ORÍGENES
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
"LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA" ESTUDIO HISTÓRICO-POLÍTICO
TOMAS CIPRIANO DE MOSQUERA
CAPÍTULO III
Comienza el señor Samper su
capitulo III diciendo que la segunda causa de la fuerza adquirida por el conservatismo,
que aún no acertaba a darse un nombre filosófico, en tanto que sus adversarios se
llamaban progresistas, fue la revolución de 1840; y agrega que jamás se vio en esta
tierra una revolución tan inmotivada ni tan popular y general.
Es necesario que el señor
Samper recuerde las cosas como han pasado.
A consecuencia de la ley del 27
de mayo de 1839, se sublevaron en Pasto el presbítero doctor Villota, con algunos frailes
de los conventos de la Merced, Santo Domingo, San Francisco y San Agustín, que quedaban
suprimidos por la expresada ley, previo informe del obispo diocesano. Cuando el poder
ejecutivo dispuso la marcha de una columna de tropa para sofocar la revolución a órdenes
del general Herrán, hubo otra asonada en Vélez, de un carácter especial que luego se
complicó en el año de 1840.
Todo el mundo sabe cómo se
inició la causa para descubrir los verdaderos asesinos de Sucre. Yo estaba en Bogotá de
secretario de Guerra y no tenía intervención ninguna en el juicio de Obando en Popayán,
y falta a la verdad el señor Samper, al decir que yo dirigía aquel juicio. Por el
contrario, conociendo yo, como conocía, el origen de este asesinato, creí siempre que
iba a revolverse el país: que tendría fatales consecuencias, porque eran muchos los
comprometidos en este crimen político, y horrendo delito común, que habidas en
consideración muchas circunstancias, debía relegarse al olvido por una amnistía
general, como lo hice el 1º de enero de 1849, dando un decreto en mi calidad de
presidente de la República, con arreglo al artículo 103 de la Constitución. Desde 1848
había consultado al Consejo de Gobierno, conforme al artículo 117 de la Constitución,
que me diese el dictamen para conceder una amnistía general, y se opuso unánimemente el
Consejo; entre los secretarios había liberales caracterizados, cuyos votos me dieron por
escrito.
El señor Samper habla con
acierto cuando dice que ninguno de los motivos alegados en 1839 y 1840 era suficiente para
justificar la revolución; pero no es exacto que en todo el país adquirió las
proporciones de una grande y popular revolución, sostenida por el partido liberal,
entonces "progresista; cuyo programa de guerra se reducía a estas dos ideas:
la caída del gobierno del doctor Márquez, y el establecimiento del régimen federal, con
una Constitución más liberal aún que la de 1832.
La revolución del sur comenzó,
como hemos dicho, por un movimiento fanático: en el norte se deseaba establecer la
federación, y en las provincias del Atlántico, el predominio de los militares que
hicieron la revolución. Les faltó la unidad de pensamiento y me fue fácil destruir las
diferentes fuerzas revolucionarias desde Huilquipamba a Tescua y de allí a la Chanca y a
Pasto, para hacer desocupar el territorio, de que se había apoderado el general Flores.
Los partidos eran el ministerial que sostenía la Constitución, y el llamado entonces
liberal que la atacaba y no tenía programa sino echar abajo al doctor Márquez para
disputarse el mando posteriormente.
Muchos jóvenes de principios
liberales se unieron a los revolucionarios, y muchos otros me acompañaron en los campos
de batalla para sostener la Constitución. Salvé a los comprometidos en las provincias
del norte, reconociendo la guerra civil, y manifestando a los habitantes de esas
provincias que era otro el modo de iniciar una reforma federal.
Después que estalló la
revolución fanática de Pasto, el general Obando se trasladó a Bogotá, y cuando se supo
en esa ciudad que se había iniciado el juicio, para descubrir el asesinato de Sucre, se
dijo que se complicaba a dicho general y me preguntó si era exacto lo del papel que
corría en copia, y le enseñé la comunicación del coronel Bustamante, que remitía una
copia de aquel documento y resolvió irse a presentar al juicio. El juez de Popayán, a
quien se había reclamado la persona del general Obando, le ordenó su marcha a Pasto y le
dio por compañero al capitán Lemos, con quien siguió hasta Mercaderes; véase, pues,
cómo asevera el señor Samper lo que no es cierto, pues ni se seguía la causa en
Popayán, ni yo podía dirigirla estando en Bogotá.
Tampoco es cierto lo que refiere
de haber sido hecho prisionero en los Árboles el general Herrán, y si se hubiera
limitado Samper, como él mismo lo dice, a no entrar en detenidas reminiscencias, respecto
de aquella cruenta revolución, lo habría hecho mejor; pero quería el señor Samper
hacernos aparecer como conservadores a los defensores de la Constitución, y como
federalistas a los revolucionarios, y tal revolución no tenía otro objeto que apoderarse
del gobierno, y este único objeto el que tuvieron en mira para hacer la revolución.
No le falta razón al señor
Samper, al decir que los que triunfan en una revolución, a virtud de las ventajas de una
lucha armada, se hacen reaccionarios en el sentido de ideas violentas y extremosas, y esto
ha sucedido constantemente en todas las revoluciones políticas, de diferentes países.
No es exacto que en 1828
triunfara Bolívar sobre la conspiración de setiembre, porque no es triunfar cuando una
conspiración encalla, porque se ha formado por pasiones innobles y es mal ejecutada; no
hubo reacción conservadora para pretender fundar el Imperio de los Andes, especie
ridícula inventada en aquella época.
Cuando se sofocó la revolución
de 1840, no triunfó el conservatismo, con tendencias tradicionistas, porque entonces no
se habían trasladado estas ideas de los partidos europeos a América; pero sí es cierto
que al inaugurarse la administración de 1841 se pretendió apoyar al gobierno en
instituciones inadecuadas a una República naciente, como fueron la de reglamentar la
instrucción pública, trayendo al efecto a los jesuitas, medida que condené cuando lo
supe en Cartagena, y manifesté al general Herrán que debía regresar rápidamente a
Bogotá antes de que el vicepresidente encargado del poder ejecutivo fuera a designar para
los colegios de misiones a los jesuítas, a virtud del artículo 3º del decreto
legislativo de abril de aquel año.
Ciertamente, los excesos
cometidos en 1832 contra el partido revolucionario de 1830, la injustificable revolución
de 1839 y 1840, trajeron la reacción de 41 y 42, en que se quiso fundar un partido
semimonárquico adoptando medidas legislativas represivas, apoyándose en el sentimiento
religioso, para dominar las masas; pero yo no llamaré a esta evolución política partido
conservador, porque los adjetivos con que se denomina a un partido deben tener
significación política, y llamaría más bien a los ministeriales de esa época partido
retrógrado.
La paz se conservó durante el
período constitucional de 41 a 45 y a virtud de ella se hicieron las elecciones de
presidente para 1845, estando ya en ejecución la Constitución de 1843, sancionada para
dar mayor vigor al poder ejecutivo y evitar de este modo revoluciones armadas.
Tuve el honor de ser elegido
presidente y creí darle una nueva vida a la República, reuniendo los partidos
políticos, para que no hubiese en la Nueva Granada sino republicanos progresistas, e
inauguré una época de reformas sociales, especialmente en materias de hacienda, y
logré, como presidente, que se aboliera el sistema de monopolios, los derechos
diferenciales, libertad en los estudios, establecimiento de un colegio militar de
ingenieros, la navegación del Magdalena, la iniciación del camino Interoceánico del
Istmo, la tolerancia religiosa, la mejora de las vías públicas, y todas las demás
medidas de progreso que tuvieron lugar durante mi administración, de que trata el señor
Samper al hablar de ella.
En 1848, en la Cámara de
Representantes, el señor Julio Arboleda pronunció un discurso, manifestando la
conveniencia de fundar en la República un partido denominado conservador, repitiendo casi
literalmente un discurso de Mr. Guizot, pronunciado en la Cámara de diputados de Francia.
Después de la sesión pasó a la casa de gobierno, el doctor Mariano Ospina, que también
era representante, y me hizo un elogio del discurso de Arboleda, manifestándome que era
necesario organizar el partido conservador, para contrariar las ideas anárquicas, que
comenzaban a dominar entre la juventud liberal; y le contesté que yo era progresista y de
ninguna manera debía organizarse entre nosotros lo que se llama en Europa partido
conservador, y le proporcioné el diario de debates de París, para que leyese el discurso
de Guizot. Tanto a él como a Arboleda les hice ver que lo que se denominaba en esa época
en Francia e Inglaterra partido conservador, era el que quería conservar la tradición
monárquica, o sea la legitimidad de los reyes, con instituciones liberales que
garantizaban la representación popular, y los derechos Individuales. Sin embargo, de
estas observaciones, estos señores y algunos de sus amigos, comenzaron a organizar el
partido conservador, desde entonces, no obstante que durante la administración Herrán
habían sido antagonistas.
Como se ve, no fueron dos
periodistas jóvenes los que iniciaron el partido conservador, como lo asegura Samper.
Las apreciaciones del señor
Samper, en el capítulo IV de su libro, no solamente son inexactas, sino ofensivas en el
modo de juzgar a los hombres, inventando en su inquieta imaginación caracteres que no
corresponden a los hombres públicos de que se ocupa, ya sea para exaltarlos, ya para
denigrarlos, y entre otras mentiras, dice que escogieron los conservadores como candidato
a un enemigo personal mío: el doctor José Joaquín Gori: siempre tuve con él una
amistad pura, y no hubo más discordancia entre los dos que en una cuestión abstracta,
sobre la presidencia del Consejo de Gobierno; conocía su mérito y fui yo quien lo
recomendó para vicepresidente de la República, escribiendo a mis amigos que no aceptaba
esa elección en mi favor, y que sufragaran por el doctor Gori.
Elevé una representación al
Congreso, desde Santiago de Chile, manifestando que no aceptaba la vicepresidencia, para
que no perfeccionaran la elección en mí.
Dice más Samper: que los
tradicionistas o recalcitrantes, intransigentes con la libertad y el progreso, adoptaron
como candidato al doctor Cuervo, esperando recuperar el terreno perdido, durante la
administración Mosquera. Solamente en la cabeza del señor Samper ha podido caber
semejante idea. Era mi deber como presidente abstenerme de recomendar decididamente a un
candidato; pero me gustaba mucho Cuervo porque estaba identificado con mi política: era
un verdadero liberal, hombre de eminentes conocimientos en política, y que conocía que
el progreso material de la República proporcionando bienestar social, a la generalidad de
los habitantes, modificaría a los dos partidos políticos exagerados, que comenzaban a
formarse en aquella época: el conservador, obra de Ospina y Arboleda, y el idealista, con
mucho de socialista y algo de comunista, comenzado a fundar por varios jóvenes, que
después hicieron parte de la escuela republicana.
Estando ausente el general
Obando, el partido liberal trabajó por el general López, y si es verdad que en 1828
promovió una revolución contra la dictadura de Bolívar, es verdad igualmente que se
sometió a él recibiendo en Pasto el despacho de coronel efectivo después de la
revolución y la colocación de gobernador de Neiva por la misma administración
dictatorial.
En la sesión del 7 de marzo de
1849, el Congreso Constitucional perfeccionó la elección de presidente en el general
López, porque el doctor Mariano Ospina sufragó por él con la fórmula siguiente:
"voto por el general López para que no se asesine al Congreso" y sufragaron con
él el coronel Enao, el señor José María Martínez de Antioquia y el presbítero López
Pardo, con lo cual obtuvo López 43 votos contra 39; y si hubieran sufragado como en los
primeros escrutinios, Cuervo habría sido el presidente.
Toda la bulla que se hizo ese
día, no pasó de alboroto, y conociendo yo cuán importante era evitar todo conflicto,
acepté la elección hecha en López, y es bien conocida en la República mi conducta en
ese día.
Llegué a persuadirme que la
administración de 1849 a 53 continuaría las medidas de progreso que yo había iniciado,
y la reconciliación de los granadinos; pero comenzó mal, dando lugar a que el partido
conservador, que ya tenía caudillos, proyectase la revolución de 1851. Yo estaba
entonces retirado de la vida pública, ocupado de negocios comerciales en Barranquilla y
Panamá: dando seguridades al tránsito por el Istmo de Panamá, y ayudando la empresa del
ferrocarril, cuando iba a estallar la revolución acordada en Bogotá durante la reunión
del Congreso de 1850. Uno de los hombres distinguidos del partido conservador fue en
comisión cerca de mí a proponerme que encabezara la reacción del partido popular, como
se denominaban entonces los conservadores, y le contesté que yo no perdía mi alta
posición social, presentándome como caudillo de un partido a que yo nunca había
pertenecido. Pocos días después pasé a Nueva York, por asuntos de mi nueva profesión
de comerciante, y me sorprendí al saber, de un modo confidencial, que el encargado de
negocios había recibido órdenes del presidente, general López, para que invigilase
[sic] mi conducta, porque se temía que yo iba a comprar armamento para la revolución,
etc. El señor Victoriano de Diego Paredes, encargado de negocios, contestó que todo
aquello era falso. Hubo más: la administración López fue informada por el gobernador de
Cartagena que yo me había excusado de asistir a las sesiones del Congreso, remitiendo la
comunicación oficial de mi excusa, en la cual le decía "que él no había cumplido
con su deber, llamándome en mi calidad de suplente, y dirigiéndome la comunicación a
Popayán, en donde no tenía mi residencia sino en Panamá, para que no pudiera recibir
oportunamente la convocatoria, sin duda porque no estaba de acuerdo con sus opiniones
políticas, y remitiendo el gobierno esta comunicación al gobernador de Panamá lo
ordenó que me hiciera juzgar por irrespetuoso"; el fiscal rechazó la orden, y
renunció su destino, y se nombró otro fiscal interino ad hoc; y estando
de secretario de la Cámara de Provincia de que yo era presidente, me enseñó las
comunicaciones de su nombramiento, y la que prevenía que me acusase: le aconsejé que
aceptase el nombramiento, porque podía acumular los sueldos legalmente, y él era un
hombre de pocos recursos: que en cuanto a la acusación, yo gozaba de inmunidad, como
presidente de la Cámara Provincial; que en caso de haber falta o delito cometido por un
representante del pueblo, no podía ser sino acusado por injuria o calumnia y tales
delitos, no daban acción popular, y en caso de haber delito se había prescrito por la
ley, por no haberse intentado la acusación en tiempo oportuno. ¿Y estos hombres se
llaman liberales?
Al empezar Samper su capítulo V
empieza por manifestar que la posición del partido liberal, al recuperar el poder el 1º
de abril de 1849, era difícil, y sus dificultades provenían de la inexperiencia general
de los liberales; de la oposición violenta de los conservadores; del carácter del
general López; y del estado poco lisonjero en que mí administración dejó al tesoro
público.
Si el señor Samper hubiera
querido leer mi mensaje de 1º de marzo de 1849, 40 de la Independencia, sería más justo
al hablar de mi administración. En este documento manifiesto claramente que, en 11 años,
no tuvo sistema rentoso la heroica Colombia; que ni en ella, ni en la República de la
Nueva Granada, hubo contabilidad administrativa, y que mejoré cuanto me fue dado la
Hacienda pública. La administración Santander tuvo con qué hacer los gastos ordinarios
porque el sistema de su secretario de Hacienda fue, no pagar deudas ni arreglar el
crédito público, y cuando celebró el convenio de división de la deuda colombiana
sacrificó a la Nueva Granada, haciéndole reconocer la mitad de las deudas de Colombia.
Combatí cuanto me fue posible este absurdo convenio. Durante la administración Márquez
se sancionó la primera ley de crédito público, pero poco se pudo hacer porque esa
administración fue combatida por las fracciones liberales draconianas, que habían
perdido el poder en 1837. La administración Herrán fue estacionaria pero conservó la
paz. Al encargarme del poder ejecutivo el 1º de abril de 45, me encontré con las manos
atadas por el pésimo contrato celebrado con los acreedores extranjeros; obra de los
señores Ordóñez y Ospina. Sin este embarazo mucho habría hecho yo, si hubiera podido
encontrar este negocio intacto, pues con los fondos que había existentes en Europa y en
Bogotá pertenecientes al crédito público exterior, se habría podido hacer una buena
operación para consolidar la deuda, como lo propuse a los agentes del gobierno los
señores Baring Brothers, por medio del ministro de Colombia en Londres, los que creyeron
buena la operación y favorable a los tenedores de vales; pero impracticable después de
aquel convenio.
Ciertamente, como dice Samper,
en 1850 se fraccionó el partido liberal entre liberales de la antigua escuela de
Santander, liberales moderados que querían la verdadera República y liberales exaltados
imbuidos de las doctrinas exageradas de los escritores franceses, que tanto daño han
hecho con sus doctrinas socialistas y desorganizadoras. Al mismo tiempo el partido
conservador conspiraba y estalló la revolución de 1851, que fue completamente debelada,
más por la opinión pública que la condenaba, que por los combates que se libraron en
diferentes puntos.
Después de la victoria obtenida
sobre las facciones del sur del Cauca, de Antioquia y Cundinamarca, el partido liberal
dominante se organizó en dos bandos, el radical o gólgota, que se denominó así por las
expresiones del señor Samper en la escuela republicana, como él mismo lo dice, y el
draconiano que quería sostener algunas doctrinas, de la escuela antigua liberal con
tendencias progresistas y humanitarias. Existía también en esa época un gran número de
ciudadanos que trabajaban porque se consolidara la verdadera República, y se olvidaran
las tendencias al gobierno de la fuerza y al socialismo de los gólgotas.
La elección del general Obando
para presidente de la República fue bastante popular. En algunos Estados, como el de
Panamá, tuvo séquito la candidatura del general Tomás Herrera, que en nada tenía de
gólgota, y en el Congreso de 1837, una vez que fue excluido el general Obando, prefirió
votar por Márquez, y no por Azuero.
En el año de 1852, después de
haber sido derrotados, los conservadores, a los 4 años de organización de este partido,
fue completamente postrado en las elecciones; Obando obtuvo la de presidente, y de los 95
miembros de que se compuso el Congreso, se pueden calificar así: diez conservadores,
trece gólgotas, veintinueve liberales draconianos y 33 progresistas y radicales. Con
tales elementos se sancionó la Constitución de 1853, reconociendo en ella la libertad de
cultos, la independencia de la Iglesia católica y el sufragio general de todos los
ciudadanos en las elecciones de presidente y vicepresidente de la República, ministros de
la Corte Suprema y gobernadores de las provincias.
Dividido el partido liberal,
preparaba una reacción que daría por resultado llevar al poder al partido conservador
que se organizaba con inteligencia.
Expulsados de la República los
prelados eclesiásticos de la Iglesia católica por haber desobedecido una ley
inconveniente y que variaba la disciplina de la Iglesia, se remedió el mal que estaba
causando en la opinión pública tal persecución con la separación de la Iglesia del
Estado, y los obispos pudieron regresar; pero este hecho, laudable en principios,
preparaba la organización de un nuevo partido político, para darle fuerza moral a los
ministros del culto, como se verá después.
En 1854 estalló la revolución
acaudillada por el general Melo, y dirigida por algunos hombres civiles del partido
liberal draconiano.
En el resumen histórico de los
acontecimientos que tuvieron lugar en 1854, escrito por mí, de orden del gobierno, expuse
la verdad de cuanto había sucedido en aquella época y el empeño que tomaron los
liberales draconianos de regir la República a usanza de la administración Santander.
El partido conservador se unió
en aquella ocasión a los radicales, pero nada habrían hecho para sostener la
Constitución de 1853; si yo no me presento en la costa del Atlántico, y convenzo a los
militares que su deber estaba en sostener la Constitución y al gobierno, y por una
alocución excité el patriotismo de los granadinos, para que rodeasen a las autoridades
constitucionales.
El general Herrera pudo
escaparse de la capital, y dirigirse así a Tunja, con muchos liberales radicales y
algunos gólgotas. Formóse una falange respetable que resolvió ir a combatir con Melo, y
cuando supe que tal resolución se había tomado, anuncié a los militares que estaban a
mi lado, que la primera noticia que recibiríamos sería la derrota del general Herrera, y
la muerte del general Franco, y cuando se realizó lo uno y lo otro me preguntaban cómo
había podido prever yo lo que había dicho, y les manifesté que conocía la presunción
de la juventud, y que arrastrarían con su ardoroso patriotismo al general Herrera; y que
el general Franco, valiente y sin talentos, libraría un combate sin reglas de táctica ni
de estrategia, como sucedió. Cuando el general Herrera vio mi alocución en San Juan de
Rioseco, estando en marcha para Honda, exclamó: ¡el general Mosquera está en la
República; se salvará la causa constitucional! y dispuso que marchasen cerca de mí el
señor Justo Briceño, el comandante Ucrós y el señor José Triana, llevándome el
despacho de general en jefe del ejército, y delegándome como a tal todas las facultades
del poder ejecutivo, en las provincias del Atlántico, del Itsmo de Panamá y del norte.
Pidióme al mismo tiempo que facilitara armamento y municiones, pero no me proporcionaba
recursos pecuniarios. A esta prueba de confianza debía corresponder con abnegación y
patriotismo.
Desde que me separé del
gobierno en abril de 1849, me había consagrado a especulaciones mercantiles: en cinco
años de trabajo había repuesto un poco mi fortuna y pude girar, sobre mi casa de
comercio, una letra de $ 20.000, con que se compró el armamento que debía servir para
los ejércitos del norte y del sur, como sucedió.
Pude salvar los caudades que
tenía el gobierno en la aduana de Sabanilla, y en vez de pagar con ellos los $ 20.000
destinados para el armamento, los llevé a Honda en un vapor, habiendo auxiliado
oportunamente a los patriotas del norte con armas, y un cuadro de oficiales inteligentes
que sirvieron con lealtad y patriotismo, y de ellos murió en Pamplona el coronel Rojas.
Ciertamente, como dice el señor
Samper, extraño fue el antagonismo que medió entre 1853 y 54 entre los artesanos y la
juventud; pero no es cierto que desapareciera completamente desde 1859 o 60, porque
todavía se siente que se detestan recíprocamente los gólgotas y los democráticos.
Hace el señor Samper una
relación apasionada al describir la unión de los gólgotas y liberales, y atribuye a los
conservadores la elección de vicepresidente de la República en el doctor Manuel María
Mallarino. Ciertamente, fue el candidato del Cauca de liberales y conservadores, y yo
trabajé por él en las provincias del Atlántico y del norte, desanimando al propio
tiempo a muchos que querían sufragar por mí, porque conocía perfectamente que no
convenía a la República mi elección; para no aumentar las susceptibilidades de los
partidos conservador y radical, y por esta razón nos decidimos muchos liberales a
sostener la candidatura de Mallarino.
Rechazo con decidida energía la
colocación que me da el señor Samper, entre los hombres notables del partido
conservador, y debía recordar la verdad de los hechos para no describir a su modo los
sucesos de esa época.
El ejército del sur, compuesto
de una masa heterogénea de liberales y conservadores, y teniendo a la cabeza en su
cuartel general al poder ejecutivo, y no obstante los combates de Bosa y las Cruces, no
pudo tomar la ciudad de Bogotá hasta que yo llegué el 3 de diciembre y me acampé en San
Diego. Los generales Herrán y Ortega pasaron a mi campamento, y me dijeron que después
de haber marchado triunfante desde las costas del Atlántico basta Bogotá, habían
querido aguardarme para que tomara parte en la ocupación de Bogotá. Les manifesté que
por mi parte no quería disputar al ejército del sur la gloria de someter a Melo; pero
que si no lo hacían ese día y en toda la noche, yo lo haría al día siguiente; así
sucedió, y el día 4 de diciembre, después de haber tomado prisioneros quinientos
hombres en San Diego, obligué a Melo a que se rindiera a discreción, garantizándole la
vida a él y a todos sus soldados, ofreciéndoles que serían bien tratados. El
vicepresidente Obaldía y su secretario, el señor Plata, me improbaron este ofrecimiento
porque se les debía tratar como a partida de malhechores.
Desde que nos acercábamos a
Bogotá, conocí perfectamente el brío que había tomado el partido conservador, con la
unión del partido liberal, y se lo manifesté al general Herrera y a otros jefes del
ejército del norte, como a los secretarios de los generales en jefe del ejército del
sur, Justo Arosemena y Camacho Roldán.
Ocupé la plaza de Bolívar, y
mientras organicé el modo como debían acuartelarse los dos ejércitos, no me separé de
la plaza mayor ni tuve una casa para desmontarme, ni a dónde ir a comer, hasta que la
viuda del general OLeary me mandó invitar para ir a comer a su casa, y de allí
salí a una que tomé en arrendamiento.
Todo esto me hizo comprender
perfectamente la difícil situación que atravesaba la República, porque cada partido
quería atribuirse la victoria.
Se reunió el Congreso de 55, y
tomé asiento en la Cámara de Representantes como diputado por la provincia de
Zipaquirá, mereciendo ser presidente de ella. El negocio que absorbía toda la atención
del Congreso, del poder ejecutivo, y de los caudillos de los diferentes partidos, era el
juicio del general Obando y sus secretarios.
El día que debía darse el
veredicto por el Senado, quiso llevarse a efecto un horrible atentado. Eran las seis y
media de la noche, cuando se presentó en mi casa el enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario de Francia acompañado de su señora, y me dirigió la palabra en estos
términos: "Extraño será a usted que a esta hora venga a su casa acompañado de mi
señora; veníamos de pasear de la alameda de San Diego, y vimos un grupo de gentes de
diversas clases en la plazuela de la Capuchina, y mandé a mi secretario a investigar el
objeto de esa reunión, y se admirará usted: se trata nada menos que de asesinar al
general Obando, a Melo y demás jefes prisioneros, y proclamar un dictador que acaso será
usted". Le di las gracias, y en el momento mandé a llamar al general Espina para que
pusiese inmediatamente los cuerpos del ejército sobre las armas, porque él me
reemplazaba en el mando durante mi separación por estar en el Congreso, y al general
Briceño, gobernador interino de Bogotá para que ordenara que el sargento mayor Vélez
fuese con medio batallón al colegio militar que servía de prisión al presidente Obando,
para que lo defendiese a todo trance, y me dirigí a la plaza mayor en donde encontré un
gran número de gente en agitación, y en los portales de la casa municipal al general
Ortega, al gobernador propietario de la provincia, Pedro Gutiérrez Lee, rodeados de
varios conservadores y les dirigí la palabra a estos dos caballeros, manifestándoles lo
que me había dicho el ministro francés; y que estaba resuelto a sostener la dignidad de
la Nación, salvando los prisioneros y al presidente. Se desconcertaron estos caballeros,
queriendo disculpar a los que tal proyecto habían formado. Fui a dar cuenta al
vicepresidente y no lo encontré en la casa de gobierno ni supe en dónde estaba.
El general Obando se sorprendió
al ver reforzar su guardia, e impuesto cuál era el objeto, exclamó: "no podía
esperar otra cosa de un enemigo político generoso, del amigo personal desde mi
infancia". Al día siguiente fui a verlo, me dio un abrazo y me dijo que desde ese
día tendría en él el mejor de mis amigos políticos, restableciendo la amistad que
habíamos tenido desde la infancia. Los generales Melo y Mantilla, como los jefes y
oficiales prisioneros, cuando fui a visitarlos al edificio de San Bartolomé, que les
servía de cárcel, me manifestaron igualmente su gratitud, por lo que había hecho por
ellos. Trabajé de un modo decidido en la Cámara de Representantes para que se sancionase
el indulto del 29 de mayo de 1855, que tuve el honor de firmar como presidente de la
Cámara.
En el mismo Congreso se tomó en
consideración por segunda vez el acto adicional a la Constitución, creando el Estado de
Panamá, y con el señor Justo Arosemena modificamos el artículo 12, para que se pudieran
erigir otros Estados por una ley, y que tendría la misma fuerza del expresado acto
constitucional.
En el Congreso de 1856 se agitó
la cuestión de organizar la República bajo el sistema federal, pero no se pudo lograr
porque faltó el quórum constitucional en sentido federal, conforme al
parágrafo primero del artículo 57 de la Constitución, por no haberse obtenido el voto
de las cuatro quintas partes de los miembros de ambas cámaras; y entonces celebramos un
convenio los federalistas liberales con los federalistas conservadores de Antioquia, para
sancionar la ley del 11 de junio de 1856, que creó el Estado de Antioquia, para que en el
año siguiente pudiera hacerse lo mismo erigiendo en Estados diversos el resto de la
República, y así se efectuó por la ley del 15 de junio de 1857.
No había podido yo asistir al
Congreso en los primeros meses de sus sesiones, y cuando llegué a incorporarme en la
Cámara del Senado, encontré desalentados a todos los federalistas. Me eligieron
presidente del Senado en el mes de mayo, y logré que se sancionara la ley del 8 de mayo
de aquel año, erigiendo el Estado de Santander, y en seguida trabajamos los federalistas
para sancionar la ley del 15 de junio de aquel año, y se organizaron en Estados federales
los de Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca y Magdalena, conservando a cada uno de ellos
el territorio de las antiguas provincias de que se compuso cada Estado.
El señor Samper, con otros
muchos colombianos, consideran anómala la división de los Estados e inconsulta; pero la
verdad sea dicha, fue, y es la única posible, y ya hemos manifestado cómo se organizó
definitivamente la federación y cómo nos unimos los federalistas liberales a los
conservadores, para llevar a efecto la reforma federal contra la opinión de los liberales
y conservadores centralistas.
En 1855 se organizó realmente
el partido nacional, y publicamos nuestro programa después de una reunión popular en el
local de la Universidad de Bogotá, y este proclamó mi candidatura para presidente: los
radicales la del doctor Murillo, y los conservadores la del doctor Ospina. Este fue el
elegido, porque con el sufragio general arrastraron los curas el voto de todos los indios
en el norte, y Cundinamarca, Antioquia y alguno que otro pueblo de los otros Estados, lo
que ha traído la limitación del sufragio en aquellos Estados, en donde la masa de la
población se deja arrastrar por los curas y los hacendados.
De este modo rectificamos todo
lo que dice Samper, hasta el fin de su capítulo sétimo.
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