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S a n t i a g o P é r e z
T r i a n a
Nació en Bogotá en 1858. Vivió la mayor parte de su vida en el
exterior. Poeta, periodista, diplomático, viajero y escritor de
cuentos, poesías, artículos, ensayos. Entre sus obras están
|De
Bogotá al Atlántico, crónica llena de finas y agudas
observaciones, y
|Reminiscencias Tudescas, donde recoge
recuerdos de su vida como estudiante en Alemania. Escribió un libro
de cuentos infantiles titulado
|Cuentos a Sonny, dedicado a
su hijo cuando vivían en Londres. Fue escrito originalmente en
inglés. Fue traducido al español por Tomás Eastman, y publicado,
por primera vez en versión castellana, en Madrid en 1907. Es un
dato que sorprende y que podría ser mal interpretado, pero que
tiene su explicación: Tomás Eastman en el prólogo a la primera
edición de
|Cuentos a Sonny se refiere al dominio que tenía
Pérez Triana de diferentes idiomas, y a cómo se apoderaba de tal
manera del "genio íntimo de las lenguas, de su índole
recóndita! que le resultaba muy difícil la experiencia de la
traducción. Dice que cuando tenía que hacerlo por obligación
"sudaba la gota gorda y al cabo salía con una obra que en
el fondo podía ser igual pero que en la forma no sólo era distinta
sino completamente nueva".
Pérez Triana murió en Londres en 1916.
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De
cómo la familia Chimp vino a la ciudad
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Con ser y hallarse en la plenitud de la vida, míster Chimp se
había ya retirado de las ocupaciones activas. Vivía tranquilamente
en seno de su familia, feliz en el amor de missis Chimp y de los
cuatro retoños, dos chicos y dos chicas, que el cielo le había
deparado para bendición de su casa.
Casa situada en lo profundo de una dilatada selva, poblada de
árboles mayores, que alzaban a grande altura sus tupidas copas y
entrelazaban sus brazos extendidos, por muchas leguas a la
redonda.
Debajo de los árboles, en el monte bajo, bullían numerosos y
variados los habitantes de la selva; grandes unos, chicos otros;
éstos corrían, aquéllos se deslizaban; los de acá se arrastraban
torpemente; los de allá iban marchando con lentitud y solemnidad.
Había ardillas y conejos, zorras y venados, lagartos y culebras,
osos y gatos monteses, y una turba de pájaros bulliciosos, de
plumaje vario, cuyos nidos colgaban de las ramas de los
árboles.
Pero los Chimp no alternaban con todo el mundo. Ellos habían
escogido una de las ramas superiores de uno de los árboles más
altos, y allí dejaban correr la vida, lejos de las turbas
insensatas, gozando de una perfecta felicidad doméstica.
Fieles a las tradiciones de su raza, no usaban vestidos de
ninguna clase; circunstancia feliz que los ponía a salvo de sastres
y modistas, cuya llegada no siempre es causa de regocijo en los
lugares comunes y corrientes. Para eso tenían los Chimp su pelliza
natural, que les mantenía calientitos y que, en términos del
oficio, les venía al cuerpo como pintada.
Los quehaceres domésticos no eran para rendir de fatiga a missis
Chimp. Baste decir que no tenía que cocinar, porque el bosque
circunvecino proveía a la familia de alimentación abundante, que
consistía sobre todo en nueces, con aditamentos ocasionales, por
vía de golosina, de hojas y tallos tiernos, procedentes de ciertas
plantas comestibles. Tampoco había, es claro, cuenta del tendero,
ni del carnicero, ni del panadero, ni de los demás proveedores de
las casas de las ciudades.
Ventaja pura y neta era todo aquello; de manera que los dichosos
padres, libres de cuidado en cuanto al mantenimiento de la familia,
podían dedicarse por entero a la superior educación de sus
hijuelos. Inculcábanles, pues, aquellas máximas de virtud y de
sabiduría que habían de asegurarles luego la felicidad terrena.
Los Chimp estaban provistos de ciertos apéndices comúnmente
llamados colas. Eran largas, flexibles, fuertes, y podían
enroscarse de mil modos diferentes. Si los bípedos llamados hombres
de detuviesen a meditar sobre el asunto, debieran dolerse a la
continua de haber perdido un aditamento tan útil como la cola.
Mientras missis Chimp, aficionada al descanso, como suelen serlo
las damas de edad madura, se quedaba perezosamente en la cama en la
comba de una rama favorita, míster Chimp salía algunas mañanas a
dar un paseo con sus hijos por los árboles vecinos. El guiaba la
marcha, saltando de una en otra rama y de uno en otro árbol,
seguido por amorosa prole. El precavido míster Chimp calculaba los
saltos de modo que fuesen adecuados a los músculos de los
chiquillos. Al principio, en distancias no muy largas, los saltos
eran como los que daría cualquier bípedo en el suelo; luego les fue
enseñando a que se sirviesen poco a poco de la cola para salvar
distancias mayores. Envolvía la cola en una rama sólida, columpiaba
el cuerpo como un péndulo en el aire, y, adquiriendo el necesario
empuje, soltaba la cola de donde la tenía asida y se lanzaba a una
rama del árbol próximo. Los niños seguían el ejemplo, con mucha
timidez al principio, regocijados del
|sport después. Así
hicieron largos paseos, en los cuales exploraron todos los rincones
y vericuetos de la floresta.
Con el tiempo llegaron a realizar verdaderas proezas de
atrevimiento. Bajo la dirección paterna todos los niños se
colocaban en cadena viviente, eslabonando la cola del uno al cuello
del otro, sostenidos en el punto de partida por míster Chimp, cuya
cola se envolvía a la rama de un árbol; columpiándose luego la
cadena entera, que en sus oscilaciones recorría larguísimas
distancias, el individuo del extremo se agarraba a una rama allá
lejos, el padre se dejaba ir entonces, y he aquí que todos los
Chimp iban a dar con sus personas a un árbol diferente.
Al volver a casa, cargados a menudo con los despojos de la
correría, tomaban el almuerzo, y después de un ligero descanso,
míster Chimp se ponía a instruir a sus hijos en la ciencia de la
vida, con sus vicisitudes y peligros, tal como la amarga
experiencia se la había enseñado a él mismo.
Y aconteció cierto día que, mientras la familia almorzaba, llegó
a sus oídos el sonido de una voz distante. La voz, que apenas se
alcanzaba a oír, venía de abajo.
– ¡Chimp! ¡Chimp! –decía. Luego sonó más cerca
repitiendo: –¡Chimp!, ¡Chimp!
Missis Chimp, alerta siempre y de ojo avizor, fue la que primero
advirtió de dónde venía aquella voz. Allá abajo, al mismo pie del
árbol, estaba un hombre pelirrojo, con la cara vuelta hacia arriba,
el sombrero en la mano y gritando: –¿Quiere usted bajar,
míster Chimp?
– No, no bajes, querido mío –dijo missis Chimp: ese
que te llama es un hombre malo y puede hacerte algún daño.
– Señora –dijo el hombre–, yo no soy malo. Sólo
he venido a invitar a usted, a míster Chimp y a los niños para que
me acompañen a un corto paseo a la ciudad, donde ustedes tendrán
muy lindos vestidos para ponerse.
– ¡
|Vestidos, Chimp! Este no puede ser un hombre
malo. Bajemos a ver qué quiere.
Con obediencia de marido, míster Chimp siguió el consejo de su
mujer y en un abrir y cerrar de ojos la familia toda, deslizándose
por el tronco del árbol, estuvo delante del recién venido.
Este avanzó y le dio un caluroso apretón de manos a míster
Chimp.
– ¿Cómo está usted? Celebro infinito verlo. A los pies de
usted, missis Chimp, ¿y los chiquillos? ¡Vamos, son un primor!
Felicito a ustedes con toda mi alma. He venido a invitarlos a la
ciudad. Mi coche espera a la salida del bosque. En la ciudad
ustedes tendrán que ponerse vestidos: ¡la gente tiene tantas
preocupaciones! Y en lo social uno debe pecar más bien por carta de
más que por carta de menos. Conque, ¿vienen ustedes? Por supuesto
que sí; así lo esperaba yo. A ustedes se los espera con infinita
curiosidad... digo... quiero decir, con ansiedad, pues el nombre y
buena fama de ustedes ha llegado a noticia de nuestras gentes, y
están deseosísimas de verlos y conocerlos a todos ustedes.
Entre tanto el hombre de los cabellos rojos iba andando con
míster Chimp de la mano y seguido por missis Chimp y los
chiquillos. Pronto llegaron a donde estaba un gran carruaje con
cuatro caballos enganchados. El hombre abrió la puerta y empujó
dentro a míster Chimp, y en un decir Jesús toda la familia Chimp se
encontró en el carruaje, rodando sin saber adónde y escuchando la
cháchara incesante del nuevo amigo, acerca del mundo maravilloso
que iban a ver dentro de poco.
Algunas horas después llegaron a la ciudad, cosa que antes no
habían visto nunca, pero sobre la cual les habían llegado algunas
vagas noticias, traídas al bosque por un amigo de míster Chimp,
gran viajador en sus mocedades.
Casas, iglesias, calles, plazas, parques, tranvías, carruajes,
estatuas, fuentes, todo un mundo de cosas revueltas, maravillosas e
incomprensibles que aparecían a sus ojos hormigueando en todas
direcciones, y una multitud de seres muy parecidos a los Chimp,
sólo que iban cubiertos con ciertos ajuares llamados vestidos, de
los cuales había hablado el hombre pelirrojo.
El coche se detuvo, abrióse la portezuela y el pelirrojo se apeó
a la entrada de un edificio muy grande. –Aquí –dijo
él– los vestirán a ustedes a la última moda. Usted, míster
Chimp, se servirá pasar a esta habitación, los chicos al
departamento de los niños, las niñas allí a la izquierda, y usted
missis Chimp, tendrá la bondad de subir conmigo al departamento de
las señoras. Yo esperaré luego abajo, y estoy seguro de que al
salir todos ustedes estarán perfectamente satisfechos del
resultado.
Míster Chimp fue el primero que salió, media hora después.
Estaba hecho todo un caballero, chistera en la cabeza, lentes en
los ojos, un cuello alto y rígido, corbata con un luciente alfiler
de diamantes, levita larga, chaleco de fantasía, pantalón a
cuadros, botas de charol, guantes, cadena de oro, reloj en el
bolsillo, nada se había olvidado.
Parece que la cola había resultado un tanto estorbosa, pero el
inteligente oficial se había dado trazas de ocultarla, o a lo largo
de las espaldas, o por entre la pierna del pantalón, que sobre este
punto las crónicas no andan completamente acordes; de suerte, que
míster Chimp habría podido ingresar en cualquier Directorio o
Parlamento, sin lesión ni detrimento para el puntillo de sus
colegas por lo del apéndice aquél.
En el andar mostraba míster Chimp la seguridad de quien se
siente en su elemento. Comprendía que los vestidos que llevaba lo
igualaban a la generalidad de los bípedos que se movían a su
alrededor.
Mientras estaba allí en satisfacción muda, cayeron sus miradas
sobre una dama elegante y graciosa que a la sazón salía del
edificio. Como él sabía que missis Chimp se hallaba a conveniente
distancia, resolvió ¡al fin hombre! seguir a la hermosa y tal vez
abordarla, si eso era posible.
Andando casi de puntillas, con gracioso contoneo de cuerpo y una
sonrisa que seductora en los labios, se acercó a la bella
desconocida: –Señora –le dijo– ¿me permitiría usted
que...?
Por debajo del enorme sombrero, poema de paja, fieltro, plumas,
pájaros disecados y flores exóticas artificiales, se volvió hacia
él el rostro de la dama. Suspensos se quedaron por un instante los
dos interesados.
–¡Cómo, Chimp! ¿Eres tú? –exclamó missis Chimp–
porque era ella, ella en persona.
Habíanla ataviado a la última moda. No es para un simple mortal
masculino intentar siquiera la descripción de las maravillas de
indumentaria que la oficiala había superpuesto y ordenado en el
cuerpecito de missis Chimp. Allí había cintas y encajes, sedas y
gasas, bordados y terciopelos, mullidos, esponjamientos y unas como
nubes crespas, ballenas, fajas elásticas y todos los misteriosos,
incontables e indescriptibles elementos de que se sirven las
mujeres para realzar su belleza y para gastar el dinero de sus
maridos.
En fin, que missis Chimp estaba hecha la gran señora y que
habría sido flor y prez en cualquier círculo de cualesquiera
damas.
Conviene advertir que en el caso de missis Chimp el problema de
la cola no ofreció serias dificultades, debido a las proporciones
arquitectónicas del ajuar.
Pero después de todo, missis Chimp tenía corazón femenino.
–Chimp –había dicho ella– ¿así te diriges siempre
tú a las mujeres que no conoces? ¿Y eso a tu edad? –En sus
ojos brillaba una lágrima de reproche.
–Yo te conocí inmediatamente, te lo aseguro, querida mía
–tartamudeó míster Chimp.
Ella no insistió, pero el recuerdo de aquel incidente no se le
borró de la memoria, y allí estaba para resucitar siempre que
ocurría alguno de esos disgustillos que casi son disgustos, tan
frecuentes aun en los hogares más bien constituidos.
|
Porque,
según sabemos todos, el monstruo ojiverde de los celos no vuelve a
dormir una vez que se ha despertado, y se convierte
|per
secula en cruz y tormento de los desventurados a quienes ha
mordido. Sirva esto de advertencia a todos y cada uno, ya sean
bípedos de los que viven en las ciudades, ya sean personas con cola
de las nacidas en los bosques.
A su tiempo salieron los niños, peregrinamente transmutados
ellos también. Sin duda hubieran podido alternar con los chicos de
la ciudad. La sola diferencia habría sido quizás que ellos tenían
un poco más de pelo del que se acostumbra; pero con guantes en las
manos y sombreros o gorras en la cabeza, las cosas quedaban en su
punto.
La familia anduvo por las calles, acompañada siempre por el
inseparable pelirrojo, gozando de la vida urbana y viendo todo lo
digno de verse, que pronto iban sintiéndose como patos en el agua.
Maldita la gracia que les hacía el pensar en volver a la sencillez
de su vida primitiva en la floresta. Por suerte su amigo se había
anticipado a proveer lo conveniente para que se quedaran en la
ciudad.
Con toda la cortesía y delicadeza que el caso reclamaba, para no
herir el orgullo de míster Chimp ni su puntillo, insinuó que la
familia debería aceptar una invitación para asistir a ciertas
recepciones de la tarde y de prima noche, a las cuales, decía él,
no asistía sino lo más escogido de la ciudad y en las cuales míster
Chimp y su familia no tendrían sino ocupar la localidad que se les
destinaba y recibir allí a los numerosos visitantes que sin duda
acudirían a ellos.
Tranquilizado en lo tocante y atañedero a su dignidad, míster
Chimp vino en aceptar; y ese mismo día fueron instalados los Chimp
en una como gran casa con ruedas, colocada en un espacioso
edificio, al cual venía gran número de gente. Si míster Chimp
hubiera sabido que aquello no era más que un circo y que a él y a
los seres amados se los estaba exhibiendo ante una muchedumbre
vulgar, habría sentido el ultraje en lo más hondo y hubiera
procurado volverse a su floresta; pero es lo cierto que las comidas
eran servidas con entera puntualidad y ese detalle en ocasiones
suaviza los arranques de ira y de dignidad. Missis Chimp y los
niños estaban contentos.
Alrededor de la casa oscilaban unos cuantos trapecios, en
recuerdo de los pasados días. El lujo presente amortiguaba
cualesquiera recelos que en el pecho paterno pudieran
albergarse.
Así fue como toda la familia Chimp vino a la ciudad y se quedó
allí. Míster Chimp aprendió muchas cosas, y llegó a una alta
posición en sus nuevas condiciones de vida; con el tiempo se dio
trazas de aprender los arbitrios y las artes de los hombres; logró
abandonar su jaula y tomar parte en los negocios de las gentes que
lo rodeaban.
Adquirió cierto aire severo y solemne, que no dejaba por un
instante, y procuraba parecer sabio siendo de pocas palabras y de
ningunas obras; de ese modo subió en la consideración de las
gentes, y empezaron a lloverles honores y distinciones. Llegó a ser
regidor, alcalde de la ciudad y político influyente. El sol de la
fortuna les dio brillo a la esposa y a los hijos y éstos se
casaron, llegado el momento, en la aristocracia del país.
La cola era para ellos uno motivo de ansiedad constante, pero
nadie descubrió jamás el secreto de su existencia, sino tal vez
cuando ya era demasiado tarde y cuando ya la felicidad de los
descubridores estaba vinculada al secreto susodicho.
Todas estas cosas sucedieron hace mucho tiempo. Los enlaces de
los Chimp con individuos de nuestra alta sociedad durante muchas
generaciones, tal vez expliquen por qué hallamos tan a menudo
gentes que tienen todos los rasgos físicos y mentales que
distinguían a la raza pura de los Chimp ; gentes que tal vez llevan
en el alma las altivas tradiciones que míster Chimp le predicaba a
su familia en la copa de aquel árbol altísimo, donde corrieron los
mejores años de su vida, y donde pudo presenciar todas las
cabriolas de sus padres, cuando ellos a su vez le enseñaron a él el
arte de la vida; arte, decía míster Chimp, que después de todo se
reduce, así en la ciudad como en el bosque, a saber guardar el
equilibrio y salir airoso de los malos pasos.