ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA
VIII
Se comprenderá
que, al emprender este rápido estudio histórico-político, no hemos
querido, ni escribir una historia propiamente dicha, ni trazar un cuadro
de filosofía social. Lo primero requiere suma imparcialidad, gran
serenidad de espíritu, completo conocimiento de los hombres y de los
hechos, y que estos, por su distancia histórica, puedan ser claramente
apreciados y rectamente juzgados; y lo segundo, entrar en consideraciones
científicas que harían necesario un trabajo tan serio como reposado.
Ni tenemos los
elementos de una historia, ni un estudio científico de la
filosofía de nuestra política seria en la actualidad suficientemente
apreciado. Tampoco ha sido nuestro ánimo hacer reminiscencias
apasionadas, ni inculpaciones a ningún partido. Hemos querido bosquejar a
grandes trazos la monografía de los partidos nacionales, y consideramos
apenas los hechos capitales, como que son los más adecuados para lograr
nuestro objeto. Por tanto, haremos notar la situación de los partidos de
1858 al 62, indicando las causas determinantes de su conducta, y
prescindiremos de todo lo que pueda parecer vituperio para aquellos mismos
partidos.
Al ponerse en
práctica el régimen federal, los partidos se hallaron en breve
distribuidos así: el conservador, dueño del gobierno general y en plena
posesión de los Estados de Antioquia, Bolívar, Boyacá y Cundinamarca;
el radical, gobernando sin mayor oposición en el Magdalena y Santander;
en Panamá, donde las ideas no tenían muy marcado su camino, había una
situación ambigua entre liberales y conservadores; y el Cauca, Estado
relativamente formidable por su estructura, su extensión y el carácter
belicoso de sus habitantes, quedaba en manos del general Mosquera, quien,
llamándose jefe del "partido
nacional", de pura
fantasía, había logrado reunir en su apoyo a muchos liberales y
conservadores.
Desde luego
comenzaron las dificultades. El doctor Ospina, a pesar de su gran
capacidad, su aventajada ilustración y su experiencia de gobierno, era el
hombre menos adecuado para ejecutar la nueva Constitución federal y
gobernar con acierto la República. ¿Por qué? Porque no era ni podía
ser federalista; porque su espíritu, esencialmente reglamentario,
inflexible y antiliberal, bien que fuerte y profundo en su género, no
comprendía ni podía comprender la federación, gobierno de libre
iniciativa de los pueblos, de suma variedad en la unidad, y de un
mecanismo totalmente distinto de aquel que formaba el ideal del doctor
Ospina y había sido su instrumento de 1841 al 45.
El doctor Ospina,
sinceramente reaccionario, creyó impotente a su partido para luchar
frente a frente con el radicalismo, después de 1853, y consideró que,
existiendo con tanta fuerza lo que él llamaba el mal, no quedaba
otro medio de aniquilarlo, sino exacerbándolo o exagerándolo, hasta
lograr que sus excesos y malos resultados abrieran el camino a una
reacción saludable. Por eso, siendo enemigo de la federación, votó por
ella en 1856 y 57, y luego, como presidente de la Confederación,
en vez de aplicar sus talentos y prestigio a la práctica benéfica de las
instituciones federales, o de ceder el puesto a quien tuviera voluntad de
hacerlas fructificar lo mejor posible, lanzó a su partido en la vía de
la reacción; viéndose así en el predicamento de un guardián que
entrega las llaves de una casa a los que quieren asaltarla.
En breve
comenzaron las maniobras e insurrecciones contra los gobiernos de que
disponían los radicales y el general Mosquera. En el Magdalena se
insurreccionaban los conservadores en Riohacha, desde diciembre de 1858,
con el apoyo moral, oficial y privado, del gobierno de la Confederación.
En Santander, tres insurrecciones sucesivas, encabezadas por jefes y
empleados del gobierno nacional, fueron causa de los mayores desastres, en
1858 y 60. Y en el Cauca, armado con las armas de los parques nacionales,
un jefe también de la Confederación obrando en nombre del gobierno
nacional se rebeló apellidando la destitución del general Mosquera.
Poco necesitaba
este caudillo, hombre de grandes recursos y eminente por muchos títulos,
para ceder a la provocación, dejándose tentar por el doble anhelo de la
ambición y del despecho. Federalista de la víspera, literalmente, pues
sus ideas y antecedentes y su temperamento moral no le llamaban por ese
camino, no podía perdonar a los conservadores que le hubieran rechazado
su candidatura en 1856; y al verse también atacado en su presidencia del
Cauca, era natural que al punto aprovechara la ocasión que locamente le
ofrecían para buscar el desagravio.
Como acontece
cuandoquiera que hombres que tienen intereses análogos y tradiciones
comunes se sienten amenazados por un mismo peligro, radicales y liberales,
al verse dondequiera agredidos, olvidaron sus divisiones y discordancias
de los ocho años precedentes, y haciendo causa común se apercibieron a
la lucha. Hostilizados sin tregua en Santander y en el Magdalena, atacados
de frente en el Cauca, mal tratados en todas partes, particularmente en
Antioquia y Cundinamarca, y viendo en inminente peligro de ruina las
instituciones liberales, no vacilaron en unirse estrechamente y aceptar el
combate armado a que se veían provocados.
Pero sí, por su
número, su inteligencia, sus principios, su resolución y los elementos
con que contaban, se sentían bastante fuertes, faltábales sin embargo un
jefe militar de considerable prestigio, capaz de hacer frente al partido
conservador y desorganizarlo, sin suscitar celos o rivalidades de
influencia entre los liberales. Ni Santos Gutiérrez tenía entonces la
talla necesaria para representar aquel papel, que por otra parte requería
talentos políticos y una amplia mirada, de que aquel carecía; ni López,
ni Mendoza, ni Nieto (jefe improvisado y mucho más civil que militar), ni
ningún otro jefe liberal, tenían las condiciones necesarias para dirigir
la lucha. Mucho menos Obando, cuya caída de 1854 al 55 le había reducido
a la más completa nulidad política.
Los liberales
unidos comprendieron, con el seguro instinto de la necesidad del momento,
pero sin prever mucho las consecuencias lejanas, que el único jefe
posible era el general Mosquera No vacilaron pues en ofrecerle la
candidatura para la Presidencia de la Confederación en 1861, para lo cual
los conservadores, por su parte, escogieron en un principio al general
Herrán, federalista sincero y hombre
moderado, yerno del mismo
general Mosquera; y cuando fue preciso apelar a las armas, le dijeron sin
rodeos: "Tumbemos entrambos juntos al partido conservador y salvemos
la libertad y la federación; vos seréis nuestro jefe".
La proposición
fue aceptada, olvidando los que la hicieron y el que la aceptó, que
éste, durante casi toda su vida, había sido el más terrible enemigo de
aquellos. La política tiene de estas peripecias: en ocasiones engendra
los sucesos menos previstos o al parecer más imposibles.
Y en realidad,
si para tiempos bonancibles y de riguroso reinado de las leyes, el general
Mosquera había de ser el hombre menos adecuado para obrar como jefe del
partido liberal, era el que mejor le convenía al tratarse de una
revolución armada. Mosquera se sentía agraviado por los conservadores, y
era indomable en su ambición; tenía el temperamento dictatorial y un
espíritu prodigiosamente activo y abundante en recursos, como se necesita
para la guerra; y contaba con una formidable base de operaciones, puesto
que, gobernando el Cauca, podía simultáneamente procurarse recursos por
el Pacífico y el Atlántico, y al amenazar a los conservadores por
Antioquia y Cundinamarca, pues entonces hacía parte de este Estado lo que
hoy forma el del Tolima.
Sobre todo,
Mosquera tenía dos ventajas personales que ningún otro jefe podía
reunir: él sólo equivalía para los conservadores a un gran ejército.
Exagerada parece esta expresión pero es la verdad. Por una parte, casi
todos los jefes militares, desde generales hasta comandantes y aun simples
oficiales, con cuyos servicios podía contar el gobierno de la
Confederación (por ejemplo Espina, Diago, Briceño, Torres Ucrós, Moreno
y muchos otros que podíamos citar) había militado bajo las órdenes del
general Mosquera, y eran sus amigos personales y admiradores; y si bien es
cierto que, como hombres leales, no habían de hacer traición a su causa
por fidelidad personal a Mosquera, su ánimo no podía estar dispuesto a
hacerles tomar una actitud vehemente ni ejecutar grandes proezas contra su
antiguo jefe.
Por otra parte,
el general Mosquera tenía tal prestigio militar, por sus talentos, sus
numerosas y ruidosas campañas, y su conocimiento del país y de los
hombres, que los gobiernistas le reputaban poco menos que invencible;
creyendo que no había jefe alguno que poderle oponer con probabilidades
de triunfar de él, o de reducirle siquiera a un avenimiento. Así, al
quedar proclamado el general Mosquera como jefe de guerra del partido
liberal, la causa del gobierno nacional y de los conservadores quedó
sería y gravemente comprometida.
Encabezada la
insurrección conservadora en el Cauca por Carrillo, en nombre del
gobierno general, Mosquera llamó en apoyo a sus nuevos aliados, y en
breve desbarató la rebelión, merced al entusiasmo de los liberales y a
la abnegación con que el general Obando, al encabezarlos para la guerra,
se puso a las órdenes de su más acérrimo enemigo. Pero el gobierno del
doctor Ospina se apresuró a dar a la derrota de Carrillo las proporciones
de un desastre nacional, y en solicitud del desquite, envió de Antioquia
fuerzas sobre el Cauca, bajo el mando del general Posada.
Irresoluto y de
poco prestigio, pero talentoso y hábil, el general Posada era muy capaz,
si no para vencer a Mosquera por completo, a lo menos para detenerle en su
camino y obligarle a una transacción que pusiera término al conflicto.
Así lo probó en Manizales, donde, sosteniendo rudo combate y logrando
casi vencer a su adversario, obtuvo con singular habilidad la famosa esponsión
que dejó en suspenso las hostilidades. Conforme a los artículos de aquel
acto, Mosquera debía retirarse al Cauca, desarmar sus tropas y mantenerse
en paz, reconociendo la autoridad del gobierno nacional, mediante una
completa amnistía. Pero es fama que en un artículo secreto se estipuló
que el general Mosquera dejaría la presidencia del Cauca y se retiraría
a Europa, con una dotación que le suministraría el gobierno nacional.
Comoquiera que
fuese, si la esponsión de Manizales hubiera sido aprobada y cumplida, la
causa de los liberales habría quedado perdida sin remedio, y el general
Mosquera completamente anulado. Pero el doctor Ospina, cuyo inflexible
orgullo y falta de genio político habían de causar la ruina del partido
conservador, no entendía de esponsiones en guerra civil; no comprendía
que con rebeldes, como él llamaba a Mosquera y sus copartidarios,
pudiera haber tratados ni conciliación alguna; y creyendo que la
política era una cuestión de matemáticas, de órdenes dadas y
cumplidas, pretendía que le llevaran todos los rebeldes maniatados para
aplicarles el Código Penal, sin tener en cuenta la opinión, ni los
antecedentes, ni la conveniencia pública.
Dejó, pues,
como en el aire, la esponsión de Manizales, sin aprobarla ni
desaprobarla; mas se apresuró a organizar una división que, a órdenes
del general París, valiente, honrado y leal, pero conciliador y
paralizado por la desconfianza del gobierno y sus órdenes secretas,
debía atacar a Mosquera, dirigiéndose al corazón mismo del Cauca.
Mosquera se volvió a poner en armas, y en Segovia destruyó completamente
la división de París, sin que nadie pudiera detenerle después en su
marcha por el sur y occidente de Cundinamarca, erigidos poco después,
dictatorialmente, en Estado del Tolima.
Desde aquel
momento el triunfo de los federalistas fue inevitable. Si en el Cauca
Obando había puesto su espada del lado de la revolución, en el Tolima
arrojó López en la balanza su esclarecido nombre, símbolo de modesto
patriotismo desinterés, lealtad y abnegación; y Cuéllar en el bajo
Tolima; Plata, Justo Briceño y muchos otros en Cundinamarca; Nieto,
Riascos y otros jefes en el bajo Magdalena, y Santos Gutiérrez, Salgar,
Pradilla, Acosta y tantos otros en Santander y Boyacá, hicieron ver que
el movimiento era general, sumamente serio y decisivo, y por lo mismo,
irresistible.
Mosquera obró
con suma actividad, organizando un pacto de alianza entre Cauca, Tolima,
Bolívar y Santander, y la revolución fue obteniendo ventajas hasta
reducir al gobierno de la Confederación a sólo una parte de Cundinamarca;
y el doctor Ospina, obsecado por completo, marchó de desacierto en
desacierto. Ofendió cruelmente a Herrán, haciéndole destituir
súbitamente de la candidatura para la Presidencia, que reemplazó con
otra que para los liberales significaba la guerra a muerte; desconfió de
todos sus generales (Herrán, París, Espina, Posada, Buitrago, Briceño,
Riveros, etc.), imponiéndoles operaciones desastrosas y recelándose de
las aptitudes y lealtad de todos, y siempre inflexible en su orgullo de
magistrado, ni supo hacer nada bien y a tiempo, ni mantuvo unidad en su
acción, ni sacó provecho alguno de los grandes elementos con que
contaba.
Pero la opinión
estaba en contra suya, y su partido, colocado en situación ilógica y
falsa, ni tenía programa confesable, ni sentía el vigor y entusiasmo
necesarios para pelear con fe y alcanzar la victoria. Así, después de
tantos desaciertos, el doctor Ospina caía prisionero tristemente en una
escaramuza insignificante, al huir de Bogotá hacía Antioquia, y el
gobierno de hecho que le había reemplazado, después de sufrir
gravísimas derrotas en la altiplanicie del Funza, claudicaba
definitivamente vencido en la capital misma, el 18 de julio de 1861.
La Confederación
Granadina concluía en aquella fecha su triste y sangrienta vida de
poco más de tres años, y en su lugar quedaba la revolución triunfante,
que tenía por bandera la autonomía de los Estados; siendo por primera
vez destruido entre nosotros el principio de la legitimidad en el
gobierno. ¿Qué iba a surgir de aquella situación? ¿Qué suerte iban a
correr los partidos políticos? Vamos a verlo.
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