían por pura necedad.

Abolición de toda educación social gratuita. ¿Por qué se le ha de pedir a un hombre con qué educar al hijo ajeno? Aunque el primero sea rico y pobre el segundo. ¿Acaso esa máxima del vetusto catolicismo: enseñar al que no sabe, vale algo? ¿Y por qué se le ha de pedir a un rico para pagar un gobierno que él se puede proporcionar con sus criados bien armados?... ¡Sin duda!... Es verdad que en este sistema el pueblo queda eternamente sepultado entre las tinieblas de una barbarie inapelable; pero el pobre no se educa nunca, según el gobernador de Santander. Se educarán los hijos de los ricos; Porque esos sí tienen cómo pagar maestros para sus hijos. ¡Los de los pobres sucumbirán! ¡que sucumban! ¡Sálvese quien pueda! Esto formaría un país como el imperio ruso. Alta clase bien nutrida de conocimientos: pueblo perdido entre las sombras de la nada: ¡situación provocante para un despotismo normal!... Esto explica las simpatías ruso-radicales de la Nueva Granada en los días de la cuestión de Oriente... ¡Oh malvado! ¡Sálvese quien pueda!

Nada de hospitales, ni de hospicios, ni de cunas de expósitos costeadas por la sociedad. Por la misma razón porque no hay derecho para pedirle al rico para educar al hijo del pobre, que acaso ha nacido con talentos que pueden luego servir al mismo rico y de gloria al país, se dirá por el rico: ¿por qué he de pagar yo, para curar, para hospedar ni para salvar al hijo de otro? Que cada cual se cure, se hospede y se críe como pueda; y el que no lo pueda, ¡que sucumba!... ¡Sálvese quien pueda!...

Libertad de pesas y medidas. Las masas no saben qué diferencia hay entre el metro y la vara, entre el gramo y la onza; serán estafadas sin que lo adviertan; pero que aprendan a advertirlo, y si no lo advierten, ¡que sucumban! ¡Sálvese quien pueda!

En fin, ¡abajo la autoridad social! ¡Abajo el gobierno! Esta es la última palabra del sacerdocio radical. Pero ¿cómo? ¿Acaso gradualmente, moralizando al hombre por la santidad del derecho y la armonía de la justicia universal? ¡No tal! que esa sería obra de romanos y los romanos no son hoy sino un poco de polvo, mudo ante el viajero asombrado... La tarea es más fácil: se deroga el Código Penal... ¿Y qué queda para mantener ileso el derecho ante el egoísmo brutal de los malvados? ¿qué queda? ¡Pues la opinión!... ¡Los malvados contenidos por la opinión!... ¡Ellos que son malvados porque desprecian la moral y toda noción de dignidad personal!... ¡Ya no es la confesión de su crimen lo que los pone a paz y salvo con una familia cubierta de duelo y de lágrimas por el puñal de un facineroso!... La risa humana es impotente para celebrar estas luminosas concepciones... ¡La opinión, sombra sin vida para todos los hombres sin pudor, para todos los peores enemigos del derecho ajeno, el incendiario, el salteador y el asesino!; y sin embargo, ¡sirviendo de obstáculo a los desbordes de los más atroces instintos! El imperio de la opinión supone probidad, delicadeza, posición social, y deseos de la estimación pública. ¿Tienen todo esto los salteadores, los calumniadores, y los asesinos?... El hombre que concibe y ejecuta un robo, ¿tiene honor? ¿conoce la dignidad o el decoro personal? Si la opinión, ese espectro sin vida ni significación para el crimen, es lo que ha de contenerlo, ¿qué será del porvenir social?...

He aquí la escuela radical de nuestro país. ¿Hay quién se levante a desmentirnos? Que lo ose; pero que no retroceda ante las pruebas... Alce la frente y pídalas: ¡se le darán!...

¿Es eso el cristianismo? ¡No! ¡Blasfemia!...

El cristianismo es la fraternidad. Ante la Cruz, el mundo no es sino una vasta hermandad, con el Cristo por padre, por maestro y por redentor del género humano. La fraternidad es la mutua protección entre todos los hombres; y el sálvese quien pueda, no es sino el eco áspero de un corazón de bronce. Esto merece la más seria meditación de todo hombre humano y patriota.

¿Es posible que una juventud bella, inteligente y cristiana, una juventud que es la heredera de nuestras últimas conquistas, que es el eslabón que une nuestras tumbas a sus glorias, caiga, y caiga a nuestros ojos atónitos en tan deplorables delirios?

¡Qué! ¿ha muerto para nosotros el amor del prójimo? La sangre de ese inmenso martirio del Cristo y de sus confesores, muriendo trescientos años en los circos romanos, ¿no nos dará ni una sola gota de tanta sangre para salvarnos de tanta ignominia?... No, ¡no hay fatalidad! La fatalidad no es sino un fantasma del caos, sin poder y sin vida.

Siquiera los socialistas europeos son los apóstoles del infortunio, son los santos del hambre de las muchedumbres. Sus medios pueden ser erróneos, alarmantes, inadmisibles; pero al menos en esos tremendos alaridos, en el fondo de esas negras tempestades, brilla algo parecido a la caridad del Evangelio...

Los hombres que queriendo remedar aquí a esos grandes genios de la desesperación de las masas atormentadas por el desamparo, se han levantado para sistematizar la filosofía del laissez faire, van por otro camino que sus modelos; van en pos del reinado del hombre por sí y para sí... Y en esta lucha, más gloria alcanzarían en la derrota que en los mayores triunfos... Sí, van en pos de una desheredación de la humanidad desvalida... El pobre para ellos es un espectro de otro mundo: sus dolores, sus ayes no deben encontrar un solo eco... Digámoslo de una vez: ¡van en pos de un monstruoso egoísmo! ¡Qué gran conquista!...

¿Es esto ir adelante? Sí, ir adelante, como las agonías de la muerte van adelante de las tumbas.

¿Triunfará esta secta? ¡Imposible! Pero podrá hacer algo perecido a una victoria satánica: barbarizar la sociedad por algunos años, secar todos los corazones y ahogar millares de hombres entre un océano de sangre y de lágrimas... ¡Este es su porvenir!... ¿Por qué? Por lo que hemos dicho antes de empezar este trabajo: Tout mensonge répété, devient une vérité: no para siempre; pero eso sucede por algún tiempo.

Ahora decidme, vosotros los que detestáis la autoridad y el gobierno, ¿cómo es que con tales ideas buscáis, empero, por todas partes, el solio del poder? ¿A qué esas candidaturas para jueces, legisladores y gobernantes? ¿Es que deseáis poseer la autoridad, para hacer por la fuerza de su poder lo que no alcanzáis a hacer con vuestras contradictorias pretensiones? Pero entonces, ¿en qué queda vuestra soberanía individual, si el individuo soberano en vez de un convencimiento previo, recibe de vuestras manos la eliminación de lo que vuestra palabra no alcanza siquiera a conmover?... ¡Oh! Esto sería ya algo peor que el simple error: esto no haría honor a vuestra probidad. El hombre dañino por equivocación, merece todavía algunas consideraciones. El que daña sin esa disculpa, vosotros sabéis qué es lo que merece.

Si vosotros no queréis leyes ni gobierno, sed consecuentes; quedáos en vuestra tribuna y buscad desde allí la desistencia [sic] popular, respecto de orden social y de funcionarios públicos; porque un hombre de bien, no anhela un puesto que él mira como una usurpación: si lo acepta, es para honrarlo: la sociedad le exige siempre esta promesa previa; y ningún ser moralizado acepta un compromiso con la arriére pensée de violarlo indignamente.

To be or not to be. Sed lo que queráis; pero sed siempre dignos de nuestro aprecio, y hasta de nuestro respeto; porque al fin, sois hombres y sois además nuestros caros compatriotas.

Si realmente detestáis el gobierno y sus leyes, ¡retiráos de las urnas electorales! De esta manera, aunque no aceptemos vuestras ideas, no tendremos un derecho a negaros nuestra estimación.

Esto es justo; y vuestro escepticismo respecto del poder social, no podrá ir jamás hasta la negación de la justicia; porque entonces negaríais a Dios y dejaríais de ser hombres... ¡Vana esperanza! Vosotros no entráis en discusiones fundamentales: calláis y repetís millares de veces lo que no podéis demostrar; confiados en una verdad de disfraz encerrada en nuestro texto: Tout mensónge répété, devient une vérité... “Toda mentira repetida viene a ser como una verdad”...

M.M.M.

1858.


[ 1] El Tiempo, número 162. (Se refiere al periódico de aquella época.  N. del E.).

[2] Ibídem

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