ORÍGENES DE LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LA LIBERTAD Y EL
CATOLICISMO
CARTA PRIMERA
Al señor
Diógenes A. Arrieta.
Muy distinguido
señor y compatriota:
He leído con
tan viva atención como sincero interés las dos cartas que usted me ha
hecho el honor de dirigirme por medio de este mismo Diario,
insertas en los números del 5 y 6 del corriente mes; y tanto por no estar
de acuerdo con los conceptos que usted emite, como por patentizar un
espíritu de cortesía a que usted tiene pleno derecho, me apresuro a
contestarle.
Y no crea usted,
señor mío, que al escribir estas cartas, me halaga la esperanza de obrar
con buen éxito sobre el claro entendimiento de usted, ni de ejercer
influencia alguna sobre la sociedad que nos rodea. He comprendido, desde
muchos años atrás, que siendo como soy, republicano
liberal
y creyente
católico, mi voz está casi completamente
desautorizada; pues si para ciertos católicos intransigentes mi profundo
y honrado liberalismo es execrable, para muchos liberales soy un hombre
que, por el hecho de ser católico de convicción, no merece
consideración ni crédito alguno en lo político, sean cuales fueren los
antecedentes o los servicios prestados a la causa de la libertad
democrática.
Créame usted
que, sí me ocupo en estas cuestiones, bien que me faltan para tratarlas
el tiempo necesario, cierta serenidad de espíritu y muchísima ciencia,
lo hago con aquella profunda melancolía propia de quien llena su deber
sin esperanza de lograr un feliz resultado; de quien, no pudiendo
permanecer impasible a la orilla de un caudaloso río, en cuyas ondas
está naufragando una existencia preciosa, se arroja a exponerlo todo
entre dos corrientes que se rechazan y forman remolino, a sabiendas
de que no podrá salvar a nadie...
Pero antes de
entrar en discusión, permítame usted que le haga tres observaciones
personales.
Sea la primera,
una excusa. Me trata usted en sus cartas con exquisita galantería y
tantos miramientos, que lleva su atención hasta honrarme con el clásico vos.
No puedo resolverme a tratar a usted lo mismo, y no por falta de
consideración, sino porque me gusta entenderme con llaneza cuando hablo
con hombres sinceros. El usted es menos respetuoso que el vos,
pero es más cordial y republicano: tratémonos así, de igual a igual,
bien que usted me lleva, entre otras, la inapreciable ventaja de la
juventud, la edad de las impresiones generosas, de los nobles ensueños,
de las crédulas esperanzas y de las aspiraciones atrevidas, exentas aún
de desengaños.
Me ha procurado
usted un doble placer; el de conversar con un joven y discutir con un
hombre de talento. Tiene usted una capacidad reconocida como de primer
orden entre los jóvenes inteligentes de Colombia: yo... lo que tengo,
sobre todo, es un alma profundamente religiosa y amante, llena de
tristezas y recuerdos, probada por muy amargas vicisitudes, mal
comprendida por algunos o muchos, pero inagotable de benevolencia,
incontrastable, incorruptible en su fe en el bien, en la verdad,
en la justicia, en el progreso en todo sentido. ¡Pluguiera
a Dios que yo pudiera dar a usted algo de mi fe, en cambio da una parte de
su rico talento! Entrambos ganaríamos sin duda.
Me trata usted,
estimado compatriota, con una benevolencia a que estoy poco acostumbrado,
no de parte de usted, que por primera vez me hace el honor de dirigirme la
palabra, sino de la juventud a quien usted representa; por lo que usted
comprenderá cuán cordial es el agradecimiento de que estoy poseído.
Acaso nadie fue más popular que yo, en otro tiempo, entre la juventud de
mi patria, a quien dediqué tanto amor y tan abnegadas muestras de
interés por su progreso y gloria: acaso nadie es hoy tan impopular como
yo entre la juventud de estos días. Es posible que yo tenga la culpa;
pero conforme como estoy con la posición que me ha dado la opinión de
los demás, y disculpando con igual benevolencia la mala voluntad de
ciertos católicos feroces que me excomulgan por su cuenta, por ser
liberal, y de los jóvenes exaltados que no saben tolerar mi fe religiosa,
me siento gozoso al discutir con un joven. Esto me rejuvenece, pues los cuarenta
y cinco y los pesares me llevan camino de la vejez, no obstante la
eterna primavera que guardo en el alma y en el corazón; y me alucino
creyendo que departo con mis condiscípulos, en los augustos claustros de San
Bartolomé, —aquel querido hogar de mis esperanzas y de mí
patriotismo— cuando amaba todo lo grande y bello, rico y feliz con mis
dieciocho años y enamorado de la Libertad y la Justicia.
Perdone usted
estas locas digresiones que a otros acaso parecerán palabrería. Pero no
he podido resistir a la tentación de hacer estas reminiscencias que me
hacen evocar muy bellos días. Hoy es usted dichoso con los de su
generación, esperanza de la patria: yo lo soy por un instante, al
recordar aquellos años en que tuve por compañeros a Camacho Roldán,
Manuel Pombo, Januario Salgar, los Pereiras, Gambas, Pradilla, Juan de
Dios Restrepo, Gutiérrez González y tantos otros; ¡generación llena de
fe y desinterés, que amaba la poesía como la ciencia, que tenía
entusiasmo, que no sabía calcular sino sentir, y que se
iniciaba, con los libros y el sufrimiento soportado con buen humor, en la
gran virtud del patriotismo y la ciencia de la vida fecunda!
Pero entremos
(sobrado he tardado en hacerlo) en la enojosa materia, por mucho que mi
posición en medio de dos opiniones o dos falanges enemigas, sea tan
difícil, como poco envidiable para muchos. Cuando un hombre de bien, a
sabiendas de que se ha de quedar aislado, caído para unos y otros, hace
el sacrificio de su carrera, de sus esperanzas y de sus pocos
merecimientos, por sujetarse a una convicción, levantando tranquila y
silenciosamente su alma por encima de toda ambición; cuando tal hombre no
tiene la mente trastornada, y nada va a ganar en la vida pública
con su fe religiosa, y esta fe se ha patentizado como sentimiento
genial en el fondo de todos sus actos y sus inspiraciones; y cuando su
conducta no está en oposición con la vida inofensiva del común de las
gentes; hay motivo para creer en la sinceridad de quien así procede, y
para admitir que existe alguna verdad, alguna fuerza
irresistible
en la convicción determinante de aquella misma conducta. Tal es mi
situación personal. Creo, y creo con toda mi alma; amo, y
amo con todo el corazón. Como creyente y como amante, soy tan religioso
como liberal; y no
puedo comprender, es cosa que no me entra
en el cerebro, que haya incompatibilidad, desarmonía, contradicción
alguna entre una creencia y una opinión que me hacen amar a
Dios y al hombre; reconocer la justicia en la Religión y en la Libertad;
solicitar el progreso de mi alma y de todas las almas en su marcha
ascendente hacia Dios en la eternidad, y el progreso de todas las fuerzas
humanas en su tendencia necesaria hacia el bienestar, que es la
justicia
de Dios en la tierra.
Pero usted
presenta la cuestión así: el liberalismo y el catolicismo son
incompatibles, antagónicos; el catolicismo es radicalmente enemigo de la
libertad; quien sirve a la causa liberal no puede servir a la causa
católica. ¿Hay verdad de exposición, de observación y crítica de los
hechos históricos y actuales en las afirmaciones de usted?
No es usted, por desgracia, el primero que proclama en Colombia aquel
antagonismo. Un compatriota de gran talento había dicho ya: "el que
es católico no puede ser republicano"; y ciertos católicos
rabiosos, como para acabar de hacer a la creencia católica todo el daño
posible, se han empeñado en sostener que "el liberalismo es enemigo
del catolicismo". Me hallo, pues, en la más extraña situación
posible: soy adversario de los católicos intransigentes, por defender la
libertad y el progreso; y lo soy también de algunos liberales, por
defender la religión católica. De ahí proviene la notoria impopularidad
de que disfruto; impopularidad que confieso con tanto mayor ingenuidad,
cuanto que a ella estoy resignado, sin despecho ni enojo.
Pero señor: si
usted cree en la incompatibilidad a que aludo, ¿no habrá en su juicio
algún grave error de apreciación, como en el juicio de los católicos
que son enemigos del liberalismo? Probaré a demostrarlo, y para ello,
permítame usted que me tome la libertad de establecer previamente algunas
distinciones y definiciones; porque jamás podríamos entendernos si no
comenzáramos por fijar los términos, definiendo el liberalismo y el
catolicismo, o explicando en lo que consisten.
No aguarde
usted, señor mío, que yo entre en profundidades científicas respecto de
la libertad, ni teológicas, acerca del catolicismo. En cuanto a lo
primero, no es usted persona que haya menester explicaciones; y en cuanto
a lo segundo, no soy yo quien pueda darlas. He leído y meditado mucho
relativamente a la religión, pero soy un ignorante en esta materia; tengo
una creencia, pero no puedo explicarla con acierto, y jamás he dado ni
pensado en dar siquiera sea un paso en el escabroso camino de la
teología. Cuando un creyente no tiene la ciencia teológica y unción
bastantes para demostrar y comunicar a otros su fe, es inútil que
discuta: la discusión a nada conduce, porque nadie se da por convencido.
Acaso pensará usted que la creencia que profeso reside sólo en mi
corazón; que no está en mi espíritu, por no ser científica; que
ha nacido en mí de los dolores de la vida...
Pero suponiendo
que así fuera, ¿no hay también en el dolor una inmensidad de ciencia o
de filosofía? ¿No es el corazón una condensación del ser humano? ¿No
ocupa el dolor, junto con la esperanza, casi la totalidad de la vida?
Dejemos, pues, a
un lado la teología y que cada cual crea lo que pueda, y allá se las
avenga con su conciencia; y tratemos solamente la cuestión
político-social, o si se quiere, histórico-filosófica.
Cita usted, en
apoyo de su opinión, numerosos hechos históricos, con los que cree
patentizar la flagrante oposición en que se halla el catolicismo con la
libertad. Si este método fuera suficiente, con la misma fuerza podría
usted demostrar que la libertad es funesta y el liberalismo absurdo,
aduciendo las innumerables iniquidades que se han consumado, ora en nombre
de la libertad misma, ora pervirtiendo el liberalismo con actos que le han
sido totalmente funestos. Los abusos a que las cosas humanas son
ocasionadas, nada prueban contra los principios, sino contra los sistemas
o los hombres; a menos que provengan de defectos radicales e
incurables, encarnados en las instituciones o las ideas a que los hombres
obedecen.
Yo podría
seguir a usted paso a paso, aun a riesgo de poner de manifiesto mi escasez
de erudición, en las citas históricas de que se vale, y analizando los
hechos, demostraría tal vez que los malos actos de muchos gobernantes
católicos, perniciosos para la libertad, no han provenido del catolicismo
como dogma y comunión o iglesia, sino de la fatal naturaleza del
despotismo, ya lo hayan ejercido emperadores o reyes, papas u otras
entidades; mal que se agrava inmensamente cuando se alía con la
religión, pervirtiéndola, haciendo del dogma y la política un
sacrílego amalgama.
Hay, señor, en
el catolicismo, como en casi todas las religiones del mundo, una doble
estructura que ha sido y es una de las mayores flaquezas de la humanidad y
uno de los más graves defectos de la civilización. Hay un elemento que
es creencia, sentimiento, dogma, comunión fraternal, y en él reside toda
la fuerza moral de la religión, así como de su cantidad de amor y verdad
depende su existencia; pero hay también un elemento que llamaré político,
causa de ruina o decadencia de todas las religiones, como cuerpos
organizados. La fe engendra el anhelo por la propagación; los creyentes
emprenden propaganda y se organizan y disciplinan; aspiran luego a imponer
su creencia y van creando intereses temporales; y después, para asegurar
estos intereses y afianzar su predominio, hacen todos los esfuerzos
posibles a fin de convertirse, de simple comunión, en gobierno,
de religionarios, en políticos. Cuando tal cosa han
logrado, se consideran triunfantes y fuertes; y sin embargo, entonces
comienza su debilidad, su decadencia inevitable, porque ponen en
oposición una gran necesidad y una gran verdad de la vida —la religión—
con otra gran necesidad y verdad que hace parte de la sublime armonía del
hombre: la libertad.
Recorra usted,
señor Arrieta, no solamente las páginas de la historia, sino el cuadro
de la vida política de los pueblos contemporáneos, y hallará el mismo
hecho repetido en todas partes. En Turquía, el mahometismo hecho gobierno
tiraniza, empobrece, roba, degrada y envilece a los pueblos, así
cristianos como islamitas, y sean de la raza que fueren. En Rusia, la
ortodoxia cristiana, que tiene por pontífice al Zar, ejerce un despotismo
tan salvaje como embrutecedor. En Suecia y Prusia, donde los reyes son
pontífices de creación luterana, tiranizan a católicos e israelitas, y
procuran negar la libertad aun a los mismos protestantes. La historia de
Inglaterra está llena de atrocidades, desde Enrique VIII hasta poco ha,
debidas al interés de reyes y nobles que han sido los papas y obispos de
la Iglesia anglicana. ¿Qué mucho, pues, que a la sombra del catolicismo,
con el catolicismo hecho gobierno o incrustado en el gobierno temporal, se
hayan consumado tantas iniquidades en Italia y Francia, en Austria y los
Países Bajos, en España y Portugal y en todos los pueblos
hispano-lusitanos de América?
¿Qué
conclusión se desprende de la identidad de los hechos? ¿Se deduce que
toda religión es mala, funesta? Esto es absurdo. ¿Se deduce que sólo el
catolicismo es pernicioso, con el Evangelio y todo? Esto es
monstruoso. La conclusión que se desprende rectamente es ésta: que toda
comunión religiosa que se convierte en gobierno político, o se amalgama
con algún gobierno, desvirtúa su objeto; corre el peligro de tornarse en
tiranía o despotismo; rompe su propio título, que es la libertad misma
del alma humana, y sujeta su modo de ser, su influencia y su porvenir a
todas las vicisitudes de la política y todos los contratiempos y luchas
de la civilización.
Esto ha sucedido
al catolicismo, como a todas las religiones. Se hizo gobierno temporal, y
puso a Jesucristo bajo los fuegos de los enemigos que pudiera tener tal
gobierno. Tengo para mí que el mayor de los enemigos que ha encontrado el
catolicismo, en su marcha al través de veinte siglos, no ha sido ni el
vulgar y fanático Lutero, ni el sombrío e intolerante Calvino, ni el
superficial y agudo Voltaire: lo fue el Papa Hildebrando, en mala hora
organizador del poder temporal de los sucesores del humilde Pedro,
pescador de la Judea y mártir de una religión imperecedera...
He escrito las
páginas que preceden como de un solo trazo, a la ligera y sin levantar la
mano; permítame usted, señor Arrieta, descansar un momento.
Mientras
continúo, créame usted su muy atento servidor y compatriota.
JOSÉ MARÍA
SAMPER.
Noviembre 7 de
1873.
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