EL AMIGO BACH
CAPÍTULO XVII
Llegaron a una gran
ciudad llamada Leipzig, en la misma Alemania. Bach era el director del coro de la iglesia
de Santo Tomás. Era el "Chantre", desde hacía veintitrés años.
Vivía entregado por
entero a su música, componiendo "Cantatas" para la iglesia, que eran
interpretadas los domingos y luego, guardadas en un armario. Para cada domingo tenía una
nueva cantata.
Juan Sebastián Bach,
llegó a componer más de doscientas Cantatas, en idioma alemán; además, compuso
"Oratorios", "Misas", "Pasiones", "Corales",
"Conciertos Grossos" para orquesta de cámara, que era la que se usaba en ese
tiempo y cantidad de música para órgano y clavicémbalo.
Buxtehude sí estaba en lo
cierto: Bach llegaría a ser el más grande compositor de esa época. Su música estuvo
guardada por mucho tiempo, empolvada y en el olvido, hasta que cien años más tarde, se
comenzó a conocer, debido a un compositor llamado Félix Mendelsohn, tal vez inspirado
por los dioses.
Los niños vieron por
primera vez a Bach cuando se dirigía a su casa, después del trabajo en la iglesia. Iba
metido en un abrigo negro, con las manos entre los bolsillos, en cabeza una peluca de
color blanco, y debajo del brazo, un rollo de papeles.
¿Es usted el
señor Bach? Nos han dicho que es el Chantre de la iglesia de Santo Tomás.
Veo que están bien
informados dijo sin detenerse. ¿Qué desean?
Quisiéramos
conversar con usted, si nos permite.
Pueden venir
mañana a las ocho. Los recibiré con mucho gusto.
Gracias, señor
le contestaron los niños.
Bach estaba cansado y
sólo deseaba llegar a su casa, donde su querida esposa Ana Magdalena, quien era una
excelente cantante y clavicembalista. De los veinte hijos de Bach, quedaban vivos
diecisiete, y trece eran hijos de Ana Magdalena. Los otros cuatro eran de su primer
matrimonio.
Al día siguiente, muy
temprano, se dirigieron los niños a la iglesia de Santo Tomás. A pesar de ser tan
temprano, Bach ya había llegado y estaba trabajando en el órgano principal, porque
había otro más pequeño que no lo usaban casi nunca.
Buenos días,
señor Bach saludaron los niños.
Buenos días. Veo
que son muy cumplidos. Siéntense y me van a permitir trabajar durante una hora. Después
podré atenderlos con mucho gusto.
Bach tocaba y escribía
sobre el pentagrama, corregía una y otra vez, improvisaba. Los niños estaban
maravillados.
Toca como un dios,
Xochi le dijo Pilli en voz baja.
Sí... Si no lo
estuviera viendo, no lo creería.
Akbal también estaba
impresionado y les comentó:
Buxtehude tenía
razon. Es el más grande organista.
Estuvieron fascinados la
hora entera escuchándolo.
Cuando finalmente
terminó, los niños pensaron que habrían podido continuar horas y horas escuchándolo.
Su música comunicaba al que la oía, todo el a que Bach sentía por ella.
Se quedaron callados sin
saber que decir. Lo veían como a un ser superior.Todo el dominio de la música lo tenía
este hombre sencillo, que dedicaba la mayor de sus obras a Dios, porque era muy religioso.
Le quedaban únicamente cuatro años de vida. Sus ojos estaban ya mal, pero a pesar de
todo siguió escribiendo hasta el final.
Xochi, Pilli y Akbal lo
visitaron tres veces. Simpatizaron mucho, y los invitó a formar parte del coro de Santo
Tomás pero los niños le explicaron que debían continuar su viaje. Aprendieron algunos
corales religiosos luteranos, himnos muy antiguos arreglados por Bach para ser cantados a
cuatro voces. Los aprendieron tan rápido que a Bach le pareció algo sobrenatural;
además las voces de los niños tenían la dulzura que él siempre deseaba oír.
En una de estas
visitas conocieron al hijo menor de Bach, llamado Juan Christian; en ese entonces
tenía once años. Se hicieron muy amigos, y el niño les contó que su padre sólo vivía
dedicado a la música. Toda su familia era de músicos: su padre, su abuelo, su bisabuelo,
su tataraburelo, sus tíos, primos, y hermanos.
- Mi padre es muy buen
maestro y es él quien nos enseña música. Cada año se reúne toda nuestra familia
en Eisenach, ciudad donde nació mí padre: Cantamos, todos cuentan lo que les ha pasado
durante el año, y qué quisieran hacer en el año siguiente. El mes entrante será la
reunión.
Juan Christian Bach era un
muchacho muy simpático; acompañó a los niños a conocer Leipzig y sus alrededores y
hasta los invitó una tarde a pescar en un riachuelo, y terminaron bañándose, felices.
Xochi, Pilli y Akbal
habían cumplido su deseo de conocer a uno de los más grandes músicos del siglo XVIII:
Juan Sebastián Bach.
Un día les dijo Akbal,
después de ver por última vez a Bach:
¡Deseo tánto ir a
la tierra de los dioses!
También lo hemos pensado
nosotros. Pero debemos hablar antes con nuestro padre. Veremos qué dice él dijo
Xochi.
Esta misma noche
podemos comunicarnos con nuestro padre, Xochi; pero debemos buscar un lugar sólo y seguro
para hacerlo.
Sí, Pilli.
¿Dónde se te ocurre?
No lo sé. No
conocemos bien la ciudad.
Salgamos al campo; tal vez
encontremos una cueva, o algo semejante sugirió Akbal.
Les pareció buena idea, y
salieron los tres en busca de un sitio seguro, donde se pudieran comunicar con el padre de
los dioses. Anduvieron un buen trecho, por los alrededores de Leipzig cuando, de pronto,
dijo Pilli señalando hacia una pequeña colina.
¡Miren! Allá se
ve una parte más oscura. Debe ser una cueva.
Se dirigieron hacia allá,
y después de caminar por diez minutos, subiendo, se encontraron frente a la entrada de
una cueva.
Creo que este es el
sitio preciso dijo Xochi. Pero, debemos regresar por la noche, cuando estemos
seguros de que nadie nos verá.
Regresaron a Leipzig, y
cuando estuvo de noche, se encaminaron hacia la cueva nuevamente.
Akbal estaba muy nervioso.
No alcanzaba a imaginarse cómo sería el encuentro con el padre de los dioses.
Dentro de la cueva la
oscuridad era tremenda. Xochi y Pilli se tomaron de las manos, y desearon comunicarse con
el padre de los dioses. Akbal sintió que su cuerpo temblaba.
De pronto, una pequeña
luz apareció frente a ellos. Poco a poco comenzó a agrandarse, hasta que el interior de
la cueva quedó totalmente iluminado con una luz azulosa. En medio de la luz, apareció la
figura del padre de los dioses.
Padre, ¡te
saludamos!
Xochi; Pilli y
Akbal éste se estremeció al oir su nombre. Me alegro de verlos. Sé que
han viajado mucho y aprendido lo bueno y lo malo de los humanos. Supe cuando encontraron
al jóven dios, Akbal, que estaba perdido entre los humanos.
Te saludo, señor
dijo Akbal con voz emocionada.
¿Qué deseas
hacer, Akbal?
Quisiera ir a la
tierra de los dioses, padre.
Será difícil para
tí acostumbrarte a vivir allá.
Lo sé padre. Pero,
quisiera conocer a los dioses y el lugar donde nacieron mis padres.
Me parece justo tu
deseo, ahora que sabes quién eres. Tus padres vinieron a la tierra de los hombres hace
mucho tiempo. Te traían a tí con ellos, siendo aún muy pequeño. Desgraciadamente, los
humanos se dieron cuenta de sus poderes, sintieron envidia de ellos y les dieron muerte.
Tú quedaste solo y el designio de los dioses, fue que permanecieras entre los humanos, ya
que no tenías a tus padres en nuestra tierra para cuidarte. Se te buscó un buen padre,
que fue el Duque de Gonzaga.
Akbal escuchaba su
historia atentamente.
El padre de los dioses
continuó:
Si tánto lo
deseas, podrás visitar nuestra tierra, pero considero que lo mejor será que regreses
luego donde los humanos. Aquí te has criado y aquí debes vivir. Xochi y Pilli te
pondrán en su barco. Irás a la tierra de los dioses y luego regresarás.
Gracias, padre. No
se como agradecerte. Dijo Akbal inclinando la cabeza.
Sin decir más, la figura
del padre de los dioses se desvaneció en el aire, en la misma forma como había
aparecido.
Los niños permanecieron
silenciosos unos instantes. Akbal no entendía lo que había pasado:
Xochi y Pilli. . .
¿ha sido un sueño?
No, Akbal. Tienes
el permiso para ir a la tierra de los dioses. ¿No es emocionante? le dijo la niña.
¡Sí, estoy feliz!
Akbal tenía los ojos
húmedos de emoción. Ya conocía el secreto de su nacimiento y dentro de poco vería a su
gente.
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La Flauta Traversa
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Para encontrar el
barquito los niños debían trasladarse a Roma, al siglo XI, a la misma época cuando
estuvieron con Cornelio Plinio Rómulo.
Xochi y Pilli nunca
habían retrocedido en el tiempo y no sabían que para volver al pasado era diferente.
Se subieron sobre los
ayotl tomados de las manos, y sintieron un poco de mareo, como si las cosas a su alrededor
estuvieran dando vueltas. De pronto, se encontraron en el propio puerto de Roma,
nuevamente en el año 1030. Ahí estaba el barquito, tal como lo habían dejado Xochi y
Pilli, amarrado a un tronco.
Me asusté un poco
al trasladarnos dijo Pilli.
Quién sabe por
qué razón será diferente, si se transporta uno al futuro o al pasado comentó
extrañado Xochi.
¡Qué bello
barquito! exclamó Akbal admirando sus colores ocres.
Subamos dijo
Xochi.
Ya adentro, los niños se
admiraron de que todas las cosas estuvieran en su lugar.
Lo único que debes
hacer, es dejar que el barco vaya solo le explicó Pilli.
Nuestro padre te
enviará vientos favorables que te llevarán directamente a la tierra de los dioses.
Sí, no debes preocuparte.
El barco irá sólo, no tienes que moverle nada.
¿Cuánto demorará
el viaje? preguntó.
Tal vez dos días.
No olvides Akbal,
que debes regresar el barco a este mismo lugar. Es la única manera como podremos volver a
nuestra tierra.
Lo sé, Xochi. No
se preocupen.
Xochi y Pilli se tomaron
de la mano y comenzaron a alejarse, lentamente, del puerto. Llevaban sus ayotl y talegos
colgados.
¿Adónde vamos
ahora, Xochi?
Vamos primero a ver
a Cornelio.
Otra vez estaban los
niños en el siglo XI, en Roma, con sus calles empedradas, sus hermosos edificios e
iglesias, sus fuentes y esculturas que demostraban la grandeza del antiguo Imperio Romano.
Los niños se despidieron
de Akbal deseándole mucha suerte y felicidad. Vieron cómo el barquito se alejaba
lentamente de la playa hasta que se perdió en la lejanía.
¡Adióoos.. .,
Akbal! dijeron Xochi y Pilli despidiéndolo con la mano.
Estoy feliz de que
Akbal vaya a nuestra tierra.
Ojalá lo volvamos
a encontrar alguna vez. Ha sido un gran amigo.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
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