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ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
IDEAS FUNDAMENTALES
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
DE LA NUEVA GRANADA
MANUEL MARIA MADIEDO
A mi distinguido maestro Dr. Florentino
González
antiguo defensor de las libertades suramericanas.
Tout mensonge répété, devient une vérité
CHATEAUBRIAND
ANTECEDENTES
Los hombres que al ruido del nombre de Colón
abordaron a las comarcas de la América, ¿qué encontraron en ellas? ¿Qué
trajeron a ellas? ¿Qué fue lo que en ellas establecieron?
Encontraron la barbarie: más o menos eso era la
barbarie. Que esa situación social de los aborígenes americanos fuera la ruina de una
antigua civilización, o los primeros pasos de la vida cerril hacia el progreso social,
esta es cuestión de arqueología, y estamos en el terreno político.
Los conquistadores trajeron aquí dos elementos
contradictorios: la conquista y el cristianismo. La primera con todas sus deformidades de
violencia, de ferocidad y de perfidia; el segundo con todos sus encantos íntimos; pero
afeados por las sombras que arrojaba sobre su bella santidad, el ultraje flagrante de
todos los derechos del hombre. Esta amalgama constituía una decrecencia de la
civilización, una barbarie no natural, sino formada: la parte fea de lo que se llamaba
vida civil en el mundo culto. En la barbarie natural hay cierta ingenua belleza, ciertos
rasgos en que asoma la primera inocencia del hombre: en la barbarie engendrada en el seno
de una sociedad adelantada, no se encuentra sino una brutalidad estúpida, carcomida por
todas las lepras que forman las desigualdades sociales. Lo primero constituye un punto de
partida de la tiniebla a la luz, es como el exordio incomprensible de un libro portentoso;
lo segundo no es sino el último trago de un vino generoso, las heces... colores
degradados hasta la sombra, hasta la tiniebla más impenetrable.
Los
conquistadores establecieron aquí lo que podían establecer. Su presencia era una
usurpación, su creencia, un fanatismo grosero; el brillo del sable eclipsaba la lámpara
del santuario. La ignorancia y la tiranía no darán jamás bellos frutos. Los pueblos
conquistadores forman siempre gobiernos de raza. El vencedor es siempre noble y el vencido
menos que criatura humana, ¡esclavo!... La raza es una línea bien notable de
demarcación. El español, cansado de degollar pobres indios tímidos e indefensos, se
tendió sobre sus trofeos y pidió el sudor a los hombres de quienes ya había casi
agotado la sangre. El indio pagó a peso de oro la fortuna de tener un amo, hasta que la
filosofía de aquellos tiempos, sintió algunos remordimientos, o hizo otros cálculos, y
levantándose de encima de la osamenta de miríadas de hombres cobrizos degollados o
muertos entre las grietas de la tierra, fue a componer su conciencia y su bolsa arrancando
al África sus hijos para convertirlos en oro, y devorarlos tranquilamente. La tiranía y
la avaricia tienen su lógica: en vez de continuar hacinando indios para la tumba en los
socavones de las minas, valía más robar negros para el mismo destino: al menos estos
duraban más y sacaban más oro en menos tiempo. ¿Qué mejor razón para aquietar la
conciencia, que la adquisición de una gran fortuna? La sensibilidad en favor de unos
hombres que se han exterminado y que no sirven bastante bien para el oficio de la
exterminación, no pierde por ello sus mejores timbres. En medio de ese cataclismo de
barbarie y de iniquidad, Las Casas brilló como esas luciérnagas que cruzan las tinieblas
de nuestros bosques.
Pero el español, el español colonizador de las
primeras incursiones, aunque aventurero y poco culto, trajo aquí su lengua, sus nociones
de vida civil y su religión. El cristianismo difundido a guisa de mahometismo, es como un
trozo de oro envuelto en cieno: con el tiempo el precioso metal se liberta del frágil
polvo que lo afea y brilla en toda su pureza natural. El colono español vino a vengarse a
América de la tiranía que lo aquejaba en su patria. Las sombras de Carlos V y de Felipe
II, tendidas a través del océano, se reflejaron sobre el mundo de Colón. ¿Podría ser
de otro modo? La Europa no había visto la libertad sino como un fantasma en medio de las
batallas de la República del 93. Antes, no había visto sino la lucha de dos tiranías:
los castillos y los tronos. Esta no era cuestión de siervos: era una riña doméstica
entre los amos: discusión sobre el metal o la forma de las cadenas de los pueblos. Y al
que se ahoga, ¿qué le importa que la onda que le sirve de tumba sea dulce como la de un
riachuelo, o amarga como la del océano?...
Es
preciso ser justos. Los aventureros colonizadores eran, en lo general, hombres de la masa
popular de España. Esa masa era entonces, bárbara y esclava en toda la Europa. ¿Por
qué se ha de exigir que al pasar a América fuese una tropa de filósofos liberales? El
mundo marcha con los siglos, y en historia, una exigencia inoportuna es un anacronismo
ridículo. El hombre educado en la servidumbre, nada ve más allá de la tiranía en que
ha sido amamantado.
El español colonizador no conocía sino dos
condiciones: la de
amo y la de siervo. Planteó aquí lo que traía del hogar
paterno; y pudiendo ser señor y encontrando quiénes pudieran ser esclavos, tomó para
sí lo mejor de su patria, el señorío. Todo esto está en el orden lógico del corazón
humano, a la altura de las tradiciones que lo han nutrido. Si más tarde hubo entre
nosotros un Nariño que tradujera Los Derechos del Hombre, y héroes para
la libertad, eso fue, cuando un siglo menos sombrío, trajo para el mundo las glorias de
Washington y el poderoso reflejo de la libertad de la Francia.
¿Qué de extraño, pues, que el gobierno
colonial de América fuera lo que fue? ¿Qué de extraño que más luego el incendio del
mundo se propagara a estas comarcas? ¿Era esa otra cosa que el soplo de Dios, que guía
los destinos del género humano?... La ley que por intervalos siembra la bóveda de los
cielos de astros desconocidos, es la misma que trae al mundo los héroes que nadie había
visto antes; pero que Dios guardaba entre sus arcanos providenciales.
En resumen, nuestro punto de partida, nuestros
antecedentes como pueblos, como naciones ante el mundo son estos:
La barbarie aborigen.
La barbarie de la colonización.
La barbarie del gobierno colonial.
Camino de tinieblas, desde la antropofagia
americana, hasta la Inquisición europea. ¡Tal es nuestra ejecutoria!
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