Adrid Lindgren, o el paraíso de la niñez
Antecedentes
Antes de comenzar a hablar sobre Astrid Lindaren y su obra, es conveniente ubicarla dentro del contexto de la literatura infantil sueca, en la medida en que ella juega un papel fundamental en la transformación de las letras infantiles de su país, como escritora y editora. Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, que con la publicación Pippa Mediaslargas se inicia en Suecia la época moderna de la literatura infantil, debido a que Pippa rompe definitivamente los lazos de dependencia con el adulto, erigiéndose en un sujeto, no sólo con capacidad de configurar su propio universo, sino también de expresarse de manera lúdica y creativa. Pippa inaugura una visión de la niñez como un estadio de libertad y plenitud.
Pero como los cambios no vienen solos, podemos señalar algunos antecedentes que le preparan el camino, tanto a Pippa como a una producción literaria que, hoy por hoy va en la vanguardia, señalando nuevas posibilidades artísticas, lúdicas y polémicas. La literatura sueca es una de las que más ha explorado las relaciones conflictivas d elos niños y jóvenes con el mundo de los adultos y se ha atrevido a tratar temas que eran considerados tabú para los lectores infantiles.
Como bien lo sintetiza Boel Westin en su estudio La Literatura infantil en Suecia (Instituto Sueco, 1993), durante el siglo XIX esta literatura, como muchas otras dirigidas a los niños, no se escapa de las características propias de la época y mantiene su vocación pedagógica y educativa. Pero tampoco es ajena al interés por la tradición oral popular, influencia que llega del continente europeo. Recopilaciones de canciones antiguas hechas por los folcloristas contribuyeron a estimular la fantasía en las letras infantiles, incorporando motivos, temas, imágenes y esquemas propios de la poesía popular a la literatura escrita. Este diálogo con la tradición y la voluntad de transmitir a las nuevas generaciones la herencia cultural son elementos importantes de la literatura infantil moderna de Suecia.
Otro antecedente puede ubicarse en las obras de algunos escritores cuya principal innovación es poner al niño en el centro, transformándolo en el protagonista y despojándolo de su condición maleable a la doctrina del adulto, o de su condición de víctima de las circunstancias. Un ejemplo es el del finlandés de habla sueca Zacharías Topelius (1818-98). Gran admirador de Andersen, escribió cuentos de hadas, poemas y narraciones para los niños. Publicó ocho volúmenes titulados Lecturas para niños. De él son algunas de las antologias de cuentos de hadas nórdicos que circulan en castellano. Escribió además El libro de la naturaleza, El libro de nuestro país y Finlandia en dibujos (1845).
En 1871 se publica el que vendría a ser considerado el primer clásico de la literatura infantil sueca, Aventuras del pequeño Vigg en Nochebuena de Víctor Bydberg (1828-95), cuento onírico y alegórico sobre la evolución moral de un muchacho.
Otro antecedente es el del libro ilustrado, el cal asume deliberadamente una postura en defensa de lo nacional, en reacción a la importación de libros con ilustraciones poco aractivs procedentes de Alemania e Inglaterra. Se da entonces un impulso a libros que recogían la poesía popular acompañados de imágenes de niños jugando en un paisaje y un ambiente auténticamente suecos. Se destacan en este campo Jenny Nystrom (1854-1946), quien es la iniciadora de este tipo de libros, y Nanna Bendixon (1860-1923), quien asegura la presencia del bosque sueco en los libros para niños. Pero quizás la obra más destacada sea la de Elsa Beskow (1874-1953), cuya producción se da a principios del siglo XX, y que inicia su carrera ilustrando canciones populares, para luego crear sus propios cuentos. Beskow combinó la fantasía con descripciones naturalistas de gran precisión. Su gran aporte fue quizás la inmensa creatividad que le otorgó a los protagonistas niños.
Un contexto favorable
Es sabido que la literatura prospera siempre y cuando haya lectores, pues son ellos quienes alimentan ese circuito que va desde la creación y producción hasta su recepción. No basta con el impulso dado a la producción de libros si no se cuenta con un público alfabetizado que pueda leerlos. Pues bien, en Suecia desde mediados del siglo XIX, ocurrieron algunos hechos importantes para el fomento de la lectura: la escolarización obligatoria de seis años que entró en vigencia en 1842, la publicación de un primer libro de lectura para la escuela primaria en 1868, la ampliación de la escuela dominical y el desarrollo de los movimientos religiosos que incentivaron la lectura de la Biblia y de los libros sagrados. Todos estos espacios generaron la necesidad y el deseo de leer.
Por su parte, los maestros tuvieron un papel líder en la presencia y difusión de la literatura infantil dentro de la institución educativa. Se organizaron para editar libros baratos, al alcance de todos, y periódicos infantiles. Los maestros Emil y Amanda Hamarlund publicaron el periódico Jultomten y la Bambiblioteke Saga, colección de sagas para niños, que lograron un éxito extraordinario. En torno a Jultomten se reunieron los mejores escritores e ilustradores suecos.
Por iniciativa del Ministerio de Educación, los maestros lideraron un proyecto de libros de lectura para la escuela, que debían hacer énfasis en una mirada sobre suecia. Dice Westin: “La idea consistía en que autores notable de la época presentaran en textos literarios la geografía, la naturaleza y la historia de Suecia” (Westin, 1993, pág. 18).
Uno de esos libros resultó ser una obra maestra, tanto pedagógica como literariamente hablando: El maravilloso viaje de Nils Holgerson a través de Suecia de Selma Lagerlof (1858-1940, premio Nobel en 1909), fue pensado como libro de geografía para niños de nueve años, pero adquirió dimensiones literarias de alta calidad hasta convertirse en un veradero clásico de la literatura infantil sueca.
Astrid Lindaren en escena
Estos antecedentes abonan el camino para que, después de la segunda guerra mundial, pudiera ocurrir un verdadero movimiento que logró impulsar las letras y los libros para niños hacia una corriente moderna, es decir, una corriente en la que se escribe a partir de una perspectiva de infancia: el mundo mirado desde y para los niños. De igual manera se comienzan a tocar todos los temas, incluso aquellos considerados tabú por las generaciones anteriores: el dolor de la guerra, las pérdidas, los desplazamientos, la muerte, son asuntos que entran a la literatura infantil, asumiendo los escritores una postura de confianza frente a las capacidades de asimilación comprensión de setas realidades por parte de los niños lectores.
Al respecto dice Westin:
Lo nuevo en la literatura infantil consistía en configurar el mundo con los ojos y la voz del niño. Al aumentar el bienestar la natalidad en Suecia después de la guerra, hubo una necesidad de libros para niños como nunca hasta entonces se había dado. Las editoriales invirtieron en forma consciente en el libro infantil, el mercado literario experimentó una fuerte expansión y se desarrolló en serio la red de bibliotecas. En los primeros años de posguerra, la edición aumentó por lo menos hasta 500 títulos al año. Subió también el nivel de la crítica y de los debates, y se publicaron varias obras sobre la literatura infanil. (Waestin, 1993, pág. 23)
Se creo un ambiente favorable a la literatura infantil, que permitió dejar abierto el camino a la experimentación e innovación artística. El año de la paz, 1945, marcó el comienzo de una nueva época.
Las condiciones estaban dadas para que surgiera una nueva generación de escritores, cuya figura central sería precisamente Astrid Lindaren, quien dio el impulso definitivo a las letras infantiles suecas hacia la modernidad. Lindaren, rompiendo esquemas y convenciones, liberó a los niños de su condición de dominados, y creó personajes capaces de moverse por sí solos, de pensar por sí mismos, librados de la mano tiránica del adulto, o, por lo menos, en igualdad de condiciones que estos personajes maduros.
Su vida
Mi mundo perdido, o la infancia siempre recuperada
Es un hermoso libro titulado Mi mundo perdido, Astrid Lindaren recrea con intensidad y gratitud los años felices de su niñez. Podríamos considerar éste un libro emblemático de la obra literaria de Lindaren en la medida en que representa, en esencia, su concepción sobre la infancia. Al leerlo nos damos cuenta de que este pequeño libro –en el que reposa su infancia recuperada- es la fuente inagotable de la cual bebió la autora para escribir sus libros a los niños.
Ella misma lo dice en varias de las innumerables entrevisas que le hicieron a lo largo de su vida:
Es a mi infancia a la que yo regreso siempre. Cuando voy a casa (en la granja en las afueras de Vimmerby) experimento mi infancia una y otra vez. Todo lo que escribo está tomado de mi propia experiencia, quizás no directamente, pero indirectamente...
En Mi mundo perdido, nos habla de sus tres hermanos Gunnar, Stina e Ingegerd, con quienes compartió aventuras y juegos y quienes se sentían muy ricos (a pesar de no poseer televisión, radio, carro, ni teléfono) pues tenían mucha tierra para correr y explorar, un río donde chapotear y nadar, animales para consentir y querer, graneros en donde jugar y rincones en donde comprar zanahorias, repollos, vacas y cerdos.
Nos cuenta también que a pesar de la fría temperatura de los duros inviernos de Suecia, Astrid sus hermanos vivieron en un hogar lleno de amor y afecto. Astrid sabía que su padre se había enamorado de su madre cuando él tenía apenas 13 años y ella sólo 9. “Lo más extraño era que mi padre, a diferencia de otros granjeros, le expresaba su amor a ella todos los días”, dice Astrid. Los niños tenían la seguridad de tener dos padres que se amaban y que estaban allí cada vez que los necesitaban. “Si no los necesitábamos, nos dejaban libros y podíamos andar alrededor de Nas ”*.
Nosotros jugábamos, jugábamos y jugábamos. Nos subíamos a los árboles, saltábamos entre pilas de troncos y heno, atravesábamos túneles, nadábamos en el río incluso antes de saber nadar. Los niños no ponían atención a las reglas de mamá de no ir hacia lo profundo del agua. Pero todos sobrevivimos.
Esta vida de seguridad afectiva pero de completa libertad se refleja en casi todas sus obras, sobre todo en aquellas donde existe una famita. Por ejemplo en Madita, Miguel el travieso y Ronia, la hija del bandolero. Sus protagonistas son niños felices que viven en el campo, hacen parte de una familia que quieren, y disfrutan a la vez de una infinita libertad para jugar y divertirse.
Pero esa infancia también fue de obligaciones deberes. Astrid recuerda que debían trabajr desde muy pequeños: alimentar a los animales, desgranar y recoger verduras, entre otras labores propias del campo. Una de las tareas de Astrid consistía en llevar café a los trabajadores, oportunidad que aprovechaba para sentarse a escuchar sus historias. Recuerda que hablaban sobre hechos locales, sobre política y , en especial, que se referían a la gran guerra, que apenas comenzaba. También escuchaba cuentos, los que despertaron su gusto por la fantasía y la literatura. Debía cuidar a su hermana pequeña y hacerla dormir. Descubrió así que podía leer y cuidarla al mismo tiempo: simplemente le cantaba el libro.
Aunque en su casa no había libros, tuvo acceso a algunos gracias al ingenio de una de las profesoras de la escuela, quien por Navidad daba un catálogo a los niños invitándolos a elegir un libro como regalo. Años después Astrid Lindgren recordaría aún cómo olían esos libros. Era un olor especial, diferente a todos los olores del mundo, decía. La primera historia que leyó fue Blanca Nieves. Mas grande disfrutó muchísimo Robinson Crusoe, Tom Sawyer y Huckleberry Finn.
De vez en cuando se hacían grandes reuniones famiiares. La comida, que usualmente era sencilla, para estas ocasiones se hacía especial. Los niños debían sentarse en la mesa a comer y comer. Pero Astrid y sus hermanos preferían escaparse a jugar. Estas escenas son recreadas con plenitud y con mucha gracia en Miguel, el travieso.
Cuando le preguntaban qué era lo que más le gustaba de su infancia, decía que la naturaleza y sobre todo la variedad de olores. Nunca pudo olvidar las fresas, frambuesas, las flores salvajes, la madera...
Ese paisaje real de la Suecia campesina de principios del siglo XX es el escenario que Astrid Lindgren recrea en casi toda sus obras ubicadas en medio de la naturaleza, como Madita, mi pequeño mío, Miguel el travieso y Ronia, la hija del bandolero.
En Estocolmo
Cuando Astrid era una jovencita, sus compañeras le decían que escribía muy bien y que iba a ser la Selva Lagerlof de Vimmerby. Asrid no estaba de acuerdo. El hecho de que le gustara mucho leer no quería decir que le gustara escribir. Ella pensaba que no era quien iba a agregar un libro a todos los que ya había.
A la edad de 19 años, Astrid completó su educación en la escuela local de Vimmerby. Decidió ir entonces a Estocolmo, la capital de Sucecia. Su plan era estudiar mecanografía y todo lo que necesitaba para ser secretaria. De esta manera podría encontrar un trabajo y sostenerse así misma.
Para ella fue muy difícil acostumbrarse a la vida de la ciudad. Sus días en Estocolmo eran triste y solitarios. Este sentimiento de soledad es posteriormente valorado por Lindgren y recreado también en su obra. Muchos de sus personajes infantiles son niños o niñas solos para quienes la soledad, más que una desgracia, es parte de la condición humana y constituye una experiencia que otorga madurez y conciencia: en esto coinciden las experiencias de Eric, en Erkik Karlson; Mío, en Mí mi pequeño mío; y Rasmus, en Rasmus y el vagabundo. Aunque el más importante de estos personajes es sin duda alguna Pippa, quien vive sola pero feliz. En una de sus entrevistas Lindgren dijo:
Estar solo es lo mejor, No hay soledad que me asuste. Allá en lo profundo todos permanecemos solos. Sin la soledad y sin la poesía difícilmente puedo sobrevivir.
Astrid estudió taquigrafía y mecanografía, herramientas que luego le servirían muchísimo para su trabajo como escritora. Cando entró a trabajar en el Royal Automobile Club, no se imaginó que allí conocería a su esposo, Sture Lindgren, y que el hecho de casarse, tener dos hijos y dedicarse a ellos, cambiaría su vida y trastocaría paa siempre sus planes de ser secretaria.
Astrid Lindgren se convirtió en escritora por accidente o quizás por esos designios misteriosos del destino que no alcanzamos a descifrar. En 1941 su hija Karin, de siete años de edad, enfermó de neumonía. Cada noche, para entretener a su hija, Astrid le contaba una historia. En una de estas veladas, cuando se le habían agotado las ideas, Astrid dijo: “-¿y ahora, qué te cuento esta noche?” Karin le respondió: “cuéntame acerca de Pippa Mediaslargas”, un nombre cualquiera que inventó en el momento.
Astrid Lindgren empezó entonces a contar la historia de una niña que era tan poco común como su nombre. Una niña que vivía sola y no tenía a nadie que le dijera qué tenía que hacer. Una niña con la suficiente fuerza como para levantar un caballo ella sola. Una niña que no tenía que ir a la escuela si no quería. Aunque Karin le dio el nombre original al personaje, fue su madre quien inventó el nombre completo: Pippilotta Delicattesa Windowshade Mackrelmint Efraim’s Daughter Longstocking.
Tres años más tarde, en marzo de 1944, fue Astrid quien tuvo que permanecer en cama, debido a una caída en la nieve cruzando una calle en Estocolmo, que le causó una fractura a la altura del tobillo. Necesitaba quedarse quieta y ocupar el tiempo en algo. Fue así como se decidió a escribir la historia de Pippa.
En mayo de 1944, Karin celebró su décimo aniversario. Como regalo de cumpleaños, Astrid le entregó a su hija la historia de Pippa. Más tarde decidió enviar una copia de su obra a un editor, acompañada de una carta que finalizaba así: “Con la esperanza de que no notifique al comité de bienestar infantil”.
Sin embargo, hubo de esperar hasta 1945 para que los lectores pudieran disfrutar de las aventuras de Pippa Mediaslargas.
Posteriormente escribió dos libros más sobre Pippa: Pipa se embarca y Pippa en los mares del sur, los cuales continúan las aventuras de esta pequeña niña que pasará a la historia de la literatura infantil con personajes tan entrañables y definitivos como Peter Pan, Alicia, Pinocho y Matilda, entre otros.
Astrid Lindgren, además de escribir para niños, desarrolló un importante trabajo editorial durante más de 24 años en la editorial Rabn & Sjogren. Cuando comenzó, en 1946, la empresa estaba quebrada. Sin embargo, con la publicación de sus libros y el trabajo que hizo como editora y traductora, la convirtió en la editorial sueca para niños más grande e importante.
Quizás no sea gratuito el hecho de que el año del natalicio de Lindgren (1907) coincida con la fecha de aparición del libro de Selma Lagerlof, El maravilloso viaje de Nils Holgerson. Muchos años más tarde, en 1950, la Asociación de Bibliotecas Suecas creó el premio La Placa Nils Holgerson. Astrid Lindgren fue la primera persona que lo recibió. En 198 obtuvo el Peace Prize otorgado por la Asociación de Libreros Alemanes. Ningún otro autor de libros para niños ha recibido este premio desde entonces.
Después de tantos honores, viajes y celebraciones, Astrid Lindgren tuvo un día la entereza de decir: “No acepto más premios, quiero escribir que es lo que me gusta hacer”.
En 1981, la Federación Internacional de Traductores presentó el premio Astrid Lindgren para traductores. En 1987, el gobierno sueco editó diez estampillas con los personajes de sus libros.
Ella, por su parte, se quedó a vivir en las calles de Vimmerby y en el corazón no sólo de los suecos, sino de todos los lectores del mundo. Muchas calles de su pueblo natal tienen nombres de los personajes creados por ella y de títulos de sus libros.
* Nas es el nombre de la casa donde Astrid y sus hermanos se criaron ubicada a las afueras del pequeño pueblo de Vimmerby.
Fuente: ROBLEDO, Beatriz Helena. Astrid Lindgren, o el paraíso de la niñez. En: Cincuenta libros sin cuenta. Bogotá, No. 8 (ene. – jun. 2002); p. 2-7 |