Solo para niños
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Ana Marķa Machado

Nació en Río ciudad donde realizó estudios en Lenguas Románicas y comenzó en 1968 a dar clases de literatura brasileña.  Mientras preparaba la disertación para obtener el título de doctora, con una investigación sobre Guimaraes Rosa, comenzó a escribir cuentos para niños para una revista llamada Recreo.

Debido a la difícil situación política que vivió su país bajo el régimen militar y el hecho de que fue encarcelada, junto con su padre y sus tres hermanos, abandonó el país y viajó a Francia, donde nació su segundo hijo y terminó su disertación doctoral en la École Pratique d’Hautes Ètudes bajo la dirección de Roland Barthes, un ensayo que más tarde fue su primer libro, publicado en 1976, luego de su retorno al Brasil.

Durante su exilio escribió cuentos que enviaba a la revista, algunos de los cuales fueron censurados y tuvieron que esperar para ser publicados.

Ana María Machado al hablar de literatura para niños, hace claridad en la diferencia que existe entre los libros didácticos o escolares o los libros-juguete, que tienen cierto atractivo pero que definitivamente no tienen nada que ver con el arte de las palabras. “Sólo me ocupo de la literatura, de los textos que tratan las cuestiones fundamentales de la condición humana, que no intentan dar respuestas, sino que proponen, por el contrario, nuevas indagaciones sobre la experiencia humana.  Libros que utilizan el lenguaje de manera poética, explorando su ambigüedad y su complejidad, proponiendo una pluralidad de significados.  Textos que pueden ser leídos por los adultos con un intenso placer literario, pero que también pueden ser leídos y comprendidos a un nivel más superficial por los niños.”

Estos son algunas preguntas y respuestas de la entrevista hecha por Anne Diatkine del periódico Libération en noviembre de 1998.

¿Cómo se elige escribir para niños?

En Brasil  somos unos cuantos los que comenzamos en la literatura infantil cerca de 1969.  Pero, contrariamente a lo que sucedió con los escritores argentinos, nosotros jamás nos agrupamos.  1969 fue el año en que la dictadura brasileña (derrocada en 1985 por medio de la elección parlamentaria de un presidente civil) se endureció notablemente.  Los militares suprimieron el Parlamento, la prensa  los libros fueron censurados.  Entonces, unos cuantos tuvimos que ponernos a escribir simbólicamente y a través de metáforas, lo que hizo que nos deslizáramos hacia el terreno de la literatura juvenil, incluso sin que esto fuera voluntario.  No teníamos un contacto particular con los niños ni experiencia pedagógica alguna, pero resultó que esta literatura no era controlada, probablemente por ser subestimada.  Esta literatura era el único espacio libre.  Tanto que aparecieron héroes subversivos, que cuestionaban el orden, con un lenguaje ambiguo.  En las historias había una valorización de los sueños y un fuerte tinte político.  Ruth Rocha pudo publicar libros de título límpido, como Lo que los ojos no veían o El rey que no sabía nada.  Incluso, yo escribí en 1977, durante las primeras aperturas, Había una vez un tirano.  Más tarde, durante la transición hacia la democracia, cada uno siguió su propio camino, y mucos, como Giraldo, continuaron escribiendo para niños.

En Europa hay un cierto desánimo respecto de los problemas de lectura en los niños.  ¿Cómo explica esta diferencia?

Es cierto que en Brasil los niños, en su mayoría, están encantados cuando les regalan libros, y cuando hablan con los escritores sobre lo que leen.  Pero no se trata de cualquier libro.  A menudo, bajo el nombre de literatura infantil, existen atractivas ediciones europeas que disfrazan lecciones: cómo  sobrellevar el divorcio de los padres, cómo ser educados, etc.  Cuando estos libros son traducidos, en Brasil no funciona nada bien.  Y son libros muy bellos, bien impresos, papel de calidad, que disimulan cuentos pobres e ingenuos donde vemos un pequeño oso que se limita a buscar miel o lavarse los dientes e irse a la cama, tonterías de ese tipo… Historias sin conflictos, sin ambigüedades, que no plantean cuestiones éticas, que no exigen al lector hacer sus propios cuestionamientos frente al mundo.  Esos pueden ser bellos libros infantiles, pero no son ejemplos de lo que es la literatura infantil.  Y estoy segura de que lo que realmente entusiasma a los lectores es la literatura, la exploración poética del lenguaje.  En el caso de los niños, generalmente es un relato que se desarrolla en varios niveles de comprensión, que puede crecer cuando el niño crece.  No hay que engañarse: los libros que carecen de interés para los adultos, aburren de igual modo a los niños.  Y los niños que no tienen libros son tan exigentes como los otros.  Aun corriendo el riesgo de parecer pretensiosa, yo explicaría en parte el cansancio de los niños por la inflación de los títulos y por su baja calidad.  La energía que me lleva a escribir para los niños es la misma que me lleva a la literatura, en resumen: ver las palabras, como lo sentía Barthes, la lengua, los tesoros que se encuentran ocultos en una simple frase.  De mis libros, uno de los que mejor ha funcionado, Bisa Bea, es autobiográfico, aun si los hechos que presenta el cuento nunca me sucedieron a mí.  Una niña encuentra y luego pierde un retrato de su bisabuela.  Descubre que a partir de ese momento la anciana vive en ella  le ofrece todo tipo de consejos.  Poco a poco ella comienza a escuchar igualmente la voz de su futura bisnieta, que también se pone a cuestionarla.  Cuando escribí este cuento, pasaba por un momento difícil.  Había estado muy enferma y el tratamiento me había hecho perder el dominio del lenguaje.  Sé exactamente cómo las emociones de esta niña se hacen eco de aquello que yo vivía en ese momento de manera trágica.

Ana María Machado respondió, de igual forma algunas preguntas de Gigliola Zecchin en las X Jornadas para Docentes y Bibliotecarios de la Feria del Libros Infantil y Juvenil en Buenos Aires en 1999.

A la hora de leer, ¿elige siempre la gran literatura o también lee libros de género?

Yo creo que son momentos distintos.  Como dices, yo tengo mucho gusto, mucho placer, en leer libros típicamente de género cuando están bien hechos. La literatura es una gran morada, una gran casa donde cabe mucho, y libros muy distintos los unos de los otros, en fin.  Lo que queda para cada uno es el número de veces que uno lo repite, después, en su memoria.  La multiplicación de huellas que una lectura deja, la duración de vestigios.  El número de veces que esa lectura vuelve y se carga de nuevo sentido, perteneciendo cada vez más al lector.  Esta mañana yo pensé mucho en esto, porque abrí el periódico y leí referencias al centenario de Hemingway, y lo digo en público como lo he dicho otras veces, no es exactamente mi autor favorito, pero pocos me habrán marcado tanto.  Como alguien que conoce su oficio, me cedió un ejemplo de estilo, no para escribir como él, pero para saber que uno se puede poner un objetivo tan difícil y lograrlo, como hizo él.  Entonces en un ejemplo de trayectoria, de conciencia de su oficio.  Y empecé a pensar pero qué de Hemingway me quedó tanto, así.  Lo pensé esta mañana, mientras escribía mi diario.  No serán las grandes novelas en general, pero sí El viejo y el mar, sí una novela corta que se llama La vida corta y feliz de Francis McComber, que es una obra maestra, y los cuentos, y se sobre todo su lenguaje, esa manera que tiene, el universo que crea con eso -en realidad, la calidad literaria que tiene en el conjunto-.  Sin embargo, creo que algunos de sus libros tienen menos… esos aspectos no están ahí.  Y creo que la diferencia entre leer una obra sólo de género –ahora sí volviendo a esto- y una obra literaria es que la segunda es inmortal porque tú la llevas contigo siempre viva después por el resto de tus días.  Ha algo distinto en ella: la capacidad de hacerse múltiple, reapropiable y duradera.  La disponibilidad que tiene de estallar siempre otra vez.

Fuente: Machado Ana María, Montes Graciela,  Literatura infantil: creación, censura y resistencia, traducción del portugués (capítulos 1, 8 y 11) Rosa Corgatelli, traducción del francés (capítulos 3, 5 y 7) Constanza Duhalde, Buenos Aires: Sudamericana, 2003

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