ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

LA LIBERTAD Y EL CATOLICISMO

 

CARTA SEGUNDA

 

Al señor Diógenes A. Arrieta.

Muy señor mío y compatriota:

Continuemos la discusión.

¿Qué es la libertad, y qué cosa es el liberalismo, en su verdadera índole y naturaleza, en su justicia, en su modo de ser histórico y en sus legítimas tendencias? La libertad es, o un derecho o un hecho. Como derecho, es la razón o el título natural que tiene el hombre, por el mero hecho de existir, para solicitar, y en caso de obtenerlo, para conservar y disfrutar, todo aquello que, estando de acuerdo con el bien, con el orden natural, con la justicia, pueda procurarle la mayor suma posible de bienestar y perfeccionamiento. Como hecho, es la constante acción del hombre sobre la Naturaleza, sobre sus semejantes y sobre sí mismo, que tiende a ensancharle y mejorarle indefinidamente sus facultades y la justa satisfacción de sus necesidades.

El límite de tal derecho y de tal hecho, está en el bien que la misma libertad puede producir. En tanto que ella funciona dentro del orden natural, por el bien y para el bien, no sólo es inocente sino sagrada; no sólo es sagrada, sino ilimitada. Y como el hombre es el mismo en todas partes y en todo tiempo, porque los principios o elementos de su ser son invariables en su esencia, la libertad como derecho, es un principio universal y común a todos los hombres, y como hecho, es una condición inherente a las necesidades de la naturaleza humana, y por tanto, ineludible.

Eso, y no otra cosa, es la libertad: la libertad del alma, que produce la religión como creencia o convicción; la libertad del entendimiento, que da origen a todas las revelaciones y creaciones de la ciencia; la libertad de asociación, de afectos, de que provienen la familia y la sociedad civil y política; la libertad de esfuerzos y trabajo, de cuya acción nacen las artes y la industria; la libertad en todo sentido, que hace necesaria, inevitable la responsabilidad correlativa.

¿Qué cosa es el liberalismo? También tiene dos aspectos: como aspiración, es una necesidad como cualquiera otra; como sistema, es un propósito organizado, hecho fuerza social, hecho partido, que tiende a predominar, a gobernar, a convertirse permanentemente en un orden de instituciones y una dirección política. Como aspiración, el liberalismo es común a todos los hombres, siquiera sean distintos y aun contradictorios sus temperamentos. Cada cual en la tierra quiere ejercer una actividad proporcional a sus fuerzas, abrirse camino, expandirse moralmente sobre los demás, y prolongar su ser en un cúmulo más o menos considerable de intereses. Nadie quiere ser tiranizado; nadie se conforma con que le confisquen su libertad, le opriman o le contrasten en sus ideas, sus sentimientos o sus aspiraciones.

Hasta aquí todos andamos de acuerdo, y punto más o punto menos, todos tenemos alguna aspiración liberal o que tiende hacia la libertad. Pero luego, al desarrollarse los hechos y empezar a cumplirse las consecuencias de la libertad, se pone de manifiesto el desacuerdo. ¿Por qué? Fácil es comprenderlo.

Hay temperamentos humildes hasta la abyección, y temperamentos altivos hasta la soberbia, o por lo menos la independencia. Hay espíritus indolentes, perezosos y egoístas, y los hay llenos de actividad, de energía, de confianza y generosidad. Hay almas repletas de fe, iluminadas por la lógica que es como el relámpago de la verdad, o como un molde obligado del razonamiento; y almas que no tienen fe ni en la lógica de sus creencias. Hay corazones que aman con entusiasmo y que tienen el valor de sus esperanzas y la intuitiva caridad de sus aspiraciones; y corazones decrépitos desde que nacen, que se acobardan cuando les sorprende alguna de las consecuencias imprevistas de aquello mismo que deseaban.

De esta diversidad de temperamentos se origina una diversidad de acción. Unos se acomodan con la libertad, con tal que sea sólo para ellos, y otros la quieren para todos; unos la comprenden en toda su amplitud y la aceptan con todas sus consecuencias, y otros la recortan o mutilan, le ponen restricciones empíricas y abdican su personal independencia; unos la miran sin temor, y otros se asustan de sus abusos posibles y las sacrifican en las aras del miedo, cuando no de su egoísmo. Tales caracteres se agrupan y acaban por formar partidos: de este agrupamiento vario han nacido, en todos los tiempos y los pueblos, con estos o los otros nombres, el liberalismo y el conservatismo, políticamente organizados.

Yo, por ejemplo, con el temperamento motor que tengo, con la incontrastable fe que me anima, no podía menos que afiliarme en la tropa del partido liberal; y la educación de familia y del medio social en que he vivido, tenía que completar y fortalecer aquella vocación característica. ¿Pero esto podía ser un obstáculo para que yo llegara un día a la plena posesión razonada y racional, de una creencia religiosa? No: el sentimiento religioso y la creencia en Dios y todas sus consecuencias, son tan connaturales en el hombre, que en rigor son la más alta y profunda expresión de su naturaleza y su destino. ¿Se me podrá negar que puedo ser al propio tiempo un hombre ardientemente liberal y sinceramente religioso? Espero que nadie formulara tan monstruosa negación.

Pero entonces me dirán acaso: "Puede usted ser tan religioso como quiera, y hace bien en mantener su fe, sea de convicción o de sentimiento; pero si usted quiere ser y mantenerse republicano y liberal, no consentimos en que aquella fe sea la católica"... ¡Y qué! ¿los liberales se han de habilitar de teólogos para decidir como filósofos, ni menos como partido político, un problema como el de la religión, que no es del dominio de la política, ni aun de la ciencia en general; que pertenece sólo a la conciencia, y que ha sido y será perpetuamente insoluble para el entendimiento humano, en tanto que se le aplique el criterio de la observación y del análisis? ¿Con qué derecho ni autoridad podrá el liberalismo proclamar que tal o cual religión es la buena, la verdadera, la que está en conformidad con la naturaleza del hombre y la inefable grandeza y bondad del Ser Supremo?

Pero si en este punto de vista el liberalismo es incompetente, como toda otra doctrina filosófica, para condenar ninguna religión y menos siendo cristiana, calificándola de incompatible con la libertad, no es menos inaceptable la pretensión, si consideramos los hechos en su punto de vista puramente social y político. ¿En qué consiste el derecho del liberalismo? Este derecho tiene que estar en armonía con la naturaleza, el objeto y las necesidades mismas del liberalismo, considerado como fuerza política o partido militante.

Si su punto de partida es el derecho, su acción no puede ir más allá de lo que el derecho permite; si su tendencia es a emancipar al hombre de toda violencia, a crear la efectividad de la soberanía de los pueblos y de la libertad de los individuos, tampoco le es lícito atacar aquello que la conciencia individual acepta, cree y profesa, en uso de su libertad, en tanto que la creencia profesada no sea ofensiva para el derecho de los que crean o piensen de distinto modo.

Y en lo tocante a religión, hay para el liberalismo un dilema que no tiene salida: o no le incumbe ingerirse en cuestiones religiosas, por cuanto la esfera de la política no comprende el foro interno de la conciencia, y entonces los liberales no tienen por qué hostilizar al catolicismo ni a religión alguna; o el campo del liberalismo abarca hasta la religión, dando a la filosofía una extensión ilimitada, y entonces cada liberal tendrá que convertirse en taumaturgo y la política entera será una teología. ¡Medrados quedarían los pueblos, y curiosa sería la obra del gobierno, si para dirigir todos los movimientos del progreso hubiera que hacer de la ciencia social y del arte de gobernar una cuestión de teología!

Y luego, yo preguntaría a los liberales anticatólicos: "¿Tenéis seguridad de que el catolicismo es un cúmulo de imposturas, de errores, o de ficciones? ¿Estáis seguros de poder civilizar y gobernar a los pueblos, sin religión, o de poder ofrecerles, en lugar del catolicismo que os parece malo o erróneo, otra religión que sea buena y verdadera? Si no tenéis tal seguridad ¿con qué derecho, con qué título pretendéis aniquilar en la sociedad las creencias del catolicismo? Si no sois ni podéis ser jueces en una cuestión de conciencia; si no podéis probar que el catolicismo es falso, corruptor, funesto; si al ocuparos en la política y el gobierno, halláis que sus asuntos son de un orden totalmente distinto del de la religión, ¿por qué condenáis al catolicismo y lo declaráis incompatible con la libertad?...".

Pero acaso me dirá usted, señor Arrieta, que lo que usted condena no es una creencia religiosa, sino los defectos y abusos de la comunión católica, o de la organización de su Iglesia. Pero si usted no es católico, ¿qué le importan los errores, las supersticiones o los absurdos en que incidan los católicos, en tanto que tales hechos no entrañen violencia o daño para el derecho de tercera persona? ¿Alegará usted que sólo se refiere a los abusos políticos del catolicismo; a los que de un modo directo o indirecto pueden perjudicar a la sociedad civil? entonces, entendámonos; y para ello, permítame usted hacerle algunas observaciones enteramente prácticas.

En Inglaterra, país de instituciones libres, pero que mantiene una iglesia oficial protestante, el catolicismo es completamente inofensivo; cada día gana prosélitos entre todas las clases sociales, y sin embargo no inspira recelo ni temor alguno, porque funciona como una comunión independiente de toda acción política.

En la Unión Americana, donde hay completa libertad de cultos, innumerables sectas y absoluta separación de la Iglesia y el Estado, todas las comuniones religiosas rivalizan en celo por la instrucción pública y una beneficencia munificente. Relativamente a la totalidad de la población, el catolicismo es la religión que más prospera; sin que sus actos sean en lo mínimo contrarios a la libertad. Y hay un hecho muy digno de ser notado: los hábitos de libertad han obrado de tal modo, que sólo los obispos de Norte América y uno o dos de Alemania, se mostraron independientes, en las discusiones del último Concilio del Vaticano.

En Colombia, donde existen las mismas instituciones que en la Unión Americana, el clero, que en otro tiempo fue amenazante y siempre hizo causa común con el partido conservador, se mantiene hoy completamente extraño de la política; no presta el menor apoyo a nuestros adversarios; vive de contribuciones voluntarias de los católicos, y resignado a sufrir las consecuencias de todas nuestras leyes de crédito público; en una palabra, no causa embarazo alguno a nuestros gobernantes y está reducido a la Iglesia. Si usted, señor Arrieta, puede citar algunos exabruptos del obispo de Pasto, yo puedo contraponer la cuerda y dignísima conducta del señor arzobispo, del señor Toscano y de casi todos los demás obispos actuales de Colombia.

¿Esto qué prueba? Prueba que no hay en el catolicismo, como religión, ningún elemento esencial de perturbación, de antagonismo, con la libertad ni con la soberanía popular. Prueba que allí, donde la libertad resuelve por sí sola el problema de las relaciones entre el Estado y las iglesias, ninguna de estas es un obstáculo para el progreso político, toda vez que carecen de ingerencia y autoridad en las cosas temporales; pues cuando algún obispo Canuto (como usted dice) lanza pastorales excitantes, basta que un presidente de buen sentido apague la llamarada, como lo hizo el señor Murillo, diciendo al presidente del Cauca: "Señor, deje usted que todas las opiniones, y aun las cóleras, se manifiesten con libertad; pues en tanto que no conduzcan a vías de hecho, a rebelión verdadera, son en realidad inofensivas".

Sí, señor: toda religión (no me refiero a las inmorales o inmundas, como el mormonismo y el mahometismo) toda religión es virtualmente inofensiva para la sociedad civil (hablo de las cosas temporales), en tanto que se reduce a ser religión; y no sólo es inofensiva, sino benéfica en algún grado, por el hecho de mantener vivo un grande y fecundo sentimiento humano, y de servir como auxiliar de las leyes, en su calidad de correctivo moral y medio de organización de la familia y de las costumbres. Lo que es funesto, como causa permanente de complicaciones, como una cosa que desvirtúa simultáneamente la religión y la política, es que las iglesias sean gobiernos o tengan íntima alianza con los gobiernos políticos, ora sean ortodoxas o sectarias. Ahí está todo el nudo del problema.

Pero, señor: ¿de qué modo puede el catolicismo estorbar a la república liberal y democrática en Colombia? Tenemos aseguradas por la Constitución, y por veinte años de práctica, la libertad completa de religiones y cultos, la inmunidad de la imprenta y de la palabra, la libertad absoluta de aprender y de enseñar, la entera separación del Estado y la Iglesia, y todas las libertades imaginables. Y hay más: la desamortización ha dejado a la Iglesia católica sin bienes; el catolicismo sólo puede sostenerse aquí con contribuciones voluntarias; los jesuitas están proscritos de Colombia, los sacerdotes están privados de la ciudadanía; la enseñanza pública es laica y está en manos de los liberales; y para colmo de precauciones y ventajas, el artículo 23 de la Constitución (a pesar de los derechos y las garantías del 15) establece el derecho de suprema inspección sobre los cultos, es decir, en rigor sobre el catolicismo.

¡Y qué, señor Arrieta! ¿no se contenta usted con todo aquello? ¿Todavía cree usted que el catolicismo es amenazante para la libertad? ¿Pero en dónde está la amenaza? ¿Qué hacen los católicos? Si los obispos y prelados están políticamente desarmados y son impotentes para detener la acción del liberalismo, ¿por qué se alarma usted? ¿Es acaso por la propaganda reaccionaria de La Caridad, El Tradicionista, La Autoridad y Los Principios? Pero un liberal, y menos del temple de usted, señor Arrieta, no puede ni debe asustarse por lo que produzca la libertad de la prensa y de las comuniones religiosas. ¿Conque no me asusto yo, que soy católico, por lo que dicen aquellos periódicos, dos de los cuales me tratan como a enemigo, y habría de tenerles miedo un liberal que no es católico, ni está, por lo mismo, sujeto a que le denuncien ante el obispo aquellos santos voceros, en calidad de cismático o de in-ortodoxo?

Y vea usted, señor Arrieta, que no tiene razón: apelo a su justicia en un asunto personal. Va usted a reírse tal vez; o si usted no lo hace, por cortesía, otras se reirán; pero presento con ingenuidad el caso. Como católico, no solamente creo en los dogmas de la religión cristiana católica, sino que procuro obrar conforme a ella hasta donde me alcanzan las fuerzas: y qué cosa tan risible: ¡oigo misa y suelo rezar! Y qué tontería: ¡me descubro delante de todo símbolo religioso! Y qué humillación: ¡una vez al año confieso y comulgo! Y qué resignación: ¡he perdido mi carrera política de treinta años de servicios a la causa liberal!; ¡me he dejado desdeñar, vilipendiar, calumniar y señalar por algunos liberales a la desconfianza y la animadversión de mis copartidarios, por ser creyente católico!...

Y sin embargo, puedo llamar a cuentas a los que me han querido llenar de contumelia; puedo con toda seguridad interpelar a cuantos "liberales" me han echado a la espalda, por ser católico, y decirles: Os desafío a que me citéis una sola traición hecha por mí a la causa de la libertad democrática; ¡os desafío a que me enrostréis un solo acto siquiera de improbidad política o privada; os desafío a que presentéis un poema, un artículo, un discurso, un folleto, un libro, cualquiera cosa que hayáis producido, que sea más franca y profundamente liberal que cualquiera de los artículos, poemas, folletos, discursos y libros que he producido antes y después de ser católico! Quien quiera recoger el guante, que lo recoja: estoy pronto a sostener la comparación.

Así, pues, señor Arrieta, puede un hombre honrado y convencido, independiente y libre, ser al propio tiempo sinceramente católico y profundamente liberal; republicano federalista, demócrata, progresista como el que más, y creyente en Dios y en su Evangelio.

Para finalizar esta carta me valdré de un incidente que usted mismo ha recordado, señor Arrieta, con tanta benevolencia respecto de mí. En el gran banquete con que en 1869 pusimos término al Congreso internacional de Lausanna, al improvisar yo uno de aquellos cuatro discursos que más de treinta diarios de Europa elogiaron como muy sensatos y verdaderamente liberales dejé comprender claramente que era católico. Un intolerante "libre pensador", francés, me interrumpió diciendo: "¿Pero cómo podéis ser libres en Colombia, si sois católicos?". Y al punto le repliqué, con aplauso de todos los concurrentes: "Vos, señor, no comprendéis eso, porque no conocéis la libertad en Francia, ni en ningún país de Europa. El catolicismo jamás puede ser temible en el seno de un pueblo que tiene todas las libertades reconocidas por la Constitución de Colombia, y en cuya vida social es un hecho la separación absoluta de la Iglesia y el Estado"...

Después de oír estas altivas palabras, nuevas entre aquellos liberales de Europa, me estrecharon la mano cordialmente muchos libres pensadores, y entre ellos el gran Víctor Hugo y filósofos como Lemonnier y Barni.

Ya ve usted, señor Arrieta, que sí puede ser liberal como el que más un hombre que profesa francamente las creencias del cristianismo católico.

Me repito de usted muy atento servidor y compatriota.

JOSÉ M. SAMPER.

Regreso al índice

Siguiente