ORÍGENES
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS
PARTIDOS EN COLOMBIA
XI
Si el partido liberal
está dividido en fracciones y círculos, por la fuerza de las cosas, y
por falta de abnegación y patriotismo de parte de muchos de sus miembros,
no está menos fraccionado el partido conservador, a juzgar por su prensa
y sus antecedentes históricos.
Cuatro son las
fracciones distintas de este partido, de ellas una enteramente pacífica y
sin ambición política, y las tres más o menos militantes y activas.
La primera es la que
hemos llamado positivista o economista. Es la más respetable de todas,
tal vez no por su número, pero sí por su importancia social, y se
compone de los capitalistas, los propietarios, los comerciantes y hombres
de negocios que, sea por índole natural, por tradiciones de familia o por
los hábitos de economía y prudencia que impone el cuidado constante de
la fortuna, o la previsión necesaria para adquirirla, se inclinan hacía
el conservatismo; considerando la idea conservadora como la expresión de
la necesidad del orden y la paz, de la legalidad y la moderación, sin
cuyo auxilio no hay seguridad para el trabajo, ni garantía para el
capital, ni tranquilidad para la familia.
Esta
masa conservadora es moral y materialmente fuerte, y en ella figura en
cierto modo amalgamada, o instintiva y naturalmente aliada, sin convenio
alguno, algo de la masa liberal que tiene análoga composición. Aquellos
hombres son conservadores de buena ley; los verdaderos conservadores,
tomando el término en su acepción filosófica. Son moderados por
temperamento, por necesidad y por hábito; no tratan de profundizar las
cuestiones políticas, porque no tienen tiempo para ello, o por falta de
ambición o de entusiasmo filantrópico, y prefieren vivir tranquilos al
arrimo de la ley, que claramente les marca su camino.
Para
ellos, economistas prácticos, todas las cuestiones son económicas:
cuestiones de tiempo, de impuestos y tarifas, de presupuestos bien o mal
empleados, de vías de comunicación, de crédito público, de propiedad,
de economías, de administración de justicia; y por tanto, no hay un
problema político que no se les presente bajo la forma de una ecuación
compuesta de estos términos: la paz pública, que mantiene la legalidad;
la legalidad, que trae seguridad; la seguridad, que da por resultado
riqueza y bienestar.
Por
eso tales conservadores son esencialmente conciliadores y pacíficos;
apoyan a todo gobierno legal, porque todo gobierno regular es un elemento
de conservación; y sólo se ponen del lado de la oposición, siempre con
prudencia y sin precipitarse hacia la lucha, cuando ven que el gobierno
trata manifiestamente de implantar el abuso como regla y la arbitrariedad
como amenaza para todos. Este elemento conservador economista, sería el más
seguro y sólido auxiliar del partido liberal, si éste supiera en todo
caso mantenerse en la vía de la moderación y la justicia, aplicando
todas sus fuerzas al desenvolvimiento del progreso en Colombia. Aquellos
conservadores son todos republicanos, amigos del derecho y de las mejoras
sociales, y ninguno de ellos tiene tendencias contrarias a la democracia,
porque todos, cual más cual menos, deben su posición social al trabajo y
a la economía. Entre esos conservadores economistas, no hay ni fanáticos
en religión, ni instintos dominadores ni tendencias al godismo.
Las
otras tres fracciones que hemos enumerado, pueden ser designadas así:
La
segunda, de los tradicionistas;
La
tercera, de los demócratas socialistas;
La
cuarta, de los centralistas de acción.
Los
tradicionistas (único elemento verdaderamente godo que tiene el partido
conservador) están gráficamente representados por La Caridad y El
Tradicionista, periódicos de muy marcado carácter.
Los
socialistas tienen su órgano en La Ilustración, diario escrito con
notable talento por un pensador filósofo, diserto y erudito, que ha
logrado imprimir al círculo de sus lectores las tendencias particulares
de su espíritu democrático.
Los
centralistas de acción, verdadero núcleo del partido conservador
militante, se sirven de La América, ya empleando por medio de su patriota
y republicano redactor el estilo galante del polemista moderado,
conservador por tradición y educación, pero liberal por el alma y el
corazón; ya esgrimiendo, por mano de sus colaboradores (los verdaderos
combatientes) las viejas armas del partido que, vencido de 1860 al 63,
quiere recuperar la posición perdida
.
Veamos
lo que son de cierto estas tres fracciones militantes; démonos cuenta de
su verdadera índole, su razón de ser, sus tendencias y su manera
respectiva de obrar, en el complicado juego de los partidos de Colombia.
Pero que no se echen a mala parte nuestras observaciones. No queremos en
manera alguna, lo declaramos a fe de hombres de bien, ofender a nadie, ni
rebajar hasta la triste esfera de las personalidades unas reflexiones que,
nacidas de la más sana intención, deben mantenerse en la serena región
de la filosofía política.
Hemos
dado constantes pruebas de sinceridad en todos nuestros escritos, y
tenemos derecho a que, si se nos cree descaminados, a lo menos se respete
y estime el sano propósito que nos anima. Nuestra regla invariable es
tener por sinceros a nuestros contrincantes, en tanto que no hallemos
pruebas en contrario; y así los muy notables escritores cuya política
hemos de tachar, no deben considerar nuestras observaciones sino desde un
punto de vista filosófico; mayormente cuando la cuestión es por todo término
delicada.
Cualquier
otro se sentiría embarazado al hablar de los tradicionistas de Colombia,
que se llaman o reputan los depositarios de la idea religiosa. Nosotros no
tenemos empacho en decir lo que pensamos, porque teniendo fe en la armonía
del hombre y de toda la Creación, y siendo tan profundamente republicanos
como católicos, buscamos en todo la conciliación de la verdad con la
verdad, y ni tememos ofender a la religión con la libertad, ni tener que
renegar de la libertad por la religión. Dígase lo que se quiera, la
religión cristiana católica y la república democrática y liberal, no
son virtualmente antagonistas o inconciliables; y harto hemos probado los
beneficios de la libertad republicana y del progreso, para no bendecirlos
como dones de Dios, así como harto nos ha probado la desgracia para no
conocer los inagotables tesoros de consuelo y de fuerte y sana filosofía
que la religión encierra.
Uno
de nuestros más eminentes poetas, épico en todo, grandilocuente en prosa
como en verso, manifiestamente místico y llevado por la imaginación
hasta las más hondas profundidades del ascetismo; un venerable anciano,
singularmente piadoso, erudito en alto grado, artista religioso, y que ha
gastado su vida en los pacientes estudios de la historia, que inclinan de
ordinario el espíritu hacia la contemplación y admiración de las cosas
antiguas o tradicionales; y un joven que recibió de su padre la grande y
preciosa herencia del talento; que ha cultivado notablemente su espíritu
con el comercio de los clásicos latinos (el latín inclina siempre las
almas retraídas hacia lo eclesiástico), y que ha hecho de la
concordancia de la religión con la literatura y la filosofía la materia
principal de sus meditaciones: tales son los hombres que forman en
Colombia el núcleo de la fracción conservadora que llamamos
tradicionista.
¿Qué
se proponen como pensadores y periodistas los señores Ortiz (Joaquín),
Groot y Miguel Antonio Caro? ¿Cuál es su punto de partida en la política?
¿Qué razón de ser tiene la doctrina que ellos sostienen y tratan de
hacer aceptar, no sólo a los conservadores, sino a todos los colombianos
creyentes? He aquí sus ideas, formuladas con la mayor fidelidad y
sencillez posibles:
El
liberalismo es abiertamente contrario al catolicismo.
La
idea del progreso indefinido es impía o anticatólica.
El
único gobierno verdaderamente legítimo y que tiene títulos para ser
universal, es el de la Iglesia católica, porque sólo este gobierno ha
sido instituido y amparado por Dios mismo.
Toda
libertad humana que sea condenada en principio por el Pontificado, es
antirreligiosa, y por tanto criminal o perversa.
No
hay ni puede haber, en definitiva, para los católicos creyentes y puros,
otra constitución ni otra ley social, sino el Syllabus.
No
hay en las sociedades humanas verdaderas cuestiones sociales ni políticas:
todo es cuestión de moral y religión.
Por
lo mismo, no hay ni puede haber partido conservador, en la común y
antigua acepción del término; sino únicamente partido católico, que
todo lo comprende, y que ha de tener por único jefe al Papa.
Y
por consiguiente, no hay tal partido liberal en el mundo: lo que hay es un
partido anticatólico, enemigo de la religión y la moral, y ateo; de
suerte que los liberales creyentes somos imposibles, absurdos, no tenemos
política admisible, y que los conservadores no ortodoxos ni severamente
practicantes, no pertenecen a la comunión conservadora.
Tal
es la teoría de la fracción tradicionista del viejo partido conservador.
Para ella sólo son legítimos los gobiernos que se proclaman católicos
romanos y buscan en la Iglesia, su origen, su titulo de autoridad y su
fuerza.
Para
ella, ninguna constitución política es aceptable, ni respetable ni
tolerable, si no es una constitución esencialmente católica.
Para
ella, no hay poderes públicos distintos de los de la Iglesia, sino que
todos deben estar íntimamente unidos a la Iglesia para mantenerla,
servirla y apoyarla en su vida moral con la fuerza material de los
gobiernos.
Para
ella, es un principio incontrovertible la libertad e independencia de la
Iglesia; pero al mismo tiempo condena la libertad e independencia del
Estado mismo y de cualquiera otra Iglesia, por cuanto sólo es verdadera y
divina la católica.
Para
ella, la conciencia religiosa no es libre ni sagrada, sino a condición de
ser católica romana.
Para
ella, toda la ciencia humana está contenida en la teología; y ninguna
obra de ciencia, de filosofía, de literatura, de arte o de política
puede ser sana, verdadera o exacta, sí no está en absoluta armonía con
el Syllabus. ¡El Syillabus es pues la ciencia universal, la constitución
del mundo político y social, la clave y razón de todo criterio!
Con
semejantes doctrinas, fácilmente se explica el absolutismo tradicionista
de la fracción a que aludimos: ella quiere llevarnos tan lejos hacia atrás,
que acaso no hallaría en la historia un siglo en que pudiera situar
satisfactoriamente sus doctrinas; la supresión de toda libertad e
independencia, de la república y la democracia, sería insuficiente para
aplacar aquel despotismo universal que no admite ningún progreso ni
reconoce la misteriosa marcha de la civilización humana. Y a tal punto
llega ese despotismo, que negando y aspirando a destruir por completo la
libertad del hombre, tiende a minar por sus cimientos todo el edificio de
la religión y de la Iglesia misma, y a conculcar todas las nociones de la
justicia, todos los principios que la razón humana ha deducido y deduce
de la contemplación de lo creado y de las leyes trazadas por el Creador a
su divina obra.
¡No!
Es preciso que hablemos con entera franqueza, tanto más merecedora de
estimación cuanto que la inspira el deseo del bien, el amor a Dios y al
hombre, y la acompaña el respetuoso reconocimiento de la sinceridad con
que piensan y proceden los escritores que sirven de núcleo a los
tradicionistas. Su intolerancia es inaudita y medrosa, pero la
comprendemos: es la consecuencia lógica de un absolutismo de convicciones
que se afianza en un deplorable olvido o desconocimiento de las leyes de
la Creación y de la naturaleza del hombre; de las leyes de la historia,
de la necesidad del progreso, y de las condiciones racionales del
cristianismo y de la grande Iglesia que mejor lo ha representado.
Nos
aterra la idea de que la humanidad retroceda en su fe cristiana, de que el
mundo pueda pervertirse con la incredulidad y apartarse del único sendero
luminoso y que conduce al bien; pero el mismo terror que sentimos nos hace
comprender que donde está el mayor peligro, no es en la libertad que
sirve al hombre para guiar sus pasos hacia aquel sendero, sino en la
intolerancia que le cierra los horizontes del progreso.
Hemos
vivido y meditado ya lo suficiente para saber por experiencia propia dónde
reside el mal. Veinte años de incredulidad, a los que han sucedido ya
ocho de tranquila fe, durante los cuales hemos sentido en nosotros mismos
la dulce y profunda armonía de la religión y la ciencia, de la libertad
del alma y la responsabilidad de la conciencia, de la luz de la revelación
y la luz del progreso, del amor creyente que sirve de lazo de asociación
en la Iglesia, y del derecho y la reciprocidad que unen a la sociedad
civil y forman la República: esos años de experiencia, decimos, nos han
servido, entre otras cosas, para patentizamos esta verdad: que los De
Maistre y los Veuillot han causado al catolicismo un mal infinitamente
mayor, con el absolutismo de sus ideas, con su rabiosa intolerancia y con
sus escritos llenos de emponzoñadas invectivas, que los Voltaire, los
Rousseau y los Renan, con sus sátiras baladíes, sus elucubraciones
llenas de vaguedad o sus eruditas imposturas; así como el liberalismo de
los tiempos modernos ha causado incomparablemente menos daño al
catolicismo que aquella sociedad de sacerdotes ambiguos que desde siglos
atrás ha venido, como un inmenso parásito, incrustándose en el gobierno
de la Iglesia y queriendo supeditar al Pontífice y sustituir la ambición
mundanal a la santa misión evangélica del sucesor de Pedro.
Puesto
que no se trata de autoridad ni de dogmas, sino de principios filosóficos;
puesto que la creencia religiosa no está en tela de juicio, sino la regla
de conducta que ha de seguirse en las relaciones que el hombre debe
mantener como creyente y como ciudadano; debemos protestar, como católicos
sinceros, profundamente convencidos y con tanto derecho como cualquiera
otro de la comunión, contra aquel despotismo que algunos espíritus
intransigentes nos quieren imponer. La cuestión no es sólo de católicos
y anticatólicos: la cuestión es también interna; es también entre católicos
absolutistas y católicos liberales; y no hay razón para que los primeros
quieran interpretar a su antojo los decretos de la Iglesia, a fin de
imponer a los otros una política que les obligue, a título de creyentes,
a abdicar sus derechos de ciudadanos y su libertad de hombres.
No
reconociendo autoridad sino en los Evangelios y la Iglesia, en lo tocante
a religión —autoridad que se modifica en lo puramente temporal o
profano—, entramos en la discusión de igual a igual con los señores
tradicionistas de la comunión católica; y sólo admitimos en ellos,
aunque iguales en el derecho, la superioridad o autoridad moral que puedan
darles la ilustración, el talento y la virtud.
Pero
les llamamos al orden por el abuso que cometen, queriendo suprimir todo
partido político para englobarlo en lo que llaman el partido católico;
les llamamos al orden por el irrespeto y la injuria que irrogan al Pontífice,
presentándole —a él, el apacentador evangélico de todas las ovejas de
Cristo, según el Evangelio— como jefe de partido, directamente ingerido
en las cosas temporales; les llamamos al orden, por la infidelidad,
involuntaria sin duda, con que quieren arrastrar la Iglesia a todas las
pasiones y miserias de la política, y con que pretenden injertar en la
comunión de la misma Iglesia los intereses de los gobiernos y las
agitaciones y mudanzas del mundo político; les llamamos al orden por
haberse erigido, por sí y ante sí, en intérpretes de la autoridad de la
Iglesia, queriendo aplicar el Syllabus a su acomodo y alegarlo como regla
de criterio para condenar toda tendencia o doctrina liberal, por sana que
sea.
No:
ni la Caridad, ni el Tradicionista, ni la Autoridad de Medellín, ni Los
Principios de Cali, han recibido encargo o misión de nadie para
excomulgar la libertad en nombre del catolicismo, y la república democrática
como supuesta enemiga de la Iglesia; ni esos periódicos son órganos
oficiales, ni aun oficiosos siquiera, de la verdadera idea católica; ni
hay por qué reconocerles autoridad alguna, salvo la puramente moral que
puedan darles la razón y el mérito. En la comunión católica, la única
autoridad aparte de los textos evangélicos, es la del sacerdocio, en sus
diversas escalas, y rigurosamente limitada a las cosas relativas al reino
de Dios. No debe pues tenerse por autoritario en religión, sino aquello
que comunicado oficialmente por los ministros, por los medios que tienen a
su disposición, emane de la Iglesia, tal como está organizada por sus
constituciones. Lo demás que digan los libros y periódicos que se llaman
órganos y defensores del catolicismo, lo dicen o dirán por su cuenta;
son sus opiniones personales, que a nadie obligan; y cuando presentan el
catolicismo como una doctrina absolutista, antiliberal, antirrepublicana y
antiprogresista, lo que proclaman es su propio absolutismo, y no el del
cristianismo católico.
Hechas
estas advertencias, entremos en materia.
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