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E c o N e l l y
(Cleonice Nanneti)
Nació en Popayán en 1905. Inició su carrera literaria
escribiendo en el suplemento literario del periódico
|El
Tiempo. Escribía además en la revista
|Senderos de la
Biblioteca Nacional. Es considerada como la primera de nuestras
escritoras en consagrarse como cuentista infantil. Se conocen de
ella dos libros de cuentos:
|Cuentos, publicado en 1926 por
Ediciones Colombia, cuyos personajes son casi todos niños que viven
situaciones cotidianas propias de su entorno; y un segundo libro:
|Otros Cuentos, publicado en 1937 por la Editorial Minerva.
De sus cuentos dice Olga Castilla Barrios en su libro Breve
bosquejo de la literatura infantil colombiana, escrito en 1956 como
tesis de doctorado: "No son cuentos para producir alegría
los de Eco Nelly, están hechos con retazos de vida, pero no de esa
vida pueril y color de rosa que sueñan y viven los niños
afortunados; sus cuentos hablan al corazón con voz grave; por ellos
desfilan la muerte, la enfermedad, el hambre, la soledad. No son
cuentos para hacer soñar, sino para hacer pensar... El sentimiento,
hondo y profundo, es la nota característica de la escritora
payanesa...".
En el cuarto centenario del cumpleaños de Bogotá, el cabildo
ordenó la edición de su obra literaria, considerándola como hija
adoptiva. Escribió una novela corta titulada
|Tío Gaspar. En
sus cuentos se evidencia una positiva evolución literaria: de
personajes y situaciones de un sofisticado idealismo, va cultivando
un realismo social que recrea el drama de los niños y los
personajes de la calle, aportando elementos de carácter urbano. En
1956 estaba radicada en Nueva York.
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Nena
I
Nena tenía los rizos rubios y un par de ojos suaves que parecían
dos violetas abiertas. La abuela la llamaba "mi
sol"; el abuelo, "la reina", y la vieja
criada encontraba para ella los apodos más originales. Y es que en
aquel cuerpo pequeñito cabían caprichos de reina, audacias de
diablejo, locuras de canario, dulzura de sol... El resto de los
criados le decía "la señorita".
La señorita despertó aquella mañana después de haber soñado con
el último cuento que leyó la abuela: siete enanos encorvados
rondaron por la noche su cama de niña. El contempló dormida las
siete caras viejas, donde los ojos brillaban con vida de piedras
preciosas; acarició sus barbas y escuchó la música de sus
cascabeles. Al despertar se enderezó sobre los almohadones,
buscando aún la sonrisa encantada de los gnomos: se frotó los
ojos... habían huido ya con la bruma del sueño... Dieron dos
golpecitos discretos en la puerta. Entonces, vuelta a la realidad,
empezó a acordarse alegremente:
– Hoy cumplo siete años, ¡ah!
– Nena, ¿se puede?
– Sí, abuelito.
Esperó al abuelo en pie sobre la cama, con los brazos tendidos y
haciendo la figura más graciosa así despeinada y envuelta en la
piyama azul.
Detrás del abuelo venían la abuelita, papá, mamá y muchas gentes
más. Las gentes todas de la casa, que habían acudido cargadas de
juguetes y de ramos de flores. Y rodearon su cama como los enanos
de los gorros encarnados. Nena no sabía hablar para darles las
gracias; sólo acertaba a reír con una risa iluminada de
agradecimiento, con esa viva risa que triunfa en los niños cuando
son felices.
II
Mientras ayudaba a vestirla la vieja criada le iba describiendo
la fiesta que se daría en su honor. Nena escuchaba con la misma
grave atención que sabía prestar a los cuentos de hadas.
Vendrían muchos niños; todos los niños de las casas amigas en
traje de disfraz. Las salas parecían un jardín. Ya vería:
guirnaldas en el techo, en las paredes... Luego en las puertas
habían colgado luminarias para encenderlas cuando llegara la
tarde... Y ya estaba la Nena dispuesta con un traje rosa esponjado
y ligero que le daba el aspecto de estar metida dentro de una
flor.
Con los piececitos silenciosos recorrió la casa. Encontró a papá
en mangas de camisa ayudando él mismo a enredar guirnaldas en la
lámpara del salón. La abuelita se había puesto la cadena de oro y
la gran saya que usaba en las ocasiones solemnes; mamá llevaba un
traje tan bello que Nena le dijo que parecía una princesa. En el
comedor descubrió admirada más de un centenar de puestos y el
brillo de colores de las golosinas.
Pellizcó un pastel recordando con ojos llenos de luz y picardía
lo que había hecho Blanca Nieve en la casita de los siete enanos, y
era delicioso pellizcar los pasteles acordándose de Blanca
Nieve.
III
Pasado el mediodía fueron llegando los graciosos invitados.
Pequeños príncipes coronados de oro. Reyezuelos de escarpines
bordados y largas capas que no podían manejar. María Stuardo fue
avanzando con un pasito vivaracho, y Carlo Magno lloró porque había
perdido la espada. Al cabo era aquello una confusión de risas, de
chillidos. Una picante caricatura de la historia y de la vida. Una
miniatura preciosa del carnaval. Había dos gemelitas disfrazadas de
griegas que se sentaron junto a un obispo de la Edad Media y se
pusieron alegremente a charlar. Caperucita Roja jugaba con
Mefistófeles y con Polichinela.
Nena de la mano del abuelo iba presentando el saludo al pequeño
mundo disfrazado: un beso al payaso, un beso al obispo de rostro de
manzana, un beso al soldado, a la mariposa, al pinoquio, al
arlequín.
La alegría se ensanchaba. Mucho más cuando llegó el viejo
pianista: era un ciego que atravesó el salón apoyado en el hombro
de su lazarillo.
Se sentó al piano y comenzó a tocar.
Aquellos cuerpecitos sintieron adentro el alma loca de la
tarantella que interpretaba admirablemente el pobre músico. Y
animados por espontáneo impulso llevaron el compás, moviendo las
cabezas, o hacían un coro de risas claras.
La chiquitina María Stuardo aplaudía entusiasmada, con aquel
vaivén hermoso de plumas, diademas, flores y lazos, de risueños
rostros y dulces cabezas...
Y era de ver la expresión angelical de los rojos Mefistófeles, y
la perdida arrogancia de los reyezuelos atontados.
Los primos de Nena bailaron el minué: la niña manejaba un
abanico diminuto, y su caballero lucía un lunar negro y redondo en
la mejilla.
– ¡Esto era para volverse loco –decía el abuelo
frotándose las manos de contento.
– ¡Sea por Dios! – añadía la abuelita deslumbrada.
IV
Nena pidió silencio:
– ¡Pst! ¡Pst! Que el niño del ciego va a cantar. El
muchacho encarnado hasta la frente cantó la canción española con
una voz delgada y tímida que parecía lejana:
Tengo yo una cachuchita
Que me la dio un cachuchero.
También las notas del piano bajo sus dedos infantiles adquirían
cierta suavidad: hacían pensar en los repiques de una campanita que
tuviera por badajo una perla.
Los ojos expresivos de Nena se habían endurecido con un mirar
intenso; la canción de lazarillo caía sobre su corazón como un
gotear de lágrimas. Y es que el muchacho inconscientemente se
quejaba en la canción. Era el hijo del ciego, el niño pobre y
aturdido en medio de una fiesta... Su alma toda sollozaba en la
música, en la música leve y blanca.
V
El abuelo jovial presentó a Nena una gran caja de cartón. He
aquí el presente que ella había de otorgar al pequeño que llevase
un trajecito más artístico y rico; podía obsequiarlo según su
antojo y parecer.
Nena pensaba llena de atolondramiento: ¿Daría el premio a aquel
general que llevaba tan hermoso penacho en el casco o a la
bailarina árabe de los tobillos ceñidos con argollas de plata?
Un coro de chiquillos ansiosos parecía interrogarla en
si-lencio.
Ante todo era preciso examinar el contenido de la caja y levantó
la tapa. Ahí dormía un muñeco como una maravilla, fino y sonrosado
como un niño. Nena lo contemplaba estupefacta, pensando que aquello
era un amor. Lo levantó en sus brazos y los ojos codiciosos de los
chiquillos se alzaron con él. Jamás los brazos de Nena se habían
estremecido así de gozo al contacto de un juguete: y al mecerlo
funcionaron los resortes y una vocecita hueca chilló
cariciosamente: ¡Mamá!
Nena sonreía a la dulzura del momento; le parecía vivir la
belleza de un sueño... Estrechó aquel puñado de cintas al que veía
con vida al través de un nuevo y fantástico cariño. Lo estrechó
como una mujer a su hijo y una pena dura como un golpe le partió el
corazón. Entregar ese tesoro...
Eran tan bruscos el militar, el arlequín y la pastora...
Caperucita Roja lo rompería en seguida... Quizá el lazarillo...
Pero el lazarillo lo aceptaría como una limosna, y tal vez lo
vendería para ayudar con ello al padre ciego... Nena dejó de amar
al lazarillo al que había amado con amor de compasión desde el
momento en que lo consideró capaz de cambiar el muñeco por dinero
y... ¡No! ¡No!
La danzarina árabe no lo merecía a pesar de su riquísimo
turbante, y el travieso Pinoquio podría hacer sufrir aquel
cuerpecito de aserrín al que ella veía sensible al través de un
amor. Las emociones agitaban el pecho de la niña y le dibujaron en
la boca una línea de angustia.
Fue inclinando la cabeza hasta tocar con los rizos sus propias
manos amorosas, que apretaban el cuerpo del muñeco, y con una voz
valiente que al final se quebró en un sollozo imploró:
– ¡Si yo lo quiero tanto que no lo puedo dar!
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Garoso
Recostado en la verja del parque, mira pasar la ola de gentes;
se está comiendo la tercera naranja y por los rotos de sus
bolsillos se alcanzan a ver otras frutas sazonadas.
Pasa rozándolo algún transeúnte, y aflautando la voz, haciéndola
estridente para que se oiga a pesar del ruido de los tranvías,
grita:
– ¿Embolo, mesio?
El transeúnte se tapa la oreja y hace ademán de tocar con el
bastón al inoportuno. Este no se inquieta y sigue comiendo naranja,
mientras de soslayo lo mira alejarse; sus labios bermejos dejan ver
una hilera de dientes blanquísimos; hay picardía en sus ojos negros
y en su risa.
Al mediodía el sol está radioso. La cúpula de la iglesia, las
láminas de lata de los postes y los rieles reverberan.
El mira tristemente las cáscaras de naranjas esparcidas por el
suelo, pues es la hora en que hace sed; el calor es insoportable.
Se hunde el sombrerillo hasta los ojos y sentándose en el cajón de
embetunar apoya los codos en las rodillas y la barba en las manos.
Pasan gentes y ya no las incomoda gritando:
– ¿Embolo, mesio?
A veces sí dice estas palabras, pero con voz desfallecida, como
de una persona que a esa hora no piensa en almorzar, que por
desayuno ha tomado algunas frutas y que en la noche anterior más
veló que durmió, temiendo que el agente de policía lo arrojara del
quicio, o temblando por la dureza de las caricias del frío. Ahora
el que lo maltrata es el calor; dijérase que lo tiene vencido, pues
agachando la cabeza hundida entre los brazos, duerme...
Por la calle viene otro gamín de paso ágil, vivaracho; no trae
el vestido hecho jirones...
Se detiene; sonríe al ver las cáscaras de frutas; le da a su
compañero un golpe en la espalda, repitiendo:
– ¡Hola, Garoso! ¡Hola, Garoso!
Con este nombre lo conocían los pilluelos limpiabotas. Cómo no,
si era un apasionado por las golosinas. Llevaba el sombrero con un
agujero en la copa, un tamaño agujero que dejaba escapar mechones
rubios, porque prefería comprarse a diario un ramo de ciruelas de
oro que juntar los cuartos para hacerse a una cachucha.
– ¡Hola, Garoso!
Garoso se levantó asustado.
– ¡Ah! ¿Eres tú, Carlos?
Carlos pone en el suelo la caja, y sentándose al estilo de
Garoso, con entusiasmo, empieza a hablar:
– Te buscaba; desde esta mañana te buscaba; quería
encontrarte, y nada. Ahora... por fin. ¿Sabes para qué te buscaba?
¡Majadero! Desde hoy... ¡adiós!, betún, adiós, cepillos! O, mejor
dicho: no. Estos los guardaremos para caso de apuro o para
recuerdo... sabes?
Y Carlos lanzó una carcajada que sonó en la calle lo mismo que
la escala de un instrumento musical, y siguieron más musicales
carcajadas al tiempo que Carlos arrojaba como un loco al aire la
gorra y los cepillos por aquí y por allá.
Garoso sonrió al ver esta inusitada alegría.
– Los guardaremos para caso de apuros –continuó
Carlos, recogiendo los cepillos.
– Vamos a hacernos negociantes; pero puede ser que algún día
la mala suerte...
– ¡No, No! –gritó lleno de risa y moviendo la cabeza.
¡Yo no vuelvo a embetunar!
– ¡Ay, no! –exclamó Garoso, impaciente–. ¡Márchate,
hombre, que tengo hambre y no hacen ganas de reír!
– ¿Márchate, hombre? –remedó Carlos, haciendo una
mueca.
– ¿No quieres entonces... No quieres hacerte rico?
– ¡Bah!
– ¿Crees que miento? Me marcho, pues...
E hizo ademán de marcharse.
– ¡Carlos! –llamó Garoso, angustiado.
– ¿Tienes confianza en mí? –preguntó el aludido a dos
varas de distancia y dándoselas de gran señor.
– ¿Qué quieres?
– Sígueme.
Los dos chicuelos, uno en pos de otro, van calle arriba,
mezclados en la ola de gentes.
Se detienen en la Plaza de Bolívar.
– La cosa es en Chapinero; vamos a
"tomar" tranvía –dice Carlos,
significativamente.
Asaltan un estribo, bajo las miradas furiosas del motorista. El
carro va rápido. Los muchachos se quitan las gorras para evitar que
se las robe el viento. Los bucles de Garoso se arremolinan sobre su
cabeza; tiene el rostro como si lo iluminara el resplandor de una
llama. Coge a Carlos del brazo y le clava los ojos en una pregunta
muda:
– ¿A dónde vamos?
– Sí –dice Carlos continuando un monólogo interno–
tú le vas a gustar; el necesita hermosos muchachos; nos pagará
bien... Ese extranjero paga a dólar por día.
– ¡De a dólar por día! –prorrumpe Garoso,
estupefacto.
– Y nos necesita seis días seguidos. Podemos hacernos
vendedores ambulantes de cualquier cosa: de café, de fósforos, de
baratijas... Lo mismo da...
En la exaltación de su entusiasmo, los dos se han abrazado;
ambos miran sin mirar las cosas que pasan vertiginosamente, y sin
quererlo, sonríen... Sonríen al por venir...
En la puerta de su quinta, el pintor espera; es un señor
simpático, de cabello crecido, ojos brillantes y corbata de
lazo.
Lo rodean dos emboladores, un voceador de periódicos y una
señorita. Retirada del grupo está una chiquilla que no habla con el
pintor como los cuatro. Es una chiquilla de aspecto enfermizo.
Carlos se acerca y saluda al extranjero en tono familiar:
– Aquí le traigo a otro –exclama señalando a
Garoso.
– Está bien, muy bien –acentúa el pintor, examinándolo
de una ojeada–. Seguid, pequeños.
Y empuja a los niños hacia el jardín. Atraviesan las callejuelas
bordeadas de rosas exquisitas.
El estudio del pintor los deja deslumbrados: hay allí un
conjunto de cosas que les llena de admiración.
Mientras el pintor corre y descorre cortinas arreglando la luz,
Garoso se divierte en contemplar un cuadro que representa a un
general con la espada en alto, pero una tosecilla que está oyendo
hace rato le hace volver la cabeza.
Cerca, muy cerca, está la niña de aspecto enfermizo. Ella es la
que tose. Los otros muchachos hablan entre sí; ella está sola, sin
hablar con nadie. Garoso la examina con atención.
– ¡Qué rara es! –murmura para sí.
Tiene la cabeza horriblemente enmarañada, sus rotos vestidos mal
le cubren las piernecillas torcidas y la espalda deforme.¡Cuán
pálidas tiene las manos, qué pálido el rostro! Hasta los
labios...
Pero lo que conmueve al muchacho son los ojos de la niña: tienen
una mirada que da pena.
Vuelve la cabeza hacia el general del cuadro, y como si hablara
con él, exclama:
– ¡Pobrecita!
Se acerca a ella y suavemente le dice:
– Yo me llamo Garoso... ¿Y tú?
– No sé –dice ella desconcertada–. Los niños que
juegan en el parque me llaman Bruja...
Los interrumpe el pintor; se oye su voz clara y riente:
– Amigos: a recostarse aquí en conjunto, a acurrucarse los
unos pegados a los otros, como lo hacéis para dormir en los quicios
de las puertas.
Como los niños no se atreven, él mismo los arregla en artístico
grupo:
– Allí el voceador de periódicos con su paquete olvidado en
el suelo. Tú, pequeña, puedes poner la cabeza sobre sus rodillas.
Venga aquí el del hombro desnudo. Recoge un poco los pies, chico.
Levanta la frente, niña. Esta mano está bien así. Tú, hermoso
(dirigiéndose a Garoso), puedes doblar la cabeza; quiero hacer tu
cabecita rubia. ¡Ya! ¡Bien! ¡Cierren todos los ojos!
La pequeña Bruja se acerca con timidez; a ella no la han
colocado.
El pintor la mira despiadadamente, diciéndole:
– Tu puedes irte, chiquilla.
Ella se atreve a balbucear:
– ¡Señor!...
Y hay un gesto de súplica en su boca desproporcionada.
– ¡No vuelvas! –exclama el pintor arrojándole una
moneda–. No quiero verte aquí; tú eres muy fea.
Entre los muchachos se oye risa.
Ella baja la cabeza, ruborizada, y se aleja dejando en el suelo
la moneda que le arrojaron... Se aleja sollozando de un modo
desgarrador...
El pintor toma la paleta y los pinceles. Está frente al
caballete.
Garoso siente algo indefinible; el corazón le palpita con
violencia. ¡"Pobrecita"!, es la palabra que con
el llanto se le detiene en la garganta.
Quiere levantarse, pero un "no te muevas" se
lo impide; por un momento vuelve a meter la rubia cabeza en aquel
nido humano; pero... ¿puede un niño dominar los impulsos del
corazón? Garoso siente deseos de ir a ella, de llevarle un
consuelo, y escapa. De un salto, y corriendo tras ella, la
alcanza.
Ella iba ya por el camino. No había cesado de llorar.
– ¡Bruja! –llama Garoso con dulce voz.
Ella se detiene.
– No quisieron admitirme, –le dice el rapaz–. Ni
a ti ni a mí nos admitieron. Pero... ¿Qué nos importa, no es
cierto?
Ella con lentitud va levantando la frente. De sus ojos se ha
borrado el dolor; hay consuelo en sus ojos. Hay sonrisa en su boca
desproporcionada...
– ¡Adiós, Bruja!
– ¡Adiós, Garoso!
Ella se queda en el camino; ha juntado las manos y murmura
arrobada:
– Qué nos importa, ¿no es cierto?
El se va por el camino meneando airoso la rubia cabeza, como
para alejar la imagen de la pobrecilla, de la desventurada. A veces
le parece escuchar la voz de Carlos: "¡De a dólar por
día!". "¡Yo no vuelvo a embetunar!".