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CAPÍTULO III


El rey del Río de Oro no terminaba de hacer la insólita salida relatada en el capítulo anterior, cuando ya Hans y Schwartz entraban a la casa armando un alboroto, bestialmente borrachos. El descubrimiento de la pérdida total de su última pieza de oro los puso lo suficientemente sobrios como para tenerse en pie frente a Gluck y golpearlo con mucho pulso durante un cuarto de hora, período tras cuyo vencimiento se dejaron caer en sendas sillas y exigieron saber qué tenía él para decir en su defensa. Gluck les contó su historia, de la cual, por supuesto, no creyeron ni una palabra. Volvieron a golpearlo hasta cansarse de los brazos y después fueron a acostarse dando tumbos. Por la mañana, sin embargo, la firmeza con que Gluck se aferraba a su versión le ganó cierto grado de credibilidad y tuvo la inmediata consecuencia de que los dos hermanos, tras largo rato de discutir el espinoso asunto de cuál de ellos sería el primero en probar fortuna, sacaron las espadas y se trabaron en un duelo. El ruido de la riña alarmó a los vecinos, quienes, al descubrir que no podían apaciguar a los combatientes, mandaron por el alguacil.
Al oír esto, Hans se las arregló para escaparse y esconderse. Pero Schwartz fue llevado ante el juez, multado por perturbar la paz y, como en la noche anterior se había bebido hasta el último centavo, fue encarcelado en tanto no pagara.
Hans se alegró grandemente al enterarse de esto y resolvió partir de inmediato hacia el Río de Oro. La cuestión era cómo conseguir el agua bendita. Fue donde el sacerdote, pero éste no podía darle agua bendita a un personaje tan vicioso. Así que Hans acudió esa noche al servicio de vísperas por primera vez en la vida y, fingiendo persignarse, hurtó una taza de agua y regresó a casa victorioso.
Al otro día se levantó antes del amanecer, guardó el agua bendita en un frasco resistente y dos botellas de vino y un poco de carne en una cesta, se la echó a la espalda, tomó el bastón de escalar y partió hacia la cordillera.
Para salir de la ciudad tenía que pasar por la cárcel. Al mirar por la ventana vio ni más ni menos que al mismísimo Schwartz, quien atisbaba por entre los barrotes con cara de profundo desconsuelo.
-Buenos días, hermano -saludó Hans-. ¿Tienes algún mensaje para el rey del Río de Oro?
Schwartz tan sólo acató a rechinar los dientes y sacudir los barrotes con todas sus fuerzas; pero Hans se limitó a reírse de él, le aconsejó que se pusiera cómodo hasta que regresara, se puso el cesto al hombro, le agitó el frasco de agua bendita en la cara hasta que otra vez lo puso a echar chispas y se marchó con el mejor humor del mundo.
La mañana, en efecto, era como para poner feliz a cualquiera, así no hubiera Río de Oro que buscar. El valle despertaba bajo una capa de neblina perlada a través de la cual descollaban las montañas, cuyos morros más bajos, en sombras de un gris claro, se distinguían apenas del vapor suspendido. Pero se iban alzando hasta captar la luz del sol, que bañaba con vivos toques de color rojizo los riscos angulosos y traspasaba con largos rayos horizontales los estribos, sembrados de pinos como lanzas. Más arriba se erguían las grandes moles rojas y escarpadas de unos peñascos en forma de castillos, partidos y astillados en un sinfín de figuras fantásticas, acá y allá surcados por luminosas vetas de nieve que descendían por los abismos como centellas que se fueran bifurcando; y mucho más lejanas y mucho más altas que todo eso, más tenues que las nubes mañaneras pero también más puras e inmutables, dormían, en el cielo azul, las remotas cumbres de las nieves eternas.
El Río de Oro, que brotaba de uno de los picos más bajos y sin nieve, estaba casi todo cubierto por las sombras, a excepción de los chorros de rocío más altos, que se elevaban como humaredas lentas sobre la línea ondulante de la catarata y se esfumaban en volutas tenues al soplo de la brisa matinal.
En esa y sólo en esa meta fijaba Hans la vista y el pensamiento. Olvidando la distancia que tenía que recorrer, arrancó a un paso desmedido que lo traía ya exhausto antes de coronar la primera y más baja serie de lomas verdes. Más aún, tras escalarlas se llevó la sorpresa de encontrarse con que un gran glaciar, cuya existencia, no obstante lo bien que conocía las montañas, ignoraba por completo, se interponía entre su persona y el nacimiento del Río de Oro. Se adentró en él con la audacia de un montañista experimentado; pero se le hizo que nunca antes en la vida había atravesado un glaciar tan raro y peligroso. El hielo era extremadamente liso, y desde el fondo de las grietas surgía el ruido caprichoso de unas aguas que manaban a borbollones; no apagado y monótono sino cambiante y fuerte, sonando por momentos como una música salvaje y luego disipándose en tonos bruscos y melancólicos, o en gritos súbitos que parecían voces humanas presas de la aflicción o del dolor. El hielo estaba fragmentado en miles de formas indistintas, pero ninguna de ellas, pensaba Hans, era la forma ordinaria del hielo astillado. Parecía haber una curiosa |expresión en sus contornos, un perpetuo parecido con rostros vivos, deformes y llenos de desprecio. Muchedumbres de sombras engañosas y luces mortecinas danzaban y flotaban por el aire y contra los picachos de color azul claro, ofuscando y confundiendo la vista del caminante, al tiempo que el rugido y el aluvión constantes de las aguas ocultas le ensordecían los oídos y le aturdían la cabeza. Estas penosas circunstancias lo iban agobiando a medida que avanzaba. El hielo se vencía y se abría en frescas grietas a sus pies, y las inestables agujas se tambaleaban a su alrededor y caían en su camino con fragores de trueno; y aunque en más de una ocasión se había enfrentado a estos peligros en los glaciares más terribles y bajo las más inclementes condiciones, lo atenazaba una desconocida y aplastante sensación de pánico cuando saltó la última grieta y se arrojó, agotado y tembloroso, en la firme ladera de la montaña.

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