INDICE




Pero no terminaba de ponerle la mano, cuando salió volando al igual que el rodillo, dando vueltas y vueltas hasta ir a dar contra el mismo rincón. Entonces Schwartz se puso furioso y embistió contra el viejecito para sacarlo de la casa. Pero alcanzaba apenas a tocarlo cuando voló también tras el rodillo y Hans, y se golpeó la cabeza en la pared mientras se derrumbaba en el rincón. Y ahí quedaron tendidos, los tres.
Y el viejecito entonces comenzó a girar velozmente en el sentido opuesto; y siguió haciéndolo hasta que se enrolló a la perfección la larga capa alrededor del cuerpo; y se caló el gorro en la cabeza, muy de lado (pues no podía llevarlo recto sin traspasar el techo); y les dio una retorcedura adicional a sus bigotes de sacacorchos y respondió en completa calma:
-Caballeros, les deseo una excelente mañana. Regresaré a las doce de la noche. Después de una negativa de hospitalidad como la que acabo de sufrir, no se sorprendan si ésa es la última visita que les hago.
-Si lo vuelvo a pillar otra vez por acá...-murmuró Schwartz, saliendo, medio azarado, del rincón.
Pero antes de que pudiera terminar la frase ya el viejo se había marchado con tremendo portazo; y en el mismo momento pasó por la ventana la espiral de una nube rasgada que se alejó por el valle haciendo remolinos y toda clase de figuras, volviéndose y revolviéndose en el aire, disolviéndose al fin en un breve aguacero.
- ¡Qué andanzas más bonitas, señor Gluck!-dijo Schwartz-. Sirva el carnero, señor. ¡Si lo vuelvo a pescar en esos trucos...! ¡Bendito sea: el pernil está cortado!
-Me prometiste una tajada, hermano, tú lo sabes -dijo Gluck.
- ¡Ah! Y lo quería trinchar caliente y sacarle todo el jugo, me imagino. Va a pasar mucho tiempo antes de que le vuelva a prometer semejante cosa. Salga de la cocina, señor, y tenga la bondad de esperar en la carbonera hasta que lo llame.
Gluck salió bastante alicaído del recinto. Los hermanos se hartaron de pernil, guardaron el resto en la alacena y como sobremesa procedieron a emborracharse cantidades.
¡Qué noche hacía! Un viento que aullaba y lluvia a chorros, sin interrupción. A los hermanos les quedó la suficiente cordura para cerrar todos los postigos y poner doble tranca a la puerta antes de irse a la cama. Por lo regular dormían en la misma alcoba. Cuando el reloj daba las doce, los despertó un descomunal estruendo. La puerta de la alcoba se abrió con una violencia que estremeció la casa de los cimientos hasta el techo.
- ¿Qué fue eso? -exclamó Schwartz, enderezándose de un salto.
-Sólo yo -respondió el hombrecito.
Los dos hermanos se sentaron en los travesaños de las camas y escrutaron las tinieblas. El cuarto estaba lleno de agua y, gracias a un nebuloso rayo de luna que se colaba por un agujero en el postigo, vislumbraron un enorme globo de espuma que giraba y bailaba arriba y abajo como un corcho, sobre el cual, como en el más mullido cojín, estaba reclinado el viejecito, gorro y todo. Éste ahora cabía con holgura en el dormitorio, puesto que el techo había desaparecido.
-Perdonen por incomodarlos -dijo con ironía el visitante-. Me temo que sus camas están algo húmedas. Tal vez sería mejor que fueran a la alcoba de su hermanito; le dejé el techo intacto.
No precisaron de una segunda recomendación, sino que se abalanzaron hacia el cuarto de Gluck, ensopados y en el paroxismo del terror.
-Encontrarán mi tarjeta en la mesa de la cocina -llamó tras ellos la voz del viejo-.
Acuérdense: es mi última visita.
- ¡Quiera el cielo que así sea! -dijo Schwartz, con un escalofrío. Y el globo de espuma se esfumó.
Por fin llegó la aurora, y ambos hermanos contemplaron el amanecer tras la ventanita de Gluck. El Valle del Tesoro era todo ruina y desolación. La inundación había arrastrado con árboles, cultivos y ganado, y en su lugar había dejado un desierto de arena roja y barro gris. Los dos hermanos se aventuraron, temblorosos y llenos de pavor, en la cocina. El agua había destruido toda la planta baja. El trigo, el dinero y casi todos los muebles habían sido arrastrados y no quedaba más que una tarjetica blanca sobre la mesa de la cocina. En ella, en letras grandes, alegres y zancudas, estaban escritas las palabras:
Viento del Suroeste, Gentilhombre

anterior | índice | siguiente