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CAPÍTULO II


Viento del Suroeste, gentilhombre, cumplió con su palabra. Después de la trascendental visita arriba relatada no volvió a verse por el Valle del Tesoro; y, peor aún, tenía tanta influencia sobre sus parientes, los Vientos del Oeste en general, y la empleó con tanta eficacia, que todos adoptaron una línea de conducta similar. De manera que año tras año no cayó lluvia alguna sobre el valle. Aunque todo se mantenía verde y floreciente en las llanuras bajas, la heredad de los tres hermanos era un yermo. Las que fueran antaño las tierras más fértiles del reino se convirtieron en unos movedizos arenales colorados; y los hermanos, incapaces de seguir luchando con los cielos adversos, abandonaron con desconsuelo el inservible patrimonio y partieron en busca de algún modo de ganarse la vida entre las poblaciones y las gentes de los llanos. Todo su caudal se había evaporado y sólo les quedaban unos cuantos cubiertos de oro, curiosos y anticuados, últimos restos de su dinero mal habido.
- ¿Y si nos volvemos orfebres? -preguntó Schwartz a Hans mientras entraban en la gran ciudad-. Es una buena ocupación de pícaros. Le podemos mezclar un montón de cobre al oro sin que nadie lo note.
Convinieron en que era una idea muy buena, alquilaron un horno y se hicieron orfebres. Pero dos pequeños detalles perjudicaron el negocio: el primero, la gente no aprobaba lo del cobre en el oro; el segundo, los hermanos mayores, cuando vendían algo, solían dejar al pequeño Gluck al cuidado del horno y salían a beberse el dinero en la taberna del lado. Así pues, fundieron todo el oro sin sacarle ganancias suficientes para comprar más, y a la larga quedaron reducidos a una gran jarra de beber que un tío le había regalado al pequeño Gluck y que él apreciaba mucho y de la cual no se habría separado por nada en el mundo... si bien tomaba en ella únicamente agua o leche. La jarra tenía un aspecto muy peculiar. El asa estaba formada por dos trenzas de cabellos de oro, tan finamente entretejidos que parecían más de seda que de metal, y las trenzas bajaban hasta confundirse con unas patillas y una barba de la misma exquisita filigrana, las cuales enmarcaban y adornaban una carita muy feroz, del oro más rojo que quepa imaginarse, en todo el centro de la jarra, con un par de ojos que parecían dominar toda su circunferencia. Era imposible beber de ella sin verse sujeto a la intensa mirada de refilón de aquellos ojos; y Schwartz juraba que en una ocasión, tras diecisiete veces de apurarla repleta de vino del Rin, ¡le había guiñado un ojo! Cuando a la jarra le llegó el turno de ser convertida en cucharas, el corazón estuvo a punto de partírsele al pequeño Gluck. Pero los hermanos se limitaron a burlarse de él, arrojaron la jarra en el crisol y salieron haciendo eses para la taberna; dejándolo, como de costumbre, encargado de vaciar el oro en barras cuando estuviera fundido.
Cuando se hubieron ido, Gluck le lanzó un vistazo de despedida a su viejo amigo en el crisol. Había perdido todo el pelo ondulado; le quedaban apenas la nariz roja y los ojos chispeantes, que parecían más taimados que nunca. "Y es muy natural -pensó G!uck-, después de haber sido tratado de ese modo". Se arrimó lleno de desconsuelo a la ventana y se sentó a tomar el aire fresco de la tarde para escapar del caluroso soplo del horno. Ahora bien, la ventana tenía vista directa de la sierra que, como dije antes, se alzaba alrededor del Valle del Tesoro, y en particular del pico del que se despeñaba el Río de Oro. Caía ya la tarde, y cuando Gluck se sentó al pie de la ventana divisó los riscos de las cimas, teñidos de violeta y carmesí por el crepúsculo; y había jirones de fieros arreboles que ardían y tremolaban en torno a ellos; y el río, que rutilaba por encima de todos ellos, se desprendía de salto en salto como una ondulante columna de oro puro, cruzada por un doble y dilatado arco iris de púrpura que refulgía y se opacaba por turnos en las volutas de agua pulverizada.
- ¡Ah! -dijo Gluck en voz alta, tras contemplarlo por un rato- ¡Sería maravilloso que ese río fuera de veras todo de oro!
-No, no lo sería, Gluck -dijo una clara voz metálica junto a su oído.
- ¡Válgame Dios! ¿Quién es? -exclamó Gluck, dando un bote.
No había nadie allí. Miró a su alrededor y bajo la mesa y varias veces por la espalda, pero indudablemente allí no había nadie, y se volvió a sentar al pie de la ventana. Ahora no lo dijo en voz alta, pero no pudo menos de pensar otra vez que sería muy conveniente que el río fuera de veras de oro puro.
-En absoluto, jovencito -dijo la misma voz, más alta que antes.
- ¡Válgame Dios! -volvió a decir Gluck-. ¿Quién es?
Volvió a mirar en todos los rincones y en las cómodas y se puso después a dar vueltas y vueltas tan rápido como podía, en el centro del cuarto, pensando que había alguien detrás de él, cuando la misma voz volvió a sonar a sus oídos. Ahora cantaba con mucha alegría: Lala lira la; sin palabras, sólo una melodía suave y efervescente, algo así como una tetera al hervir. Gluck se asomó por la ventana. No, la voz estaba sin duda dentro de la casa. En el piso de arriba y en el de abajo.
No, ahora estaba seguro de que estaba en el propio taller, sonando a un ritmo cada vez más rápido y con notas más claras: Lala lira la. De pronto Gluck se dio cuenta de que sonaba más duro junto al horno. Corrió hasta la boca de éste y miró adentro. Si, estaba en lo cierto: parecía venir, no sólo del horno, sino del propio crisol. Lo destapó y retrocedió lleno de pavor, pues el crisol cantaba realmente. Se hizo en el rincón más apartado del taller, con las manos alzadas y la boca abierta, durante uno o dos minutos, hasta que el crisol dejó de cantar y aclaró la voz y empezó a hablar.
- ¡Hola!-le dijo.
Gluck no le respondió.
- ¡Hola, Gluck, mi querido muchacho! -dijo el crisol de nuevo.
Gluck hizo acopio de todas sus fuerzas, caminó hasta el crisol, lo sacó del horno y miró adentro. El oro estaba fundido y su superficie se veía tan lisa y tan pulida como un río. Pero en vez de reflejar la cabeza asomada del pequeño Gluck, su mirada se topó, por debajo del oro, con la roja nariz y los ojos penetrantes de su viejo amigo de la jarra, mil veces más roja ella y ellos más penetrantes de como los había visto en la vida.
-Vamos, Gluck, mi muchacho -volvió a decir la voz desde el crisol-. Estoy bien. Viérteme.
Pero Gluck estaba demasiado atónito para hacer algo así.
-Te digo que me viertas -dijo la voz con cierta aspereza.
Pero Gluck seguía sin poder moverse.
- ¿Vas a vaciarme o no? -dijo la voz, acaloradamente-. Estoy que ardo.

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