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CAPÍTULO IV


El pobre Gluck esperaba muy ansioso y a solas en la casa el regreso de Hans. Al ver que no volvía se llenó de miedo y fue a la cárcel a contarle a Schwartz todo lo que había sucedido. Entonces Schwartz se mostró muy complacido y dijo que con seguridad Hans se había convertido en una piedra negra, así que todo el oro sería para él. Pero Gluck estaba muy afligido y lloró toda la noche. Cuando se levantó por la mañana no había pan en la casa, ni dinero, de modo que Gluck fue a emplearse con otro orfebre, y trabajó tan duro y con tal pulcritud y tantas horas cada día, que pronto reunió el dinero para pagar la multa de su hermano, y fue a entregárselo todo a Schwartz y Schwartz salió de la cárcel. Y ahora Schwartz sí que estaba contento, y dijo que era hora de ir por el oro del río. Pero Gluck le rogó que únicamente fuera a ver qué había sido de Hans.
Y bien, cuando Schwartz se enteró de que Hans había robado el agua bendita, pensó para sí que tal procedimiento podría no ser considerado muy correcto por el rey del Río de Oro y decidió manejar mejor las cosas. Tomó una parte del dinero de Gluck y acudió donde un sacerdote malo que a cambio de éste le dio con gusto un poco de agua bendita. Schwartz quedó convencido de que todo estaba bien. Así que Schwartz madrugó al otro día antes de que saliera el sol y guardó un poco de pan y vino en una cesta y el agua bendita en un frasco, y partió hacia las montañas. Como su hermano, se sorprendió bastante al ver el glaciar y le costó mucho trabajo atravesarlo, aun después de abandonar la cesta. Era un día despejado, mas no claro; había en el cielo una densa calima purpurina y las lomas se veían sombrías y amenazadoras. Y cuando Schwartz escalaba el sendero de rocas escarpadas la sed lo acometió como había pasado con su hermano, hasta que se llevó el frasco a los labios para beber un poco. Entonces vio al niño rubio tendido junto a él en el cascajo y lo escuchó clamar por agua.
-Agua... ¡No faltaba más! -dijo Schwartz-. ¡Si no me alcanza para mí! -y siguió de largo.
Y de nuevo la luz pareció apagarse ante sus ojos, y alzó la vista, y he allí que una niebla del color de la sangre había tapado el sol; y el negro nubarrón se había elevado a gran altura y sus bordes se revolvían y agitaban como las olas de un mar enfurecido. Y arrojaban largas sombras que serpenteaban a lo largo del camino.
Schwartz continuó trepando por otra hora y de nuevo fue presa de la sed, y al llevarse el frasco a los labios creyó ver a su hermano Hans abatido y exhausto en el sendero. Y, al precisarla, la figura extendió los brazos hacia él y le imploró un poco de agua.
- ¡Ja, ja! -rió Schwartz- . ¿Eres tú? Recuerda los barrotes de la cárcel, hermanito. ¡Agua, de veras! ¿Crees que la subí hasta acá para dártela a ti?
Y pasó por encima de la forma. Sin embargo, al salvarla creyó ver en sus labios un extraño gesto burlón. Y cuando había avanzado unos cuantos pasos miró atrás, pero la forma había desaparecido.
Y un terror repentino asaltó a Schwartz, no sabía por qué. Pero la sed de oro triunfó sobre su miedo, y partió a toda marcha. Y el negro nubarrón se elevó hasta el cenit y empezó a despedir rayos en espiral, y las tinieblas parecían abultarse y flotar en oleadas entre un chispazo y otro por todo el firmamento. Y los cielos por donde el sol se hundía estaban todos planos como un lago de sangre; y un fuerte ventarrón brotó de aquellos cielos y rasgó sus encendidos arreboles en jirones y los diseminó entre las tinieblas. Y cuando Schwartz llegó al salto, el Río de Oro tenía las olas negras como nubes de tormenta, pero su espuma parecía de fuego; y el rugido de las aguas al fondo y el tronar de las alturas se fundieron cuando arrojó el frasco en la corriente. Y en ese instante un fogonazo le deslumbró la vista y la tierra cedió bajo sus pies y las aguas ahogaron su alarido. Y el gemido del río se elevó enfurecido en las tinieblas, ahora que se precipitaba sobre DOS PIEDRAS NEGRAS.

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