ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LA LIBERTAD Y EL
CATOLICISMO
CARTA TERCERA
Al señor
Diógenes A. Arrieta.
Muy señor mío:
Concluyamos la
discusión a que usted me ha invitado.
Hemos visto lo
que es la libertad, en qué consiste el liberalismo, y cuáles son los
recursos de que éste se ha servido en Colombia, en lo tocante a los
asuntos eclesiásticos, para afianzar su causa y sus victorias, y poner la
libertad misma a cubierto de los peligros que pudieran venirle de la
Iglesia dominante entre los colombianos. Antes de examinar lo que es el
catolicismo, en cuanto esto puede importar a la política, veamos cuál es
la situación del país.
Hay en Colombia
una situación extraña, que irá modificándose con el tiempo, pero que
existe hoy con circunstancias muy singulares: un desacuerdo patente, en lo
relativo a los asuntos religiosos, entre el derecho y los hechos,
entre las instituciones y las costumbres. La Constitución tolera todas
las religiones y hace necesaria una tolerancia absoluta; y sin embargo, en
este país, a excepción de algunos indiferentes, y de unos pocos
verdaderos filósofos, casi todos son intolerantes: ni los racionalistas
toleran que los católicos crean, ni los tradicionistas toleran el
entierro libre, por ejemplo, de un filósofo que muere fuera del seno de
la Iglesia. La Constitución establece la libertad completa de los cultos,
y entre los colombianos sólo hay un
culto: el
católico. La Constitución, dada por los liberales, ha separado
totalmente la Iglesia del Estado; y sin embargo hay liberales que quieren
concordato, con "suprema inspección", y los hay que quieren
extinguir el catolicismo, como "antagonista de la libertad";
libertad que el partido liberal mismo ha reconocido a todas las
religiones.
¿Esto qué
prueba? Prueba que los hechos no están en armonía con las instituciones;
que muchos de los liberales no saben ser liberales; que no tenemos
todavía suficiente escuela; que nos falta lógica para
someternos a las inevitables consecuencias de nuestros propios actos; que
nos asustamos de nuestra propia obra; que nuestro liberalismo se ha
anticipado a lo que el país necesitaba, o, lo que es cierto, que no
comprendemos bien el liberalismo.
Vea usted,
señor Arrieta, la curiosa ilación de las cosas en Colombia: este pueblo
es republicano por su índole, sus instituciones y sus ideas, y se
gobierna o debe gobernar según el voto de las mayorías y por medio de
mandatarios fieles a las mayorías; los colombianos, casi en su totalidad,
son católicos; el catolicismo, como todas las religiones no inmorales, es
de libre profesión en Colombia; y sin embargo, la única religión que
algunos liberales desean extirpar es la católica, a la que hacen cruda
guerra, ¡por considerarla enemiga de la libertad!
Por tanto, los
constituyentes de 1853, y los de 1858, y los de 1863, que reconocieron la
absoluta libertad religiosa y la completa separación de la Iglesia y el
Estado, eran unos insensatos: ¡dieron libertad a una cosa que no sólo no
debía ser libre, sino que no debía existir! En lugar de decir con una
plumada: "suprímese el catolicismo, por ser incompatible con la
libertad", hicieron una insigne majadería, pues declararon: "permítese
vivir al catolicismo y desarrollarse a su acomodo, y para ello se le
reconoce, como a todas las demás religiones, una libertad completa".
Esto, señor
Arrieta, no sólo me hace recordar la célebre expresión de Beaumarchais,
reproducida por el inmortal Fígaro español, sino cierta
ocurrencia de un sujeto muy servicial y filantrópico. Un día, forzado
por cortesía a ofrecer sus servicios a un amigo, el buen sujeto le
dijo: "Estoy a las órdenes de usted; puede usted disponer de mí con
toda confianza en cualquier día de la semana que no sea lunes... ni
martes, ni miércoles, ni jueves, ni viernes, ni sábado... ni
domingo". Así hay liberales muy adictos a las libertades reconocidas
por la Constitución, y muy respetuosos por la inmunidad social de la
conciencia humana, que dicen: "Colombianos, os reconocemos la
libertad de profesar pública y privadamente toda religión; sólo os
prohibimos profesar el catolicismo (única
religión que
tienen los colombianos), por cuanto es contrario a la libertad o
pernicioso para el liberalismo".
¡Medrados
estamos entonces con la libertad y el liberalismo!
Yo, señor
Arrieta, veo las cosas de otro modo. Como creo que todo hombre justo y
bueno y creyente en Dios, que obra según su ley y hace todo el bien
posible, puede salvarse, aunque no sea católico, respeto profundamente
todas las creencias sinceras, estimo a todos los hombres religiosos,
y sí bien quisiera que todos fueran católicos, y deploro que no lo sean,
sólo les pido que tengan y profesen de veras una religión. De
ahí proviene mi constante espíritu de tolerancia. Para mí, el
católico, el protestante y el israelita, son iguales ante la sociedad y
la ley, como poseedores del derecho común, y ante Dios, como conciencias
libres y responsables; y teniendo esta convicción, no puedo admitir que
ninguna religión, en no siendo inmoral, sea antagonista de la libertad,
ni deba ser perseguida por nadie. Amo la libertad, la quiero para
todos,
y la acepto, sin miedo, con todas sus consecuencias.
Pero ¿qué cosa
es el catolicismo? Repito que no quiero ni puedo entrar en el campo de la
teología: no estoy obligado a presentar certamen de religión y
solamente haré notar los hechos culminantes.
Hay en el
catolicismo dos elementos y caracteres muy distintos, bien que
íntimamente enlazados, puesto que el segundo sirve para hacer efectivo el
primero: hablo de la Religión y de la Iglesia. Lo primero
es puramente espiritual, mezcla de natural y divino: natural, el
sentimiento humano, el religioso, que induce a creer, adorar, esperar y
obrar conforme a lo que se tiene por Dios y ley de Dios; divino el cúmulo
de revelaciones y dogmas, que los cristianos reputan como procedentes de
Dios mismo. Eso es lo que compone la religión, creencia individual, hecho
puramente privativo de la conciencia, que no tiene formas materiales ni
afecta directamente a la sociedad civil.
Lo segundo es la
Iglesia, es decir, la comunión de creyentes organizada de
cierto modo. Aquellas conciencias que tienen cierta fe, sienten que la
comunidad de su creencia establece entre ellas un lazo de unión; creen
necesario mantener un culto, unos ministros para servirlo, y
alguna forma de autoridad que les mantenga unidos y les dirija
hacia la consecución de sus fines religiosos; y para adquirir toda la
fuerza de vitalidad necesaria, como cuerpo activo y creyente, se organizan
conforme a ciertas reglas y constituyen sus poderes.
Toda Iglesia es
pues un cuerpo creyente, una asociación de conciencias, y al propio
tiempo una organización que tiene su disciplina y forma particulares.
Como cuerpo creyente o asociación de conciencias, es espiritual, y
es virtualmente inofensiva, libre sin limitación, inmune, como
tiene que serlo toda conciencia ante la sociedad civil. Como cuerpo
organizado, es un hecho humano, temporal y material;
tiene que servirse de medios análogos a los que emplea toda sociedad
organizada; es susceptible de errores, de abusos, de violencias y
crímenes, como lo son todos los hombres; puede hallarse en antagonismo
con el orden político establecido o con las ideas o aspiraciones de unos
u otros partidos, o de los poderes públicos; y está sujeta a todas las
vicisitudes de los tiempos, según que se adapte más o menos a las
tendencias de la civilización y a la índole de los pueblos y gobiernos
con quienes puede tener relaciones o sobre quienes puede ejercer
influencia.
Pues bien,
señor Arrieta: como liberal que es usted, tiene que reconocer al
catolicismo el pleno derecho de existir, desarrollarse y perpetuarse;
tiene que reconocerle su libertad e inmunidad absolutas, en tanto cuanto
sea simplemente una religión; so pena, en caso contrario, de negar
usted su propia libertad de no ser católico, su propio derecho a profesar
cualquiera creencia, o a no profesar ninguna. Por tanto, la conclusión es
ineludible: el catolicismo, como
religión, no es ni puede
ser incompatible con la libertad.
Pero me dirá
usted, señor Arrieta: "como cuerpo organizado o gobierno, el
catolicismo es otra cosa; es peligroso y funesto". Allá vamos; a
este terreno quiero, como usted, traer la cuestión. Y no me alegue usted
—por mucho que me colme de honor con la buena opinión que de mí tiene—
que no se trata de lo que debiera
ser, sino de lo que es;
que yo creo compatible la libertad con el catolicismo, porque mi generoso
corazón y mi poética imaginación me hacen ver las cosas desde un punto
de vista distinto del que tienen, en lugar de verlas como
son.
No alegue usted
contra el catolicismo los actos de un rey detestable como Jacobo II; de
ambiciosos como los Napoleones; de fanáticos feroces como un Felipe II;
de furias humanas como Torquemada; de miserables o tigres como el clérigo
Santacruz de España, o de insensatos ineptos como el pretendiente don
Carlos. Estos ejemplos podrían servir de algo para tiempos de antaño o
para otros países; pero en Colombia a nada conducen y nada
prueban. ¿Por qué? Porque en Colombia hay plena libertad de religiones y
cultos, no hay religión de Estado, y el catolicismo, como organización o
cuerpo disciplinado, está desarmado, reducido a la condición de cosa
voluntaria y privada. Para la
ley, lo mismo vale en Colombia
ser católico que espiritista, homeópata, clásico o romántico,
partidario de la ortografía española o aficionado a la música de Verdi
o de Wagner. Si la Iglesia católica no es aquí gobierno; si
conforme a las instituciones y los hechos ella no ejerce autoridad alguna
en la política, ¿en qué puede ser incompatible con la libertad?
Pero acaso
usted, señor Arrieta, teme la influencia del catolicismo; teme que
esta religión pueda causar daño a la libertad. ¿Y por eso
habría que suprimir el catolicismo? Tanto valiera esto como suprimir
todos los homeópatas, por cuanto pueden hacer mucho daño a las verdades
incompletas de la alopatía; como suprimir a todo adversario, supuesto o
verdadero, aunque sea inofensivo y esté desarmado, ¡por
cuanto que algún día puede estar armado y ofendernos!
Pero, señor: si
usted abriga serios temores de que el catolicismo cause daños a la
libertad, yo que no los abrigo, por ser al propio tiempo liberal y
católico, me tomo la confianza de mostrar a usted el camino seguro del
liberalismo inofensivo; el medio seguro de hacer que progrese entre
nosotros la civilización y de que el pueblo sea siempre libre y el
individuo independiente; sin estorbar en lo mínimo la acción inofensiva
y enteramente libre también de los católicos. ¿Cuáles son aquel camino
y aquel medio? Los hechos, que no mi imaginación, los están
mostrando.
Mantengamos a
todo trance las libertades y garantías que la Constitución nos ha
reconocido, y la completa separación del Estado y las iglesias.
Evitemos
complicar la política con la religión, y no suscitemos cuestiones
religiosas, a fin de no provocar al clero a salir de la iglesia para
meterse en las cosas del gobierno civil.
Acatemos en
cuanto sea posible al catolicismo, por ser la religión de los
colombianos, sin darle por eso privilegios de ninguna clase.
Mantengamos
inflexiblemente la autoridad del poder civil sobre los cementerios
públicos, por cuanto las inhumaciones y exhumaciones son asuntos de
policía; sin perjuicio de dejar entera libertad a las ceremonias
religiosas; a fin de asegurar hasta en la sepultura la inmunidad de la
conciencia.
Mantengamos con
la misma firmeza la plenitud de la autoridad civil en lo tocante a los
actos matrimoniales y a todo lo que importa a la constitución de la
familia; sin perjuicio de la entera libertad de los bautismos, los
matrimonios y entierros eclesiásticos y la administración de los demás
sacramentos.
Sostengamos la
prohibición de que se amortice la propiedad raíz, y de que las
comunidades religiosas tengan personería civil y adquieran bienes
raíces; sin perjuicio de dejar a los creyentes en plena libertad para
asociarse como quieran, adquirir y poseer bienes individualmente, y
disponer de ellos como a bien lo tengan.
Perseveremos con
amplia liberalidad y munificencia patriótica, en sostener a todo
trance la
enseñanza pública libre, laica y en inmensa
escala. Inundemos de luz, de ciencia, de vida moral e intelectual al
pueblo, en la Universidad, en los colegios públicos, en las escuelas
normales, especiales y primarias, en una Academia nacional, y en cuanto
pueda servir para sacar a los colombianos de las tinieblas, la
degradación y la ineptitud de la ignorancia.
Y al propio
tiempo que estemos difundiendo luz, mucha luz y siempre luz para los
entendimientos, trabajemos sin descanso por abrir camino a todos los
esfuerzos industriales y todas las manifestaciones de la actividad social.
Cubramos el país de líneas telegráficas; mejoremos y multipliquemos los
correos; reemplacemos dondequiera la mula con la rueda y el remo y la
palanca del boga con las lenguas de fuego del vapor; facilitemos el
desenvolvimiento de todas las industrias; alumbremos, embellezcamos y
demos agua a todas las ciudades; desequemos los pantanos; multipliquemos
las exhibiciones agrícolas e industriales; y demos al periodismo, a las
imprentas, las bibliotecas y los museos públicos todo el desarrollo
posible.
Con la
ejecución de este programa haremos al pueblo libre, fuerte y moral,
porque le daremos instrucción, educación, independencia y medios de
adquirir riqueza, cultura y bienestar.
Y entretanto,
señor Arrieta, ¿qué será del catolicismo en Colombia y qué harán los
católicos? Permítame usted que se lo diga. Una de dos cosas tiene que
suceder: o los católicos y sus prelados se acomodaran con la libertad y
la política liberal, en cuanto ésta sea verdaderamente liberal, es
decir, respetuosa por el derecho, justa, inofensiva; o no se conformarán,
y a título de hacer la guerra al liberalismo la harán, olvidándose de
Jesucristo y del objeto mismo de la religión, a todos los esfuerzos del
progreso y a la justicia de la emancipación social, que es la caridad de
la civilización.
En el primer
caso, el catolicismo vivirá, prosperará, será cada día más
respetable, más espiritual y fecundo en bienes, como lo es en Inglaterra
y la Unión Americana, donde existe con independencia y no domina en la
política; y no habrá un verdadero liberal, un buen filósofo que no se
felicite de la prosperidad de una religión inofensiva, poderoso auxiliar
de las leyes para morigerar las costumbres y contribuir a la sana
organización de las familias.
En el segundo
caso, los católicos de Colombia pondrían de manifiesto suma incapacidad
para adorar a Dios, y ejercer la caridad evangélica y purificar su alma
con la oración y la virtud, sin odiar y atacar la Libertad, que es tan
hija de Dios y tan necesaria como la religión; patentizarían total
carencia de lógica y sentido común, puesto que la democracia, que
emancipa en lo político, es una repetición del Decálogo y el Evangelio,
que emancipan y procuran el bien en lo moral y espiritual; y luchando como
unos insensatos contra la corriente inevitable y natural de los
hechos humanos, el torrente de la civilización les envolvería en el
torbellino de sus irresistibles ondas, arrojándole sobre las desiertas
playas del olvido, en tanto que los hombres de fe en la armonía del bien
y en la justicia arribarían gozosos, fuertes y regenerados, a los
afortunados puertos del progreso...
¡Pero no! el
catolicismo como religión; el cristianismo católico, que tiene su raíz
en el Decálogo y su inefable y perpetua luz en el Evangelio, es
imperecedero: él vivirá y triunfará al través de los siglos y los
siglos, porque es la redención del hombre; sean cuales fueren las
vicisitudes por las que puedan pasar las instituciones y costumbres
católicas relativas a la organización y disciplina de la Iglesia.
Créame usted,
señor Arrieta, lo que en este momento le afirmo, con el más ardiente y
afectuoso anhelo de hacerle el bien con mi doble fe de liberal y de
creyente. Mi voz no es la de un aspirante o ambicioso: es la de un hombre
que a los cuarenta y cinco años de edad ha vivido un
siglo,
porque ha pensado, sentido, trabajado y sufrido mucho; es la voz de un
hombre muerto para la política, que asiste con serenidad a su propio
entierro, y recibe al propio tiempo las paletadas de piedras que le
arrojan con ira los católicos enemigos del liberalismo, y los liberales
enemigos del catolicismo. Hablo a usted con ternura y melancolía, porque
hablo con un joven y un incrédulo; hablo sin pasión y sin ofuscamiento,
porque mi voz, en medio del bullicio de la política colombiana, es como
una voz de ultratumba. He podido ser mucho, si lo hubiera querido
de cualquier modo, y no soy nada, porque, como dicen algunos, "soy demasiado
independiente y honrado". He terminado mi carrera; soy un hombre
desahuciado por todos los médicos de la política, y ya puedo hacer mi
testamento. Óigalo usted, señor Arrieta, en pocas palabras:
El hombre es una
bella y sublime armonía, y la vida es un compuesto de facultades,
necesidades y esfuerzos que total y simultáneamente conducen al
bien y el perfeccionamiento.
El hombre no
vive solamente de ciencia, trabajo, libertad y adquisición:
vive también de amor y religión, es decir, de sentimiento
y fe, de abnegación y sacrificio, de caridad
y poesía.
La juventud es
un contraste pasajero. Cuando en ella vivimos, todo lo creemos fácil para
nuestro entendimiento: no conociendo aún las luchas y dificultades de la
vida, creemos que infaliblemente resolveremos todos los problemas con la
razón experimental y analítica, y llenos del candoroso orgullo de la
confianza en nosotros mismos, desdeñamos como preocupaciones todo aquello
que no nos parece ser rigurosamente científico. Así es que nos figuramos
ser incrédulos, nos mostramos irreligiosos, casi ateos, no obstante el
entusiasmo de una edad en que la poesía lo embellece todo y en que
tenemos fe en lo porvenir...
Pero llega un
día en que tenemos un hogar propio, una familia que nos debe la
existencia, y de cuyo destino somos en gran parte responsables; en que la
desgracia nos pone a prueba; en que los amigos no son infieles y el mundo
nos es ingrato; en que conocemos los desengaños y contratiempos, los
dolores y amarguras de la vida, y pedimos a la filosofía el remedio para
lo que sufrimos... Entonces comprendemos que la ciencia no remedia las
fatalidades de la vida, ni resuelve los problemas del dolor: tornamos la
mirada al cielo, y allí alcanzamos a ver, entre inefable luz, las sombras
de nuestros mayores; miramos hacia la tierra en torno nuestro, y vemos a
nuestros hijos sonriéndonos con ternura, confiados enteramente en nuestro
amor y nuestro juicio, o hechos... sagrado polvo de nuestro corazón en el
fondo del sepulcro... Entonces... entonces, señor Arrieta, volvemos a
creer; porque, repleto el corazón de lágrimas, y llena el alma de
inmensa caridad para consigo misma y para con sus semejantes, buscamos
refugio para una vida superior al dolor y al desengaño, ¡ y solamente lo
encontramos en la infinita fortaleza y misericordia de Dios!...
Un pueblo sin
religión es una masa de insensatos sin freno, que sólo puede producir
monstruosidades. Si no se le instruye y educa, será perverso y
corrompido; si se le ilustra, será doblemente bueno con el auxilio de la
religión y la ciencia. Pero si ya tiene creencias, nadie tiene derecho a
tratar de arrancárselas, si no está seguro de poderle ofrecer algo mejor
y verdadero.
El cristianismo
católico, como religión, y aun como cuerpo organizado (durante muchos
siglos) ha prestado inmensos servicios a la libertad democrática: tanto
le ha servido, que sin el cristianismo el mundo sería hoy esclavo y
miserable. ¿Y vendría el liberalismo a pagarle su deuda tratando de
extirparlo? ¿Y si lo quisiera lo podría? No: el hombre necesita ser
creyente para poder amar la libertad; porque ¿qué es la libertad, sino
la redención en la tierra, imagen y preludio de la redención del
alma en la inmortalidad? ¿Qué es el liberalismo, sino una religión
llena de filantropía, es decir, de fe, esperanza y caridad política?
El partido
liberal no debe, no puede ser enemigo del cristianismo católico, porque
los derechos y las garantías individuales que consagra la Constitución
de Rionegro son pura y simplemente una fórmula política del Decálogo y
de las obras de misericordia. Y no hay que alucinarse: si el liberalismo
declara la guerra al catolicismo, delante y a pesar de aquella
Constitución que reconoce la libertad y seguridad a todas las
manifestaciones legítimas de la vida humana, por el mismo hecho se
confiesa impotente para coexistir con una imperiosa e ineludible necesidad
de los colombianos: la religión; y así rompe su titulo y se pone en
contradicción con su propio programa.
Y
luego
vendrá la reacción. Porque no hay que engañarse, cuando la historia de
la civilización está comprobando lo que es el hombre. Los pueblos,
forzados a escoger entre una religión y un gobierno que son
antagonistas, han acabado siempre por sacrificar a ese gobierno y mantener
aquella religión; porque la religión es la fuerza más hondamente
arraigada y resistente que existe en el organismo de la sociedades
humanas. ¡Cuán terrible no sería la responsabilidad de aquellos que,
por agredir al catolicismo, hubieran provocado una reacción funesta para
el liberalismo!
Para aniquilar
al catolicismo en Colombia, sería preciso aniquilar primero toda la
educación y las tradiciones de esta sociedad; más que esto: sería
preciso aniquilar la República, que nació
católica;
aniquilar la raza, en cuya sangre está inoculado ha veinte siglos
el cristianismo católico.
No; la libertad
nada tiene que destruir; al contrario: ella es conservadora, porque es
redentora y justiciera. Su obra se reduce a cortar ligaduras injustas,
impedir violencias, abrir caminos y horizontes, mantener para todos la
igualdad y el equilibrio del derecho. La libertad es una luz que alumbra
el hogar de los pueblos; un rocío que satisface la sed del que trabaja y
se fatiga por el bienestar. La religión es una luz que inunda las
conciencias y llena de resplandores el camino del cielo; ¡una lluvia que
calma también la sed de la esperanza!
La Libertad y la
Religión no son antagonistas: ¡son dos hermanas enviadas por Dios a la
tierra para conducir al hombre a las regiones infinitas del bien y de la
gracia!...
He concluido; y
al poner punto a esta discusión, me reitero de usted, señor Arrieta,
atento servidor y hermano en Jesucristo y la República.
JOSÉ MARÍA
SAMPER.
Noviembre 10 de
1873.
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