Lo que había escrito en el papel, eran unos signos cuadrados sobre cuatro líneas horizontales. Estos eran los primeros intentos para escribir claramente los  sonidos. Fray Bartolo había dedicado su vida entera a la investigación. No salía jamás de esa habitación y su mente se había trastornado; se había vuelto loco. Se le veía en sus ojos y en su manera de actuar. Los niños estaban asustados y el jefe no sabía qué hacer; la última vez que había visto a Bartolo, era un músico enamorado de la música, pero ahora. . . ¡qué triste verlo así!

Pensó darle una gran alegría y le contó que Xochi y Pilli sabían cantar de una manera muy especial. Les pidió que cantaran y cuando los niños lo hicieron, el hermano no pudo contener el llanto de la emoción.

— Siempre deseé oír esto, en mi mente siempre lo he oído, pero no sé cómo escribirlo. ¡Qué hermosura!! i Esto en un milagro! Dios mío. . . ¡gracias por dejarme escucharlo!. 

Mientras los niños cantaban y fray Bartolo demostraba su emoción, el astrólogo Abelardo no podía entender por qué Xochi y Pilli podían cantar de esa manera, y sólo lograba explicárselo como producto de la magia. En su mente comenzó a formar un plan para utilizar a los niños, obligándolos a que le enseñaran la magia que empleaban para cantar.

Cuando terminaron, se acercó para felicitarlos y ganarse su confianza.

— Cantan muy bien, los felicito. 

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— Gracias señor.

— Deseo invitarlos a mi observatorio. Veo que son niños muy inteligentes, les enseñaré a conocer los astros.

— Bueno, tal vez mañana — le dijo Xochi como presintiendo algo.

— No. — Dijo—. Debe ser hoy, el cielo está despejado y se verán todos los astros. Quién sabe cómo estará mañana.

— Déjalos quedar — le pidió al jefe . Yo los cuidaré y mañana podrás venir por ellos.

— ¿Quieren quedarse, niños? — les preguntó el jefe de los juglares.

Xochi y Pilli sentían cierto temor, pero también les llamaba mucho la atención poder ver los astros como les había prometido Abelardo. Así que resolvieron quedarse.

— Bueno, nos quedaremos hasta mañana.

— Si, — dijo el astrónomo— los astros se ven muy bien en una noche como la que tendremos hoy — y se rió con una risita maligna —: ji, ji...

— ¿Y dónde dormiremos? — preguntó Pilli.                                                   

—Tendremos tanto que ver que no habrá tiempo para dormir, niños — les respondió Abelardo.

El hermano Bartolo ni se había dado cuenta de la conversación, pues había entrado en un momento de éxtasis desde  que oyó cantar a Xochi y Pilli y estaba como en otro mundo.

El jefe sintió mucha tristeza al darse cuenta de la locura del fraile pues él lo había conocido antes, cuando era una persona normal e inteligente y ahora lo veía hecho un loco, encerrado en su habitación, con una idea fija en su mente, idea que no podía aclarar: cómo combinar bellamente varios sonidos. Oír a Xochi y Pilli lo había dejado más confundido.

El jefe se despidió y les dijo a los niños que vendría al día siguiente y Abelardo se encaminó hacia la puerta seguido por ellos.

Era un cuadro extraño ver a este personaje, altísimo y vestido de negro, seguido por dos niños pequeños que llevaba cada uno, un caparazón de tortuga y un talego. Caminaron por los estrechos corredores del convento, atravesaron algunos patios, una capilla que olía a incienso y cera, y finalmente, en la parte de atrás, se levantaba una especie de torre y para subir a ella, unas escaleras muy estrechas, donde sólo cabía una persona. Abelardo no había dicho ni una palabra, ni siquiera miraba hacia atrás para ver si venían los niños. Al llegar a la escalera comenzó a subir y Xochi y Pilli detrás de él. Al final, arriba, había una puerta pequeña y Abelardo la abrió con una pesada llave que tenía amarrada al cinturón. Entraron a una habitación grande, con dos puertas enrejadas al lado opuesto de la entrada. La habitación era lo más extraño que hubieran visto los niños. Repleta de cosas: culebras, aves, micos disecados, un estante lleno de frascos con sustancias de diferentes colores, una mesa de aparatos de medición: compases, reglas, pesas. Signos de magia pintados en la pared, libros por todas partes y una ventana en forma redonda, al frente de la cual había un trípode para apoyar los aparatos y observar las estrellas. No se atrevían a hablar, sólo se miraban, pero cada uno sabía lo que el otro estaba pensando.

— ¡ No pueden tocar nada de esta habitación! Esperaremos a que esté oscuro para mirar los astros. Mientras tanto... — se dirigió a un armario y sacó un frasco lleno de bolas de colores, lo destapó y les ofreció a los niños—. ¡Coman dulces!

Xochi cogió uno, miró a los ojos de Abelardo y se dio cuenta que eran dulces inofensivos.

—Coge tú también, Pilli — le dijo Xochi a la niña.

Comieron algunos dulces y también galletas, que les parecieron riquísimas.

Después, el astrónomo Abelardo, quien también era un "alquimista" que se dedicaba a hacer experimentos mezclando sustancias minerales, y que empleaba todas las artimañas de la magia, los hizo sentar en unos banquitos frente a una mesa y les pidió que le mostraran la palma de la mano. Los niños le pasaron la mano abierta y Abelardo comenzó a examinarla detenidamente marcando con cruces o círculos lo que le parecía interesante.

— ¡lncreíble! Ya había pensado yo que había algo raro en estos niños — murmuró entre dientes—. ¡La línea de la vida no termina!

Destapó el brazo de Xochi y fue recorriendo la línea de la vida que llegaba hasta el hombro y finalmente terminaba en el corazón. Abelardo se había puesto pálido y temblando le dijo:

— ¿Tú quién eres?

— Yo soy Xochi — le contestó.

— Si, eres Xochi. ¿Pero...  qué clase de ser eres? Nunca había visto nada semejante a tu línea de la vida, lo mismo la línea de la niña. ¡Díganme! ¿Han estado con algún mago? ¿trabajando para él?

— No señor, no sabemos qué es un mago —le respondió Xochi.

— Entonces deben ser seres excepcionales, con poderes especiales — pensó Abelardo—. ¡Los utilizaré para mí! Bueno, no importa quiénes son —disimuló haciéndose el tranquilo—. Esperaremos un poco más hasta que haya oscurecido.

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Tan pronto Abelardo salió, Xochi y Pilli se escaparo n.

Les prestó algunos libros y les dejó examinar los instrumentos que tenía, para ganarse su confianza.

Cuando estuvo suficientemente oscuro, comenzó a preparar los lentes especiales para observar las estrellas.

— Allá se ve Marte, — dijo, permitiendo mirar a los niños.

— Y allá está la constelación de Sagitario.

— Xochi, son los mismos nombres que aprendimos en la escuela griega de Tolomeo.

— Sí, Pilli, son los mismos — dijo entusiasmado Xochi mirando a través de los lentes.

Estuvieron largo rato mirando las estrellas y después Abelardo comenzó a hacerles muchas preguntas, tratando de averiguar qué sabían los niños.

Ellos trataban de responder cautelosamente.

— Sí, nos gusta mucho la música — le respondieron cuando les preguntó si les gustaba.

— Tuvimos un maestro que nos enseñó a cantar así — cuando quiso averiguar cómo podían cantar a dos voces.

— Ustedes tienen algún poder especial. ¡No me lo nieguen! — dijo levantando la voz, Abelardo.

— No entiendo. ¿Qué quiere decir, usted con que tenemos un poder especial? — Le preguntó Xochi.

— Que lo hacen por arte de magia. ¡Eso no se aprende con ningún maestro! — dijo el astrónomo poniéndose más alterado.

— Nosotros no sabemos qué es la magia — le respondió Xochi— y debe creernos.

— Yo no les creo y deseo que ustedes me enseñen esa magia o me digan quién se las hizo.

La situación para los niños era muy difícil. Abelardo quería obligarlos a que le dijeran cómo habían aprendido a cantar polifónicamente y ni ellos mismos lo sabían. Era un poder especial que tenían los dioses y Abelardo no podía, por ningún motivo, saber quiénes eran ellos. Recordaron las palabras del padre de los dioses, quien les había advertido: "Los humanos no deben saber que son dioses. Correrían grave peligro si lo supieran".

Xochi y Pilli habían caído en manos de un mago malvado que podría matarlos de un momento a otro.

— ¡Tienen que decirlo! ¡No te empeñes en cerrar la boca, niño! — lo cogió del brazo y lo sacudió.

— ¡Tú también vas a tener que hablar, niña! — le dijo a Pilli con voz estruendosa—. Se quedarán esta noche en este cuarto. Se dirigió hacia una de las dos puertas enrejadas y la abrió. Metió de un empujón a Xochi, cerrando enseguida la reja. Abrió la otra puerta y encerró también a Pilli.

— ¡Mañana tendrán deseos de contarme toda la verdad! Y no griten porque nadie los oirá. ¡Ya verán lo que es decirle mentiras a Abelardo!.

Con estas palabras, se dirigió a la puerta, la cerró de un portazo y se oyeron sus pisadas al bajar la escalera. Xochi y Pilli sintieron algo raro, que antes no habían sentido, como un frío en la nuca y un dolorcito en la boca del estómago. Ellos no sabían exactamente lo que era, pero cualquier persona les habría explicado que eso se llama "miedo"

— Xochi, ¿me oyes? — llamó la niña para ver si él la escuchaba.

—  Sí, Pilli te oigo.

— Creo que estamos en poder de un loco.

— ¡Nunca creí que hubiera seres como Abelardo!

— Yo tampoco — le contestó la niña—. Debemos salir de aquí. ¡Estamos en peligro!

— Desde que entramos a este convento, sentí algo raro. Parémonos en los ayotl y deseemos estar fuera, en la mitad del salón.

— Bueno Xochi.

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Los niños se pararon en los ayotl  y  desearon encontrarse fuera de las rejas. Primero llegó Pilli y al ratico, Xochi. Se saludaron a la manera de los dioses y soltaron una carcajada.

— ¡Niña, tienes que revelarme todos tus poderes! — le dijo Xochi— ja, ja, ja...

— Si, pero tú me revelas los tuyos — le contestó Pilli riendo.

— Qué hombre tan perverso, pobres los humanos que tienen que vivir con seres como Abelardo. ¡Debemos salir cuanto antes de este lugar, Pilli!

En ese momento comenzaron a sentir pasos en la escalera.

— Debe ser otra vez Abelardo, Xochi. ¡Vámonos de aquí!

Los pasos se sentían más cerca y los niños sólo tuvieron tiempo de pararse encima de los ayotl, y pedirle al padre de los dioses, que los sacara de ese lugar. Cuando Abelardo abrió la puerta, alcanzó a ver a Xochi y Pilli parados sobre los caparazones de tortuga, y que se esfumaban delante de sus propios ojos. Esto fue el colmo para el. Se cogió la cabeza entre las manos y exclamó:

— iPor eso quise venir antes! ¡Se me escaparon! ¡Qué desgracia!

Se restregó los ojos para ver si estaba despierto o soñando y se dirigió a las piezas enrejadas. Estas estaban cerradas, pero los niños no estaban adentro.

— ¡Maldición! — refunfuñaba Abelardo —. Si los vuelvo a atrapar tendré que amarrarlos. ¡Esto debe haber sido obra del diablo!

Salió de la torre, desesperado, para buscarlos. Lo que no sabía era que Xochi y Pilli estaban lejísimos, en otro país y en una época muy distinta.

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