Akbal dejó de pensar un poco en la tierra de los dioses, para no estar intranquilo.
Comenzó a pensar, más bien, en la idea de viajar con Xochi y Pilli. Al día siguiente,
en la mañana, fue a ver al duque Vincenzo.
Este lo recibió, como
siempre, con especial afecto.
Después de explicarte Akbal su deseo de viajar con Xochi y Pilli por algún tiempo, el
duque le dió su permiso con el deseo de que Akbal viera por sí mismo algo del mundo.
Esto ayudaría en su formación. Le expresó su deseo de educar en la corte también a
estos dos niños que demostraban tanto talento para la música. Después del viaje,
regresarían los tres al palacio a continuar su educación.
La familia Milton también
quería visitar Venecia, así que, comenzaron a preparar el viaje. Veían a Xochi y Pilli
como dos seres muy extraños y ya sabían que, de un momento a otro, se alejarían de
ellos. No les tomó de sorpresa cuando el duque les informó que los niños continuarían
su viaje en compañía de Akbal únicamente.
El recorrido en carroza,
de Mantua a Venecia lo hicieron descansadamente, deteniéndose en los pueblecitos que
encontraban por el camino.
Al llegar, fueron
recibidos por amigos del duque quienes ya sabían de su llegada. Se alojaron en una
hermosa casa de tres pisos construida sobre el canal, propiedad del duque Vincenzo.
Venecia les pareció
preciosa a los niños y desde el primer momento, disfrutaron de esta ciudad tan extraña,
totalmente construida sobre el agua.
Akbal estaba feliz
sirviendo de guía a Xochi y Pilli y a los Milton. Quiso que conocieran primero la hermosa
Plaza de San Marcos. Tomaron una embarcación que los llevó por el "Gran canal"
hasta la propia plaza.
A un lado, se encontraba
la hermosa basílica de "San Marcos" y junto a ella el Palacio Ducal, residencia
del Dux. La gran plaza tenía, por uno de sus lados, ciento setenta y cinco metros de
larga. El estilo de los edificios que la rodeaban, le daba un aspecto magnífico.
Pilli estaba admirada:
Xochi, es muy bella
Venecia. Me parece la ciudad más hermosa que hemos visto en nuestro viaje, tal vez por
estar junto al mar.
Akbal les explicaba cada
detalle:
Los edificios de
Venecia son diferentes a los de otras ciudades de Italia. Aquí hay muchos artistas que
han recibido influencia del oriente, por esto, muchos de los edificios tienen algo de la
arquitectura oriental. Las más bellas obras de arte se consiguen aquí en Venecia. El
duque Vicenzo viene a menudo a comprar tapices o muebles orientales. Después iremos al
mercado y al puerto; quiero mostrarles toda Venecia. A un lado de la basílica había un
edificio muy bello: la Torre del reloj. Este reloj marcaba, no solamente las horas, sino
los días, meses y años, y las constelaciones.
Subamos a ver de
cerca los "Moros" que dan las horas dijo Akbal.
Lord Henry y su señora
esperaron abajo mientras los niños subieron hasta lo alto de la torre. Arriba, junto a
una gran campana, había dos enormes estatuas de bronce que representaban dos esclavos
moros. Con unos mazos gigantescos golpeaban las campanas para dar las horas.
Akbal dijo
Pilli. ¡Levántame! Quiero meter mi cabeza dentro de la campana.
Akbal la levantó
y Pilli habló muy pasito con su cabeza metida dentro de la campana. Su voz se escuchó
fortísimo.
Esto es una caja
de resonancia. ¿Me oyen?. . . dijo Pilli.
Akbal la bajó y
levantó a María quien también quería hablar dentro de la campana. En ese momento los
moros comenzaron a moverse. Akbal les gritó a los niños:
¡Todos al suelo!
¡Tápense los oídos! Los niños obedecieron cuando comenzaron las enormes estatuas a
tocar las campanadas de las once de la mañana. Si en toda Venecia se escuchaban, ahí, al
pie de la campana... ¡se oían tremendas! Los niños reían felices con cada golpe.
Cuando terminaron, se
acercaron al borde de la torre para saludar a Lady Milton quien les hacia señas con la
mano. Toda Venecia se veía desde la torre y Xochi y Pilli pensaban que los humanos son
capaces de hacer cosas grandiosas, como esta hermosa ciudad.
Esa noche, Akbal estuvo
comentando con Xochi muchas cosas acerca de los dioses y los hombres.
Akbal, hoy he
quedado maravillado de lo que hacen los hombres.
Y yo no me
imagino cómo será la tierra de los dioses, Xochi; ¿tienen ciudades?
Xochi soltó una carcajada.
Ja; ja; ja. . .
¿ciudades? No necesitamos ciudades. Los dioses viven felices. No hay que crear nada
porque la belleza la vemos en cada cosa de la naturaleza.
¡No logro
entender su vida! ¿Qué hacen todo el día?
Simplemente estar
felices. Allá no hay enfermedades, ni tristeza, ni envidia, ni dolor. Comemos frutas, nos
bañamos en los lagos, danzamos, cantamos y tocamos música.
Debe haber sido
un cambio tremendo para ustedes.
Sí, pero nos
hemos acostumbrado a la tierra de los hombres. Ya no extrañamos tanto. ¿Sabes?. . .
en Roma conocimos a un dios, Cornelio Plinio Rómulo, que se quedó a vivir entre los
humanos. El nos ayudó muchos y nos enseñó cosas interesantes. Estuvimos allá en el
siglo XI. Quién sabe ahora dónde estará dijo Xochi pensativo.
Todo esto que hablaban
era incomprensible para Akbal.
Algún día
entenderé esto de viajar por el tiempo. ¡No logro entenderlo aún!
Al día siguiente fueron
los niños y Akbal a la Basílica de San Marcos. Siempre tenían que tomar una pequeña
embarcación para salir a cualquier parte. ¡Era muy divertido!
La gran iglesia estaba
construída en varios estilos: el "Románico" que Xochi y Pilli habían visto en
el siglo XI cuando estuvieron en Roma; el "Gótico" de las iglesias que habían
conocido en su viaje a Mantua con los Milton; el estilo "Oriental" que era muy
característico en la Venecia de esa época; y un estilo, también oriental, pero muy
antiguo llamado "estilo Bizantino". Toda esta mezcla de estilos en la
arquitectura, hacían de San Marcos una iglesia muy especial, que ya en ese tiempo, era
famosa por su belleza.
En el coro, situado en
la parte de atrás de la iglesia, se encontraba el órgano que Akbal quería mostrar a los
niños. Subieron por la escalera de mármol. Xochi y Pilli estaban deseosos de ver tocar
este maravilloso instrumento, pero se desencantaron al encontrarse con un monje cerrando
la puerta donde se encontraba el órgano.
Señor le
dijo Akbal cortésmente.
¿El maestro
Giovani Gabrieli se encuentra en San Marcos?
No, joven. El
señor Gabrieli está fuera de Venecia.
Traigo una carta
del duque de Mantua para él.
Puede usted
dejarle la carta con mi persona; yo se la entregaré cuando regrese.
Gracias, señor.
Pero, mientras regresa el señor Gabrieli. . . ¿podríamos ver y tocar el órgano?
¡El órgano?
dijo el monje extrañado. El órgano solo lo puede tocar el maestro
Gabrieli. Yo tengo prohibido mostrarlo y mucho menos dejarlo tocar.
Los niños se miraban
desconcertados. Mientras tanto, el monje le echaba doble cerrojo a la puerta donde se
encontraba el órgano. Sin recibirle siquiera la carta a Akbal, les dio la espalda y
comenzó a bajar las escaleras.
No se preocupen
les dijo Akbal.
Mañana
volveremos y seguramente lo podremos ver.
Un poco desencantados
salieron los niños de la iglesia, pero Akbal los llevó a otros sitios interesantes para
conocer. Estuvieron en el puerto y en el mercado y se divirtieron muchísimo.
Al día siguiente
volvieron a San Marcos y tampoco los dejaron ver el órgano. Así pasaron varios días,
hasta que los Milton debían regresar a Mantua e Inglaterra. El monje, como si fuera de
piedra, respondía siempre:
El órgano
solamente puede tocarlo el maestro Gabrieli.
Los Milton se
despidieron de Akbal, Xochi y Pilli. Especialmente Henry y María, sintieron una gran
tristeza al separarse de sus queridos amigos.
Quisiéramos
volver a verlos les dijo Henry.
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El Organo
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Tal vez
algún día iremos de nuevo a Inglaterra. Les agradecemos todo lo que han hecho por
nosotros.
¡Nunca
los olvidaremos, queridos! dijo Lady Milton abrazándolos.
Esa tarde, los Milton
tomaron el coche rumbo a Mantua.
Ahora, Xochi y Pilli se
encontraban solos con Akbal y este presentía que iban a pasar cosas que serían
incomprensibles, pero ya se estaba preparando mentalmente para afrontarlas.
Xochi y Pilli no estaban
tranquilos pensando en el órgano que no habían podido ver, así que, esa misma noche, le
dijeron a Akbal:
iSabemos la forma
de ver el órgano!
Pero. . .
¿Cómo? Ese monje jamás nos abrirá la puerta.
Xochi, quien ya tenía
todo planeado, le explicó:
Esperaremos a la
medianoche. Cuando nadie nos vea, ¡remos a la plaza y nos transportaremos con los ayotl.
Akbal no entendió bien
lo que Xochi quería decir, pero, tampoco hizo preguntas.
A las doce de la noche
estaba la plaza de San Marcos, solitaria, sin una luz. Los niños llegaron,
silenciosamente, llevando los ayotl. Se pararon frente a la puerta de entrada de la
iglesia. Colocaron los ayotl en el suelo y Xochi le dijo a Akbal:
Párate en este
ayotl yo me paro en el otro; y tú, Pilli, colócate en medio de los dos.
Los niños se pararon
encima y pensaron, a un tiempo, encontrarse frente al órgano.
En un abrir y cerrar de
ojos, se desaparecieron de la plaza y se vieron frente al órgano.
¡Increíble!
dijo Akbal espantado. No sentí nada.
Se bajaron de los ayotl
y se dirigieron al gran instrumento.
iQué bello es!
dijo Pilli.
Tú sabes
tocarlo, ¿verdad? le preguntó Xochi a Akbal.
Claro que sí. En
alguna ocasión toqué este mismo órgano. Mira los fuelles dijo señalándolos.
Muevan ustedes las palancas; primero una luego la otra. Así habrá aire suficiente
para hacerlo sonar.
Xochi y Pilli comenzaron
a mover las palancas de los grandes fuelles. Se oía como si un enorme animal estuviera
respirando.
Akbal se sentó frente
al teclado y comenzó a tocar maravillosamente. Le hundía al órgano a veces algunos
registros o botones, que lo hacían sonar como flauta, como viola o como trompeta.
La música resonaba por
todos los rincones de la catedral y se oía tan hermoso, que Xochi y Pilli estaban
fascinados. Cuando sonó el último acorde, se acercaron a Akbal y Pilli comentó:
¡Es un
instrumento increíble! No me lo imaginaba así.
Yo tampoco
dijo a su vez Xochi quien tenía la nariz totalmente roja. Es muy completo, como
una orquesta.
Ya se los había
dicho y sabía que les encantaría; por eso los traje.
Yo deseo tocar un
poco, Akbal. ¿Me ayudas con los fuelles?
Yo puedo mover
los dos fuelles mientras ustedes tocan.
Bueno, será muy
divertido.
Xochi y Pilli se
sentaron. Akbal les explicó cómo se manejaba el órgano.
Los pedales son
para las notas más bajas. Estos dos teclados, para los diferentes sonidos. Pueden tocar,
por ejemplo, en el de arriba las violas y en el de abajo las trompetas.
Ensayaron un poco y
fueron tomándole rápidamente confianza al instrumento. A Pilli, lo que más le gustaba
era cambiar los registros. Si ponía los sonidos de flautas, sonaba completamente distinto
a las violas o a las trompetas. Cuando hundían los pedales, los grandes tubos del órgano
sonaban muy fuerte.
Estuvieron toda la noche
en San Marcos. Los monjes, y en especial, el monje cuidandero del órgano, alcanzó a oír
la música, pero, como tenía las llaves debajo de la almohada, se tranquilizó pesando
que era un sueño.
Algunos vecinos también
lo escucharon, y, como eran gentes llenas de supersticiones, se asustaron pensando que era
el fantasma de algún viejo organista que estaba "recogiendo los pasos", como
llamaban al hecho de imaginarse a un muerto otra vez en la tierra de los vivos.
Desde entonces, son
muchas las historias que se cuentan sobre lo que pasa en San Marcos a medianoche. Una de
estas historias dice, que cuando un monje ha muerto en algún lugar, se escuchan tristes
melodías en el órgano. Hay algunos que aseguran haberlas oído. Como siempre, alguien
inventa un mentira y otros la van repitiendo hasta que todos creen que es verdad.
Casi al amanecer, los
niños salieron de la catedral, en la misma forma como habían entrado. Akbal estaba
fascinado con esta forma de viajar.
Entraron otras veces a
San Marcos, las noches siguientes. Les producía una gran dicha poder tocar el órgano,
improvisando o tocando melodías conocidas.
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