Leer
al calor del hogar
Por: Yolanda Reyes
2003
“El pequeño
mundo que uno encuentra al nacer es
el mismo en cualquier parte en que
se nazca; solo se amplía si
uno logra irse a tiempo de donde uno
tiene que irse, físicamente
o con la imaginación.”
Augusto Monterroso.
En ese mundo pequeño que es
el hogar, se aprende lo fundamental
sobre la vida. Sin tableros, ni pupitres
ni uniformes. Casi por ósmosis,
sin que nadie se dé cuenta
cómo ni a qué horas,
entre rutinas y sobremesas, entre
lo que se dice y lo que no se dice,
las cuatro paredes de la casa son
la primera imagen del mundo. Los valores,
las actitudes, los modos de ser, de
sentir y de pensar, la manera de mirar,
tienen sus raíces en esa primera
escuela a la que, por fortuna, no
han llegado aún las innovaciones
de la tecnología educativa.
Es realmente una fortuna. En las casas
no se habla de objetivos, ni de metodologías,
ni se evalúan periódicamente
los resultados, ni se rinden informes.
Se vive, simplemente. Y es en ese
fluír de la vida, sin planificar,
donde crece la gente. La escuela tiene
mucho que envidiarle a ese sistema
pedagógico , donde todo sucede
de una manera mas espontánea
y más real. Sin compartimientos,
ni disciplinas separadas, ni horas
asignadas para tal o cual destreza.
Por eso, hablar de lectura en el hogar
es hablar de muchas cosas al mismo
tiempo.
En primer lugar, no suena muy apropiado
ese nuevo rótulo tan de moda
de “Promoción de Lectura”
para lo que se hace en un hogar. No
creo que en el hogar se hagan promociones
de ninguna clase. El término,
tomado del lenguaje comercial, tiene
un sesgo cuantitativo que me parece
sospechoso. Desde siempre ha habido
hogares con padres, madres, abuelos,
tíos o nodrizas que sembraron
en los niños el amor por las
historias y por los libros. Dudo que
lo hubieran hecho a propósito,
siguiendo unos objetivos predeterminados...Lo
más probable es que solo quisieran
pasar un buen rato, o domar a las
pequeñas fieras que suelen
ser los niños, para que se
estuvieran quietos unos minutos. Las
dos intenciones son, en sí
mismas, maravillosas. Porque disfrutar
simplemente del placer de una historia
o confiar en el poder hipnótico
de las palabras, es creer de antemano
en la lectura.
Esa creencia no se aprende en talleres
ni en libros especializados, aunque
ahora estén tan de moda las
escuelas para padres. Las creencias
se tienen o no se tienen y eso nos
remite al círculo interminable
de la vida; a las infancias de los
que ahora somos padres y a las de
nuestros padres y, así sucesivamente,
en la memoria colectiva. Indagando
en nuestros sentidos y en nuestros
sentires, que tienen que ver con una
historia personal, podemos encontrar
nuestras propias ideas para que los
hijos se acerquen a los libros en
el hogar.
A simple vista podría pensarse
que niego la posibilidad de cambiar
lo que ya está dado o de salirse
de una “estructura familiar”
y eso suena muy pesimista, sobre todo
si tenemos en cuenta que en Latinoamérica
solo una minoría ha crecido
en ambientes familiares cercanos al
libro. Pero ése no es el sentido.
Lo que propongo es partir de una búsqueda
personal , empezando por el principio,
que somos nosotros, y no por el final,
que son los niños. Porque somos
los adultos, con nuestras lecturas
y con nuestras palabras, inscritas
desde mucho antes de ser padres, el
texto de lectura primordial al que
se enfrentan los ninos.
Los arrullos y las canciones, los
cuentos que otros escribieron en nosotros
cuando fuimos niños, las retahílas,
los conjuros, las leyendas y todos
esos juegos de palabras que hacen
parte de la tradición oral,
son los más ricos textos de
lectura de la primera infancia. ¿Quién
no recuerda alguno? Un arrurrú
mi niño, arrurrú mi
sol, un aserrín aserrán
o cualquiera de esas historias que
se cuentan en los dedos de la mano...
En el campo o en la ciudad, ahora
o hace veinte, o cincuenta años,
la infancia tiene sus propios textos
de lectura.. Y una de las ventajas
de ser padre es que uno puede darse
el lujo de recrear su propio repertorio.
Basta con buscar entre la memoria,
preguntando aquí y allá
por ese cuento que nos gustaba tanto,
por esas fórmulas de comenzar
y terminar las narraciones, que nos
remontaban al tiempo mítico
del “Había una vez hace
muchísimos años...”
Todos los padres tenemos el poder
de volvernos cuenteros, juglares y
trovadores con nuestros propios hijos.
Nuestras historias, nuestras canciones
-afinadas o no- nuestras voces y nuestros
tonos pueden resultarles más
interesantes que ningún otro
texto. Porque les hablan de sus orígenes,
porque vinculan a las palabras con
los más cercanos afectos. Porque
nombran los temores y conjuran las
sombras y establecen otro tipo de
comunicación más estrecha,
más significativa y auténtica
que la que suele entablarse en la
vida escolar. Al conocer los intereses,
los temores y las características
de cada uno de sus hijos, mejor que
nadie en el mundo, los padres son
los más capacitados para revelar
los misterios que encierran las palabras.
Esos misterios que constituyen la
esencia del placer por la lectura.
Naturalmente, no todo se reduce a
estas buenas intenciones. Se necesitan
algunos ingredientes. En primer lugar,
tiempo. Un tiempo ritual, lejos de
las presiones cotidianas para otorgarle
otro espacio a la palabra. Además
de su función informativa e
instrumental, las palabras permiten
viajar, soñar, desear, acariciar,
cantar y expresar. Un cuento antes
de dormir, todas las noches, o una
sobremesa para conversar en familia,
o un libro apasionante que se lee
por entregas, le confieren a las palabras
poderes mágicos y vinculan
a la lectura con el placer.
Pero, además de tiempo, necesitamos
una actitud diferente, abierta al
diálogo y al encuentro con
todo lo que quieren decir los niños.
Escucharlos, para permitirles expresar
su mundo, sus fantasías, sus
historias, sus opiniones, sus acuerdos
y sus desacuerdos. Respetar sus argumentos
y ayudarlos a formar su criterio,
que no tiene que ser el nuestro. Alimentar
sus puntos de vista, proporcionarles
referencias culturales, estimular
su imaginación y su inventiva,
todo ello constituye el trabajo de
los padres en la formación
de nuevos lectores.
Para responder a esos retos, regresamos
al punto de partida: Se necesitan
padres lectores, asiduos visitantes
de las bibliotecas y de las librerías,
en busca de material para alimentar
los sueños de sus hijos. Y
se necesitan padres lectores, no solo
para que eduquen con el ejemplo, sino
para que transmitan por ósmosis
una idea de lectura más vital
y menos académica. Padres que
esperan ansiosos el periódico
de la mañana y madres que roban
tiempo a sus quehaceres diarios para
enfrascarse en su novela preferida.
Padres que, además de regalar
juguetes, regalen libros. Madres que
puedan encontrar en las páginas
de un libro los mejores secretos de
la cocina o de las plantas, la mejor
historia para compartir en voz alta
con sus hijos o el conjuro más
poderoso para dormir a su bebé.
A encontrar esos y muchos otros secretos
en la lectura, se aprende en el hogar
y lo que está en juego no es
el número de ejemplares que
pueda tener la biblioteca paterna
ni los títulos universitarios
que estén colgados en las paredes.
Es mucho más sencillo y más
barato que eso. Es compartir una cierta
fe en las palabras. Es creer en el
valor del lenguaje para enriquecer
la experiencia, para crear y recrear
el mundo. Es dejar una puerta abierta
para que los libros y las palabras
se instalen cómodamente en
el sofá y ocupen un lugar importante
en la vida cotidiana.
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