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R
a f a e l M a r í a C a r r a s q u i l l a
Hijo del escritor costumbrista Ricardo Carrasquilla, quien fundó
por los años de 1855 el Liceo de la Infancia, en donde Rafael María
escucha desde muy pequeño las lecciones allí impartidas. Nutrió su
espíritu, además, con las conversaciones tenidas por su padre con
los demás participantes de las tertulias de El Mosaico. Dice Luis
María Mora en una pequeña biografía publicada en 1915:
"Muy niño aún el Sr. Carrasquilla, pudo escuchar lecciones
orales que en gratas conversaciones prodigaban en jugosa abundancia
los letrados fundadores de El Mosaico, modesto e ilustrado cenáculo
de los hombres más conspicuos del país"*.
Contando apenas 22 años publica su primer escrito
|Sobre Núñez
de Arce en el periódico
|Repertorio Colombiano, una de
las más importantes publicaciones de la época según Menéndez
Pelayo. Entre sus escritos se destacan:
|El reverendo padre Gil,
recuerdo del visitador de los jesuitas, publicado también en
|El Repertorio, 1847.
|La extinción de las comunidades
religiosas en Francia, 1881.
|Sobre el estudio de la
filosofía, 1881. Fue sacerdote, Párroco de la iglesia de
Egipto. Durante su estancia allí escribe
|San Agustín, su labor:
estudio monográfico. Luego pasó a la parroquia de la Catedral
de Bogotá, donde se destaca como orador. En 1890 fue nombrado
Rector del Colegio Mayor del Rosario, donde hace importantes
reformas educativas y funda la facultad de Filosofía y Letras. El
cuento seleccionado hace parte del libro
|Historias y cuentos
para los estudiantes del Colegio del Rosario, Arboleda y
Valencia, Bogotá, 1915.
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Los Novios de Mimi
(Sobre un cuento de Jules Lemaitre)
...Y la Cenicienta se casó con el hijo del rey.
Unos meses más tarde falleció el monarca; los cortesanos alzaron
al príncipe sobre un pavés, y un heraldo gritó desde el balcón del
palacio:
- ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!
La reina Cenicienta tuvo una niñita que se llamó la princesa
Mimí.
La princesa Mimí era linda como un sol, buena como un ángel, y
de un talento extraordinario. La tez sonrosada, la cabeza rubia y
los ojos azules le asemejaban a un ramillete de flores.
Cuando cumplió quince años hubo que pensar en casarla, conforme
a las leyes del reino.
Mas, como era princesa, no podía casarse sino con príncipe.
Y no había, en quinientas leguas a la redonda, más que dos
príncipes: el príncipe Polifemo, que era siete veces mayor en
estatura que Mimí, y el Príncipe Pulgarcito, que era siete veces
menor en tamaño que ella.
Ambos estaban prendados de Mimí, pero ninguno era correspondido:
el uno por lo grandulazo y el otro por lo pequeñín.
Sin embargo, el rey le ordenó a su hija que se decidiese antes
de un mes por uno de los dos pretendientes, y a ellos les permitió
que cortejasen a la princesa. Quedó convenido que el que recibiera
calabazas no se daría por ofendido con su rival.
Polifemo llegó con sus regalos: bueyes, carneros, quesos tamaños
como una piedra de molino, frutas por canastadas.
Pulgarcito llevó canarios y alondras en jaulas doradas, flores y
joyas, chirimbolos y perendengues. Aquello semejaba el mobiliario
de una casa de muñecas.
A Polifemo le iban escoltando ocho gigantes vestidos de pieles
de tigre y de oso; a Pulgarcito, treinta bufones vestidos de
arlequines y con gorros puntiagudos terminados en un cascabel.
Polifemo hizo verbalmente su autobiografía.
- No creáis, señora, lo que un poeta llamado Homero ha escrito
sobre mí. Comenzó por afirmar que yo no tenía sino un ojo, y ya
veis que los tengo entrambos. No puedo negar que hace como cuatro
mil años conservaba todavía el hábito de comerme vivos a los
hombres que llegaban a mi isla, pero no lo hacía con mala
intención, sino que como eran tan diminutos, me los sorbía yo sin
escrúpulos de conciencia, como podéis vos comeros, al empezar el
almuerzo, media docena de ostras. Por fin desembarcó en mis tierras
un griego llamado Ulises, quien me hizo comprender que aquellas
criaturas eran hombres como yo, que tenían madres, esposas, hijos
que los lloraban cuando yo me los comía. Desde entonces no he
vuelto a alimentarme sino de la carne y la leche de mis rebaños. Yo
no soy malo; y ya veis, princesa, que a pesar de mi tamaño y de la
fuerza que gasto, soy para con vos tan manso como un cordero recién
nacido.
Por vanidad, Polifemo no refirió cómo Ulises lo venció, no
obstante la desigualdad de tamaño, ni cómo le vació los ojos, que
sólo recobró el gigantón varios siglos más tarde, merced a los
remedios del sabio nigromante Frestón.
Mimí pensaba para sí:
- Este coloso es capaz de devorarme cualquier día que tenga
hambre. Y el príncipe Pulgarcito es tan minúsculo, que el peligro
está en que yo me lo coma, por distracción, a la hora menos
pensada.
Pulgarcito refirió también su historia:
- Unos pérfidos encantadores quisieron extraviarme en un bosque
con mis seis hermanitos. Pero tuve la precaución de llenarme los
bolsillos de piedrecitas, que fui dejando caer al disimulo, y
pudimos volvernos sin dificultad a casa. Por desgracia, topamos con
el Ogro, que nos llevó a su palacio y nos acostó en su propia cama,
que era tan grande como la azotea de este castillo. Me hice el
dormido y alcancé a oír que el Ogro pensaba desayunarse con
nosotros siete al amanecer del día siguiente. Coloqué entonces en
nuestro lugar a las siete hijas del monstruo, y le robé las botas
de siete leguas que me sirvieron mucho en cierta guerra que hube de
hacerle a uno de los reyes limítrofes de mi principado. No me he
vuelto a poner aquellas botas, porque son de suela muy áspera y me
lastiman los pies, y porque como a cada paso lo hacen avanzar a uno
siete leguas, le quitan al paseo todos sus atractivos. Tengo las
botas en el museo de mi palacio. Allá las veréis, princesa
Mimí.
Por vanidad, Pulgarcito no refirió cómo sus padres eran unos
míseros leñadores, e imitó a Polifemo en lo de mezclar lo falso a
lo verdadero; porque el amor, el interés y también la imaginación
nos hacen mentir en ocasiones.
Un día Polifemo, acostado en el tapiz de Persia del salón -no
había asiento que lo resistiera- con las piernas estiradas que
daban hasta la pared de enfrente, le dijo a Mimí, con un vozarrón
que parecía truenos, y que hacía temblar las vidrieras de colores y
mecerse las lámparas de plata pendientes del artesonado de
cedro:
- Soy pobre de espíritu pero recto de corazón y fuerte de
cuerpo. Arranco los peñascos y los lanzo al mar, desnuco un toro de
un puñetazo, y los leones del desierto tiemblan en mi presencia.
Veníos a mi tierra. Veréis montañas que tocan el cielo, azules por
la mañana, rosadas por la tarde; lagos como mares, pero tersos y
diáfanos como un espejo; selvas tan viejas como el mundo. Os
llevaré a dondequiera que lo deseéis. Iré a coger, para
obsequiaros, en mesetas altísimas, flores que a ninguna otra mujer
sirvieron de adorno. Mis compañeros y yo seremos esclavos vuestros.
¿No es destino envidiable y nunca visto llegar a ser una diosa
pequeñita, servida por gigantes, ser reina única -linda y frágil-
de las selvas y las montañas, los torrentes y los lagos, los leones
y las águilas?
La princesa no era indiferente a aquellas frases. Se estremecía,
pero gozaba como un gorrioncillo preso en el hueco de una mano
poderosa, que sintiera que él es dueño de la mano que casi lo
ahoga, y que en realidad el cazador es su cautivo.
Entonces Pulgarcito, arrebujado en un pliegue de la falda de
Mimí, le decía con su armoniosa vocecilla de cristal:
- Preferidme, princesa. ¡Ocupo tan poco sitio! ¡Qué gozo para mí
pensar que podeís hacer conmigo cuanto os venga en voluntad! Sabré
amaros con talento; decíroslo de cien modos diversos, y adivinar
los secretos deseos de ese corazón, y cambiar mis palabras según
que estéis triste o regocijada, animada o lánguida; según las horas
del día y las estaciones del año. Os rodearé de cuanto inventó la
industria humana para hechizar la vida; no tendréis sino objetos
elegantes, telas riquísimas, estatuas cinceladas, joyas y perfumes.
Os referiré historias y cuentos llenos de interés, veréis en el
teatro de palacio los primeros comediantes y trágicos del mundo.
Soy músico y poeta. Vale más descubrir la naturaleza y sentirla que
dominarla por fuerza; es más arduo domar vocablos que domar tigres;
más estimable la agilidad de la mente que la fuerza de los
músculos...
Y Mimí se sonreía y cerraba los ojos como si la estuvieran
arrullando.
Una mañana dijo a sus dos pretendientes:
- Hacedme unos versos por favor.
El príncipe Pulgarcito se recogió un momento, y luego recitó
estos versos, chiquitos como él:
|Me llaman unos
El Pulgarcito,
Y otros más tunos
Nené Pulgada;
Me importa un pito,
No importa nada.
En la gotita
Que la mañana
Deja en la hojita
De mejorana,
Integro el velo
Turquí del cielo
Fiel se refleja
Con sus primores.
Pura conseja,
Decir semeja
Que tantas flores
Tan olorosas
De los jardines,
Miles de rosas
Y de jazmines
Ricos de esencia,
Logre la ciencia,
Quién sabe cómo,
Tener guardadas
Reconcentradas
Dentro de un pomo.
Aunque soy chico,
No soy pequeño;
Príncipe y rico,
Te ofrezco, con
Férvido empeño
Mi corazón.
- ¡Primorosos! ¡Exquisitos! -dijo la princesa.
- Favor que me hacéis, señora -repuso Pulgarcito, irguiéndose de
satisfacción y creciendo al parecer dos milímetros.
Mimí, que a pesar de su candor, tenía su poquito de coquetería
natural, y gustaba hacer a sus pretendientes un favor y un
disfavor, dijo entonces:
- Aunque son de estilo algo anticuado, pura escuela
romántica.
- ¡Eh! -dijo Polifemo-. No debe de ser difícil hacer versos tan
menuditos.
- Ensayad -le dijo Pulgarcito.
El gigante se la pasó cavilando el día entero. Nada se le
ocurría. A veces se daba en la frente unos puñetazos tremendos,
pero ni por ésas. ¿Cómo era posible no poder expresar, siquiera en
dos renglones iguales, lo que él tenía allá adentro tan vivo y tan
hondo? Aquello era inconcebible... Por fin, a la tarde, cayó en la
cuenta de que
|amor es consonante de
|flor. Tres horas
después, entró al gabinete de Mimí y le dijo:
- Ya está aquello.
- Vamos a ver -respondió la princesa.
- Ahí va:
|Eres bella como una flor,
Por eso te tengo yo mucho amor.
La princesa soltó la risa.
- ¿No están buenos los versos? -preguntó Polifemo.
- Y tan fácil como habría sido hacerlos mejores -replicó
Pulgarcito-. Podríais, por ejemplo, haber dicho:
|Rubia de mis amores, cierto que eres chiquita;
Pero en cambio, tan mona, resalada y bonita.
O también:
|Yo soy, señora, un gigantón zoquete,
Tontamente prendado de un juguete.
O de esta manera:
|Explícame, chiquilla,
Un problema que ofusca mi razón:
¿Cómo haces, sin llegarme a la rodilla,
Para herirme de frente el corazón?
Por último:
|Lo que está sucediendo es fuerte cosa:
Un roble enamorado de una rosa.
- Muy bien, príncipe -dijo Mimí.
Pero advirtió entonces que por las mejillas del gigante se
deslizaban dos lágrimas del tamaño de huevos de gallina, y se
sintió profundamente compadecida. Al mismo tiempo creyó advertir
que Pulgarcito se mostraba demasiado satisfecho de sus habilidades,
cosa de malísimo gusto.
- Y es bueno este animalón -pensó Mimí. Si quisiera, podría
destripar al muñequito éste sin tocarlo, o darle un susto de padre
y señor mío, metiéndoselo en el bolsillo del chaleco.
Se volvió a Polifemo y le dijo con la mayor dulzura:
- No os aflijáis, amigo mío. Puede que vuestros versos no sean
perfectos, pero están compuestos con el corazón, y dicen lo que
deben decir.
- Pero ni siquiera son versos -replicó Pulgarcito-. El primero
tiene nueve y el segundo, once sílabas. Y este último lleva el
acento en la quinta. Sin contar la cacofonía
|te ten, y lo
trivial de la idea: bella como una flor, y lo prosaico...
- Todo eso no prueba -dijo Mimí con imperio- sino que Polifemo
es poeta decadente. ¡Silencio! príncipe Pulgarcito.
Para contentarlo del regaño, le regaló tres días después un
vestido de la misma tela del traje que vestía ella aquella mañana.
Al ver semejante cosa, Polifemo se consternó y se lo dijo así a la
princesa.
- ¡Ah! no le atribuyáis a ese regalo ninguna importancia. Me
sobró un retazo del vestido, y le mandé hacer un flux a Pulgarcito.
No os lo destiné, porque no habría alcanzado sino cuando más para
un lazo de corbata.
Pulgarcito le trajo a Mimí un botón de rosa que era una
verdadera miniatura, un primor, y ella se lo prendió inmediatamente
en el pecho.
- Una rosita -dijo Polifemo-. Voy a que la compare con las
flores que se dan en mi tierra.
Y mandó a uno de sus gigantes, que abarcaba siete yardas en cada
paso, a que le trajera la flor. El mensajero llevaba orden de
caminar día y noche.
Volvió trayendo un ramo de flores encarnadas, tan grande cada
una como la campana de una catedral, y Polifemo presentó su
ramillete con aires de triunfo.
- Está bellísimo -dijo Mimí sonriendo- pero, ¿qué hago yo con
él, mi querido príncipe? No puedo prendérmelo ni en el corpiño ni
en el cabello.
El buen gigante, todo corrido, bajó los ojos y no supo qué
responder.
Hallábase el palacio de la princesa Mimí rodeado de un vasto
parque, atravesado por un ancho río de azules ondas. En medio de un
islote, se levantaba un pabellón de porcelana de colores, con
vidrieras de piedras preciosas unidas por listoncillos de plata. El
arquitecto le había dado al cenador aquél la forma de un tulipán
descomunal. Gustaba la princesa pasar allí horas enteras, por el
gusto de verse suspendida entre el azul del cielo y el azul del
río.
Un día que estaba allí, medio tendida en una turquesa,
soñolienta y soñando, sintió unos mugidos espantables. Se levantó
sobresaltada, abrió un postigo de la ventana, y vio que el río
bajaba como un mar; había sumergido ya el puente e inundaría en
breve la habitación. Tuvo miedo, y comenzó a pedir socorro a grito
herido.
El rey su padre, la reina Cenicienta su madre, y el príncipe
Pulgarcito se hallaban en la ribera, pálidos, con la angustia
pintada en los semblantes y las manos levantadas al cielo.
En esto se presentó Polifemo, se metió sin vacilar al río con el
agua a la cintura, llegó de cuatro zancadas al pabellón, puso a la
princesa en las palmas de las manos y unos minutos después la
colocó suavemente en el césped de la orilla.
- ¡Oh! -pensó Mimí- qué cosas tan bellas son el tamaño y la
fuerza. Con él estaría yo protegida de todo peligro; viviría
tranquila, sin aprensiones ni miedo. Probablemente me decido por el
gigante.
Y se sonrió con él de un modo tan expresivo, que el hombrón
sintió un calofrío de satisfacción que le recorrió el inmenso
cuerpo de la cabeza a los pies.
Al siguiente día amaneció Pulgarcito acobardado y triste. Mimí,
para consolarlo, lo convidó a paseo. Llevábalo de la mano, y se
fingió cansada, para ir despacio y no fatigar al príncipe. Llegaron
a un prado donde había una manada de ovejas. Por desgracia,
Pulgarcito llevaba un casaquín de terciopelo encarnado. Chocó el
color aquél a uno de los carneros, que se vino disparado, con la
cabeza baja sobre el malaventurado principillo. Diose él por
muerto, pero antes de que pudiera tomar resolución alguna, Mimí lo
alzó, y al propio tiempo acertó a abrirle la sombrilla al carnero.
Dio el animal asustado media vuelta a retaguardia y se volvió a sus
ovejas.
- Hizo bien en salir huyendo el bruto ése, dijo Pulgarcito. Si
se me llega, lo mato, y después habrían sido molestias con el
dueño.
- Qué dulce -pensó Mimí- es tener una persona débil e inerme a
quien proteger. Y es imposible no amar a una criatura que necesita
apoyarse en uno, y sobre todo cuando es tan bonita y tan
inteligente como este príncipe Pulgarcito.
Esta reflexión la decidió y anunció al rey su padre que aceptaba
al príncipe Pulgarcito por esposo y marido.
Cuando Polifemo lo supo, lanzó un suspiro que hizo retemblar el
palacio, pero como era tan hombre de bien, se inclinó casi hasta el
suelo, y alargó la manaza a su afortunado rival. La manecita del
novio apenas se alcanzaba a ver entre la del gigante.
- Hacedla feliz -dijo Polifemo.
Ocho días más tarde se iba a celebrar en la capilla del palacio
el matrimonio de Mimí con su alteza el príncipe Pulgarcito. Ya
estaban los desposados al pie del altar, aguardando la salida del
capellán, cuando vinieron a decir que acababa de llegar el príncipe
Querido, ausente hacía muchos años y que deseaba presenciar el
matrimonio.
Invitáronle a entrar. Era de buena estatura, elegante porte,
negros y expresivos ojos, barba y cabello castaños. Poderoso y
rico, tenía además muchísimo talento, gracia exquisita y muchos y
variados conocimientos.
Cuando Mimí lo vio, se puso pálida como un cirio, en seguida
encendida como grana.
Polifemo se acercó a Pulgarcito, e inclinándose mucho le dijo al
oído:
- Lo que yo hice, ¿no tendréis valor de hacerlo?
- ¡Pero si la amo tanto!
- Por eso -respondió el gigante.
- Princesa -dijo Pulgarcito después de un minuto de silencio, os
devuelvo la palabra que me disteis. Casaos con el príncipe Querido;
os amo demasiado para sacrificar vuestra felicidad a la mía.
La historia no refiere cuál sería la respuesta de la
princesa.
El gigante y el enano salieron de la iglesia.
- Vámonos juntos -le dijo Polifemo- yo defenderé vuestra
debilidad y vos corregiréis mi torpeza. Hablaremos de
|Ella
todo el día y la protegeremos desde lejos.
Con una mano levantó a Pulgarcito, se lo puso en el hombro y
echó a andar.
Un cuarto de hora después desaparecieron en el horizonte.
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* MORA, Luis María.
|Esbozo biográfico del doctor Rafael
María Carrasquilla. Imprenta Eléctrica. 1915. Bogotá, pág.
7.
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