Akbal quedó preocupado pensando en las hermosas melodías que Pilli cantaba, y en el recuerdo que tenía de ellas.

— iAdemás cantas bellísimo! el maestro Monteverdi debe escucharte y se va a encantar. ¿Tú también cantas? — le preguntó a Xochi.

— Sí, también me fascina cantar. ¡Cantemos a dos voces, Pilli!

Los niños entonaron una hermosa melodía y Akbal sintió tal emoción que al final los abrazó diciéndoles:

— Es la primera vez que oigo cantar de esta manera y. . . me produce una felicidad que no puedo explicar!

Salieron de la pajarera y se sentaron en el prado. Akbal les comenzó a contar una extraña historia:

— Hace mucho tiempo vivo en este lugar. El duque Vincenzo de Gonzaga ha sido un padre para mí. Me ha educado y ha hecho feliz mi vida. Pero.., hay un misterio que nunca he podido resolver. A la edad de dos años me trajo al palacio un mendigo quien dijo haberme encontrado en el campo, abandonado. Desde entonces el duque me adoptó. No sé quienes fueron mis padres, ni en qué país nací.

Los niños escuchaban interesados.

— Ustedes, Xochi y Pilli se parecen a mí; somos del mismo color de piel y de cabello. Lo único es que mis ojos son claros.

— Sí — dijo Henry. — Xochi podría pasar por hermano tuyo.

— Yo no he conocido en todos mis viajes personas parecidas a mí. Por eso me intrigo; tal vez pueda descubrir el secreto de mi nacimiento.

Xochi y Pilli se imaginaban algo, pero no querían hablar de ello delante de Henry y María.

— Ya tendremos tiempo de contarte de dónde venimos, Akbal.

Henry, quien comprendió que Xochi estaba en un aprieto, se paró, tomó a María de la mano y echó a correr diciéndole:

— Ven hermanita, a que no me agarras! y se alejó del lugar.

Xochi y Pilli comprendieron que Henry y María se alejaban a propósito para que ellos pudieran hablar tranquilamente con Akbal. Así también lo entendió el propio Akbal.

— Tú debes ser diferente a los humanos — le dijo Pilli.

— No entiendo bien — dijo pensativo Akbal. — Siempre me han pasado cosas muy extrañas. Por ejemplo, no me cuesta ningún trabajo aprender, ni hablar diferentes idiomas. A veces veo que la gente hace cosas que yo jamás haría. Cuando los conocí a ustedes sentí algo muy especial, como si antes los hubiera visto.

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— Sí, tú te pareces a nosotros. Pero no sé si logres comprender de dónde venimos.

— Es un secreto muy grande, y no podemos decirlo.

— Yo guardaré el secreto amigos. — Se paró, hizo parar a Xochi y Pilli delante de él y les colocó su mano derecha sobre el hombro de cada uno, como saludando a la manera de los dioses.

Los niños comprendieron toda la verdad: Akbal era un dios, que. . .quién sabe por qué razón, había venido a la tierra de los hombres a tan corta edad, y por ésto no recordaba quién era. Pero su nombre, "Akbal", era una palabra del idioma de los dioses que significaba "Alegría". El color de su piel y su figura se asemejaba a un dios, y ahora su actitud de colocar su mano sobre el hombro de los niños, era tan propia de los dioses, que Xochi y Pilli no dudaron de la verdad de su origen.

— Akbal — le explicó Xochi. — Nosotros venimos de un lugar muy diferente a este. Es la tierra de los dioses. Hace poco tiempo para nosotros, pero mucho tiempo para los humanos, que andamos recorriendo la tierra. Hemos estado en diferentes épocas, en Grecia, en Roma, en España, en Inglaterra y ahora en Mantua. Hemos aprendido mucho sobre las costumbres y la música de los humanos.

Tal  vez yo sea de ese mismo lugar - dijo pensativo Akbal. — Pero. . . no me explico cómo llegué aquí, ni quién me trajo.

- Tu nombre, Akbal, quiere decir alegría en nuestro idioma — le dijo Pilli.

- ¡No logro imaginar como será ese lugar!

— Los dioses somos muy diferentes a los humanos, pero, cuando permanecemos mucho tiempo en la tierra, llegamos a pensar y a actuar como ellos. En Roma, encontramos a un dios, que se había quedado a vivir entre los humanos, su nombre es Cornelio. Nos ayudó mucho. Eso fue hace seiscientos años.

— ¿Seiscientos años? —preguntó Akbal sin entender.

— No te extrañes Akbal — le explicó Xochi. —Para los dioses no existe el tiempo. Además, podemos trasladarnos de un sitio a otro con nuestros ayotl.

- La vez que utilizamos los ayolt para escaparnos de Abelardo, un mago malvado que nos tenía prisioneros, fue emocionante — comentó Pilli.

Akbal se había quedado silencioso y no sabía qué decir. Se le veía un poco de tristeza en los ojos.

— ¡Lo importante es que eres feliz! — le dijo Xochi para que reaccionara— ¡Aquí eres importante!

— Sí, soy feliz, pero ahora que sé la verdad, quisiera ir a la "tierra de los dioses".

— Tal vez algún día podrás ir. Prometemos ayudarte. Pero también debes comprender que debemos estar seguros de que no eres un humano. Para esto tenemos que esperar un tiempo — trató de explicarle Xochi.

— Sí, yo lo entiendo — contestó Akbal. Entretanto, Henry y María habían vuelto.

— ¡Hola amigos! Sigamos conociendo el palacio — dijo Henry.

Entre Xochi, Pilli y Akbal había ahora una relación muy bella. El gran secreto que conocían, al saber que Akbal era un dios, les hacia sentir un afecto especial hacia él.

Akbal había pensado repetidas veces sobre su origen, pero jamás se le habría ocurrido una idea como ésta: él. . . ¿un dios? Pero era un muchacho tan inteligente que aceptó la idea. Desde ese momento, cada vez que tenía oportunidad de estar sólo con Xochi y Pilli , hablaban sobre la tierra de los dioses y sobre el viaje de los niños a la tierra de los hombres.

Ese día acabaron de conocer el palacio ducal, fueron a las perreras, a las caballerizas y a otros sitios interesantes.

Los padres de Henry y María estaban entretanto en compañía de otras personas mayores y se unieron con ellos a la hora de la cena.

Los niños se vistieron muy elegantemente para asistir a la cena de recibimiento, preparada en su honor. Las niñas se pusieron unos preciosos vestidos rosados y los niños, camisas blancas de encaje y pantalones ajustados de terciopelo oscuro. Akbal estaba vestido de igual manera, pero con pantalones verdes. Había un gran contraste entre los dos niños ingleses, rubios y de piel tan blanca, y los tres niños dioses, morenos y de cabellos oscuros.

Ocuparon su sitio en la mesa, cerca del maestro de música Claudio Monteverdi. Era un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, cara muy fina con bigote y barba bien cuidados. Vestía elegantemente y se le notaba su delicadeza especialmente en las manos blanquísimas y finas.

Desde el primer momento miró a los niños con afecto. Ya sabía que se trataba de los hijos de los Milton y que venían de Inglaterra. También notó la diferencia de Henry y María con Xochi y Pilli, y el parecido de estos con Akbal.

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Akbal era uno de los alumnos predilectos del maestro. Siempre lo había considerado con un talento superior, y lo quería como a un hijo.

Otro personaje importante sentado a la mesa era el pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, quien estaba viviendo en la corte en ese entonces.

Hablaron sobre muchos temas, especialmente de música. Xochi y Pilli se expresaban tan bien, que Monteverdi quedó encantado.

— Mañana podrán visitar el salón de música y estar presentes en el ensayo, si así lo desean — les dijo, al ver el interés de los niños por su música.

— Gracias señor. ¡Iremos con mucho gusto!

— Estaremos ensayando algunas obras para la velada musical de este viernes y el "Orfeo", que seguramente estrenaremos dentro de dos meses, en febrero del próximo año, 1607.

— El "Orfeo" es una obra de teatro, pero cantada — explicó Akbal. — La orquesta tendrá 33 instrumentos.

— Sí, es un drama musical — dijo Monteverdi y continuó: — He querido hacer una obra que reúna, los actores, los cantantes y bailarines, los coros y la orquesta. Llevamos ensayando mucho tiempo y aún nos falta trabajar más.

En ese momento los niños no sabían que el "Orfeo" de Monteverdi era la primera gran "Opera". "Orfeo" sería estrenada en 1607, en Mantua.

— ¡Debe ser bello! — exclamó entusiasmada Pilli.

— Se me ocurre que debe parecerse un poco a la tragedia griega — comentó Xochi.

María, quien escuchaba con atención dijo:

— ¡Siempre hemos querido oír la orquesta y los coros juntos!

— Solamente hace poco la orquesta acompaña a los coros. Esto antes no se usaba. Al maestro le fascina ponerlos juntos. ¿Verdad? — dijo con picardía Akbal.

— Creo que tienes razón. La orquesta es bella y los coros también. ¿Por qué no dejar que vayan juntos? — le respondió el maestro.

La comida fue espléndida y tanto los niños como Monteverdi estuvieron felices hablando de música.

Esa noche, antes de dormir, le comentó Pilli a Xochi en voz baja:

— Claudio Monteverdi es una especie de dios. ¿No te parece?

— Sí. es un ser muy diferente al resto de los humanos. Claro que Akbal también, pero ya sabemos que él es un dios.

— A veces pienso, Xochi, que algunos humanos se parecen mucho a nosotros. Tienen una sensibilidad especial. Podrían tal vez vivir en nuestra tierra sin dificultad.

— Qué ideas tienes, Pilli. Esos son los humanos que deben estar aquí, en la tierra de los hombres. Son los que hacen que el mundo de los humanos sea mejor.

— Yo no digo que deberían vivir allá, sino que se parecen tanto a nosotros, que no se les haría raro conocer a los dioses.

—¡Ah, eso es otra cosa! Pero. . . ten cuidado. Recuerda lo que nos dijo nuestro padre: nadie debe saber que somos dioses.

— Claro que lo recuerdo. Hasta  mañana, Xochi.

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