ORÍGENES
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
"LOS PARTIDOS EN
COLOMBIA" ESTUDIO HISTÓRICO-POLÍTICO
TOMAS CIPRIANO DE MOSQUERA
CAPITULO II
El señor Samper cree que
cuando estalló la revolución de 1810, nuestra sociedad se componía de tres elementos:
el español peninsular, el criollo y el tercer elemento que lo formaba la gran masa social
de indígenas, repartidos en resguardos negros y mulatos esclavos, llamado por la clase
dominadora plebe o populacho, y esta misma idea le sirve de argumento para dar principio
en su capitulo II y describir lo que era el gobierno del Virreinato de Nueva Granada, cuyo
sistema político debía condensarse en estas ideas cardinales: "exclusión absoluta
de los criollos de intervención en el gobierno; concentración completa de la autoridad
pública, conforme a la lógica del despotismo; régimen feudal respecto de la propiedad
raíz y de las muchedumbres, manteniendo por medio de los mayorazgos, los restos de
encomiendas, las manos
muertas, los conventos,
la esclavitud
y los resguardos
de
indígenas; íntima alianza del Estado y la
Iglesia, con absoluta prohibición de otros cultos distintos del católico; clausura
comercial, respecto de las producciones no españolas con el consiguiente monopolio del
comercio, y la prohibición
de producir en el Virreinato, aquellos frutos que
pudieran competir con los españoles; régimen de administración de justicia, basado en
el monopolio de las profesiones forenses, en el secreto de los procedimientos, en el
carácter político del poder judicial, y en una excesiva y formidable severidad de penas;
régimen fiscal, basado en todo linaje de monopolios y restricciones, y en innumerables
impuestos, tan vejatorios como mal distribuidos; y en fin, secuestración intelectual de
los pueblos, mediante un sistema de instrucción monacal, o muy limitada, o calculada de cierto
modo, y la prohibición de libros y periódicos que no tuvieran el pase de la
autoridad".
Cuando de 1810 a 1820, se
escribía para elevar el sentimiento republicano, se usaba de este lenguaje exagerando la
organización del gobierno colonial; ¿pero qué debía esperarse en América, en materia
de organización social y de educación elemental, cuando en España mismo era tan
defectuoso el sistema de gobierno, como la educación y tan escasas las luces? En materia
de administración, trasplantó el gobierno español la organización municipal, elemento
de gobierno propio en la Península. Se establecieron universidades, a semejanza de las de
España, y algunos colegios en las ciudades más importantes. Las universidades, que,
según el profundo Condillac, tanto han retardado los progresos de las ciencias, solo
servían en España y en América para enseñar quimeras despreciables. Si consultamos al
erudito Feijoo, veremos que aún a mediados del siglo XVIII, los filósofos españoles
hallaron el arte de tener razón contra lo que dicta el buen juicio, y de dar no sé qué
color especioso a lo que más dista de lo razonable. No era el examen de las cosas mismas,
a donde apuraban el discurso, sino en los conceptos y en los términos. Las materias
físicas se trataban metafísicamente, y sólo metafísicamente. Disputábase mucho del
compuesto natural, de la materia, de la forma, de la unión, del movimiento; pero no se
trataban idealmente estos objetos, ni sensiblemente; se examinaba sólo la superficie, no
el fondo; en nada se corría el velo a la naturaleza; no se hacía sino palpar la ropa.
Ignorábase en España, por lo común, el estado actual de la física en las demás
naciones. La enseñanza de la medicina estaba reducida, en lo general, a cuestiones de
mera especulación, a vanas teorías, a disputa. Las argumentaciones escolásticas eran
muy violentas a veces. En cuanto a las ciencias naturales, se padecía notable atraso, por
el corto alcance de algunos profesores; por la preocupación que reinaba en el país
contra toda novedad; por el erróneo concepto en que se estaba de que cuanto presentaban
los nuevos filósofos se reducía a curiosidades inútiles; por el celo indiscreto y mal
fundado, que hacía temer que las doctrinas nuevas en materia de filosofía, trajesen
algún perjuicio a la religión. ¿Qué debía esperarse en América, volvemos a
preguntar, cuándo en la metrópoli tal era el estado de la instrucción pública, que
excitadas en tiempo de Carlos III, a reformar sus estudios, contestaron las célebres
Universidades de Alcalá y Salamanca, que no podían apartarse del sistema del peripato;
que los de Newton y Galileo, no estaban de acuerdo con las verdades reveladas, y que el
estudio de la jurisprudencia romana debía ser el primer objeto de los que se dedicaban al
derecho, cuando casi todo era ignorancia en España, aun en una época en que en otros
países habían brillado ya Galileo y Maquiavelo, Bacon y Newton, Montaigne y Descartes,
Montesquieu y Adam Smith?
Sin embargo, en las
universidades y colegios de la América española, se educaron y formaron los próceres de
la Independencia, y no es exacto que se compusiese el elemento peninsular o tradicionista
de todos los hombres que, patriotas o realistas, debían su posición a las instituciones
del régimen colonial, políticamente
vencido, mas no sustancialmente
desarraigado; y de aquellos militares que envanecidos, querían sustituirse a los que
habían ejercido el poder en la Colonia.
En el capítulo anterior hemos
hablado con exactitud del modo como se dividió el país en diferentes partidos, que no
llegó ninguno de ellos a ser representado, sino a principios de la revolución entre
federalistas y centralistas, y posteriormente los separatistas se apoyaron en militares,
para hacer las revoluciones de 1826 y 1829 en Venezuela, y 1830 en el Ecuador; pero desde
entonces comprendíamos que el elemento militar no era sino un instrumento de los
ambiciosos, que querían apoderarse del gobierno de las secciones. No es cierto tampoco
que el elemento tradicionista se compusiera de los que se jactaban de ser nobles; de los
propietarios de esclavos; y de los hombres acaudalados que, acostumbrados al antiguo
régimen de impuestos, no consentían en que se implantara otro.
Tal elemento tradicionista no ha
existido en la época a que se refiere el señor Samper. En Colombia se mandó establecer
la contribución directa, y no se realizó esta gran reforma en el sistema de hacienda,
porque los propietarios, desde los más ricos hasta los menos acomodados, se opusieron a
pagar esta contribución; y porque al mismo tiempo no se conocía la contabilidad
administrativa de las rentas nacionales, y acostumbrados a pagar contribuciones
indirectas, han sido hasta ahora sostenidas, porque en un país en donde la propiedad no
está bien garantizada, aunque se reconozca el principio en las constituciones, nacional y
de los Estados, no se puede formar un buen catastro con arreglo a los principios que rigen
en las naciones civilizadas, como la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América.
Como el señor Samper es hombre
nuevo, no conoció que los colombianos que siguieron la causa de la metrópoli, cuando
venció la República, se enrolaron [sic] en el partido de oposición que se hacía al
gobierno republicano, hasta que andando los tiempos, estos realistas desaparecieron, y sus
hijos fueron republicanos.
En 1830 se instaló el Congreso
de que hemos hablado antes. Bolívar partió con ánimo firme de salir de Colombia, cuando
en Venezuela se sancionó un acto legislativo, que ponía por condición el entrar de
nuevo en la Unión Colombiana, si se separaba Bolívar del suelo de la Patria. En
Venezuela se inició una revolución encabezada por Monagas y otros jefes del oriente,
proclamando la Unión Colombiana, para destruir el gobierno de Páez. Urdaneta en Bogotá,
impulsando al coronel Jiménez, comandante del batallón "Callao", se lanzó en
la revolución de aquel año. Montilla lo secundó en Cartagena, y todos invocaron el
nombre de Bolívar, para que volviese a encargarse del mando de Colombia.
El Libertador estaba enfermo y
descorazonado, y se vio de tal modo contrariado, que con la siguiente anécdota que voy a
referir, puede comprenderse bien su situación moral.
Me fue presentado en Lima el
conde de Raigecour, hijo de un Par de Francia, el marqués del mismo nombre, y me pidió
una carta de introducción para el general Bolívar, a quien quería conocer antes de
regresar a Europa; se la di y se la presentó al Libertador en Turbaco, y le trató con la
cortesía y amabilidad con que lo hacía con todos los hombres de educación. Raigecour le
propuso que le permitiese acompañarlo en el viaje, para prestarle sus servicios al llegar
a Francia. Aceptó el Libertador este ofrecimiento y le dio una carta de recomendación
para el capitán de la fragata inglesa de guerra, llamada "Shanon", para que le
diera pasaje en ella como a individuo de su comitiva, y fue aceptado por el capitán de la
fragata.
Cuando el Libertador pasó a
Cartagena para arreglar su viaje y embarcarse, hubo un movimiento popular para impedirle
que saliera de Colombia; fue el conde a visitar al Libertador, lo encontró sumamente
agitado, paseándose en la sala de la casa en que habitaba, y al verlo le dijo:
"Señor conde, no puedo tener el gusto de hacer el viaje con usted: todo el alboroto
que usted ha presenciado, no es un sentimiento popular, sino obra de Montilla y del
prefecto Juan de Francisco Martín, que conociendo el amor y respeto de este pueblo hacia
mi, me han aprisionado, y enfermo como estoy, me falta la fuerza moral que en ocasiones
solemnes me ha salvado, y en Europa sabrá usted el fin de mi vida y de Colombia".
Esta anécdota me la refirió el conde en París, y me enseñó un número del periódico LAvenir,
en que había publicado sus conversaciones con Bolívar.
De Panamá seguí a Jamaica,
embarcándome en Chagres en un buque de guerra inglés, y en Kinsgton supe que mi hermano,
el presidente de Colombia, había llegado a Cartagena, en viaje para los Estados Unidos, y
resolví ir a unirme a él, para acompañarlo y despedirme del Libertador. En aquella
ciudad me hablaron el prefecto y el general Luque, para que siguiese inmediatamente a
Bogotá a encargarme de la secretaría de Guerra: me manifestaron que el señor Juan
García del Río, que había seguido para Bogotá, les había dejado recomendación de que
me hiciesen seguir a la capital, para que me encargase del poder ejecutivo, reemplazara al
general Urdaneta, por ser venezolano; y que se conciliaran de ese modo los partidos
políticos que dividían la República. Contestéles que yo había prestado juramento al
gobierno constitucional de 1830, y que no quería permanecer en Colombia, en aquellas
circunstancias.
El departamento del Cauca
desconoció la autoridad de Urdaneta, y se agregó provisionalmente al nuevo Estado que se
había formado en el Ecuador. Urdaneta mandó un batallón por Quindío a someterlo, y
después de un tiroteo insignificante, el comandante Bustamante se sometió al general
Obando. La reacción de la opinión pública se hacía sentir por doquiera, y tropas
organizadas en Casanare se movieron contra Urdaneta, al mismo tiempo que el vicepresidente
Caicedo se declaraba en ejercicio del poder ejecutivo, en la provincia de Neiva, y
habiendo muerto el general Bolívar en Santa Marta, se acabó la bandera que habían izado
en alto los revolucionarios de 1830: García del Río, secretario de Estado de Urdaneta,
le aconsejó que capitulase con el general Caicedo, le entregase el mando para evitar
inútil derramamiento de sangre, como se consiguió. Otro tanto hizo el general Montilla
en Cartagena, y desapareció la guerra civil; pero no el encono de los hombres que
encabezaban los partidos.
El general Santander estaba en
esa época en Europa: lo encontré en Londres y le referí la situación en que se
encontraba Colombia, y que sin duda alguna Urdaneta no podría sostenerse: lo dudaba el
general Santander, y cuando yo le decía esto, que fue en los primeros días de mayo, se
encargaba del poder ejecutivo nacional el vicepresidente general Caicedo, después del
convenio de las Juntas de Apulo, y del encargo que le hizo el Consejo de Estado, de la
administración intrusa de Urdaneta, con fecha 30 de abril de 1831. Caicedo nombró
secretarios de Estado, con fecha 4 de mayo, a los señores José María del Castillo,
Pedro Gual, general de brigada José Maria Obando y señor Alejandro Vélez, nombramientos
que significaban la fusión de los partidos; pero no fue así. Los vencidos en la
revolución de 1830, considerándose vencedores, se constituyeron en perseguidores bajo la
denominación de liberales y comenzó una época de persecución, no solamente contra los
militares enrolados [sic] en la revolución de 1830, sino contra todos aquellos que
habían sido amigos de Bolívar, y violando los convenios de Apulo y Cartagena,
persiguieron y borraron de la lista militar a muchos; pero se convocó una convención que
sancionó la Constitución del Estado de la Nueva Granada, con fecha 29 de febrero de
1832, por la cual se disponía la celebración de nuevos pactos con las diversas secciones
de Colombia. Desaparecieron los partidos políticos, y no quedaron más divisiones que
vencedores y vencidos.
Entonces fue llamado a la
presidencia de la República el general Santander, y a la vicepresidencia el señor
Joaquín Mosquera. Estos nombramientos se hicieron para calmar la agitación que había
producido la reacción llamada liberal, y para que cesaran las persecuciones que se
hacían por una ley secreta, ¿y esto es lo que llama el señor Samper el liberalismo
neo-granadino, encabezado por Santander, que recogió en provecho de la República
progresista, la herencia de gloria y de sacrificios, que habían legado a la Patria los
primeros tribunos, combatientes, escritores y mártires de la revolución de la
Independencia? Nada de esto es concluyente en favor de la justicia, porque la verdad
sea
dicha, después que desapareció Colombia, cesaron las discordancias en política en
la Nueva Granada.
Los efectos de la ley secreta,
sobre destierros y confinamiento, no habían cesado, y el decreto sobre el modo de
proceder en los delitos de conspiración, de 22 de marzo de 1832, mantenía no un partido
político, sino al partido liberal perseguidor y retrógrado en materias administrativas.
El general Santander, al hacerse
cargo del poder ejecutivo, quiso rodearse de hombres sensatos del partido liberal. El
vicepresidente del Estado, doctor Márquez, y su secretario doctor Pereira, trabajaron
bastante por la reconciliación de los ciudadanos. No por eso desaparecieron los odios, y
un conato de revolución intentada por el general Sardá, produjo el derramamiento de
sangre, y asesinatos judiciales como el del señor Mariano París, ejecutado de un modo
escandaloso. La opinión pública se pronunció en contra de ese liberalismo draconiano, y
comenzó a fundarse un partido progresista liberal, y moderador, desde el Congreso de
1833, y basta examinar la lista de los senadores y representantes que concurrieron a ese
Congreso, para conocer que no existía en la Nueva Granada el partido que llama el señor
Samper, "Tradicionista o conservador", que hiciera oposición a Santander; pero
conviene el señor Samper, que Santander personificaba el liberalismo de acción, y para
hablar más claro, el
liberalismo
conservador, que Vicente Azuero, de
gran carácter gran pensador, gran escritor y gran tribuno, apareció entonces como el
creador de un liberalismo esencialmente doctrinario. En esto se equivoca el señor Samper.
El señor Azuero, ciertamente, era un liberal de acción, pero no tenía profundos
conocimientos en la ciencia de gobierno, ni conocía la verdadera esencia del gobierno
propio, ni la organización del régimen o poder municipal.
Clasifica el señor Samper como
hombres prominentes, a individuos enteramente distintos en su modo de pensar y de ser; y
aun incluye entre ellos algunas nulidades, y coloca otros nombres, que cita con respeto,
que habiendo dado pruebas de liberalismo se unieron a otros hombres muy importantes
notoriamente bolivianos; en todo lo cual hay una clasificación antojadiza, que por
nuestra parte rechazamos.
La disolución de Colombia y la
muerte del Libertador, produjeron la descomposición de los antiguos partidos políticos
de que hemos hablado; y hubo tantas peripecias en 1831, que estimamos inútil recordarlas.
En el Congreso de 1834 se
organizó un partido de oposición a Santander, que puede llamarse liberal progresista, ya
los partidarios de Santander liberales retrógrados o por lo menos estacionarios, pues se
oponían a todas las reformas que presentaba la oposición en las cámaras. Las
principales fueron: tolerancia de cultos para la inmigración que viniera al Istmo de
Panamá; abolición de los estancos de aguardiente y tabaco; eliminación de derechos
diferenciales; reforma de la ley orgánica militar, para impedir el abuso de conceder
grados y empleos militares; se inició el arreglo del crédito público, y se mandó por
un decreto que presentara el poder ejecutivo la cuenta del presupuesto. A todas estas
medidas se oponía la administración Santander: celebró un tratado de límites
inconveniente con Venezuela y el de la división de la deuda colombiana, muy perjudicial a
la Nueva Granada.
Existen los diarios de debates
de las cámaras, que ha podido consultar el señor Samper, y habría encontrado en ellos
las opiniones liberales de los diputados independientes, liberales progresistas, a quienes
califica de iniciadores del partido conservador, formado de elementos discordantes,
durante la administración de Santander.
Quiso el general Santander
influir en las elecciones de vicepresidente de la República, y la oposición venció,
eligiendo al doctor José Ignacio de Márquez en 1835; y entonces dijo el general
Santander a un representante, en presencia de los señores Joaquín Escobar, Aranzazu,
Vélez y Urquinaona: "Me han ganado ustedes la elección de vicepresidente, pero no
sucederá así con la de presidente"; y el representante le contestó: "General,
el candidato de usted no será presidente, porque no aceptarnos que escoja usted su
sucesor, y será un hombre civil".
Se intentó hacer una
revolución cuando fue elegido el doctor Márquez presidente de la República, a los dos
años de haber sido vicepresidente, y el general Santander lo impidió: esta revolución
era proyectada por la guarnición militar.
La política moderada de
Márquez, habiendo nombrado a los mismos secretarios de Santander, para su administración
no le valió su reconciliación con Santander, porque éste tenía quejas personales de
Márquez. Organizó otro ministerio de liberales caracterizados, Pongo, Aranzazu y López,
y esta administración esencialmente civil, tuvo que luchar con la oposición de
Santander, y el llamado partido liberal que no pudo sufrir la alternabilidad en el mando
de la República, y muy pronto se lanzó en vías de hecho, que llama el señor Samper
vasta y profunda conmoción ocurrida de 1839 a 1841. Esta injustificable revolución
comenzó en Pasto, a consecuencia de la supresión de los conventos menores, encabezada
por un clérigo fanático; tuvo suceso en Vélez, aunque no en el sentido de fanatismo; en
Cartagena y Santa Marta fue encabezada por militares, que nada tenían de liberales; otro
tanto sucedió en el Socorro y al fin en Mariquita y Antioquia. Entonces los partidos se
denominaron ministeriales y liberales, y a éste pertenecían muchos militares de los que
llama Samper brutales, insolentes y pendencieros.
Se equivoca el señor Samper en
creer que en aquella época se componía el partido ministerial "de los pocos
monarquistas vencidos y desdeñados por la revolución; los ineptos que seguían
llamándose nobles, y no se conformaban con la democracia, porque en el seno de ésta era
preciso trabajar y merecer para valer; los propietarios de esclavos, el clero interesado
en mantener a todo trance las instituciones coloniales que le eran favorables; y todos los
hombres adictos, por intereses o por hábito, a los privilegios profesionales, los fueros
de clases, las instituciones de manos muertas, los monopolios fiscales, y otros principios
análogos que habían sido el sancta
sanctorum del antiguo régimen".
En seguida cita el señor Samper
los nombres de ciudadanos distinguidos, que aparecieron como sostenedores de la
administración Márquez, y a los que de ninguna manera se les puede calificar como
iniciadores del partido conservador y tradicionista, que más tarde debía aparecer en la
República, a consecuencia del desarrollo que tienen las ideas en vista de los
acontecimientos políticos de cada época.
Como hemos dicho en el capítulo
anterior, Bolívar no quiso imponer al Congreso de 1830, al señor Canabal como
presidente. Y por tanto, la elección del señor Mosquera fue tan libre como la del doctor
Márquez.
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