ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

LOS PARTIDOS EN COLOMBIA

 

XII

La cuestión que aquí vamos a tratar es de filosofía histórica: ella puede ser estudiada con serenidad, sin apasionarla en ningún sentido, y por tanto, apelamos a la buena fe de nuestros lectores, cualquiera que sean sus opiniones.

Las ideas que constituyen el credo tradicionista se basan en tres errores sustanciales: un falso conocimiento de la naturaleza del hombre y de la creación divina que le rodea; una errónea comprensión del espíritu y la verdadera índole del cristianismo católico, y una observación incompleta de las fuerzas y los medios de que se sirve la Providencia para favorecer la obra indefinida de la civilización. A estos errores se agrega un gravísimo defecto de carácter: la falta de fe. No hay, como esperamos probarlo, hombres de menos fe, en religión como en política, que los intolerantes y absolutistas. Su fe no es aquella confianza profunda en el bien y el triunfo indefectible de las ideas que profesan, sino el horror a las ideas contrarias: es un fanatismo lleno de pasión, de odio y de temor; y la fe acompañada del odio y del temor no es ni fe religiosa, ni fe política, ni filosófica: es un interés o una cólera que se reviste y disimula con el ropaje de un entusiasmo ficticio.

No comprendemos cómo unos hombres que dicen tener fe en Jesucristo, estar en posesión de la verdad invencible, y estar seguros de que "las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia de Pedro", se dejan arrastrar por el miedo y la pasión de tal modo, que no pueden tolerar ni las opiniones de los libres pensadores, ni las investigaciones de la ciencia, ni las leyes que establecen la separación de la Iglesia y el Estado y aseguran por igual, a todos los asociados, la plena libertad religiosa. Por lo mismo que están del lado de Jesucristo, en lo tocante a religión, los católicos nada deben temer del pensamiento libre. Combatan sin tregua el amor y la inmoralidad, pero toleren la manifestación de toda las creencias sinceras; defiendan la Iglesia de Cristo, pero según el espíritu del Crucificado; háganse apóstoles y contendores de la fe, pero den ejemplos de caridad y de virtud; y sus esfuerzos serán incomparablemente más fructuosos que los empleados para combatir la libertad y el progreso.

Para saber si un partido tiene o no razón de ser, es necesario determinar sus ideas y aspiraciones; y para comprender la verdad y justicia de estas ideas y aspiraciones, es preciso investigar el grado de conformidad que tengan con la naturaleza humana. Se comprende que en todos los países del mundo exista y funcione un partido conservador, porque la conservación en el grado necesario para el orden de la vida social, es una necesidad de la naturaleza humana. Se comprende también que en el seno de una monarquía existan partidos favorables a este modo de gobierno, porque tal es la situación creada y arraigada. Lo que no se comprende es, que en el seno de una república democrática quiera ni pueda constituirse un partido que tomando por bandera las tradiciones más antiguas, aspire a imponerlas a título de conservación, cuando ellas ocasionarían indefectiblemente, al ser convertidas en instituciones o reglas de política y gobierno, la destrucción del mismo orden republicano a cuya dirección se quiere aplicar el tradicionismo.

¿Y qué fundamento, qué razón de ser tiene el tradicionismo? Veámoslo, aplicándolo a la naturaleza humana, a las condiciones de la política y a la verdadera índole del cristianismo católico.

El hombre no es, como parecen creerlo los tradicionistas colombianos, un ser exclusivamente religioso; es mucho más que esto: es un ser multíplice o complejo y aunque fuera únicamente religioso y moral, no podría perfeccionarse en este sentido, si no fuera progresivo o perfectible en sus demás elementos o facultades. El hombre no es una creación contradictoria y monstruosa, un absurdo nacido de las manos de Dios para agitarse perpetuamente en una situación antitética. Ni Dios ha producido jamás absurdos y contradicciones, ni la creación del hombre y de las cosas que le rodean tendrían objeto, si no estuvieran destinadas a cumplir en armonía un orden de evoluciones naturales, y a perfeccionarse conforme al divino plan de la Providencia creadora, legisladora y previsora, que ha impuesto un modo de ser a todo lo que existe.

Dios no ha formado los seres y las cosas para la destrucción: suponerlo por un momento es una impiedad que indica el desconocimiento de su sabiduría, su bondad, su previsión y su justicia, y la monstruosa creencia de que el Ser Supremo se entretuvo, al formar su imponderable obra, en un juego de muchachos. Si creemos en Dios seriamente y le amamos en espíritu y verdad, debemos reconocer que su creación es una cosa seria y esencialmente durable. Él ha dado al espíritu la inmortalidad, la perpetuidad absoluta, en armonía con la perfectibilidad, y a la materia una duración indefinida, bajo la condición de transformarse constantemente, sin aumento ni disminución de sustancia, y sujeta en todas sus combinaciones y manifestaciones a leyes invariables y profundamente sabias y perfectas.

El hombre es una bella y prodigiosa armonía: en su ser se combinan maravillosamente el espíritu y la materia, el elemento angélico y el animal, sirviéndose y necesitándose recíprocamente; de tal suerte que no hay ni puede haber contradicción entre el verdadero bien del alma y el del cuerpo, entre el perfeccionamiento de la vida espiritual y el progreso de todas las cosas que procuran bienestar material.

El hombre nace para purificarse por medio del esfuerzo, para perfeccionarse física, moral e intelectualmente, mediante una constante adquisición de luz o conocimiento de la verdad, y de fuerza para someter a su servicio todas las potencias con que la Naturaleza le domina y hacer el bien al propio tiempo; y su marcha ascendente al través de los tiempos, en tal sentido, es precisamente lo que constituye la civilización y el progreso. Mejorar, mejorar constantemente, por la claridad de su inteligencia, por la bondad de su corazón y por la noble comodidad de su modo de vivir, tal es su necesidad perpetua, su destino evidente, indefinido, hasta el día en que, elevado hasta la belleza y la santidad del querubín, plegue a la Divina Providencia detenerle en su ascensión y llamarle a confundirse en lo inefable de su infinita gloria.

El hombre ha nacido libre: libre para escoger entre el bien, que reside en el orden divino que se patentiza en toda la armonía de la Creación, y el mal, que se pone de manifiesto en toda perturbación de ese orden; entre la virtud, que es la conformidad con la ley suprema, y el pecado, que es la rebelión contra esta misma ley. Y es en virtud de esta libertad, que reside en el espíritu, en la razón, en la voluntad y la acción del hombre, como él puede ser responsable, y lo es indefectiblemente ante Dios, la sociedad humana y la Naturaleza.

Suprímase la libertad y toda idea de responsabilidad es absurda y monstruosa; elimínese la plenitud del derecho, y el deber será una palabra sin sentido; niéguese la idea del progreso indefinido (no infinito), y la noción de la justicia será una falsedad, una concepción imaginaria, puesto que faltará la necesidad del esfuerzo, no habrá merecimiento, y la vida del hombre, con todas sus peripecias, será una fatalidad irremediable.

El hombre es un ser esencialmente religioso, sin duda: todo en su naturaleza le prueba que su vida es obra de una voluntad superior, que su alma inmortal está en íntima e indisoluble relación con el Espíritu Supremo que rige el universo; todo le está mostrando la perfección elemental de las obras del Creador junto con la perfectibilidad de sus criaturas: todo le mueve a devolver a Dios, en amor, respeto y adoración respecto de Él, y en bondad, caridad y reciprocidad, respecto de los demás seres humanos, los beneficios que recibe con la vida, la conservación y los demás dones que le favorecen.

¿Pero el hombre es acaso un ser únicamente religioso? No. También tiene otras facultades que le son congénitas: es sociable, por su naturaleza, individual y políticamente; es imitador en alto grado y esencialmente artista; es un creador a su modo, y por esto está hecho a imagen y semejanza de Dios; es investigador y estudioso, porque para vivir, perfeccionarse y ser feliz necesita saber; es industrioso, porque tiene el instinto de la adquisición, la necesidad de apropiarse de algo que le afirme su personalidad, y está sujeto a la ineludible ley del trabajo. El hombre es una conciencia en acción, pero es también una fuerza que funciona y produce; y tan inepta sería aquella conciencia sin el apoyo de esta fuerza, como impotente y ciega sería la fuerza creadora sin la conciencia reguladora.

De tales condiciones que componen su naturaleza, que le proveen de facultades, que le imponen necesidades y le exigen esfuerzos, se origina el derecho del hombre, que es el título o la razón de su actividad, y por tanto la libertad, sin cuyo auxilio el derecho y el esfuerzo serían impotentes y estériles, y de consiguiente absurdos. La libertad como principio, es pues absoluta, sin lo cual no lo sería la responsabilidad, también, como principio. ¿Pero como acción o ejecución tiene límites? Sin duda. ¿Cuál es el límite de la acción de la libertad? El bien, es decir, la justicia o el orden. Desde el momento en que la acción del hombre ofende a Dios o al hombre, en que vulnera el bien, en que contradice el derecho de todos, en que se rebela contra la ley de justicia, incide en un abuso, un exceso, un pecado, un atentado, un crimen, según el grado de la falta; y por lo mismo, el que ejecuta aquella acción incurre en responsabilidad, sea ante Dios, sea ante la Naturaleza, o ante la sociedad humana.

Pero imaginémonos por un momento al hombre sin plena libertad religiosa, sin plena libertad de investigar e instruirse, de imitar y enseñar, de trabajar y crear, de moverse, de adquirir, de procurarse satisfacciones, de emitir sus pensamientos y de obrar sobre los demás hombres y las fuerzas naturales: ¿qué cosa sería semejante hombre? Menos que una máquina: un ser inerte, inconsciente y totalmente infecundo; tan incapaz de virtud como de pecado.

¿En qué consistiría el pecado de quien no creyera en Dios ni amara a Jesucristo, si no tuviera libertad de creer o no creer? ¿En qué la falta, el abuso o el delito, o la virtud y el merecimiento, en su caso, de quien al pensar, aprender, enseñar, trabajar y obrar en todo sentido, no tuviera la libre elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo moral y lo inmoral? Suprímase la libertad, y por el mismo hecho quedan igualmente suprimidos la virtud y el pecado.

Pero a tal absurdo tiende el tradicionismo colombiano. En nombre del Syllabus se quieren condenar la libertad humana; se quiere excomulgar la civilización; se quiere erigir en pecado o inmoralidad el progreso; se quiere poner en contradicción la conciencia individual del creyente con la del ciudadano; se quiere hacer a la República enemiga de la Iglesia; se quiere convertir al sucesor de Pedro en representante de la soberanía popular; se quiere negar la íntima relación que existe entre la justicia de la Democracia y la caridad del Evangelio; se quiere dislocar al hombre, haciendo de su vida una contradicción entre la divina fe que le encamina hacia Dios, y la incontrastable esperanza que le conduce a buscar los ignotos horizontes del progreso!

¡No! El Pontífice no es ni puede ser, ni tiene por qué ser el director y jefe de la vida temporal; el dogma religioso no es la única verdad y fuente de salud, sino una de las verdades, sublime y fecundísima, pero no exclusiva. ¡No! La ciencia verdadera y la verdadera religión no son enemigas, no son incompatibles, porque la luz y la verdad no pueden ser contradictorias. ¡No! El Syllabus no es ni puede ser programa de un partido político, ni regla de criterio filosófico, ni es ni puede ser la Constitución de ningún pueblo libre o la norma de la política en ninguna sociedad independiente.

El Syllabus no es siquiera un acto religioso, una fórmula dogmática emitida por el Pontífice en su calidad de sucesor de San Pedro y en nombre de la santidad de Jesucristo. Es, por el contrario, un acto político, un acto del antiguo soberano temporal de Roma, ejecutado como protesta contra las instituciones de muchos pueblos y contra el espíritu político del siglo XIX; es un acto de hostilidad, o si se quiere de represalias, contra todos los gobiernos liberales que reconocen o admiten la libertad religiosa, la libertad de la prensa y la enseñanza y todas las demás libertades preconizadas por la razón humana y justificadas por el progreso moderno.

Así, pues, el Syllabus nada tiene de dogmático, ni por su espíritu, ni por su autoridad, ni por sus tendencias. Si fue expedido en nombre de la Iglesia de Jesucristo, es un abuso de autoridad, un acto extraño de la religión, porque Jesucristo no fundó sus dogmas y su Iglesia para regir los negocios temporales ni oponerse al desarrollo benéfico de las escuelas y universidades, de la prensa y los telégrafos, de los ferrocarriles y la industria, ni para impedir a los gobiernos su acción independiente en la esfera de las cosas políticas. Y si fue fulminado como un acto político, ningún valor tiene, ninguna autoridad puede tener, desde el momento en que el Pontífice dejó de ser soberano temporal o rey de los Estados romanos, a contentamiento del pueblo que los componía y con el asentimiento de todos los gobiernos del mundo.

¿Cuál es pues la fuerza moral del tradicionismo, como partido militante, y en el seno de una república independiente, si su programa que es el Syllabus, carece tanto de autoridad dogmática como de importancia política? Ninguna. Pero acaso se dirá que el tradicionismo —cuyos principales corifeos niegan al partido conservador la existencia y la razón de ser, si no se somete a ser únicamente partido católico, teniendo por jefe al Papa y por Constitución el Syllabus— es a lo menos una filosofía política. Pues veamos si tal filosofía es posible, si ella no conduce a procurar la ruina del catolicismo —no como dogma, pues el cristianismo católico es imperecedero toda vez que contiene la verdad— sino como disciplina u organización complicada con tendencias políticas.

La religión como dogma, es inmutable y perfecta: como disciplina o asociación organizada, es modificable y perceptible, y está sujeta a las vicisitudes o la influencia del progreso humano. ¿Por qué? Porque la religión como dogma es obra de Dios, y como creencia se apoya en un sentimiento inherente a la naturaleza humana; pero como disciplina o asociación es una obra humana, es el resultado de la acción de los hombres, y de esta suerte está sujeta a todas las contingencias de la civilización, entre cuyos elementos se cuenta la vida religiosa.

De esta doble naturaleza de la religión se ha originado la diversidad de su modo de ser. En todo lo tocante al dogma, no ha podido haber variación: el Antiguo Testamento, con sus Mandamientos, profecías, etc., y el Evangelio con todo su contenido, y los decretos de los concilios ecuménicos, que han declarado dogmas, constituyen la parte dogmática y moral del cristianismo católico; y sus verdades son aplicables a toda la humanidad y a todos los tiempos.

No así la parte disciplinaria o temporal de la Iglesia, que es cosa distinta de la religión. La religión es la sustancia; la Iglesia es la organización, la comunión de los creyentes organizada, gobernada y en acción. Esta organización, este gobierno y esta acción, se han ido modificando según las circunstancias. En otra época no existía el gobierno temporal o político de los papas; los obispos eran elegidos por el bajo clero, y los papas lo eran por los obispos; los sacerdotes no tenían prohibición de casarse; el culto era sostenido, así como todo el sacerdocio, con oblaciones voluntarias; los conventos de monjes prestaban grandes servicios a la civilización; los papas, en nombre de la caridad de Cristo, protegían a los pueblos contra sus opresores o tiranos; el progreso social corría parejo con el desenvolvimiento de la comunión cristiana; la verdad evangélica (amor, caridad, igualdad de los hombres ante el Padre común, libertad del espíritu, separación del reino de Dios y el del César, dignificación de la mujer, rehabilitación del caído, inmortalidad del alma) se sustituía, lenta pero seguramente, a la putrefacción moral del Imperio romano y la degradación pagana.

La Iglesia tuvo entonces que valerse de los mismos elementos de acción que le ofrecían las sociedades sujetas a la dominación romana; mal habría podido organizarse, siendo una comunión humana, aunque de origen divino, si no se hubiera servido de los mejores recursos que la civilización podía ofrecerle.

Privada entonces de toda autoridad política y viniendo a emancipar y regenerar a los oprimidos, tuvo que levantar la bandera de la libertad y hacerse fuerte a mérito de la independencia del espíritu humano. Sus sacerdotes fueron no solamente apóstoles y mártires: fueron artistas, investigadores, bibliófilos, sabios, eruditos, inventores de grandes cosas y escritores infatigables; y así lograron implantar la Iglesia donde antes habían reinado los horrores del paganismo.

Pero las condiciones de la civilización han cambiado. El mundo no es hoy lo que era antes de Gregorio VII, y es necesario contar con otros elementos. Existen innumerables sectas cristianas, hijas de la Reforma; la América hace parte del mundo civilizado; la Australia y algunas regiones de Asia y África, antes sustraídas del movimiento universal, están en relación con la Europa; el gobierno representativo ha venido a ser la fórmula de la política en el mundo gobernante; la Democracia es la idea dominante de los pueblos; la República existe en casi toda la América y hace grandes progresos en Europa; la imprenta ha revolucionado la vida de la humanidad; la luz se ha difundido por todas partes; y el vapor y la electricidad, y todas las maravillas de la mecánica, de la ciencia, del arte y de la industria, han producido una transformación inmensa y profunda en las relaciones de los hombres y en la distribución de la fuerza creadora y del bienestar social.

Si el mundo marcha de muy distinto modo que en otros tiempos, lo que debe hacer la Iglesia, no es oponerse a la libertad y el progreso, sino servirse de estas fuerzas, en cuanto no sean desarregladas, para propagar la verdad evangélica. Es preciso que el sacerdote ande en vapores y ferrocarriles para caminar junto con los fieles y moralizarles, so pena de quedarse atrás predicando en desierto; que el creyente se sirva de la prensa, del telégrafo, de la escuela, del museo y de todos los instrumentos del progreso, para servir con eficacia a la fe, para fomentar la caridad, la moralidad y todo lo que constituye la religión; que la Iglesia, en vez de ser absolutista, se haga tan republicana y democrática cuanto lo permite y requiere la índole del cristianismo.

De otro modo, si se persiste en la deplorable política del Syllabus, hay mucho riesgo de que acontezca a los predicadores católicos una cosa: que situándose sobre la innoble roca de lo pasado, a la vera del gran camino por donde la humanidad va pasando conducida por las alas del vapor y la chispa de la electricidad, se quedan predicando a los pueblos: "¡Deteneos!" mientras estos les respondan "No lo podemos; Dios nos impulsa; venid con nosotros y os escucharemos; si no, nos veréis pasar adelante y os quedaréis predicando sin provecho".

Regreso al índice

Siguiente