ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA
VI
Cuando un
partido político se fracciona, el hecho proviene, o de circunstancias
pasajeras, las más veces puramente personales, o de una diferencia
sustancial de convicciones o principios entre las fracciones antagonistas.
En el primer caso, la división cesa de suyo tan luego como desaparecen o
pierden su importancia los personajes cuya competencia de influencias ha
ocasionado la perturbación de las antiguas relaciones, y no es difícil
allanar las dificultades de la política. En el segundo, el germen del
antagonismo reside en hechos y tendencias sociales que a nadie es dado
extirpar prontamente, y bajo las apariencias de una lucha de ambiciones
enemigas se disputan el campo principios tan inconciliables por su
naturaleza, como por su modo de obrar.
Acontece
entonces que, por una fuerza de reacción inevitable y de pasiones
sobreexcitadas, aquellos que en antes habían formado un solo partido, se
miran y tratan luego, al figurar como adversarios, como los peores
enemigos. Cada bando o fracción hace de su predominio un punto de honor,
y busca por todos los medios posibles, la satisfacción de sus agravios o
el triunfo de su causa política; sin que unos y otros caigan en la
cuenta, al hostilizarse, de la victoria que preparan al común adversario
de otro tiempo.
Tal sucedió en
1853 con el partido liberal. Los viejos liberales, los hombres de partido,
se sintieron humillados con los brillantes triunfos que obtuvo el
radicalismo, tan joven como era e inexperimentado en la política;
triunfos patentizados por la Constitución de 1853, la más liberal y
descentralizadora que el país hubiera conocido, y con numerosas leyes que
desde 1850 habían venido produciendo en toda la legislación los más
profundos cambiamientos.
A medida que el
radicalismo había ido ganando amplía esfera de acción, tanto en la
conciencia popular como en las instituciones, había ido también
depurándose y disciplinándose: lo primero, porque la discusión y la
lógica probaban que toda veleidad o teoría socialista, nacida
únicamente de la exageración del sentimiento filantrópico, era
incompatible con el verdadero liberalismo, cuya síntesis consistía en la
noción del derecho individual y de una espontánea y libre iniciativa de
todos los ciudadanos; y lo segundo, porque la intervención en el manejo
de las cosas públicas iba madurando el espíritu juvenil y la ardorosa
confianza de los radicales, y mostrándoles que hay en la política o los
hechos sociales dificultades que sólo el tiempo puede vencer, y que
patentizan la imposibilidad de someter los fenómenos del gobierno al
rigor matemático de los números o a la inflexible rigidez de las
teorías científicas.
El radicalismo
triunfó no sólo en el Congreso de 1853, sino también en el mayor
número de las legislaturas que en aquel año eligieron las provincias, y
en las constituciones municipales que aquellas expidieron; siendo de
notarse que las ideas radicales habían calado principalmente en las
provincias del Norte, en las de la costa del Atlántico y en las riberas
del Cauca. Pero también se vio desde temprano que, sí por una parte el
radicalismo triunfaba en las instituciones, se organizaba en muchas
provincias posesionándose del gobierno local, se depuraba despojándose
de ciertas exageraciones y de toda tendencia socialista, y se preparaba,
mediante las elecciones, una posición preponderante en el Congreso de
1854, por el contrarío aglomeraba sobre su cabeza odios ardientes de uno
y otro lado, y tropezaba desde luego con la violenta hostilidad de los
"liberales", llamados entonces "draconianos" por su
adhesión a la pena de muerte y otras antiguas instituciones; hostilidad
que, sostenida con todo el poder oficial, había de conducir no muy tarde
a un rompimiento armado y no poco sangriento y desastroso.
Diversos
episodios de 1853 patentizaron en Bogotá que la principal fuerza de los
liberales, encabezados por el presidente Obando, se componía del
ejército y de los artesanos, estos organizados en sociedad democrática,
y aquellos resueltos a sostener las instituciones militares y más o menos
apercibidos para la lucha; en tanto que la fuerza de los radicales se
hallaba en la juventud, tan elocuente en la tribuna como briosa y
emprendedora por medio de la prensa.
Extraño, muy
extraño nos parece hoy el rudo antagonismo que medió en 1853 y 54 entre
los artesanos y la juventud; antagonismo que, por fortuna, cesó
completamente desde 1859 o 60. Su causa era la misma: la libertad
democrática, la regeneración del país en todo sentido; y nadie
defendía con mas calor que los radicales el interés político y social
de las masas populares. Sin embargo, se detestaban recíprocamente gólgotas
y democráticos, cual
si sus principios e intereses fueran
incompatibles o inconciliables.
Al instalarse el
Congreso de 1854, se vio patentemente que los dos partidos originados del
viejo liberalismo se preparaban resueltamente para disputarse el campo de
la política: los liberales, dueños del gobierno general, del ejército y
de las "democráticas" de Bogotá, el Cauca y varias ciudades; y
los radicales, fuertes en la prensa, casi en mayoría en el Congreso y
dueños del gobierno municipal de muchas provincias.
Cuestiones
relativas al ejército y al Colegio militar, a la interpretación de
algunos artículos constitucionales, y a la política ministerial,
exacerbaron en breve el antagonismo: siendo de notar que los radicales
tenían que hacer frente, al propio tiempo, a las maniobras del partido
conservador, fruto de una inveterada incompatibilidad de hombres,
tradiciones y principios, y a la guerra parlamentaria, oficial y
tipográfica de los ministeriales.
Preparados
Obando, el ejército y los gobiernistas para la lucha, y mostrándose los
radicales resueltos a arrostrar todo peligro, el rompimiento podía
producirse el día menos pensado, bien que todos lo veíamos cada vez más
próximo. Un día, moroso Obando todavía en declararse, porque él era
sinceramente republicano y muy poco adicto a los golpes de Estado, en
términos de pensar más en defenderse que en atacar, una circunstancia
personal precipitó los acontecimientos. El general José María Melo,
hombre admirablemente propio para disciplinar tropas, pero ignorante, sin
talentos, inepto del todo para la política y sin prestigio alguno fuera
del círculo gobiernista de Bogotá, había cometido, ejerciendo la
comandancia del ejército, un grave abuso de autoridad, dando muerte una
noche, en estado de embriaguez y sin voluntad alguna ni premeditación, a
un cabo del escuadrón en cuyo cuartel vivía. Levantóse el sumario por
la autoridad civil, y el 15 de abril de 1854, una vez comprobado el
homicidio, estuvo listo en borrador el auto que el juez iba a dictar,
declarando haber lugar a formación de causa.
Súpolo Melo,
conferenció con Obando y otros personajes del gobierno y de su partido, y
no hallando gran disposición en aquel para encabezar inmediatamente
una revolución y proclamar su propia dictadura, en reemplazo de su
autoridad constitucional, resolvió efectuar el movimiento por su cuenta y
riesgo. Tal fue la causa inmediata de la rebelión militar del 17
de abril, consumada por el comandante general y el ejército, con el
consejo de muchos personajes ministeriales y con el apoyo entusiasta y
sincero de los artesanos, para quienes el movimiento era una evolución
patriótica y favorable a la libertad.
Con tan extraña
insurrección de origen oficial, Obando pasaba, de presidente
constitucional que era, a ser el prisionero aparente del comandante
general del ejército en que se apoyaba. Melo se convertía en un dictador
adocenado y estúpido, evitando el banco de los acusados para ocupar el
bufete de un gobierno desordenado, efímero y de campamentos; y los
radicales y los conservadores, de enemigos mortales que habían sido hasta
el 16 de abril, tenían el 17, casi por igual perseguidos, que hacer causa
común y unir sus fuerzas, junto con algunos liberales incontrastablemente
patriotas y leales, como el ilustre López, como el talentoso y malogrado
Plata, como el desgraciado Matéus (Antonio), para defender la causa
constitucional y dar en tierra con el militarismo y la dictadura.
El choque fue
violento y la lucha se prolongó mucho más de lo que era de esperar, ya
por inexperiencia de los radicales en el norte, sobrado impacientes por
vencer y demasiado confiados en su actividad e intrepidez, ya por las
reciprocas desconfianzas que reinaban en el ejército del sur, mandado por
López y París, ante adversarios, y compuesto de jefes y cuerpos en que
figuraban confundidos a miles los conservadores, los radicales y los
liberales fieles a la Constitución y adversos a las dictaduras.
Pero en tanto
que todos combatíamos, los conservadores no perdieron el tiempo para la
política futura: prestaron mucha atención a la elección popular de
vicepresidente de la República, verificada en plena guerra civil, y la
ganaron casi sin disputa, obteniendo la mayoría el doctor Manuel María
Mallarino, candidato conservador; triunfo de mucha importancia para este
partido, toda vez que se consideraba infalible la destitución del
presidente Obando, el día que el Congreso se reuniera para juzgarle.
En efecto, la
triple coalición de radicales, conservadores y liberales no melistas,
triunfó definitivamente en Bogotá, el 4 de diciembre de 1854, habiendo
figurado en las campañas, radicales como Herrera, Franco, Matéus
(Ramón), Mendoza, Justo Briceño, Vanegas y Santos Gutiérrez, que
después había de hacer un gran papel; liberales como López y Plata, de
primera importancia, y conservadores como Herrán, Mosquera, París,
Arboleda, Briceño (Emigdio), Posada, Henao, Giraldo y tantos otros
notables. El Congreso se reunió en febrero de 1855, declaró electo
vicepresidente a Mallarino, juzgó y destituyó a Obando; y de esta suerte
el partido conservador pudo considerarse restituido a la posesión del
poder. Así, la división del partido liberal, ocasionada tanto por las
tendencias reaccionarias de los antiguos liberales, como por la
exageración de espíritu reformista de los radicales, facilitó la vuelta
de los conservadores al gobierno de la República, sin que estos debieran
su triunfo a una verdadera mayoría numérica.
Pero el triunfo
del partido conservador con Mallarino, estuvo muy lejos de ser completo.
Mallarino, hombre vehemente y exaltado, cuando se hallaba en la
oposición, era singularmente moderado cuando tenía sobre sí la
responsabilidad del gobierno. ¿Por qué? Su temperamento sicofísico y
moral y la índole de su capacidad y de su educación lo explican.
Sumamente nervioso e impresionable, estudioso por extremo, galante en su
decir, en su estilo y sus maneras, y muy celoso por la corrección en las
formas, tenía el espíritu muy noblemente cultivado, era más literato y
sabio que político, más orador que hombre de partido, y le dominaba un
alto sentimiento de justicia y de benevolencia. No era pues hombre
adecuado para prohijar las pasiones violentas que de ordinario
caracterizan a los partidos; no tenía instintos agresivos ni espíritu de
dominación, y se complacía mucho más viviendo en las regiones serenas
del pensamiento, cultivando los clásicos latinos, resolviendo problemas
de matemáticas y manteniendo el ameno y grato comercio de las relaciones
sociales, que prestando sería atención a las inquietudes y luchas
envenenadas de la política militante.
De ahí el
carácter político de Mallarino, tan respetable y simpático aun para sus
mismos adversarios: más que un político de acción, era un conservador
doctrinario, temeroso de la libertad demasiado amplía, pero amigo del
progreso y muy sinceramente republicano: era, en suma, un pensador
filósofo, de corazón benévolo y espíritu lleno de erudición y de
cultura. Un hombre de este linaje no podía ser violento ni extremoso al
gobernar; mayormente cuando la situación de paz que iba a conducir como
jefe del gobierno, era obra de una alianza ocasional entre radicales,
conservadores y liberales.
Así la
administración Mallarino fue profundamente conciliadora y moderada,
caracterizándose desde un principio con la reunión de hombres que
representaban diversos elementos políticos: Pombo, un hombre
profundamente honrado, sabio y bondadoso, que reunía a una laboriosidad y
una tendencia administrativa muy conservadoras, un espíritu de progreso y
una confianza ingenua enteramente radicales; Plata, hombre de fuerte
cabeza, carácter reposado y gran conocimiento de los negocios y los
hombres, que representaba el viejo liberalismo y la solidez del pueblo o
tipo santandereano; Cárdenas (Vicente), conservador muy decidido y de la
escuela intransigente, pero de precedentes honrosos, afable y moderado en
su trato, de muy notable capacidad y entendido en el manejo de los
negocios públicos; y por último, Rafael Núñez, joven de carácter
apacible que reunía en su admirable espíritu, a la exquisita
sensibilidad de una naturaleza suave y amante, la fe y las altas
concepciones del poeta, la mesurada compostura del pensador y escritor
estudioso, y la penetración y solidez de juicio del hombre de Estado.
Bajo la
influencia benéfica de la administración Mallarino, se consolidó la paz
general, recuperando el país, en gran parte, las fuerzas perdidas durante
la guerra civil de 1854; se restableció la regularidad en las prácticas
de gobierno y administración; se puso tranquilamente a prueba la
Constitución del 53, patentizándose que nuestra sociedad estaba ya
generalmente madura para aceptar y hacer efectivas las grandes reformas
adoptadas; la opinión pública pudo poner de manifiesto sus tendencias
con entera libertad de discusión y acción; y los partidos políticos
tornaron a medir sus fuerzas y desarrollarlas por completo, definiéndose
claramente sus respectivas aspiraciones.
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