El hermano comenzó a caminar hacia el sitio donde se escuchaba el canto. Desde lejos vieron a los monjes, en fila, cantando y con la cabeza agachada; todos vestían una túnica oscura. A través de los pasillos del convento se dirigían a la iglesia para la misa.

—Adelantémonos a los monjes. Quisiera ver su entrada a la iglesia —dijo Pilli, curiosa.

—Pueden quedarse en la misa si lo desean — les dijo el hermano portero.

Los niños y Cornelio lo siguieron y pronto estuvieron en la iglesia. Era un sitio bastante oscuro, iluminado apenas con unas pocas luces alrededor del altar. Xochi y Pilli oyeron, todavía lejanos, los cantos de los monjes que se iban acercando poco a poco.

—¿Para qué es ese libro tan grande, Cornelio? —preguntó Xochi señalando un inmenso libro que estaba colocado frente a las dos hileras de bancas, e iluminado por grandes lámparas a lado y lado.

—Es el libro de los cantos que van a entonar los monjes. Es tan grande, porque todos deben alcanzar a leerlos, aunque estén atrás.

—¿Y esos signos tan extraños, qué son?

—Esa es la escritura neumática; es la forma que han inventado para escribir los cantos religiosos. Todos los monjes aprenden a leer esos signos y aunque no es una escritura muy precisa, les sirve de guía. Después de la misa podemos ver los libros.

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—Y qué es la misa?

—La misa es el oficio principal de los cristianos a su Dios. Ya vas a oír los cantos tan bellos; son cinco, uno para cada parte. —Cornelio contó en los dedos de la mano las cinco partes de la misa:

—Uno, Kirie Eleison; dos, Gloria; tres, Credo; cuatro, Sanctus; y cinco, Agnus Dei.

Los cantos de los monjes se escuchaban cada vez más cerca hasta que la procesión apareció en la puerta de la iglesia. Al entrar, sus cantos fueron más suaves. Y en orden se fueron acomodando en las bancas. Eran muchos monjes, tal vez dos cientos. Xochi, Pilli y Cornelio, estaban sentados en la última banca para escuchar y ver mejor. Los monjes terminaron de cantar y se quedaron en silencio absoluto durante varios minutos; no se oía ni el más leve ruido. Estaban meditando, pensando acerca de la celebración de la misa que era el rito más importante a su dios. Al cabo de un rato apareció el sacerdote que iba a dirigir la celebración, seguido por dos ayudantes.

Fue una ceremonia hermosa y solemne. Los niños se emocionaron mucho con los cantos, especialmente cuando los monjes entonaron el gloria; se les oía la voz más clara y alegre. En la repetición de las partes, Xochi, Pilli y Cornelio cantaron también, pues su memoria era tan especial, que con sólo escuchar una vez, podían aprender las melodías y las palabras.

—Tú no puedes cantar — le dijo Xochi a Pilli.

—¡Yo quiero cantar! —le contestó Pilli pensando para sus adentros: iNo puede ser que las mujeres no puedan cantar esto tan bello! y cantó, sin importarle que estuviera prohibido.

La misa duró una hora. Los monjes volvieron a salir en orden, como habían entrado; y cada uno se retiró a su celda. Los conventos eran lugares de trabajo y oración, no había tiempo para el ocio o para las diversiones; los monjes, eran hombres dedicados al servicio de su dios, únicamente.

Uno de los monjes, el hermano Luigi, había visto a Cornelio en la iglesia y lo esperó a la salida.

—Mi querido viejo Cornelio —le dijo abrazándolo.

—Hermano Luigi, me alegro de verte. He venido con mis amiguitos Xochi y Pilli; ellos querían oír los cantos, por eso los traje aquí a tu monasterio.

—Muy bien, muy bien, me gustan los niños que se interesan por la música. Vengan conmigo.

Los tomó a cada uno de la mano. Era un hombre muy alto y delgado, con una cara simpática que desde el primer momento inspiraba confianza.

— Les voy a mostrar el salón de música. Los hermanos están trabajando en los nuevos libros porque vamos a recibir una visita muy importante dentro de pocos días. Viene el monje Guido, un sabio músico que ha inventado nuevas formas para escribir los sonidos.

—¿Es el famoso Guido de Arezzo? —preguntó Cornelio.

—El mismo —le respondió el hermano Luigi.

Atravesaron un patio grande empedrado y entraron en una amplia sala llena de bancos, cada uno con su atril para colocar los libros y alrededor de la sala, estanterías repletas de libros. Algunos monjes estaban leyendo. El piso, cubierto por gruesa alfombra, apagaba el ruido de pasos; había un silencio absoluto para no molestar a los lectores.

El hermano Luigi se puso un dedo sobre los labios indicándoles silencio. Atravesaron el largo salón y después un corredor, entraron a una sala grande donde estaban sentados varios monjes escribiendo.

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—Buen día os dé Dios —saludó el hermano Luigi.

—Buen día, hermano — respondieron todos en coro.

Se acercaron a la mesa de un monje escribano que trabajaba con plumas y tintas de varios colores.

—Explícale a mis amigos cómo haces los libros de música, hermano Bruno.

—Escuchen —dijo sin levantar los ojos: Estas hojas tan grandes son de cuero de carnero; las adelgazamos tanto que quedan casi como papiro. Son muy resistentes porque van a ser muy trajinadas. iMuchas misas tendrán que aguantar!

—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó Cornelio al escribano.

—Cómo que si me acuerdo, viejo sabio. ¡Todavía no me explico cómo hacías para terminar en un momento los dibujos que yo me demoraba días en hacer!

Pilli soltó una risita y miró maliciosamente a Cornelio.

—¿Vienes a ayudarme? — preguntó el hermano Bruno—. Me está haciendo falta, estoy muy atrasado en mi trabajo.

—Claro que te podemos ayudar.

—Tu sí, pero estos chiquitos no hacen sino estorbar —dijo el monje mirando a Xochi y Pilli.

—No los conoces hermano. Muéstrale Xochi cómo manejas la pluma.

Y le pasó un trozo de papiro y una pluma mojada en tinta.

Xochi, sin preguntar nada, miró algo de lo que el viejo estaba haciendo y lo copió:

UT, MI, RE, FA. Lo hizo perfecto. El viejo escribano casi no lo podía creer, pero como lo había visto con sus propios ojos les dijo:

—¡Los necesito, los necesito!! Pueden venir a las dos de la tarde y me ayudarán a terminar mi trabajo. ¡Gracias, Dios mío! —Alzó los ojos hacia arriba—. Sin tu ayuda no alcanzaría a tener listos los manuscritos para mañana.

—¡Je,je,je!... Se rió Cornelio. Ya sabía que cuando nos vieras nos pondrías trabajo. Pero lo haremos con mucho gusto. ¿Verdad, niños?

—Nos encantará hacerlo —dijo Xochi.

En la pared había tres instrumentos colgados. Cornelio los tomó y se los mostró a los niños:

—Este es un "Salterio". Tiene muchas cuerdas, tal vez veinte. Este, es un "órgano portátil", de viento. Como ven, no todo es rezar en el monasterio. ¡Ah...! y ésta es un arpa.

—Claro que no todo es rezar —dijo el hermano Bruno—. A veces cantamos viejas melodías y las acompañamos con estos instrumentos.

El resto de la mañana estuvieron recorriendo el monasterio. Visitaron la huerta donde los monjes cultivaban hortalizas, hierbas aromáticas y árboles frutales. Era un lugar muy bello y cada rincón estaba cuidado con dedicación. Algunos monjes estaban trabajando en la tierra, sembrando y cuidando sus cultivos. El hermano Luigi les dio a probar algunos frutos deliciosos, en especial las uvas, que los monjes empleaban para fabricar el vino.

—Quiero que conozcan también la escuela. Tenemos muchos niños y algunos llegarán a ser monjes. Allí también aprenden música; sé que les va a interesar ver la escuela. ¡Síganme!

—UT, RE, Ml FA, SOL, LA...

La escuelita quedaba al lado de la iglesia. Cuando llegaron, estaban en clase y el hermano Luigi los llevó al salón de canto. Los niños tenían clase de lectura y delante de ellos había un libro de canto gregoriano, escrito con signos neumáticos. Estaban aprendiendo a leer la nota. Comenzaron a cantar la escala musical, o sea los sonidos ordenados de abajo para arriba: UT, RE, MI, FA SOL, LA...

—Repítanlo otra vez, un poco más suave —dijo el maestro, un monje gordísimo y muy feo.

—Bien, ahora estuvo mejor. Todos saben que los nombres de las notas vienen de las primeras sílabas del himno a San Juan, ¿verdad? y que es una nueva manera de nombrar los sonidos.

—Sí señor —respondieron en coro los niños.

—Ahora ensayaremos a cantar notas en desorden. Veamos: UT, Todos conmigo:

—Uuuut... Miiiii...

La clase de música continuó y Xochi y Pilli la escucharon con mucha atención. Al final, los niños se pusieron de pie recitaron una oración de gracias a su dios. Después se retiraron del salón en medio de una gran algarabía.

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El Canto Gregoriano era escrito con Neumas.

—Vamos a comer algo antes de que comiencen a trabajar —les dijo el hermano Luigi.

Los llevó al comedor que quedaba cerca a la escuelita. En el salón, había unas mesas largas y en cada puesto, un plato y un pan.

—Sentémonos —los invitó el hermano.

—Gracias —dijeron los niños.

Se sentaron y el hermano rezó para dar gracias a su dios, como era la costumbre antes de comer.

Lo único que tomaron fue una sopa; no era más la comida.

—Yo quiero algo más —dijo Pilli con naturalidad.

—Puedes tomar más sopa —le dijo el hermano Luigi—. No tenemos nada más que ofrecerte.

Pilli tomó dos platos de sopa y Xochi tres.

—Coman. je, je, je, se rió Cornelio—. Después del trabajo van a tener otra vez hambre, je, je, je...

Cuando llegaron al salón de lectura y al salón de los escribanos, el hermano Bruno ya les tenía preparado, a cada uno, una mesa con todos los materiales necesarios.

—Mis queridos ayudantes: Pueden comenzar, je, je, je...

Cornelio, Xochi y Pilli ocuparon, cada uno, su mesa y sin preguntar se pusieron a copiar los diferentes trabajos que el hermano les había puesto. Cornelio miró a los niños y les picó el ojo como diciéndoles que no trabajaran demasiado rápido.

Xochi y Pilli comprendieron, pero con todo, el hermano apenas tenía tiempo de retirar lo que iban terminando y colocarles nuevas hojas. En cierto momento, el hermano salió del salón y se arrodilló afuera, sin que lo vieran y comenzó a rezar a su dios y con lágrimas de emoción:

—¡Gracias Dios mío por mandar a tus ángeles en mi ayuda! ¡No merezco tanta bondad!

Y se daba golpes de pecho. Se paró rápidamente antes de que lo vieran y entró al salón. Siguió recogiendo las hojas que iban terminando y colocándoles hojas limpias.

Ni para qué decir de lo perfectas que quedaban las copias, y los dibujos, mejores que el que estaban copiando.

Fue una tarde inolvidable para el hermano Bruno y una gran experiencia para los niños. Aprendieron la escritura neumática del canto gregoriano y los nombres de las notas, que para esa época, el año 1030 era la primera vez que se usaban. Todo lo que escribieron y dibujaron les quedó grabado en su mente. Por ejemplo, las letras de los cantos en idioma latino, que era el que usaban los monjes; diferente al idioma que hablaba la gente del pueblo, el dialecto romano.

—¡Me divertí mucho, Cornelio! —dijo Pilli.

—Yo también, sobre todo copiando los dibujos —comentó Xochi—. Quisiera volver otro día.

—Sí, este viejo hermano es un zorro, je, je, ..... Pero es simpático; nos puso a trabajar y ni siquiera se imagina quiénes somos, ji, ji, ji...

Este fue el final del día en el monasterio de los benedictinos. Se despidieron de los monjes y emprendieron el camino de regreso a las catacumbas.

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El Organo   portátil

El salterio

El arpa

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