Breviario de Ideas Políticas
Gerardo Molina
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Capítulo IV

 

El Socialismo Posible

Lo menos que puede decirse del socialismo como forma de organización social entre nosotros es que es tan viejo como el país. Repudiarlo como extranjerizante es un adefesio. En la época precolombina era practicado por los indígenas, y así la tierra era de la comunidad y el trabajo se ordenaba en torno de los intereses colectivos, no del individuo. La producción se encaminaba por tanto a la satisfacción de las necesidades generales y no a obtener ganancia para unos pocos, concepto éste de la ganancia que era del todo desconocido.

Cuando más tarde llegaron los españoles, vieron con nitidez que aquella forma de organización estaba de tal modo anclada en la vida de los nativos, que resolvieron respetarla y utilizarla. Los peninsulares conocieron el socialismo práctico al entrar en comunicación con las poblaciones subyugadas. Los jesuitas, por ejemplo, con su envidiable don de la adaptación, establecieron haciendas y fundaciones siguiendo pautas comunales; no encontraron otro modo de motivar a los indígenas. Desde luego los discípulos de San Ignacio explotaron a las tribus conquistadas a efecto de desarrollar sus plantaciones. Pero lo importante es destacar su clarividencia al comprobar que sin rendirle homenaje al espíritu socialista de los viejos pobladores no podían adelantar ninguna empresa.

En época muy posterior, la de la República, el elemento socialista volvió a aparecer, bien como manera de vida y de trabajo de los indígenas, bien como ideología. En este último aspecto aquel elemento fue manifiesto, y así los jóvenes que insurgieran al definirse la revolución de 1849, profundamente anticolonial, y al entrar en contacto en las Sociedades Democráticas con la clase trabajadora de la época, los artesanos, difundieron las ideas socialistas, esta vez procedentes de Europa. Uno de esos jóvenes, Murillo Toro, tuvo el talento de presentar como indisolubles esa ideología y el concepto mismo de República. Así escribía: "La idea socialista es la misma idea republicana: es la parte inseparable de la parte política para formar el todo de la República". Debió ser muy hondo el calado de esa doctrina, porque al ser nombrado Murillo Secretario de Hacienda por el presidente José Hilario López, fue unánime la protesta de los ricos que temían que el nuevo secretario fuera a poner en vigencia "las tesis comunistas" Una muestra de la sensibilidad socialista de Murillo Toro, antes de que virara hacia el individualismo, lo da el hecho de que al presentar al Congreso su proyecto sobre la Reforma Agraria, sostuvo que el cultivo es el verdadero fundamento de la propiedad y que nadie debe poseer más tierras que la necesaria para subsistir.

Esta brevísima incursión histórica tiende a demostrar , que el socialismo, así sea bajo su modalidad primitiva pre-capitalista, es entre nosotros anterior al liberalismo, al conservatismo y aún a la religión cristiana.

Entonces, por qué no hay en Colombia un partido socialista, ahora que existe movimiento obrero, que se acusan hondas contradicciones sociales y que tantos países se reclaman del socialismo en el mundo? Intentos ha habido en esa dirección, pero sin resultados tangibles. Inclusive un líder popular de las condiciones soberbias de Jorge Eliécer Gaitán no tuvo éxito cuando en la década del 30 constituyó la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), de orientación socialista, la que a poco se desintegró para volver sus tropas y su jefe al liberalismo. En los años 40 fue creada la Liga de Acción Política, la que en la mente de sus fundadores (49) estaba dirigida a ser el núcleo catalizador del Partido Socialista Democrático. Tampoco dio resultado. Con excepción del Partido Comunista, filial de la Tercera Internacional, constituido en 1930, nada sólido ha podido establecerse.

Como causa principal de ese fenómeno estaba el hecho de que desde el momento de su creación en 1849, el partido liberal tuvo un ala socialista, a la que hasta hace pocos años respetó, estimuló y escuchó. En la era republicana, el socialismo ha funcionado en Colombia como cuerpo de ideas, no como organización. Con fundamento en esa ala socialista, el liberalismo desplazó su programa y su actitud hacia la izquierda, cada vez que las presiones de abajo lo hicieron necesario. Caudillos liberales de tanta aceptación en las filas de los desposeídos, como Uribe Uribe, Herrera, el mismo Gaitán, hablaban sin rodeos de viraje hacia el socialismo, o creaban en el viejo partido, como ocurrió con López Pumarejo, un espacio para que se sintieran a sus anchas los innovadores más radicales. Sobre esto insistimos en varios apartes de nuestra obra en tres tomos sobre las Ideas Liberales en Colombia.

De ahí deriva la fe que tuvo el pueblo durante muchísimos años en el liberalismo. A diferencia de Europa, donde ese bando se formó como el de la burguesía, aquí, donde esa clase no existía, el liberalismo apareció como una formación popular. La lucha contra la triple aristocracia, la de la sangre, la de la tierra y la clerical, se presentó en 1849 como la suprema razón de ser del nuevo partido. Todo esto enfervorizaba a las masas, las que volvieron a exaltarse en 1930 cuando vino el derrumbe, que tanto se debió a ellas, de la dominación conservadora. Ese entusiasmo fue una realidad viva hasta 1948, cuando cayó Gaitán, y volvió a tener ciertos destellos hacia 1957, cuando las guerrillas quisieron llevar a la práctica algunas de las tesis de redención social que circulaban en su sangre.

El avance triunfal del capitalismo en los últimos 30 años, apoyado fuertemente por la inversión extranjera, no despertó por el instante reacciones agresivas de las masas; ellas confiaban en que el viejo partido liberal no sólo las .defendería de los movimientos predatorios de ese sistema sino que obtendría de él concesiones que las favorecieran. Poco a poco ellas empezaron a ver, al agudizarse las desigualdades de clase, que el capitalismo hacía aquí la misma carrera cruel y expoliadora que había hecho en Occidente bajo la enseña de la necesidad de la acumulación.

Fue a partir de la iniciación del Frente Nacional en 1958 cuando el deslinde comenzó a definirse: al ver que constitucionalmente estaba asociado al conservatismo, el partido liberal comprendió que era el momento de empezar a prescindir de la colaboración del pueblo, incómoda y perniciosa, porque podía empujarlo a situaciones revolucionarias que no eran ya las suyas; comprendió también que el pábulo que pudiera darle al pueblo constituía un obstáculo a los progresos del capitalismo; descubrió igualmente ese partido que el crecimiento cuantitativo del Estado, por el ensanche de sus funciones, determinaba el aumento de la burocracia, y que por tanto la repartición de empleos, en igualdad de condiciones con el antiguo adversario de la derecha, era condición suficiente para que se entretuviera la clase política.

El partido que hasta 1902 vertió la sangre en las guerras civiles en defensa de los principios y que luego libró batallas inolvidables contra la legislación liberticida, contra la pena de muerte y en favor de la justicia social, se volvió una entidad burocratizada, amiga del orden autoritario, del Estado de sitio, de la ampliación de las funciones del Ejecutivo y de las Fuerzas Armadas. La rigidez de una organización económica con marcada concentración de la riqueza y del ingreso, tenía que llevar a que por el liberalismo se tengan hoy por subversivas las clases obreras, las clases medias, la juventud estudiosa y los intelectuales. El ala socialista dentro de esa colectividad desapareció del todo, y los pocos políticos liberales que hablan esporádicamente del socialismo lo hacen en el exterior, o aquí después de renovar la adhesión a los gobiernos del Frente Nacional y después de justificar las violaciones de los derechos humanos, el Estatuto de Seguridad y todas las manifestaciones del crecimiento del poder autoritario. A la altura de 1980 el liberalismo se comporta como el partido por excelencia de la burguesía, con más títulos para ello que el conservatismo, aunque cuente, como cuenta todavía, con el concurso sentimental de gruesos contingentes de las masas.

Vemos entonces que en el mundo político actual hay espacio para movimientos nuevos, necesariamente de inspiración socialista, cualquiera sea el calificativo que se adopte. La experiencia universal prueba que la tercera vía, el camino medio entre el capitalismo y el socialismo, el ejercicio de andar por el filo de la navaja, no ha dado ni puede dar resultados convincentes.

Esta conclusión ayuda a resolver la magna cuestión, de carácter económico y social, de si el capitalismo puede llevar a término la necesidad avasalladora de que Colombia alcance el desarrollo pleno. Es indudable que dicho sistema ha traído avances de consideración y que todavía puede prometerse una vida más o menos larga, ¿pero sí será la organización que colme nuestras ansias?

Las razones principales para negarlo pueden resumirse así :

a) El capitalismo, movido hoy y siempre, por el determinante de la ganancia, perdió tempranamente entre nosotros la posibilidad que tuvo por un tiempo de producir con la mira de satisfacer las necesidades del hombre. Hoy vemos que encamina sus afanes a atender de preferencia la demanda solvente, es decir, la circunscrita a sectores muy reducidos de la población, sin importarle mayor cosa la suerte de las mayorías. Se produce así, no lo necesario, sino aquello que atiende las exigencias de personas dueñas de un elevado género de vida, todo envuelto en una nube espesa de publicidad que conduce a adquirir lo superfluo, lo que confiere prestigio. En el dominio agrícola prevalece hoy la tendencia a producir los artículos bien cotizados en el exterior, sobre los que satisfacen los requerimientos de consumo de las grandes mayorías.

b) La tendencia al monopolio, tan viva en la economía colombiana de hoy, conduce al mismo resultado de que el capitalismo no pueda desarrollarse en función de las necesidades sociales. Quien dice monopolio dice precios altos y bajos salarios. La riqueza se va concentrando en pocas gentes, con todos los desajustes que ese fenómeno suscita en la vida política, en el funcionamiento de la democracia y de las libertades públicas. Dos libros recientes, el elaborado por la Superintendencia de Sociedades Anónimas y el de don Julio Silva Colmenares, "los verdaderos dueños del país", muestran el punto tan alto que ha logrado esa concentración. Datos correspondientes a 1979 señalan la intensidad del hecho: el 7% de los propietarios tiene un área correspondiente al 93% de la tierra laborable; diez y seis empresas manufactureras disponen del 82% del capital; el 51% de las compañías inscritas en la Bolsa de Bogotá está en poder del 0.3% de los inversionistas y menos del 1% de los deudores del sistema bancario tiene más del 50% de la cartera total.

c) Pero la concentración de la riqueza no se queda ahí, pues da lugar a la concentración de las rentas: hoy se sabe que el 60% de la población sólo percibe el 15% del ingreso nacional, en un país donde el valor de la canasta familiar en 1980 es de $10.000.0o y el salario mínimo de los obreros de $4.500.00. El destacado economista conservador Hernán Jaramillo Ocampo sostuvo públicamente en 1978 que con cifras de 1970 el 56% de la población urbana y el 70% de la rural están por debajo del nivel de subsistencia. Como réplica aumenta la participación del capital en los ingresos.

d) Esto sólo seria suficiente para condenar al sistema, pero otros datos agregan obscuridad al cuadro. Tenemos, por ejemplo, la incapacidad que revela el capitalismo para darle ocupación a los jóvenes que llegan al mercado del trabajo, inclusive a los que tienen preparación técnica o científica. Las estadísticas señalan que dentro de las inevitables fluctuaciones se mantiene sin - oficio un millón aproximado de personas.

En los suburbios de los grandes centros se aglomeran millares de gentes marginales, es decir, de compatriotas que no disfrutan de los servicios esenciales, ni de trabajo, salvo una que otra actividad accidental, en tanto que mucha parte del potencial instalado en las, fábricas permanece ocioso, por el malthusianismo económico que se ha denunciado:

e) Lejos de ser hoy agente de la independencia nacional, como lo fue en un tiempo, el capitalismo ha venido colaborando en el proceso de desnacionalización de la economía colombiana que se inició con la llegada del capital extranjero. Muchas empresas que eran orgullo del esfuerzo patrio, han ido cayendo en la órbita foránea. Con la implantación de las firmas multinacionales, el fenómeno dejó de ser fenómeno para volverse hecho cotidiano. Como observa el economista suizo Konrad Matter (50) prácticamente no hay industrial de nuestra tierra que no tenga entronques con los intereses de fuera. Lo que pudiera quedarnos de autonomía en ese dominio, desaparece ante el alud de tecnología importada, la que desde luego en muchos casos no consulta el estado actual de nuestro desarrollo ni la realidad de un país con exceso de mano de obra. Todo esto nos permite concluir que al remachar la dependencia, nuestro capitalismo fuerza el sub-desarrollo, todo lo contrario de lo que perseguimos.

f ) El capitalismo lleva hoy trazas de no poder vivir sin la inflación. Esta ha dejado en los últimos años de ser coyuntural para volverse estructural. Inclusive se da el caso en muchas partes de que coexista con la que parecía ser su antítesis, la recesión, y de ahí el término nuevo, Stagflation, que se ha acuñado para denominar esa extraña situación. En los países todavía no desarrollados, con atormentadores desequilibrios en la distribución de la riqueza y del ingreso, y donde por tanto disminuye la participación del trabajo en los beneficios que deja el proceso económico, la inflación aumenta la distancia entre los pocos que ganan mucho y los muchos que ganan poco. En este punto sí ha dicho la verdad Milton Friedman cuando observa que la inflación divide a la sociedad en ganadores y perdedores, y ya sabemos dónde se ubican los unos y dónde los otros. Esto quiere decir que el capitalismo se ha vuelto inaceptable porque se presenta en las áreas mayoritarias del mundo como productor de hambre, ya que establece el racionamiento según la capacidad de compra de los individuos, con lo cual hace intolerable la vida para vastos sectores de la población.

g) Pero el capitalismo se vuelve no sólo contra los hombres y sus necesidades sino contra la misma naturaleza. Con saña salvaje, él, con la mira siempre en la ganancia, envenena los ríos con los residuos industriales, tala las florestas, hace irrespirable el aire, destruye el paisaje y le quita alegría a la vida. Cuando en 1979 la movilización nacional quiso defender la fauna y la flora en un lugar de la Costa Atlántica, uno de los pro-hombres del régimen resumió aquella filosofía asesina en la frase de que "los parques no pueden detener el progreso". Para quienes piensan de ese modo parece escrita la sentencia de Herbert Marcuse: "En la medida en que la naturaleza pasa a ser ambiente del capital más que del hombre, contribuirá a consolidar la servidumbre humana".

h) Para no alargar esta enumeración, podemos decir por último que sin duda lo más grave que le ha acontecido a nuestro empresariado es que ha perdido la condición audaz, innovadora, el sentido del riesgo que ostentó en sus días de gloria. Desde hace veinte años un economista de talento habló de "fatiga industrial", y con el tiempo se ha venido acentuando esa circunstancia. Ultimamente se ha dicho que ya no se fundan empresas de envergadura y que los hombres adinerados se dedican al simple tráfico de comprarlas y venderlas. Es el triunfo del capital especulativo. Donde se muestra mejor el descenso de sus virtudes primitivas, es en la circunstancia de que después de repudiar al capitalismo viciado, el de las mafias, y el del contrabando, acabaron aquéllos por aceptarlo, más aún, por recibirlo en calidad de socio. Era una frontera que se desvanecía entre la actividad regular, creadora, y la turbia y parasitaria.

Ante esa crisis del capitalismo entre nosotros que puede ser larga y tener flujos y reflujos, surgen dos tesis y actitudes, una, la social-demócrata, según la cual, como lo veremos en él próximo capítulo, el capitalismo es susceptible de seguir en pie, por lo cual lo procedente es modernizarlo, extraerle los jugos que todavía alcanza a dar en beneficio del pueblo. Es un razonamiento que puede tener validez en sociedades como la alemana y la sueca, de elevado desarrollo. Pero en otras, como la nuestra, corroídas por la miseria, la ignorancia, el atraso y la dependencia, cualquier retoque de ese sistema dejaría en pie las causas que generan aquellos efectos. El camino es entonces reemplazarlo y erigir otro, el propiamente socialista, tal como estamos intentando delinearlo.

Ese socialismo tendrá su centro de gravedad en Colombia, lo que significa que será auténticamente nacional, es decir, que su única fuente de inspiración será la voluntad de nuestras gentes, con plena independencia de los grandes y pequeños centros socialistas de poder del mundo contemporáneo. Si hay algo que debe ser nacional es el modo como cada país debe buscar el camino para edificar la sociedad que le conviene. Respetando las diversas revoluciones que han implantado el socialismo a su manera, la que se efectúe entre nosotros no debe ser calco de ninguna. El movimiento de renovación que propugnamos será el producto de nuestra historia, de nuestra cultura, la cristalización de tantos anhelos de liberación que se han intentado desde el arribo de los españoles.

Ese proceso liberador no puede ser obra de un solo partido y de una sola clase. Son tantas y tan plurales las energías que hay necesidad de movilizar, que sólo un vasto frente social y político puede ser efectivo. Hablar, por ejemplo, de dictadura del proletariado es un doble error, porque la palabra dictadura, en cualquiera de sus usos, despierta entre nosotros general repulsa; y la noción de proletariado, por el número tan reducido de trabajadores que están en esa condición, no garantiza el volumen de gentes indispensables para semejante mutación.

El pluralismo de corrientes que han de concurrir al cambio debe subsistir después de que este haya sobrevenido. Si no es así sería imposible asegurar el éxito del experimento y evitar la aparición del dogmatismo, en cualquiera de sus manifestaciones. Además, no vemos otra manera de que pueda cumplirse una de las aspiraciones primordiales del proceso innovador, cual es la creación de una cultura distinta.

Esta consideración nos lleva a expresar un concepto acerca de si el socialismo que se propone debe declararse marxista. En páginas anteriores enumeramos algunas tesis de esa doctrina que consideramos válidas, y dijimos que la característica del verdadero socialismo es su inspiración marxista, pero esto no significa que ese credo deba ser la filosofía oficial de los movimientos políticos. respectivos. En países de poca cultura como el nuestro, la exigencia de que todos los militantes den por ciertas las enseñanzas de Marx, produciría un grave caso de conciencia para muchas personas que sienten la urgencia de inscribirse en asociaciones que protejan sus intereses, pero que retrocederían ante el compromiso de suscribir principios que no conocen. Otra cosa es que los dirigentes los divulguen y sustenten en ellos su quehacer público. Además, el marxismo está hoy en momentos difíciles, pues naciones de diversas tendencias se basan en él. Vemos a dos potencias enfrentadas, la URSS y la China, y a ésta en conflicto armado con Vietnam, todas las cuales se proclaman marxistas. Esto saca verdadero lo expresado en 1862 por el eminente sociólogo C. Wright Mills según el cual (51) los trabajos de Marx y de sus continuadores no son objeto hoy de debates tranquilos en las academias, sino que han pasado a ser parte esencial de acontecimientos palpitantes, con el agregado de que cada revisión, cada desviación o rechazo, está ligado a desarrollos políticos y económicos, primero en el interior de un país y después en el mundo como un todo.

El marxismo no está en bancarrota como dicen algunos filósofos y comentaristas apresurados. El se halla en crisis, lo cual es algo muy distinto. Como ha explicado recientemente una autoridad internacional en la materia, Luis Althuser ( 52 ) esa crisis no implica que haya necesidad de llamar a los sepultureros; implica que ha llegado el momento de salir del túnel en que el marxismo ha estado desde hace más de 30 años, cuando Stalin marcó su huella en el movimiento revolucionario universal.

Bien está entonces que en el socialismo colombiano haya marxistas convencidos. Su pensamiento ayudará a salir de la mencionada crisis, pero sin pretender convertir ese sistema, de por sí difícil, en norma obligatoria. No debe verse en esta opinión algo semejante a lo ocurrido con tantos partidos social-demócratas, que por un oportunismo deplorable han retirado de su programa toda reminiscencia de marxismo. Nuestra tesis es el reconocimiento de que para formar un movimiento social y político tan amplio como el que defendemos, la atadura a una doctrina, por ilustre que sea, puede confundir en vez de iluminar, dividir en vez de compactar.

 

 

Socialismo y desarrollo

Para abrirle paso al socialismo entre nosotros lo primero es saberse situar. Si se va a repetir lo ensayado en otras partes es muy poco lo que resta por hacer. Recordemos por tanto nuestra condición de sub-desarrollo para expresar la verdad trivial de que al acoger esa forma de organización se tiene en mientes no sólo el crecimiento económico sino el propósito de cambiar la calidad de la vida de los hombres. Pero se debe reconocer que desde el comienzo aparecen las dificultades. Como lo expuso muy bien Jacques Chonchol, Ministro de Agricultura en el gobierno de Unidad Popular en Chile (53), para poder realizar tamaña empresa hay que colocar el debido énfasis en el proceso de acumulación del capital, a base de intensificar el ahorro para financiar las inversiones. No hay más remedio que someter temporalmente a los grupos capaces de ahorrar a una severa disciplina. Tal vez eso era lo que tenía en la cabeza el inolvidable José Carlos Mariátegai cuando en los días inaugurales del socialismo habló de "una creación heroica".

Naturalmente esa etapa difícil puede y debe acortarse mediante la reducción inmediata de los consumos de quienes están en el tope o en la parte media alta de la escala. Es decir, se pasará, como dice Chonchol, de la organización económica que hoy opera en beneficio de los estratos de elevada renta a una que tenga por fin la producción en grande de los bienes que requieren los sectores populares. Como será difícil esa reconversión de la economía tradicional, es prudente y honrado explicarles desde el principio a las gentes de niveles medios y bajos la inevitabilidad de unos días ásperos, los que mediante la cooperación colectiva pueden reducirse.

¿Pero sí tendrá el socialismo la virtud de despertar las energías necesarias para llegar a un alto desarrollo? ¿Sí ofrece él la suficiente gama de incentivos para impulsar la economía en forma acelerada? Puntos son éstos sobre los cuales se ha adelantado dura polémica. Parece que ya no hay duda al respecto, desde que la práctica ha demostrado en los países que han hecho la revolución que es posible pasar en plazo brevísimó de un sistema feudal o semi-feudal a uno regido por la industrialización. Para tomar sólo los casos más salientes de uno y otro lado, es evidente que hoy pueden compararse en muchos aspectos los Estados Unidos y la Unión Soviética, a pesar de que aquéllos han contado con doscientos años y con circunstancias casi siempre favorables, mientras que la otra potencia sólo lleva sesenta años de construcción socialista, y gran parte de ellos en condiciones adversas. Las cifras podrían acumularse pero alargarían inútilmente este trabajo.

El progreso alcanzado por el socialismo en Europa Oriental, en Asia, en Africa, en Cuba, ha permitido ver experimentalmente que era falso el raciocinio según el cual no hay esfuerzo durable si el individuo no está seguro de que la recompensa será el acceso a la propiedad privada. Esta, adornada antes con las galas propias de los fetiches, no se presenta ya como el supremo móvil del trabajo. Más aún, aparece como un obstáculo al progreso, bien porque se destine a usos distintos de los que le convienen a la colectividad, bien porque permanece ociosa.

Deben aclararse al respecto dos cosas: una es la de que el socialismo sólo elimina la propiedad privada que se presta a la explotación de unos hombres por otros, lo que equivale a decir que ella será respetada y se transmitirá por herencia, en casos como el dominio sobre la vivienda familiar, la granja doméstica, los ahorros, el vehículo, las bestias de labor, los utensilios del oficio. La otra es que el socialismo utilizará los mismos métodos que emplea el capitalismo para inducir al individuo a trabajar, esto es, cada uno ganará de acuerdo con su eficiencia ( a cada cual según su trabajo). Sólo más tarde, muchísimo más tarde, vendrá la etapa comunista, en que se repartirá según las necesidades de cada uno. Además, tienen que inducir al operario a dar un mayor rendimiento, la seguridad de que la producción está planeada de acuerdo con los intereses de la comunidad de que es miembro, y la educación que él recibe de la escuela, del sindicato y del partido para desempeñar su oficio dentro de ese criterio, (54).

Esta aspiración a un mayor rendimiento nos obliga a definirnos acerca de los modelos de socialismo posible. Uno es el centralizado, jerárquico, autoritario, que se aplica en la mayor parte de los países que han hecho la revolución: es un modelo que lleva al aumento notable de los poderes del Estado, pues de él depende, directa o indirectamente el manejo de la empresa, mediante una planificación rigurosa, y una burocracia que cada día tendrá más atribuciones hasta el punto de que llegará a constituir un freno al ejercicio de las libertades personales.

Enfrente de ese modelo existe otro, descentralizado, flexible, en el que la planificación también es aplicada, pero con mayor libertad de movimiento en el plano regional, sectorial o de empresa. Es, pues, un modelo que se expresa en la fórmula sabia de "socializar sin estatizar". El puede manifestarse de diversas maneras, todas susceptibles de funcionar simultáneamente: en la empresa autogestionada, de que hablaremos en seguida; en las empresas cooperativas, las que permiten que haya propiedad sobre los bienes aportados por cada miembro; las empresas estatales, en áreas estratégicas del desarrollo económico y social, con participación de los trabajadores en la gestión, o sea la co-gestión. A través de estas estructuras de la empresa, se harán presentes, según Antonio García (55) los tres elementos claves de la economía socialista: la socialización de los medios productivos y de los recursos básicos de desarrollo; la planificación global, regional y por sectores, o sea la socialización de la dirección económica, y la participación social, es decir la auto-gestión y la co-gestión.

Cuando hablamos de socializar los medios de producción, no lo hacemos en forma absoluta, pues debe haber un sector en el que como hemos dicho sigue rigiendo la propiedad privada, y que estaría formado por la pequeña industria, la empresa agrícola de pocas dimensiones, la artesanía y el comercio al por menor.

 

 

La auto-gestión

De las formas de socialización que hemos mencionado, la única que debe ser explicada es la de auto-gestión: en virtud de ella se entrega el manejo de la empresa al colectivo de trabajadores, incluyendo a los técnicos y a los científicos; se busca de ese modo avanzar hacia el autogobierno y estimular el sentido de iniciativa y de responsabilidad de quienes integran cada unidad. Esa responsabilidad y esa iniciativa no sólo le presta un positivo servicio a la consolidación del socialismo sino a los mismos trabajadores, los cuales tienen participación en el mayor rendimiento de la empresa dentro del principio socialista, "a cada cual según su trabajo".

Si echamos una mirada al país donde este sistema ha tenido más amplio desarrollo, Yugoslavia, encontramos que hasta el momento de la ruptura en 1948 con la URSS, la nación balcánica había seguido el modelo soviético de planificación rigurosa y de acentuada dirección estatal de la producción. Obligados a estudiar de nuevo el marxismo, los dirigentes yugoslavos llegaron a la conclusión de que el monopolio estatal de la economía conduce a la burocratización creciente, con lo cual se perjudica el proceso revolucionario. Era el caso de virar hacia otra forma de organización en la cual se pudiera cumplir el enunciado de "El Manifiesto Comunista" de que "el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo dé todos" Al anunciar en 1950 la política de la auto-gestión, Tito observó que al cabo de treinta y un años de revolución, la URSS mantenía un sistema en el que los medios de producción estaban todavía en manos del Estado. Era del caso entonces darle cumplimiento a la divisa socialista "la fábrica a los obreros", para poder realizar la democracia económica. La ley que se votó en seguida estableció que las minas, las empresas industriales y agrícolas, las de transporte, etc. serán manejadas por los colectivos obreros.

Según la legislación inicial, en las empresas pequeñas el Consejo Obrero, 'que es la entidad responsable, será constituido por todos los trabajadores, y en las que tengan mayor número dicho Consejo será elegido por todos ellos esa entidad designará un Comité de Gestión de pocas personas, del que formará parte el director de la fábrica. Respecto a la distribución de lo producido, existe una variada legislación. El principio motor es el de que los colectivos obreros deben asegurar un alto grado de acumulación, a fin de lograr el desarrollo de la empresa. Descontada esa parte, la restante se distribuye entre la que va a los trabajadores como remuneración, la que se destina a obras sociales en la respectiva unidad y la que se encamina a ayudar a la satisfacción de necesidades comunes como la educación, la salud, la vivienda, etc.

Una forma de organización como ésta debía tropezar en la práctica con varias dificultades. Una de ellas fue la necesidad de acudir a los técnicos para sacar adelante las metas propuestas. Se corría así la contingencia de que la auto-gestión condujera a una tecnocracia, lo que pondría en peligro lo que se busca, el poder efectivo de los trabajadores. Los dirigentes yugoslavos reconocieron esa eventualidad, pero es evidente que con la progresiva capacitación de los obreros, la cual los aproxima a los técnicos, y con la convicción en unos y en otros de que tratan de edificar el mismo sistema, y de que obran dentro de un plan general, se irá consolidando la auto-gestión, como ha ocurrido en la práctica.

Otro reparo que se ha hecho al sistema es el de que no fomenta el pleno empleo. Se dice que en la medida en que el colectivo obrero observe que al aumentar el nivel de ocupación de mano de obra puede reducirse el ingreso del trabajador, se abstendrá de hacerlo y buscará en su lugar aumentar la producción y sus propios ingresos a través de la mayor mecanización. Este argumento, anota el economista chileno Eduardo García, (56) es correcto en la medida en que la renta de capital que el colectivo debe pagar al Estado sea baja. "En consecuencia, dice él, para lograr el pleno empleo, el Estado tendrá que subir tal renta, con lo cual se reducirá el ingreso por trabajador y entonces el colectivo encontrará que es ventajoso aumentar el empleo para mejorar dicho ingreso promedio".

Todavía en 1969, Tito señalaba algunas desviaciones en el manejo de las empresas y reclamaba las rectificaciones del caso. El hecho es que en 1974 el Octavo Congreso de la Liga Comunista sacó entre otras estas conclusiones:

a) El país ha salido del monopolio estatal -propietario sobre los medios de producción;
b) Se ha fortalecido el poder del trabajo asociado y se han rechazado las tendencias a restaurar las relaciones del capitalismo; y
c) Se ha edificado una organización auto-gestionaria de la sociedad, en la forma de un sistema coherente y no sólo como la antítesis del socialismo estatal.

Año por año las estadísticas muestran que con la implantación del modelo que comentamos, la agricultura se ha desarrollado en forma notable, después de que los campesinos recibieron la tierra que venían demandando, y que se han creado grandes unidades agro-industriales, cuyos rendimientos por hectárea van a ascenso, merced al ardor de los labriegos, a la multiplicación de los tractores y a la utilización de abonos. En cuanto a la producción industrial, ella ocupa hoy elevado sitio en el Producto Nacional Bruto. Al mismo tiempo en las universidades se diploman más y más jóvenes, lo cual acelera el avance económico y se logra la disminución del número de enfermos y de los índices de mortalidad.

Esto debió influir para que en la Constitución expedida en 1974 se hubiera confirmado el sistema auto-gestionario, como base de la organización nacional, y para que el plan social 1976-1980 reposara sobre esos cimientos.

Otra realidad es que el sistema en mención se ha ido extendiendo al área de los servicios sociales y de la misma cultura, esto es, que entidades como las universidades y colegios, los hospitales y teatros puedan ser manejados con arreglo a los cánones auto-gestionarios.

Cuando se habla de ese sistema es imposible prescindir del nombre de Eduardo Kardelj. El destacado político yugoslavo fue su ideólogo más penetrante, la conciencia que vigiló la marcha del ensayo para que no perdiera su ruta. Fueron muchas las obras escritas que dejó, pero quizás la más ilustrativa fue el discurso pronunciado en Oslo en 1954 (57). En esa oportunidad manifestó: "Para nosotros el principio del autogobierno por los productores es el punto de partida de toda política socialista democrática, de cada forma de democracia socialista. La revolución que no abre la puerta a tales desarrollos, inevitablemente, y por un largo o corto tiempo, se estanca en formas capitalistas de Estado, en el despotismo burocrático .

En otro párrafo del mismo discurso dijo Kardelj: "Dada la socialización de los medios de producción, sólo la voluntad consciente de los individuos brotada de su interés personal, material y moral puede llegar a ser una fuerza creadora. Mientras mayor sea la conciencia del trabajador de que sus intereses son inseparables de los de la comunidad, y mayor el grado en que a través de los órganos del auto-gobierno él participa en igualdad de condiciones con los demás en la solución de los problemas relativos a su bienestar material y moral y a los que son propios de la comunidad; con mayor fuerza su voluntad hallará expresión. Lo que determina la calidad de la labor creativa del individuo, física o mental, es la calidad y la intensidad de su decisión de crear. Esta no puede ser despertada ni intensificada por el control, la inspección o la presión externa. Y esto es mucho más cierto después de que los medios de producción han sido socializados".

Toda la construcción yugoslava gira en torno de la creación de la verdadera democracia. Para Kardelj y sus compañeros, la marcha hacia el socialismo debe estar dominada por estos factores: El primero es que con el cambio de las relaciones de producción es natural que aparezcan las correspondientes demandas de los trabajadores en el sentido del manejo democrático de la economía, y esto ocurrirá, sea que se llegue a la socialización de los medios productivos por métodos evolucionistas o revolucionarios. El segundo es que la emancipación de la clase laboriosa implica la ampliación y la profundización del papel del individuo dentro del mecanismo de la administración social.

La auto-gestión es sin duda el mejor aporte de Yugoslavia al socialismo mundial, y si se limpia de los defectos que se le han señalado será una de las formas dominantes del futuro. En el Occidente algunos partidos socialistas la aceptan, como ocurre con el francés. En el caso latinoamericano, dicho sistema era el preferido en Chile, en los días de la Unidad Popular. Y lo que es más interesante, en la misma Unión Soviética, reviviendo posibilidades de los primeros tiempos de la Revolución, ya algunos hablan de auto-gestión como la mejor manera de organizar la sociedad.

Hablamos de posibilidades en el alba de la revolución, En octubre de 1917, Lenin exaltaba, según recuerda Roger Garaudy (58), la iniciativa histórica de la base y su espontaneidad creadora. Por eso en la mencionada fecha, él legalizó el control obrero, a fin, decía, de "demostrar que sólo reconocemos una vía, la de las transformaciones que vienen de abajo, donde los obreros elaboren en la base los nuevos principios del sistema económico y político". El socialismo, agregaba Lenin, "no se establecerá por órdenes venidas de arriba, el socialismo vivo, creador, es la obra de las masas populares mismas". Así, observa Garaudy, su último combate estuvo dirigido contra los burócratas dueños del aparato, que querían hacer el socialismo para el pueblo y no por el pueblo. En los días finales, él debió mirar espantado los avances de los burócratas y los tecnócratas, avances que el stalinismo habría de estimular.

 

 

Conclusiones

Ya el lector habrá deducido que lo que más nos atrae del socialismo es su sentido humanista, con lo cual sugerimos su tendencia a hacer posible el desarrollo cabal del hombre. Hacer consistir ese sistema en la simple socialización de los medios productivos o en la planificación de la economía, es empequeñecerlo. El establecimiento de nuevas formas de propiedad o la sujeción del desarrollo a planes severos son ciertamente cosas de especial magnitud, pero no hay que olvidar que apenas tienen el carácter de medios. La visión de la verdadera sociedad socialista implica que los trabajadores tengan la responsabilidad del manejo de los instrumentos de producción, es decir, que se realice la democracia económica. E implica igualmente la eliminación de todas las formas de comportamiento en las que el ser humano es considerado como un objeto. Por eso, según lo recuerda Garaudy, Marx insistió siempre en que el fin último del socialismo es restituir al hombre la dimensión perdida, la dimensión fundamental de su trabajo, la dimensión que lo lleva a realizar todas las posibilidades que hay en él. Será, al fin, la democracia.

Siguiendo al existencialismo sartriano, se puede decir que por definición el hombre es lo que hace y el producto de lo que hace, por lo cual hay que remover todo lo que obstaculice ese designio de creación.

Sólo de esa manera se alcanzará la libertad, y se llevará a término lo que Goethe dentro de las limitaciones del horizonte burgués expresó en el Fausto como ideal supremo de la humanidad: "Vivir en un suelo libre con un pueblo libre".


49. Entre los fundadores puede citarse a Juan Francisco Mujica, Antonio García, Carlos H. Pareja, José Francisco Socarrás, Alberto Aguilera Camacho, Francisco Gómez Pinzón, Indalecio Liévano Aguirre y el autor de este trabajo.
50. Las inversiones extranjeras en la economía colombiana, Edición en español, Medellín, 1977, pág. 377.
51. The Marxists, New York, 1962, pág. 132.
52 Revista Alternativa, Bogotá, 1979.
53. Chile: Búsqueda de un nuevo socialismo, Santiago de Chile, 1971, pág. 186.
54. Paul M. Sweezy, Socialism, New York, 1949.
55. Una vía socialista para Colombia, Bogotá, 1977, pág. 59.
56. Chile: Búsqueda de un nuevo socialismo, pág. 73.
57 Reproducido por C. Wright Mille en la obra citada, pág. 416 y siguientes.
58. Parole d'homme, París, 1976, pág. 197.
 

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