ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

LOS PARTIDOS EN COLOMBIA

IV

De los cuatro años que duró la administración del doctor Márquez, puede decirse que los dos primeros los gastó en temer la agresión del partido liberal y prepararse como pudo para la lucha, y los dos restantes en sostenerla por medio de las armas; marcando su existencia con los rasgos patentes de una contradicción política entre el jefe del gobierno, recién convertido al conservatismo, poco adicto a la violencia y hombre de tendencias civiles por su carácter, su educación y sus antecedentes, y los más notables copartidarios que le rodeaban. Algunos entre estos, dictatoriales o tradicionistas, se sentían inclinados a hacer prevalecer una política violenta, sanguinaria y perseguidora; pero todavía el elemento civil y moderado, representado por Pombo, Ordóñez, Cuervo, Acosta, Acevedo y otros antiguos liberales, tenía bastante ascendiente para contener el desborde reaccionario de las más intolerantes fracciones componentes del partido conservador.

No alcanzó el doctor Márquez a reprimir o vencer la revolución, y sólo su sucesor, el general Herrán, logró afianzar su autoridad, hacia fines de 1841, con una victoria decisiva. ¿Bajo qué auspicios aseguraba su poder por entonces el partido conservador? El general Herrán, tan valientemente sereno en los combates como modesto en el gobierno y en su porte privado, era, no lo dudamos hoy, un hombre de sanas intenciones, y a pesar de algunas faltas y debilidades, anteriores y posteriores, el curso de su vida pública patentizó después que era patriota, y que tan sincero había sido en su bolivianismo de otros tiempos, como había de serlo durante los diez últimos años de su existencia, en sus convicciones decididamente federalistas y sus propósitos conciliadores.

Pero al formar su ministerio, si bien tuvo a su lado a un antiguo liberal como Cuervo, a unos republicanos progresistas como Acosta y Acevedo, y otros hombres moderados y más o menos accesibles, también puso su administración bajo la influencia decisiva y perniciosa del doctor Mariano Ospina, hombre de grandes facultades que, pasando de septembrista que había sido en 1828, a conservador intransigente en 1841, venía a ser la más notable personificación del espíritu reaccionario y tradicionista.

Si el doctor Ospina no hubiera figurado en la política; si sólo se hubiera dedicado a las ciencias, la jurisprudencia, el profesorado y las letras, hoy sería tal vez el hombre más venerado en Colombia, por su consumado saber, su eminente capacidad y su juicio penetrante y profundo. Pero estas grandes facultades son neutralizadas por la pasión política, cuando la mente es obsecada por los inflexibles propósitos de una actividad sistemática que quiere imponerse a todo trance y resiste a todas las exigencias del tiempo.

Una vez que el doctor Ospina se penetró de la errónea idea de que el mal de nuestras sociedades estaba en el desenvolvimiento de la libertad democrática, y que era preciso combatirla a todo trance, tenía que emprender una lucha sin tregua contra la corriente de los hechos y la lógica del tiempo y de la vida misma de la República; lucha en que no pocas veces habría de estrellarse aun contra hombres notables y masas de su propio partido, hasta caer, arrollado por la fuerza de los acontecimientos, y arrastrar en su caída al partido conservador entero.

Ello fue que la reacción tradicionista emprendió su marcha en 1841 a velas desplegadas, llevando los excesos de su obra hasta donde era humanamente posible. Apenas si respetó la República, por ser esto de forzosa necesidad; pero la redujo al nombre y a la forma, dando al poder público una fuerza exuberante y desmedida que debía causar un manifiesto desequilibrio en el gran juego de que depende la regularidad en la vida política de los pueblos: el de la libertad y la autoridad de la acción legal colectiva y de la acción individual espontánea.

La reacción fue como el hombre que la personificaba: muy inteligente, pero sin fecundidad, porque la inteligencia es estéril sin la generosidad; previsora con exceso, porque la guiaba la previsión sistemática de corta y estrecha vista, no la gran previsión que se fortalece con la fe en los eternos y universales principios de justicia, inseparables de la benevolencia y del respeto por la conciencia humana. Fue una reacción orgullosa, inflexible, intransigente y de una pieza, que aspiraba a sojuzgarlo todo, y era por lo mismo, incapaz de cejar ante ninguna circunstancia; reacción que debía sucumbir bajo su propio peso, como toda fuerza ciega que carece de elasticidad o de resorte.

La ruina le vino de sus propios elementos y sus propios excesos. Tenía que claudicar el día que le faltara para sostenerse el brazo inflexible de su jefe y organizador. Bien que el partido liberal acababa de perder en 1844 a su más eminente prohombre civil, el ilustre Azuero, y que su jefe militar continuaba proscrito y perseguido aun en tierra extranjera por la diplomacia de la reacción, hizo un esfuerzo para hacer sentir su fuerza moral y numérica y recuperar su influencia y buscó en la campaña electoral la posibilidad de triunfo que se le ofrecía.

Entre los tres candidatos conservadores propuestos para la Presidencia de 1845, Cuervo era el escogido por el elemento tradicionista que figuraba entre los ministeriales; el general Mosquera representaba las aspiraciones del elemento militar; y el general Eusebio Borrero tenía apenas el apoyo de unos pocos conservadores de oposición, como Arboleda, que trataban de sacudir la autoridad o la influencia del doctor Ospina. El partido liberal adoptó resueltamente la candidatura Borrero, y si perdió la batalla electoral, patentizó a lo menos con su fuerte número, su actividad y energía, que era capaz de defender sus derechos y tenía motivos legítimos para esperar una victoria no muy remota.

Electo el general Mosquera, su carácter, sus antecedentes, su intemperancia de mando y de fusilamientos, su odio inveterado respecto de Obando, y sus veleidades dictatoriales, hicieron temer que su administración sería perseguidora y violenta. Y sin embargo, fue todo lo contrario: no sólo fue liberal, generosa y conciliadora bajo muchos respectos, sino que en lo general se mostró grandemente reformadora y progresista, tolerante en muchos casos y anhelosa por regenerar el país.

La administración Mosquera trajo consigo la desorganización del partido ministerial, bien que, ¡circunstancia curiosa! fue por inspiración de su jefe que un periódico cuervista, El Progreso, bautizó con el nombre de conservador, emprestado a un partido francés, al que entre nosotros lo ha llevado desde 1848.

No se compone impunemente un partido con elementos discordantes, aunque de aparente analogía; ni impunemente los partidos políticos ponen su suerte en manos de caudillos de poderoso ascendiente, haciendo consistir su mayor fuerza en el prestigio que estos tengan. Bien considerada la naturaleza de las cosas, los elementos tradicionista y dictatorial o militar, son antagonistas; pues si el primero se apoya en la autoridad de la tradición y de los viejos hábitos, y de ordinario busca arrimo a la sombra de la Iglesia o de la influencia clerical, siendo radicalmente quietista, el segundo, voluntarioso de suyo, dominado por impulsos súbitos, solícito de popularidad y ambicioso, cuenta demasiado con la fuerza de las armas, opone al prestigio de la religión y de los hábitos el de las victorias y el valor, es poco o nada respetuoso por la ley, está siempre dispuesto a jugar su suerte en un golpe de Estado, a estilo de las sorpresas o golpes de mano tan comunes en las campañas, y se aviene poco, por educación, con el espíritu religioso (sincero o supuesto) que da su mayor fuerza a los tradicionistas.

A más de estas circunstancias generales, el carácter y los antecedentes del general Mosquera le predisponían a la rebelión contra la disciplina del partido conservador, y particularmente de la fracción tradicionista. Si el doctor Ospina obraba como una lima sorda, el general Mosquera funcionaba como una espada; y los dos instrumentos no pueden trabajar juntamente ni armonizar sus efectos. El general Mosquera, amigo del boato y de los efectos ruidosos, anheloso de renombre, despreocupado hasta la incredulidad, vanidoso en sus actos de generosidad, como en los de violencia, incapaz de someterse por su temperamento esencialmente dictatorial, a ninguna influencia ni autoridad superior, ni de tolerar que otro poder moral le rivalizara; el general Mosquera, más propio para gobernar a la Bolívar que a estilo jesuítico, no podía ser el hombre que los reaccionarios necesitaban para mantenerse en el poder por mucho tiempo. Inquieto de genio, y tan deseoso de popularidad como de hacerse perdonar unos desmanes de que habían sido víctimas muchos liberales, su camino natural era el de las grandes reformas, del movimiento y del progreso; y con esta política tenía que minar completamente y hacer derrumbar el edificio levantado por los reaccionarios.

Desde temprano el presidente Mosquera emprendió la reforma de casi todos los ramos de la administración, en un sentido notoriamente liberal y progresista; y en breve al sentir las resistencias que los viejos conservadores le oponían, se le vio sacudir el freno con que probaban a sujetarle sus copartidarios.

No tardó en ir separando de su lado a los más recalcitrantes, dejando consigo a algunos de los más ilustrados y progresistas, como Pombo y Mallarino, al propio tiempo que solicitaba la cooperación de liberales tan adelantados como el doctor Florentino González.

Así, cuando en 1848 se abrió la nueva campaña electoral, el liberalismo había cobrado tanto aliento, que pudo emprender la lucha con un candidato propio, trazándole su programa, medir sus fuerzas contra tres fracciones adversas, y ganar la victoria. No sólo el general Mosquera había desorganizado al partido conservador con su política reformadora, haciendo ver al pueblo que el progreso tenía el apoyo de la administración, sino que paladinamente hablaba contra los tradicionistas, a quienes llamaba los beatos camanduleros y rabilargos o cuando menos pelucones, y se esforzaba por crear un nuevo partido, que denominaba nacional, compuesto de conservadores progresistas y liberales moderados.

De ahí la división que se introdujo en las filas conservadoras. Los conservadores más moderados, en lo general pero descontentos con la política del general Mosquera, escogieron como candidato para la Presidencia a un enemigo personal de éste, antiguo boliviano y jurisconsulto muy notable: el doctor José Joaquín Gori. Los tradicionistas o recalcitrantes, intransigentes con la libertad y el progreso, adoptaron como candidato al doctor Cuervo, esperando recuperar el terreno perdido durante la administración Mosquera. Por último, los pocos ministeriales que quedaban (pues aquella administración acabó por despopularizarse de un modo patente) personificaron en el doctor González su aspiración a constituir el consabido partido nacional de problemática vida y que nunca llegó a tener alma ni cuerpo.

A los tres candidatos mencionados, el partido liberal opuso uno solo: el general José Hilario López; el que en 1828 se había encarado en Popayán contra la dictadura de Bolívar; el que en 1831 había salvado la República, encabezando la reacción liberal contra la dictadura de Urdaneta. Y López, que en las elecciones populares obtuvo por sí solo mayor número de votos que los de Cuervo y Gori reunidos, faltándole muy pocos para alcanzar la mayoría absoluta, y con ésta la elección popular, logró el triunfo en la memorable sesión del 7 de marzo de 1849, debido a la firmeza de los liberales, al entusiasmo popular, a la adhesión de algunos partidarios de Gori, derrotados en el primer escrutinio del Congreso, y a la actitud del general Mosquera, como presidente que iba a cesar en sus funciones.

Mucho clamaron los vencidos contra la elección (y no los goristas ni los gonzalistas, sino solamente los cuervistas), alegando que había sido el resultado de una coacción; pero los hechos materiales y morales destruían tal alegación, inventada sólo para cohonestar una violenta oposición preconstituida y una futura insurrección predicada con ahínco desde que el general López se posesionó de la Presidencia. Ni el Congreso de 1849 alegó cosa alguna, en las muchas ocasiones en que pudo hacerlo, contra el carácter constitucional de la elección; ni el presidente saliente admitió la idea de la coacción, puesto que el mismo día 7 de marzo reconoció la incuestionable validez de la elección, y poco después entregó el mando al general López con protestas explícitas de acatamiento y de respeto.

Así volvía el partido liberal al poder, después de doce años de infortunios, pruebas y desastres, y de una situación de inferioridad que sólo había sido algo suavizada durante la progresista administración del general Mosquera, en los años de 1846 a 49. La marcha de la República iba a variar muy notablemente, y los papeles de nuestros partidos quedaban cambiados.

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