ORÍGENES
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
IDEAS
FUNDAMENTALES
DE
LOS PARTIDOS POLÍTICOS
DE
LA NUEVA GRANADA
MANUEL
MARIA MADIEDO
ESCUELA
CONSERVADORA
Una vez los españoles
en América, con ellos vino a estas regiones lo mejor que el mundo poseía,
el Cristianismo; bien que envuelto en la capa de la conquista y al brillo
del sable exterminador; pero vino, vino esa gran razón de la civilización
moderna; y en su seno, se fundieron como en un vasto crisol, los elementos
heterogéneos que ocultaban sus grandes perfecciones. En el fondo de ese
gran crisol, quedaron los elementos primitivos de una conquista
providencial, conjunto de lo malo de América y de lo pésimo de Europa:
la barbarie del salvaje idólatra y la barbarie del siervo cristiano. Esto
constituyó el fondo de la civilización hispano-americana, como punto de
partida en la vida civil de los pueblos de origen español en estas
comarcas.
El hombre se vuelve
siempre con encanto hacia lo pasado: por eso es tan difícil reformar el
mundo: es que cada individuo recuerda con deleite los juegos de su niñez,
las fantasías de su juventud y los goces saboreados por el cálculo y la
reflexión de la edad madura. Esto explica el poder de las tradiciones. ¿Y
qué no es tradicional en el hombre? Desde el primer vocablo de nuestra
infancia, hasta la plegaria de nuestra última agonía.
Desde 1492 hasta 1810
¿qué hubo en la América española? Ignorancia general, orgullo de raza,
tiranía política y fanatismo religioso. Esto éramos; y esto queríamos
ser, esto queríamos conservar. ¿Por qué? porque no conocíamos nada
mejor; y el hombre, si no lo enseñan, no aprende. Toda civilización,
desde el Edén hasta hoy, tiene un iniciador de otra parte.
El gobierno era un gobierno fuerte; ni podía ser de otra manera,
siendo la expresión de una sociedad cuyos elementos reclamaban esa fórmula
política. Conservar eso, era vivir. Por eso, cuando aparecieron nuestros
libertadores, hombres emancipados moralmente por el estudio de otros
antecedentes, el pueblo no podía comprenderlos, y los vio degollar sin
saber que eran sus redentores: de otro modo, habría muerto con ellos o
despedazado a sus victimarios, antes de una lucha tan prolongada y
costosa.
Con el siglo pasado,
expiraban en Europa sus fórmulas y sus tradiciones. Voltaire y Rousseau
habían sembrado la semilla que cosecharon desde Mirabeau hasta el
emperador Napoleón: lo que no recogió el tribuno, lo puso el soldado en
sus vivaques; hombres, instituciones y glorias.
La Francia fue un
volcán cuyas lavas cubrían a toda la Europa; y los ecos de sus rugidos
vinieron a reflejarse sobre las cumbres de los Andes. La América se
estremeció como volviendo de un sueño agitado por espectros. Ella no sabía
lo que quería; pero quería algo que estaba encerrado en el genio de sus
grandes hombres.
En Europa, las viejas
ideas pasaban como nieblas con los tiempos que las habían traído; y un
porvenir inexplicable abría para el mundo sus más fecundos arcanos. Pero
la libertad vino aquí como a un viajero extraviado, que no entiende la
lengua de los moradores de una región desconocida. Su belleza sedujo, su
acento halló ecos en los corazones; pero no esa fuerza de convicción,
que hace de cada hombre una doctrina, de cada mirada un rayo, de cada
instante un siglo, y de un pueblo la humanidad.
Una
región de ciegos, el día que recobra la vista, si se fija en el sol,
queda más ciega que nunca. Pero había en la atmósfera del globo, un
elemento de inquietud vibrante, que lo sacudía con violencia de un polo
al otro. La vida de Napoleón comunicaba su fuego a toda la tierra. El
paso de sus legiones resonó hasta nosotros al descolgarse por los
Pirineos. Era necesario que la cola de ese inmenso cometa se viera hasta
en los desiertos de nuestras soledades…
Todo
se agitó aquí; porque todo se agitaba en el mundo. Era una época de
combates, presidida por el genio de la guerra. Las armas vinieron a las
manos sin saber cómo: era preciso agitarse, batirse, morir y cubrirse de
gloria; porque esa era la ley providencial de esos tiempos.
Nuestro
pueblo, como tantos pueblos de la tierra, se lanzó al combate por la
libertad; luchó, murió y se cubrió del lauro de los héroes... ¿Supo
lo que hizo? ¿Comprendió a los hombres que tocaron el clarín y le enseñaron
el enemigo?... Los resultados hablan.
El
pueblo se enamoró de ese sonido libertad: algunos soñaron con la República;
los más sólo pensaron en lanzar de aquí a los españoles, estorbos
venidos de ultramar hacía trescientos años; pero era preciso vengar
sobre ellos, sangre nuestra, nuestra propia sangre derramada por ellos en
el degüello general de nuestros bárbaros bisabuelos. Era preciso que se
alejaran, para que otros señores ocuparan sus dominios, vistieran sus
insignias y hasta hablaran sus baldones.
El
pueblo dio su sangre, porque el pueblo, como los niños, da cuanto se le
pide: él no había visto nunca la República, ni tenía la cultura
bastante para adivinarla. Los magnates que le habían enseñado el campo
de batalla, le presentaron un mamarracho y le dijeron: esta es la República;
un gobierno sin realidad, con las leyes de un pueblo libre, y en contraste
con las costumbres coloniales. Durante la revolución, el pueblo no hizo
sino luchar, y no aprendió sino a vencer: esto no es la República.
El
soldado libertador se acordó del conquistador ultramarino y dijo: —¡ese
soy yo!, para eso hemos echado a los españoles.
El
criollo, por su origen español, se acordó de los señores que antes venían
de España a los obispados, a las gobernaciones, a las audiencias, a las
presidencias, a las capitanías generales, a los virreinatos, etc., etc.,
y dijo: —¡ese soy yo!, para eso hemos echados a los españoles...
El
ricacho monopolista recordó los bellos días en que sus abuelos, a favor
de las leyes coloniales, ganaban un quinientos por ciento sobre sus
baratijas traídas de la Península y dijo también: —¡ese
soy
yo!, para eso hemos echado a los españoles.
El
sacerdote leyó la historia de la conquista del Perú y de México, vio cuántas
riquezas había amontonado su clase, rodeada de exenciones legales, y de
respetos sociales, y dijo: —¡esos somos
nosotros!, para
eso hemos echado a los españoles.
El
propietario rural recordó que en otro tiempo hubo señores con encomiendas,
para remedar el feudalismo del viejo mundo, y dar solaz al conquistador
español, mientras que el indio lanzado a latigazos de su hamaca, se
enterraba vivo en busca de un oro que no sería para él, familiarizándose
con el sepulcro en las entrañas de la tierra, como con un amigo, único
que podría libertarlo de la codicia y de la tiranía; y el hacendado, mirándose
rodeado de numerosos colonos, dijo: —¡ese soy
yo!, para
eso hemos echado a los españoles.
Cada
uno fue tomando su puesto.
El
pueblo, la masa, se puso a contemplar lo que había ganado en la
sangrienta lucha de la Independencia; contó sus hazañas por las tumbas
de sus padres, de sus hijos y de sus hermanos; en sus brazos miró las
cicatrices de las cadenas de tres siglos, confundidas con las señales que
el acero enemigo había dejado en sus miembros; reconoció la honda sima
que lo separaba del antiguo criollo, del antiguo soldado, del antiguo
comerciante, del antiguo sacerdote, del antiguo propietario, y vio que ese
foso aún no había sido suficientemente colmado por los cadáveres de una
batalla de diez años, a pesar de la gloria que le servía de aureola. Se
encontró pobre, mutilado, explotado en su sangre para la guerra y en su
sudor para la paz; y en medio de las más bellas leyes, los hombres por
cuya libertad se había sacrificado, todavía lo llamaron la plebe,
la canalla; y le dieron un puntapié cuando quiso ser algo, apenas
algo más, que lo que había sido bajo los esbirros de la tiranía
ultramarina.
Después
de la guerra nacional de la emancipación de estos países, ¿qué ganaron
los pueblos, las masas, qué habían hecho el enorme gasto de esa fiesta
terrible? Donde estaban sentados los españoles de Europa, se sentaron los
españoles de América,
con todas sus viejas tradiciones
coloniales y con sobrado campo para remedar a los antiguos opresores. El
mundo de Colón era un inmenso osario mezclado de trofeos de guerra, sobre
cuyo conjunto, la espada de Bolívar brillaba suspendida como el astro de
la victoria. Pero esto, ¿qué vale para la muchedumbre? La gloria de
Alejandro no es de sus falanges, ni la de César la de sus legiones. En
Francia, cuando cayó la cabeza de Luis XVI, cayó un mundo con ella,
porque allá la transformación del espíritu humano precedió a la práctica
de la peripecia: el orden lógico, el espíritu antes que la materia. Aquí
fue todo lo contrario: se ejecutó un movimiento de remolque, porque
nuestra fiebre revolucionaria no nos vino de nosotros mismos, sino por un
gran contagio atmosférico. En Francia un mundo dio un paso a otro mundo:
aquí no hubo sino un cambio de hombres; dejando el cambio de las ideas,
que debía haber precedido, relegado a un aplazamiento sin término.
Las
victorias de la Independencia no constituyeron una Nación de estas viejas
colonias, sino las colonias separadas de la España por una inmensa línea
de cadáveres. ¿Qué otra cosa tuvimos después de los triunfos que no lo
tuviéramos antes del combate? una sola cosa: la Independencia. En cuanto
a la libertad, la libertad no se aprende con el sable en la mano, después
de trescientos años de ir diariamente a la escuela del vasallaje. La
venganza no sabe enseñar cosa alguna a los hombres.
En
1819, el general Santander se descalzó las espuelas de Boyacá en las
antesalas del palacio de gobierno: colgó la espada del soldado y tomó la
pluma del estadista para demostrar sus grandes talentos administrativos.
Bolívar era un poseído, poseído por el genio de los combates, por la
ambición de la gloría. ¿Qué le importaba entonces a él el gobierno?
Él no quería sino gobernar a la fortuna, y remedar los destellos del
grande astro de la Francia, de quien apenas fue el más bello satélite.
Esos
dos hombres se encontraron, al fin, frente a frente. Santander con su
clientela de empleados, Bolívar con sus veteranos victoriosos. ¿Qué
quería cada uno de ellos? ¿El gobierno? Pero no podían compartírselo;
porque en sus pretensiones exclusivas, cada cual lo quería todo para sí,
con un tipo propio recíprocamente inadmisible.
Alrededor de
Santander se agrupó el antiguo criollaje, vestido de todos colores, y
buscando la antigua preponderancia, al arrimo del orden civil de que
Santander se había hecho el patrono.
Alrededor
de Bolívar estaba la democracia del sable, con la victoria por título.
En
nada de esto había ideas de verdadera República. Esto no era más que la
antigua colonia española, con otros vestidos que los que le venían antes
de la España.
Los
prohombres creyeron que el odio a los españoles era amor a la democracia;
pero una vez que los españoles desaparecieron, los criollos dijeron: ¿quién
hay aquí igual a nosotros fuera de nosotros mismos? ¿Quién nos impide
ser ahora más que los españoles que hemos arrojado de aquí? ¡Es
preciso tomar la revancha de tres siglos de humillaciones!...
El
gobierno español había creado aquí una larga serie de filiaciones de
sangre, desde el infeliz esclavo africano, hasta el fidalgo de ultramar.
Duraba todavía el combate contra la madre-patria, y ya esas filiaciones
habían desaparecido bajo la igualdad de hierro del cuartel y de la
ordenanza; pero allá dentro del cuartel. En los ejércitos, las balas
establecen la igualdad de la muerte, como un título para los honores
comunes: la derrota o la gloria une a los hombres y los pesa en una misma
balanza. La jerarquía militar no es más que una organización
indispensable para el oficio de los combates; pero la punta del sable o de
la bayoneta alcanza a todas las alturas. Bajo este aspecto, la democracia
guerrera del héroe de Colombia, tenía más títulos a la República, que
las estudiadas clasificaciones de lo que entonces se llamaba el partido
civil; y sin embargo, este partido se llamó el partido liberal.
La
Colonia vestida con la fornitura ofrecía todos sus rangos a todas las
clases del pueblo, cuando en el gran núcleo de la colonia civil, las
ideas del pasado se oponían con el poder de las tradiciones, a la admisión
de todos los hombres en todas las categorías sociales.
La
rudeza del soldado tuvo entonces todo el aspecto de una tiranía
verdadera, y la oculta petulancia del partido civil afectaba, bajo la
casaca negra del ciudadano pacífico, sus viejos resabios de las
distinciones coloniales.
El
ejército era una democracia de hombres afiliados bajo la dura ley de la
ordenanza militar.
El
partido civil, aunque profundamente aristocrático, oponía sus leyes
impotentes y sus tradiciones poderosas, a esa democracia semi-salvaje,
sin más brillo que el lustre de sus armas victoriosas.
Podía
decirse que en esos tiempos la República estaba en el cuartel.
En
el fondo de las poblaciones, el antiguo colono invocaba la libertad, sin
olvidar las viejas pretensiones del antiguo señor ultramarino; que
deseaba emancipar de la democracia del cuartel, como antes trabajó para
emanciparla del exclusivismo insultante del gobierno español.
Bolívar
había tenido la debilidad de preferir en grados y decoraciones a sus
paisanos de Venezuela, y esto perjudicó inmensamente el éxito de sus
ideas, cuando ese grande antagonismo del soldado y del ciudadano vino a
combate sobre un terreno extraño para el soldado venezolano. Ideas
mezquinas de provincialismo, tomaron las proporciones colosales de grandes
principios; y los compañeros del Libertador sucumbieron bajo los nombres
odiosos de enemigos del pueblo, en una región en que la parte civil de la
sociedad aspiraba a las viejas jerarquías borradas por el sable y los
bigotes.
Muerto
el Libertador, sus amigos huyeron o abdicaron. El partido civil quedó
solo en el teatro de sus triunfos, sin enemigos que combatir, pero
acostumbrados a la lucha. Colombia se había desplomado sobre la tumba de
su creador, y algunos pigmeos se ilustraron en la magna obra de escupir
sobre los restos del hombre que había ilustrado la barbarie de un mundo
con la gloria de su nombre... Estos mirmidones se hicieron un teatro
proporcionado a sus estaturas de enanos, y allí aparecieron como gigantes
entre las pequeñeces que los rodeaban. Entonces los corifeos que se habían
lanzado contra la democracia del sable y de la gloria, no pudieron
entenderse unos con otros: generación pendenciera, para quien la paz
parece un ideal irrealizable. Ya no se trató más de gobernar con la
espada o con la ley: cada cual, con la ley en la mano, quiso un sistema más
o menos conforme con el pasado o con el porvenir. Los hombres que apoyados
en el ejército habían lanzado a los españoles más allá del océano,
cavaron a Bolívar una sepultura vulgar y no pudieron gozar de la paz de
aquel sepulcro.
En
resumen, la escuela conservadora en estos países, no ha sido una teoría
de principios fundamentales, sino la simple liberación de la vieja
Colonia entregada a sus propios instintos de pasadas jerarquías,
opresiones y tendencias. Detrás del conquistador español, está el
Libertador de Colombia: detrás del héroe, los hijos de tres siglos de
esclavitud, sin más diferencia que la que imprime el soplo de los tiempos
en todas las cosas del universo.
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