Tacancique conocía mucho la Sierra, porque sus padres siempre lo llevaban a todas partes. A los páramos se dirigía la familia varias veces al año y entonces les tocaba subir días y días, por las pendientes, usando los caminos hechos de piedra y pasando por pueblos y ciudades. Al fin al llegar al páramo Tacancipe estaba cansado, pero siempre se maravillaba al ver la belleza de las lagunas, pues cada una tenía un color diferente.


El papá y la mamá de Tacancique sacaban de sus mochilas de algodón, unos paqueticos que misteriosamente botaban a la laguna. Estos eran las ofrendas que servían de alimento a los personajes mágicos que habitaban en el fondo de las aguas.






 

Desde pequeños los niños aprendían de memoria cuentos y leyendas. Así Tacancique nunca olvidaba los tantos secretos mágicos que había oído de Naoma, el viejo sacerdote.

Cuando los niños estaban en la playa, siempre se acordaban de cómo se había creado el universo.

Antes de que el mundo existiera, sólo había oscuridad y las tinieblas cubrían las aguas del mar. Pero en ese tiempo ya vivía una mujer, como una gran diosa, llamada Madre del Universo. Al nacer su primer niño, por fin el mundo se iluminó y así fue el primer día de esta tierra. El recién nacido, se llamó Sintana y cuando creció se volvió un gran héroe de la humanidad.




 



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