ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

LOS PARTIDOS EN COLOMBIA

 

VII

La Constitución de 1853, no sólo era radicalmente liberal, pues consagraba los más adelantados principios que la filosofía política puede proclamar, armonizando el gobierno de los pueblos por sí mismos, con la plenitud del derecho individual; sino que contenía en una disposición el germen de una revolución legal de grandes consecuencias. Si el ilustre Florentino González había hecho vanos esfuerzos como senador y como publicista, por hacer aceptar desde 1853 el régimen federal, no era por falta de opinión federalista que entonces se rechazaba tal reforma. Los liberales del círculo de Obando eran ya generalmente adversos a la federación, porque temían que con este nuevo régimen político perdiera el partido liberal las ventajas de la posesión del poder; pero casi todos los radicales eran federalistas, y tenían fe en los buenos resultados de tan radical reforma.

Sin embargo, hubo entonces necesidad de transigir, por combinaciones de mayorías, adoptando un término medio, en cuanto a la forma de gobierno, que consistía en crear desde luego una amplia descentralización, y permitir la creación parcial de Estados federales, por medio de simples leyes, en caso de que luego solicitasen algunas provincias el ser erigidas en Estados y gobernadas como tales. Tal disposición constitucional fue, como decimos, el germen de la federación de toda la República.

Se alegó para consignar en la Constitución aquel permiso dado al legislador, que las provincias del Istmo de Panamá podían necesitar una organización especial, en forma de Estado federal dependiente del gobierno nacional, a causa del semiaislamiento geográfico del Istmo, de su gran distancia respecto de la capital de la República, y de los intereses y las necesidades especiales, que hacía nacer allí el libre tráfico del mundo; y en efecto, al darse la autorización constitucional, pareció que sólo se tenía en cuenta el interés de las provincias del Istmo.

Los radicales comprendieron que no se podía pasar repentinamente de una centralización rigurosa como la que existía (creada desde 1843) a la cuasi independencia de los Estados en la federación; sino que, por una parte, convenía crear, con la descentralización, una escuela práctica de gobierno propio, y por otra, importaba no alarmar a los antifederalistas, con detrimento de las reformas que tendían a descentralizar el gobierno cuanto fuera posible.

Así, la federación, preparada en la opinión pública desde muchos años atrás, y oficialmente admitida como posible en 1853, fue una obra de ejecución paulatina, aparentemente dislocada, pero inevitable. En 1855 se expidió una ley creando el Estado federal de Panamá, a petición de las cuatro provincias en que estaba dividido al Istmo; y a su vez las tres provincias antioqueñas pidieron y obtuvieron que las cámaras por ley de 1856, formasen con ellas el Estado de Antioquia.

Desde aquel momento la situación de la República, compuesta de unas veintiséis Provincias y dos Estados, fue tan anómala, por la dualidad de régimen en el gobierno y la desigualdad de condición política de los pueblos, que se reconoció la imperiosa necesidad de extender la federación a todo el país, dando a la nación entera la armonía indispensable de instituciones, organización y movimiento político.

Quiso el Congreso proceder con entero conocimiento de las opiniones populares, en lo tocante a la forma federativa, con tanta mayor razón cuanto que la idea de la federación era rechazada como disociadora y propia para reducir el país a la impotencia, por una fracción considerable del partido liberal y el mayor número de los conservadores; por lo que se resolvió pedir a las legislaturas de las provincias un voto explícito respecto de la forma que debiera tener el gobierno de la República.

De las veintiséis provincias que la componían, aparte de los dos Estados recientemente creados, unas diecisiete, que contenían una población de más de 1.800.000 almas, pidieron la federación; unas cinco, con una población de 400.000 habitantes, se pronunciaron por la negativa, y cuatro, cuya población total no excedía de 200.000 habitantes, se abstuvieron de emitir opinión alguna. Con estos datos, el Congreso de 1857 no vaciló en acometer la federalización definitiva y completa del país, creando a más de los Estados de Panamá y Antioquia, los de Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena y Santander; sin que hubiera serías controversias en las cámaras, sino en lo tocante a la división territorial o la composición física de los Estados.

Aquella división no pudo ser más inconsulta, ni más contraria al interés permanente de los pueblos y a una sana previsión de las dificultades que habrían de sufrir tarde o temprano. Ni se creaba un Distrito federal para la residencia del gobierno nacional, ni se dejaban aparte para gobernarlos directamente con provecho, algunos vastos territorios que, por diversos motivos, requerían un régimen especial, tales como los de las regiones del oriente y el sudeste (Casanare, San Martín y Caquetá), las del bajo Atrato y el Darién, y la importante península de la Guajira; y en cuanto a los Estados, se creaba un número innecesario, y algunos quedaban sin suficientes elementos de desarrollo.

En efecto, el Cauca quedaba monstruosamente grande, abarcando la mitad del territorio de la República, desde las fronteras de Venezuela, del Brasil, del Perú y del Ecuador, hasta el seno del golfo de Urabá o la desembocadura del Atrato en el Atlántico, extendiéndose además sobre un inmenso litoral del Pacífico. Los Estados de Bolívar y el Magdalena, destinados a formar por largo tiempo uno solo, desde el Peñón y el Banco para abajo, sobre las dos márgenes del río hasta abarcar todo el litoral del Atlántico entre el golfo de Urabá y la Guajira, quedaban sin suficientes recursos, condenados a una especie de antagonismo artificial, y uno de ellos principalmente, el del Magdalena, en patente impotencia para gobernarse bien y prosperar, por escasez de población, riqueza y rentas. El de Santander debió quedar redondeado con la parte norte de Boyacá y toda la provincia de Ocaña; y el de Boyacá, sin salida propia sobre el Magdalena, y en su mayor parte pobre, debió quedar libre del territorio de Casanare, dueño de los ricos cantones que forman el norte de Cundinamarca, y con todo el territorio del cantón de Vélez, sobre la margen derecha del Magdalena.

¿De qué causas provinieron estos y otros graves defectos de que adoleció la primitiva organización federal de la República? De la composición que tuvo en el Congreso de 1857 la mayoría federalista. Los radicales y liberales no formaban mayoría por sí solos, y aun algunos de ellos como Miguel Samper, Ricardo de la Parra y Vicente Herrera, eran adversos a la idea de la federación. Pero había en el Congreso un núcleo de conservadores federalistas (todos los de Antioquia y algunos de la costa del Atlántico), y como su concurso era necesario para formar mayoría, y ellos hacían de la federación un recurso de partido y de intereses locales, sin descuidar por esto el interés general del partido conservador, dieron la ley en todo lo relativo a la división territorial, apoyados en este asunto por el voto de los conservadores centralistas.

El partido conservador acababa de triunfar en la campaña electoral, merced a la profunda división que reinaba entre las dos fracciones liberales. Propuesta por los radicales la candidatura del doctor Murillo para presidente de la República, en tanto que los conservadores unidos sostenían la del doctor Ospina, los liberales de mayor influencia (López, Obando, Plata, González y Cuéllar) hicieron tan cruda guerra al radicalismo, que contribuyeron eficazmente al triunfo de los conservadores. ¡Quién hubiera pensado entonces que, al obrar de aquel modo, tales ciudadanos preparaban, sin quererlo, los elementos de una guerra inevitable, y que luego, teniendo que pelear ellos mismos contra Ospina y su partido, habrían de sacrificar la vida de tres de ellos, aliados, por una parte, a su más acérrimo enemigo, el general Mosquera, y por otra, a los mismos radicales de quienes fueron adversarios de 1852 al 56!

Electo presidente el doctor Ospina, por el sufragio universal introducido por los radicales, y al favor de la oposición declarada a la candidatura Murillo por muchos liberales, el partido conservador recuperaba el poder por completo. Y con todo, los conservadores de Antioquia, antes que conservadores y antes que todo antioqueños, quisieron hacer de su Estado un pueblo aparte, una especie de Paraguay minero y medio israelita encerrado en el corazón de la República; poniéndolo a cubierto, en cuanto fuera posible, del contagio del radicalismo y de la acción de las instituciones liberales. Por eso se tornaron en federalistas, para asegurar en su propia tierra el ultraconservatismo, e introdujeron en su partido una división, verdadera dislocación, que le había de ser funesta. Pero también, por interés de partido, formando mayoría con los demás conservadores, hicieron de la división territorial un monstruo; creyendo dejar así medio seguros, al partido conservador, de dominar la generalidad de la República, y al doctor Ospina, de promover como presidente la reacción contra las instituciones liberales y los progresos del radicalismo.

De ahí los dos extraños fenómenos de anomalía social y dinámica política de que fue ejemplo la Nueva Granada en 1857. Por una parte, los conservadores, que acababan de triunfar con la elección de Ospina y tenían, como partido conservador, una pequeña mayoría en el Congreso, entregaban el fruto de su triunfo nacional a los azares de la federación, descentralizando así del todo el poder que habían ganado, pero queriendo asegurarlo por lo menos en Antioquia, Cundinamarca y Boyacá, y al propio tiempo desorganizar la obra del liberalismo realizada de 1849 al 53; y por otra, una República que, partiendo de la descentralización administrativa y llegando hasta la política y civil, se dividía en ocho Estados federales, pero se quedaba sin constitución, sin verdadero lazo de unión, pues el de la Carta fundamental de 1853 quedaba roto.

Sin embargo, la opinión nacional era tan decididamente federalista, y el país tenía tal necesidad de orden y tan pronunciado instinto de legalidad, que ni los conservadores pudieron impedir la federación, ni los radicales y liberales pensaron siquiera en desconocer la autoridad general del gobierno del doctor Ospina. El país siguió tácitamente sometido a la Constitución del 53, en cuanto podía ser aplicable al estado de federación, y el Congreso de 1858 reconstituyó pacíficamente la República, bajo el nombre y la forma de Confederación Granadina.

Pero si el doctor Ospina quedaba mandando; si su partido seguía en posesión del gobierno general; si los conservadores, apoyados por los gobernantes, ganaban luego las elecciones y quedaban dueños del campo en Antioquia, Boyacá, Cundinamarca, Bolívar y aun Panamá, no por eso habían consolidado su situación. Todo lo contrario. Al admitir la federación en 1857, y al contribuir a organizarla con la Constitución federal del 58 y las que hubieron de darse los Estados, consintieron, sin pensarlo ni quererlo, en su propia desorganización como partido; dieron medios seguros al liberalismo de mantenerse a despecho de toda reacción; reconocieron casi en su totalidad el programa radical, y firmaron implícitamente su abdicación, como partido nacional, condenándolo, o a obrar como rebelde, es decir anti-conservador, o a labrar su propia ruina al conservar lealmente las libres instituciones de la federación.

En política, es una verdad demostrada que todo partido que abdica, arriando su bandera y aceptando las armas y el terreno de su adversario, se suicida; porque pierde su razón de ser y se desorganiza, y para los partidos toda la vida está en su razón de ser o principio de justicia, y toda la fuerza, en su organización y su lógica de programa y acción. Si al constituirse el país en Estados federales el conservatismo podía subsistir o hacerse sentir por medio de la legislación civil y penal, fiscal y de policía, de las restricciones que se impusieran al sufragio y al régimen municipal, y de la organización que se diera a los poderes públicos, también es cierto que la federación era por sí sola el testimonio más patente del triunfo de la soberanía popular o de la idea democrática; en tanto que en la Constitución federal quedaban consignados ciertos principios comunes de derecho público que en lo sucesivo habían de ser el santuario de nuestra vida republicana.

En cuanto al partido liberal, éste, aún fraccionado todavía, quedaba más fuerte, moralmente, que el conservador. ¿Por qué? Porque le quedaba su programa, es decir, su razón de ser, y su bandera. Su bandera natural era el sostenimiento de la federación o de la autonomía de los Estados; su programa o credo, el desarrollo indefinido de las libertades y los progresos consiguientes a las garantías individuales y políticas que la Constitución de 1858 dejaba consagradas.

Regreso al índice

Siguiente