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Mediante un gran esfuerzo Gluck recobró el uso de sus extremidades, sujetó el crisol y lo ladeó para verter el oro. Pero en vez de un chorro líquido, salieron, al principio, dos finas piernecitas amarillas, después unos faldones de casaca, luego dos brazos apoyados en las caderas y, por último, la familiar cabeza de su viejo amigo de la jarra, objetos todos ellos que, uniéndose a medida que brotaban, se plantaron firmemente en el suelo, en la forma de un enanito dorado de unos cincuenta centímetros de altura.
- ¡Bien hecho! -dijo el enano, estirando primero las piernas y luego los brazos, y meneando la cabeza arriba y abajo y girándola luego hacia los lados todo lo que podía, durante cinco minutos seguidos, al parecer con el objeto de comprobar si estaba armado correctamente, mientras Gluck lo contemplaba mudo de asombro. Llevaba una casaca acuchillada, de un tejido de oro de textura tan fina, que se tornasolaba con los colores del iris como la superficie de una madreperla. Y, sobre la reluciente casaca, el cabello y la barba le caían hasta la mitad del cuerpo, en rizos tan exquisitamente delicados, que a Gluck le costaba distinguir en dónde terminaban: parecían desvanecerse en el aire. Las facciones del rostro, sin embargo, no exhibían en modo alguno un acabado de similar delicadeza. Eran más bien burdas, con una tez que tiraba un poquito a cobriza, y daban muestra, por la expresión, de un carácter muy porfiado y huraño por parte de su pequeño propietario. Cuando el enano terminó de examinarse, le clavó los ojitos penetrantes a Gluck y se quedó mirándolo fijamente durante un minuto o dos.
-No, no lo sería, mi querido Gluck -dijo el hombrecito.
Ése sí que era un modo más bien abrupto e inconexo de iniciar una conversación. Podía, claro, suponerse que se refería al hilo de los pensamientos de Gluck, que en un principio habían suscitado los comentarios del enano dentro del crisol. Pero, se refiriese a lo que fuera, Gluck no se sentía inclinado a discutir esa sentencia.
- ¿No lo sería, señor? -preguntó Gluck con toda sumisión y suavidad.
-No -dijo el enano de modo concluyente-. No, no lo sería.
Dicho esto, el enano se caló la capucha hasta las cejas y dio dos vueltas de un metro de largo por el taller, levantando las piernas muy arriba y asentándolas duro contra el piso. Aquella pausa le dio tiempo a Gluck para ordenar un poco sus pensamientos. Al concluir que no había razón para mirar con miedo al diminuto visitante, y sintiendo que la curiosidad vencía al asombro, se arriesgó a formularle una pregunta bastante delicada.
-Perdóneme, señor, pero, ¿usted era mi jarra?-preguntó, titubeante.
Al oír esto el hombrecito giró en seco, fue directo hacia Gluck y se irguió cuan alto era.
-Yo -dijo el hombrecito-, soy el rey del Río de Oro.
Acto seguido le volvió a dar la espalda y dio otras dos vueltas por el taller, de dos metros de largo, para dar tiempo a que se disipara la consternación que el anuncio había producido en su oyente. Hecho esto, volvió hasta donde estaba Gluck y se plantó en el sitio, como a la espera de algún comentario sobre aquel aviso.
Gluck decidió decir algo, de todos modos:
-Espero que Su Majestad se encuentre bien-dijo.
- ¡Escucha!-dijo el hombrecito, sin dignarse responder a la cortés pregunta-. Soy el rey del que ustedes los mortales llaman Río de Oro. La forma en que me ves se debe a la maldad de un rey más poderoso, de cuyas brujerías acabas de librarme en este instante. Lo que he visto de ti y de tu conducta con tus perversos hermanos me ha puesto en disposición de serte útil. Presta atención, por tanto, a lo que digo: si alguien sube a la cima de la montaña de la que brota el Río de Oro y deja caer tres gotas de agua bendita en su nacimiento, el río se volverá de oro, para él y sólo para él. Pero nadie que falle en el primero tendrá éxito en un segundo intento; y si alguien arroja agua impura, el río lo arrollará y quedará convertido en una piedra negra.
Dicho esto, el rey del Río de Oro se dio vuelta y con toda intención se introdujo en medio de la llama más candente del horno. Su figura se puso roja, blanca, transparente, deslumbrante -un resplandor de luz intensa- se elevó, retembló y desapareció. El rey del Río de Oro se había evaporado.
- ¡Ay!-exclamó el desdichado Gluck, corriendo a buscarlo por el cañón de la chimenea-. ¡Ay, pobre, pobre, pobre de mí! ¡Mi jarra! ¡Mi jarra! ¡Mi jarra!

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