ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA
XIII
De las cuatro
fracciones en que hemos clasificado al partido conservador, está visto
que la primera, la positivista o economista, no es realmente una entidad
política, sino un elemento sumamente respetable de orden, de libertad
moderada, de progreso mesurado y sólido y de estabilidad, tan pronto a
prestar su apoyo moral a los liberales como a los conservadores, según
que estos o aquellos le ofrezcan garantías de mantener la república
legal, la paz, el orden en la administración pública, y un suficiente
grado de progreso y conservación en todo aquello que pueda depender de la
acción de los gobernantes.
En cuanto a la
fracción tradicionista, hemos patentizado que no tiene razón de ser. Un
partido exclusivamente eclesiástico, y no por su composición personal,
pues sus principales corifeos son laicos, y el clero colombiano no toma
hoy cartas en la política, no es en realidad un partido político, ni
puede ejercer influencia considerable sobre el movimiento de las ideas y
la dirección de los negocios públicos. Así como en Bélgica los
conservadores han incidido en la grave falta de llamarse partido
católico, forzando con tal procedimiento al liberalismo a luchar sin
tregua, aun dejándose llamar anticatólico, de suerte que todos sus
triunfos aparecen como derrotas para el catolicismo; del propio modo los
tradicionistas de Colombia causan y seguirán causando un grave daño al
catolicismo y al conservatismo: al primero, haciéndolo aparecer
erróneamente como enemigo de la libertad, y condenándolo a figurar a los
ojos del pueblo como vencido y desprestigiado, cada vez que el liberalismo
alcanza una victoria; y al segundo, haciéndole trizas su bandera
política, en nombre de la religión de Jesucristo.
En efecto, ni el
Evangelio, ni los santos padres de la Iglesia ofrecen fórmula ninguna
para resolver las cuestiones relativas a los impuestos, a la organización
judicial, a la composición de la fuerza pública, a la amplitud del
derecho de sufragio y su modo de funcionar, al sistema parlamentario, a
las negociaciones diplomáticas, a las reglas que han de regir los
contratos, y a todo lo que puede ser materia de administración. El
Evangelio y los escritos de los santos padres sólo contienen los dogmas
de la religión cristiana y las máximas elementales de la moral
religiosa; pero no tratan de cuestiones de gobierno ni de legislación.
Sólo las ciencias morales y políticas, o mejor dicho, la ciencia en
general y el arte que la pone en práctica, ofrecen los medios de resolver
los problemas políticos.
Por tanto, si
todo el partido conservador siguiera los consejos de sus tradicionistas,
se hallaría condenado a la negación y la impotencia en todo. Al tratarse
en las cámaras de una cuestión de impuestos, por ejemplo, si se
admitiera que no hay más conservatismo que el catolicismo, resultaría
que los conservadores, no hallando en los textos sagrados la clave para
resolver el punto o formar siquiera fuese una opinión, apelarían al
Syllabus como regla de universal criterio. Pero como el Syllabus sólo
contiene negaciones —la negación de todas las libertades posibles,
excepto la de la Iglesia católica—, los conservadores tendrían que
reducirse a negar el impuesto en discusión, o a no opinar en sentido
alguno. ¡Famoso partido político formarían así los conservadores,
condenados a una ineptitud incurable y a ser objeto de la risa de todos
los pueblos!
Por eso decimos
que el tradicionismo haría trizas la bandera conservadora.
Nuestros
tradicionistas no se han explicado con claridad respecto de los problemas
políticos y las cuestiones de legislación; ni podían hacerlo, puesto
que toda su filosofía moral y su ciencia política se reducen a rechazar
la libertad y el progreso en nombre de la religión, y a proclamar el
Syllabus como única regla de criterio y al Papa como jefe de su partido.
Pero no es difícil colegir de sus publicaciones, de la índole de sus
polémicas y del titulo que ellos mismos se han dado, que los
tradicionistas sólo quieren la subsistencia de lo antiguo y hallan su
ideal político, moral y filosófico, en las tradiciones.
¿Y cuáles son
las tradiciones de su predilección? ¿Son las de la Edad Media, las del
absolutismo monárquico, o las del régimen colonial; régimen basado en
las dulzuras de la "santa ignorancia", de la esclavitud, del
monopolio, del privilegio y de la explotación del indio, del criollo y
del mulato? ¿Son las de la dictadura boliviana con ropaje de república,
o las de la centralización y la estrecha política de 1843? Comoquiera
que sea, la tradición tiene que remontarse a un orden de cosas bien
lejano, y es patente que a los tradicionistas colombianos desagrada
profundamente la república democrática. Su manía de resucitar el don,
como tratamiento, aplicándolo sólo a ciertas personas, corrobora nuestro
modo de ver las cosas.
Pero entonces
¿qué significaría el tradicionismo en Colombia? ¡Ah! ¡en nombre de
las viejas tradiciones anularíamos la República, la Democracia, la
Revolución de 1810, y sesenta años de vida política, de independencia,
de luz y libertad, de laboriosísimos esfuerzos, de inmensos sacrificios,
de todo linaje de hechos para fundar y consolidar en esta tierra el
imperio de la ley popular, de la igualdad y la justicia! ¡En nombre de
las tradiciones y de un catolicismo arrevesado, mal comprendido y peor
aplicado, suprimiríamos toda la parte gloriosa de la historia de nuestra
patria, y con un solo rasgo borraríamos los nombres de todos nuestros
próceres, y todos los principios de eterna verdad en que se funda la
soberanía del pueblo!
¡No! lo
repetimos: el partido tradicionista, si partido puede llamarse la pequeña
fracción que lleva tal nombre, no tiene razón de ser; su programa es
absurdo, y si todos los conservadores lo aceptaran quedarían
irremediablemente anulados en Colombia. Lo que Colombia necesita, no son
partidos de cruzada ni de propagandas religiosas. Así como sería injusta
y funesta la existencia de un partido antirreligioso, que se propusiera
por sistema destruir en la conciencia del pueblo colombiano las creencias
que tiene, pues no hay derecho de arrancar a nadie sus creencias cuando no
se le puede ofrecer en compensación algo mejor; del propio modo es
antipatriótico un partido que sólo se propone combatir en la conciencia
política del pueblo, en nombre de la religión, los principios que
constituyen el credo republicano.
Y si los
tradicionistas se alarman con los progresos que hace el racionalismo en
materias de ciencia y de gobierno, no es atacando la libertad y la ciencia
que deben defender la religión, en cuanto la crean amenazada. Querer que
el racionalismo enmudezca, y execrar a los racionalistas por mantener la
religión, es probar que se carece de fe y confianza para defender esa
misma religión, con sus medios y fuerza naturales, que son la discusión,
la persuasión, la benevolencia y el ejemplo. A nada bueno puede conducir
la intolerancia.
Si el
cristianismo católico está en peligro, defendámoslo; mas no
haciéndonos enemigos de la libertad, que es una ley de Dios, y de la
República democrática y progresista, que es la realización en el orden
temporal o político, de los diez mandamientos y de todas las máximas y
promesas del Crucificado. Confiemos en la bondad del progreso, porque esta
confianza es la fe política fundada en el derecho y la ciencia: busquemos
con ardor el bien social, porque el anhelo por este bien es la esperanza
que ilumina y fortalece; y seamos tolerantes y respetuosos por la
conciencia de los demás, porque esta tolerancia es la grande expresión
de la caridad en la política.
Analicemos ahora
la naturaleza de la tercera fracción conservadora, la que hemos
denominado democrático-socialista, y que tiene por órgano al diario
intitulado La Ilustración.
Si hubiéramos
de creer que esta tercera fracción tiene las mismas ideas que el
ilustrado y muy talentoso redactor principal de La Ilustración, no
podríamos menos que reconocer en ella un profundo sentimiento de
republicanismo democrático, mezclado con algunas tendencias socialistas,
pues tal es el carácter que tienen, a nuestro ver, los editoriales del
señor Madiedo. Este escritor es, sin disputa, uno de los más
considerables de Colombia, y como pensador filósofo, como hombre de muy
variadas dotes intelectuales y como espíritu de educación y de
tendencias enciclopédicas, muy pocos se le pueden parangonar en Sur
América. Su gran laboriosidad y prodigiosa facilidad para escribir, le
ofrecen poderosos elementos para el diarismo; a tal punto, que su pluma ha
levantado La ilustración a un grado de importancia relativamente
considerable.
Pero los
editoriales del señor Madiedo, a las veces muy incisivos y chispeantes,
adolecen en nuestro sentir, de tres defectos que les quitan mucho de su
fuerza o los hacen impropios para ejercer una influencia bien sensible
sobre las opiniones populares. Por una parte, su estilo no se acomoda a la
inteligencia o el modo de discurrir de nuestra raza; por otra, no entra
profundamente la discusión del señor Madiedo en el meollo de las
cuestiones públicas, sino que sus artículos, tan vigorosos como son por
la expresión, carecen no obstante de soluciones prácticas de
apreciación y análisis suficientes de los hechos políticos y
económicos y tienen un tono y un espíritu demasiado filosófico,
excelente acaso para obras didácticas, pero ineficaz para los
periódicos, que en rigor son y deben ser conversaciones familiares o
llanas de los escritores con los gobiernos y los pueblos. A que se agrega
que las tendencias socialistas, por muy humanitarias que parezcan ser,
complican por todo término los problemas de la política, están en
oposición con las sencillas enseñanzas de la ciencia económica, y
difunden en las masas populares ideas erróneas, o suscitan sentimientos
apasionados, que perjudican al sano desarrollo de las instituciones y
costumbres propias de la república democrática y del gobierno
representativo.
Si la lengua
francesa, por su pobreza relativa, por su rigor de sintaxis y la
volubilidad del espíritu francés, admite los períodos cortos, rápidos,
sacudidos, sumamente condensados, y el pensamiento chispeante de Víctor
Hugo o de Alejandro Dumas se nos insinúa vigorosamente en aquel estilo,
la lengua castellana no se acomoda al mismo procedimiento, ni la raza
española la acepta con satisfacción. A los que han nacido con sangre
española, o se han educado pensando según las formas del habla de
Castilla, es necesario hablarles como Cervantes y Solís, como Jovellanos
y Quintana; es decir, en períodos numerosos, llenos y mesurados, que
tengan todo el desarrollo del pensamiento. Cuando los hijos de la raza
peninsular nos dan las ideas dislocadas o diluidas en diversos períodos,
todos incompletos, comprendemos mal o adquirimos ideas incompletas; y como
tenemos Imaginación viva e inquieta, nos apoderamos menos de la sustancia
del pensamiento que de la forma seductora pero vaga, y apenas nos quedamos
con la frase o la palabrita de efecto.
Así observamos
que nuestro periodismo ejerce muy poca o ninguna influencia sobre las
ideas de la gran masa de los lectores, cuando el estilo es avictorugado
(perdónesenos este barbarismo que expresa bien nuestro pensamiento); o si
alguna influencia ejerce es peligrosa, porque entonces el periodismo
solamente despierta inclinaciones fraseológicas, excita las pasiones con
imágenes vagas, y pasa por encima de las cuestiones de interés público
sin profundizarlas ni dejar huella en los espíritus.
Creemos
sinceramente que la fracción conservadora representada por La
Ilustración, no sólo es republicana y progresista, sino que, tratada con
la benevolencia y los miramientos a que tiene derecho podría, sin mucha
dificultad y mediante algunas concesiones nada costosas, venir a engrosar
las filas del liberalismo. El espíritu de aquella fracción se ha puesto
de manifiesto, no sólo con las publicaciones del señor Madiedo, sino
también con las candidaturas que ha propuesto; candidaturas que no han
tenido séquito alguno, por circunstancias que sería fácil explicar,
pero que son indicativas de buenos propósitos; pues los señores Torres
Caicedo y Quijano Otero, no solamente son verdaderos republicanos y
patriotas, sino también hombres de progreso, miembros de una generación
que no está gastada, y muy capaces de seguir el camino trazado por el
espíritu moderno.
Si la fracción
positivista es un elemento de orden que sirve y puede servir de apoyo al
partido liberal, con tal que éste gobierne con pureza, moderación y
cordura; si la fracción tradicionista no tiene razón de ser como forma
de partido político, y lejos de ser una fuerza para el partido
conservador, le acarrea toda la debilidad consiguiente a una bandera
imposible y una intolerancia sin medida; y si la fracción
democrático-socialista carece de influencia, y más bien parece estar
destinada a modificar sus tendencias y refundirse en el partido liberal,
¿dónde está, pues, el verdadero núcleo de los conservadores de
acción, capaces de constituir un partido respetable? En nuestra opinión,
ese núcleo está en la fracción oposicionista y militante que tiene por
órganos La América, en Bogotá, y La Sociedad, en Medellín.
Si la fracción
tradicionista es esencialmente absolutista, enemiga del progreso y adversa
a las instituciones republicanas, es decir goda por sus ideas, sus
tendencias, hay que hacer justicia a las demás fracciones conservadoras,
reconociendo que todas son republicanas, de lo que han dado testimonios
inequívocos. Acaso no hay en Colombia un republicano más ardiente, un
patriota más profundamente admirador y amante de nuestras glorias
nacionales y de los próceres fundadores de nuestra Independencia, que
nuestro amigo el señor Quijano Otero, el galante redactor que tuvo La
América, tan versado en la historia patria como entusiasta por todo
progreso. Si es conservador por tradición de familia y educación, es
republicano y verdaderamente liberal por el corazón y las ideas.
La moderación e
imparcialidad con que La América trataba todas las cuestiones políticas,
antes de terciar en los apasionados debates que ha ocasionado
recientemente la campaña electoral; la acogida que frecuentemente daba en
sus columnas a producciones de plumas liberales; el firme propósito que
había mostrado de evitar toda discusión religiosa y de contribuir al
mantenimiento de la paz pública; el programa político que exhibió con
franqueza, aceptando resueltamente el terreno constitucional, como el
único posible para la acción de un partido honrado y patriota; y las
rudas polémicas que ha sostenido con El tradicionista, son señales muy
significativas de la índole general de aquella fracción que hemos
llamado militante.
Esa fracción, y
no otra, es el verdadero núcleo del partido conservador; y sí algún
día este partido puede volver a influir eficazmente sobre los destinos de
Colombia; si algún día puede —lo que por ahora es muy poco probable—
obtener triunfos que le den el gobierno en cinco de los Estados de la
Unión, o en la Nación entera, lo deberá, no a las predicaciones
intolerantes de El Tradicionista, ni a las elucubraciones
filosófico-socialistas de La Ilustración, ni a los esfuerzos de la
prensa intransigente de Medellín y Cali, sino a una política leal y
sinceramente republicana; a un sistema de discusión práctica de los
hechos y de tolerancia y benevolencia en las polémicas; a una conducta
favorable al progreso y al mantenimiento de la paz, y a un conservatismo
patriótico que tome por base de acción el respeto por las instituciones
que irrevocablemente han venido a constituir el derecho público de
Colombia.
De otro modo, no
habría programa posible para los conservadores. Darse este dictado, y
conspirar o luchar constantemente contra los principios que la
Constitución ha consagrado, y hacer al liberalismo constitucional cruda
guerra, sólo por interés o espíritu de partido, sería patentizar que,
lejos de querer la conservación y de respetar el principio de la
legitimidad, apenas buscaban el trastorno del orden existente para
recuperar un poder que no ejercerían con lógica y firmeza, sino haciendo
traición a la República.
La situación
actual de los partidos patentiza, pues, que la federación los ha
dividido, descentralizado y desorganizado, obligándoles a cambiar de
rumbo y a modificar su política, según la extensión del teatro en que
funcionan y la naturaleza de las cuestiones que se ventilan. Hoy por hoy,
los antiguos partidos de Colombia no pueden obrar conforme al sistema que
seguían respectivamente hasta 1858, o mejor dicho, hasta 1861, sistema de
hostilidad recíproca, sin conciliación alguna en todos los terrenos
posibles de discusión o de combate.
En nuestro
sentir, los antiguos partidos deben concentrar su acción de cada momento
y sus programas característicos, en las cuestiones de legislación y
gobierno de los Estados; haciendo esfuerzos simultáneos por inaugurar en
los asuntos de la Unión una política a la usanza inglesa: política de
conciliación, de transacciones patrióticas y honrosas y de un equilibrio
calculado para mantener a todo trance el orden general, el crédito de la
Nación y los medios de fomentar vigorosamente el desenvolvimiento del
saber común y de las mejoras materiales.
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