ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

"LOS PARTIDOS EN COLOMBIA" ESTUDIO HISTÓRICO-POLÍTICO

TOMAS CIPRIANO DE MOSQUERA

 

Cuando llegamos a Quito, el general Córdoba y yo, fue nombrado dicho general comandante general de la guardia colombiana, Flores comandante en jefe del ejército del sur, el general Sucre, general en jefe de todo el ejército y el Libertador se reservaba la dirección de la guerra, teniéndome a su lado como jefe de estado mayor general, e inspector general del ejército.

El general Sucre se excusó de seguir mandando el ejército, ofreciéndose estar a su lado para ayudarlo. No estaba de acuerdo con Flores y los demás generales, para llevar la guerra al Perú y le insinuó que hiciese trabajar al jefe de estado mayor general el plan de operaciones para continuar la guerra, y saber los recursos con que se podía contar. El Libertador convino en ello y me ordenó que trabajase el plan de operaciones, y el presupuesto de los recursos con que se podía contar; teniendo presente que dentro de pocos meses estarían en el Pacífico las fragatas "Colombia" y "Cundinamarca" y la corbeta "Urica", que habían zarpado de los puertos del Atlántico.

Verificado este trabajo, y después de una detenida conferencia con el general Sucre, en presencia del Libertador, resolvió: que se limitaran las operaciones a ocupar a Guayaquil; y esperar allí un cambio de gobierno en el Perú, para celebrar un tratado de paz y amistad, entre las Repúblicas de Colombia y el Perú, y poder regresar el Libertador a Bogotá a instalar el Congreso constituyente, y separarse del mando para siempre. En consecuencia, se dio orden al general Urdaneta, que estaba en Cuenca, para que suspendiese sus operaciones sobre las fronteras del Perú, y sobre el golfo de Guayaquil por Machala; y yo marché al cuartel general del ejército de operaciones que estaba en Baba, para que el general Flores conociese tanto el plan de operaciones que debía ejecutarse, como las altas miras políticas, que tenía el Libertador, para afianzar la paz y amistad con el Perú, establecer un gobierno constitucional en Colombia, y evitar la desmembración de la República por una nueva revolución en Venezuela. Mucho sintieron esto los generales y jefes del ejército que estaban envanecidos con el triunfo de Tarqui, y querían continuar la campaña al Perú, para vengar el ultraje hecho a Colombia con la invasión del general Lamar.

La revolución que hicieron en el Perú los generales Gamarra y Lafuente, como lo esperaba Sucre, tuvo por resultado la entrega de la plaza de Guayaquil, y la celebración del tratado de paz y amistad de 22 de septiembre de 1829.

El Libertador resolvió entonces dirigir un mensaje al consejo de gobierno para que instalase el Congreso constituyente, y que diese cuenta de su separación de la República, marchándose a Europa por el cabo de Hornos, en un buque de guerra francés, "La Vestal". Este paso de tanta trascendencia no lo había comunicado a ninguno de los que estábamos a su lado. Su secretario privado, el teniente coronel Jacinto Martel, era el único que estaba en el secreto, como que había escrito las comunicaciones oficiales y mensajes que debía llevar un oficial por la posta a Bogotá.

Contigua a la pieza en que despachaba el Libertador, en una casa de campo, en la isla de Santay, en frente de la ciudad de Guayaquil, estaba otra pieza pequeña, en la que yo iba a trabajar como jefe de estado mayor general, y oí algo de lo que dictaba. Despaché al oficial como lo ordenaba el Libertador, y al coronel Uscátegui le previne que siguiese inmediatamente a hacer suspender a dicho oficial en Babahoyos hasta nueva orden. Dos días después, como el Libertador no me decía nada, le pregunté cómo era que él pensaba ausentarse de Colombia, pues había oído dictar algo de lo que había escrito para Bogotá. Me respondió que pensaba hacerlo en esos días, porque había resuelto ausentarse para Europa, dejando en el sur al general Flores como jefe superior, a mí como general en jefe para que mantuviéramos la paz; que el Congreso constituyente eligiera al nuevo presidente de la República, escogiendo al hombre que pudiera refundir los partidos que la destrozaban. Le manifesté entonces al Libertador, que cuando el presidente de Colombia desertaba, debía acompañarlo su jefe de Estado Mayor. Esto le hizo una grande impresión, y entramos a discutir cuál sería el modo de obtener un resultado favorable a la conservación de la unidad de Colombia. Le presenté el estado de fuerza que tenía el ejército de Popayán a Guayaquil —diez mil hombres— prontos para formar siete mil; con los cuales podía Sucre marcha a someter a Páez, que según las cartas que había recibido de Venezuela, iba a proclamar la separación de ese país de Colombia; que yo conduciría la fuerza a Bogotá, y que entonces, elegido un nuevo presidente, que sostuviera la Unión Colombiana, él se separaría con honor y gloria como lo deseaba. Parecióle difícil alcanzar al oficial que llevaba los mensajes; pero convino en despachar a otro oficial en su alcance. Entonces le manifesté que lo había hecho detener en Babahoyos, porque esperaba este resultado. Se alegró, y me ordenó que comenzase a dictar las órdenes en tal sentido.

El Libertador había dispuesto que la contaduría general de Hacienda de la República remitiese a Guayaquil la cuenta general de los gastos hechos a cargo de la República del Perú, para liquidar en vista de ella, lo que debía aquella República. Me comisionó para que formase la cuenta que debía presentarse, en cumplimiento del artículo 3º del decreto legislativo de 11 de mayo de 1824; y habiendo encontrado deficiente e incompleto el trabajo de la oficina general de cuentas, me autorizó para pedir nuevos datos a Bogotá, Caracas, Portocabello, Cartagena, Panamá, Popayán, Quito y Guayaquil, en donde se habían hecho la mayor parte de estos gastos, todo lo que quería el Libertador conocer antes de separarse del mando.

Además de mi empleo de jefe de Estado Mayor general, me había encargado de la prefectura y comandancia general del departamento de Guayaquil, por la enfermedad del general Flores. Por esta razón conocía perfectamente las miras elevadas del Libertador, y el deseo que tenía de consolidar la Unión de Colombia y la paz y amistad con el Perú.

El Libertador siguió a la hacienda del Garzal para restablecer su salud, y emprender la marcha hacia Bogotá, mientras yo organizaba los cuerpos que debían seguir por Buenaventura, y por el interior del Ecuador, para llevar a efecto el plan que había adoptado, de mantener la Unión Colombiana. En tales circunstancias, llegó el correo de Quito, y recibió el general Bolívar comunicaciones oficiales del prefecto del departamento del Cauca anunciándole el movimiento revolucionario del general Córdoba en Antioquia. Por posta nos llamó el Libertador a su cuartel general, al general Flores y a mí, para instruirnos de la resolución que había tomado de seguir inmediatamente a la capital, a instalar el Congreso constituyente, para separarse del país, y me nombró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario cerca del gobierno del Perú, para que fuese a arreglar las relaciones entre las dos Repúblicas, conforme a los artículos 5º, 6º y 7º, 10, 11 y 12, del tratado de 22 de septiembre de 1829. Además se me dieron instrucciones sobre otros puntos del mismo tratado; pero lo más importante fue la declaración, que debía hacer a su nombre a los amigos políticos que tenía en el Perú, de que no regresaría a esa nación para sentar las bases de la Confederación Perú Colombiano. En el mes de febrero de 1830, varios amigos del Libertador, que habían recibido una carta circular de él, diciéndoles que yo llevaba instrucciones para manifestarles cuáles eran sus intenciones y deseos a fin de mantener y afianzar la paz en las dos Repúblicas, me pidieron una conferencia en la casa de la Legación de Colombia. Asistieron a ella el general O’Higgins, de Chile, los generales Cerdeña y Egúsquisa, el coronel Echenique, el señor Pedemonte, arzobispo electo de Lima, los señores Tudela, Estenós, Unánue, Cayetano, Freire y Tenorio, y me manifestaron que deseaban saber cuál era la última resolución del Libertador con respecto al Perú, si se haría cargo de llevar a efecto la confederación entre Bolivia, Colombia y Perú, para independizar a Cuba y a las Filipinas; pensamiento de O’Higgins, y que todo estaba preparado, para obrar de acuerdo conmigo. Contestéles que las instrucciones que me había dado el Libertador eran de manifestarles que su gratitud hacia el Perú era inmensa; que después de los acontecimientos políticos que habían tenido lugar desde 1826 a 1829, en Colombia, Perú y Bolivia, los consejos de la prudencia le imponían el deber de separarse para siempre de las Repúblicas que había libertado, y que les recomendaba a todos sus amigos trabajar sinceramente por la unión cordial entre los pueblos del mismo origen.

Esta respuesta causó una sorpresa grande a esos señores; y el señor Pedemonte fue el primero que tomó la palabra, y me dijo poco más o menos lo siguiente: "Bien conocemos general, que la ingratitud ha lacerado el corazón de Bolívar, y que por esta razón él se destierra voluntariamente, y nos recomienda la unión entre los pueblo hermanos. El Perú será siempre el amigo de Colombia, todos trabajaremos en este sentido". Del mismo modo hablaron los demás señores.

Pocos días después visité al mariscal Gamarra, presidente de la República, le encontré muy atento y obsequioso, y me invitó para una conversación particular, con el objeto de manifestarme cuán satisfecho estaba del Libertador y de mí, pues sabía de un modo exacto y minucioso lo que yo había expuesto a los amigos del Libertador; y que este paso iba a producir la alianza verdadera entre las dos Repúblicas. En seguida me dijo, que si el Libertador verificaba su viaje a Europa, recibiría oportunamente los $ 40.000 de renta vitalicia, que le correspondían. Me preguntó si yo pensaba acompañarle, le respondí que sí, luego que hubiese concluido los negocios de la Legación que estaban a mi cargo, y me ofreció que se me daría una renta digna del compañero de Bolívar. Le manifesté al genera Gamarra que tenía instrucciones de no aceptar cantidad ninguna de dinero, cuando se tratase de restituir al Libertador las distinciones y honores de que habla la aclaración segunda, hecha al tratado de 22 de septiembre de 1829; que le daba las gracias por lo que me ofrecía, que tampoco podía aceptar.

Después de lo que dejo dicho, se facilitó mucho la liquidación de la deuda del Perú, para Colombia, y la cuestión de límites estaba resuelta, por un protocolo que fijaba las bases para un tratado; el cual se halla hoy en la secretaría de Relaciones Exteriores de Colombia. Día llegará en que se publiquen mis memorias con una comprobación de muchos documentos públicos, para que se haga justicia a los fundadores de la República bajo Bolívar.

La liquidación definitiva de la deuda del Perú, en favor de las tres Repúblicas colombianas, la dejé concluida en 1844, cuando me separé de mi segunda legación al Perú, para regresar a Nueva Granada. Como presidente de esta República, nombré de ministro plenipotenciario al señor Juan de Francisco Martín, para que concluyese esta liquidación, que con los intereses vencidos alcanzó a diez millones de pesos, y de ellos correspondieron a la Nueva Granada, cinco millones de pesos.

Tal resultado fue debido exclusivamente a la celebración del tratado de 22 de setiembre de 1829, y a la conducta republicana y patriótica del inmortal Bolívar. Reunido el Congreso constituyente de Colombia, sancionó la Constitución del mes de mayo del año de 1830, manteniendo la unidad central de la República. El Libertador se separó, como lo había ofrecido, y le recomendó a sus amigos la elección de presidente provisorio en el señor Joaquín Mosquera; pero el señor Juan García del Río, los diputados por Venezuela y algunos de los departamentos del Atlántico, manifestaron al Libertador que no convenía esta elección, porque el señor Mosquera, con muchos vecinos de Popayán, había elevado una representación oponiéndose a que se hiciera la guerra a Venezuela, para someter a Páez y no es exacto lo que dice el señor Samper, cuando califica esa evolución política como el triunfo del partido civil contra el militar. Llamó el general Bolívar a ese Congreso "Admirable", porque en él estaban representados los principios y opiniones de los patriotas que querían mantener la unidad colombiana, con un gobierno republicano, como se ve en la Constitución que sancionaron, y con cuyo hecho desapareció completamente la idea monárquica, que acogieron los secretarios de Estado, que componían el Consejo de Gobierno en Bogotá. Idea que el Libertador rechazó enérgica y decididamente, aceptando las renuncias de todos los secretarios y nombrando otros, que fueron considerados como liberales y sostenedores del poder civil.

Fueron elegidos presidente de la República, el señor Joaquín Mosquera y vicepresidente el señor general Domingo Caicedo, para que ejercieran provisionalmente el poder ejecutivo, y cumplieran la ley 11 de mayo de 1830.

Esta ley importante fue la expresión del pensamiento de los patriotas, que compusieron el Congreso de aquel año; pero desgraciadamente los separatistas de Colombia que habían dado origen en las provincias de Venezuela, a la revolución de 1829, se propusieron dividir también el territorio de Nueva Granada en dos Repúblicas: Nueva Granada y Ecuador. El señor José Félix Valdivieso, escribió al general Flores desde Bogotá, que iba a ser destituido por el gobierno instalado en el mes de mayo, y que debía erigir un gobierno provisorio en el Ecuador; que era lo que convenía a los habitantes de esos departamentos.

En Bogotá los separatistas formaron un club, compuesto de los señores Manuel A. Arrubla, doctor Azuero, Angel María Flores, Domingo Ciprián Cuenca, J. N. Vargas y Luis Montoya, que se propusieron estorbar el viaje del mariscal Sucre, que seguía con Bolívar a Cartagena, y de allí a Guayaquil por Panamá, y de ese lugar a Quito, para trabajar por la Convención que debía reunirse en una de las ciudades del Valle del Cauca, lo cual no convenía a los que querían crear la República de Nueva Granada. Se propusieron estos señores alucinar al general Caicedo para que exigiera de Sucre su marcha rápida a Quito y que pudiera influir sobre Flores y todo el país del sur, para mantener a Colombia en el antiguo territorio del Virreinato. Caicedo les cree y trabaja en ese sentido: Sucre acepta la idea, pero los del club mandan sus órdenes a Neiva al general José Hilario López, con un posta a cargo de José Manuel Elejalde, para que Sucre no pasara del río Magdalena en el paso de Domingo Arias. Este fue el origen del horrendo crimen político del asesinato de Sucre, que tan funestos acontecimientos produjo en aquella época, y fue la causa que alentó a los revolucionarios militares, que encabezaron Jiménez y Urdaneta en Bogotá, Montilla y el prefecto Juan de F. Martín en Cartagena, invocando todos la necesidad de llamar nuevamente a Bolívar al mando, estorbándole su salida para Europa.

Cuando yo supe en el Perú la muerte de Sucre, y como se encontraba el presidente de la República en Bogotá, me separé de la Legación, para ir lo más pronto posible a la capital, a apoyar al gobierno para que pudiera llevar a efecto la ley 11 de mayo de 1830.

Este episodio de la vida de Colombia es muy importante, y en mis memorias lo presento como pasó. En este escrito no hago mención de él sino para que se conozca cómo se organizaban los partidos políticos en aquella época.

En 1830 publiqué un proyecto sobre la organización del ejército de la Confederación Colombiana, creyendo que no se podía mantener la República unitaria, y en la parte final de aquel proyecto, escribí lo siguiente: "En materia de administración militar, hay un campo vasto para trabajar en todos los estados: bien necesita Colombia la contracción de sus hijos sobre este arte, y la educación de los que lo profesan. No podemos aventurar nuestro juicio en el particular; pero nos atrevemos a creer: que las revoluciones de América provienen de que las instituciones militares, no están en armonía con las instituciones políticas; que nuestros generales no quieren ser ciudadanos, sino asimilarse a los antiguos virreyes; y que el pueblo desea recobrar sus derechos, porque si hemos conquistado la independencia, no así la libertad. De aquí resulta que los servidores de la Patria en sus enfermedades, vejez o cansancio, no encuentran alivio, y que de la desesperación de esta porción privilegiada de ciudadanos armados, se valen los descontentos para formar conjuraciones. ¡Camaradas! Depositemos nuestras espadas y bordados, en las aras de la libertad, y tomémoslas solamente para sostener la independencia.

"¡Conciudadanos! Admitid el sacrificio que hacemos de nuestros honores y laureles, corresponded a los buenos militares con una recompensa que asegure su subsistencia, y alivie su invalidez y su vejez. Sin esta convención dichosa, no habrá estabilidad «no habrá Patria» ".

Como se ve, la resolución de Bolívar, de separarse del mando, produjo dos grandes partidos: el separatista que encabezaban mediocridades políticas, que creían ser los hombres públicos y directores en las tres Repúblicas del Ecuador, Nueva Granada y Venezuela, los unitarios, que veían desaparecer la Colombia heroica, que había servido de base a la fundación de las Repúblicas de la América Española, afianzando para siempre, en los gloriosos campos de Junín y Ayacucho, la independencia de un mundo.

Entre los unitarios estaban divididas las opiniones, así: los que querían gobierno central y los que creíamos que no podía conservarse la unidad, sino por medio de un gobierno federal, erigiendo por lo menos ocho Estados en todo el territorio de la antigua Colombia.

Cuando llegué a Guayaquil, a fines de agosto de 1830, ya se había instalado en Riobamba una Asamblea constituyente, convocada por Flores, quien al saber mi llegada a Guayaquil, se trasladó a esa ciudad para tener una conferencia conmigo, y en ella me manifestó los motivos que había tenido para separarse del nuevo gobierno de Colombia, y que volvería a unirse, si se mandaba seguir la causa a los asesinos de Sucre, que habían tratado de sincerarse atribuyéndole a él ese crimen execrable.

El jefe de la escuadra colombiana en el Pacífico, capitán de navío Tomás Carlos Wright, y los coroneles Isidoro Barriga y Manuel María Franco, fueron a proponerme cuando llegó Flores a la ciudad, que destruyéramos la revolución, aprisionando a Flores, y haciéndolo seguir preso en un buque de guerra a Buenaventura, a disposición del gobierno nacional; que tomara yo el mando de las fuerzas marítima y terrestre, y marcháramos a disolver la Convención de Riobamba, para someter de nuevo los departamentos del sur al gobierno general. Manifesté a estos señores, con lo cual convinieron, que toda revolución militar, era de pésimas consecuencias, que yo marchaba a Bogotá, a Instruir al presidente de todo lo que pasaba en el sur, con la esperanza de sostener el gobierno constitucional, por la influencia que podía ejercer sobre muchos militares, quienes aparecían disgustados, según las noticias que acabábamos de recibir; y les advertí que Flores me había ofrecido ponerse a órdenes del presidente de Colombia, si se mandaba esclarecer el hecho de la muerte de Sucre, y se ordenaba el juzgamiento de los culpables. Que el presidente, en vista de mis informes, les comunicaría órdenes para restablecer el imperio de la Constitución, en los departamentos del sur.

En la goleta de guerra "la Istmeña" me embarqué para Buenaventura, de donde debía seguir por tierra a Bogotá. Encontré en este puerto la noticia de la revolución del batallón Callao, y que el general Urdaneta se había apoderado del gobierno, y el presidente constitucional había seguido para Cartagena con la condición de dejar el país, y el vicepresidente se había retirado a sus haciendas de la provincia de Neiva. Resolví dejar el país, y marché en el mismo buque a Panamá, para trasladarme a Europa o a los Estados Unidos o a donde hubiese seguido mi hermano el presidente de Colombia.

En aquella ciudad encontré al general Espinar, secundando la revolución de Urdaneta y de Montilla, proclamando de nuevo al Libertador como jefe de la Nación, y supe al mismo tiempo el mal estado de la salud de Bolívar.

El departamento del Cauca no quiso someterse a Urdaneta, y prefirió agregarse provisionalmente al Ecuador, esperando una reacción en la opinión pública.

Deben, pues, calificarse en esta época, los partidos de unitarios y separatistas, y no de militares absolutistas y civiles liberales, pues había en ambos bandos militares y hombres civiles. Me atrevo a calificar la división de los hombres en esa época, en partidarios de la barbarie y amigos de la civilización.

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