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INDICE
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CAPÍTULO V
Cuando Gluck se dio cuenta de que Schwartz no volvía, se sintió muy
afligido y sin saber qué hacer. No tenía dinero y se vio obligado a
emplearse otra vez con el orfebre, que lo hacía trabajar muy duro y
le pagaba muy mal. Así que, después de un mes o dos, Gluck terminó
cansándose y resolvió ir a probar fortuna con el Río de Oro.
"El reyecito parecía muy bondadoso -pensó-. No creo que me
vaya a convertir en una piedra negra". De modo que acudió
donde el sacerdote, y el sacerdote le dio un poco de agua bendita
tan pronto se la solicitó. Entonces Gluck puso un poco de pan en
una cesta, tomó el frasquito de agua y partió muy temprano hacia
las montañas.
Si el glaciar había dejado exhaustos a sus hermanos, fue veinte
veces peor para él, que no era tan fuerte ni tan baquiano en cosas
de los montes. Sufrió varias caídas feas, perdió la cesta con el
pan y se asustó mucho con los extraños ruidos bajo el hielo. Se
echó en la hierba a descansar un rato largo, tras haberlo cruzado,
y comenzó a escalar la cuesta justo a la hora más caliente del día.
Tras una hora de trepar se puso muy sediento, y ya iba a beber,
como sus dos hermanos, cuando vio bajar por el sendero a un anciano
de aspecto muy débil que se apoyaba en un bastón.
-Hijo mío -dijo el viejo-, desfallezco de sed. Dame un poco de esa
agua.
Entonces Gluck lo miró con cuidado y, al verlo pálido y agotado, le
dio el agua.
-Lo único, por favor, es que no se la tome toda -dijo Gluck.
Pero el viejo bebió cantidades y le devolvió el frasco vacío en dos
terceras partes. Luego le deseó un buen progreso y Gluck partió
lleno de alegría. Y el sendero se hizo menos arduo bajo sus
plantas, y le brotaron manojitos de hierba y los grillos empezaron
a cantar en las orillas, y Gluck pensó que nunca había oído un
canto más alegre.
Prosiguió así durante otra hora y la sed fue creciendo hasta
tentarlo de nuevo a beber. Pero al alzar el frasco vio al niñito,
que yacía acezando a la vera del camino y con voz lastimera pedía
agua. Entonces Gluck luchó contra su voluntad y decidió aguantar la
sed un rato más; y llevó el frasco a los labios del niño, que bebió
toda el agua salvo unas cuantas gotas y acto seguido le sonrió, se
puso en pie y echó a correr cuesta abajo. Gluck se quedó mirándolo
hasta que se volvió pequeño como un lucerito, y luego dio la vuelta
y reanudó el ascenso. Y nacieron entonces toda clase de dulces
flores en las peñas, un musgo verde claro con flores estrelladas de
color rosa pálido, y afelpadas gencianas en campana, más azules que
el cielo más profundo, y lirios blancos y puros y traslúcidos. Y de
un lado a otro volaban mariposas granates y moradas; y el cielo
vertía una luz tan pura, que Gluck se sintió más feliz que nunca en
la vida.
Con todo, tras escalar durante otra hora la sed se volvió a hacer
insoportable; y al ver el frasco comprobó que quedaban apenas cinco
o seis gotas y no se atrevió a beber. Se colgaba otra vez el frasco
al cinto cuando avistó al perrito tendido en las rocas, jadeante,
tal cual lo había visto Hans el día de su ascenso. Y Gluck se
detuvo a mirarlo, y luego al Río de Oro, que estaba a unos
doscientos metros sobre su cabeza; y pensó en las palabras del
enano, según las cuales sólo era posible tener éxito en el primer
intento. Y trató de pasar de largo frente al perro, pero éste gimió
lastimosamente y Gluck volvió a hacer alto. "Pobre
criatura -se dijo Gluck-. Si no la ayudo, estará muerta para cuando
yo baje". Entonces la miró más de cerca, y uno de sus ojos
se volvió hacia él con tal tristeza, que no se aguantó más.
- ¡Al diablo con el rey y con su oro! -exclamó Gluck, y abriendo el
frasco derramó toda el agua en la boca del perro.
El perro se paró de un salto en las patas traseras. Su cola
desapareció, las orejas se le fueron alargando y se volvieron
sedosas y doradas, la nariz se le puso muy roja y los ojos
empezaron a chispearle. En tres segundos el perro había
desaparecido y Gluck quedó en presencia de su viejo conocido, el
rey del Río de Oro.
-Gracias -dijo el monarca-. Pero no te asustes, que todo está bien
-pues Gluck mostraba claros síntomas de inquietud por tan
inesperada respuesta a su última exclamación-. ¿Por qué no viniste
antes -continuó el enano-, en lugar de mandarme a esos pillos de
tus hermanos, para que yo tuviera que tomarme la molestia de
convertirlos en piedras? Y muy duras que están, si a eso
vamos.
- ¡Ay pobre de mí! -se quejó Gluck-. ¿De verdad fue usted así de
cruel?
- ¡Cruel! -repitió el enano-. Arrojaron agua impura en mi
corriente. ¿Crees que yo iba a permitir eso?
-Bueno -dijo Gluck-, yo estoy seguro, señor... Su Majestad, quiero
decir... de que sacaron el agua de la pila de la iglesia.
-Es muy probable -replicó el enano-, pero-y asumió una expresión
severa al decir esto- el agua que se niega al clamor de los
desfallecientes y los moribundos es impura, así haya sido bendecida
por todos los santos del cielo. Y el agua que se encuentra en el
recipiente de la misericordia es agua bendita, así haya sido
profanada con cadáveres.
Dicho esto, el enano se inclinó y arrancó un lirio que crecía a sus
pies. En sus pétalos blancos había tres gotas de rocío
transparente. Y el enano las sacudió en el frasco que Gluck tenía
en la mano.
-Arrójalas al río -dijo- y baja por el otro lado de la montaña al
Valle del Tesoro. Y anda, pues, a buen paso.
Mientras hablaba, la figura del enano se fue haciendo borrosa. Los
cambiantes colores de su manto conformaron una niebla tornasolada
de vaporosa luz. Por un instante estuvo envuelto en ella, como en
la banda de un amplio arco iris. Los colores se fueron
desvaneciendo, la niebla se elevó por los aires... el monarca se
había esfumado.
Y Gluck trepó hasta el borde del Río de Oro, y sus aguas estaban
claras como el cristal y brillantes como el sol. Y cuando arrojó
las tres gotas de rocío en la corriente, en el lugar donde cayeron
se abrió un pequeño remolino circular por el cual se escurría una
parte de las aguas con un sonido musical.
Gluck se quedó mirándolo por un rato, no sólo muy decepcionado
porque el río no se había vuelto de oro, sino también porque su
caudal parecía haberse reducido bastante. Así y todo obedeció a su
amigo el enano y bajó por el otro lado de la montaña hacia el Valle
del Tesoro, y en el trayecto creyó escuchar un ruido de agua
abriéndose camino bajo la tierra. Y cuando divisó el Valle del
Tesoro, he ahí que un río similar al Río de Oro manaba de una nueva
hendidura entre las peñas altas y fluía en arroyos incontables
entre los áridos montículos de las arenas rojas.
Y mientras Gluck contemplaba todo aquello, una hierba lozana brotó
a la orilla de los nuevos arroyos, y las enredaderas crecieron y
treparon por el suelo humedecido. Y en las riberas se abrieron de
repente flores frescas, tal como brotan las estrellas cuando muere
el crepúsculo, y las frondas de los mirtos y los zarcillos de las
vides proyectaron sus largas sombras por el valle al ir creciendo.
Y de esa manera el Valle del Tesoro volvió a ser un jardín, y la
heredad, que la crueldad había perdido, fue recobrada gracias al
amor.
Y Gluck se fue a vivir al valle, y los pobres jamás fueron
expulsados de su puerta; y así sus silos se llenaron de trigo, y de
tesoros su morada. Y el río se había convertido para él, conforme
lo había prometido el enano, en un Río de Oro.
Y hoy en día los habitantes del valle enseñan el lugar donde
cayeron las tres gotas de rocío y rastrean el curso subterráneo del
Río de Oro hasta que sale al Valle del Tesoro. Y en la cima de la
cascada del Río de Oro todavía se ven DOS PIEDRAS NEGRAS, en torno
de las cuales braman lúgubremente las aguas a cada atardecer. Y
esas piedras siguen siendo llamadas por la gente del valle LOS DOS
HERMANOS NEGROS.
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