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INDICE
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- ¡Hola! -dijo el hombrecito-. Ésa no es forma de contestar a la
puerta. Estoy todo mojado. Déjame entrar.
Para hacerle justicia, estaba realmente empapado. La pluma le
colgaba entre las piernas como la cola de un cachorro, goteando
como un paraguas; y de las puntas del bigote el agua le chorreaba a
los bolsillos del chaleco y volvía a salir en arroyuelos.
-Perdóneme, señor -respondió Gluck-. Lo siento mucho, pero no
puedo, de veras que no puedo.
- ¿No puedes qué? -preguntó el viejo.
-No puedo dejarlo entrar, señor... realmente no puedo. Mis hermanos
me matarían a golpes, señor, si se me ocurriera semejante cosa.
¿Qué necesita, señor?
- ¿Necesita? -dijo con petulancia el viejo caballero-. Necesito
calor y abrigo. Y ahí se ve el soberbio fuego que tú tienes,
ardiendo, crepitando y bailando contra las paredes, sin nadie que
lo sienta. Déjame entrar, te digo. Yo sólo necesito
calentarme.
A estas alturas Gluck llevaba tanto tiempo asomando la cabeza por
la ventana, que empezaba a sentir que ciertamente hacía un frío muy
molesto; y al darse media vuelta y ver cómo rugía y crujía el bello
fuego y arrojaba largas lenguas resplandecientes chimenea arriba,
como si las llamas se relamieran ante el sabroso olor del pernil de
carnero, el corazón se le ablandó en el pecho al pensar que ardía
en vano.
-Parece estar realmente mojado -se dijo el pequeño Gluck-. Voy a
dejarlo entrar por un cuarto de hora nada más.
Caminó hasta la puerta y la abrió; y cuando el hombrecito se
disponía a entrar, un ventarrón atravesó la casa y estremeció las
viejas chimeneas.
- ¡Así hace un buen chico! -dijo el diminuto caballero-. No te
preocupes por tus hermanos. Yo hablaré con ellos.
-Se lo ruego, señor, no vaya a hacer eso-dijo Gluck-. No se puede
quedar hasta que ellos vuelvan. ¡Me matarían!
- ¡Santo cielo! -dijo el viejo-. Me apena mucho oír eso. ¿Cuánto
tiempo puedo quedarme aquí?
-Sólo hasta que se ase el carnero, señor-respondió Gluck-. Y ya
está muy dorado.
El viejo caballero enfiló entonces hacia la cocina y se encaramó en
la repisa interior del hogar, acomodando el pico del gorro por el
cañón de la chimenea, pues era demasiado alto para el techo.
-Se va a secar muy pronto ahí, señor -dijo Gluck, y se puso otra
vez a darle vueltas al carnero.
Pero el anciano caballero no se secó ahí, sino que continuó
chorreando agua sobre las cenizas; y el fuego chisporroteaba y se
ahogaba, y empezó a oscurecerse y apagarse. Aquella capa era cosa
nunca vista: cada uno de sus pliegues escurría como un
desagüe.
-Perdóneme, señor -dijo al fin Gluck, después de un cuarto de hora
de ver correr el agua por el suelo en largos arroyuelos que
parecían de mercurio-: ¿Me permite su capa?
-No, gracias -dijo el viejo.
- ¿El gorro, entonces?
-Así estoy bien, gracias -dijo el viejo con cierta aspereza.
-Pero... señor... lo siento mucho -dijo Gluck, vacilando-..., pero,
mire, señor... usted está apagando el fuego.
-Bueno, más tardará en estar el carnero - replicó secamente el
visitante.
Gluck estaba muy confundido con la actitud del huésped: ¡era una
mezcla tan extraña de indiferencia y humildad! Se dedicó al asador
durante otros cinco minutos, pensativo.
-Ese pernil se ve muy bueno -dijo al fin el vejete-. ¿No me podrías
dar un pedacito?
-Imposible, señor -dijo Gluck.
-Tengo mucha hambre -prosiguió el otro-. No comí nada ayer ni hoy.
¡Ellos no notarían la falta de un trocito del jarrete!
Hablaba con voz tan lastimera, que el corazón a Gluck se le ablandó
del todo.
-Ellos me prometieron una tajada para hoy, señor -le dijo-. Se la
puedo dar a usted, pero ni un pedacito más.
-Así hace un buen chico -volvió a decir el viejo caballero.
Entonces Gluck calentó un plato y afiló un cuchillo. "No
me importa si me pegan por esto", pensó. Acababa de cortar
una gran tajada del pernil cuando se oyó un tremendo golpe en la
puerta. El viejo saltó de la repisa, como si de improviso se
hubiera calentado más de lo conveniente. Con desesperados intentos
de precisión, Gluck embutió la tajada de nuevo en el pernil y
corrió a abrir la puerta.
- ¿Por qué nos haces esperar bajo la lluvia?-preguntó Schwartz de
entrada, arrojando el paraguas en la cara de Gluck.
- ¿Por qué, a ver, pequeño granuja? - dijo Hans, propinándole un
manotón educativo en la oreja mientras seguía a su hermano a la
cocina.
- ¡Dios me bendiga! -exclamó Schwartz al abrir la puerta.
- ¡Amén! -respondió el diminuto caballero, que se había quitado el
gorro y se hallaba de pie en la mitad de la cocina, inclinándose
con toda la rapidez imaginable.
- ¿Quién es ése? -preguntó Schwartz, echando mano de un rodillo de
amasar e interrogando a Gluck con un gesto feroz.
-No lo sé, hermano, no lo sé -dijo Gluck lleno de pavor.
- ¿Cómo entró? -bramó Schwartz.
-Querido hermano -dijo Gluck, en tono de disculpa-, ¡él estaba
empapado!
Ya descendía el rodillo sobre la cabeza de Gluck, pero en ese
momento el viejo interpuso el gorro cónico, contra el cual chocó
con un impacto que sacudió por toda la cocina el agua que lo
impregnaba. Cosa extraña, al pegar contra el gorro el rodillo voló
de la mano de Schwartz, bailando como paja en torbellino, y cayó en
el rincón más apartado.
- ¿Quién es usted, señor? -lo inquirió Schwartz, volviéndose hacia
él.
- ¿Qué lo trae aquí? -gruñó Hans.
-Soy un pobre viejo, señor -empezó diciendo el hombrecito-, y vi su
fuego por la ventana y pedí abrigo por un cuarto de hora.
-Entonces, tenga la bondad de salir otra vez-dijo Schwartz-.
Tenemos bastante agua en la cocina, pero eso no implica que sea un
secadero.
-Hace un día muy frío para arrojar a un viejo a la intemperie,
señor. Mire mis canas.
Le colgaban hasta los hombros, como ya dije arriba.
- ¡Ajá! -dijo Hans-. Tiene las suficientes para que lo calienten.
¡Ande!
-Tengo mucha, mucha hambre, señor. ¿No me podrían dar un pedazo de
pan antes de irme?
-Pan... ¡No faltaba más! -dijo Schwartz-. ¿Cree que no tenemos nada
mejor que hacer con nuestro pan que regalarlo a tipos de nariz
colorada como usted?
- ¿Por qué mejor no vende su pluma? -preguntó Hans en tono
desdeñoso-. ¡Fuera!
-Un pedacito -dijo el viejo.
- ¡Lárguese! -dijo Schwartz.
- ¡Por favor, caballeros!
- ¡Largo... y que te ahorquen! -exclamó Hans, agarrándolo del
cuello de la capa.
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