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ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA ESTUDIO HISTÓRICO-POLÍTICO
TOMAS
CIPRIANO DE MOSQUERA
CAPÍTULO
IV
El
señor Samper da principio al capítulo IV de su libro diciendo que al emprender ese
rápido estudio histórico-político, no ha querido, ni escribir una historia propiamente
dicha, ni trazar un cuadro de filosofía social. Lo primero requiere suma imparcialidad,
gran serenidad de espíritu, completo conocimiento de los hombres y de los hechos, y que
estos, por su distancia histórica, puedan ser claramente apreciados y rectamente
juzgados; y lo segundo, entrar en consideraciones científicas que harían necesario
un trabajo tan serio como reposado.
¿Quién,
al leer lo que dejamos copiado, y otras frases igualmente juiciosas, que estampa en
seguida, no leería con gusto su libro creyéndolo desapasionado y sincero? Pues no sucede
así: ya hemos refutado muchas de sus equivocaciones y rectificado el modo con que deben
verse los partidos políticos, que han existido y existen en nuestra patria.
Durante
la administración López, debió hacerse mucho más para consolidar la paz en la
República, siguiendo los trabajos de mejoras internas, que dejó iniciada la
administración anterior, y llevando adelante el progreso en las ciencias exactas y
naturales, para formar en los colegios y universidades profesores hábiles, que hubieran
hecho cambiar las ideas, en la juventud estudiosa.
Ciertamente
el trabajo emprendido en 1852, al concluir la administración López, para reformar la
Constitución de 1843, fue de magníficos resultados para la causa liberal, y la inmensa
mayoría que tuvo el partido liberal en las cámaras debía producir tales efectos. Entre
los miembros de aquellos congresos de 52 y 53, se distinguió el senador Florentino
González, que fue el principal redactor de la Constitución de 1853, y su brillante
discurso al presentarla al presidente general Obando, le hará siempre honor; y
aprovechamos esta ocasión para decir que es falso lo que refiere Carlos Martín, en su
auto-apología, que mandó publicar a París en el desacreditado periódico El
Americano
y firmado por Héctor Varela.
Ya
he manifestado cuál fue el curso que tuvo la reforma constitucional, en sentido federal y
la parte que tuve en ella, cuando se sancionó la ley del 15 de junio de 1857, que
completó la erección de los Estados Federales; entonces escribí un opúsculo con el
título de La federación en la Nueva Granada, y en él presenté un proyecto
de Constitución para los Estados de Bolívar, Cauca y Magdalena, porque creí que era
necesario hacer conocer con exactitud lo que se llama el gobierno propio, en los Estados
Unidos de América. Sin embargo, el señor Samper se atreve a decir que yo era federalista
de la víspera.
Cuando
se discutía el proyecto de ley, que erigió en Estados diversas porciones del territorio
de la República, se presentó la disposición segunda del articulo 11 de los
transitorios, de acuerdo con el doctor Ospina, para dividir los Estados por el poder
ejecutivo, en círculos electorales; recuerdo que habiendo ido a visitar al doctor Ospina,
le encontré en unión de Plácido Morales, trabajando un plan de división territorial de
círculos electorales, y logré verlo; comprendí que el plan era formar grandes círculos
de aquellas poblaciones liberales, y pequeños de las poblaciones conservadoras, para que
en las asambleas constituyentes asistiesen mayor número de diputados conservadores que
liberales, para que la organización de los Estados quedasen en manos de los
conservadores. A consecuencia de esto, tuve una conferencia con el señor Salvador Camacho
Roldán, senador, quien modificó el artículo en los términos siguientes: El poder
ejecutivo dividirá los Estados en círculos electorales, cuidando de que la población de
cada círculo sea aproximadamente igual al cociente que resulte dividiendo la población
total de cada Estado por el número de diputados que se le asignan en la disposición
transitoria anterior. Las ciudades cuya población presente inconvenientes para la
formación de un círculo de esta clase, podrán componer, con los distritos contiguos que
fueren necesarios, círculos electorales que den hasta tres diputados, conforme a la base
de población establecida.
El
artículo original que se discutía era el siguiente: Para el efecto de esta
elección el poder ejecutivo dividirá el territorio que ha de formar cada uno de los
Estados en tantos círculos electorales cuantos sean los diputados que han de concurrir a
la Asamblea Constituyente. Cada círculo nombrará un diputado, sufragando cada elector en
una sola papeleta y sin distinción por dos individuos. En la formación de estos
círculos el poder ejecutivo cuidará: 1º De que ningún círculo se componga de
distritos que correspondan a provincias diversas; 2º de que los distritos de que se
componga cada círculo estén contiguos; 3º de que cada círculo tenga una población de
diez mil habitantes; y cuando esto no sea rigurosamente posible, que la diferencia en más
o menos no pase de mil almas.
De
ese modo se logró que los Estados del Cauca, Panamá, Magdalena y Santander, y aun en
Bolívar, predominara el espíritu liberal sobre el conservador.
El
empeño de la administración Ospina era adquirir una mayoría conservadora en el
Congreso, por medio de las elecciones, para afirmar más el poder central de la
República, ya que no había podido impedir que se dividiese el país en diversos Estados;
hizo presentar un proyecto de ley de elecciones, luego que se instaló el Congreso de
1857, el cual fue suspendido indefinidamente a virtud de una proposición que hizo el
senador Camacho Roldán.
Llegó
la época de la reunión del Congreso de 1858, y se presentó en la Cámara de
Representantes un proyecto de Constitución, trabajado de acuerdo con el doctor Ospina,
por el procurador general, señor Florentino González; y el tal proyecto, bastante bien
elaborado, tenía las tendencias de centralizar el gobierno, y anular la soberanía de los
Estados. Luego que tomé asiento en la Cámara del Senado, presenté el proyecto de acta
de Confederación que el Senado mandó publicar, y tuvo por objeto neutralizar el proyecto
de Constitución, que se discutía en la Cámara de Representantes.
Cuando
pasó al Senado el proyecto de Constitución acordado por la Cámara de Representantes, lo
modificamos en su totalidad, y después de habernos comprometido todos los federalistas
del Senado y Cámara de Representantes, para sostener las variaciones hechas por el Senado
en que no había convenido la Cámara de Representantes. Se reunieron en congreso las dos
cámaras, y se discutieron las discordancias, aprobándose la mayor parte de las
modificaciones del Senado; pero al discutir la discordancia del artículo 61, el senador
Murillo presentó una modificación en estos términos, en la sesión del 21 de mayo:
El presidente de la Confederación será elegido por el voto directo de los
ciudadanos de ella; los senadores y representantes por el voto directo de los ciudadanos
del Estado respectivo; los magistrados de la Corte Suprema por el Congreso, a propuesta en
terna de las legislaturas de los Estados, y el procurador general por la Cámara de
Representantes. Recuerdo que cuando se aprobó esa modificación manifesté al
doctor Murillo que no estaba de acuerdo el artículo aprobado, con el 21, que trataba de
la elección de representantes, que dejaba al arbitrio de los Estados el modo de elegirlos
y que iba a servir de apoyo al doctor Ospina, para trabajar un proyecto de ley de
elecciones, que fuera favorable al pensamiento que había manifestado ya para centralizar,
cuanto fuere posible, el gobierno; y hacer triunfar de ese modo al partido conservador en
los Estados y en la Nación. El tiempo vino a justificar mi opinión con la sanción de la
ley del 8 de abril de 1859, que fue uno de los motivos de la reclamación de los Estados.
Ciertamente,
como dice el señor Samper, el doctor Ospina creía que los desórdenes que traía la
exageración de principios liberales, haría su descrédito y produciría una reacción
saludable para el triunfo de la moral.
Logró
Ospina tener mayoría en el Congreso de 1859, porque algunos senadores y representantes
liberales no pudimos asistir a él, y se puso en práctica la insurrección en los Estados
liberales del Cauca, Magdalena y Santander, cuya historia lamentable produjo una
excitación general en otros Estados y especialmente en el de Bolívar, cuando se supieron
los acontecimientos de Santander y del Magdalena, y en seguida la insurrección de
Carrillo en el mes de enero de 1860.
Yo
preveía estos acontecimientos desde que se sancionó la Constitución de 1858, que tan
fríamente recibió el doctor Ospina, cuando le fue presentada por una respetable
comisión del Congreso.
Reunida
la legislatura del Estado del Cauca, solicité la ley 45 dando algunas facultades e
imponiendo ciertos deberes al gobernador del Estado, y posteriormente presenté el
proyecto de ley sobre soberanía y jurisdicción del Estado, para tener la facultad de
salir de la capital a los lugares en que tuviera necesidad de ejercer las funciones de
gobernador del Estado y la de nombrar comisionados cerca de los otros gobiernos, para
ponernos de acuerdo en el mantenimiento de la soberanía y autonomía de cada Estado.
El
patriotismo con que yo procedía a llenar mis deberes, es lo que llama el señor Samper
haber cedido a la provocación, dejándome tentar por el doble anhelo de la ambición y el
despecho.
Mi
vida pública y mis hechos contestan la pintura calumniosa que hace Samper de mí en la
página 71 de su libro; pero no obstante esto, asegura que aunque el partido liberal era
fuerte por su número, su inteligencia, sus principios, su resolución y los elementos con
que contaba, se sentía bastante fuerte; le faltaba sin embargo un jefe militar de
bastante prestigio, para hacer frente al partido conservador. Pinta a su modo la
incompetencia de Santos Gutiérrez, López, Mendoza y Nieto, para darles la dirección de
la guerra.
Agrega
que los liberales unidos comprendieron con el seguro instinto de la necesidad del momento;
pero sin prever mucho las consecuencias lejanas, que el único jefe posible era el general
Mosquera. No vacilaron pues en ofrecerle la candidatura para la presidencia de la
Confederación en 1861, para lo cual los conservadores, por su parte, escogieron en un
principio al general Herrán, federalista sincero y hombre moderado, yerno de mismo
general Mosquera; y cuando fue preciso apelar a las armas, le dijeron sin rodeos:
Tumbemos entre ambos juntos al partido conservador, y salvemos la libertad y la
federación; vos seréis nuestro jefe.
Esta
falsedad la contradigo con el documento siguiente: El señor Juan de Dios Restrepo
está suficientemente instruido y autorizado por los infrascritos miembros del partido
liberal federalista, residente en esta ciudad para desempeñar cerca del ciudadano general
Tomás C. de Mosquera, la comisión que le han cometido. Al efecto, esperan que tanto el
ciudadano general Mosquera como el ciudadano general José María Obando, y demás
miembros del partido liberal a quienes el señor Restrepo tenga que comunicar y tratar, se
servirán dar entero crédito a cuanto les comunique e informe. En fe de lo cual damos al
señor Restrepo la presente carta la que autorizamos con nuestras firmas.
Bogotá,
marzo 3 de 1860.
El
Directorio. Rafael Mendoza, Ramón Mercado, Juan de J. Gutiérrez; el Secretario, Ricardo
Becerra, Eustorgio Salgar, M. Murillo, M. Abello, Felipe Zapata, R. Núñez, V. Noguera
Maza, Pablo Arosemena, Luis Flórez, Aquileo Parra, Francisco J. Zaldúa, Antonio María
Pradilla, S. Gutiérrez, José María Guerrero, Jil Colunge, Hermógenes Saravia, J.
Salgar, M. Ancízar.
Como
se ve por el anterior documento, no se me ofreció que sería jefe del partido liberal ni
la candidatura para la presidencia de la Confederación en 1821, ni tampoco es cierto que
durante casi toda mi vida, había sido el más terrible enemigo de los que me hacían la
proposición, de dirigir las operaciones de la guerra contra las que había emprendido el
doctor Ospina en Santander, Magdalena y el Cauca. Los señores Mercado, Juan de Jesús
Gutiérrez, Manuel Abello, Rafael Núñez, Francisco Javier Zaldúa, José Maria Guerrero
y Manuel Ancízar, habían sido siempre mis amigos personales y políticos, porque ellos
conocían mis principios liberales.
El
general Mendoza y los señores Murillo y Pradilla, mantenían conmigo buenas relaciones, y
los otros señores que firmaron el anterior documento me eran simpáticos, por sus
principios republicanos, y después tuve la satisfacción de tratarlos, como individuos
importantes del partido liberal, y al general Eustorgio Salgar, como amigo verdadero
personal y político.
Jamás
me consideraré agraviado por los conservadores, porque no hubieran sostenido mi
candidatura, presentada por el partido nacional que realmente existió en aquella época
eleccionaria, y sabían los conservadores que yo era liberal progresista.
Ciertamente,
servían a la causa del gobierno del doctor Ospina militares como Espina, Diago, Briceño,
Ribero, Ucrós, Moreno y otros jefes y oficiales amigos personales míos, y que como
hombres leales servían al gobierno de la Confederación, no obstante que no estaban de
acuerdo con la política intransigente del doctor Ospina.
Cuando
Carrillo inició la revolución conservadora según las órdenes de Ospina, no llamé en
mi apoyo a mis nuevos aliados sino a los que me habían elegido gobernador del Cauca, y a
mi amigo el general Obando, que desde que lo salvé de ser asesinado en Bogotá,
restablecimos la íntima amistad que tuvimos desde jóvenes, olvidando para siempre los
acontecimientos políticos que nos colocaron bajo diversas banderas, y nuestro amor propio
cedió al bien precomunal y al triunfo de la libertad.
Quiere
Samper desfigurar los hechos cuando en la página 74 de su libelo, refiere lo que tuvo
lugar en mis operaciones sobre Antioquia, que dieron por resultado la exponsión de
Manizales. Si el señor Samper hubiera leído mi discurso a la Convención nacional que
corre impreso en un libro, en octavo de ciento veintiocho páginas, se habría convencido
que la exponsión era obra exclusivamente mía, y que había iniciado el 26 de agosto en
el puente de Chinchiná; pero el señor Samper, como todos los pseudoliberales, están
empeñados en menguar mi reputación, de haber sido el que dirigió no solamente el
ejército sino también la política para restablecer los verdaderos principios de un
gobierno liberal y la autonomía de los Estados.
Diré
algo más de lo que expuse a la Convención nacional.
En
el momento del combate en la cuchilla de Manizales recibí un parte del coronel Patrocinio
Cuéllar, en que me avisaba desde un lugar inmediato a Ibagué, que el general París
había marchado para La Plata con orden de atacar al general Obando, y esto me ratificó
en mi resolución de celebrar la exponsión de Manizales, que yo mismo dicté a los
señores Eliseo Arbeláez y Marceliano Vélez de parte de Antioquia y al sargento mayor
Simón Arboleda, mi ayudante de campo. Conocía perfectamente el carácter del doctor
Ospina, y que no aprobaría la exponsión de Manizales, pues él como sus secretarios
Gutiérrez Vergara y Pardo, estaban persuadidos de que el principio de legitimidad estaba
de tal modo afianzado en la Nueva Granada, que siempre vencería sobre cualquier
revolución, reacción o evolución política, desconociendo que yo había sido el que
afianzó el triunfo de las instituciones en 1840 a 42 y en 1854, porque supe hacer uso de
la fuerza pública con arreglo a los principios del arte, y aprovecharme del entusiasmo y
servicios de los buenos patriotas y hacer converger la opinión pública al triunfo de la
libertad; y si esto es lo que llama Samper que yo era un jefe propio para obrar a la
Bolívar, acepto el elogio; pero quien tal dice no debía inventar que era fama, que
en un artículo secreto se estipuló que el general Mosquera dejaría la presidencia del
Cauca, se retiraría a Europa, con una dotación que le suministraría el gobierno
nacional. Nadie se había atrevido hasta ahora a hacerme semejante inculpación.
¿Por qué no se le ha preguntado al general Posada para saber lo cierto? Porque él, no
obstante ser mi enemigo gratuito, y que según me han dicho, en un libro que ha escrito me
trae por los cabellos para hablar mal de mí, no habría aseverado tal infamia. Al fin de
este capítulo se publican dos trozos de mí discurso a la Convención nacional en la
parte que le di cuenta sobre la exponsión de Manizales
.
Todo
cuanto refiere Samper al final de su capítulo VIII en lo que dice relación a los
acontecimientos que tuvieron lugar hasta 18 de julio de 1861, es inexacto y se conoce bien
que no presenció los hechos. Ojalá se hubiera aconsejado de sus estimables hermanos, los
señores Miguel, Manuel y Antonio Samper, excelentes liberales, y los dos últimos le
habrían manifestado los hechos importantes que presenciaron y su cooperación en mis
operaciones militares, del Magdalena a la altiplanicie del Bogotá.
El
Cauca estaba próximo a ser invadido por fuerzas de Antioquia, y en la Provincia de
Popayán se preparaba una revolución, y otra en las de Palmira y Quindío. Fuéme
necesario ponerme al frente de la reacción contrarrevolucionaria, y di el decreto de 8 de
mayo de 1860 separando al Estado del Cauca provisionalmente de la Confederación
Granadina.
En los primeros días de junio fue necesario
poner en movimiento alguna fuerza, a órdenes del general Obando, para que debelara la
facción de Jacinto Córdova y otros cabecillas que se habían puesto en armas en las
aldeas de Dolores y Patía, al sur de Popayán: las medidas de lenidad que adoptó dicho
general no produjeron efecto ninguno, y cuando ya obró decididamente, huyeron sin poder
ser destruidos.
Los liberales federalistas de la Provincia de
Neiva hicieron un pronunciamiento en la ciudad de La Plata, y mandaron comisionados a
Popayán pidiéndome auxilio. El 2 de julio, a consecuencia de los informes que recibí
del general Martínez, que estaba situado en Cartago, de que se organizaban fuerzas en
Manizales para invadir al Cauca, resolví mi marcha a Cali para organizar el ejército con
que debía resistir, y el 8 de julio en aquella ciudad recibí la noticia de haber llegado
a Juntas parte del armamento que traía el coronel Megía, y que el resto subía el río
Dagua. Dispuse que el coronel Zúñiga marchara con los batallones 5º y 10º de la 2ª
División a reforzar al general Martínez; y que el batallón Nº 13 fuera a la Plata a
auxiliar a los patriotas de Neiva; llamé al servicio a los demás cuerpos de la milicia
del Estado de las provincias de Caloto, Buga, Cali, Tuluá y Palmira, y ordené que
marchasen a Juntas a sacar el armamento, operación que se ejecutó con admirable
actividad; mientras estos cuerpos marchaban a Juntas se construía en Cali el vestuario.
En todo el mes de julio se introdujo el armamento, se armaron y equiparon los cuerpos,
remití al general Obando quinientos fusiles y rifles, doscientas carabinas y suficientes
municiones para los cuerpos de la 1ª División, y marché a Cartago con las fuerzas
nuevamente organizadas, la artillería y parque general: la asamblea del ejército tuvo
lugar en los primeros días de agosto. El coronel Zúñiga, jefe de la 2ª División,
había hecho un reconocimiento sobre Manizales y me pidió permiso para atacar
rápidamente al general Enao, antes de que concluyera su organización en Manizales; se lo
negué, aunque había mucha probabilidad de buen suceso, porque debíamos esperar que se
verificare la invasión para obrar con más justicia.
Ordené al coronel Santacoloma que organizara el
cuarto batallón en Cali; y a los coroneles Payán, García y Herrera, gobernadores de
Buga, Tuluá y Palmira, que organizasen nuevos cuerpos en sus provincias para contener a
los revolucionarios de Caloto, Candelaria y otras aldeas en que sabíamos se conspiraba.
En tan críticas circunstancias, manifesté al
general Obando que no podía emprender operaciones sobre Ibagué para llamar la atención
del gobierno nacional por esa parte, y salvar al Estado de Santander de la invasión que
se ejecutaba con un ejército sobre aquel Estado; que no era necesario conjurar la
tempestad que nos amenazaba por Antioquia, trayendo a este pueblo laborioso a la
neutralidad, de cuya operación yo me encargaba, y que él destruyera entre tanto la
facción de Córdova y protegiera a los patriotas de La Plata.
Verificada la invasión al Cauca por las tropas
de Enao, emprendí la marcha en su encuentro, y el 11 de agosto un pequeño tiroteo entre
las dos vanguardias, en la quebrada de Italia, cerca de la aldea de Santa Rosa, fue
bastante para que los invasores emprendieran una retirada desordenada y evacuaran el
territorio invadido. El 25 de agosto ocupó el ejército del Cauca la aldea de María con
tambor batiente y banderas desplegadas, e inmediatamente escribí al general Enao
invitándolo a una conferencia: mandé cubrir la línea del río Chinchiná, para recibir
el ataque que se me pudiera hacer; y desde las alturas del Roble reconocí con un anteojo
las posiciones enemigas, en que se construían trincheras a las entradas de la ciudad, y
me persuadí de que su plan era estar a la defensiva.
Los revolucionarios del Cauca
llevaron a efecto su movimiento: y el 19 de agosto en los campos de la Concepción fueron
destruidos por los gobernadores Payán, García y Herrera; y en la provincia de Quindío,
el 23 del mismo mes, en el sitio del Hatillo, fue batida otra facción por el coronel
Castillo, mandado con este objeto por el gobernador Gutiérrez de Celis, de Cartago. Estos
dos combates fueron espléndidos por su resultado: el 26 de agosto en la conferencia que
tuvo lugar con el general Enao, me habló de la noticia que tenían de la revolución que
había estallado en el Cauca y de los triunfos del general Herrán en el norte. Pude
enseñarles los partes oficiales de los triunfos mencionados de la Concepción y del
Hatillo, y le rectifiqué las noticias del norte con documentos que acababa de recibir.
Celebramos una Convención para regularizar la guerra, y le hice las proposiciones de una
exponsión en los términos de la que se celebró el 29 del mismo mes. Los señores Eliseo
Arbeláez y Marceliano Vélez fueron al puente de Chinchiná con el general Enao, y
hacían el papel de mentores, evitando de todos los modos posibles que Enao estuviese solo
conmigo. Unos y otros se sorprendieron con mis proposiciones, porque no esperaban tanto de
mi parte: desde entonces conocí que el negocio estaba hecho, y que estos señores no
comprendían cuánto encerraba en sí mi proyecto de transacción.
Terminada la conferencia del 26 de
agosto en el puente de Chinchina, y hecho el arreglo para regularizar la guerra,
regresaron Enao y sus compañeros a Manizales a ponerse de acuerdo con el general Posada
sobre las bases de la exponsión; y el 27 pasó a mi cuartel el expresado general Posada
trayendo redactadas las proposiciones en términos que no debía aceptar; le di un
contraproyecto para que lo examinase con el general Enao y sus compañeros; pero me
expresó que él, por sí, no podía darme una respuesta definitiva, porque había en
Manizales una especie de Concejo que tomaba parte en las operaciones militares, y que sin
su voto sería ineficaz lo que prometiera, ofreciéndome que al día siguiente se me
mandaría la respuesta. Conociendo, por esto, que era necesario estrechar al enemigo para
hacerlo convenir en mi proyecto, resolví ejecutar un movimiento con dos mil infantes,
cuatro piezas de batalla y cien jinetes, para situarme en la Cuchilla de Manizales por el
camino que viene de Lérida, y poder interponerme entre Neiva y Manizales en las
posiciones de Guacaíca. Hice construir un puente en la noche sobre el Chinchiná, y, sin
ser sentido por el enemigo, logré situarme a las cinco de la mañana a distancia de un
kilómetro de sus trincheras: avisé al general Enao que había tomado aquella posición
para que tuviéramos más facilidad de entendernos. Se tocó generala en el campo enemigo,
y marchó a reconocernos un pequeño cuerpo de infantería. Dispuse que el coronel
Zúñiga con la segunda división se moviese sobre él para, contenerlo, mientras yo
organizaba las reservas que llegaban en ese momento, y le di instrucciones de no
comprometer combate hasta que yo reconociera el campo; pero desgraciadamente las
descubiertas rompieron el fuego, y el coronel Zúñiga al ver retroceder al enemigo lo
cargó con impetuosidad y comprometió la batalla, llevando su empuje hasta las mismas
trincheras, donde se apoderó de los fosos que habían construido, como primera línea de
defensa. No obstante que le improbaba este movimiento, víme en la necesidad de sostener
los puntos que se habían ocupado, y mantener un fuego vivo por todo el día. Llegada la
noche se iluminó completamente la ciudad de Manizales, lo cual me hizo conocer que el
enemigo temía un asalto en esa noche, entonces mandé venir doscientos lanceros de
María, para que píe a tierra, con una fuerza de infantería, diéramos un asalto a las
primeras trincheras, bajo el amparo de una lluvia fuerte que se anunciaba, En medio del
combate recibí un posta de Bogotá con el parte detallado del desgraciado suceso del
Oratorio; y como no pude dar el asalto en la noche, resolví que a la madrugada se mandara
un parlamento para reanudar las negociaciones. Fue correspondido inmediatamente; y en
medio de las dos líneas se puso una tolda de campaña para las conferencias, a las cuales
asistimos de este modo los generales Posada y Enao y el comandante Villegas de parte del
enemigo, y de la nuestra el secretario de Gobierno doctor Cerón, mí ayudante de campo el
sargento mayor Simón Arboleda y yo. Sostuve en ellas lo que había ofrecido en
Chinchiná, y cuando me presentaron el parte que habían recibido apenas en la noche
anterior, firmado por los señores Gutiérrez y Pardo, secretarios de Estado, del triunfo
del Oratorio, pero sin ningunos pormenores, pude enseñarles el que yo había recibido con
sus detalles, en que constaba el destrozo de las fuerzas del gobierno: como antes les
había rectificado los partes de Galán y Jaboncillo, no tuvieron embarazo en decirme los
generales Enao y Posada, que admiraban que yo hubiera establecido mejor mis postas; y
convinieron en todo lo que yo había propuesto, ofreciéndome el general Posada que en el
momento nombraría los comisionados que debían extender la exponsión en toda regla. El
general Enao, sin esperar la realización de este hecho con las fórmulas de estilo,
salió de la tienda de campaña y gritó con entusiasmo a sus tropas que estaban a 50
metros, viva la paz. En el momento se vinieron muchos oficiales y soldados
hacia nosotros y se confundieron los dos ejércitos, pasando los amigos a buscarse de un
campamento a otro; a las doce del día estaba firmada la exponsión en términos
satisfactorios para mí. Algunos jefes del ejército dudaron de la inteligencia del
convenio, y se me acercaron para pedirme que no lo aprobase, ofreciéndome que ellos
respondían del triunfo. Les expliqué el sentido en que se habían redactado, por mí
mismo, las proposiciones, en las cuales se me reconocía el derecho de haber separado al
Estado del Cauca, puesto que para volver a la unión de la confederación se necesitaba un
decreto mío; que las armas que se entregaban no eran sino doscientos treinta fusiles de
la Confederación, tres piezas de montaña, una turquesa y cinco mil cartuchos; que el
gobierno nacional y el del Cauca, ambos daban una amnistía, lo cual era lo mismo que el
reconocimiento de la soberanía del Estado del Cauca, y de ser nosotros legítimos
beligerantes; que yo no había querido reconocer las leyes inconstitucionales, y que el
sometimiento al gobierno se hacia en los términos de la exponsión. Les agregué que la
disolución de las tropas de Antioquia era la disolución de ese ejército; que al
permitirme retirar las nuestras hacia el sur de la frontera del Estado, quedábamos en
libertad de ir a resistir a la división París; pues estaba persuadido de que el
presidente Ospina no aprobaría la exponsión, ni el general París suspendería las
órdenes de atacarnos; que de este modo resolveríamos la campaña dentro de dos o tres
meses antes que el ejército del gobierno, que tenía que armarse y reformarse en Bogotá,
pudiera auxiliar al general París; y que si por un evento extraordinario el presidente
Ospina aprobaba la exponsión, en el hecho de reconocer en ella la soberanía del Cauca,
nos daba derecho, como confederados con los demás Estados, a pedir que los de Bolívar,
Magdalena y Santander, fueran tratados lo mismo que el Cauca, y puestos en libertad el
presidente de Santander y los prisioneros del Oratorio, para lo cual podríamos hacer uso
de las armas por una declaratoria de guerra, previo el manifiesto que se acostumbra entre
las naciones.
Me invitó el general Henao a hacer una visita a
la ciudad de Manizales, y convine en ello, bajo condición de que se me recibiera con los
honores que correspondían al jefe supremo de un Estado. No hubo inconveniente para esta
exigencia; y fui recibido al siguiente día en los términos arreglados, siendo mi objeto
principal el que las tropas de Antioquia y los habitantes de dicho Estado se acostumbrasen
a verme como un magistrado en ejercicio del empleo constitucional a que había sido
llamado por el pueblo, y que así quedara anulada, por este hecho, la arbitraria
suspensión de mi empleo que decretó la Corte Suprema.
Yo confiaba en que los generales Posada y Enao
dirían al presidente Ospina la verdad de no tener fuerza ni municiones para combatir con
el ejército del Cauca, que era muy superior al mandado por ellos, tanto en número como
en opinión. No me engañé en mis previsiones, y el resultado ha probado que lo que
conseguí con este convenio valió más que si hubiera completado el triunfo del 28 de
agosto.
Como era necesario presentar los hechos de la
manera que habían pasado, publiqué una alocución el 8 de setiembre en Cartago, que
satisfizo las dudas a mis conciudadanos del Cauca.
Autoricé al general Obando para
que celebrase otra exponsión igual con el general París, y desde Palmira informé de
todo al mismo general París, pidiéndole que por su parte aceptara la exponsión y
regularizara la guerra. Me contestó con urbanidad negándose a lo uno y lo otro; y me
dejó en libertad para continuar mis operaciones sobre él. En el mes de octubre adelantó
sus fuerzas hasta cinco leguas de Popayán, y entonces moví las del Cauca sobre la
columna que había ocupado la cordillera de Guanacas, con lo cual retrocedió sin
combatir; en los primeros días de noviembre trasmonté la cordillera por el páramo de
Moras con las divisiones segunda y tercera del ejército del Cauca, dejando al general
Obando con la primera para atender al sur. Debiendo mantener fuerzas en el Valle del Cauca
que sostuvieran la tranquilidad en él, y franca la vía para que me remitieran ganados
por las Moras, dispuse que el coronel Payán se situara en Pitayó con este objeto y el de
cubrir mi retaguardia.
Desde Silvia mandé circulares a mis amigos
políticos del norte, anunciándoles el principio de mis operaciones, para que ellos
coadyuvasen, llamando la atención del presidente Ospina por aquella parte; y tuve la
satisfacción de que algunas llegaran como me lo informó el coronel Acosta, hoy general,
en cuya virtud se puso en armas en Chámeza.
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