Partiendo de la realidad, de la expresión espontánea del niño y de las distintas situaciones comunicativas, los nuevos métodos educativos se esfuerzan por hacer revivir la literatura del pasado, integrándola a la experiencia del niño, hacer que el niño la asuma, dándole nuevas raíces.
Se multiplican las iniciativas destinadas a estimular la expresión y la comunicación del niño: “talleres literarios”, debates, encuentros con los escritores, etc., que no pretenden transformar a los alumnos en escritores o en críticos profesionales sino simplemente ayudarlos a expresarse y a ubicar la “obra de arte” entre el resto de las formas humanas de comunicación.
El niño del tercer milenio está sometido a los estímulos de múltiples redes de información: afiches, publicidad en sus diversas formas, diarios, radio, televisión, etc. Para llevarlo al libro hay que partir de esta realidad, enseñarle a distinguir los textos (y las imágenes) que sólo pretenden alinearnos de los que informan y hacen reflexionar.
Ya no podemos, como antes, imponerles a los alumnos los “clásicos” como si se tratase de obras de arte intemporales; será mejor elegir contemporáneos (por ejemplo Prévert, Desnos, Ponge, Vian), más cercanos a los intereses de los niños de hoy, para después remontar en el tiempo hasta Charles d’Orleans y Villon.
Ya no podemos desconocer los aportes de la semiología, de la lingüística y, en un sentido general de la antropología, y corresponde que vayamos introduciendo algunos conceptos, pero sin asustar a los chicos con la terminología técnica: podemos hablar de denotación connotación, metáfora o hipótesis de trabajo, pero con mucha prudencia y redefiniendo los términos cada vez que vuelvan a aparecer.
Será mejor explicar las reglas gramaticales a través de algún texto donde se pongan en evidencia y no como reglas aisladas, y, en general, tendremos que privilegiar siempre el sentido de lo que se lee, antiguo o moderno, ligándolo con las cuestiones que nos preocupan como contemporáneos, como el sexismo o el racismo, por ejemplo.
Debemos acostumbrarnos a respetar y a utilizar al máximo las adquisiciones de los niños, tener en cuenta sus aportes, por ejemplo permitiéndoles leer y opinar acerca de los textos, tanto cuando se trata de teatro leído como de textos narrativos. Es un método simple y seguro para que los niños se inicien en los problemas de la enunciación, y aprendan a dominar a la vez la comprensión de una obra y su ortografía.
Una lección de lengua no debería ser jamás una simple lección de gramática o de sintaxis sino más bien una iniciación a los problemas históricos, sociales y humanos que plantea un texto. Las picardías de Scapin de Molière se podrá abordar interesando a los niños en la cuestión de la delincuencia durante el reinado de Luis XIV (ya que Scapin, conviene recordar, fue un bandido); a través de Las mujeres sabias, Las preciosas ridículas y La escuela de las mujeres se podrá discutir acercad e la evolución de las mentalidades y de los derechos cívicos y políticos de las mujres, cuestión que sigue lejos de haberse resuelto del todo.
En esta época en que vivimos ya es impensable una enseñanza magistral, impuesta desde afuera a una masa de alumnos pasivos. El docente debe ser un animador. Y será bueno que se acostumbre a utilizar al máximo el poder de la voz, su propia voz y la de sus alumnos, ya que uno de los objetivos es, precisamente, mostrar que los libros pueden hablar con voces y lenguajes diferentes. De ese modo podrá ir rellenando poco a poco el abismo que hay para muchos niños y jóvenes entre lo oral, que practican, y lo escrito e impreso, de lo que desconfían.
Tal vez haya algunos “intelectuales tradicionales” a los que estos nuevos métodos les despierten inquietud, por parecerles un brusco cambio de dirección y una concesión excesiva a los “gustos modernos”. Habrá que explicarles, con paciencia que no es así: estas estrategias no son, en definitiva, sino la profundización de viejos métodos pedagógicos y la adaptación a las necesidades de un público escolar nuevo, tomando en cuenta los aportes de la psicología y del psicoanálisis aplicado a la educación.
Sin embargo, hay al menos un punto en el que “antiguos y “modernos” estarán sin duda de acuerdo: el fin de la enseñanza es y seguirá siendo atender al interés del niño; se trata no sólo de que aprenda a leer sino de que ame la lectura. Ya que el libro, en este universo de imágenes obsesivas que es nuestro, resulta un instrumento de reflexión y de reencuentro de uno mismo realmente irreemplazable y cada vez más necesario para la adquisición del espíritu crítico.
Tomado de:
Soriano Marc, La literatura para niños y jóvenes: guía de exploración de sus grandes temas, traducción, adaptación y notas de Graciela Montes, Buenos Aires: Ediciones Colihue, p. 271-273