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T o m á s C a r r a s q u i l l
a
Nace el 17 de enero de 1858 en Santodomingo, Antioquia. Inició
estudios de Leyes en la Universidad de Antioquia, los cuales fueron
interrumpidos el mismo año de iniciados (1876) por el cierre de las
universidades en Medellín. Se dedicó a la sastrería durante algunos
años. Su primer cuento es
|Simón el Mago, escrito en 1890,
como requisito para hacer parte de El Casino Literario, uno de los
círculos culturales de Medellín. En una corta y burlesca
autobiografía Carrasquilla cuenta cómo su primera novela surge como
reto planteado en ese mismo círculo de El Casino Literario. Se
trataba de probar si había o no en Antioquia "materia
novelable". Quiso probar entonces que "puede
hacerse novela sobre el tema más vulgar y cotidiano",
escribiendo así
|Frutos de mi tierra. En el prólogo de la
primera edición de sus obras completas, Federico de Onís afirma:
"Carrasquilla no es un sobreviviente del siglo XIX, sino
un precursor del XX". Entre sus obras más conocidas están
los cuentos:
|En la diestra de Dios Padre, San Antoñito, El
Rifle, El Anima Sola, entre otros, y las novelas
|Frutos de
mi Tierra y
|La Marquesa de Yolombó. Aunque no escribe
deliberadamente para los niños, sí lo hace sobre los niños como
personajes inmersos en la cultura cotidiana. Para el conocedor de
Carrasquilla, Kurt Levy, las obras que mejor expresan el
conocimiento del alma infantil las escribe en la última etapa de su
vida y son las novelas
|Entrañas de Niño, El Zarco y
|Hace
Tiempos.
|
Simón
el Mago
|
Entre mis paisanos criticones y apreciadores de hechos, es muy
válido el de que mis padres, a fuer de bravos y pegones, lograron
asentar un poco el geniazo tan terrible de nuestra familia. Sea que
esta opinión tenga algún fundamento, sea un disparate, es lo cierto
que si los autores de mis días no consiguieron mejorar su prole no
fue por falta de diligencia: que la hicieron y en grande.
Mis hermanas cuentan y no acaban de aquellas encerronas, de día
entero, en esa despensa tan oscura ¡donde tanto espantaban! Mis
hermanos se fruncen todavía, al recordar cómo crujía en el cuero
limpio, ya la soga doblaba en tres, ya el látigo de montar de mi
padre. De mi madre se cuenta que llevaba siempre en la cintura, a
guisa de espada, una pretina de siete ramales, y no por puro lujo:
que a lo mejor del cuento, sin fórmula de juicio, la blandía con
gentil desenfado, cayera donde cayera; amén de unos pellizcos
menuditos y de sutil dolor, con que solía aliñar toda
reprensión.
Estos rigores paternales –¡bendito sea Dios!– no me
tocaron.
¡Sólo una vez en mi vida tuve de probar el amargor del
látigo!
Con decir que fui el último de los hijos y además enclenque y
enfermizo, se explica tal blandura.
Todos en la casa me querían, a cual más, siendo yo el mismo y la
plata labrada de la familia; y mal podría yo corresponder a tan
universal cariño ¡cuando todo el mío lo consagré a Frutos!
Al darme cuenta de que yo era una persona como todo hijo de
vecino, y que podía ser querido y querer, encontré a mi lado a
Frutos, que, más que todos y con especialidad, parecióme no tener
más destino que amar lo que yo amase y hacer lo que se me
antojara.
Frutos corría con la limpieza y arreglo de mi persona; y con tal
maña y primor lo hacía, que ni los estregones de la húmeda toalla
me molestaban, cuando me limpiaba "esa cara de
sol", ni sufría sofocones, cuando me peinaba; ni me
lastimaba, cuando, con una aguja y de un modo incruento, extraía de
mis pies una cosa que... no me atrevo a nombrar.
Frutos me enseñaba a rezar, me hacía dormir y velaba mi sueño;
despertábame a la mañana con el tazón de chocolate.
¿Qué más? Cuando antes del almuerzo, llegaba de la escuela, ya
estaba Frutos esperándome con la arepa frita, el chicharrón y la
tajada.
Lo mejor de las comidas delicadas, en cuya elaboración
intervenía Frutos –que casi siempre consistían en chocolates
sin harina, conservón de brevas y longanizas– era para mí.
¡Válgame Dios y las industrias que tenía! Regaba afrecho al pie
del naranjo, ponía en el reguero una batea, recostada sobre un
palito; de éste amarraba una larga cabuya, cuyo extremo cogía yendo
a esconderse tras una mata de caña a esperar que bajara el
|pinche a comer... Bajaba el pobre, y no bien había
picoteado, cuando Frutos tiraba y ¡zas!... ¡debajo de la batea! ¡El
pajarito para mí!
Cogía un palo de escoba, un recorte de pañete y unas hilachas;
y, cose por aquí, rellena por allá, me hacía unos caballos de ojo
blanco y larga crin, con todo y riendas, que ni para las envidias
de los otros muchachos.
De cualquier tablita y con cerdas o hilillos de resorte, me
fabricaba unas guitarras de tenues voces; y cátame a mí punteando
todo el día.
¡Y los tambores de tarros de lata! ¡Y las cometillas de
abigarrada cola!
Con gracejo, para mí sin igual, contábame las famosas aventuras
de Pedro Rimales (Urde, que llaman ahora), que me hacían
desternillar de risa; transportábame a la
|Tierra de
Irasynovolverás, siguiendo al ave misteriosa de "la
pluma de los siete colores"; y me embelesaba con las
estupendas proezas del "Patojito" –que yo
tomaba por otras tantas realidades–, no menos que con el
cuento de Sebastián de las Gracias, personaje caballeresco entre el
pueblo, quien lo mismo echa una trova por lo fino, al compás de
acordada guitarra, que empunta alguno al otro mundo de un tajo; y
cuya narración tiene el encanto de llevar los versos con todo y
tonada, lo cual no puede variarse, so pena de quedar la cosa sin
autenticidad.
Con vocecilla cascada y sólo para solazarme, entonaba Frutos
unos aires del país –dizque se llamaban
|corozales–
que me sacaban de este mundo: ¡tan lindos y armoniosos me
parecían!
Respetadísimos eran en casa mis fueros. Pretender lo contrario,
estando Frutos a mi lado, era pensar en lo imposible. Que
"este muchacho está muy malcriado", decía mi
madre; que "es tema que le tienen al niño",
replicaba Frutos; que "hay que darle azote",
decía mi padre; que "eso sí que no lo verán",
saltaba Frutos, cogiéndome de la mano y alzando conmigo; y ese día
se andaba de hocico, que no había quién se le arrimase.
¡Y cuando yo le contaba que en la escuela me habían castigado!
¡Virgen Santa, las cosas que salían de esa boca! contra ese judío,
ese verdugo de maestro; contra mamá, porque era tan madre de
caracol y tan de arracacha, que tales cosas permitía; contra mi
padre porque era tan de pocos calzones, que no iba y le metía unos
sopapos a ese viejo mala entraña. Con ocasión de uno de mis
castigos escolares, se le calentaron tanto las enjundias a Frutos,
que se puso a la puerta de la calle a esperar el paso del maestro;
y apenas lo ve se le encara midiéndole puño, y con enérgicos
ademanes exclama: "¡Ah maldito! ¡Pusiste al niño como un
Nazareno! ¡Mío había de ser... pero
|mira: ti había
|di
arrancar esas barbas de
|chivo!". Y en realidad
parecía que al pobre maestro no le iba a quedar pelo de barba. El
dómine –que fuera de la escuela era un blando céfiro–
quedóse tan fresco como si tal cosa; y yo
|me la saqué,
porque Frutos en los días de azote o férula, me resarcía con usura,
dándome todas las golosinas que topaba y mimándome con mil
embelecos y dictados a cuál más tierno: entonces no era yo
"El niño", solamente, sino "Granito de
oro", "Mi reinito" y otras cosas de la
laya.
En casa el de más ropa qué relevar era yo, porque Frutos se
lamentaba siempre de que el niño estaba en cueros, y empalagaba
tánto a mi madre y a mis hermanas, que, quieras que no, me tenían
que hacer o comprar vestidos; no así tal cual, sino al gusto de
Frutos.
De todo esto resultó que me fui abismando en aquel amor, hasta
no necesitar en la vida sino a Frutos, ni respirar sino por Frutos,
ni vivir sino para Frutos; los demás de la casa, hasta mis padres,
se me volvieron costal de paja.
Qué vería Frutos en un mocoso de ocho años, para fanatizarse
así, lo ignoro. Sólo sé que yo veía en Frutos un ser
extraordinario, a manera de ángel guardián, una cosa allá, que no
podía definir ni explicarme, superior, con todo, a cuanto podía
existir.
¡Y venir a ver lo que era Frutos!
Ella –porque era mujer y se llamaba Fructuosa Rúa–
debía de tener en ese entonces de sesenta años para arriba. Había
sido esclava de mis abuelos maternos. Terminada la esclavitud, se
fue de la casa, a gozar, sin duda, de esas cosas tan buenas y
divertidas de la gente libre. No las tendría todas consigo, o acaso
la hostigarían, porque años después hubo de regresar a su tierra un
tanto desengañada. ¡Y cuenta que había conocido mucho mundo! y,
según ella, disfrutado mucho más.
Encontrando a mi madre, a quien había criado, ya casada y con
varios hijos, entró a nuestra casa, como sirvienta en lo de carguío
y crianza de la menuda gente. Por muchos años desempeñó tal
encargo, con alguna jurisdicción en las cosas de buen comer, y
llevándola siempre al estricote con mi madre, a causa de su genio
rascapulgas y arriscado, si bien muy encariñada con todos, allá a
su modo, y respetando mucho a mi padre, a quien llamaba
"Mi Amito".
Mi madre la quería y le dispensaba las rabietas y perreras.
Frutos había tenido hijos; pero cuando mi crianza, no estaban
con ella, y no parecía tenerles mucho amor, porque ni los nombraba,
ni les hacía gran caso, cuando por casualidad iban a verla. Por
causa de la gota, que padecía, casi estaba retirada del servicio
cuando yo nací; y al encargarse del Benjamín de la casa, hizo más
de lo que sus fuerzas le permitían. A no ser porque su corazón se
empeñó en quererme de aquel modo, no soportara toda la guerra que
la di.
Frutos era negra de pura raza, lo más negro que he conocido; de
una gordura blanda y movible, jetona como ella sola –sobre
todo en los día de vena, que eran los más– muy sacada de
jarretes y gacha. No sé si entonces usarían las hembras, como
ahora, eso que tanto las abulta por detrás; sí lo usarían, porque a
Frutos no le había de faltar; y era tal su tamaño que la pollera de
percal morado, que por delante barría, le quedaba tan alta por
detrás, que el ruedo anterior se veía blanquear, enredado en
aquellos espundiosos dedos; de aquí el que su andar tuviese los
balanceos y treguas de la gente patoja.
Camisa con escote y volante era su corpiño; en primitiva
desnudez lucía su brazo roñoso y amorcillado; tapábase las greñudas
pasas con pañuelo de color rabioso, que anudaba en la frente a
manera de oriental turbante; sólo para ir al templo se embozaba en
una mantellina, verdusca ya por el tiempo; a paseo o demás negocio
callejero, iba siempre desmantada. Pero eso sí: muy limpia y
zurcida, porque a pulcra en su persona nadie le ganó.
¡Muy zamba y muy fea! ¿No? Pues así y todo tenía ideas de la más
rancia aristocracia; y hacía unas distinciones y deslindes de
castas, de que muchos blancos no se curan: no me dejaba juntar con
muchachos mulatos, dizque porque no me tendrían el suficiente
respeto cuando yo fuera un señor grande; jamás consintió que
permaneciese en su cuarto, aunque estuviera con la gota, porque un
blanco –decía– "metido en cuarto de negras
s’emboba y se
|güelve un
|tientagallinas"; iguales razones alegaba para no
dejarme ir a la cocina, y eso que el tal paraje me atraía (cuestión
bucólica). Sólo por Nochebuena podía estarme allí cuanto quisiera y
hasta meter la sucia manita en todo; pero era porque en tan
clásicos días, toda la familia pasaba a la cocina. Mi padre y mis
hermanos grandes con toda su gravedad de señores muy principales,
se daban sus vueltas por allí, y sacaban con un chuzo de la
hirviente cazuela, ya el dorado buñuelo, ya la esponjosa y
retorcida hojuela; o bien asiendo del merecedor revolvían el pailón
de natilla, que, revienta por aquí, revienta allá, formaba cráteres
tamaños como dedales.
Las horas en que yo estaba en la escuela, que para Frutos eran
de asueto, las pasaba ésta en hilar, arte en que era muy diestra;
pero no bien el escolar se hacía sentir en la casa, huso, algodón y
ovillo, todo iba a un rincón. El niño era antes que todo; sólo el
niño la ponía de buen humor; sólo el niño arrancaba risas a esa
boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos.
Admirada de este fenómeno, decía mi madre: "¡Este
muchacho lo tendrá mi Dios para santo, cuando desde niño hace de
estos milagros!".
¡Al amparo de tal patrocinio iba sacando yo un geniecillo tan
amerengado y voluntarioso que no había trapos con qué agarrarme!
Ora me revolcaba, dándome de calabazadas contra todo lo que topaba;
ora estallaba en furibundos alaridos, acompañados de lagrimones,
cuando no me daba por aventar las cosas o por morder.
Tía Cruz, persona muy timorata y cabal, al ver mis arranques se
permitió una vez decir delante de Frutos que el niño estaba
"falto de rejo". ¡Más le hubiera valido ser muda
a la buena señora! Frutos la hartó a desvergüenzas y la cobró una
malquerencia tan grande, que siempre que la veía, resoplaba de puro
rabiosa.
Viendo los hilos que yo llevaba solía protestar mi padre y hasta
manifestaba conatos de zurra; pero mamá lo aplacaba, diciéndole,
con las manos en la cabeza: "¡No te
|metás, por
Dios! ¡Quién aguanta a Frutos!".
Y como de todo lo malo casi siempre me daba cuenta, comprendí
que por este lado bien cogidos los tenía; y me aprovechaba para
hacer de las mías. Cuando veía la cosa apurada;
|las prendía
a
|asilarme en los brazos de Frutos, tomábamos camino del
jardín, lugar de nuestros coloquios, y una vez allí, como si
estuviéramos en la luna.
A medida que yo crecía, crecían también los cuentos y relatos de
Frutos, sin faltar los ejemplos y milagros de santos y ánimas
benditas –materia en que tenía grande erudición–; e íbame
aficionando tanto a aquello, que no apatecía sino oír y oír. Las
horas muertas se me pasaban suspenso de la palabra de Frutos. ¡Qué
verbo el de aquella criatura! Mi fe y mi admiración se colmaron;
llegué a persuadirme de que en la persona de Frutos se había
juntado todo lo más sabio, todo lo más grande del universo mundo;
su parecer fue para mí el Evangelio, palabras sacramentales las
suyas.
Narrando y narrando llególes el turno a los cuentos de brujería
y de duendería. ¡Y aquí el extasiarse mi alma!
Todo lo hasta entonces oído, que tanto me encantara, se me
volvió una vulgaridad. ¡Brujas...! ¡Eso sí era la atracción de la
belleza! ¡Eso sí merecía que uno le consagrara todita su vida en
cuerpo y alma!
Ser payasito o comisario me había parecido siempre grande
oficio; pero desde ese día me dije: ¡Qué payaso... ni qué nada!
¡Como brujo no hay...!
Cuanto entendía por hazañoso, por elevado, por útil, todo lo vi
en la brujería. Las calenturas del entusiasmo me atacaron.
A fuerza de hacer repetir a Frutos las embrujadas narraciones,
pude grabarlas en la memoria, con sus más nimios detalles.
Del cuento pasábamos al comentario.
– Coger brujas, –me dijo una vez– ¡es de lo más
fácil!
|Nues más
|qui agarrar un
|puñao de
mostaza y
|regala por
|toíto el
|cuarto: ¡a la
noche viene la vagamunda!... y
|echa a pañar, a pañar fruta e
mostaza, y
|a
|lo questá bien agachada
|pañando,
nues más que
|tirale con el cinto
|e San Agustín...
¡Y
|ai mesmito queda enlazada de
|patimano, enredada en
el pelo! Un padrecito de la villa de Tunja cogía muchas
|asina, y las amarraba de la pata
|diuna mesa; pero la
cocinera del cura era tan boba que les daba
|güevo tibio, ¡y
las malditas se embarcaban en la coca! ¡
|Consiá, cuando a las
brujas no se les puede ni
|an mentar coca e
|güevo,
porque al momentico se
|güelven ojo
|di hormiga... y se
van!
– ¡Ajaá –dije yo– ¿Y cómo hacen
|pa
caber?
|– ¡Pis! –replicó–. ¡
|Anté que si
achiquitan en la coca
|a como les da la gana! ¡María
Santísima!
– ¿Y no se pueden matar? –la pregunté–.
– Eso sí; pero
|al
|sigún y
|conjorme: si
se les
|meti una cortada bien
|jonda se mueren; pero
como son tan
|sabidas, ellas
|mesmas se meten otra y se
empatan y
|güelven a quedar
|güenas y sanas.
– ¿Y
|matadas cómo hacen?
– ¡Tan bobo! No ve
|quellas no se mueren del tiro
|sinuna qui otra vez. Hay que
|tirales a toda gana la
primerita cortada,
|pa que queden
|ai tendidas. ¡Pero
con el cinto de mi Padre San Agustín sí no les valen marrullas!
– ¿Y
|onde hay
|deso?
–prorrumpí–.
– ¿Cinto? –dijo mi interlocutora, con gesto de cosa
dificultosa–. Eso es muy
|trabajoso conseguir: tan
solamente el Obispo se lo
|impresta a los curitas
|jormales.
– ¡
|Amalaya que mamá se lo mandara a prestar!
–exclamé entusiasmado.
¡Ave María, muchacho, y qué vas
|ahacer con cinto!
– ¡Eh! Pues
|pa coger brujas y
|amarralas de
los palos!
A pesar de lo difícil que era conseguir el cinto, salí en busca
de mi madre con la empresa. Halléla muy empecinada jugando al tute
con otras señoras.
– Mamá –le dije– óigame un escuchito –y
poniendo mi boca en su oreja, la expuse mi demanda con ese secreto
susurrante de los niños.
Las señoras, que no eran sordas, largaron la carcajada.
– ¡Quítate de aquí, empalagoso! –exclamó mi
madre–. ¡De dónde sacará este muchacho tanto embeleco!
Salí rezongando y muy corrido.
En muchos días no pensé sino en cómo se conseguiría el
cinto.
La
|brujomanía se me desarrolló con tanta furia, que no
hablaba sino del asunto.
– ¿Quién
|ti ha metido todas esas
|levas?
–díjome una vez mi hermana Mariana, que era la más sabia de la
casa–. ¡No hay tales brujas! ¡Esas son bobadas de la negra
Frutos! ¡No
|creás nada!
– ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! –le grité furioso–. ¡Sí
hay! ¡Sí hay! ¡Frutos me dijo!
– Y lo que dice Frutos no puede faltar... ¡Como si Frutos
fuera la madre de Dios... ¡Animal!...
– ¡Pecosa! ¡Pecosa! –aullé, embistiendo hacia ella,
con ánimo de morderla.
Me detuvo cogiéndome por los molledos y estrujándome de lo
lindo.
– ¡Voy a contarle a papá! –dijo– para que te
|meta una
|cueriza, ¡malcriado!, ¡que ya no hay quién
te aguante!
Corrí llorando en busca de Frutos y, casi ahogado por el llanto,
le grité al verla:
– ¡Qué te parece, Frutos!... ji! ji! ji!... que esa boba
Mariana me dijo ¡
|quizque nu hay brujas... ji! ji!...
|quizque son cuentos que me
|metés!
Ella hizo una cara como de susto; me enjugó las lágrimas; y
cogiéndome de una mano con agasajo, fuimos en silencio a sentarnos
en un poyo detrás de la cocina.
– Vea, mi hijito –me dijo–: es muy cierto que hay
brujas...
|¡puú...!
¡De que las hay, las hay! Pero... no hay que
|creer en
ellas.
Mis ojos ya enjutos debieron de abrirse tamaños: tal fue mi
sorpresa.
Aquello no podía acomodarlo; pero Frutos lo decía y así tenía
que ser.
Hablamos de largo sobre el tema, y como yo no perdía ocasión de
desentresijarla, la pregunté:
– Y
|decíme: ¿las brujas son gente que se vuelve
bruja,
|go es mi Dios que las hace?
– ¡No sea bobito! Mi Dios no hace sino cristianos; pero se
|güelven brujas si les da gana.
– ¿Y también hay brujos?
– ¡No ha
|dihaber!... pues los duendes! ¿no le he
|contao, pues?
Pero como no tienen pelo largo como las brujas, no se encumbran
por la
|región sino que
|güelan bajito.
– ¿Y cómo se aprende a ser brujo?
Guardó corto silencio, y luego, con aire de quien revela lo más
íntimo, me dijo a media voz:
– Pues la gente se embruja muy facilito: la
|moda es
quiuno siunta bien
|untao con aceite en toítas las
|coyonturas; se queda en la mera camisa y se
|gana a
una parte alta; y así
|questá uno
|encaramao, abre bien
los brazos como
|pa volar, y
|diciuno, pero ¡con harta
fe!: No creo en Dios ni en Santa María, y
|güelve a decir
hasta
|quiajuste tres veces sin resollar; ¡y
|antonces
si
|avienta uno
|puel aire y se encumbra a la
|región!
|
|– ¿Y no se cae uno?
– ¡Ni bamba! con tal
|quel unto esté bien hecho y se
diga
|comués. –Sentí escalofríos. No debía de saber que
el arrodillarse fuera señal de adoración, que de saberlo, viérame
Frutos de hinojos a sus pies. Me había hecho el hombre más feliz:
había hallado mi ideal.
Esa noche cuando, después de rezar, me metí en la cama, repetía
muy quedo: No creo en Dios ni en Santa María; no creo en Dios ni en
Santa María, y me dormí preocupado con esta declaración de
ateísmo.
Al día siguiente, muy de mañana, corría yo por los corredores,
con los brazos abiertos y repitiendo la embrujada fórmula. Mariana,
que tal oye, grita: "¡Mamá, venga y
|verá las cosas
que está diciendo este ocioso!". Pero mi madre no alcanzó
a
|ver mi
|dicho, porque antes que llegara, había yo
tendido el vuelo a la calle, camino de la escuela. No sé por qué,
pero me dio recelillo de que mi madre me viera haciendo tales
cosas.
A mi vuelta no salió Frutos a recibirme. Fui a buscarla y a
reclamar sus obsequios, y por primera vez la encontré hecha la ira
mala conmigo: que mamá había ido a querérsela comer viva, por las
cosas que me contaba y enseñaba; que yo tenía la culpa por
|icendario; y que ya sabía que no volviera a
|jorobarla, diciéndole que me contara cuentos, porque así
como era tan
|picón...
Al almuerzo me dijo mi padre con una cara muy arrugada:
"¡Cuidadito, amigo, cómo se le vuelven a oír las cositas
que dijo esta mañana!... ¡Le cuesta muy caro!".
Tales razones me desconcertaron.
¡Amenazarme mi padre! ¡Ponerme Frutos casi en entredicho! ¡Y
precisamente cuando tenía tanto qué consultarle! ¡Quedarme sin
saber a qué atenerme en lo del pelo largo, en lo del aceite!
Por tres días rogué a Frutos que tan siquiera me dijera dos
cositas, prometiéndola no decir esta boca es mía. ¡Andróminas
inútiles! No pude sonsacarle una palabra.
¡Qué malas! Y lo peor era que eso que al principio no pasaba de
un capricho, me fue alborotando con el obstáculo, que se tornó en
deseo, en deseo apremioso, irresistible.
¡Ser brujo!... volar de noche por los techos, por la torre de la
iglesia, por la
|región! ¿Qué mayor dicha? ¡Qué tal cuando yo
diga en casa: ¿Qué me encargan, que me voy esta noche para Bogotá?;
y que conteste mamá:
|Traéme manzanas; y que al momento
vuelva yo con un gajo bien lindo, acabadito de coger! ¡Y cuando me
encumbre serenito, como un gallinazo, tejado arriba!...
Sí, yo tenía que ser brujo: era un necesidad. ¡Si hasta sentía
aquí abajo la nostalgia del aire! Por la gran
|pica
–pensaba– que aquí en casa me regañan, y que Frutos ya no
me cuenta nada, yo sabré qué hago... Y al primero que se embrujó,
¿quién le enseñó?... Yo siempre consigo aceite...
|manque sea
de palmacristi... pero ese cuento del pelo largo, como las
mujeres... ¡quién sabe!
Aquí el rascarme la cabeza.
Yo, que desde el último amén del rezo hasta las seis dormía a
pierna suelta, tuve entonces mis ratos de velar. En la excitación
del insomnio veía sublimidades, facilísimas de llevar a cabo: dos
veces soñé que en apacible vuelo giraba y giraba, alto, muy alto;
que divisaba los pueblos, los campos, allá muy abajo, como
dibujados en un papel.
Pepe Ríos, hijo de un señor que vivía vecino a nuestra casa, era
un mi compinche; y al fin determiné abrirme con él y comunicarle
mis proyectos. En un principio no pareció participar de mi
entusiasmo, y me salió con el mismo cuento, de que sí había brujas
pero que no había que creer en ellas, lo que me hizo afianzar más,
viendo cuán de acuerdo estaba con Frutos. Pero le pinté la cosa con
tal fuego, que al fin hube de trasmitírselo.
Pepe no era de los que se ahogan en poca agua: su inventiva todo
lo allanó.
–
|¡Mirá! –me dijo– mañana que hay salve en
la iglesia tengo que ir de
|monarcillo. Yo sé
|ónde
tiene el sacristán guardado el aceite, y cuando vaya a vestirme, le
robo.
|Conseguite un frasco bien bueno,
|pa que lo
llenemos
|.
– ¿Y de pelo qué hacemos? –le repuse– ¡porque la
gracia es que volemos bien altísimo!... bajito, como los
duendes...
|¡pa qué!
–¡Eso sí
|ques lo
|pilao –exclamó
Pepe–. Las muchachas de casa y mi
|mama se ponen pelo, y
se lo robamos. ¡Qué
|lihace que no sea pelo de nosotros: en
siendo largo y que se
|gulungué harto... con eso hay!
Este sí es el muchacho –pensaba entre mí, mientras abría la
boca pasmado– ¡Hast’ai! ¡Qué tal que se ajuntara con
Frutos!
Al otro día –en son de buscar un perico que dizque se nos
había perdido– invadíamos Pepe y yo las alcobas de las
señoritas Ríos. Rebuja por aquí, ojea por más allá, dimos con un
espejo de gran cajón, y en éste una cata de cabellos de todos
colores, enredados y como en bucles unos, otros trenzados y
asegurados con cáñamos, en otros lacios y flechudos, cuáles en
ondas rizosas y bien pergeñadas, el cual
|pelerío se hacinaba
entre peines grasientos y desdentados, peinetas desportilladas,
horquillas y otras cosas nada bonitas ni perfumadas. Un frasquito
de tinta colorada me tentó, y como fuese a echarle mano con mucha
golosina, me dijo Pepe:
– ¡No lo
|cojás! Eso es las chapas de mi
|mama,
y... ¡hasta nos mata!
¡Qué pocos pelos le quedaron al cajón!
Pero eso sí –me dijo al entregármelo–,
|escondé
bien todo en tu casa, ¡y que no vayan a
|güeler nada! Ve que
vos
|sos muy
|cuentero... Y si nos cogen... Ni
|digás tampoco nada de lo que vamos a hacer.
¡Eh! ¡Vos si
|crés! –repliquéle con gran
solemnidad–.
|Mirá... ¡no hay ni riesgo que yo
cuente!
Desde ese día se nos vio juntos. Y nada que le agradaba a Frutos
mi compañía con ese Caifás, como llamaba a Pepe.
Esa noche declaré en casa que no me acostaba, sino cuando se
acostaran los grandes, porque iba a cumplir diez años. Y así fue.
Para distraer mis veladas, me pasaba cerca a la vela, volteando
como una mariposa, quemando papeles, o despavesando, lo que
incomodaba a Mariana, única que en casa me hacía oposición.
– ¡Ah, mocoso! –decía–. Ya
|nian de noche
nos deja en paz!... ¡
|Andá a acostate,
|sangripesado!
Mas yo me sentía entonces tan gratamente preocupado, que sólo
respondía a tales apóstrofes, sacándole la lengua y haciéndole
|bizcos.
– ¡Ah muhán! –gritaba Mariana–. Que si papá no te
da una
|tollina... ¡yo sí te cojo!... ¡Pero he de tener el
gusto de amasate!
Aumento de
|bizcos.
Doña Rita, madre de Pepe, asistía con sus hijas a la lotería que
se jugaba en casa algunas noches, y Pepe no faltaba; pero desde
nuestra alianza dejaba éste las delicias del apunte para irse
conmigo. Así, a nuestras anchas pudimos concertar el plan: la
elevación quedó fijada para el domingo siguiente por la noche.
¡Faltaban dos días! ¡Qué expectación aquélla! Hasta la gana de
comer se me quitó; hasta Frutos –que en esas le atacó la
gota– se me olvidó.
"¡En qué
|inguandias andarán!", decía
con aire de mal agüero, cuando pasábamos cerca de su cuarto.
Al fin ese domingo tan deseado amaneció. Desde la doce ya
estábamos en el solar de casa apercibiéndonos para arreglar los
cabellos. Un forro viejo de paraguas, que pudimos arbitrar, nos
sirvió para pergeñar sendos peluquines, que, como Dios nos dio a
entender, aseguramos con cera negra y con amarradijos de
cabuya.
Terminada la grande obra, verificamos la prueba, ante el espejo
de Mariana, que fue sacado clandestinamente. ¡Qué bien nos
quedaban! ¡Cuán luengos nos caían los mechones! Convinimos, no
obstante, que más que a brujos, nos parecíamos al
|Grande
Hojarasquín del Monte.
Guardamos todo con gran cuidado, y nos salimos a la calle a
disimular; pero eso sí, devorados por dentro.
Después de angustiosa espera, apareció por la noche Pepe con su
madre; y no bien la lotería se estableció... como pajaritos para el
solar.
Trabóse entonces reñida disputa sobre cuál sería el punto a
donde debíamos trepar para tender el vuelo. Pepe decía que sobre el
horno, que estaba en el corredor del solar; yo, que sobre la tapia
del corral, alegando que el horno no era bien alto y que, como
estaba bajo tejado, se torcía al vuelo y no podíamos encumbrarnos.
Al fin nos decidimos por el chiquero, que reunía todas las
condiciones. De él volaríamos al "Alto de las
Piedras", que domina el pueblo por el sur, y del Alto... a
la
|región. La elevación debía ser simultánea.
Aunque hacía luna, llevamos cabo de vela, y, encendido éste,
principiamos en el comedor el
|brujístico tocado. Colgados
que fueron de un palo los vestidos de dril; remangadas las camisas,
tomamos sendas plumas de gallina y principió la unción. ¡Válgame
Dios y qué efluvios los de aquel aceite!
Agotado el frasco, y luego que las coyunturas nos quedaron
hechas un melote, nos colocamos la rebujiña de cabellos, asegurados
con barboquejo de cabuya.
Trémulos de emoción, salimos solar abajo, con la bizarría de
acróbatas que salen al circo saludando al público.
En lo más remoto del solar, allá tras el movible follaje del
platanar, al principiar un declive –que llamábamos el
|rumbón– estaba el chiquero de recios palos y techumbre
de helecho; desaguaba por la pendiente aquélla, formando cauce de
negro y palúdico fango, que fertilizaba los
|lulos, las
tomateras, el barbasco, allí nacidos espontáneamente.
Amenazantes por demás fueron los gruñidos con que, a manera de
protesta, nos recibió el cerdo, cuando, en tan desusadas horas, vio
invadidos sus dominios; pero nosotros proseguimos impertérritos
haciendo caso omiso de tales roncas.
Adelantándomele a Pepe, no paré hasta poner el pie en el último
travesaño. Allí, apoyado en uno de los palos que sostienen el techo
–cual otro Girardot con su bandera– me detuve un segundo.
¡Mis ojos abarcaron la inmensidad!
Toda la fe que atesoraba la gasté entonces, y, con voz
precipitada, por temor de faltar al precepto con un resuello
intempestivo, dije:
–¡No creo en Dios ni en Santa María! ¡No creo en Dios ni en
Santa María! ¡No creo en Dios ni en Santa María!... y me
lancé...
¡Cosa rara! En el vértigo me pareció no volar hacia el Alto...
Sentí frío, no sé qué en la cabeza y... nada más.
... Abrí los ojos: alguien que me cargaba, tendiéndome en una
tarima; algo como sangre sentí en la cara; me miré: estaba casi
desnudo y enlodado. Por el desorden de los muebles; por las tablas
y fichas de la lotería, dispersas por el suelo; por los regueros de
maíz; por el movimiento de alarma, sospeché lo que pasaba. Una
ráfaga glacial me heló el corazón: cerré los ojos para no verme,
para no presenciar no sé qué espantoso que iba a suceder.
– ¡Toñito! ¡Antoñito!... ¿se aporreó? ¿Está herido?
–preguntaban.
Sentí que me tocaban, que me acercaban la vela.
– ¡No es nada! ¡No es nada!... –clamaban.
|– ¡No fue nada... es que está aturdido!
– ¡Abra los ojos! ¡Antonio! ¡Antoñito!
– ¡Cálmese! ¡Cálmese, misiá Anita! Nu’ es nada!...
Un ruido como chasquido de dientes me llegó al alma. ¡Abrí los
ojos, y vi!... Mi madre estaba tendida en una butaca; con los
brazos rígidos; los puños contraídos y apretados; la cara lívida,
torcida hacia un lado; los ojos en blanco; la nariz ensanchada,
como buscando aire; anhelaba gritar y se quedaba seca, agitada por
opresora convulsión; unas señoras la tenían, la rociaban, la
friccionaban, la hacían aspirar esencias; mis hermanas
lloraban.
Salté de la tarima prorrumpiendo en gritos: ¡Mamita!
¡Mamita!
– ¡No tiene nada! –vociferaron–. ¡No tiene
nada!
– ¡No está ni descompuesto!
– ¡Cómo fue eso, por Dios!... ¿Cómo se puso así?...
– ¡Pero sí se hirió la cara!... ¡Toñito, no se arrime...
que está imposible!
Horrorizado fui a huir.
Me atajaron en la puerta con un platón de agua tibia; la
cocinera me paró en medio del humeante baño, sin que yo tratara de
hacer resistencia; quitóme la inmunda camisa, y, así hecho un Adán
automático, principió el lavatorio, ayudada de unas señoras.
– ¡Eh! ¡Pero en qué se cayó este niño, que esto no despega!
–dijo una–.
– ¡Si está apestado! –replicó otra, tapándose las
narices y haciendo extremos de asco.
– Traigan jabón, a ver si esto sale.
Pronto la pelota de jabón de la tierra, corrida por hábil mano,
untó todo mi cuerpo.
– ¡Pues, mis queridas! –exclamó la enjabonadora–
eso es aceite de higuerillo y no cosas del chiquero.
– ¡Pues
|verdá! ¡Pues
|verdá –repitieron
las demás.
– ¡Eh! ¡Pero cómo puede ser eso!
Del platón fui trasladado a la tarima, y me enjugaron con una
colcha. Mariana, ya sosegada, trajo camisa, e iba a vestírmela,
cuando, con gran tropel, se llenó la pieza de gente. Mi padre venía
allí.
– ¿Se mató? –preguntó con voz que nunca le había
oído.
Sin esperar respuesta, salió. No había transcurrido un segundo
cuando volvió: traía una soga.
– ¡No le vaya a
|pegar! –prorrumpen mujeriles
voces.
– ¡Pobrecito! –dice la del jabón–... ¡Qué culpa
tiene él!
– ¡Es una injusticia, papá... véalo herido! –plañían
las de casa.
Papá no atendió: se acercó a mí; y, cogiéndome de un brazo con
una mano, levantó con la otra un extremo doble de la soga, y dijo
trémulo:
– ¡Te he tolerado todas las que has hecho; pero con ésta se
llenó la medida!... ¡Tomá,
|vagamundo... para que
aprendás!... –y la soga crujió en mis carnes.
Un grito, como aullido de animal, resonó en la pieza: era Frutos
que entraba.
– ¡Mi amito! ¡Mi amito! –gimió, tratando de cogerle la
soga e interponiéndose entre él y yo– ¡ Mi amito, por Dios! No
le pegue, por los clavos de Cristo –y se arrodilla, le abraza
las piernas, casi lo tumba–. ¡El no tiene culpa!... no
tiene... no tiene!
Mi padre la rechaza; pero Frutos se pone en pie; y, saltando
hacia mí, me envuelve en sus faldas.
– ¡Vieja bruja! –grita él, arrancándole el pañuelo y
cogiéndola de las greñas– ¡Largálo!... o te mato! –La
arrastra con una mano, mientras que con la otra me saca del
envoltorio.
– ¡Quítenmela... que la mato!, –vocifera con
coraje–.
Ella se endereza, y, como un fardo, se va de espaldas contra el
entablado suelo, lanzando extraños sonidos.
El, entonces, toma la soga, como la vez primera; y, contando
uno... dos... tres... hasta doce, va asentando azotes sobre mi
desnudo cuerpo, que se zarandea como maniquí colgado.
No lancé un ay! ¡yo que ponía los gritos en el cielo porque una
mosca se me asentara!
Frutos seguía en el suelo, retorciéndose; de repente se levanta
y torna a caer; en impúdica rebujiña se revuelca, haciendo apartar
la gente y tropezando con los muebles; algunos van a cogerla, y los
rechaza a puñetazos, a patadas y mordiscos. Pudo entonces articular
con voz espantosa:
– ¡Déjenme... que ahora
|mesmo me largo de esta
maldita casa!
Todos los hombres la acometen, y –arremolinándose en
apretada lucha, en que se sentían respiraciones de cansancio y
traquear de huesos–, logran sacarla al corredor.
En el desorden pude verla, y se me antojó, no obstante mi amor a
ella, cosa diabólica. Estaba desgreñada, con los ojos crecidos y
sanguinolentos, echando espumarajos por la boca.
El médico entra, me examina; declara no haber fractura ni
dislocación de hueso, ni cuerda encaramada; tocóme el rasguño de la
mejilla, sacó un instrumento, y sin dolor extrajo del rasguño aquél
pequeña astilla de palo; me dio a tomar un bebistrajo que tenía
aguardiente; tomó una copa, puso en ella un papel encendido, y,
asentándomela en la espalda, la fue corriendo, inflándome las
carnes en dolorosa tensión; manos femeniles empapadas en
aguardiente alcanforado frotaron mi cuerpo; y, por último,
pegáronme en varios puntos pingos de trapo mojados en un agua
amarillenta.
Aún no habían terminado estas faenas cuando se oyeron pasos
precipitados, acompañados de crujir de almidonadas faldas. Doña
Rita apareció en la puerta: traía en las manos uno de los
peluquines de marras.
–¡Vengo muerta de pena! –exclamó sofocada, haciendo
visajes.
¡Allá le hice dar de Ríos una
|cueriza a aquel bandido!...
¡Vean las cosas de estos diablos! (y exhibió la peluca). ¡Pues no
estaban de brujos!... y esto fue lo que se pusieron en la cabeza
dizque
|pa volar! ¡Qué les parece: el pelo que teníamos
|pa... la cabellera de Jesús Nazareno!...
Todos se agruparon para examinar la cosa, prorrumpieron en mil
extremos de admiración. También el doctor tomó el peluquín en las
manos, riendo a carcajadas.
– ¡Ave María,
|dotor!... –siguió doña
Rita–. ¡Pues no ve! ¡Un milagro patente fue que estos enemigos
no se hubieran desnucado. Qué le parece,
|dotor: ¡aventarse
de aquel chiquero tan alto! ¡y a aquel
|rumbón!... ¡La
fortuna que cayó entre el
|pantanero, y que se enredó en una
mata!... que si no, ¡tiesecito lo levantan del zanjón! Estábamos
jugando la lotería muy a gusto; me acababa de cerrar por las tres
pelotas ¡cuando,
|dotor!... oímos que aquel mío grita:
"¡Corran, que Antonio se mató!... ¡
|Li aseguro,
|dotor, que me quedé muerta!... Corrieron todos con las
velas... ¡cuando a un rato
|nolo traen en guandos!... ¡Con la
mera camisita!... ¡Con porquería de chiquero hasta los ojos!...
¡Chorriando sangre!... muertecito... muertecito... mismamente! El
mío se escapó, porque, como es tan haragán; no se atrevió a volar
primero. ¡Pero qué le parece,
|dotor, que tuvieron cara!,
¡los indinos! de
|empuercarse todos con aceite de higuerillo,
que le robaron al sacristán... ¡dizqu’es preciso
|pa ser
brujos!... ¡Pero así bien
|untao... se
|chupó su buena
cueriza! ¡No le digo... si estos muchachitos
|dihoy en día
aprenden con el
|Patas!
– ¡No es con el Patas! –prorrumpe mi padre desde el
cuarto vecino, saliendo a la escena–. ¡No es con él! ¡Este
diablo de negra Frutos, que ha tolerado Anita, es la que los ha
metido en éstas! Y no crean ustedes que este niño escapa: puede
morir de las consecuencias: ¡el cimbronazo debió ser horrible!
–¡El peligro es muy remoto! y el caso no se presenta
alarmante –repuso el esculapio–. Tanto es así que no he
tenido que apelar a un tratamiento enérgico.
– ¡Ojalá así sea! –dijo mi padre–. Pues sí
–agregó– la maldita negra es la de todo. Desde que me
llamaron y supe que la caída había sido del chiquero, todo lo
adiviné. ¡Ya él se había
|chupado su regaño!
Contó, entonces, lo del ensayo de vuelo por los corredores y lo
de las palabras aquéllas.
Aclarado el misterio, llovieron las admiraciones y
repreguntas.
Estas pláticas me sacaron del sonambulismo. Me sentí el hombre
más desgraciado. Qué le hace que me muera –me decía–
¡siempre que Frutos me engaña con mentiras!... ¡siempre que es tan
mala!... ¡siempre que uno no puede volar!... Así como así mamá se
murió (porque la creía muerta). Así como así papá me ha pegado con
rejo ¡delante de tanta gente!... así como me han desnudado...
siempre que Pepe es tan traicionero que contó...
Sentíame como si todos los resortes de mi alma se hubiesen roto,
sin fe, sin ilusiones... Cerraba bien los ojos para irme muriendo y
descansar; pero no: tristezas espantosas pasaban por mi cabeza.
Exhalaba hondos suspiros.
Muy tarde, cuando ya se había ido casi toda la gente, me dormí.
¡Más me valiera velar! Cosas horribles y extravagantes
estremecieron mi espíritu: veía a Frutos que volaba, que se reía de
mí, haciéndome contorsiones; oía que las campanas doblaban
tristes... muy tristes; en esa vaguedad de los sueños, aspiraba el
olor del ciprés, de luces ardiendo; y veía a mi madre en un ataúd
negro... muy negro. Luego estuve en un pantano, sumergido hasta el
pescuezo; quería salir, quería gritar, y no podía.
Al fin, merced a extraño impulso, pude salir; lancé un grito y
desperté temblando, con el cabello parado y empapado en frío sudor.
Había luz en la pieza: mi madre, teniéndome de las manos, me
sacudía.
– ¡Toñito!... ¡Toñito!... –me gritaba...
– ¡No se asuste, mi hijito!... es una pesadilla.
¡Mamá viva! –pensé–. ¿Todavía estaré soñando?
Me tomó como a un chiquitín, y estrechándome contra su pecho, me
besó la frente y me dijo llorando:
– ¿No ve,
|mijo, las cosas que hace... para que papá
lo castigue! ¡Y si se ha matado... qué había hecho yo! y seguía
llorando.
– ¡Mamita querida!... ¿Usted no se ha muerto? ¿No es cierto
que no?
– ¡No, mi hijito! ¿No ve que estoy aquí, con usted? Eso fue
que me dio la pataleta del susto... pero ya estoy aliviada... Tome
otra vez la pócima que dejó el doctor, ¡está muy sabrosa!
–¡Sí estaba viva!
Incorpóreme para recibir el vaso, y vi que mi padre estaba
sentado al extremo de la cama.
¡También lloraba!
Me pasó la mano por la frente, me tomó el pulso y dijo muy
triste:
–¡Tiene mucha fiebre... pero mucha!
Fue a despertar al doctor, que se había acostado en la pieza
contigua; me dieron unas gotas en agua azucarada.
Sosegué por completo, y lloré mucho; pero lloré con alegría.
Seis días estuve en cama, oyendo a Doña Rita y a las visitas los
comentarios, ya cómicos, ya tristes de mi propia aventura. Por
ellos supe que Frutos se había ido de casa y que había mandado por
los
|corotos. Esto, que el día antes me hubiera trastornado,
me fue entonces indiferente.
Don Calixto Muñetón –lumbrera del pueblo, que arengaba
siempre en los veintes de julio y cuando venía el obispo; que leía
muchos libros y que compuso novena del Niño Dios– vino también
a visitarme. Sin ser veinte de julio, se dejó arrebatar de la
elocuencia, a propósito de mi caída, disertó sobre las grandezas
humanas, poniendo verdes a las gentes orgullosas; y al fin se
planta en pie, toma en su siniestra su bastón de guayacán, levanta
la diestra a la altura de su cara, como manecilla de imprenta, y
como quien resume, se encara conmigo con aire patético, y dice:
– Sí, mi amiguito: todo el que quiere volar, como usted...
|¡chupa!