ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

PRÓLOGO

III

Tomás Cipriano de Mosquera, de cuya activa participación en la vida política, militar y científica del siglo XIX sería injustificado hablar en este breve texto, se sintió agraviado por el texto de José María Samper y decidió expresar públicamente su desacuerdo [1] . Su folleto sobre los partidos consiste en un relato de algunos incidentes de la historia política nacional, en especial aquellos en los que desempeñó él mismo un papel destacado o respecto a los cuales le interesaba corregir la versión de Samper. No forma un trabajo muy bien organizado y su escritura es poco elaborada; en algunas ocasiones se limita a glosar en forma más o menos inconexa las afirmaciones de Samper, que desaprueba. Independientemente de esto, es preciso señalar que el contenido factual del folleto de Mosquera no es enteramente fiable. Si Samper estaba evidentemente interesado en defender una posición política particular, y este hecho, así como su ausencia del país en momentos importantes del siglo pasado, lo convierten en una fuente que no es del todo fidedigna, aunque sin duda siempre honesta, Mosquera quería ante todo defender su posición y su imagen, y parece dar importancia principal, lo que resulta lógico en un personaje al que se atribuyó durante muchos años una total falta de definición política y la subordinación de los puntos de vista ideológicos a la ambición personal, a mostrar la continuidad de su pensamiento y sus proyectos políticos.

Así, hablando de la década del 20, quiere hacer creer que ya entonces era liberal, a lo menos en el sentido de oponerse a la “Constitución impracticable” de Bolívar, y explica su notable disposición a proclamar la dictadura de Bolívar como motivada por la necesidad de “evitar males mayores”; hacia 1830 ya habría sido, si hemos de creer su versión, federalista y también liberal, aunque separado del grupo de Vicente Azuero y José Hilario López. La ubicación política de los diversos grupos de 1830 a 1849 es bastante confusa, y Mosquera aprovecha tal confusión para presentar su propio lugar como “progresista”, mientras que los sectores que ya para entonces era tradicional considerar como liberales, pierden en su relato tal carácter. De este modo, los promotores de una serie de medidas de corte liberal bajo la administración moderada y transaccional de Santander (1832-37), se convierten en una “oposición” progresista en la que estaba Mosquera; como sabemos que fueron Vicente Azuero y sus amigos cercanos quienes impulsaron tales medidas, a las que se oponía Santander por prudencia y realismo, el término de “oposición” no parece adecuado para ellos, bastante cercanos al presidente. Mosquera parece sugerir más bien que se trata de un grupo diferente al de Azuero, con el que nunca simpatizó, y todo el enredado argumento resulta centrado en el intento de presentar a Santander como conservador y de mezclar en una sola supuesta oposición los actos de quienes se diferenciaban del presidente, o porque trataban de empujarlo a avanzar más rápido o a frenar aún más las reformas liberales.

En la búsqueda de su pasado liberal, Mosquera —que descarta el carácter liberal de la revolución de 1839, contra la que luchó con notable crueldad— afirma haberse opuesto al retorno de los jesuitas durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, así como a la formación del partido conservador propiamente dicho en 1848, cuando Julio Arboleda se lo propuso: él era un progresista y no un conservador. Tampoco apoyó la revolución de 1851, dice, porque no quería aparecer como “caudillo de un partido al que yo nunca había pertenecido”.

De nuevo Mosquera trata de acentuar su liberalismo y sus posiciones federalistas hacia 1855, y desde entonces su versión coincide mejor con la de los historiadores posteriores, aunque deja de lado las diversas ocasiones en que actuó a nombre del conservatismo o participó en actividades de este partido. Es evidente que Mosquera compartía ya para entonces algunos de los puntos que identificaban el programa liberal, pero parece justificado considerarlo todavía como miembro del conservatismo, al que esperaba representar en las elecciones de 1857 —el relato unilateral omite por completo su participación en las juntas conservadoras para elegir candidato en tal año— lo que le permite acentuar la distancia con el gobierno de Ospina y rechazar que este alejamiento se atribuya justamente a despecho por no haber obtenido tal candidatura [2] .

En todo caso, y dejando de lado estas minucias, es conveniente recordar que desde 1864 las relaciones entre los radicales y Mosquera se hicieron bastante hostiles; en 1867 aquellos lo derribaron de la Presidencia y lo sometieron a un juicio en el que fue condenado a varias penas irrisorias y al destierro. En 1869 su nombre fue puesto en juego por una alianza de excluidos: los conservadores, que acababan de padecer la prisión de Gutiérrez Vergara ya mencionada, y los liberales mosqueristas propugnaron la candidatura del general, entonces en Lima. A su regreso al país no tuvo dificultades en conquistar la presidencia del Cauca, desde la cual ejerció otra vez considerable influencia sobre la política nacional. La respuesta a Samper, que fue publicada a comienzos de 1874, deja ver cómo Mosquera conservaba sus posiciones anticlericales y rechazaba la tolerancia que entonces mostraba el radicalismo, dirigido por Santiago Pérez, hacia las “usurpaciones clericales”. Todavía en ese momento su preocupación política central parece ser evitar que los sectores que llama “neocatólicos” del conservatismo logren el predominio, calor de la continua división liberal y de la tendencia de sectores radicales a transar con los conservadores del Tolima y Antioquia. Para prevenir tales riesgos propone una coalición de elementos moderados de ambos partidos, lo que muestra hasta dónde se estaba convirtiendo en lugar común la campaña por una alianza que excluyera los grupos considerados extremistas: el clericalismo conservador y los “socialistas y sensualistas” en el lado del liberalismo. Pero la identidad superficial de propósitos de Samper y Mosquera (y también de Madiedo) no debe ocultar que para el primero el principal culpable del desorden nacional es el radicalismo, mientras que para Mosquera el peligro mayor está en los grupos clericales. Por eso es explicable que en el enfrentamiento de 1876 Mosquera hubiera terminado dando su respaldo a la candidatura radical mientras Samper, decepcionado con el liberalismo, hubiera puesto toda su energía del lado del conservatismo. Los dos polemistas se enfrentaron entonces una vez más, en el Congreso de la República, y Samper pronunció un violento discurso contra el ya anciano general [3] .

Este incidente puede servir para indicar el fracaso del intento de 1875-76 de buscar una salida a la crisis política bajo la dirección liberal; las nuevas soluciones requerirían que se hicieran concesiones mucho mayores a los conservadores, hasta el punto de que éstos llegaron eventualmente a quedar en la posición dominante, como quedó claro con el proceso de la Regeneración.

JORGE ORLANDO MELO


[1] ARBOLEDA, ob. cit., t. IV, págs. 427-8, narra las juntas electorales de 1857, en las que Mosquera manifestó su aceptación de lo que hiciera el partido conservador.  

[2] Un relato de este enfrentamiento está en AQUILEO PARRA, Memorias, Bogotá, 1912, pág. 667.

[3] Mosquera siguió oponiéndose al nuñismo por su alianza con el “conservatismo fanático”. Véase su folleto Ojeada sobre la situación política y militar de Colombia (¿Panamá?), 1877.

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