ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA
II
El gobierno del
virreinato era la representación o encarnación de todo un sistema
político, que podía condensarse en estas ideas cardinales: exclusión
absoluta de los criollos, de intervención en el gobierno; concentración
completa de la autoridad pública, conforme a la lógica del despotismo;
régimen feudal respecto de la propiedad raíz y de las muchedumbres,
mantenido por medio de los mayorazgos, los restos de encomiendas,
las manos
muertas, los conventos, la esclavitud
y los resguardos
de
indígenas; íntima alianza del
Estado y la Iglesia, con absoluta prohibición de otros cultos distintos
del católico; clausura comercial, respecto de las producciones no
españolas, con el consiguiente monopolio del comercio, y la prohibición
de producir en el Virreinato aquellos frutos que pudieran competir con los
españoles; régimen de administración de justicia basado en el monopolio
de las profesiones forenses, en el secreto de los procedimientos, en el
carácter político del poder judicial, y en una excesiva y formidable
severidad de penas; régimen fiscal basado en todo linaje de monopolios y
restricciones, y en innumerables impuestos, tan vejatorios como mal
distribuidos; y, en fin, secuestración intelectual de los pueblos,
mediante un sistema de instrucción monacal, o muy limitada, o calculada
de cierto
modo, y la prohibición de libros y periódicos
que no tuvieran el pase de la autoridad.
Al estallar la
guerra de la Independencia, el elemento criollo se puso, casi en su
totalidad, del lado de la Revolución, que significaba para unos
simplemente Independencia, y para otros mucho más: República;
es decir, gobierno del derecho
popular, de libertad y
de progreso. El elemento peninsular, llamado por los
patriotas godo, cuyo poder era desconocido y protestado por los
independientes, sostuvo a todo trance, como era natural, la causa de la Metrópoli
de la tradición, del despotismo existente: esos eran los tradicionistas
o feudalistas de aquel tiempo. La masa popular, ignorante y estúpida como
era, sirvió para sostener una y otra causa, con mayor o menor eficacia,
según el empuje de cada partido, el temperamento de las poblaciones y la
suerte de las armas contrarias.
Mientras sólo
estuvo en tela de juicio la causa de la Independencia, el partido que la
sostenía obró en masa; pero una vez que se trató de fundar la República,
y con ella el régimen de una amplísima descentralización, la idea
española o colonial reapareció, patentizándose en la lucha de
Cundinamarca contra las Provincias
Unidas, representadas por
el Congreso de Tunja y Villa de Leiva; lucha desastrosa para la causa
republicana, por lo pronto, pero que a lo menos sirvió de escuela y
crisol a los republicanos.
Triunfante
definitivamente la República en 1819, y consagrada en 1821 por la
Constitución de Cúcuta, ya no era posible que el elemento peninsular o
tradicionista mostrara sus primitivas aspiraciones. Tenía que resignarse
a sufrir la Independencia y la República, como hechos
consumados e irrevocables; pero no podía conformarse con la democracia,
la libertad y la igualdad que surgían de la revolución
como consecuencias necesarias y de rigurosa lógica. Y aunque ya no podía
exhibirse como un cuerpo homogéneo por su personal, quedábale una
comunidad de intereses y de preocupaciones o tradiciones
que le servia de base para reconstituirse.
¿De qué
fuerzas parciales se componía aquella masa que hemos llamado el elemento
peninsular o tradicionista? Componíase, en primer lugar, de todos los
hombres que, patriotas o godos, debían su posición a las
instituciones y tradiciones del régimen colonial, políticamente
vencido,
mas no sustancialmente
desarraigado; y en segundo, de
aquellos que, elevados por la revolución a cierta importancia militar,
habían llegado a tal grado de ensimismamiento de clase, que, apoyándose
en el fuero y en el prestigio de la fuerza, sentíanse con
ánimo para aspirar a sustituirse, en la República, a los que
habían ejercido el poder en la Colonia.
Así, el
elemento tradicionista se compuso: de aquellos que, jactándose de
ser nobles, o a lo menos hidalgos titulados (ya que no de
carácter) no podían tolerar la idea de la igualdad con la canalla,
como llamaban al pueblo, ni conformarse con unas instituciones
radicalmente distintas de las tradicionales;
de los
propietarios de esclavos;
de los hombres
acaudalados que, acostumbrados al antiguo régimen de impuestos, no
consentían en que se implantara otro, fundado en la justicia, que les
gravara con algunas contribuciones para el sostenimiento del gobierno que
había de darles seguridad y garantías;
de la gran masa
del clero, de los curiales y de los profesores titulados, favorecidos por
las manos muertas, la unión de la Iglesia y el Estado, la intolerancia
religiosa, los privilegios profesionales y los embrollos de la
legislación española;
y de todos
aquellos que, habituados al predominio ejercido al favor de una rigurosa
centralización, no consentían en que se dividiera la administración
pública entre los diversos y apartados grupos que formaban la sociedad
neogranadina.
A estas fuerzas
sociales componentes del elemento tradicionista, tenían que agregarse
más tarde, por la necesidad de las cosas o la lógica de la política,
las demás fuerzas análogas que, andando el tiempo, fueron apareciendo
con el mecanismo de la nueva sociedad. Viose por eso, una vez fundada la
República, a los hombres que la detestaban, haciendo causa común con el
elemento militar, buscando su caudillo en el personaje que, engrandecido
por la revolución republicana y cubierto de todo el prestigio de la
gloria, pero muy poco adicto por temperamento y por educación, a las
instituciones republicano-democráticas, podía sentirse más tentado a
encabezar una reacción y hacer servir las victorias de la Independencia,
en cuanto esto fuera posible, a las ideas y los intereses de los
tradicionistas o antiguos conservadores.
De ahí que
todos los actos del partido militar y boliviano, que llenan la historia de
la época colombiana transcurrida de 1821 a 1830; de ahí la Constitución
boliviana de 1826, y los esfuerzos hechos para popularizarla y
hacerla implantar en Colombia; de ahí el pronunciamiento de Páez en
Venezuela, y el de Flores en el Ecuador; de ahí la disolución de la
Convención de Ocaña, compuesta de hombres
civiles, cuyos
actos fueron un aborto, por causa de Bolívar y sus partidarios; de ahí
la dictadura de 1828, con todos sus desmanes, y los proyectos
consiguientes de creación del "Imperio de los Andes"; de ahí
la insurrección encabezada por Urdaneta en 1830.
Pero el
espíritu republicano y liberal había llegado a tal grado de pujanza en
Colombia, sobre todo en el Centro, que el poder y prestigio de Bolívar y
del partido que le sostenía no fueron parte a detener la marcha de los
acontecimientos, en el sentido de hacer fructificar la Independencia en
beneficio del progreso social y de la libertad democrática. Colombia y
Bolívar murieron simultáneamente, y el liberalismo neogranadino,
encabezado por Santander, recogió en provecho de la República
progresista, la herencia de gloria y de sacrificios que habían legado a
la patria los próceres, tribunos, escritores, combatientes y mártires de
la revolución de la Independencia; herencia que los liberales se
propusieron transmitir bajo la forma de instituciones que asegurasen la
prosperidad de los pueblos y los beneficios consiguientes a la igualdad y
libertad de la República.
Nada es más
concluyente en favor de la justicia de la democracia republicana y de las
instituciones liberales, que estos dos hechos culminantes: el triunfo dado
por el Congreso constituyente de 1830, elegido bajo la dictadura de
Bolívar, a los principios que formaron el credo de los revolucionarios de
1811 y 12, a pesar del prestigio del Libertador-dictador, y la suma
persistencia con que, al través de todas las vicisitudes del país, las
ideas republicanas se han mantenido entre nosotros; viéndose patentemente
cuán diminuto ha sido y es el círculo de los aspirantes a un
restablecimiento insensato de las instituciones monárquicas.
A juzgar por las
apariencias, se podría creer que, una vez constituida la Nueva Granada en
1832, sólo podían figurar, aunque sin nombre determinado, dos partidos
políticos: el liberal, que sostenía a Santander, y el conservador, que
le hacía fuerte oposición. Tal creencia sería errónea, pues desde
aquella época se ven aparecer síntomas evidentes de la formación de
nuevos partidos, o del fraccionamiento de los que ostensiblemente
existían. Si Santander personificaba el liberalismo de acción, amoldado
a las exigencias del interés
político y de partido y a las
necesidades del gobierno, o para hablar más claro, el liberalismo
conservador,
Vicente Azuero, gran pensador, gran carácter, grande escritor y gran
tribuno aparecía ya como el creador de un liberalismo esencialmente doctrinario,
de una escuela política más adelantada en ideas y fe en la Libertad, que
la falange de patriotas dirigidos por la influencia del ilustre Santander.
La fracción de
Azuero era en cierto modo el preludio o la iniciación del futuro radicalismo;
y bien vistas las cosas, si hubiéramos de personificar con hombres muy
notables las aspiraciones de tres épocas, diríamos con razón que Azuero
fue, desde 1832, el lazo de unión entre Camilo Torres y Murillo; pues si
este fue el jefe del radicalismo de 1852, Torres fue la más prominente
personificación de la escuela de filósofos y tribunos que en 1812 supo
comprender las verdaderas tendencias y el alcance de la revolución
republicana, que entonces comenzaba su carrera; así como en 1852 el
doctor Murillo aparecía ante el país, profundamente agitado, como
el más atrevido representante del radicalismo, que por entonces buscaba
su fórmula en las ideas y las instituciones.
Por otra parte,
entre los miembros del antiguo partido liberal (liberal por sus
tendencias, pues no comenzó a darse este nombre sino hacia 1841 o 42)
figuraban hombres que, si por su edad o por las circunstancias habían
podido formar en las filas del liberalismo, se sentían ya inclinados (por
su temperamento, o por cierto giro particular de sus ideas, o porque
instintivamente sentían la necesidad de que el elemento conservador de
toda sociedad tuviera su personificación colectiva en un partido) a
formar un núcleo que, sirviendo de base a la oposición legal que se
hacía a Santander, había de ser en cierto modo el tronco del futuro
partido conservador.
Si por un lado
brillan entonces las figuras prominentes de hombres como Santander, Azuero,
Soto, Gómez, los dos Obandos, Mantilla, Duque Gómez, Rojas, González,
López, Herrera, Camacho, Liévano, Lleras, Barriga (Valerio F.) y tantos
otros que formaban el estado mayor del liberalismo, del lado opuesto se
agrupaban ciudadanos de verdadero mérito, destinados a hacer un gran
papel en el país entre los principales prohombres del partido que,
llamándose simplemente ministerial desde 1838, había de tomar diez años
después, por iniciativa de dos jóvenes periodistas, el de conservador,
que ha mantenido hasta hoy.
No podemos menos
que citar con respeto los nombres de Márquez, Cuervo, Ordóñez, los
Ospinas (Mariano y Pastor), los Pombos (Lino y Zenón), Mallarino,
Mosquera (Joaquín), Acosta, Acevedo (José) y Joaquín Barriga, para no
alargar la lista demasiado; hombres que, habiendo dado pruebas
inequívocas de un republicanismo liberal y de verdadero espíritu civil,
vinieron luego a distinguirse entre los neogranadinos que formaron el
partido conservador. Con ellos hicieron causa común otros hombres muy
importantes, notoriamente bolivianos hasta fines de 1830, tales
como Vergara (Estanislao), Osorio, Gori, Restrepo, Canabal, los generales
Herrán, Mosquera y Borrero, y muchos otros cuya enumeración sería
prolija.
El sólo hecho
de constituir una misma comunión aquellos personajes, indica cuán
discordantes eran los elementos componentes del partido conservador que se
formaba durante la administración de Santander, y que triunfó con la
elección del doctor Márquez para la Presidencia de la República;
prolongando luego su predominio, contra toda probabilidad, hasta 1849,
merced a las faltas políticas de los liberales y a la necesidad de reposo
y estabilidad que la Nueva Granada sentía, después de la vasta y
profunda conmoción ocurrida de 1839 a 41.
En efecto, si
hombres como Pombo, Cuervo, Ospina y Márquez llevaban a la masa
conservadora o del nuevo partido un elemento republicano y civil
pero moderado, o que se divorciaba del liberalismo; si militares
patriotas, que habían sido anti-bolivianos y amaban profundamente la República,
tales como Acosta, Acevedo y Joaquín Barriga, aportaban al conservatismo
el concurso de sus inteligencias y sus leales espadas, por otro lado
engrosaban las filas conservadoras unos hombres que representaban el bolivianismo
dictatorial, otros que eran la personificación del militarismo
brutal, insolente y pendenciero que se había exhibido de 1826 a 1830, y
no pocos eran la verdadera encarnación del elemento peninsular, tradicionista
o godo, aparentemente arruinado por la vida de la República.
Este elemento
tradicionista o de tradición, subsistía, como todo lo
que tiene
antigua vida y se arraiga en las tradiciones y la legislación; subsistía
a despecho de la forma republicana, porque las leyes y las
costumbres le daban razón de ser; pero andaba disperso o dislocado, no
siéndole fácil constituirse en un partido, cuya existencia organizada
hubiera sido el escándalo de los republicanos.
Componían aquel
elemento tradicionista: los pocos monarquistas que habían quedado
vencidos, arrinconados y desdeñados por la Revolución; los
ineptos que seguían llamándose nobles o de sangre
azul,
y no se conformaban con la democracia, porque en el seno de ésta era
preciso trabajar y merecer para valer; los propietarios de
esclavos, fuertes aún, a pesar de la manumisión decretada en 1821; el
clero, interesado en mantener a todo trance las instituciones coloniales
que le eran favorables; y todos los hombres adictos, por interés o por
hábito, a los privilegios profesionales, los fueros de clases, las
instituciones de manos muertas, los monopolios fiscales, y otros
principios análogos que habían sido el santa
sanctorum del
antiguo régimen.
Así, al
formarse el partido conservador el tradicionalismo godo se aliaba,
a más no poder, para tener alguna representación y rehacerse, con el dictatorialismo
militar de la Colombia boliviana, y con el conservatismo
republicano y civil; resultando de semejante amalgama lo que era
inevitable: que el naciente partido conservador estaba predestinado a no
tener larga vida; a disolverse un día, por falta de armonía y cohesión,
y a causar durante su vida grandes alarmas y provocar luchas terribles, a
causa de las tendencias dictatoriales y tradicionistas o godas
que dominaban a dos de los tres elementos que lo componían.
¿De dónde
provino la fuerza irresistible que adquirió en breve el partido
conservador, no obstante la debilidad congénita que su composición misma
le acarreaba? Provino de tres causas: 1ª) la división del partido
liberal; 2ª) la enorme falta en que incurrió este partido, al efectuar
la revolución de 1839 a 41; 3ª) la necesidad que sintió el país de
reposarse y afianzar su modo de ser, después de treinta y dos años de
perturbaciones, desde 1810, apenas con el relativo descanso de las dos
administraciones de Santander.
Santander y
Azuero, como hemos dicho, personificaban dos tendencias distintas, aunque
ambas liberales: Santander era alta y grandemente liberal, por el conjunto
de sus convicciones, pero tenía mucho de conservador (en la acepción filosófica
del término), tanto por los medios que empleaba, como por su inflexible
espíritu de fidelidad a las leyes y de asentar todo el orden social sobre
la ley
escrita y la autoridad que de esta emana; en
tanto que Azuero, menos hombre de acción y de gobierno,
pero más pensador, tribuno y escritor, buscaba la fuerza de la República
en la democracia, la mayor autoridad, en la opinión
pública;
la verdad del gobierno, en la descentralización o el poder
municipal; la preponderancia del liberalismo, en las doctrinas; la
garantía mayor de la libertad y del derecho, en la iniciativa
individual.
Santander era,
pues (y damos a los términos su sentido rigurosamente filosófico)
un liberal-conservador, de acción; Azuero, un liberal
radical, doctrinario; y estas dos grandes inteligencias encabezaban
en realidad dos fracciones distintas del partido liberal en 1837. La
fracción doctrinaria adoptó al mismo Azuero, su jefe natural, como
candidato para la presidencia de la República; y Santander, creyendo
necesaria una política fuerte para consolidar la obra del liberalismo,
incidió en la grave falta de escoger y apoyar decididamente la
candidatura del general José María Obando.
El tiempo ha
probado que Obando, sujeto excelente como particular, no tenía, como
hombre político, la talla necesaria para el gran papel que se le quiso
hacer representar, y que nunca mereció, ni el odio feroz y las
hostilidades implacables de que fue objeto de parte de los conservadores,
ni la admiración y hasta la idolatría de que le rodearon en su inmensa
mayoría los liberales, desde 1839 hasta el 53.
Mas comoquiera
que sea, Santander se empeñó en convertir a Obando en prohombre,
haciéndole apoyar por sus amigos; los liberales más avanzados no
desistieron de la candidatura de Azuero; todas las fuerzas conservadoras,
de diverso linaje, sostuvieron al doctor Márquez; y con la elección de
éste cesó el poder del partido liberal en el gobierno de la República,
bien que se mantuvo en el de muchas provincias, y se creó el germen de la
prolongada y funesta revolución de 1840.
El mismo
fenómeno de 1830 se reproducía en 1837. Bolívar había querido imponer
al Congreso "admirable" la elección del doctor Canabal, como su
sucesor; y el sentimiento público, rebelde a esa especie de dinastías
presidenciales, hizo elegir al señor Joaquín Mosquera, dando en tierra
con el bolivianismo. En 1837, el mismo sentimiento, causando la división
de los liberales y fortaleciendo a la oposición, rechazó la candidatura
semi-oficial de Obando, debilitando con el mismo golpe a Azuero, y
acarreó la derrota del liberalismo.
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