ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA
IX
Cuando tenemos
que hablar del general Mosquera, nos sentimos siempre embarazados. Es él
un hombre eminente, dígase lo que se quiera, de grandes talentos,
notablemente ilustrado, grande y generoso en algunos de sus ímpetus, y a
quien profesamos, desde nuestra primera juventud, profunda gratitud
personal por distinciones y buenos deseos con que nos ha favorecido. Pero
debemos antes que todo ser honrados y sinceros; debemos decir la verdad,
tal como se nos presenta o la comprendemos, y ella nos obliga a emitir
algunos conceptos poco favorables al general Mosquera, que nos duelen.
Acaso sus faltas y desaciertos habrían sido mucho menores, si sus amigos
o copartidarios le hubieran dicho siempre la verdad con firmeza y sin
contemplaciones.
El general
Mosquera, digan lo que quieran sus discursos, proclamas y decretos, no
había sido nunca liberal. Su liberalismo era artificial de circunstancias
y acomodaticio; no el fruto de meditaciones serenas y convicciones
profundas, ni de un patriotismo ingenuo y entusiasta. Su temperamento, lo
repetimos, es por esencia dictatorial como el de Bolívar, como el
de Castilla, como el de Santa Anna, y como el de otros que en América han
mostrado tener las pasiones y la organización propias, en diversa escala,
para el oficio de dictadores. Y el temperamento dictatorial es enteramente
opuesto al temperamento liberal y al liberalismo.
Las condiciones
esenciales de un buen liberal son: un fuerte y espontáneo sentimiento de
amor a la humanidad; un entusiasmo impresionable por todas las causas
generosas; un espíritu independiente, solícito de la verdad, activo y
dado a la investigación y discusión de todas las cosas; y una fe
profunda e instintiva, pero indomable, en el bien que emana del progreso.
De estas cualidades características provienen, en el buen liberal, un
hondo sentimiento de justicia que le domina en toda circunstancia
política y le sirve de regla segura de criterio; una tendencia constante
a buscar su apoyo en las masas populares y emanciparlas del error y de
toda tiranía; y el respeto que tiene, cuando es honrado y sincero, por la
opinión de las mayorías, como la expresión más aproximada de la razón
de todos y del derecho poseído por todos.
No así el
hombre de temperamento dictatorial. Este no sabe discutir, sino imponer su
voluntad; no sabe obedecer, sino mandar; da sus órdenes con altivez, y no
se detiene ante ningún obstáculo, ni tolera la opinión, la
contradicción, la sombra o la rivalidad de otros; si acaso encuentra
resistencias invencibles, como no tiene respeto por la conciencia y la
dignidad humanas, ni cree en el derecho, en vez de apelar a la persuasión
o la conciliación y de orillar las dificultades, adopta los medios más
violentos o procura corromper de un modo u otro a quienquiera que le
resista o contradiga.
Habituado a
contar sólo consigo mismo y atropellarlo todo, el temperamento
dictatorial es por esencia vanidoso; y contando demasiado con sus propias
fuerzas, llega a tal grado de engreimiento, que ni reconoce el mérito
ajeno ni le arredra ningún inconveniente o peligro. No teniendo
convicciones ni principios fijos, por el hábito de personificar en sí
mismo toda causa que representa, lo mismo se sirve de unos hombres que de
otros, y por cualquier camino busca el logro de sus aspiraciones.
Inquieto por
demás, porque en nadie confía y necesita atender a todo, se hace
suspicaz, al propio tiempo que voluntarioso; y como no da importancia a la
lógica de los hechos ni al sentimiento social, se aventura a las más
audaces empresas, y luego, sorprendido, atribuye a traición de los
hombres aquellos descalabros que le ha preparado la ineludible fatalidad
de los acontecimientos, que se desenvuelven conforme a la naturaleza de
las cosas.
La pasión
dominante del hombre dictatorial es el mando; pasión ciega, implacable,
insaciable como un instinto brutal; especie de lujuria, de autoridad, de
gula de poder, de concupiscencia en la satisfacción de dominar. El mando
es para el dictatorial una necesidad como la del alimento: necesita mandar
para vivir, y tanto, que a trueque de gobernar siempre algo, baja en la
escala del poder de lo grande a lo pequeño; se alucina creyendo mandar en
todas circunstancias; hace todos los sacrificios imaginables de dignidad,
de odios y resentimientos, por asegurarse alguna ínsula, algo que
tener bajo su autoridad, y en sus agonías rinde el último aliento
delirando con alguna adquisición de poder.
Si el artista es
reacio por vanidad y por amor al arte, y ya viejo y gastado persiste en
ocupar la escena, a riesgo de que le silben aquellos mismos que le habían
aplaudido y coronado en mejores tiempos, del propio modo el hombre
dictatorial tiene la vanidad de creerse necesario aun en su
decrepitud, y se irrita y llama ingratos a los pueblos, y traidores a sus
amigos, porque no le mantienen hasta la tumba como perpetuo jefe o
gobernante.
El general
Mosquera, erigido por el pacto de alianza revolucionaria en Supremo
Director de la guerra, no quiso poner término a ésta, cuando pudo
hacerlo feliz y prontamente, aprovechando el triunfo decisivo y completo
del 18 de julio. Prefirió erigirse en dictador, de hecho, y no pudiendo
olvidar que el cadalso había sido uno de sus grandes instrumentos, como
medio de intimidación o de desquite, ya que no había podido sacrificar a
los Ospinas, inermes y vencidos, arrojó en la luctuosa escena de nuestra
política los cadáveres de tres prisioneros, fusilados a mansalva, sin
fórmula alguna de juicio, y con sorpresa de sus mismos compañeros de
victoria, atónitos al ver manchada su bandera y deshonrado su credo
político con el cadalso.
Debido a
semejante acto, la guerra civil se prolongó por bastante más de un año,
con circunstancias que la hicieron más cruenta; pues si vencido Ospina y
volcado el gobierno de la Confederación, no quedaban antiguos
generales que pudieran luchar con Mosquera, y éste tenía por auxiliares
a hombres de la talla de Santos Gutiérrez, y de las excelentes cualidades
de Joaquín Reyes, Santos Acosta, Solón Wilches, Payán y otros, también
tenía la dictadura de Mosquera que combatir en el sur a otro hombre de
temperamento no menos dictatorial que el suyo, de gran talento y audacia y
capaz de mucha resistencia; amén de lo que amenazaba allende la frontera
del Carchi.
La dictadura del
general Mosquera pesaba ya sobre la fracción radical o doctrinaria del
partido liberal triunfante, como un remordimiento y una vergüenza; y en
breve los radicales comprendieron que el único obstáculo para el
restablecimiento de la paz y la cesación de mil horrores, era la
dictadura, que el general Mosquera quería prolongar, eternizando la
necesidad de su mando militar. Por lo que se hicieron los más enérgicos
y multiplicados esfuerzos, primero para regularizar la situación con el Pacto
de Unión y un gobierno provisional, y luego, exigiendo la
convocatoria de una convención constituyente que consagrase de un modo
definitivo la victoria de la federación y del liberalismo doctrinario,
haciendo volver la República a una situación de paz y de legalidad.
Los males
físicos causados por la guerra civil eran inmensos. El país quedaba en
ruina, y el tesoro nacional cargado de deudas, sin crédito, y obligado a
cubrir luego todos los libramientos de las expropiaciones efectuadas por
los beligerantes, así como todos los compromisos que emanaban de la
necesidad de dar recompensas a los sacrificados y a los victoriosos. La
industria nacional había sido casi destruida, y el partido liberal, con
todas las ventajas del triunfo, iba sin embargo a tener que hacer frente a
las dificultades de un gobierno nacido de la fuerza de las armas y
establecido sobre ruinas y miserias de todo linaje.
Pero acaso la
mayor dificultad iba a encontrarse en los elementos mismos del partido
liberal, o sea en su exuberancia de fuerza. Por una parte, el partido
conservador había quedado tan aniquilado, que no iba a tener ni la
mínima representación en el cuerpo constituyente; de suerte que, no
habiendo quien hiciera oposición legal a los liberales, ya fuera ésta
parlamentaria o siquiera en la prensa, ellos tenían que fraccionarse, por
la fuerza de las cosas, para discutir y controvertir los intereses
públicos, haciéndose oposición a sí mismos. Por otra, la guerra, como
sucede siempre, había corrompido o maleado a muchos doctrinarios, ya
empequeñeciendo sus caracteres con las ásperas impresiones del odio, ya
pervirtiendo sus ideas con la fascinación de los triunfos alcanzados por
medio de la fuerza.
Así, al
reunirse la Convención de Rionegro, muchos hombres civiles se habían
militarizado; otros, con el contacto del general Mosquera, habían
adquirido tendencias dictatoriales y hábitos de obediencia al dictador,
que debían ablandar por extremo su antigua altivez republicana. Y al
propio tiempo, si a la sombra de Mosquera y bajo su protección se habían
levantado hasta la notoriedad a posiciones elevadas muchos liberales que
todo se lo debían, también había ganado enorme importancia el general
Santos Gutiérrez, figura descollante por el carácter, el valor y las
actitudes militares; el general López era más venerado que nunca por sus
eminentes servicios, y el radicalismo doctrinario contaba con muchos
nuevos jefes, como Salgar, Reyes, Wilches, Camargo, Payán, etc., y muchos
hombres eminentes en la política, tales como Ancízar, Arosemena, Zaldúa,
Parra, Núñez, Camacho Roldán, Santiago Pérez, Gómez, Zapata, Cuenca,
Januario Salgar y tantos otros.
Los elementos de
división eran, pues, tan numerosos como de fuerza irresistible; por lo
que no es de extrañar que el fraccionamiento de los liberales comenzara
desde antes de reunirse la Convención de Rionegro, y que una vez
instalada ésta, estallase en su seno la más viva competencia entre el
espíritu dictatorial y el doctrinario. Asombra, sin embargo, ver la
unanimidad casi constante que reinó en la Convención, al tratarse de
consignar en la nueva Constitución los más elementales principios del
derecho público que actualmente nos rige, y todos aquellos que tendían a
consolidar el triunfo definitivo de la federación; y se echa de ver que
en todos los convencionales había un fondo de convicción y de virtud
republicana, a pesar de las tendencias dictatoriales de muchos, puesto que
todos proclamaron aquellos principios que, como protectores del derecho,
habían de favorecer igualmente a liberales y conservadores.
La Constitución
de Rionegro tiene sus defectos, unos de falta de previsión, otros de
exceso de absolutismo doctrinario, y no pocos de concordancia; pero
estudiándola con ánimo desprevenido, se encuentran en ella, el sello
profundo de una filantropía sin reserva, y rasgos de una alta sabiduría
en lo tocante a la ponderación de las fuerzas constitutivas de los
poderes públicos.
¿Por qué,
pues, ha funcionado tan difícilmente la Constitución de 1863, y las
cuestiones de orden público no han podido ser zanjadas con ella de una
manera satisfactoria? El mal no está en la Constitución misma, que
ofrece todos los recursos necesarios para hallar honradamente soluciones
pacíficas y benéficas; ni tampoco en la federación misma, que es una
necesidad de nuestro modo de ser, que tiene en su apoyo la opinión casi
unánime del país, y que, bien comprendida y dirigida, puede ser fecunda
en grandes bienes y glorias para Colombia.
¿Dónde, pues,
ha residido el mal? El mal ha consistido en los actos mismos de nuestros
partidos, o sea en ciertos hechos sociales que han servido de punto
de partida al régimen constitucional inaugurado en 1863, a saber:
Primero, el modo
como la federación, combatida oficialmente por aquellos que desde 1857
tuvieron el deber de practicarla con lealtad, tuvo que pasar su infancia,
afianzarse como principio de gobierno y triunfar de toda resistencia,
aniquilando las formas de la legitimidad, cuando ella misma
trataba de mantenerse como regla constitucional.
Segundo, la
desmoralización producida en el partido liberal federalista, ya por haber
triunfado por medio de las armas, dejando así de ser en gran parte
doctrinario, ya por haber recibido en su sangre la inoculación del
elemento dictatorial que le trajo la alianza con el general Mosquera.
Tercero, el
completo aniquilamiento en que quedó el partido conservador en 1863, aún
más moral e intelectual que físico, que lo hizo desaparecer de la escena
pública en todos los Estados, excepto en el de Antioquia. Allí pudo
rehacerse en su totalidad, en 1864, y esto lo preservó de la política de
círculos. En casi todos los demás Estados, no hallando delante el
partido liberal a su competidor y adversario de siempre, dondequiera se
fraccionó en círculos; y esto explica las luchas intestinas por
las que han pasado todos, excepto Santander y Antioquia, desde 1864, y el
desbarajuste de su política, en lo general exenta de virtud, de respeto
por los principios, de honradez respecto del sufragio, de consecuencias en
los actos de los hombres, y de eficacia en la administración para
fecundar los elementos de progreso.
Cuando el
partido conservador comenzó a reaparecer, a abrirse nuevo camino y tratar
de pesar en la balanza política, solicitando los medios de recuperar algo
de la posición perdida, ya la política de círculos había calado
tan hondamente y héchose tan habitual entre los liberales de casi todos
los Estados, que no ha sido posible hasta ahora, ni aun delante de los
riesgos con que puede amenazar la actitud de los conservadores, que
aquellos reconstituyan, siquiera sea en cada Estado, y mucho menos en la
Unión entera, el gran
partido, que tan fuerte y
gloriosamente formaron en otro tiempo.
No: los
intereses de círculo, los resentimientos personales, las competencias de
predominio en el gobierno, y de provechos derivados de la política, han
reemplazado el espíritu generoso de otro tiempo; relegando las doctrinas,
el desinterés, la abnegación y las tradiciones de gloria común y de
comunes esfuerzos patrióticos, al triste mundo de las quimeras, o al más
triste aún, del olvido.
A presencia de
tan deplorable situación creada por el circulismo, sucesor del doctrinarismo
liberal, el partido conservador, que pudo sentirse tentado, en gran parte,
a aceptar resueltamente la federación y asociar su suerte con sinceridad
al elemento progresista, moderado y doctrinario del partido liberal, ha
comprendido que sus adversarios le hacían el juego; y dejando a un lado
toda veleidad de liberarse con la práctica pacífica de la federación,
ha visto claro que su más fácil tarea consistía en explotar la
división de los liberales en círculos hostiles entre sí. En Panamá y
Bolívar, en el Tolima y en el Cauca, en Santander y el Magdalena, en
Cundinamarca y Boyacá, toda la obra del partido conservador militante ha
consistido en excitar o exacerbar a aquellas divisiones, en poner su peso
y sus maniobras de un lado u otro, ya uniéndose a los radicales para
tumbar a Mosquera; ya ligándose con los dictatoriales del Tolima, por ver
de tumbar a Murillo primero y más tarde a Acosta; ya halagando a los
radicales en Cundinamarca para llegar al gobierno ejecutivo; ora
conspirando en el 68 para hacer caer a Gutiérrez, y reconstituyendo la
Liga, nada menos que con
Mosquera
mismo, para ganar
el poder nacional en 1870, en caso de impedir la elección de Salgar; ora,
en fin, formando nueva liga en 1873 con los caídos en el 67 y algunos de
aquellos que los tumbaron el 23 de mayo, para echar a tierra a la gran
masa liberal que hoy está en posesión del gobierno nacional;
apoderándose de paso, de los de Boyacá y el Cauca.
Y entretanto,
dos hechos patentes se han ido produciendo: por una parte, el partido
conservador se ha ido armando sin cesar en Antioquia y el Tolima, y
preparando sus fuerzas para cualquier eventualidad; por otra, su prensa
tradicionista, la más intransigente, la que no admite conciliación con
la república democrática, ni la libre discusión ni el progreso, ha ido
minando la opinión pública en Bogotá, Medellín y Popayán, en el
sentido de la reacción contra las instituciones que el país consagró en
1863, a costa de tan preciosa sangre y tan cruentos sacrificios.
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