La capacidad de narrar ha sido una de las grandes conquistas humanas en el largo camino de la evolución, la capacidad de contar historias y crear para uno mismo y para los demás un mundo de ficción. Todavía hoy perviven los contadores tradicionales, como los que podemos encontrar en las plazas de Marruecos o en pequeños pueblos olvidados, que, independientemente de su escaso conocimiento de la lectura y la escritura, en algunos casos inexistentes, son capaces de hacer surgir personajes y tramas, cual si de magos se tratase arrancando objetos maravillosos de su chistera, inventando mundos lejanos pero muy cercanos en sus conflictos al nuestro. La voz que narra es una voz que crea y que estimula el conocimiento y despierta la imaginación. La narración a través de la oralidad alimentó durante siglos el imaginario colectivo, dotándolo de estructura.
Hoy en dìa debemos recuperar esa voz narrativa, buscando espacio para la escucha en nuestras vidas, recuperando la narrativa oral, pero también buscándola en la palabra escrita. Oralidad y escritura no son realidades excluyentes, sino que deben caminar en armonía en las sociedades modernas y complementarse perfectamente. Tal como dijo el pedagogo John Dewey: “el lenguaje es el procedimiento que nos permite clasificar y organizar nuestros conocimientos del mundo”. A través del lenguaje sabemos lo que somos capaces de representar y sólo aprendemos las cosas que hemos sido capaces de estructurar en funciòn de un relato. Si a la experiencia no le damos estructura narrativa, se perderá en la memoria.
En un mundo apresurado, en el que a veces es difícil encontrar tiempo para la escucha, esta voz narrativa, esta escucha, la encontramos en la lectura de historias que poco a poco nos van a ir abriendo las páginas del libro del mundo. Mediante la lectura nos conocemos mejor a nosotros mismos, accedemos a otras realidades a otros mundos que están en íntima relación con el nuestro.
Y una vez convenidos de la importancia de cultivar el placer por la lectura, debemos reflexionar como educadores. ¿Qué papel podemos jugar en este proceso, en este aprendizaje? ¿Son las instituciones educativas el lugar apropiado para realizar este encuentro interior? ¿Se dan en ellas las condiciones apropiadas para fomentar el goce por la lectura? Este tema ha sido debatido y discutido en numerosos seminarios jornadas realizados por estudiosos del tema, y nos encontramos con posiciones encontradas. Nadie pone en duda la responsabilidad de la escuela a la ora de conseguir que los niños y jóvenes estén en condiciones de leer y escribir correctamente, independientemente de que sientan o no deseos de hacerlo.
Hay quien sostiene que la responsabilidad de la escuela es exclusivamente la de desarrollar la competencia lectora del alumnado, desarrollando las destrezas o habilidades necesarias para poder utilizar esta competencia y en cualquier caso ofrecer unas buenas clases de lengua y literatura que no actúen como elemento disuasorio y repercutan en un alejamiento y en una desgana lectora. En resumen, los defensores de esta tendencia creen que la mejor animación lectora ue se puede hacer desde el aula es enseñar bien a leer y a escribir. La escuela, dicen, tiene la responsabilidad de atender a los niños que no saben leer, no a los que no quieren leer. La lectura es un acto ligado a la libertad y el derecho a la libertad, no es un bien en sí mismo, sino que la posibilidad que nos conduce a ejercitarlo o no. Evidentemente, el acto de leer y escribir requiere un componente instrumental previo que corresponde en gran medida a la escuela, siendo este uno de sus objetivos básicos, por la relación que va a tener con el resto de áreas curriculares y por la influencia que este proceso va a tener en el desarrollo madurativo del año, y es bien cierto que si este proceso no se realiza en las condiciones óptimas, puede provocar un rechazo en el alumno hacia la literatura.
Pero si estamos convencidos, y lo estamos, de las consecuencias y efectos beneficiosos de la lectura, ¿no debiera ocuparse también la escuela de transmitir este bien? Ciertamente vivimos una época en la que se acostumbra a pedir a la escuela que cubra todos los déficit sociales, delegamos en ella funciones y responsabilidades que atañen a otros ámbitos, sobre todo al familiar, que en este caso no puede quedar al margen de esta tarea, pero la tarea es importante y a veces se nos antoja tan ardua que vamos a necesitar la colaboración de todos; de la unión de toda la tribu para crear un entorno receptivo en el que se lea y escriba para comunicar.
Pero estamos hablando de transmitir el placer de leer, el deseo de coger un libro y… el deseo es muy frágil y hay que tratarlo con mucho cuidado, ya que vamos a trabajar con emociones y las emociones están hechas del cristal más preciado.
La escuela puede y debe tener un papel en este ámbito siempre que respete unas premisas. La escuela puede incitar, animar, contagiar e incubar el virus de la lectura, pero no puede obligar y no debe mezclar esta actitud voluntaria con la tarea que se realiza con los aprendizajes instrumentales, pues podría producir el efecto contrario al deseado.
Tenemos que tener en cuenta que, finalmente, el acto lector debe ser interno, individual y ligado al silencio, al sosiego, y no siempre podemos ofrecer en los centros educativos este ambiente tranquilo y de recogimiento voluntario. Lo más alejado a la animación lectora puede ser la hora de biblioteca, señalada e el horario escolar como una franja horaria entre dos asignaturas más en la que los alumnos leen por obligación un libro elegido arbitrariamente por el profesor, en un silencio impuesto, nervioso y difícil de conseguir, que irrita a los niños y al docente.
Pero no se trata de producir un efecto disuasorio, esta mala experiencia nos debe llevar reflexionar. ¿Cómo podemos contribuir desde la escuela a esta tarea? Ya que es fundamental que lo haga, hay importantes motivos. Hoy en día todos los niños y jóvenes escolarizados pasan gran parte de su tiempo en el colegio o el instituto. Al igual que en otros temas básicos, la escuela puede y debe ejercer una función democratizadora de acercamiento a la lectura. El poder disfrutar de buenos libros es un bien compartido que debe acercarse y llegar a todos. En nuestra sociedad diversa compleja con grandes desigualdades sociales, esta función le corresponde. El camino hasta la consecución del hábito lector no es un camino fácil y es muy difícil que se pueda realizar en soledad, necesita la figura de un mediador, de un acompañante que ejerza de guía para llegar a él. Y nadie mejor que el maestro o la maestra convencidos y enamorados de los libros para llevar de la mano a sus alumnos en una escuela institución educativa que practique la pedagogía de las relaciones y los sentimientos.
El placer compartido por la lectura produce y requiere afectos y complicidades y puede reforzar el marco de unión entre compañeros diferentes diversos y los propios maestros a menudo importantes ante la necesidad de transmitir conocimientos alejados de la realidad de sus alumnos.
Nada mejor que las palabras de “Juul” al inicio del magnífico libro de Gregie de Maeyer editado por Lóguez (1996), para comprender y vibrar con el sentimiento producido con el acoso escolar:
Juul tenía rizos
Rizos rojos
Hilo de cobre
Eso gritaban los otros: “¡Hilo de cobre!
¡Tienes mierda e el pelo!
¿Caja roja!”
Por eso Juul cogió las tijeras
Rizo a rizo, se los cortó
Nada mejor que una buena historia llena de aventuras, sentimientos y emociones para interactuar y crear vínculos de interacción en las aulas.
No es tarea fácil APRA la institución escolar cumplir esta misión y no podrá hacerlo si no tiene las condiciones necesarias para poder transmitir esta clama y sosiego requeridos. Deberá contar con espacios apropiados, tiempo, materiales recursos materiales y personales. Creemos ue ya ha llegado el momento de reivindicar una nueva figura en la escuela, la del maestro animador-bibliotecario, que tenga los elementos clave, el entusiasmo y la formación necesaria para realizar esta función.
A modo de conclusión enumeramos las premisas básicas que hay que tener en cuenta para llevar a cabo con éxito un proceso de animación lectora, ya sea en la escuela o en cualquier otra institución educativa que se lo proponga:
El proceso es largo y concienzudo, pero siempre vale la pena. Acabamos con una cita del autor Gûnter Grass en la que se sueña un futuro próximo y esperanzador:
… y habrá lectores para los cuales los libros serán de nuevo una forma de supervivencia. Comienzo a ver niños y niñas hartos de televisión y aburridos con los juegos informáticos que se aíslan con un libro y se dejan llevar por la historia narrada… porque no hay un espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee.
Fuente: Rodríguez Abad Ernesto, Novell Iglesias Elvia. Animando a animar. Tenemos un plan: cómo estimular el goce lector. Madrid, Catarata, 2006.